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martes, 4 de marzo de 2014

Charles Bukowski. Los autores no importan

De cada vez lo tengo más claro: los autores no importan. Importa la obra, no el autor. Tal vez por esto mis notas biográficas van menguando a medida que cumplo años. ¿Que a Kafka le gustaba hurgarse la nariz después de comer? ¿Que Kundera una vez se soltó un pedo en el ascensor de un hotel de 5 estrellas? ¿Que Coetzee detesta las corridas de toros? Interesante para biografías y entrevistas, pero aquí no hablamos de eso; lo hacemos de literatura y relevancia. Ah, ya sé: tal hecho sirve para explicar tal característica de su obra; sin tal dato no la podríamos entender de manera cabal; etc. Perfecto. Pero qué quieren que les diga. Me suena a periferia, a desviar la atención, a justificación o relleno. En estas breves líneas hablamos de arte, o esa es nuestra intención. Me refiero a esa cosa tan denostada por estas tierras. A ver: beber en exceso, dormir en el banco de un parque público, pelearte con cierta frecuencia en bares inmundos que no cierran nunca, no te hará mejor escritor. Hablar de tales logros en las solapas de tus libros es un reclamo para malos epígonos de ya sabemos quién. ¿Que el escritor en cuestión fue un dechado de virtudes? ¿Que nunca le deseó el mal a nadie? ¿Que no se hurgaba la nariz ni soltaba ventosidades? Mejor para su santa esposa, sus dulces hijos y sus pacientes amigos. A mí no me importa: no lo traté. Al final, lo que queda, con un mucho de suerte, son los versos, las novelas… Lo demás, como decía aquel guatemalteco guasón, es silencio.

Este arranque de escritura lo ha propiciado la lectura de Fragmentos de un cuaderno manchado de vino. Relatos y ensayos inéditos (1944-1990), de Charles Bukowski. Me lo regalaron por mi último cumpleaños, seis meses atrás. Debo reconocer que difícilmente me habría hecho con él por propia iniciativa. Cosas buenas de celebrar los aniversarios. Hace poco escribí en un cuaderno (en realidad documento Word) sin manchas de vino ni de ninguna otra clase: “Muchas veces, ni nuestros mejores amigos aciertan con los libros que nos regalan. De todos modos, esta falta de tino no siempre es mala. Gracias a ella, leí libros que todavía recuerdo”. Bien, a lo que iba. La prosa de Bukowski transmite brío y autenticidad, una vez subido a ella resulta difícil bajarse. Con esto, con su estilo*, es con lo que hay que quedarse. Lo otro, lo que lo convirtió en mito para adolescentes, es secundario. Si vas a literaturizar tus vivencias, si vas a caer en esa marranada, recuerda que lo realmente importante es cómo las cuentes, no si te emborrachas más o menos, si follas más o menos, etc.  Dicho esto, no convendría olvidar que la exageración es un recurso literario de lo más útil. Bukowski  lo sabía: “estoy convencido de que nuestra exageración crea Arte”. Pero exagerar no implica hacerte pasar por lo que no eres (no confundir sinceridad con autenticidad). Si caes en ese vicio o debilidad, tu prosa y especialmente tus versos se resentirán. Es muy difícil disfrazar la falsedad; la cosa apesta. Por supuesto, nos estamos refiriendo a un determinado modo de entender la literatura…

Charles Bukowski: Ni beber hace a un escritor ni meterse en trifulcas hace a un escritor, y aunque he hecho en abundancia tanto lo uno como lo otro, es una mera falacia y un romanticismo enfermizo dar por sentado que todos estos actos harán de uno mejor escritor. Como es natural, hay ocasiones en las que uno tiene que pelear y ocasiones en las que uno tiene que beber, pero en realidad esas ocasiones son anticreativas y no hay nada que hacer al respecto.

David Pérez Vega dice algo al respecto en su poema “Charles Bukowski”, incluido en su libro El bar de Lee. Traigo aquí dos versos de este estupendo poema:

si quieres escribir como Bukowski antes de beber
como Bukowski intenta leer como Bukowski.


Otra manera de abordar el tema:

Entrañas

Tal vez debiera pasar la noche en el banco de un parque,
escribir con los dedos de la resaca perforando mis sienes,
pelearme con cierta frecuencia en bares inmundos que no cierran nunca
o dilapidar toda mi paga en los hipódromos
para alcanzar al fin el Gran Poema,
para escribir poemas de verdad,
es decir,
con las entrañas, pero ocurre
que tengo la costumbre de teclear mis poemas con los dedos
de mis manos, que soy propietario de una casa con sus paredes
y techo, que apenas trasnocho, ya que siempre preferí escribir
por las mañanas, que mis únicas peleas son con los horarios,
las palabras y mis hijas, que llego a fin de mes
sin excesivos agobios y, además
y para colmo,
nunca apuesto…

Tras todo lo expuesto, queda claro
que va a ser imposible
escribir el Gran Poema,
ni siquiera –me temo–
uno pasable.

