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sábado, 14 de junio de 2014

Una entrada sombría y onettiana: Zygmunt Bauman, Carlos Labbé


Decía Onetti que él no corregía sus textos. Así como salían, quedaban. En este sentido, esto que ahora tecleo va a constituir una entrada onettiana. La falta de tiempo moldea nuestro estilo. No esperen mucho, pues. Además de onettiana, será una entrada sombría. La culpa la tiene la lectura del último libro de Zygmunt Bauman, cuyo título, incluso antes de leer la contra, ya suena a pregunta retórica: ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos? La respuesta de Bauman es contundente y desoladora: no. Es más, según el sociólogo polaco, tal acumulación de riqueza en unos pocos no hace más que ampliar la brecha que separa a los ricos, cada vez más ricos, de los pobres, cada vez más pobres (consumidores frustrados), hasta límites insoportables. Uno termina el libro con la certeza de que el mundo que heredarán nuestros hijos será peor, mucho más cruel, que el que heredamos nosotros. Así de claro lo dice Bauman: «en casi todas las partes del mundo la desigualdad está creciendo rápidamente, y esto significa que los ricos, y especialmente los muy ricos, son cada vez más ricos, mientras que los pobres, y especialmente los muy pobres, son cada vez más pobres».

Traigo aquí un extracto de la nota que emitió Europa Press con motivo de la publicación de este ensayo:

Entre las cifras que Bauman incluye en su ensayo destacan las siguientes (se recomienda leerlas despacio y repetir la lectura, para mejor asimilarlas): El 10 por ciento de la población mundial posee el 85 por ciento de la riqueza. La riqueza de las 1.000 personas más ricas del mundo es casi el doble que la riqueza de los 2.500 millones más pobres. Las 20 personas más ricas del mundo tienen recursos iguales a los recursos de los mil millones más pobres… Así pues, con la connivencia de los gobiernos, cuyas leyes les favorecen, la mayor parte de los beneficios del progreso económico acaba en manos de quienes tienen ya rentas más altas.

Pero Bauman no se queda en la mera denuncia de un sistema (basado en la desregularización de los movimientos de capital y los mercados laborales) que posibilita y, lo que es peor, alienta y justifica tales hechos. Demuestra o trata de demostrar sus conclusiones con datos y cifras sacados de una destacada bibliografía así como de diferentes estudios.

Mejor cambio de tema. Tengo la impresión de no ser yo quien escribe. Como si alguien se hubiese adueñado de mi cuerpo. Estoy por ponerme frente al espejo del baño para ver si me ha salido coleta. Para zanjar el tema, traigo aquí un fragmento de una entrevista a Bauman publicada en El País (18.01.2014): «El comunismo era una fortaleza de la hipocresía. El mensaje teórico se basaba en los lemas de la Ilustración, Liberté, Égalité, Fraternité, pero la práctica era muy diferente».

Deberíamos apostar por un capitalismo sostenible, consciente de la limitación de los recursos que poseemos, y con un sistema eficiente de redistribución razonable. Ni tanto ni tan poco.

En fin, qué sé yo. Este no es mi campo. En realidad, carezco de campo propio. Balbuceo. Acumulo palabras, frases. Lo mismo hablo de fútbol que de política o poesía. No soy más que un diletante con un blog, uno de tantos.  

Pero no quiero levantarme de la silla sin comentar antes la última novela que leí. Navidad y Matanza, del chileno Carlos Labbé. A las pocas páginas de la novela, vino a mi mente algo que escribió Vila-Matas: «Los libros que me interesan son aquellos que el autor ha comenzado sin saber de qué trataban y los ha terminado igual, en la misma penumbra. Los libros que más amo son aquellos que, como decía Proust, parecen escritos en una lengua extranjera. Son aquellos que, feliz de no entenderlos, sigo leyendo con entusiasmo».

