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domingo, 22 de febrero de 2009

FRÍO


Dicen que los pies fríos de la ciudad son consecuencia de una circulación defectuosa. Mi amor, tú sabes que no se trata de nada personal, que sólo puedo abrazarte desde este febrero insulso repleto de alcantarillas y atascos y caídas bursátiles y tres millones de parados camino de los cuatro. No me hicieron bien, algo falló aquel septiembre, y desde entonces arrastro este frío que sólo algunas noches consigo olvidar. Soy amigo del vino y la pereza. Ahí tienes la clave. La orografía de mi secreto, hecho de carencias y chistes malos. Por eso entiendo que no quieras mis abrazos, y que los niños me lancen las piedras de una ciudad que empieza a derrumbarse como todo lo que es levantado por el hombre y sus manos expertas –como las tuyas cuando se trata de animarme y condesciendes a dar sentido y calor a mis días. Tanto suicidio, genocidio, desertización, deforestación, calentamiento, malnutrición, epidemia, y sólo puedo amarte con este amor que, digan lo que digan, tirita de frío y se asemeja a las estelas que dejan los aviones en el cielo de la ciudad.

jueves, 19 de febrero de 2009

I REMEMBER

Damien Rice


Suena Cold water mientras escribo estas líneas y me pregunto por qué me gustan tanto las canciones del irlandés. Supongo que como muchos, llegué a Damien Rice a través de la película Closer, de Mike Nichols. Ver caminar a Natalie Portman por una calle de Londres atestada de gente mientras suena The blower’s daughter ya justifica de por sí el resto de la película. En fin, que ese tema me cautivó, me pareció la mejor canción que había escuchado en mucho tiempo. Tenía que averiguar quién la cantaba. Así llegué a Damien Rice y por eso, en este preciso instante, empieza a sonar en mi habitación I remember. ¿Qué decir de las canciones de Rice? Que son evocadoras, íntimas y universales a un tiempo, que saben llevarte a lugares de tu interior que pensabas inaccesibles, que saben herirte con delicadeza, como siempre hieren las cosas hermosas de este mundo. Podría seguir, deshacerme en elogios hasta la extenuación, pero mejor lo dejo aquí. Quizá sea un error tratar de explicar la belleza.

Hará cosa de dos años escribí lo anterior. Dos años dan para mucho y para nada. Floriane creció, me publicaron un librito en catalán, me estabilicé sentimentalmente. Material para una novela extensa o para tres simples frases. No soy Marcel Proust, qué le vamos a hacer. Lo que sí soy es un sentimental, sobre todo las noches de los jueves en que estoy solo y bebo vino. De mi afición al vino nació la siguiente anotación: “Sólo me harán hablar estos cuatro caballeros entremezclados: Mantonegro, Callet, Cabernet Sauvignon y Syrah. Lo que no tengo tan claro es que se me entienda”. Los peligros vacuos de tener al alcance de la mano un Moleskine y una botella de Macià Batle, regalo de Navidad de un cliente de la empresa. Pero dejémonos de digresiones. No soy Laurence Sterne, qué le vamos a hacer. La cuestión es que guardo todo lo que escribo. Como si mis palabras, incluso las peores, tuvieran algún valor. Ya sé, más que un sentimental, lo que soy es un tipo pagado de sí mismo. Es posible. Pero vayamos al grano. Escribo y guardo. Por esto mismo he encontrado el cuento al que pertenece el párrafo inicial. Se titula Karlota blues y habla del precio de la estabilidad y de las cosas que se pierden para adquirir, una vez perdidas, el brillo falaz de lo que pudo ser. Una historia vieja, bastante sobada. Como todas en realidad. Tampoco pretendo inventar nada. Pero sigamos. Inicio su lectura y me encuentro con Damien Rice, con la historia agazapada tras su canción I remember. Hubo un tiempo en que era capaz de escucharla hasta diez veces seguidas. Los caminos de la autoflagelación son inescrutables, si bien siempre se repiten. Todos tenemos nuestra “mierda sentimental”. No voy a entrar en eso. Lo que sí voy a hacer es compartir con ustedes esta canción. Es jueves por la noche y estamos vivos. Sopésenlo un instante. Es brutal. Como la canción. Buenas noches.