Y, sin embargo,
aquí me tienes, tecleando en la oficina
mientras suenan todos los teléfonos del mundo
y escucho pasos incansables a mi espalda,
lo que me obliga a ocultar a cada instante
el documento Word en el que escribo
este poema insulso

sin rastro de órganos
que, por mi bien, mantengo a buen recaudo.



* ¿Y qué era el estilo para Bukowski? Dejemos que sea él quien responda:

Este chico me dijo la otra noche: “Bukowski, puedo escribir como tú pero tú no puedes escribir como yo”. No le contesté porque necesita jactarse de sí mismo, pero en realidad, sólo cree que puede escribir como yo. El genio puede ser la habilidad para decir cosas profundas de una manera sencilla, o incluso decir algo sencillo de una manera más sencilla aún.

(…)

El estilo supone no escudarse en absoluto.
El estilo supone no poner fachada en absoluto.
El estilo es una naturalidad definitiva.
El estilo supone un hombre solo con miles de millones de hombres alrededor.



Todas las citas de Bukowski han sido extraídas de Fragmentos de un cuaderno manchado de vino 

sábado, 15 de febrero de 2014

jueves, 6 de febrero de 2014

¿Integradora y ecléctica?

Llevo días aproximándome a la obra de poetas que, en principio, tienen poco que ver conmigo. Está claro que uno, en primer lugar, lee para disfrutar. (Y está igualmente claro que uno puede disfrutar con la obra de autores que poco o nada tienen que ver con lo que uno aspira a lograr). No obstante, cuando estás metido en el oficio (qué horrenda la expresión), también lees con carácter explorador, para aprender o tratar de aprender o para encontrar perspectivas diferentes a las que te resultan más cercanas… En fin, lo que quería contar es que he estado leyendo a Guillermo Carnero. De todos modos, más que un poema, me apetece compartir esta reflexión del poeta, realizada en 2004: “Muchas veces me han preguntado cómo veo el futuro de la poesía española. Aunque como profesor prefiero profetizar el pasado, en mi opinión el futuro debería ser integrador y ecléctico, y a ello me referí en un ensayo de 1999 titulado “Píos deseos al borde del milenio”. Esa integración tendría que darse en tres direcciones: 1ª, una consideración no empobrecedora de la obra de la generación del 50, que tenga en cuenta ante todo el irracionalismo simbolista de Claudio Rodríguez y la reflexión ética de Francisco Brines, valore el discurso metafísico de Barral y lea a Gil de Biedma más allá de clichés empobrecedores; 2ª, una lectura de la obra de mi generación que prescinda de los abyectos tópicos del venecianismo, la torre de marfil y la decoración, y de todas las demás simplificaciones demagógicas con las que se ha querido ocultar nuestros logros y secuestrar y desnaturalizar nuestros propósitos; 3ª, una lectura integral de la tradición desde el abandono del tópico del “elitismo” y de la desconfianza hacia todo lo que en esa tradición es, del Barroco a la Vanguardia, adquisición de maestría verbal”. 

Diez años después de estas declaraciones, ¿podemos decir que se han cumplido los deseos de futuro del poeta? ¿Es la poesía española en estos momentos (febrero de 2014) integradora y ecléctica?

sábado, 1 de febrero de 2014

Charles Bukowski y Antonio Colinas: una extraña pareja

Me he levantado temprano y me he dirigido a la cocina. Mientras tomaba el café con leche, en mi dispositivo móvil sonaban, en orden aleatorio, Andrés Calamaro, Damien Rice, Led Zeppelin… Una vez en el cuarto del ordenador, me he puesto a leer poesía: Charles Bukowski y Antonio Colinas. Sí, ya sé: una mezcla rara. Digamos que estas combinaciones extrañas me estimulan. Cada uno me aporta cosas diferentes que en realidad no son tan diferentes. Más allá de criterios estéticos, está el modo en que manos distintas nos tocan el sentimiento o la inteligencia (o ambas cosas), logran meterle mano a ese barullo invisible –pero cierto– que el cúmulo de experiencias instaló en nosotros. Andamos con ese fardo y, a veces, una canción, un poema, un olor, lo revuelven todo o despiertan algo. Generalmente, dura pocos minutos. Se trata de nuestra dosis necesaria de daño y belleza. De nostalgia. Por lo demás (y con objeto de dejar atrás este conato de sentimentalismo peligroso), debo decir que hay poemas de Charles Bukowski que me parecen malos o tontos del mismo modo que hay poemas de Antonio Colinas que me parecen aburridos o pretenciosos… ¿Acaso no me pasa algo similar con algunas canciones de Andrés Calamaro, Damien Rice o Led Zeppelin? 

Para terminar y, ya de paso, cambiar la tendencia fúnebre de estos días, traigo aquí el poema de un poeta vivo: Antonio Colinas. Es el primero que leí esta mañana. Que tengan un buen sábado. 

