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viernes, 28 de junio de 2013

Juan Luis Panero, uno de mis vicios

[Cada cierto tiempo vuelvo a Juan Luis Panero. Hay autores con los que nunca se deja de estar en deuda. Todos tenemos nuestro Olimpo literario, ese cúmulo de títulos y autores que fueron importantes en nuestra formación como escritores y no solo como escritores. Que lo siguen siendo. De una relación meramente literaria se pasa a otra más íntima todavía, parecida a la amistad: los defenderás incluso de críticas justificadas, aunque la caguen a lo grande. Ya forman parte de la familia y, por tal motivo, el código penal te ampara. Para que esto ocurra, sin embargo, suele ser imprescindible no conocerlos personalmente (hace tiempo Monterroso lo advirtió). JLP es uno de ellos, uno de mis vicios. Que no todo va a ser sexo, fútbol y gastronomía]


A LA MAÑANA SIGUIENTE CESARE PAVESE NO PIDIÓ EL DESAYUNO

Solo bajó del tren,
atravesó solo la ciudad desierta,
solo entró en el hotel vacío,
abrió su solitaria habitación
y escuchó con asombro el silencio.
Dicen que descolgó el teléfono
para llamar a alguien,
pero es falso, completamente falso.
No había nadie a quien llamar,
nadie vivía en la ciudad, nadie en el mundo.
Bebió el vaso, las pequeñas pastillas,
y esperó la llegada del sueño.
Con cierto miedo a su valor
-por vez primera había afirmado su existencia-
tal vez curioso, con cansado gesto,
sintió el peso de sus párpados caer.
Horas después -una extraña sonrisa dibujaba sus labios-
se anunció a sí mismo, tercamente,
la única certidumbre que al fin había adquirido:
jamás volvería a dormir solo en un cuarto de hotel.


Los trucos de la muerte (1975)

lunes, 27 de mayo de 2013

Poesía en los bares: Armando Rivero

Las viejas traiciones (Baile del Sol, 2009), de Armando Rivero


Tantas líneas consumidas en bares junto a cafés y cervezas, boli (y móvil) en mano. Yo,
como Armando Rivero, intento controlar la lluvia que invade la casa de mis dedos. A veces,
casi lo consigo. Otras, en cambio, escribo unas líneas con la esperanza
de que otros las consuman
.

domingo, 19 de mayo de 2013

Un poema de Roberto Bolaño



Paco Cifuentes leyendo el poema “La francesa” de Roberto Bolaño en el salón de casa. A veces pasan este tipo de cosas. Son escenas que se nos quedan dentro. La voz profunda de Paco recitando los versos de Bolaño mientras yo lo escucho y me evado del salón de casa para aterrizar en la habitación de hotel de una isla al sur de todo mapa, de todo posible regreso, junto a una sombra que es posible que sea yo mismo o una joven tan perdida como yo por aquel entonces, una cara y un cuerpo y un temor desdibujados, recuperados por un instante gracias a la voz, a la música de Paco Bolaño o Roberto Cifuentes. De su estancia en Mallorca el pasado fin de semana, curiosamente me quedo con esto: Paco Cifuentes leyendo el poema “La francesa” en el salón de casa.

Ha pasado una semana. Hoy es domingo, domingo por la tarde. Releo el poema “La francesa”. Sin duda, es uno de mis poemas favoritos. Cada pocos meses vuelvo a él. Me recuerda lo que siempre se le debe exigir a la poesía, al menos, lo que yo siempre le exijo, aquello sin lo cual se me torna algo frío, pura ornamentación o juego o reflexión. Estoy hablando, claro está, de la emoción.

Pero se trata de un poema largo y es domingo, domingo por la tarde, así que mejor traigo aquí otro poema de Bolaño, uno más breve, que también me gusta mucho, un poema incluido, al igual que “La francesa”, en su libro Los perros románticos, un poema titulado “Lupe”.


LUPE

Trabajaba en la Guerrero, a pocas calles de la casa de Julián
y tenía 17 años y había perdido un hijo.
El recuerdo la hacía llorar en aquel cuarto del hotel Trébol,
espacioso y oscuro, con baño y bidet, el sitio ideal
para vivir durante algunos años. El sitio ideal para escribir
un libro de memorias apócrifas o un ramillete
de poemas de terror. Lupe
era delgada y tenía las piernas largas y manchadas
como los leopardos.
La primera vez ni siquiera tuve una erección:
tampoco esperaba tener una erección. Lupe habló de su vida
y de lo que para ella era la felicidad.
Al cabo de una semana nos volvimos a ver. La encontré
en una esquina junto a otras putitas adolescentes,
apoyada en los guardabarros de un viejo Cadillac.
Creo que nos alegramos de vernos. A partir de entonces
Lupe empezó a contarme cosas de su vida, a veces llorando,
a veces cogiendo, casi siempre desnudos en la cama,
mirando el cielorraso tomados de la mano.
Su hijo nació enfermo y Lupe prometió a la Virgen
que dejaría el oficio si su bebé se curaba.
Mantuvo la promesa un mes o dos y luego tuvo que volver.
Poco después su hijo murió y Lupe decía que la culpa
era suya por no cumplir con la Virgen.
La Virgen se llevó al angelito por una promesa no sostenida.
Yo no sabía qué decirle.
Me gustaban los niños, seguro,
pero aún faltaban muchos años para que supiera
lo que era tener un hijo.
Así que me quedaba callado y pensaba en lo extraño
que resultaba el silencio de aquel hotel.
O tenía las paredes muy gruesas o éramos los únicos ocupantes
o los demás no abrían la boca ni para gemir.
Era tan fácil manejar a Lupe y sentirte hombre
y sentirte desgraciado. Era fácil acompasarla
a tu ritmo y era fácil escucharla referir
las últimas películas de terror que había visto
en el cine Bucareli.
Sus piernas de leopardo se anudaban en mi cintura
y hundía su cabeza en mi pecho buscando mis pezones
o el latido de mi corazón.
Eso es lo que quiero chuparte, me dijo una noche.
¿Qué, Lupe? El corazón.


