Mostrando entradas con la etiqueta 3. Poemas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 3. Poemas. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de marzo de 2014

Charles Bukowski. Los autores no importan

De cada vez lo tengo más claro: los autores no importan. Importa la obra, no el autor. Tal vez por esto mis notas biográficas van menguando a medida que cumplo años. ¿Que a Kafka le gustaba hurgarse la nariz después de comer? ¿Que Kundera una vez se soltó un pedo en el ascensor de un hotel de 5 estrellas? ¿Que Coetzee detesta las corridas de toros? Interesante para biografías y entrevistas, pero aquí no hablamos de eso; lo hacemos de literatura y relevancia. Ah, ya sé: tal hecho sirve para explicar tal característica de su obra; sin tal dato no la podríamos entender de manera cabal; etc. Perfecto. Pero qué quieren que les diga. Me suena a periferia, a desviar la atención, a justificación o relleno. En estas breves líneas hablamos de arte, o esa es nuestra intención. Me refiero a esa cosa tan denostada por estas tierras. A ver: beber en exceso, dormir en el banco de un parque público, pelearte con cierta frecuencia en bares inmundos que no cierran nunca, no te hará mejor escritor. Hablar de tales logros en las solapas de tus libros es un reclamo para malos epígonos de ya sabemos quién. ¿Que el escritor en cuestión fue un dechado de virtudes? ¿Que nunca le deseó el mal a nadie? ¿Que no se hurgaba la nariz ni soltaba ventosidades? Mejor para su santa esposa, sus dulces hijos y sus pacientes amigos. A mí no me importa: no lo traté. Al final, lo que queda, con un mucho de suerte, son los versos, las novelas… Lo demás, como decía aquel guatemalteco guasón, es silencio.

Este arranque de escritura lo ha propiciado la lectura de Fragmentos de un cuaderno manchado de vino. Relatos y ensayos inéditos (1944-1990), de Charles Bukowski. Me lo regalaron por mi último cumpleaños, seis meses atrás. Debo reconocer que difícilmente me habría hecho con él por propia iniciativa. Cosas buenas de celebrar los aniversarios. Hace poco escribí en un cuaderno (en realidad documento Word) sin manchas de vino ni de ninguna otra clase: “Muchas veces, ni nuestros mejores amigos aciertan con los libros que nos regalan. De todos modos, esta falta de tino no siempre es mala. Gracias a ella, leí libros que todavía recuerdo”. Bien, a lo que iba. La prosa de Bukowski transmite brío y autenticidad, una vez subido a ella resulta difícil bajarse. Con esto, con su estilo*, es con lo que hay que quedarse. Lo otro, lo que lo convirtió en mito para adolescentes, es secundario. Si vas a literaturizar tus vivencias, si vas a caer en esa marranada, recuerda que lo realmente importante es cómo las cuentes, no si te emborrachas más o menos, si follas más o menos, etc.  Dicho esto, no convendría olvidar que la exageración es un recurso literario de lo más útil. Bukowski  lo sabía: “estoy convencido de que nuestra exageración crea Arte”. Pero exagerar no implica hacerte pasar por lo que no eres (no confundir sinceridad con autenticidad). Si caes en ese vicio o debilidad, tu prosa y especialmente tus versos se resentirán. Es muy difícil disfrazar la falsedad; la cosa apesta. Por supuesto, nos estamos refiriendo a un determinado modo de entender la literatura…

Charles Bukowski: Ni beber hace a un escritor ni meterse en trifulcas hace a un escritor, y aunque he hecho en abundancia tanto lo uno como lo otro, es una mera falacia y un romanticismo enfermizo dar por sentado que todos estos actos harán de uno mejor escritor. Como es natural, hay ocasiones en las que uno tiene que pelear y ocasiones en las que uno tiene que beber, pero en realidad esas ocasiones son anticreativas y no hay nada que hacer al respecto.

David Pérez Vega dice algo al respecto en su poema “Charles Bukowski”, incluido en su libro El bar de Lee. Traigo aquí dos versos de este estupendo poema:

si quieres escribir como Bukowski antes de beber
como Bukowski intenta leer como Bukowski.


Otra manera de abordar el tema:

Entrañas

Tal vez debiera pasar la noche en el banco de un parque,
escribir con los dedos de la resaca perforando mis sienes,
pelearme con cierta frecuencia en bares inmundos que no cierran nunca
o dilapidar toda mi paga en los hipódromos
para alcanzar al fin el Gran Poema,
para escribir poemas de verdad,
es decir,
con las entrañas, pero ocurre
que tengo la costumbre de teclear mis poemas con los dedos
de mis manos, que soy propietario de una casa con sus paredes
y techo, que apenas trasnocho, ya que siempre preferí escribir
por las mañanas, que mis únicas peleas son con los horarios,
las palabras y mis hijas, que llego a fin de mes
sin excesivos agobios y, además
y para colmo,
nunca apuesto…

Tras todo lo expuesto, queda claro
que va a ser imposible
escribir el Gran Poema,
ni siquiera –me temo–
uno pasable.