GIACOMO CASANOVA ACEPTA EL CARGO DE BIBLIOTECARIO 
QUE LE OFRECE, EN BOHEMIA, EL CONDE DE WALDSTEIN

Escuchadme, Señor: tengo los miembros tristes.
Con la Revolución Francesa van muriendo
mis escasos amigos. Miradme: he recorrido
los países del mundo, las cárceles del mundo,
los lechos, los jardines, los mares, los conventos,
y he visto que no aceptan mi buena voluntad.
Fui abad entre los muros de Roma y era hermoso
ser soldado en las noches ardientes de Corfú.
A veces he sonado un poco el violín
y vos sabéis, Señor, cómo trema Venecia
con la música y arden las islas y las cúpulas.
Escuchadme, Señor: de París a Moscú
he viajado en vano, me persiguen los lobos
del santo Oficio, llevo un huracán de lenguas
detrás de mi persona, de lenguas venenosas.
Y yo sólo deseo salvar mi claridad,
sonreír a la luz de cada nuevo día,
mostrar mi firme horror a todo lo que muere.
Señor: aquí me quedo en vuestra biblioteca,
traduzco a Homero, escribo de mis días de entonces,
sueño con los serrallos azules de Estambul.


De su libro Sepulcro en Tarquinia.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Etc.

Fabián Casas lo llama la voz extraña. Mario Levrero habla de un fluir, de un ritmo, de una forma aparentemente vacía que hay que ir rellenando. André Gorz explica que hay que ausentarse del mundo para después transformarlo. Jorge Luis Borges no tiene reparos en llamarlo destino o fatalidad. Francisco Casavella pone el acento en la palabra invención; Enrique Lázaro, en los detalles invisibles. Thomas Bernhard lo centra en lo desagradable que hay en el mundo. John Cheever vuelve a la penosa búsqueda del yo. Witold Gombrowicz lo apuesta todo a la palabra salvación, y en esto se parece a Roberto Bolaño. Enrique Vila-Matas se empecina en la incertidumbre. Joan Margarit se queda con el amor. Albert Camus explica que si sólo bastara con el amor resultaría demasiado fácil; además, añade a la ecuación la tensión existente entre lo claro y lo que no lo es. Idea Vilariño, con Marguerite Duras, insiste en la soledad y el ensimismamiento. Más científico o aristotélico, Joseph Joubert lo somete a equilibrio entre lo natural y lo adquirido. Marcel Duchamp se llena la boca con la palabra euforia. Azorín remarca el término ilusión. Por el contrario, Antonin Artaud se queda con la porquería. César Aira propone un acuerdo entre improvisación e inteligencia. Mauricio Wiesenthal se inclina por el corazón humano, etc.

domingo, 1 de diciembre de 2013

sábado, 2 de noviembre de 2013

Poesía en los bares: Miguel d'Ors

"Punto y aparte" (1966-1990), editorial Comares, La Veleta (1992)







Algunas reflexiones de Miguel d’Ors en torno al hecho de escribir, extraídas del epílogo a su libro Punto y aparte:

(…) Por eso las únicas generalidades que hoy me atrevo a sostener en este terreno son cosas como que poetizar tiene algo que ver con pensar mediante imágenes, manejar las connotaciones de cada adjetivo, cada verbo y cada nombre, adjuntar al sustantivo un calificativo que lo haga como aparecer ante los ojos del lector, desplazar ligeramente un acento hacia aquí o hacia allá, perpetrar aliteraciones, dar tormento a la gramática para obligarla a cantar, urdir el hechizo de los paralelismos, las anáforas y las enumeraciones, apagar el tono o levantarlo cuando es conveniente o entablar un diálogo latente con otros poetas. Cosas que, como se ve, pertenecen más que a la Poesía a la artesanía (…)

(…) Alguna vez he declarado que me considero un poeta de excelente técnica… que empleo primordialmente en disimular la técnica en mis poemas (…)

(…) una memoria absoluta, como la del Ireneo Funes del cuento de Borges, impediría la poetización del pasado, pues los recuerdos sólo son poéticos cuando se nos presentan suficientemente diluidos y deformados; en definitiva, suficientemente transmutados en alma.



sábado, 19 de octubre de 2013

Poesía en los bares: Piquero y Piqueras

El fin de semana perdido (DVD Ediciones, 2009), de José Luis Piquero
y La latitud de los caballos (Hiperión, 1999), de Juan Vicente Piqueras

Poema de Juan Vicente Piqueras

 
Poema de José Luis Piquero

domingo, 6 de octubre de 2013

Los universos paralelos me persiguen: ‘La niebla’, ‘m’ de Juan Vilá, un sueño y algo sobre ‘Piscinas iluminadas’



Universos paralelos. Esta semana va de universos paralelos. Todo empezó con la película La niebla. Un bodrio, pero es que me encantan este tipo de bodrios. Me siento irremediablemente atraído por las pelis de terror y ciencia ficción. Por malas que sean. La pasaron por IB3. Todo empieza, cómo no, con un experimento realizado por el ejército de los EE.UU. Un fallo y se abre una puerta. A través de ella, llega la niebla y con ella los monstruos que habitan uno de los mundos de ese universo paralelo. Un grupo de personas quedan atrapadas en un supermercado, sin poder salir a causa de la niebla. Me imaginé encerrado en el Mercadona del barrio y casi me da un ataque. Pensé que, llegado el caso, sería preferible salir al exterior y enfrentarse a los monstruos.