miércoles, 18 de febrero de 2009

RUE ÉMILE ZOLA


Mi vida al fondo de la rue Émile Zola, esos primeros días con frío de mañana irritante y burocrática, ahora más real que entonces, el incendio en algunos papeles, las estaciones-bomba con su macabra cuenta atrás, creo que llego a las nueve, esa maleta cargada en exceso como novela mediocre, sin final que la salve, como las catedrales que nunca visitábamos porque siempre queríamos bañarnos en el río, cerca del río Tarn, escribí en un poema, este paréntesis para el viento y las nubes, dime, ¿no crees que es perfecta?, y sí, ahora sí, ahora la nieve como en una pantalla gigante, una película muda donde todo es muy lento, ya lo sé, esos que bailan no somos nosotros, tal vez los que se despiden en la Gare, entre el humo y el olor a gasolina, pero igual sonreímos porque alguien nos grita que nos hemos salvado, no es posible el rencor, la ciudad huele a fresas, ahora escucho mis pasos por El Prat, por las fotografías de entonces, siempre llegando tarde a la rue Émile Zola, desde aquellos primeros días nublados, infectos en los trámites, en el silencio incómodo de los muros, tendrás que perdonarme, sí, tendremos que perdonarnos, no será tan difícil, ya verás, escucha como llueve. Ahora toca apostar por la sonrisa.

jueves, 12 de febrero de 2009

Alma de grupi

Deseo de ser joven, muy joven –llamemos a las cosas por su nombre, dejemos en paz al indio kafkiano­– para saltar y cantar sin sentido del ridículo, completamente entregado, las canciones de Vetusta Morla, pese a las pequeñas faltas ortográficas (un mal en crecimiento, la carcoma de nuestros palacios de verano), la voz siempre rayando lo desagradable, seductora al fin, convincente; el arte de decirlo todo sin apenas decir nada; dejar que el receptor rellene e interprete, es cómodo y elegante, es más, lo exigimos ardientemente. Por lo demás, una cosa está clara: sigue habiendo mucho idiota ahí fuera...

[Breve paréntesis. Sobre el sentido de la entrega: Los occidentales “han perdido por completo el sentido de la entrega. Por mucho que se esfuercen, no consiguen que el sexo sea algo natural (...) Es imposible hacer el amor sin un cierto abandono, sin la aceptación, al menos temporal, de un cierto estado de dependencia y de debilidad. La exaltación sentimental y la obsesión sexual tienen el mismo origen, las dos proceden del olvido parcial de uno mismo; no es terreno en el que podamos realizarnos sin perdernos. Nos hemos vuelto fríos, racionales, extremadamente conscientes de nuestra existencia individual y de nuestros derechos; ante todo, queremos evitar la alienación y la dependencia; para colmo estamos obsesionados con la salud y con la higiene: ésas no son las condiciones ideales para hacer el amor”] Michel Houellebecq

Claves para entendernos: el individualismo y la necesidad de huir a toda costa
y es que...
vivimos siempre en mundos inventados
porque no existe otra manera
de habitar este mundo
sino inventándolo
inventándonos
siempre
fin
.

Debo encontrar un lenguaje que me traduzca.
Soy un idioma en proceso de extinción.
Vuelvo a escuchar copenhague:

“Dejarse llevar suena demasiado bien”.

Para sobrevivir, llevar una doble vida. Como mínimo.
Las necesarias para desaprender tantas lecciones embrutecedoras.
En realidad, tengo alma de grupi.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Trouble

Paso la tarde viendo llover y escuchando a Coldplay. Las luces de las torres de la fábrica al otro lado de la carretera parpadean contra los nubarrones de febrero y los más de tres millones de parados. Camino de los cuatro. Sostengo en las manos una escopeta de juguete. Dispara dardos de goma. Se la regalé a Floriane la última vez que estuvo aquí. Un acto pedagógicamente reprobable, soy consciente. Alcanzo uno de los dardos. Basta humedecer ligeramente la ventosa situada en la punta para que se adhiera con facilidad a según qué superficies. Con la pantalla del televisor no hay problema; lo mismo sucede con la puerta corredera de cristal que da a la terraza. Ahora, sin embargo, apunto al vecino de enfrente. No puedo dejar de sentirme conmovido al saberlo tan indefenso. Aún así, aprieto el gatillo. Pienso que, de quedarme en el paro, podría dedicarme a esto. Últimamente tengo al francotirador que habita dentro de mí muy a flor de piel. Los datos del paro y las declaraciones de Javier Lozano Barragán a raíz del “caso Eluana” no hacen que las cosas sean más fáciles. Tampoco más difíciles. En realidad no es más que una excusa para justificar esta agresividad. Diremos que es innata. Una buena respuesta cuando no se tiene respuesta.