sábado, 27 de abril de 2013

LOS CABALLOS DE DUNCAN, un poema de José María Álvarez


[Hablaba de este poema en el último artículo publicado en el blog. Lo copio mientras afuera llueve y se hace fácil imaginar toda la ocupación que se avecina. De todos modos, en casa no tengo coñac ni champán, tampoco cadáveres a la vista. Soy una puta que necesita un afeitado. Y sí, a los rusos nos gusta un buen culo después de la batalla]




LOS CABALLOS DE DUNCAN

Se va a poner todo carísimo.
Menos mal que las posguerras
siempre son un negocio.
Y el coño es algo que jamás se acaba.
Pero se va a poner todo carísimo.
Se han llevado hasta el piano
para usarlo de barricada. Qué idiotez. De todas formas
el mariconazo que lo tocaba
debe estar criando malvas en Rusia. Los cañones
retumban muy cercanos. Dios, ya están ahí,
hace un rato que fui a la bodega
a buscar otra botella de cognac
¿y a que no saben ustedes lo que había?
Un montón, una pila
de bolsillos.
Sólo bolsillos. Sin el resto
del pantalón.
En fin… Tengo siete cadáveres
a mi disposición: cinco jerarcas
y otras dos putas (de todas formas ya muy viejas
para la cantidad de ocupación que se avecina).
Los muy imbéciles se han ido al otro barrio
bien llenos de cognac, y uno hasta dando
un viva a Hitler. También estaban viejos
para la ocupación que se avecina. Este de aquí
se ha volado los sesos
con la otra mano entre mis piernas; querría
calor, supongo. Ya se oyen los tanques.
Deben estar a cuatro calles.
Bien. Voy a maquillarme.
Por suerte aún queda un espejo sin romper
sobre la barra. Un poco de sombra
en los ojos, rouge
en los labios, las medias bien
estiradas, y las tetas para arriba.
El detalle de una gorra de SS
puede quedarme bien. Tiene tirón.
Al fin y al cabo todos somos nazis.
Ya los oigo. Esas bestias. Digo yo
que también los rusos beben y que debe gustarles
un buen culo después de la batalla.
Perfecto. Wunderbar, Wunderbar.
Y otra vez nos reiremos, y otra vez
beberemos champagne.

De El botín del mundo


sábado, 13 de abril de 2013

Tres poemas de Eduardo Lizalde




1

Recuerdo que el amor era una blanda furia
no expresable en palabras.
Y mismamente recuerdo
que el amor era una fiera lentísima:
mordía con sus colmillos de azúcar
y endulzaba el muñón al desprender el brazo.
Eso sí lo recuerdo.
     Rey de las fieras,
jauría de flores carnívoras, ramo de tigres
era el amor, según recuerdo.
     Recuerdo bien que los perros
se asustaban de verme,
que se erizaban de amor todas las perras
de sólo otear la aureola, oler el brillo de mi amor
como si lo estuviera viendo.
     Lo recuerdo casi de memoria:
los muebles de madera
florecían al roce de mi mano,
me seguían como falderos
grandes y magros ríos,
y los árboles aun no siendo frutales—
daban por dentro resentidos frutos amargos.
     Recuerdo muy bien todo eso, amada,
ahora que las abejas
se derrumban a mi alrededor
con el buche cargado de excremento.


2

Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses;
que se pierda
tanto increíble amor.
Que nada quede, amigos,
de esos mares de amor,
de estas verduras pobres de las eras
que las vacas devoran
lamiendo el otro lado del césped,
lanzando a nuestros pastos
las manadas de hiedras y langostas
de sus lenguas calientes.

Como si el verde pasto celestial,
el mismo océano, salado como arenque,
hirvieran.
Que tanto y tanto amor
y tanto vuelo entre unos cuerpos
al abordaje apenas de su lecho, se desplome.

Que una sola munición de estaño luminoso,
una bala pequeña,
un perdigón inocuo para un pato,
derrumbe al mismo tiempo todas las bandadas
y desgarre el cielo con sus plumas.

Que el oro mismo estalle sin motivo.
Que un amor capaz de convertir el sapo en rosa
se destroce.

Que tanto y tanto, una vez más, y tanto,
tanto imposible amor inexpresable,
nos vuelva tontos, monos sin sentido.

Que tanto amor queme sus naves
antes de llegar a tierra.

     Es esto, dioses, poderosos amigos, perros,
niños, animales domésticos, señores,
lo que duele.


3

Lee unos poemas el hombre
de otro planeta:
“un amor
capaz de convertir al sapo en rosa”,
y frunce el ceño:
¿qué es la rosa, qué el amor?
¿qué cosa el sapo?
No nos entendemos.