Algo así me pasaba con esta novela. Leía con entusiasmo sin tener muy claro qué estaba leyendo. Las distintas reseñas que el libro ha suscitado hablan de juego, de novela-juego, lo cual no tiene por qué ser relevante ni necesariamente positivo. Se combinan diferentes historias, personajes, se entrecruzan, y tú sabes que no vas a llegar a ninguna conclusión, que al terminar la novela seguirás en la misma penumbra, eso sí, feliz por las ganas de escribir que la lectura te ha insuflado… En fin, hablo de mí, faltaría más.

Por si a alguien le interesa, copio y pego el texto de la contra:

El lector de Navidad y Matanza debe desentrañar cuál de estas historias no es una alegoría: un adolescente y su chófer se dedican a recorrer playas en un Cadillac, engañando a los bañistas y robándoles sus toallas; siete científicos se encierran en un recóndito laboratorio norteamericano hasta dar con la fórmula de una droga llamada «el éxtasis del odio»; un periodista melancólico investiga la desaparición de los jóvenes hermanos Bruno y Alicia Vivar durante una exclusiva celebración internacional que se lleva a cabo en el litoral de Chile.
Como en una novela de Chesterton, los personajes de Navidad y Matanza cambian a cada página de identidad para forzar los límites de su propio relato y alcanzar al propio autor de esta novela –el joven escritor chileno Carlos Labbé–, como un tablero de juegos cuyas fichas avanzan hacia un final impensable.
Un final que también puede ser leído como otra alegoría más: sobre la dictadura de Pinochet y sus desapariciones.

Para terminar, confieso que no pillé esta otra posible alegoría. Uno, que tiene sus limitaciones.



martes, 3 de junio de 2014

La hierba de las noches, de Patrick Modiano

29/05/14-. Leo a Patrick Modiano en un café del centro. La hierba de las noches. Cada pocas páginas, elevo la mirada y la dirijo al exterior. Luz matinal, gente que camina por las aceras, vehículos estacionados. Se me ocurre que lo que veo tras la cristalera del bar pertenece a otra época. Como en las novelas de Modiano, distintos tiempos se confunden en mi mirada. La sensación de irrealidad acaricia mi piel. Las calles que veo y por las que camino a diario están habitadas por fantasmas. Yo mismo dudo de mi propia esencia. La nostalgia se sienta a mi lado. «Invítame a un Cointreau», me dice. «¿Te ha seguido alguien?»…

 Tratar de hacer literatura, aunque sea pobre, en lugar de una reseña es el típico recurso de los malos críticos. No olvidarlo.

30/05/14-. Finalicé La hierba de las noches. Estaba convencido de que, hacia el final de la novela, Jean, el protagonista, iba a percatarse de que el muerto en realidad era él… No, no tienen de qué preocuparse: no es un trasunto de El sexto sentido.

 Muchos (yo también) se apresuran a señalar el aire poético que exhala la obra de Modiano. ¿En qué consiste ese aire? ¿Dónde radica? En cierto gusto por la indefinición, en esbozar antes que describir con detalle, en ese vago afán de irrealidad, en esa aparente levedad que hace que su prosa se eleve…

 No se dejen engañar por el muerto del primer párrafo de hoy ni por la contraportada del libro: no se trata de una novela negra. ¿De qué va la novela?

 De la memoria. Del tiempo perdido. De cómo el tiempo lo engulle todo. De la escritura. De la juventud… Uf, menuda sarta de vaguedades típicas. Un tanto por ciento muy elevado de todas las novelas publicadas y por publicar hablan de eso, ya sea de forma directa, ya sea de forma incidental.

 Lo dejo por hoy.