Y, sin embargo,
aquí me tienes, tecleando en la oficina
mientras suenan todos los teléfonos del mundo
y escucho pasos incansables a mi espalda,
lo que me obliga a ocultar a cada instante
el documento Word en el que escribo
este poema insulso

sin rastro de órganos
que, por mi bien, mantengo a buen recaudo.



* ¿Y qué era el estilo para Bukowski? Dejemos que sea él quien responda:

Este chico me dijo la otra noche: “Bukowski, puedo escribir como tú pero tú no puedes escribir como yo”. No le contesté porque necesita jactarse de sí mismo, pero en realidad, sólo cree que puede escribir como yo. El genio puede ser la habilidad para decir cosas profundas de una manera sencilla, o incluso decir algo sencillo de una manera más sencilla aún.

(…)

El estilo supone no escudarse en absoluto.
El estilo supone no poner fachada en absoluto.
El estilo es una naturalidad definitiva.
El estilo supone un hombre solo con miles de millones de hombres alrededor.



Todas las citas de Bukowski han sido extraídas de Fragmentos de un cuaderno manchado de vino 

sábado, 15 de febrero de 2014

sábado, 1 de febrero de 2014

Charles Bukowski y Antonio Colinas: una extraña pareja

Me he levantado temprano y me he dirigido a la cocina. Mientras tomaba el café con leche, en mi dispositivo móvil sonaban, en orden aleatorio, Andrés Calamaro, Damien Rice, Led Zeppelin… Una vez en el cuarto del ordenador, me he puesto a leer poesía: Charles Bukowski y Antonio Colinas. Sí, ya sé: una mezcla rara. Digamos que estas combinaciones extrañas me estimulan. Cada uno me aporta cosas diferentes que en realidad no son tan diferentes. Más allá de criterios estéticos, está el modo en que manos distintas nos tocan el sentimiento o la inteligencia (o ambas cosas), logran meterle mano a ese barullo invisible –pero cierto– que el cúmulo de experiencias instaló en nosotros. Andamos con ese fardo y, a veces, una canción, un poema, un olor, lo revuelven todo o despiertan algo. Generalmente, dura pocos minutos. Se trata de nuestra dosis necesaria de daño y belleza. De nostalgia. Por lo demás (y con objeto de dejar atrás este conato de sentimentalismo peligroso), debo decir que hay poemas de Charles Bukowski que me parecen malos o tontos del mismo modo que hay poemas de Antonio Colinas que me parecen aburridos o pretenciosos… ¿Acaso no me pasa algo similar con algunas canciones de Andrés Calamaro, Damien Rice o Led Zeppelin? 

Para terminar y, ya de paso, cambiar la tendencia fúnebre de estos días, traigo aquí el poema de un poeta vivo: Antonio Colinas. Es el primero que leí esta mañana. Que tengan un buen sábado. 

GIACOMO CASANOVA ACEPTA EL CARGO DE BIBLIOTECARIO 
QUE LE OFRECE, EN BOHEMIA, EL CONDE DE WALDSTEIN

Escuchadme, Señor: tengo los miembros tristes.
Con la Revolución Francesa van muriendo
mis escasos amigos. Miradme: he recorrido
los países del mundo, las cárceles del mundo,
los lechos, los jardines, los mares, los conventos,
y he visto que no aceptan mi buena voluntad.
Fui abad entre los muros de Roma y era hermoso
ser soldado en las noches ardientes de Corfú.
A veces he sonado un poco el violín
y vos sabéis, Señor, cómo trema Venecia
con la música y arden las islas y las cúpulas.
Escuchadme, Señor: de París a Moscú
he viajado en vano, me persiguen los lobos
del santo Oficio, llevo un huracán de lenguas
detrás de mi persona, de lenguas venenosas.
Y yo sólo deseo salvar mi claridad,
sonreír a la luz de cada nuevo día,
mostrar mi firme horror a todo lo que muere.
Señor: aquí me quedo en vuestra biblioteca,
traduzco a Homero, escribo de mis días de entonces,
sueño con los serrallos azules de Estambul.