Tiempo atrás se me consideraba un caza-recompensas. Se trata de una historia confusa que nunca llegué a aclarar. Como en una novela de Auster, todo empezó con una llamada. El tipo en cuestión dijo ser periodista. Era nuevo en el cargo. En el cajón de su mesa había encontrado una lista con nombres. En la parte superior del folio, escrito a mano, podía leerse: CAZA-RECOMPENSAS. Mi nombre estaba entre ellos. Por eso me llamó, para preguntar si podía aclararle de qué iba el asunto. Le pedí que me leyera los otros nombres de la lista. Ninguno me sonaba. ¿A qué se dedica usted?, quiso saber el periodista. Trabajo en un banco, respondí. Esto no nos lleva a nada. ¿No se le ocurre otra cosa? Pensé en los premios de poesía que hasta la fecha había ganado. Pensé en el canibalismo que envuelve el mundo de la literatura. Pensé que todo aquello empezaba a aburrirme. Creo que no, le dije. Lo siento, tengo que colgar. Ahí terminó mi vida como caza-recompensas. Decir que después de aquello todo fue a peor sería exagerar las cosas, pero no mucho. Hace bastante de aquello. Sigo siendo tan culpable como cualquier hijo de vecino. Puede que un poco más.

Vuelvo al presente. El vecino de enfrente se ha puesto a salvo. Como si fuera posible. De todos modos, ya no lo encañonaba con mi escopeta. Ahora suena Trouble, de Coldplay. Me invade la sensación de tener un problema muy gordo y no saber qué hacer con él. Como el gobierno. En fin, que cada uno apechugue con lo suyo. Parece que lloverá toda la noche.

sábado, 7 de febrero de 2009

Una nubecilla, de James Joyce*


Leído el cuento Una nubecilla, de James Joyce. No he podido dejar de apreciar cierta semejanza entre el protagonista, Chico Chandler, y yo. Chico lleva una vida ordenada, sencilla. Está casado con Annie, con la que tiene un hijo. ¿Por qué tendría que necesitar más? Pero Chico fantasea con otro tipo de vida, una vida más mundana, llena de viajes, con tiempo para leer y, sobre todo, tiempo para escribir. Antes de casarse leía y escribía regularmente. Pero maduró, se hizo hombre, padre de familia. El encuentro con su antiguo amigo, Ignatius Gallaher, al que hacía ocho años que no veía, revuelve estos sentimientos de Chico, los coloca a flor de piel. Ignatius se fue de la cárcel que es el Dublín de principios del siglo pasado. Se fue y triunfó en el mundo del periodismo. Vivió en diferentes ciudades, ¡vio mundo! Chico ha puesto unas expectativas desmesuradas en este encuentro, piensa que quizá Ignatius sea la puerta a ese mundo que merece tanto o más que su amigo, pues se considera más capaz que éste. Pero Joyce no tiene piedad. De hecho, Dublineses es un auténtico canto a la desesperanza. No hay dramas, ciertamente, pero tampoco hay resquicio a la esperanza. El final del cuento es demoledor. Chico está sentado en el cuarto del pasillo, con su hijo en brazos. Annie ha salido a comprar un cuarto de libra de té y dos libras de azúcar. Sobre la mesa hay una foto de Annie, de cuando iniciaron su relación. Chico se entretiene mirando la foto. Los ojos son hermosos, al igual que la cara. Pero hay algo mezquino en ella. La compostura de aquellos ojos lo irrita. No hay pasión en ellos, ni arrebato. Son los ojos fríos de alguien que está muerto y que lo quiere arrastrar consigo. ¿Por qué tuvo que casarse con aquellos ojos? En este punto, Chico ha sido capaz de expresar en voz alta la gran duda que lo tiene atenazado. Mira a su alrededor. Todos los muebles de la casa se parecen a Annie. De pronto se despierta en él un sordo resentimiento contra la vida y se hace la gran pregunta que todos nos hemos formulado alguna vez: ¿Es demasiado tarde para escapar? Quizá, piensa ingenuamente, si consiguiera publicar un libro... Esto le lleva al recuerdo de la poesía. Sobre la mesa hay un volumen con los poemas de Byron. Con cuidado de no despertar al niño, lo abre y empieza a leer. La lectura le lleva a la ensoñación. Se pregunta si él sería capaz de hacer algo parecido. A todas luces, la poesía le hace bien, pero aquí Joyce muestra su tremenda crueldad. El niño se despierta y empieza a llorar. Chico intenta calmarlo, pero sin dejar de leer. Se resiste a abandonar la lectura, pero resulta inútil. Los gritos del niño van en aumento, se convierten en algo ultrajante, son la sirena de la cárcel que indica que alguien está intentando escapar. Chico lo ve claro y se pone más nervioso. Se inclina sobre la cara del niño y hace algo inimaginable en él. Le grita que se calle con toda su rabia acumulada. Lógicamente esto no hace más que empeorar la situación. El niño llora con más fuerza. Chico intenta calmarlo, pero la cosa cada vez se pone más fea. Chico empieza a alarmarse. Al niño le cuesta respirar. ¿Y si muriera? Esta pregunta es crucial. Chico se la hace, pero lo que no sabemos es si en la muerte de su hijo ve algo positivo (el fin de su condena, de su encarcelamiento, el pasaporte a la libertad, a la vida que siempre deseó vivir) o, por el contrario, ve algo negativo (la muerte sin más del hijo, el resentimiento del resto de la comunidad, la culpa, el pecado imperdonable, condenatorio). Entonces llega Annie. Al ver la escena, tira al suelo la compra y rescata al niño de los brazos del padre. ¿Qué le has hecho?, pregunta a Chico dando por supuesto que ha hecho algo al niño. Por un momento, Chico sostiene la mirada de su mujer y el corazón se le encoge al ver todo el odio que hay en sus ojos. Cuando el niño empieza a calmarse, lágrimas de culpabilidad brotan de los ojos de Chico Chandler. Fin del sueño. Cadena perpetua.
Palma podría ser ese Dublín y yo, Chico Chandler esperando escribir esa gran obra que me permita dejar todo esto...
Para terminar por hoy diré que todo Ignatius Gallaher necesita de un Chico Chandler para sentirse realizado, ya que es en los ojos del que se queda donde realmente triunfa el que se marcha. Sin la admiración o envidia de éste, la aventura del otro queda vacía.
*(Fragmento del libro inédito La marea, de Javier Cánaves)