De El tigre en la casa

lunes, 25 de marzo de 2013

EL PEATÓN, un poema o prosa poética o lo que sea de Jaime Sabines

Es bueno tener siempre un libro de poemas en el baño.

Durante muchos años me sentí identificado con el poema “Los amorosos”, de Jaime Sabines. No paraba de buscar, de huir, me repelía la conformación. Andaba como loco y al final de las noches, irremisiblemente, me sentía solo, abandonado, deportado, tuviera o no un cuerpo junto al que descansar. Creía que vivía al día, sin Dios ni Diablo, pero jamás le di la espalda a esta forma de ser conservadora y europea, quiero decir: con varios amortiguadores bajo mis pies. Hoy releo el poema y sonrío y siento nostalgia y alegría y una pizca de tristeza y pienso en cómo se transforma el amor, cómo a veces lo utilizamos de excusa, cómo nos duele y eleva todavía hoy… Pero no, he decido no copiar este poema. Finalmente me he decantado por “El peatón”:


   Se dice, se rumorea, afirman en los salones, en las fiestas, alguien o algunos enterados, que Jaime Sabines es un gran poeta. O cuando menos un buen porta. O un poeta decente, valioso. O simplemente, pero realmente, un poeta.
   Le llega la noticia a Jaime y éste se alegra: ¡qué maravilla! ¡Soy un poeta! ¡Soy un poeta importante! ¡Soy un gran poeta!
   Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido. Pero en la calle nadie, y en la casa menos: nadie se da cuenta de que es un poeta. ¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente, o un resplandor visible, o un rayo que les salga de las orejas?
   ¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido, o trabajar en la fábrica como otro cualquiera, o andar, como cualquiera, de peatón.
   ¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta: soy un peatón.
   Y esta vez se queda echado en la cama con una alegría dulce y tranquila. 


De Uno es el poeta. Antología

martes, 19 de marzo de 2013

Juarroz y Gamoneda: 4 poemas



Hoy tuve la tarde libre. La pasé leyendo poesía. Me refiero a poesía publicada en libros. Me refiero a libros de papel. Un anacronismo. Por la poesía, digo, no por los libros de papel. ¿O también? Esta relación se perpetúa en el tiempo, adquiere tintes épicos, lunáticos, casi mágicos. Fuimos amantes, nos casamos, nos pusimos los cuernos, nos separamos y nos volvimos a juntar (generalmente en hoteles de tres o cuatro estrellas, que ya no somos adolescentes). ¿Hasta cuándo? La demencia dirá. Traigo aquí cuatro de los poemas leídos. Los dos de Roberto Juarroz los he extraído de su Undécima poesía vertical; los de Antonio Gamoneda, de Sílabas negras, si bien pertenecen a su libro Blues castellano.

2 POEMAS DE ROBERTO JUARROZ


Habrá al final una caída sin relevos.
Pero hasta que eso ocurra,
caer es ir a rebotar en el fondo,
la gimnasia que tenemos asignada
para aprender a hundirnos,
pero también para aprender a subir.

Porque no hay ascenso directo.
Todo ascenso procede del impulso
de ese choque en el fondo.

Sin embargo,
no conseguimos llegar a amar el fondo:
aunque en el fondo haya también una luz,
nosotros preferimos la luz
que está jugando afuera.

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Rara vez vuelvo a leerme.
Si lo hago,
me parece que quien escribió aquello
fue alguien que se quedó en el camino,
tal vez para esperar mi retorno
o para poder observarnos desde lejos
o tomar él después por caminos secundarios
para encontrarnos otra vez más adelante.

Releerse es sospechar de algún modo
que la vida que pasó
nos aguarda en otra parte,
como si un hijo pródigo al revés
esperara en su puerta
el improbable regreso de su padre.

Detrás de cada palabra escrita antes
asoman como un pueblo furtivo
todas las palabras que no supimos escribir.
Por eso releerse es hallar,
más que las visiones que fuimos,
las visiones que nos reclamaron en vano,
pero quedaron como algas curiosamente insistentes
adheridas a aquello
que sin entenderlo del todo recogimos.

Si el tiempo no estuviese agotado,
quizá valdría la pena releerse
nada más que por esas adhesiones.


2 POEMAS DE ANTONIO GAMONEDA


LIBERTAD EN LA CAMA

Todos los días salgo de la cama
y digo adiós a mi compañera.
Vean: cuando me pongo
los pantalones,
me quito
la
libertad.

Cuando llega la noche, otra vez
vuelvo a la cama y duermo.

A veces sueño que me llevan con las manos atadas,
pero entonces me despierto y siento la oscuridad,
y, con el mismo valor, el cuerpo de mi mujer y el mío.

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TARAREANDO NAZIM

Tengo ruidos en la nuca, doctor.
Siento el cráneo apretar y crujir,
sobre todo si hay penas. No sé…
Hace ya siete años, doctor,
que en vez de pensamiento tengo un ruido
y una pasta muy triste en la cabeza.

Yo haré lo que me diga; yo tendré
paciencia y confianza. Puede ser.
Yo tomaré las medicinas
para poder pensar en mis amigos.

Pero si lo que ocurre, doctor,
es que tengo algún mal que se produce
a causa del amor
y el pensamiento de la resistencia,
entonces, déjelo; esto no es
más que nuestro sonido natural.
Yo viviré
mejor con este ruido en la cabeza.


lunes, 18 de febrero de 2013

Siete cachitos de José Viñals

2

Visité a las putas del prostíbulo de Corralito. Me dijeron: “Si has de ser Poeta debes probar el Misterio”.