De su libro Sepulcro en Tarquinia.

martes, 28 de enero de 2014

DPV: «El tono de desencanto de “Momentos estelares”, su suave ironía y la nostalgia por la juventud hacen de él una obra de gran madurez»

David Pérez Vega ha escrito y publicado en su blog Desde la ciudad sin cines una reseña de Momentos estelares. En ella dice:

El propio Cánaves nos cuenta en su prólogo que con este nuevo libro se rompe el orden cronológico en el que hasta ahora se han ido publicando sus poemas. Aquí se incluyen composiciones que están escritas antes de la publicación en 2011 de Limpieza y absorciónMomentos estelares está formado por cuarenta poemas escritos entre 2008 y 2013. Cánaves, en correos electrónicos, me comentaba que le preocupaba que los poemas de este libro no terminaran de cuajar como una unidad con entidad propia. Pero, como le dije a él en privado y hago ahora en público: en realidad no hay ninguna sensación de discontinuidad en el libro, y ciertamente la variedad de enfoques y temas le da fuerza y consistencia.De hecho, y lo digo desde ya, Momentos estelares me parece, junto con Al fin has conseguido que odie el blues, el mejor poemario de Javier Cánaves hasta la fecha. Y posiblemente, el tono de desencanto de Momentos estelares, su suave ironía y la nostalgia por la juventud hacen de él una obra de gran madurez.

Si te apetece leer la reseña entera, puedes hacerlo AQUÍ.

Yo y mi madurez nos vamos a la cama.

Buenas noches.



miércoles, 22 de enero de 2014

Este cochino ladrón. Algo sobre Momentos estelares

A todos nos llega el momento nada estelar del autobombo. Los hay, incluso, que somos reincidentes. Tal vez pensaba en este tipo de cosas Artaud cuando dijo lo de la cochinada. No sé, estoy hablando de memoria. No importa. Simplemente quería decir que me hizo mucha ilusión leer lo que Pedro Andreu escribió una vez finalizada la lectura de Momentos estelares. Tanta ilusión me hizo el comentario (vertido en Facebook) que he decidido traerlo aquí. Ya sé: soy un cochino. Sabrán perdonármelo las cincuenta o sesenta personas que recalen en esta entrada. En fin, Pedro, gracias por tus palabras. Y perdona a este cochino ladrón:

“Ayer noche disfruté de los Momentos estelares de Javier Cánaves. Un poemario que hace juicio a su título, con algunos poemas inolvidables, francamente "estelares". Leer a Javier es un gustazo que a veces me provoca incluso envidia. Sus versos cada vez destilan más una mezcla difícil de compleja sencillez y oscuridad luminosa, una ironía afilada como un cuchillo japonés, un juego de referencias metaliterarias que nunca resultan artificiosas... Enhorabuena, Javier Cánaves por un libro tan desnudo y perfecto que parece sencillo como una piedra, como una pedrada en los dientes del alma. Un poemario tan trabajado y profundo, pero que, sin embargo, se muestra tan desnudo (sin apenas arquitectura interior, sin división en partes, sin...) no es algo fácil de conseguir. Nada fácil. Pero él lo logra”.

Para rematar la entrada, meto aquí el enlace al blog Insólitos, administrado por Joaquín Piqueras, donde puede leerse un poema de Momentos estelares, concretamente el titulado:



Besos. 

viernes, 6 de diciembre de 2013

Sed, un poema de Momentos estelares


Se trata del quinto poema del libro. De él extraje el título. En breve lo tendré en casa.

Aprovecho la ocasión para traer aquí una anotación de mi diario realizada el sábado 13 de abril de este año y que hace referencia al proceso de revisión de los poemas que finalmente integraron Momentos estelares:

Se me hace difícil entrar en poemas escritos cuatro o cinco años atrás. El tiempo transcurrido modifica la relación que mantengo con ellos. Me acerco a estos poemas, los más antiguos, como si fueran de otro. En realidad, ya son de otro. Este otro, sin embargo, guarda un vago pero indudable parecido conmigo. Esta semejanza posibilita mi intervención. A la fuerza, esta intervención ha de ser mínima.



domingo, 1 de diciembre de 2013

sábado, 2 de noviembre de 2013

Poesía en los bares: Miguel d'Ors

"Punto y aparte" (1966-1990), editorial Comares, La Veleta (1992)







Algunas reflexiones de Miguel d’Ors en torno al hecho de escribir, extraídas del epílogo a su libro Punto y aparte:

(…) Por eso las únicas generalidades que hoy me atrevo a sostener en este terreno son cosas como que poetizar tiene algo que ver con pensar mediante imágenes, manejar las connotaciones de cada adjetivo, cada verbo y cada nombre, adjuntar al sustantivo un calificativo que lo haga como aparecer ante los ojos del lector, desplazar ligeramente un acento hacia aquí o hacia allá, perpetrar aliteraciones, dar tormento a la gramática para obligarla a cantar, urdir el hechizo de los paralelismos, las anáforas y las enumeraciones, apagar el tono o levantarlo cuando es conveniente o entablar un diálogo latente con otros poetas. Cosas que, como se ve, pertenecen más que a la Poesía a la artesanía (…)