Esa misma noche, soñé con realidades paralelas que se entrecruzan, al menos así lo interpreté al despertar. En el sueño, conocía a un tal Javier Cánaves idéntico a mí que trabajaba como saxofonista en la ciudad de Baltimore. Lo curioso del sueño es que nadie parecía percatarse de que el Javier Cánaves saxofonista y yo éramos la misma persona. Ya he olvidado los detalles, sólo recuerdo la extrañeza e incomodidad que la situación me producía. Soñé esto en la madrugada del martes al miércoles. Ese miércoles, empecé la novela m, de Juan Vilá.

¿Y de qué va la novela? De universos paralelos, cómo no. Ya dije que esta semana era la semana de los universos paralelos. En la novela, su protagonista, Juan, viaja de una vida a otra (de un universo a otro) a través de los agujeros y túneles que conectan esos distintos universos. Una locura con una gran ventaja: la libertad que le otorga al novelista. Nada necesita explicarse demasiado, todo es un ir y venir de situaciones más o menos al límite. Por supuesto, disfruté de su lectura. ¿La convierte esto necesariamente en una buena novela? No necesariamente. También, como dije, disfruté de La niebla y puedo asegurar que no se trata de una buena peli…

Llegué a m porque su autor, Juan Vilá, era el administrador de uno de mis blogs favoritos, Algo de libros. Me gustaba su estilo y nuestros gustos literarios solían coincidir. Temía que su novela pudiera defraudarme, pero no lo hizo. Es puro Juan Vilá. No se trata de una novela redonda, ni mucho menos, pero quién necesita novelas redondas. Yo no, desde luego.

Y siguiendo con lo de los universos paralelos, ¿no podría pensarse que, en realidad, Piscinas iluminadas habla de eso? La vida de Carlos, protagonista de la novela, se escinde en dos: la que lleva en Palma, junto a Luisa, y la que lleva en Lanka, junto a Sophie.

¿Y no puede el final de Piscinas iluminadas interpretarse como un entrevere de ambas vidas, es decir, de ambos universos paralelos?


jueves, 12 de septiembre de 2013

Respuestas para entrevistas que nunca llegan a producirse + un poema de Mario Montalbetti

Ensayo respuestas para entrevistas que nunca llegan a producirse. Voy guardando frases, reflexiones de quita y pon, y no descarto, algún día, armar un libro con todas ellas. A veces me siento estupendo y, en unas pocas líneas, hablo, como si tal cosa, de posteridad y payasadas: “Con los dioses no se pacta, se compite. Uno escribe para la posteridad, por mucho que vaya a ser olvidado a las primeras de cambio. Ser olvidado a las primeras de cambio carece de importancia. Asumir tu insignificancia no te hace menos insignificante. En todo caso, evita cualquier discurso llorón: son repulsivos. Puestos a morir, muere matando o en silencio, pero sin pretender dar lástima. Narrador de cuarta fila, poeta de segunda, lo sigo intentando pese a todo. Ahora es cuando el público (inexistente) aplaude. ¿Intentar qué? Puedes jugar a responder, tiene su gracia. La cuestión crucial, sin embargo, es intentarlo, intentarlo sin saber del todo qué se intenta. Tal vez que alguien sonría con tus payasadas”. Otras veces, en cambio, me pongo o trato de ponerme académico. Creo que es entonces cuando menos creíble resulto. Aporto un ejemplo: “La experiencia y la reflexión se funden en los procesos creativos que tienen que ver con la escritura. Después llegan el oficio y la imaginación para intentar darle una forma definitiva, respetuosa en lo posible con nuestra inteligencia y sensibilidad”. Sí, ya sé, parece una reflexión más propia de Jordi Cruz que de un poeta de segunda. Quién sabe, quizá me fichen para MasterPoet. (UH, 10/09/13) 

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Y hablando de poesía, traigo aquí un poema de Mario Montalbetti. En breve, Ediciones Liliputienses publicará en España la poesía reunida de este poeta peruano. El poema que copio aquí pertenece a su libro El lenguaje es un revólver para dos (Colección Underwood. Pontificia Universidad Católica del Perú, 2008). Y sí, yo también ambiciono el lenguaje del piloto. 

 OBJETO Y FIN DEL POEMA 

 Es de noche y tiene que aterrizar
antes de que se acabe el combustible.
Así terminan todos sus poemas,
tratando de expresar con un lenguaje
público un sentimiento privado.