lunes, 2 de febrero de 2009

DESDE LA INESTABILIDAD[1]

Salva Ginard


No puedo separar la vida del arte. Esta frase me la dijo Salva Ginard una noche en su casa-estudio, mientras me mostraba sus últimos trabajos. Entonces pensé que todo verdadero artista se pasa la vida intentando dibujar su posible autorretrato. A veces de manera explícita; otras, en cambio, de manera sutil. Salva Ginard, lo supe aquella noche, es un artista de verdad.

Salva Ginard sabe que pintar es un todo o nada, una acrobacia sin red, una acrobacia en la que cada trazo es decisivo. No se debe mentir, me dijo con un tono severo nada habitual en él, y entonces sentí el peso de todos aquellos rostros que nos rodeaban, de todas aquellas confesiones. Me quedé en silencio, anoté unas palabras en mi libreta y le pedí que me dejara a solas. Es en la soledad cuando el arte nos desvela sus secretos.

Entonces, aquellos lienzos me hablaron, me confesaron que la estabilidad exterior, que la proporción guardada en todo momento, no eran más que una mascarada, una manera de ocultar la inestabilidad interior que da título a la colección y que es mero reflejo de un sentir desnudo. Es posible llorar detrás del rostro, me dije, o quizá me lo dijo alguno de sus lienzos. Acto seguido, como al dictado, anoté en mi libreta: “Rostros humanos como un lenguaje secreto, íntimo y personal, una confesión parcialmente velada, que vive en el trazo, en el fondo, ese paisaje de vivencias que, reagrupadas y obligadas a convivir, dan forma a esa cara, a ese cuerpo, en una suerte de criptograma alucinado y revelador”.

Hay un desorden que nos habla de manera ordenada, y un orden en el que todo es caos, ese caos que acaba siendo toda vida, por mucho que las notas biográficas lo intenten encorsetar.

Después volví (o volvió) a la carga: “El azar que configura una lágrima que después resulta decisiva, parte ingobernable del acto creador. La mirada desnuda que desnuda, la confesión del secreto que toda obra encierra, que busca –para sobrevivir– la complicidad de quien la mira”.

Pasado el trance, volví junto a Salva Ginard. Le conté lo que me había pasado y le mostré lo que había escrito al dictado de alguno de sus lienzos. Me sonrió cómplice y dijo que era el momento de sentarse y cenar. Mientras me servía vino, me confesó que los textos que navegan por sus cuadros habían sido escritos en un estado similar, desde un impulso que poco o nada sabe de retóricas, porque la retórica, a menudo, nos miente bellamente, pero la belleza que interesa a Salva Ginard es de otra índole. Tiene que ver con el vértigo de estar vivos, con el hecho de saberse inestable y pintar desde esa inestabilidad.