(…) Alguna vez he declarado que me considero un poeta de excelente técnica… que empleo primordialmente en disimular la técnica en mis poemas (…)

(…) una memoria absoluta, como la del Ireneo Funes del cuento de Borges, impediría la poetización del pasado, pues los recuerdos sólo son poéticos cuando se nos presentan suficientemente diluidos y deformados; en definitiva, suficientemente transmutados en alma.



sábado, 19 de octubre de 2013

Poesía en los bares: Piquero y Piqueras

El fin de semana perdido (DVD Ediciones, 2009), de José Luis Piquero
y La latitud de los caballos (Hiperión, 1999), de Juan Vicente Piqueras

Poema de Juan Vicente Piqueras

 
Poema de José Luis Piquero

jueves, 12 de septiembre de 2013

Respuestas para entrevistas que nunca llegan a producirse + un poema de Mario Montalbetti

Ensayo respuestas para entrevistas que nunca llegan a producirse. Voy guardando frases, reflexiones de quita y pon, y no descarto, algún día, armar un libro con todas ellas. A veces me siento estupendo y, en unas pocas líneas, hablo, como si tal cosa, de posteridad y payasadas: “Con los dioses no se pacta, se compite. Uno escribe para la posteridad, por mucho que vaya a ser olvidado a las primeras de cambio. Ser olvidado a las primeras de cambio carece de importancia. Asumir tu insignificancia no te hace menos insignificante. En todo caso, evita cualquier discurso llorón: son repulsivos. Puestos a morir, muere matando o en silencio, pero sin pretender dar lástima. Narrador de cuarta fila, poeta de segunda, lo sigo intentando pese a todo. Ahora es cuando el público (inexistente) aplaude. ¿Intentar qué? Puedes jugar a responder, tiene su gracia. La cuestión crucial, sin embargo, es intentarlo, intentarlo sin saber del todo qué se intenta. Tal vez que alguien sonría con tus payasadas”. Otras veces, en cambio, me pongo o trato de ponerme académico. Creo que es entonces cuando menos creíble resulto. Aporto un ejemplo: “La experiencia y la reflexión se funden en los procesos creativos que tienen que ver con la escritura. Después llegan el oficio y la imaginación para intentar darle una forma definitiva, respetuosa en lo posible con nuestra inteligencia y sensibilidad”. Sí, ya sé, parece una reflexión más propia de Jordi Cruz que de un poeta de segunda. Quién sabe, quizá me fichen para MasterPoet. (UH, 10/09/13) 

----

Y hablando de poesía, traigo aquí un poema de Mario Montalbetti. En breve, Ediciones Liliputienses publicará en España la poesía reunida de este poeta peruano. El poema que copio aquí pertenece a su libro El lenguaje es un revólver para dos (Colección Underwood. Pontificia Universidad Católica del Perú, 2008). Y sí, yo también ambiciono el lenguaje del piloto. 

 OBJETO Y FIN DEL POEMA 

 Es de noche y tiene que aterrizar
antes de que se acabe el combustible.
Así terminan todos sus poemas,
tratando de expresar con un lenguaje
público un sentimiento privado.

 Su ambición es el lenguaje del piloto
hablándole a los pasajeros
en medio de una situación desesperada:
parte engaño, parte esperanza, parte verdad.

 Todos los poemas terminan igual.
Hechos pedazos contra un cerro oscuro
que no estaba en las cartas.

 Luego hallan los restos: el fuselaje,
la cola como siempre, intacta,
el olor a cosa quemada consumida por el fuego.

 Pero ninguna palabra sobrevive.

domingo, 25 de agosto de 2013

Limpieza y absorción, siete poemas

Limpieza y absorción está dividido en siete partes. Cada una de ellas, consta de seis poemas. Ofrezco, en esta nueva entra, un poema perteneciente a cada una de las partes.