 Su ambición es el lenguaje del piloto
hablándole a los pasajeros
en medio de una situación desesperada:
parte engaño, parte esperanza, parte verdad.

 Todos los poemas terminan igual.
Hechos pedazos contra un cerro oscuro
que no estaba en las cartas.

 Luego hallan los restos: el fuselaje,
la cola como siempre, intacta,
el olor a cosa quemada consumida por el fuego.

 Pero ninguna palabra sobrevive.

viernes, 26 de julio de 2013

Poesía en los bares: Karmelo C. Iribarren

Las luces interiores (Renacimiento, 2013),
de Karmelo C. Iribarren

Café con leche, cruasán e Iribarren.
Maneras de empezar el día.


lunes, 22 de julio de 2013

Nueve notas sobre ‘El bar de Lee’, de David Pérez Vega


1.

David Pérez Vega es mi amigo. David Pérez Vega ha reseñado tres de mis libros publicados hasta la fecha. Cada cierto tiempo, intercambiamos mails o hablamos por teléfono. Una vez me quedé a dormir en su casa madrileña. Cada verano, suele venir a Mallorca acompañando a los chavales del colegio donde trabaja en su viaje de fin de curso. En tales ocasiones, solemos quedar y nos pasamos buena parte de la noche hablando de libros leídos y por leer, escritos y por escribir. En lo tocante a narrativa, es una de las personas cuyo criterio más tengo en cuenta a la hora de acercarme a autores desconocidos por mí. Compartimos, por ejemplo, la pasión por tipos como Levrero o Bolaño. Hace ya tiempo que su blog “Desde la ciudad sin cines” es uno de mis blogs de referencia.

Necesitaba contar todo esto antes de ponerme a escribir sobre El bar de Lee, su último libro publicado. Todo lo que pueda decir, tanto lo bueno como lo no tan bueno, debe ser contemplado a través del tamiz de nuestra amistad. Un tamiz, el de la amistad, engañoso…  


2.

Bien. Me dejo de preámbulos. Hace unas semanas terminé de leer El bar de Lee. ¿Qué podemos encontrar en los poemas de David Pérez Vega? Dejemos que sea el propio autor quien responda:

las imágenes de un borracho solitario
al que trataba de dignificar sobre el papel,
un maestro que cruzó mi niñez, una mirada
indagadora sobre la vocación  o un exorcismo
sobre mi vida universitaria a los veinte años.

Efectivamente, un intento de dignificación, una mirada indagadora, un exorcismo a través de las palabras, esto es lo que encontrará el lector que se acerque a los poemas de El bar de Lee. Pero me estoy adelantando. Empiezo por el final. Estos cinco versos pertenecen a “Fingidor”, poema que clausura el libro. Situémonos en el principio, en el deseo que alienta todo impulso literario y que tanto peso tiene es este conjunto de poemas.  


3.

Ya desde niño, David Pérez Vega soñaba con convertirse en escritor de novelas. Un niño de Móstoles que sueña con ser escritor, un niño rodeado de otros niños que sueñan  con convertirse en estrellas del fútbol. Aquel sentimiento de raro, de diferente, se enquista en su interior y crece con los años. No tiene con quién compartir su pasión. Es su secreto, su esplendoroso jardín privado. Inevitablemente, llega la mitificación. Inevitablemente, la realidad circundante (un Móstoles reconocible, palpable) deviene escenario perfecto para el ritual del desencanto. Las diferentes lecturas (infantiles, juveniles, adultas), de las que Pérez Vega da buena cuenta a lo largo del libro, se convierten en el respiradero imprescindible, en la vía de escape que le permite habitar un mundo más amable y, sobre todo, más interesante. Todo este material cristaliza y se hace literatura en El bar de Lee.

Se trata, hasta cierto punto, de un ajuste de cuentas con aquellos años de aprendizaje y consolidación de una vocación a la contra. Un ajuste de cuentas a través de la indagación retrospectiva, un ajuste de cuentas que deviene exorcismo y, en última instancia, dignificación de aquella etapa vital.


4.

El bar de Lee está compuesto por dos poemarios independientes que se complementan: Móstoles era una fiesta, escrito entre diciembre de 1997 y septiembre de 1998, y El calvo del Sonora, escrito una década después, entre los meses de enero y agosto de 2008. Dice el propio Pérez Vega en el prólogo del libro: “(…) considero ambos libros fuertemente ligados. El acercamiento que supone El calvo del Sonora a los mismos lugares, y en algunos casos a los mismos temas, ya planteados en aquel primer poemario (…), potencia las ideas inaugurales, reformulándolas una década después”.


5.