10

Descendí del caballo y te amé fugazmente. Nada más breve que lo eterno.

13

No el poema, el conjunto. A su hora gregaria el pájaro es bandada.

39

Una vez nos cruzamos mi hermano y yo, él en su caballo, yo en el mío. Nos saludamos ceremoniosamente. Él se quitó el sombrero. En la frente tenía las señales de la decencia. Él no pudo ver las mías, fueran las que fuesen, pues me envolvía la noche que me envuelve. No tengo orgullo de mis cicatrices.

83

Chocó contra los cristales de las pantallas acústicas de la carretera y cayó muerto. No se suicidó; el estornino creía en la transparencia.

88

Eres bella pero no inmaculada. No hay belleza en lo intacto. He aquí huellas humanas: ha pasado el hombre, ha alterado la vida. Si eres inalterable no nos sirves.

90

Con sus gafas graduadas para ver de cerca, el anciano poeta mira el infinito.


De Elogio de la miniatura

martes, 15 de enero de 2013

Tres poemas de César Simón


  
UNA NOCHE

Una noche, hace tiempo, caminábamos.
De pronto, enardecidos,
pero conscientes
-nunca el amor enturbia la consciencia-,
nos metimos ahí, para besarnos,
al almacén oscuro.
Hicimos el amor en el más puro fuego,
junto al peligro
-la puerta estaba rota,
por la acera pasaban transeúntes…-.
La vida breve y el amor en vilo.
¿Cómo saber si en tales ocasiones
el amor nos preserva
o nos destruye?
Ahora tras el rictus con que apenas
señalo la presencia de esa puerta,
mi consideración me lleva lejos.
Y en la lluvia camino.



DE TARDE EN TARDE

A veces, de tarde en tarde,
paso por aquella playa.
Y nada pediría, si se me ofreciese;
que todo regresara, por ejemplo.
Disimulo quién soy, si me siento a una mesa
y acude el camarero
que nos atendía.
Es como si dijera: yo no he sido
nadie,
yo no he tenido
nada.
Y sin rencor lo digo,
con impreciso gesto, con oscuro
semblante.
Pues esta sensación es verdadera:
no hay que sacar de nada conclusiones.
Y menos que de nada de aquellos días muertos
que no deben, por respeto, ni mencionarse.



DESPEDIDA

He venido, ya lo comprendes bien, sólo por una tarde;
he venido a decirte que todo da lo mismo.
Vivir es finalmente un duro encuentro
en un lugar vacío.
Te contemplo. Estás muda, ahí arriba;
arriba, bajo el techo,
junto a la viga.
En esta habitación de los días remotos
te apareces,
en esa mancha en la pared,
alegre o triste, ya no importa mucho,
puesto que nada habremos de decirnos.
¿Te quise? Qué pregunta.
Y es que lo vano del presente,
su ingravidez,
la dispersión de tantos días
todo lo pone en duda: tú, yo mismo.
¿Y te guardo rencor?
Obvio es que no, con tales presupuestos.
La verdad es la suma
de un tiempo ya vencido.
A esa mancha, debajo de la viga,
no le guardo rencor, tampoco.
Ya digo, es más complejo
-y es peor, todavía-.
Así pues, te contemplo, simplemente.
Estás ahí, sentada,
en ningún tiempo ya,
duende de mi extravío.
Y, si quisiera hablarte,
peor sería.
La palabra levanta mucho polvo.
En esta transparencia
donde el mundo se aclara,
no es que me encuentre bien,
pero respondo a propia lejanía.
He seguido viviendo.
Ya sabes: duro lecho.
Aquí todo empezó y concluye todo.
Adiós. Al menos, es verdad
que estás ahí, callada,
como todas las cosas,
como si nunca hubieran existido.

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Estos tres poemas pertenecen a Extravío (1991) y conforman la penúltima parte del libro titulada “Con oscuro semblante”. No son, desde luego, los más representativos del estilo del autor, que cultivó lo que podría llamarse una poesía metafísica. .

Así se veía César Simón como poeta (copio del libro Cómo tratar y maltratar a los poetas, de José Luis García Martín):

“De Cernura y de mi generación me separa mi desinterés por la perspectiva ética. Para mí, como poeta, las valoraciones éticas carecen de sentido. Las actitudes éticas proceden del que se expresa desde un sistema; yo me he expresado siempre desde fuera. ¿Cómo? Como si todavía no hubiera sido presentado en sociedad. He sido, y creo que soy, un poeta de aledaños, de senderos y espacios vacíos. Merodeo por los pueblos sin entrar en ellos. El ágora no se ha hecho para mí. Encuentro que mi tema recurrente es el enfrentamiento con el mundo, con el hecho de existir, como una tarea previa y abrumadora que todavía no me he quitado de las manos”.