"Limpieza y absorción". Editorial Delirio, 2011


------


EL HOMBRE SIN SONRISA SE SINCERA
O LA VIDA DESPUÉS DE LAS MODELOS

El café y los nervios echaron a perder mi sonrisa.
Antes tenía una sonrisa estupenda.
Las amigas de mi madre se enamoraban
perdidamente de mí. Llegué a rodar varios spots publicitarios.
Cereales, promociones residenciales en la Manga del Mar Menor,
entidades financieras, ese tipo de cosas.
Alcanzada la mayoría de edad, tuve algún que otro romance
con modelos y chicas del business show.
El más sonado fue el protagonizado con Miriam Reyes,
antigua chica Hermida y Dama de Honor en el certamen
de Miss España 1991. El público estaba con ella,
España entera estaba con ella, pero el jurado
o quien quiera que fuese
decidió que todos estábamos equivocados.
Manías de los expertos, ya se sabe.
Detalles que los legos en la materia no llegamos a comprender.
Siempre me gustaron las modelos. Irreales, escuálidas,
encantadoramente esquivas. Es cierto que una leyenda negra enturbia
sus vidas de pasarela y excesos, pero yo siempre amé
las leyendas negras. El lujo, las drogas, los hoteles.
Cómo no amar todo eso. El sexo con las modelos es fantástico,
parece que te regalen la vida y, ciertamente, te la regalan.
Pequeñas diosas anoréxicas, hijas suicidas de la posmodernidad.
Quien no ha visto amanecer desde el Hilton New York
con una modelo desnuda en la cama
pasada de alcohol, anfetas y megalomanía
no puede afirmar haber vivido.
La mayoría del tiempo somos putos esclavos.
Las modelos son  ángeles liberadores, heroínas del fin de los tiempos
y la publicidad. Ellas nos salvan de la realidad,
tan engorrosa. Las amamos porque son irreales.
Quién coño quiere realidad. Zona ajardinada, cómodos plazos,
las migajas de la clase media trabajadora.
Yo perdí el don. Lo tuve y lo perdí, así de simple.
Esta vida es un asco. Todas las noches sueño con modelos.
Vienen a mi habitación y me besan la frente,
los pies, las ingles. Sienten lástima por mí.
Si pudiera verme desde fuera seguramente
yo también sentiría lástima por mí. Pero no puedo.
Debo conformarme con el desprecio.
Hay algo hermoso en el desprecio de uno mismo.
Dignifica, tonifica los músculos, vacía el intestino.
Quizá, si me blanqueara los dientes, si pudiera sonreír
como lo hacía entonces, pero aquello es historia.
Ahora las modelos prefieren a otros.
No soy más que el hombre invisible en la torre de control.
El café y los nervios hicieron su trabajo.
Cada noche ejercito los músculos de la cara,
pero no hay nada que hacer. Cuidaré mi jardín,
me dejaré crecer la barba, puede que incluso
me dé por escribir poesía. De todos modos,
las modelos nunca se acuestan con poetas.
Sus razones tendrán.

De la 1ª parte: El hombre sin sonrisa 


EL PASEANTE

Las mismas calles una y otra vez,
idénticos trayectos de ida y vuelta.

Al menos cambia el clima
y, con él, los ropajes.

La vida reducida a este quitarse
y ponerse chaquetas.

De la 2ª parte: El chubasquero rojo


ESTE DESEQUILIBRIO

El escritor es una mezcla
de detective y médium.
Trabaja con mapas, voces y sospechas.
En las encrucijadas da lo mejor de sí.
Por eso las alienta. Vive solo,
aunque su casa esté tomada
por decenas de familiares.
Entiende mejor lo de afuera que lo de adentro.
Este desequilibrio es la literatura.
De la ventana a la mesa de trabajo.
El vértigo surge antes o después,
jamás durante. Durante es la magia,
la intuición. El escritor ama mejor
en las palabras que en los hechos.
Nunca escribe auténticas frases de amor.
Le gustan las nubes, las paradas de taxi.
Conoce la trampa y se burla de ella.
No sabe de qué otra forma defenderse del miedo.

De la 3ª parte: Las piscinas azules


CURSO ACELERADO DE ECONOMÍA

Dicen que todo
va a cambiar,
hablan de refundar
las leyes del mercado,
de un orden nuevo y más amable.

Pero el hielo en tu copa se consume
con esa vieja ley que nos gobierna. 

De la 4ª parte: La noche de Kosovo


LA TUMBA DE LOS LORÍS-MÉLIKOV

Hemos aprendido a burlar el frío,
la parálisis que acecha en el espejo del ascensor,
el rigor de los saludos a las siete de la mañana,
invisibles y marciales, cuando el mundo se asemeja a un quirófano
en mitad del océano,
estamos solos en una soledad indecible,
quiénes somos ahora,
días tachados en un calendario de pared y propaganda,
aquel jubilado que rastreaba cementerios en busca de la tumba
de los Lorís-Mélikov, eso creo, anécdotas absurdas en todo caso,
en todo caso imprescindibles, tienes cara de marzo,
de ir a decir algo que no admite vuelta atrás,
de pronto pienso que ya no te conozco, que aquella noche de 2003
fue la vez que más cerca estuve de ti,
cuando aún no sabía tu nombre y te invité a beber
y te dije que trabajaba reparando avionetas,
la verdad es triste, de colores apagados,
un baile de disfraces hechos con las hojas arrancadas
de los libros de historia, un baile sin música,
en pabellones helados junto al mar,
quiénes somos ahora,
¿no te escuece el vacío?,
ya no hago piruetas, ni me invento aeroplanos
capaces de aterrizar en cualquier rascacielos,
a veces imagino que camino por un cementerio nevado
buscando el nombre de un antiguo conde armenio,
no es descabellado pensar que en alguna de esas lápidas
puedan estar nuestros restos, un aviador y su estrella
adaptándose al frío, a la parálisis que acecha en toda búsqueda,
en toda elección consciente o inconsciente,
quiénes somos ahora,
ya no valen metáforas,
quiénes somos ahora que el mundo se derrumba
como en una película entrevista en la noche,
no hace falta que respondas, sólo aprieta mi mano
como si fuéramos dos ciegos,
desnúdate despacio, más despacio…

mientras te voy desconociendo
palmo a palmo,
otro día.