31/05/14-. Ésta es la tercera novela que leo de Patrick Modiano. Antes cayeron (hace ya algún tiempo) La calle de las tiendas oscuras y En el café de la juventud perdida. No recuerdo el orden. Es más, en mi mente se confunden las distintas tramas. Es normal: parece ser que el francés siempre escribe la misma novela. Se diría un hombre obsesionado, tendente a la tristeza. Un tipo en apariencia tranquilo, pero… Qué me importa la clase de persona que sea Modiano. Aquí importan sus novelas. En ellas siempre hay un viaje al pasado, a lo que queda de él. Los recuerdos llegan fragmentados, como envueltos en niebla. Hay que recomponer un puzle, un puzle al que siempre le falta alguna pieza. Este viaje, esta recreación, esta búsqueda, suelen ocurrir en un París fantasmagórico, un París que atesora esos recuerdos que se van desvaneciendo por momentos…

 Concretemos. Hablemos de La hierba de las noches. A Jean, novelista de una edad similar a la del propio Modiano, le da por recordar y escribir sobre un periodo concreto de su juventud, el que compartió con Dannie, una chica con muchos secretos y varios nombres. Para reconstruir aquellos meses, Jean se vale de su memoria y de las anotaciones hechas en una vieja libreta negra que aún conserva. Gracias a estos elementos, el autor recrea aquel turbio asunto en el que se vio implicado. En fin, un misterio no resuelto, un amor perdido, sueños en los que vuelve a caminar por esas calles ya desaparecidas, las calles de su juventud…

 Está claro: lo mío no es la crítica literaria. Tomo nota.

sábado, 24 de mayo de 2014

Nosotros caminamos en sueños, de Patricio Pron

Escribo apresurado. Dispongo de poco tiempo. No estoy en casa. No digo dónde estoy porque, si lo hiciera, podría traerme consecuencias negativas. Iré al grano. Ayer terminé de leer Nosotros caminamos en sueños, de Patricio Pron. Esto, como ya habrán adivinado, no va a ser una reseña. “¡Deja de robar!”, grita alguien unos metros más allá. No, no debo distraerme. Serán sólo unas líneas. Diré, para empezar, que me ha gustado. Mientras leía, mi dedo índice se movía instintivamente en busca del botón “me gusta”. Se dice en la contraportada que

Escribí lo anterior el jueves. Ahora es sábado. Tuve que abandonar mi posición y, por consiguiente, mi no-reseña porque corría el peligro de ser descubierto. Ya no hay peligro, pero lo cierto es que he perdido el hilo y, por si fuera poco, el ímpetu que el jueves me llevó a escribir el párrafo anterior.

Quería decir algo sobre la contraportada. Sí, ya recuerdo. En ella se dice que el relato de Pron es habitado simultáneamente por los espíritus afines de Samuel Beckett, César Aira, Martin Amis y Fogwill. Bien podría ser, pero en esta enumeración eché en falta el espíritu del Levrero más cáustico y fantástico. Si tuviera a Pron delante, le preguntaría si en algún momento pensó en el uruguayo mientras escribía su novela.

¿Y de qué va la novela? De la guerra, claro. Que trascurra en Las Malvinas o en unas islas suspendidas en el espacio resulta irrelevante. Parece decirnos Pron que algo tan absurdo y humano como la guerra sólo pudiera contarse desde algo tan absurdo y humano como los sueños. Y en esto entronca con Levrero: en la lírica desquiciada y cómica de lo onírico. Los personajes de esta novela se mueven por los escenarios ilógicos e imprevisibles de esos sueños de los que no podemos despertar.

(Debo decir también que hubo momentos en la novela en que no pude evitar pensar en el famoso sketch de Gila sobre la guerra).

Dice el novelista en una nota final: “La irreversibilidad con la que el relato y los objetos avanzaban hacia el final de la historia repetía mis recuerdos de niño, en los que la guerra era irreversible y carecía de todo fundamento; cuando terminó, sospeché que quizá no había existido nunca”. Algo más adelante: “esta novela trata también acerca de la imbecilidad militar, la cobardía y su parecido con la sensatez y la guerra, que es realmente, como decimos, una puta mierda , pero también de la felicidad de convertir el temor y los sueños infantiles en ficción y sentido”.