En párrafos anteriores, el crítico y poeta García Martín escribe:

“La riqueza de una literatura se mide no sólo por sus grandes nombres, por los escritores de máxima audiencia, por las figuras de primera fila. Junto al universo lírico de Juan Ramón Jiménez tiene un sitio el pequeño planeta de Fernando Fortún, la luminosidad de Ungaretti no oscurece por completo el más limitado fragmentarismo de Sandro Penna, el genio de Pessoa no hace desdeñable la obra menor, pero no menos genial, de su amigo Mário de Sá-Carneiro.
En la generación del cincuenta, al lado de los poetas más conocidos y citados –los Ángel González, Gil de Biedma, Valente–, hay otros que, por la índole misma de su obra, nunca podrán tener idéntica difusión. Se trata de autores como Ricardo Defarges o César Simón, de obra breve y marginal, no por razones de sociología literaria ­–desatención de lectores y editores–, sino por otras más profundas que tienen que ver con su concepción del mundo”. 

sábado, 12 de enero de 2013

UN ÉTRANGER, un poema de Juan Luis Panero



Produce cierta melancolía,
una tristeza decadente -literaria sin duda-
como algunas canciones de entreguerras
o páginas perdidas de Drieu La Rochelle,
ver a un hombre solo, apartado y distante,
en la barra de un bar con decorado internacional.
En esa imprecisa edad, tan imprecisa como la luz del ambiente,
en que ya no es joven ni viejo todavía
pero lleva en sus ojos marcada su derrota
cuando con estudiado gesto enciende un cigarrillo.
Las muchas canas y las muchas camas,
un indudable estómago que la camisa inglesa apenas disimula,
el temblor, no demasiado visible, de su mano en un vaso,
son parte del naufragio, resaca de la vida.
Un hombre que espera ¿quién sabe qué?
y aspirando el humo, mira con declarada indiferencia
las botellas enfrente, los rostros que un espejo refleja,
todo con la especial irrealidad de una fotografía.
Y es aún, algo más triste, un hondo suspiro reprimido,
ver al fondo del vaso -caleidoscopio mágico-
que ese hombre eres tú irremediablemente.
No queda entonces sino una sonrisa: escéptica y lejana,
-aprendida muy pronto y útil años después-
de un largo trago acabar la bebida,
pagar la cuenta mientras pides un taxi
y decirte adiós con palabras banales.


De Antes que llegue la noche (1985)


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Escribo en el sofá naranja. Tengo el portátil sobre mi regazo. Si giro la cabeza hacia la izquierda, puedo ver, ya que descorrí las cortinas y abrí la puerta que da acceso a la terraza, una parte del edificio de enfrente así como una parte del cielo. Esta parte del cielo se encuentra moteada por unas nubes de apariencia estática, pero que en realidad se desplazan, con ritmo cansino, de oeste a este, nubes cuya tonalidad va del gris azulado al cobrizo muerte. Pero a quién importan estos detalles. Como introducción es más que suficiente. Vayamos al poema.

Al ser este un país que ama las polarizaciones, podríamos dividir a los poetas patrios en función de sus preferencias con respecto a los Panero: los que prefieren a Leopoldo María y los que prefieren a Juan Luis. Yo, si me viese obligado a tomar partido, me uniría al bando de estos últimos. De todos modos, nunca me he llevado bien con las polarizaciones (si bien a veces resultan inevitables). Me gustan los Beatles y los Rolling (unos más que otros), la Pepsi y la Coca (una más que otra), Quique González y Nacho Vegas (uno más que otro; además, esto es un guiño a un lector de este blog), Audrey Hepburn y Sophia Loren (una más que otra), etc. Con esto quiero decir que, a fecha de hoy, hay poemas de Leopoldo María Panero que me siguen pareciendo maravillosos. Pero éste no es el tema que aquí nos ocupa. Centrémonos.

Siempre que hablo con alguien de Juan Luis Panero, o cuando releo alguno de sus poemas, no puedo evitar que a mi mente acuda el nombre de Juan Carlos Onetti. Las palabras que los unen, según los simples esquemas literarios con que me manejo, son dos: decadencia y lucidez. Estas palabras de algún modo contienen los parámetros en los que se mueven sus obras. Ambos autores (carraspeo y sonrío) han sido muy importantes en mi formación literaria. Su huella es fácilmente rastreable en mis libros, tanto en los de poesía como en las novelas. No entremos en comparaciones odiosas, ni hagamos chistes fáciles. Es sábado. Seamos benévolos.

¿Por qué “Un étranger”? Porque está disponible en la red, o sea, que me he evitado tener que transcribirlo. Bromas (o no) aparte, creo que, además de ser magnífico, se trata de un poema que refleja a la perfección eso que, según mi criterio, une a Panero con Onetti: la decadencia y la lucidez. Está claro que podría e, incluso, que debería extenderme más en este punto, explicarlo mejor, con más detalle, poner algún ejemplo, pero prefiero evitar el ridículo y, ya de paso, ahorrarme el trabajo.

Voy terminando. Paso a hablar de novelas. Terminé 2012 leyendo Robar en American Apparel, de Tao Lin. Se trata de una autoproclamada novela moderna. Es como Less Than Zero pero con menos droga y, por razones obvias, más internet (risas). Se lee fácil pero corre el riesgo de caer en el olvido con igual facilidad. Va de un tío que no sabe qué hacer con su vida, que mantiene extraños diálogos con amigos y conocidos, que come y bebe cosas igualmente extrañas y que aspira a escribir una novela que de algún modo le saque del marasmo en que ha caído su existencia. Los diálogos de la novela son de este estilo:

-       No me gustan los condones.
-       ¿Y qué puedo hacer?
-       Nada.
-       Lo siento.
-       No te preocupes.
-       Vale.  