No sé si desearles que los cuadros que integran esta colección les hablen como a mí me hablaron. Ocurre a veces que nos hablan de nosotros mismos y no siempre resulta cómodo. Lo que sí deseo es que les gusten tanto como a mí me gustan, les hablen o no.

De todos modos, cuando estén a solas con ellos, además de los ojos, abran bien los oídos. El arte, cuando es de verdad, siempre nos habla.




[1] Texto escrito para el catálogo de la exposición inestable, de Salva Ginard, que del 24 de agosto al 19 de septiembre de 2006 pudo visitarse en la galería Gabriel Vanrell, en Palma de Mallorca. Finalmente, pese a que en teoría se contaba con la financiación del Consell de Mallorca, el catálogo no llegó a realizarse, por lo que el texto quedó inédito. Hoy, revisando mis carpetas, di con él. Espero que al menos sirva para ponerles en la pista de un pintor excelente.

sábado, 31 de enero de 2009

Perdiendo, gano

No supo qué decir hasta que perdió la capacidad del habla y entonces optó por seguir como hasta entonces, encendiendo cigarrillos del revés y quemando aeroplanos que después se estrellaban contra la bahía. Hablo de mí, por supuesto. El peso de los puentes es algo muy sutil, de una forma u otra siempre lo he sabido. Continuamente se derriban para después volverse a levantar. Ésta es la escena: el enemigo sonriendo y la imagen de aquel febrero tensándose para recibir el consiguiente hachazo, batería de frases recorriendo los túneles que son también venas y luces y explosiones en el horizonte porque empieza a llover y la chica nos grita que vayamos adentro. Tan cerca, me digo, pero sigo con los labios igual que muros donde pintar graffitis o escribir haikus. Hay que volarlo todo, suspira, y yo pienso en una ciudad sin habitantes como la ciudad donde vivo, decorado perfecto para zombis merodeadores o artistas de medio pelo. ¿Cómo dices, querido? Pero no he dicho nada y la lluvia conjetura otra lluvia que jamás nos mojó.

Ésta es la última, asegura, y entonces vuelvo a tener boca y palabras y juntamos las copas y hay que repetirlo y ven aquí y un abrazo y para qué. Salgo del bar. La chica arrincona las sombrillas. Las sillas descansan sobre las mesas y yo pienso en el final del verano y estamos a principios de agosto. Maneras de despedirse o de saltar por los aires. Tengo el móvil en el bolsillo y es un erizo en llamas, una serpiente enroscada que muerde mis ingles. Más valdría tener un dirigible y dirigirlo al extrarradio. Un final inolvidable, me digo en una mala imitación de algún personaje de novela barata. Ahora tengo mis frases pero ya no me sirven y pesan como malos poemas, pero no quiero caer en los tópicos que se remueven inquietos al final de la noche. Conduzco y soy un kamikaze que circula a cincuenta. La prudencia que supo derrotarte, la historia de los que vuelven solos a los hoteles especializados en congresos internacionales. La elegancia es un paseo marítimo a las cinco de la mañana, las luces de un velero mar adentro, ese punto que nunca alcanzarás.

Pienso en los autorretratos de Egon Schiele. Autorretrato desnudo, 1911, la figura escalofriada que soy yo sin ropa frente al espejo. Tiro de la cadena y me imagino recorriendo las cañerías de un mundo acuático. Necesito sentirme inteligente y enciendo un cigarrillo del revés y me arranco cuatro canas. La noche, esas voces de muertos. Se anuncia el amanecer con sirenas de fábricas que cerraron cuando Oscar Wilde sodomizaba a Lord Alfred Douglas. Festejar con panteras, el precio del placer y de la libertad. Es como nacer o despertar a otra luz. Recuerdo que cuando Gregorio Samsa, pero vuelvo a caer en lugares comunes. Una lucha constante que siempre perderé. Miro mis manos y siguen siendo la prueba del delito, de algún delito. Pienso en los puentes hundidos y me digo que es el momento de exiliarse. Elijo una letra al azar y la escribo una y otra vez a lo largo y ancho de las paredes de la habitación. La técnica Scelsi. No sé dónde lo leí. Tantos gestos absurdos, tantas cosas perdidas. Ha llegado el momento. Y despido la experiencia de haber sido burócrata.
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Texto publicado en LA BOLSA DE PIPAS, nº60, enero-febrero 2006