De la 5ª parte: Nadie puede abrigarte


HOMENAJE A NICANOR PARRA

Esa hora de la tarde
en que no sabes
si regresar a casa
o seguir el camino.

Elegí lo tercero.

De la 6ª parte: La isla de Charles Moore


EL DON DE LA INMORTALIDAD

No hay heroísmo en esta tarde de mayo,
pero cómo podría haberlo a 23 grados centígrados
y con un libro en las manos de Viñals,
sin atisbo de enfermedad grave, lejos
de cualquier mal de amor o revolución adolescente,
asumido el declive como una suerte de derrota
feliz, que te permite volver a casa, contemplar
la piscina y el césped, esos niños en pantalones cortos
decidiendo quién empuja a quién en el columpio,
quién es el bueno y quién el malo,
a quién le ha sido concedido el don de la inmortalidad.
Está fuera de lugar, en esta tarde de mayo,
decir que todos vamos a morir y que tal evidencia
no encierra ningún tipo de heroísmo. Si acaso
suspende unos segundos la lectura,
hace que parpadees, que atisbes en el horizonte
la deriva azarosa de unas nubes escuálidas.

De la 7ª y última parte: La derrota feliz


viernes, 26 de julio de 2013

Poesía en los bares: Karmelo C. Iribarren

Las luces interiores (Renacimiento, 2013),
de Karmelo C. Iribarren

Café con leche, cruasán e Iribarren.
Maneras de empezar el día.


lunes, 22 de julio de 2013

Nueve notas sobre ‘El bar de Lee’, de David Pérez Vega


1.

David Pérez Vega es mi amigo. David Pérez Vega ha reseñado tres de mis libros publicados hasta la fecha. Cada cierto tiempo, intercambiamos mails o hablamos por teléfono. Una vez me quedé a dormir en su casa madrileña. Cada verano, suele venir a Mallorca acompañando a los chavales del colegio donde trabaja en su viaje de fin de curso. En tales ocasiones, solemos quedar y nos pasamos buena parte de la noche hablando de libros leídos y por leer, escritos y por escribir. En lo tocante a narrativa, es una de las personas cuyo criterio más tengo en cuenta a la hora de acercarme a autores desconocidos por mí. Compartimos, por ejemplo, la pasión por tipos como Levrero o Bolaño. Hace ya tiempo que su blog “Desde la ciudad sin cines” es uno de mis blogs de referencia.

Necesitaba contar todo esto antes de ponerme a escribir sobre El bar de Lee, su último libro publicado. Todo lo que pueda decir, tanto lo bueno como lo no tan bueno, debe ser contemplado a través del tamiz de nuestra amistad. Un tamiz, el de la amistad, engañoso…  


2.

Bien. Me dejo de preámbulos. Hace unas semanas terminé de leer El bar de Lee. ¿Qué podemos encontrar en los poemas de David Pérez Vega? Dejemos que sea el propio autor quien responda:

las imágenes de un borracho solitario
al que trataba de dignificar sobre el papel,
un maestro que cruzó mi niñez, una mirada
indagadora sobre la vocación  o un exorcismo
sobre mi vida universitaria a los veinte años.

Efectivamente, un intento de dignificación, una mirada indagadora, un exorcismo a través de las palabras, esto es lo que encontrará el lector que se acerque a los poemas de El bar de Lee. Pero me estoy adelantando. Empiezo por el final. Estos cinco versos pertenecen a “Fingidor”, poema que clausura el libro. Situémonos en el principio, en el deseo que alienta todo impulso literario y que tanto peso tiene es este conjunto de poemas.  


3.

Ya desde niño, David Pérez Vega soñaba con convertirse en escritor de novelas. Un niño de Móstoles que sueña con ser escritor, un niño rodeado de otros niños que sueñan  con convertirse en estrellas del fútbol. Aquel sentimiento de raro, de diferente, se enquista en su interior y crece con los años. No tiene con quién compartir su pasión. Es su secreto, su esplendoroso jardín privado. Inevitablemente, llega la mitificación. Inevitablemente, la realidad circundante (un Móstoles reconocible, palpable) deviene escenario perfecto para el ritual del desencanto. Las diferentes lecturas (infantiles, juveniles, adultas), de las que Pérez Vega da buena cuenta a lo largo del libro, se convierten en el respiradero imprescindible, en la vía de escape que le permite habitar un mundo más amable y, sobre todo, más interesante. Todo este material cristaliza y se hace literatura en El bar de Lee.