Como me gustan los contrastes, decidí (cuestión de azar) que la primera novela del año fuera La pesquisa, de Juan José Saer. Algo así como todo lo contrario a la propuesta de Tao Lin. Denso, hondo, pausado, descriptivo. Según Piglia, el mejor escritor argentino de su momento y uno de los mejores a nivel mundial. Una respuesta (por seguir con los contrastes) en un diálogo entre los personajes de la novela del argentino puede fácilmente abarcar medio libro. Todo lo que Tao Lin no te cuenta (en sus diálogos, en sus descripciones) Saer lo hace de un modo más que pormenorizado. Llegar a tal punto de concreción y no resultar aburrido, es más, rozar o alcanzar a ratos la genialidad, puede ser catalogado (estoy hablando en serio) de milagroso. ¿Volvemos a las polarizaciones?

Está de más decir que ambas propuestas son igual de válidas e igual de necesarias. A veces uno necesita una cosa; a veces, todo lo contrario.

Para seguir con este vaivén literario, hoy he comprado y empezado a leer Galápagos, de Kurt Vonnegut. Voy por el capítulo siete. Va de una crisis mundial, del fin de la humanidad. Vonnegut es un cachondo que se ríe (y sabe hacerlo) de todo y de todos. ¿Existe mejor forma o, para ser más exacto, forma más amena de ejercer la crítica? De momento me gusta. Trascribo (me sacudo la pereza) un fragmento:

Había todavía alimentos y combustible suficientes para todos los seres humanos del planeta, pero millones y millones de gentes empezaron entonces a morir de hambre. Los más sanos podían pasarse sin comer unos cuarenta días, y luego sobrevenía la muerte.
Y esta hambruna era sobre todo el producto de unos cerebros demasiados grandes, como la Novena Sinfonía de Beethoven.
Todo estaba en la cabeza de la gente. La gente sencillamente había cambiado de opinión acerca del valor del papel moneda, pero en la práctica era como si un meteoro del tamaño de Luxemburgo hubiera golpeado el planeta sacándolo fuera de órbita.


Suficiente. Ya es de noche. Ciao.

jueves, 10 de enero de 2013

EL ROCK DE LA CÁRCEL, un poema de Jorge Boccanera



Ella pone la radio a todo volumen cuando
intento escribir,
cuando quiero dormir,
ella baila en el piso de arriba.
Baja las escaleras con fuerte zapateo,
            sus hijos lloran,
            sus perros ladran.
Todo el santo día personas que tocan a mi
puerta y por toda disculpa dicen: me equivoqué
            de puerta.
Ahora sube las escaleras corriendo, da un portazo
en su cuarto y discute a los gritos.
            Sus hijos ladran,
            sus perros lloran.
Con ella el vecindario es mucho más que una
            riña de gallos en el techo,
mucho peor que una explosión adentro de la
            almohada.
Un día respiré profundo, subí las escaleras,
me atendió un hombre que estaba agonizando,
dije tímidamente, me equivoqué de puerta,
            mis hijos lloran,
            mis perros ladran.
Ella tiene la radio a todo volumen cuando intento
            escribir,
cuando quiero dormir,
ella baila en el piso de arriba.

Hace años que mi único deseo es cruzarme con ella
            en la escalera,
y decirle a la cara: ¡me voy!
Y rociarla con nafta,
y apagar mi cigarro en su vestido rojo.

De su libro Sordomuda (1991)

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Sigo publicando poemas de otros. Me ha dado por ahí. Poco a poco voy creando una antología de poemas que me gustan. Este es el único criterio. No hay otro. Como si me estuviese despidiendo. Pero no, no hay intencionalidad. Rastreo en mi librería, en mi memoria, en internet. Hay algunos que por obvios descarto. Todos los que leemos poesía, todos los que en algún momento fuimos aguijoneados por eso bicho hermoso y escurridizo llamado poesía, pasamos, más tarde o más temprano, por esos apeaderos imprescindibles para poder seguir, una vez descansados, más sabios o más enceguecidos, la marcha. Estoy pensando en esos años de formación, que en poesía, como en cualquier disciplina importante, humana, se estiran y prolongan hasta que la mente se reseca, adquiriendo la forma de una esponja de mar lejos de su medio. Pero si bien es cierto que esos años llamados de formación se estiran hasta prácticamente solapar los años de vida meramente biológica, no es menos cierto que siempre existe una primera toma de contacto, ese sacudón inicial tras el cual, mientras nos rascamos la cabeza preguntándonos qué coño ha pasado, empezamos a vislumbrar un camino luminoso que intuimos crucial, ineluctable… Estoy perdiendo el hilo. De pronto he olvidado a qué conclusión quería llegar. Tal vez, me digo (una vez releído lo escrito hasta ahora), sólo buscaba un modo de justificar la ausencia de, cómo decirlo, grandes clásicos leídos en la etapa de formación primera comprendida principalmente entre los 12 y los 16 años, etapa circunscrita a un lugar llamado España –y es obvio que cada lugar tendrá sus propios hits poéticos incrustados en planes de estudios más o menos ineficientes. Pienso en las Coplas de Manrique, en el polvo enamorado de Quevedo, en el ay mísero de mí calderoniano, en el arpa (silenciosa y cubierta de polvo) becqueriana, en el tremebundo “Lo fatal” de Darío o en el patio sevillano que era la infancia de don Antonio. Algo en aquellos versos nos convenció para no darle la espalda a aquel mundo que titubeante, igual que una novia primeriza, se abría frente a nosotros. Y así llegamos a los Billy Collins, Alejandra Pizarnik, Tomas Tranströmer, Ben Clark, Charles Simic, Henri Cole, José Viñals, Manuel Vilas, Roque Dalton, Nicanor Parra, Jorge Boccanera, Vicent Andrés Estellés, Philip Larkin, Wisława Szymborska, José Watanabe, Joan Payeras, Jorge Teillier, Juan Luis Panero, Cesare Pavese, Idea Vilariño, Bartomue Rosselló Pòrcel, Juan Gelman, José Luis Piquero, Gladys González, Ernesto Frattarola, Lêdo Ivo, Josep Lluís Aguiló, Inma Luna, Juan Carlos Mestre, Anahí Maya, Joan Margarit, Robert Lowell, Pedro Andreu, Antonin Artaud, Amalia Bautista, Raúl Zurita, jorge m molinero, César Simón, la vecina de enfrente, etc. Y hago hincapié en este etcétera. Resulta inabarcable.