Como curiosidad que no viene mucho al caso, diré que Patricio Pron, uno de mis escritores favoritos más o menos jóvenes de la actualidad, comparte año de nacimiento con otro de mis escritores favoritos más o menos jóvenes de la actualidad, Alejandro Zambra.

Ya para terminar, y para que se hagan una idea de lo que van a encontrarse si se acercan a esta novela, transcribo tres párrafos de Nosotros caminamos en sueños:


Este es un ejército moderno que busca la optimización de sus recursos pero elude cualquier clase de traba burocrática: somos una empresa capitalista de exterminio masivo que no escapa a la necesidad de optimizar sus recursos como cualquier otra empresa. Lo que usted tiene que hacer es matar a todas las personas que encuentre en la guerra sin detenerse en ninguna clase de consideración de índole moral o ética y sin contemplaciones. (Dicho por el encargado de la oficina de Afrentas y Cuestiones de Honor).

*

Pero yo, por alguna razón, me sentía feliz: feliz de que no me hubieran matado aún y de que pudiese disfrutar una vez más de algo que no había pensado que existiera ya, algo que se parecía a la irresponsable ausencia de proyectos y a la convicción de que cualquier cosa que hicieras no tenía importancia porque no había un futuro en el que pudiera proyectar sus consecuencias.

*

Al salir del puesto de comunicaciones se acercó a mí un grupo de japoneses y estuvo filmándome un rato. Una de las grandes ideas que Morin había tenido mientras yo velaba junto a O’Brien era la de seducir a potenciales turistas con el argumento de que se les mostraría la guerra tal como ésta era, sin ninguna manipulación televisiva; de modo que desde hacía un par de días un grupo de turistas japoneses deambulaba por nuestras posiciones con sus cámaras fotográficas y sus filmadoras registrando todo lo que hacíamos.



martes, 6 de mayo de 2014

Los extraños, de Vicente Valero




Toda familia atesora sus extraños. El tiempo y la distancia los transforman en tales. A la larga, todos acabaremos siendo extraños para algún miembro de nuestra familia, hayamos dejado atrás o no nuestro lugar de nacimiento. Tal vez alcancemos, por un instante, ese brillo propio de la extrañeza, del objeto cuyos contornos se presentan brumosos y, por esto mismo, brillantes. Tal vez nuestro nombre sobrevuele alguna sobremesa futura y prolongada, apurados los cafés y los licores y agotado el tema de la actualidad. Por otro lado, ¿hasta qué punto no soy un extraño para mi esposa, mis padres, mis hijas? ¿Hasta qué punto no lo acabaré siendo cuando ya no esté aquí y se evoque –en esa sobremesa futura– mi recuerdo? Toda biografía tiene huecos y es en estos huecos, en esta nebulosa, donde se hace fuerte la especulación y nace la literatura. En su último libro (Los extraños, Periférica, 2014), Vicente Valero nos habla de sus extraños, todos ellos familiares más o menos lejanos, más o menos desdibujados; rastrea los recuerdos heredados, viejos documentos, antiguos objetos que no sucumbieron al correr del tiempo y el olvido; indaga y especula hasta conseguir que sus extraños, por un momento, sean también nuestros extraños, es decir, los devuelve al mundo de los vivos. Una investigación sentimental, una crónica de viajes propios y ajenos teñida de melancolía, salpicada de lealtad y amor, construida con una prosa eficiente, de frases largas, envolventes, una prosa que nos arrastra al mundo, a la vida, a los sentimientos de esos extraños, los extraños de Vicente Valero, que, gracias a su buen hacer, se transforman en nuestros extraños.


viernes, 2 de mayo de 2014

Unas líneas sobre Ben Clark tras la lectura de La Fiera, su último libro publicado


La Fiera (Sloper, 2014)