Es evidente la influencia de escritores como Cesare Pavese, Juan Luis Panero (“como una terca imagen del fracaso”, podemos leer en el poema que da título al segundo poemario), Charles Bukowski o Roberto Bolaño. Tal vez por esto, los poemas de David Pérez son auto-referenciales y narrativos, generalmente largos, como pequeños relatos a los que se obligara a encajar en estructuras poéticas, aunque convendría no olvidar, en este punto, que Pérez Vega creció y forjó su mitología literaria leyendo, sobre todo, novelas. En este sentido, las diferentes citas que pueblan ambos poemarios son especialmente reveladoras. Tal vez en Móstoles era una fiesta se intenta un mayor vuelo lírico, pero es en El calvo del Sonora, a mi modo de ver, donde David Pérez Vega encuentra su voz más personal, la que maneja con mayor soltura. En este poemario se encuentran los mejores poemas del conjunto. Estos poemas, si cabe, son más narrativos, más prosaicos, y esta característica les sienta muy bien. También percibo mayor madurez en ellos, una mirada más incisiva, un mejor manejo de las herramientas idiomáticas. Contraponiendo ambos poemarios, creo que el primero es más irregular que el segundo: alterna grandes poemas con otros menos logrados. Esta fluctuación, pienso, no se da en El calvo del Sonora, de un nivel más sostenido.


6.

En los poemas de El bar de Lee, el autor indaga en su pasado desde la clarividencia que dan la distancia y la superación. La auto-referencialidad y la autenticidad que los poemas desprenden, unidas a un lenguaje que apuesta por la claridad argumentativa, consiguen que olvidemos el hecho de estar leyendo poemas, es decir, construcciones verbales que buscan un determinado resultado estético, y tengamos la sensación de estar leyendo a un hombre, un hombre cercano, sin grandes épicas, un hombre que supo encontrar su camino pese al desencanto y desaliento circundantes. Esto, sin duda, es uno de los grandes logros del libro.

No obstante, no habría que olvidar, como señalaba Pessoa y como recuerda Pérez Vega en su poema final, que el poeta es un fingidor. Que el lector de los poemas se los crea es el gran triunfo del poeta, el triple sobre la bocina de Larry Bird (y aquí la sinceridad no juega un papel relevante, aquí el papel relevante lo desempeña la pericia del autor al plasmar en palabras aquellas experiencias, aquellos sentimientos).


7.

Se trata de un libro que puede callar la boca de aquellos que tradicionalmente se declaran enemigos de la poesía por considerarla incomprensible o afectada. 


8.

Como aspecto menos positivo, podríamos señalar la manera de versificar de David Pérez Vega. Es en este punto donde más se nota su eminente carácter de narrador. Los versos no siempre responden a una respiración o ritmo (y no estoy pensando en términos métricos). De todos modos, este hecho solamente se da en contadas ocasiones y, cuando sucede, no interfiere en la lectura, en la fuerza evocadora que los poemas de David Pérez Vega suelen desprender.


9.

Para terminar, debo decir que he disfrutado de la lectura de El bar de Lee. Entré en el mundo del poeta, me creí sus recuerdos, sus argumentos. Su emoción y su desencanto fueron mi ilusión y mi desencanto. Esto, tan fácil de escribir, resulta muy complicado de realizar. Lo sé por experiencia.

Mis poemas favoritos son los que se encuentran en la primera y tercera parte de El calvo del Sonora, las tituladas “En mi territorio” y “En el tiempo de Einstein”. En ellas pueden leerse poemas con gran fuerza evocadora como “Al sol”, “Llaves”, “Charles Bukowski” o “El día que me largué de Físicas”. Otros poemas igualmente destacables son “Nieve”, con el que se abre el libro, “Bifurcaciones” o “Rechazando a McKeihan”.

Pero me temo que, pese a tanta palabra, no he logrado transmitir la esencia del libro, lo que el lector que decida acercarse a estos poemas encontrará. Por ello, transcribo dos de mis favoritos. El primero pertenece a Móstoles era una fiesta; el segundo, a El calvo del Sonora.  





NIEVE


Montevideo era verde en mi infancia
absolutamente verde y con tranvías
(...) era tan diferente, era verde.

              Mario Benedetti

Blanca, limpia sobre las capotas de los coches,
entre los dedos deshojados de los árboles,
leves puntadas amarillas en las copas
oscuras como un oro enlutado de tiempo
caído en el fango del invierno,
así ha caído esta noche la nieve de la infancia
sobre las capotas de los coches.

Parece ya una fotografía tan lejana,
coches antiguos, rojos desvaídos, camuflados por el esplendor
del blanco, resignados sobre el asfalto roto, enmohecido,
en el que jugábamos al fútbol, cuando no había
tantos coches rojos cubiertos por la nieve.

Jugábamos en la calle. Veo la farola
escuálida que era un poste y el árbol
deshojado, descarnado, que era el otro, con nieve en sus horquillas
y la puerta verde que no estaba en mi infancia.

Yo era un Arconada de gomaespuma con mis guantes de gomaespuma
bajo los palos del mismísimo cielo;
a veces amanecía nevado, igual que hoy, hace catorce años, y
nos lanzábamos bolas fulgurantes de risa, de latón y de agua
con la nieve recogida del capó de los coches
que hoy ha vuelto a caer entre los dedos huesudos
de los árboles, con pinceladas impresionistas de hojas
amarillas gastadas por el ladrido de los perros,
sobre el aparcamiento incesante de árboles marrones.
Cuando podaban esos árboles saltábamos sobre las
ramas apiladas, cavábamos túneles en ellas,
eran una cama elástica y un refugio de guerra.