martes, 8 de enero de 2013

SUMMERTIME, un poema de Pablo García Casado


El pasado 6 de diciembre, yendo a Ramonville St. Agne para pasar unos días junto a Floriane, escribí y publiqué en Facebook lo siguiente:

"Fue en abril de este año cuando Karmelo C. Iribarren me propuso aparecer en un libro que pretendía recoger algunas de las múltiples voces de la poesía española actual. Un libro que iba a editarse en México. Creo que es fácil imaginar cuál fue mi reacción. Más de medio año después, Diez de diez viaja conmigo en tren, camino de Toulouse. Voy leyéndolo con calma. Alterno lectura y contemplación del paisaje. Un río corre paralelo al tren. Acabo de leer uno de los poemas que más me gusta de Pablo García, uno de mis favoritos en términos absolutos: “Summertime”. Siempre consigue pellizcarme adentro. Antes estuvieron el propio Karmelo y Rafael Fombellida, dos grandes. Querría escribir algo más adecuado o profundo, pero escribir directamente en el smartphone con el tren en movimiento me está destrozando la espalda... Miro por la ventana. La nieve ha sustituido al río. Luce el sol. Los abetos parecen saludarme. Hay caballos pensativos. Llegamos a La Molina. Sigo con la lectura".

'Diez de diez', editado por Tedium Vitae (Guadalajara, México)

Estación LaTour de Carol-Enveitg (Francia)

De camino a Ramonville St. Agne

Traigo aquí estas palabras (y estas tres fotos tomadas desde el tren con el teléfono) ya que no tengo ningún texto nuevo que ofrecer. Hoy martes, en Última Hora, han publicado mi artículo “Posesiones”, que ya vio la luz en este blog el pasado 26 de diciembre, y todavía no he escrito la que ha de ser mi próxima colaboración con el diario. Además, el texto rescatado de Facebook sirve de introducción para el poema de Pablo García Casado que me apetece publicar.


SUMMERTIME

Fueron mis últimas vacaciones. Me habían encargado en exclusiva las ventas en la zona de Levante. Yo acudía a las citas con los clientes y tú me esperabas en el coche. Éramos un equipo. Encendías la radio, te ponías mis gafas y mi gorra de Ferrari y movías el volante. Guardo cada minuto que pasamos juntos: el deseo de volver al hotel, de ponerme la nariz de payaso y buscar tu sonrisa.

Mamá necesitaba un descanso para rehacer su vida. Había conocido a un médico en el hospital y ensayaba cómo contarte que tenías un nuevo papá, una casa grande y bonita y unas hermanas nuevas. Tenemos que acabar con esta farsa, decía, tenemos que pensar en nuestra hija. Mamá te quiere mucho y Antonio es una buena persona. En cuanto a mí, quiero que sepas que fuiste el único amor de mi vida. Y que he vivido estos años sólo con la ilusión de volver otra vez a ese hotel, encontrarte dormida y acariciar tu pelo.


Cómo con tan poco se puede conseguir tanto…
He aquí la magia de este poema.

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Los otros seis poetas cuyos poemas aparecen en Diez de diez son:

Michel Gaztambide
Raquel Lanseros
Itziar Mínguez
Pepe Ramos
Javier Salvago
y Arturo Tendero.

En el camino nos encontraremos.


sábado, 5 de enero de 2013

Tres poemas de Jorge Teillier



CUANDO TODOS SE VAYAN

Cuando todos se vayan a otros planetas
yo quedaré en la ciudad abandonada
bebiendo un último vaso de cerveza,
y luego volveré al pueblo donde siempre regreso
como el borracho a la taberna
y el niño a cabalgar en el balancín roto.

Y en el pueblo no tendré nada que hacer,
sino echarme luciérnagas a los bolsillos
o caminar a orillas de rieles oxidados
o sentarme en el roído mostrador de un almacén
para hablar con antiguos compañeros de escuela.

Como una araña que recorre
los mismos hilos de su red
caminaré sin prisas por las calles
invadidas de malezas
mirando los palomares
que se vienen abajo,
hasta llegar a mi casa
donde me encerraré a escuchar
discos de un cantante de 1930
sin cuidarme jamás de mirar
los caminos infinitos
trazados por los cohetes en el espacio.