jueves, 22 de enero de 2009

Extracto del diario de un misántropo escritor

“Resulta curioso comprobar como en muchas ocasiones la inteligencia formal del lenguaje va por delante, es más rápida, que la inteligencia vinculada al fondo o significado de la palabra en cuestión. La palabra te llega desde un poso de lecturas que almacenas sin ser consciente. Puedes escribirla sin conocer exactamente su significado. Después vas al diccionario a comprobar que efectivamente tiene sentido, que se adecua al fondo de la cuestión. Probablemente se trate de actitudes imitativas inconscientes. Estos resortes me parecen fascinantes. Todo lo que tenga que ver con la vida interior me resulta fascinante. Lo exterior, la mayoría de las veces, se mueve entre el fastidio y el asco más profundo”.

sábado, 3 de enero de 2009

Trucos




No tengo otra magia para consolar tu oído, decías, pero no eras Gregory Corso y el viaje apenas duraba unas horas y después nos quemamos las pestañas para no dormir y dibujar, con las pocas cenizas de la tarde, el mapa inconcluso de aquella encrucijada –pero hablar en estos términos (cenizas, encrucijada) nos vuelve a colocar en aquel vagón y Sam Shepard decía que si alguien le regalara un tren se quedaría a vivir dentro.

Escribo de memoria porque hace ya mucho de aquellas lecturas y la magia (magia es una palabra que no puedo explicar, decía Onetti, pero que escribo ahora sin remedio, sin posibilidad de sustituirla) la magia, decía, de la fugacidad de los paisajes y los esbozos refulgentes era todo lo que podíamos retener en los bolsillos.

Después los viajes se hicieron peligrosos porque existía la posibilidad de no volver. Es cierto que uno aprende a descarrilar y admite golpes, conversaciones soporíferas sobre tías y horarios, el orden milimétrico de una agenda personal.

Ahora hay una mujer bailando en la cocina con sartenes y paños y las manchas de barro de las ventanas nos cuentan la tormenta de anoche y la posibilidad de la intemperie y le digo a una mosca que acabo de aplastar que si alguien me regalara un tren lo aplastaría (a él y por supuesto al tren) como hice con ella...

... porque perdí la magia o tal vez lo que pasó es que aprendí algunos trucos.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Mi homónimo guipuzcoano


La verdad es que acabamos yendo a Londres, pero durante algunos días barajamos la posibilidad de acercarnos hasta el País Vasco. El norte de España, salvo un fin de semana en Oviedo y otros tantos días en Santiago de Compostela, se nos presentaba como un auténtico desconocido. En realidad lo sigue siendo. En fin, que los precios de los billetes no nos dieron opción. Ya de vuelta, reinstalados en un día a día tan lluvioso como el del fin de semana de la escapada, me encontré con la noticia que ha motivado estas líneas: existe un mallorquín llamado Javier Cánaves que vive en Guipúzcoa. Lo leí en Noticias de Gipuzkoa, en un artículo costumbrista, sin ningún tipo de interés salvo que seas usuario de taxis en las noches festivas de esta ciudad. El caso es que este otro Javier Cánaves se quejaba de la más que probable subida del precio de los taxis para las noches de los viernes, sábados y vísperas de festivo, si es que finalmente la Comisión de Precios de Euskadi aprobaba la medida. Si alguien tiene interés, siento decepcionarle, pero desconozco cómo se resolvió el asunto. En realidad, el asunto –al menos aquí, en esta página– es la existencia de este otro Javier Cánaves. Reproduzco el párrafo en el que irrumpe mi homónimo. “(...) Sus declaraciones concuerdan con las de Javier Cánaves para el que "subir los precios está fatal". "No vivo muy lejos y tengo que pagar hasta 7 euros por volver a mi casa. El transporte de la ciudad es muy malo y muy caro", opina. Este mallorquín espera la llegada de un taxi a las 3.20 horas y sus amigos Wilson Sousa, Nanda Barbosa, Asier y Luc Leroy lo acompañan resguardados de la lluvia dentro de la marquesina”. Al leer este párrafo, lo primero que hice fue preguntarme si realmente había viajado a Londres. Estuve a punto de llamar a Cony, pero logré contenerme. Ahí estaban las fotografías, en la carpeta LONDON, dic-08. Una prueba irrefutable, tanto o más que la propia memoria. Acto seguido, más calmado, repasé los nombres de los amigos de mi tocayo. Casi lamenté no tener amigos con nombres tan de novela negra. Salvo un poeta ibicenco afincado en Salamanca, los demás se llaman cosas como Pepe, Juan o Guillermo. ¿Y si este Javier Cánaves vivía la vida que yo siempre he querido vivir? Volví a leer el párrafo y se me ocurrió que alguien que se queja tan amargamente por la subida de la tarifa de los taxi probablemente no lleve una vida digna de ser envidiada, aunque puede que me equivoque. En fin, que ya había mordido el anzuelo. Necesitaba saber más de mi paisano. Introduje su nombre, es decir mi nombre, en el Facebook. Nada: tan sólo me encontré a mí mismo. Igual suerte corrí con Google. ¿Y si realmente no existía? ¿Y si aquellos Sousa, Barbosa, Asier y Leroy no eran otra cosa que personajes nacidos de mi imaginación? Nótese el segundo plano que adquieren, resguardados de la lluvia bajo la marquesina, dejando todo el protagonismo de la escena al mallorquín quejica, como si la realidad les diese miedo o no les importara. Además, ¿no existe cierta disfunción en la enumeración de los nombres? ¿No chirría, de algún modo, este Javier Cánaves? En fin, sé que los misterios están para no ser desvelados, pero me saltaré la regla y desde aquí le pido a mi homónimo afincado en Guipúzcoa que contacte conmigo. Tal vez, después de todo, mi destino se halle en el Norte y no en el Sur, como alguna vez canté.