Y ahora, estudiando análisis contable, esas ramas
vuelven a crecer igual que vuelve a caer la nieve.
Entre las nubes frías de la mañana lo observo
desde la terraza, esperanzado
de que así vuelva a crecer la infancia.



CHARLES BUKOWSKI

Qué tiempos tan frustrantes fueron aquellos años: tener el deseo y la necesidad de vivir pero no la habilidad.

C. Bukowski

No en la biblioteca, fue en un bar.
El Vudu-Mama –otro local ya sólo persistente
en el itinerario de nuestros recuerdos,
en el vagar de las palabras por la ciudad invisible–,
allí escuché por primera vez a The Doors,
The Who o The Clash… Es decir, su dueño
(con un anillo en forma de ojo) moldeó
gran parte de la banda sonora de mi vida…
y los cuidados cartelitos tras la barra:

Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones
        Charles Bukowski
La máquina de follar
        Charles Bukowski

Un cantante, pensé, hasta que leí la noticia
sobre la publicación de su biografía. Mataba
el tiempo en la biblioteca de la calle Quintana
antes de ir a la academia de Físicas. Allí, en 1994,
una semana antes de su muerte, nos encontramos.

Yo era un lector entonces de ciencia-ficción
o terror. Me evadía, pero eso ya no era suficiente,
estaba perdido, bloqueado, necesitaba respuestas,
claves para entender a los otros o a mí mismo,
y apareció aquel tipo de la generación de mis abuelos
y del otro lado del mundo. Llegué a conocer su vida
mejor que la de mis padres. No podía creer
que su colegio de Los Angeles en la década de los 30
fuese igual que el mío en el Móstoles de los 80.
Y si la literatura posee alguna magia ha de ser ésta.

Un consejo para principiantes:
si quieres escribir como Bukowski antes de beber
como Bukowski intenta leer como Bukowski.
Estuve meses en la biblioteca de Móstoles
buscando los mismos libros que él sacaba
de la biblioteca de La Ciénaga en Los Angeles,
cincuenta años antes, porque a mí tampoco
me gustaba estar donde me había tocado
y no tenía muchas cosas a las que aferrarme
y el sarcasmo feroz y tierno de Bukowski
representó para mí, en cierto modo, la estaca
que pude clavarle al corazón
podrido de la realidad de entonces.

Y después leería a muchos más escritores,
repletos de recursos, pero hay ciertas filiaciones
que perduran más en relación con la necesidad
que con el intelecto.
          Con él aprendí
dos cosas que aún me acompañan:

a ) Que si no la traicionaba siempre tendría
a la literatura a mi lado para salir adelante.

b) Que cuando estalla un mundo, aunque sea
el tuyo, si aguantas con el coraje suficiente,
estarás allí para ver resurgir otro de sus cenizas.




martes, 21 de mayo de 2013

Matar el tiempo

S.B.

Suelto una carcajada después de leer el sistema inventado por Molloy para comunicarse con su madre, ciega, sorda y medio enajenada. Lo hace mediante golpes en el cráneo. Uno significa sí, dos no, tres no sé, cuatro dinero y cinco adiós. ¿Se animarían las grandes editoriales a publicar hoy un libro como éste? Estoy hablando de Molloy, de Samuel Beckett, la novela con la que inició su escritura en francés, la que abre su famosa y nunca suficientemente ponderada trilogía. A Molloy seguirían Malone muere y El innombrable. ¿Tendría cabida un proyecto así en alguna de las grandes editoriales del momento? No lo sé, la verdad. Son tantas las cosas que ignoro. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que nos encaminamos hacia un lugar mucho más homogéneo, mucho más previsible. Siento llegar los tópicos, el callejón sin salida al que acaban conduciendo. La revolución tecnológica, la llamada globalización, etc.; todas estas palabras, todos estos conceptos tan burdamente manoseados. No es este el espacio. Aquí se espera que hable de duques e infantas, de presidentes y misses, de jueces y políticos, tal vez de futbolistas. Ojalá tuviese el talento para convertir todo este fabuloso absurdo en una gran novela. De momento, me conformo con escribir artículos como éste, medio absurdos. Y que usted siga ahí, meneando la cabeza y pensando que podría hacerlo mucho mejor. No lo dudo. Ahora me tengo que ir. El viejo Molloy me espera. Al final, todo son maneras de matar el tiempo. Yo ya escogí la mía, ¿y usted?*

Molloy habla:



"Me comunicaba con ella golpeándole el cráneo. Un golpe significaba sí, dos no, tres no sé, cuatro dinero, cinco adiós. Me había costado mucho adiestrar a este código su entendimiento arruinado y delirante, pero lo había conseguido. Claro que podía ser que ella confundiera sí, no, no sé y adiós, pero eso no tenía importancia, porque yo también los confundía. Ahora bien, lo que había que evitar a toda costa era que asociara los cuatro golpes con otra cosa que con el dinero. Así, pues, durante el periodo de adiestramiento, al mismo tiempo que le daba los cuatro golpes en el cráneo le pasaba un billete de banco ante la nariz o se lo embutía en la boca". 