*

FIN DEL MUNDO

El día del fin del mundo
será limpio y ordenado
como el cuaderno del mejor alumno.
El borracho del pueblo
dormirá en una zanja,
el tren expreso pasará
sin detenerse en la estación,
y la banda del Regimiento
ensayará infinitamente
la marcha que toca hace veinte años en la plaza.
Sólo que algunos niños
dejarán sus volantines enredados
en los alambres telefónicos,
para volver llorando a sus casas
sin saber qué decir a sus madres
y yo grabaré mis iniciales
en la corteza de un tilo
pensando que eso no sirve para nada.

Los evangélicos saldrán a las esquinas
a cantar sus himnos de costumbre.
La anciana loca paseará con su quitasol.
Y yo diré: “El mundo no puede terminar
porque las palomas y los gorriones
siguen peleando por la avena en el patio”.

*

EDAD DE ORO

Un día u otro
todos seremos felices.
Yo estaré libre
de mi sombra y mi nombre.
El que tuvo temor
escuchará junto a los suyos
los pasos de su madre,
el rostro de la amada será siempre joven
al reflejo de la luz antigua en la ventana,
y el padre hallará en la despensa la linterna
para buscar en el patio
la navaja extraviada.

No sabremos
si la caja de música
suena durante horas o un minuto;
tú hallarás –sin sorpresa–
el atlas sobre el cual soñaste con extraños países,
tendrás en tus manos
un pez venido del río de tu pueblo,
y Ella alzará sus párpados
y será de nuevo pura y grave
como las piedras lavadas por la lluvia.

Todos nos reuniremos
bajo la solemne y aburrida mirada
de personas que nunca han existido,
y nos saludaremos sonriendo apenas
pues todavía creeremos estar vivos.

martes, 18 de diciembre de 2012

Poetas y sodomitas


La palabra desgarro goza de gran prestigio entre poetas fácilmente impresionables y sodomitas crueles. Si el sodomita cruel es, además, un poeta fácilmente impresionable, entonces la cosa se dispara… Pero pongámonos serios, o tristes (son términos que la gente tiende a confundir). La escena que voy a narrar transcurre en un bar. La protagoniza un servidor. Me hallo frente a un café y un libro abierto. Un libro de poemas. Un libro editado en 1984. Un libro de un poeta checo. Un poeta galardonado con el Nobel de Literatura. Cierro el libro. Miro al alrededor. Un local concurrido. Dependientas de las tiendas vecinas se toman, como yo, sus cafés matutinos. De pronto, una pregunta me asalta. Mi mente la formula de manera desestructurada, algo así como un gemido de baja intensidad. Mi yo racional la traduce: ¿Quién recuerda a Jaroslav Seifert? ¿Quién lee sus poemas? ¿Es posible que ahora mismo, en este preciso instante, sea la única persona en España que esté leyéndolo? Una sensación extraña, más bien triste (pero de una tristeza, en todo caso, de baja intensidad) se instala en mi interior. Bajo la cabeza y prosigo con la lectura. Me cuesta concentrarme. Las frases de este artículo empiezan a entremezclarse con los versos de Seifert. Además, este apellido me recuerda al empleado por Robert de Niro en la maravillosa El corazón del ángel: Shiffer, Lou Shiffer, el mismísimo Lucifer. Joder, estoy fatal. Estar fatal goza de gran prestigio entre los poetas. Ignoro qué pensarán del tema los sodomitas crueles.


[Escrito la semana pasada y publicado hoy en ULTIMA HORA]

Posdata: Confirmo el diagnóstico (lo de estar fatal). Mi novia me lo recuerda cada mañana. Tal vez sea porque cada mañana le recito los versos de “El paseante” [*], poema incluido en Limpieza y absorción. Mi médico me ha prescrito la lectura diaria de un poema de Juan Carlos Mestre. Yo, que soy aprensivo y exagerado, leo cuatro o cinco. A estas alturas soy incapaz de determinar si tal medida lima o hincha mis protuberancias. Como acción compensatoria, cada noche escucho varios temas de Sethler, el alter ego musical de Hugo Martín Cuervo. Se admiten sugerencias.

[*]



lunes, 17 de diciembre de 2012

'Autosuficiencia en la', de Elena Román: 19 kilos y medio de buena poesía





Busco una frase para los poemas de Autosuficiencia en la, de la cordobesa Elena Román. Anoto: la delicadeza juguetona. También: la sensibilidad inteligente. No, muy fácil. Sigo: esta manera íntima y ambigua de darse a cuentagotas, salpicada de lluvia, de su egocentrismo vertical, de jugar con palabras e ideas sobre el alambre de la realidad que en realidad es la cuerda de un violín o de un sueño soñado a media voz. No, no me convence. Otro intento… No, mejor emplear palomas, quiero decir, palabras de la propia poeta: “Los versos que más me gustan / son los de medio kilo, / los que parecen que no están / hechos del todo pero crujen”. 19 kilos y medio de poesía que juega a ser escurridiza pero cala. Me dejo de historias. Transcribo un poema:



SOBRE LA DIVINIDAD

La divinidad, ganada en
una tómbola, me estorba.
La tengo guardada donde
otros hobbies impracticables.
No me la puedo llevar al bar de siempre.
No casa bien con el ajo ni con la mayonesa.
Brilla demasiado como para tenerla en el cuarto,
cuando lo que trato es de apagar una luz detrás de otra.
Mantenerla es caro, y hay que pasearla diariamente.
Sabe hablar pero no utilizamos las mismas palabras.
Su alta temperatura atrae a los mosquitos.
En mi casa se abren todas
las puertas menos una.