(Para los escépticos o los aburridos, el enlace a la noticia:
http://www.noticiasdegipuzkoa.com/ediciones/2008/11/23/vecinos/donostia-auzoak/d23don28.1348084.php)

lunes, 15 de diciembre de 2008

Veneno


Frédérique Tardif puede mover las manos gracias al veneno de las abejas. Mandó instalar una colmena en su jardín. Se aplica entre 10 y 16 picaduras cada dos días. Siempre que viaja lleva consigo un bote con una veintena de abejas. Según esta francesa residente en Quebec, desde que se instila el veneno, los temblores y la inmovilidad que padece a causa de la esclerosis múltiple se han reducido. El poder curativo del veneno, así reza el titular de la noticia. Precioso endecasílabo. Su música y su mensaje instilan en mí el temblor de un futuro poema. La literatura como veneno capaz de salvarnos. ¿Salvarnos de qué? De nosotros mismos, sospecho. Un modo de pretendida dignidad.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Infinito


Las anécdotas que no podré retener porque no conoceré y las que olvidaré o guardaré en el cajón equivocado y un día reclamarás como un tesoro o el secreto central del que dependiera un mundo, el que a ratos compartiremos, y yo seré tan pobre como un sabio, como un león en un zoológico proscrito, sin llanura o tal vez con llanura interior, es decir, con desierto y tu lluvia, después, tus preguntas, el reclamo elaborado con cariño y recelo, los años precipitándose sobre nosotros, los silencios y cielos de todos los veranos agrupados en un solo verano inigualable, casi conceptual, fragmentándose en partículas que nos envolverán, que nos harán llorar y reír y querrás comprender mientras aguardas una respuesta, algo que llevarte a la cama, que mirar por las noches cuando el gran apagón se propague sin obstáculo por todas las ciudades levantadas por el hombre, y querré comprender y compilar lo que no admite orden ni discurso y seremos nosotros, Floriane, tú y yo, padre e hija, como en aquel cuadro, solos frente al mar, en la desembocadura de un torrente sin agua, entre paredes verticales, inconmensurables como tus sueños, como todo lo que tenía que hacer y no hice o tal vez sí lo hice porque tú estarás a mi lado, una tarde que voy construyendo, imperfecta como no puede serlo el futuro, tal vez tendrás prisa, tal vez hambre o astucia, ahora todo es posible, y tus ojos, abismales y cálidos, reclamarán un pasado, lo que no habré sabido guardar, el tesoro o el secreto del mundo, y yo sólo tendré estas palabras modestas, su trampa y su delirio, frases escritas contra el embrutecimiento de la vida ordinaria y contra todo pronóstico, libros como tiendas de campaña en la cumbre del Everest, una obra irrepetible y prescindible y que de pronto no comprenderé y seremos tú y yo, Floriane, tú y yo, como en aquel trayecto en tren camino del infinito.