Se trata, hasta cierto punto, de un ajuste de cuentas con aquellos años de aprendizaje y consolidación de una vocación a la contra. Un ajuste de cuentas a través de la indagación retrospectiva, un ajuste de cuentas que deviene exorcismo y, en última instancia, dignificación de aquella etapa vital.


4.

El bar de Lee está compuesto por dos poemarios independientes que se complementan: Móstoles era una fiesta, escrito entre diciembre de 1997 y septiembre de 1998, y El calvo del Sonora, escrito una década después, entre los meses de enero y agosto de 2008. Dice el propio Pérez Vega en el prólogo del libro: “(…) considero ambos libros fuertemente ligados. El acercamiento que supone El calvo del Sonora a los mismos lugares, y en algunos casos a los mismos temas, ya planteados en aquel primer poemario (…), potencia las ideas inaugurales, reformulándolas una década después”.


5.

Es evidente la influencia de escritores como Cesare Pavese, Juan Luis Panero (“como una terca imagen del fracaso”, podemos leer en el poema que da título al segundo poemario), Charles Bukowski o Roberto Bolaño. Tal vez por esto, los poemas de David Pérez son auto-referenciales y narrativos, generalmente largos, como pequeños relatos a los que se obligara a encajar en estructuras poéticas, aunque convendría no olvidar, en este punto, que Pérez Vega creció y forjó su mitología literaria leyendo, sobre todo, novelas. En este sentido, las diferentes citas que pueblan ambos poemarios son especialmente reveladoras. Tal vez en Móstoles era una fiesta se intenta un mayor vuelo lírico, pero es en El calvo del Sonora, a mi modo de ver, donde David Pérez Vega encuentra su voz más personal, la que maneja con mayor soltura. En este poemario se encuentran los mejores poemas del conjunto. Estos poemas, si cabe, son más narrativos, más prosaicos, y esta característica les sienta muy bien. También percibo mayor madurez en ellos, una mirada más incisiva, un mejor manejo de las herramientas idiomáticas. Contraponiendo ambos poemarios, creo que el primero es más irregular que el segundo: alterna grandes poemas con otros menos logrados. Esta fluctuación, pienso, no se da en El calvo del Sonora, de un nivel más sostenido.


6.

En los poemas de El bar de Lee, el autor indaga en su pasado desde la clarividencia que dan la distancia y la superación. La auto-referencialidad y la autenticidad que los poemas desprenden, unidas a un lenguaje que apuesta por la claridad argumentativa, consiguen que olvidemos el hecho de estar leyendo poemas, es decir, construcciones verbales que buscan un determinado resultado estético, y tengamos la sensación de estar leyendo a un hombre, un hombre cercano, sin grandes épicas, un hombre que supo encontrar su camino pese al desencanto y desaliento circundantes. Esto, sin duda, es uno de los grandes logros del libro.

No obstante, no habría que olvidar, como señalaba Pessoa y como recuerda Pérez Vega en su poema final, que el poeta es un fingidor. Que el lector de los poemas se los crea es el gran triunfo del poeta, el triple sobre la bocina de Larry Bird (y aquí la sinceridad no juega un papel relevante, aquí el papel relevante lo desempeña la pericia del autor al plasmar en palabras aquellas experiencias, aquellos sentimientos).


7.

Se trata de un libro que puede callar la boca de aquellos que tradicionalmente se declaran enemigos de la poesía por considerarla incomprensible o afectada. 


8.

Como aspecto menos positivo, podríamos señalar la manera de versificar de David Pérez Vega. Es en este punto donde más se nota su eminente carácter de narrador. Los versos no siempre responden a una respiración o ritmo (y no estoy pensando en términos métricos). De todos modos, este hecho solamente se da en contadas ocasiones y, cuando sucede, no interfiere en la lectura, en la fuerza evocadora que los poemas de David Pérez Vega suelen desprender.


9.

Para terminar, debo decir que he disfrutado de la lectura de El bar de Lee. Entré en el mundo del poeta, me creí sus recuerdos, sus argumentos. Su emoción y su desencanto fueron mi ilusión y mi desencanto. Esto, tan fácil de escribir, resulta muy complicado de realizar. Lo sé por experiencia.

Mis poemas favoritos son los que se encuentran en la primera y tercera parte de El calvo del Sonora, las tituladas “En mi territorio” y “En el tiempo de Einstein”. En ellas pueden leerse poemas con gran fuerza evocadora como “Al sol”, “Llaves”, “Charles Bukowski” o “El día que me largué de Físicas”. Otros poemas igualmente destacables son “Nieve”, con el que se abre el libro, “Bifurcaciones” o “Rechazando a McKeihan”.