Palabras que le sientan bien a la poesía de Ben Clark: ironía, sutileza, distanciamiento, claridad… Lo curioso es que tampoco le sientan mal palabras como seriedad, contundencia, implicación personal, ambigüedad… Tanto Vicente Valero como Miguel Dalmau, al hablar de Ben, aluden a lo que ellos llaman la mejor tradición británica. Esta tradición, entiendo, tiene que ver (sentido del humor aparte) con cierta idea de elegancia y huida de lo pomposo, de lo en exceso ornamentado y/o abstruso. Lo que es seguro es que Ben huye como de la peste de lo obvio, sea o no esto parte de su ascendencia británica. Por tal motivo, sus poemas suelen admitir varias lecturas o relecturas. No se agotan como sí lo hacen las meras ocurrencias o la poesía social más panfletaria. Por otro lado, su ingestión no resulta pesada (como sí ocurre con según qué poesía demasiado conceptual o demasiado recargada), lo que no es óbice para que nos sintamos saciados.







lunes, 28 de abril de 2014

Onetti


Mi segunda residencia, el lugar al que escapo cuando las cosas se complican, o cuando soy yo el que busca complicaciones. Mi Lanka, mi quinto sin ascensor, mi particular forma de resistir tendencias y proselitismos. Mi veneno saludable, mi cura nociva… Sea como sea, siempre acabo volviendo a Onetti. Hace unos días, sin ir más lejos. Me sentía bloqueado. Un librito de poemas (alterna poemas con breves fragmentos en prosa) en el que vengo trabajando desde principios de año. Entonces me acerqué a la librería del salón y, casi sin pensarlo, agarré El pozo. Me pasa como a Fogwill: adoro ese principio. Eladio Linacero paseando por su cuarto, como si lo viera por primera vez. Dice Vargas Llosa que se trata de la primera novela moderna latinoamericana. Quién sabe. Lo importante aquí (es un decir) es que empecé a leerla y ya no pude parar. Mi alter ego tomó el nombre del protagonista del libro. La renuncia, la imposibilidad de comunicación real, el envilecimiento… Para más inri, Eladio y yo compartimos edad. Dice en uno de los primeros párrafos: “Nunca me hubiera podido imaginar así los cuarenta años, solo y entre la mugre, encerrado en la pieza”. Leía y se me hacían obvias la influencia de Beckett y Céline. Terminado el libro, supe qué camino debía tomar el proyecto en el que vengo trabajando: el de la papelera de reciclaje. Pero no soy tan fuerte; me sigo queriendo un poco. Cuando abandono a Onetti, tengo un lugar al que volver, sin mugre y con mujeres que ríen mientras escribo estas líneas.



Algunos fragmentos de El pozo:


No hay nadie que tenga el alma limpia, nadie ante quien sea posible desnudarse sin vergüenza.

*

Es como una obra de arte. Hay solamente un plano donde puede ser entendida. Lo malo es que el ensueño no trasciende, no se ha inventado la forma de expresarlo, el surrealismo es retórica.

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Es siempre la absurda costumbre de dar más importancia a las personas que a los sentimientos. No encuentro otra palabra. Quiero decir: más importancia al instrumento que a la música.

*

El amor es maravilloso y absurdo e, incomprensiblemente, visita a cualquier clase de almas. Pero la gente absurda y maravillosa no abunda; y las que lo son, es por poco tiempo, en la primera juventud. Después comienzan a aceptar y se pierden.

*

Se dice que hay varias maneras de mentir; pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos.

*

Lázaro no ha venido y es posible que no lo vea hasta mañana. A veces pienso que esta bestia es mejor que yo. Que, a fin de cuentas, es él el poeta y el soñador. Yo soy un pobre hombre que se vuelve por las noches hacia la sombra de la pared para pensar cosas disparatadas y fantásticas. Lázaro es un cretino pero tiene fe, cree en algo. Sin saberlo, ama a la vida y sólo así es posible ser un poeta.