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"Aquella mujer me hizo conocer el amor. Creo que respondía al apacible nombre de Ruth, pero no puedo certificarlo. A lo mejor se llamaba Edith. Tenía un agujero entre las piernas, no el agujero de tonel que siempre había imaginado, sino una hendidura, y yo introducía, mejor dicho, ella me introducía mi llamado miembro viril, no sin dificultad, y empujaba y jadeaba hasta eyacular o renunciar a ello o ser invitado a desistir. Una idiotez de juego, creo yo, y además fatigoso a la larga. Pero me prestaba a él de bastante buen talante, sabiendo que aquello era el amor, porque ella me lo había dicho. Se inclinaba por encima del diván, a causa de su reumatismo, y yo le daba por detrás. Era la única posición que podía soportar, a causa de su lumbago. A mí me parecía natural, porque se lo había visto hacer a los perros, y quedé sorprendido cuando me confió que podía hacerse de otro modo. Me pregunto qué quería decir exactamente. Quizá a fin de cuentas me introducía en su recto. Como ustedes podrán suponer, me daba exactamente igual. Pero, en el recto ¿puede hablarse de verdadero amor? Esto es lo que me inquieta. ¿Y si después de todo no hubiera conocido nunca el amor?".

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"De modo que me hubiera sido muy difícil afirmar, palpándome el culo, por ejemplo: Vaya, está mucho peor que ayer, no parece el mismo. Pido perdón por insistir acerca de este vergonzoso orificio, así lo quiere mi musa. Quizá debe verse en él no tanto la tara que he nombrado como un símbolo de las que callo, dignidad debida tal vez a su posición central y a sus apariencias de enlace entre la otra mierda y yo. Soy de la opinión de que se tiene un conocimiento defectuoso de este agujero, y preferimos despreciarlo. Pero, ¿y si fuese el pórtico del ser, y la célebre boca tan sólo la entrada de servicio? Casi nada puede entrar en él sin ser rechazado al instante o poco menos. Casi todo lo que proviene del exterior le repugna y tampoco parece sentir mucho aprecio por lo que viene del interior. ¿No son rasgos significativos? La historia lo juzgará". 



*ULTIMA HORA, 21/05/13


domingo, 12 de mayo de 2013

Notas desde mi puesto en una isla al este del bullicio


El radical siempre estará más orgulloso de su radicalismo que el moderado de su moderación. El integrista siempre estará más orgulloso de su integrismo que el indulgente de su indulgencia. El bárbaro siempre estará más orgulloso de su barbarie que el civilizado de su civilización. El intolerante siempre estará más orgulloso de su intolerancia que el comprensivo de su paciencia. El ignorante siempre estará más orgulloso de su ignorancia que el cultivado de sus conocimientos. Etc. Esto supone una debilidad para los moderados, indulgentes, comprensivos y cultivados. En la batalla final acabarán perdiendo, por mucha ventaja que hayan podido cobrar. Estas son las notas tomadas durante la lectura de Últimos días en el Puesto del Este, de Cristina Fallarás, novela leída del tirón (91 páginas) en el aeropuerto de Barcelona. No dan, creo, para una reseña. Últimamente no tengo tiempo de nada. Si tuviese tiempo, no duden que escribiría una reseña elogiosa.

Por lo demás, en el interior de los moderados, indulgentes, civilizados, comprensivos y cultivados siempre se ocultan el radical, el integrista, el bárbaro, el intolerante y el ignorante. Están ahí, al acecho, deseando salir… Al igual que el filósofo de bar o dominguero con portátil y un par de horas muertas. Qué peligro…

Pero hablemos un poco (sólo un poco) de literatura. Siento debilidad por las novelas que hablan del fin de los tiempos, de la civilización, de la sociedad occidental tal como la conocemos hoy en día; novelas apocalípticas, novelas que retratan sociedades distópicas surgidas tras esa catástrofe o apocalipsis.

Entre las leídas en los últimos tiempos, es posible que mi favorita sea Plop, de Rafael Pinedo. Pero incluso con aquellas que ceden a los tics clásicos de lo que podríamos llamar best sellers (Fin, de David Monteagudo, o La carretera, de Cormac McCarthy), incluso con esas disfruté bastante.

   Todos tenemos nuestras debilidades.
   Nuestros domingos, nuestras horas muertas.
   Nuestra conexión a internet.
   Nuestro salvaje esperando cualquier señal
   para salir.



Galápagos, La carretera, Geografía del tiempo,
Últimas días en el Puesto del Este, Fin, Plop, Frío, Subte