Pero me temo que, pese a tanta palabra, no he logrado transmitir la esencia del libro, lo que el lector que decida acercarse a estos poemas encontrará. Por ello, transcribo dos de mis favoritos. El primero pertenece a Móstoles era una fiesta; el segundo, a El calvo del Sonora.  





NIEVE


Montevideo era verde en mi infancia
absolutamente verde y con tranvías
(...) era tan diferente, era verde.

              Mario Benedetti

Blanca, limpia sobre las capotas de los coches,
entre los dedos deshojados de los árboles,
leves puntadas amarillas en las copas
oscuras como un oro enlutado de tiempo
caído en el fango del invierno,
así ha caído esta noche la nieve de la infancia
sobre las capotas de los coches.

Parece ya una fotografía tan lejana,
coches antiguos, rojos desvaídos, camuflados por el esplendor
del blanco, resignados sobre el asfalto roto, enmohecido,
en el que jugábamos al fútbol, cuando no había
tantos coches rojos cubiertos por la nieve.

Jugábamos en la calle. Veo la farola
escuálida que era un poste y el árbol
deshojado, descarnado, que era el otro, con nieve en sus horquillas
y la puerta verde que no estaba en mi infancia.

Yo era un Arconada de gomaespuma con mis guantes de gomaespuma
bajo los palos del mismísimo cielo;
a veces amanecía nevado, igual que hoy, hace catorce años, y
nos lanzábamos bolas fulgurantes de risa, de latón y de agua
con la nieve recogida del capó de los coches
que hoy ha vuelto a caer entre los dedos huesudos
de los árboles, con pinceladas impresionistas de hojas
amarillas gastadas por el ladrido de los perros,
sobre el aparcamiento incesante de árboles marrones.
Cuando podaban esos árboles saltábamos sobre las
ramas apiladas, cavábamos túneles en ellas,
eran una cama elástica y un refugio de guerra.

Y ahora, estudiando análisis contable, esas ramas
vuelven a crecer igual que vuelve a caer la nieve.
Entre las nubes frías de la mañana lo observo
desde la terraza, esperanzado
de que así vuelva a crecer la infancia.



CHARLES BUKOWSKI

Qué tiempos tan frustrantes fueron aquellos años: tener el deseo y la necesidad de vivir pero no la habilidad.

C. Bukowski

No en la biblioteca, fue en un bar.
El Vudu-Mama –otro local ya sólo persistente
en el itinerario de nuestros recuerdos,
en el vagar de las palabras por la ciudad invisible–,
allí escuché por primera vez a The Doors,
The Who o The Clash… Es decir, su dueño
(con un anillo en forma de ojo) moldeó
gran parte de la banda sonora de mi vida…
y los cuidados cartelitos tras la barra:

Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones
        Charles Bukowski
La máquina de follar
        Charles Bukowski

Un cantante, pensé, hasta que leí la noticia
sobre la publicación de su biografía. Mataba
el tiempo en la biblioteca de la calle Quintana
antes de ir a la academia de Físicas. Allí, en 1994,
una semana antes de su muerte, nos encontramos.

Yo era un lector entonces de ciencia-ficción
o terror. Me evadía, pero eso ya no era suficiente,
estaba perdido, bloqueado, necesitaba respuestas,
claves para entender a los otros o a mí mismo,
y apareció aquel tipo de la generación de mis abuelos
y del otro lado del mundo. Llegué a conocer su vida
mejor que la de mis padres. No podía creer
que su colegio de Los Angeles en la década de los 30
fuese igual que el mío en el Móstoles de los 80.
Y si la literatura posee alguna magia ha de ser ésta.

Un consejo para principiantes:
si quieres escribir como Bukowski antes de beber
como Bukowski intenta leer como Bukowski.
Estuve meses en la biblioteca de Móstoles
buscando los mismos libros que él sacaba
de la biblioteca de La Ciénaga en Los Angeles,
cincuenta años antes, porque a mí tampoco
me gustaba estar donde me había tocado
y no tenía muchas cosas a las que aferrarme
y el sarcasmo feroz y tierno de Bukowski
representó para mí, en cierto modo, la estaca
que pude clavarle al corazón
podrido de la realidad de entonces.

Y después leería a muchos más escritores,
repletos de recursos, pero hay ciertas filiaciones
que perduran más en relación con la necesidad
que con el intelecto.
          Con él aprendí
dos cosas que aún me acompañan:

a ) Que si no la traicionaba siempre tendría
a la literatura a mi lado para salir adelante.

b) Que cuando estalla un mundo, aunque sea
el tuyo, si aguantas con el coraje suficiente,
estarás allí para ver resurgir otro de sus cenizas.