domingo, 30 de noviembre de 2008

El viejo existencialista




Con motivo de la publicación del ensayo de Vargas Llosa sobre Juan Carlos Onetti, El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti, el peruano copó todas las secciones de cultura de los diferentes medios. Fue en uno de estos, no recuerdo cuál, donde me enteré de que Vargas Llosa se había leído 20 veces el cuento El infierno tan temido, “un relato perfecto” del uruguayo, un relato que “no deja de conmoverme”, aseguraba el autor de Los cachorros. No pude estar más de acuerdo.
Leída la noticia, hice recuento de las veces que me había sumergido en el relato. Sólo dos. O sea, que Vargas Llosa me ganaba de 18, toda una goleada. Decidí reducir distancia y al llegar a casa lo primero que hice fue sacar del estante donde tengo la obra completa de Onetti el volumen titulado Tan triste como ella y otros cuentos, de Lumen. En efecto, el cuento es inapelable, conmovedoramente patético, marca de la casa. Condensa a la perfección el universo (iba a escribir mundo) que Onetti fue creando libro a libro, lucidez tras lucidez. Sin que sirva de precedente (o tal vez sí), me pongo estupendo y lo recomiendo a todo aquel que recale en esta página.
Como me siento en deuda con Onetti (todo escritor o aspirante a serlo estará en deuda con todos los autores que le alumbraron el camino, poniéndoselo más difícil y atractivo a la vez) y a modo de homenaje, traigo aquí algunas de las entradas en mi diario (llevo uno desde 2004) en las que menciono al uruguayo. Doy gracias a Word y al mecanismo “Edición, Buscar”, que tanto me han facilitado la tarea.

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“Leí Los adioses, de Juan Carlos Onetti. Según Muñoz Molina, este libro está “entre la tres o cuatro mejores novelas breves escritas en español”. Quizá exagera, pero lo cierto es que me leí del tirón sus algo más de cien páginas hipnotizado por esa manera de contar del uruguayo.” (26/11/07)

“Estoy leyendo La vida breve, de Onetti. Me parece espectacular. La maestría del uruguayo a la hora de crear un personaje tricéfalo (Brausen, Arce y el doctor Díaz Grey) se me antoja inalcanzable. Sé que no saldré indemne de esta etapa onettiana. Me parece que hay más tensión poética en un solo párrafo de Onetti que en el 90% de la poesía que se hace hoy.” (03/12/07)

“He estado paseando por las calles de Palma, calles que nunca antes había pisado, que me hacían sentir extranjero, adolescente, casi escritor de los realmente buenos. Fue inevitable recordar las últimas páginas de la novela El astillero, de Juan Carlos Onetti. El viejo Larsen paseando por los barrios viejos de Santa María, camino de su derrota final, lúcido y cansado, preguntándose qué habría sido de él de haber paseado por esas mismas calles cinco años atrás. ” (15/04/08)

“Hace un par de horas que se ha ido C. Otra vez solo. Me dedico a ordenar los libros, a releer pasajes de Onetti, el viejo existencialista. El uruguayo es infinito, siempre admite relectura, nunca se acaba ni se apaga. Da en el clavo cuando dice: “No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo”. ” (26/10/08)

domingo, 23 de noviembre de 2008

G.P. a lo Perec





La idea en realidad no es mía, sino de un buen amigo (G.P. son sus iniciales), un gran escritor que no escribe porque su pereza y su falta de fe son mayores que su talento, o eso se obliga a creer. En efecto, todo escritor que se empeñe en escribir y no viva de ello, aunque lo niegue, aunque hable pestes de ella, es un tipo con fe. Tanto en su propia escritura como en la sensibilidad de los hipotéticos lectores. Habrá quien prefiera llamarlo desesperación o indiferencia, tanto da. El caso es que este amigo, una vez leído el artículo que el pasado seis de noviembre me publicaron en Última Hora, me comentó que sería una buena idea que todo aquel que se animara elaborara su propia postal del fin del mundo. Esto, argumentaba, daría pie a un conjunto de paisajes, a un collage paisajístico-biográfico (no hay paisaje sin biografía ni biografía sin paisaje); un ramillete de instantáneas que, de algún modo, si la cosa se extendiera de pueblos a ciudades y de ciudades a países, acabaría constituyendo un retrato fidedigno y alucinado del mundo en que vivimos. Dejo aquí la invitación. ¿Qué ve si se asoma a la puerta o ventana de donde se halla? Puede anotarlo en este blog, o en la hoja de algún cuaderno, o simplemente retener la imagen en la memoria. También, claro, puede olvidarse del asunto y seguir con lo que hacía. Ahí va el artículo mencionado:

Mi postal del fin del mundo

Cuando termine de leer estas líneas, salga a la calle o asómese a la ventana más cercana. Retenga la imagen del momento. Será insignificante, un cuadro reiterado, un anodino pedazo de realidad. Archívelo en su mente y póngale un nombre. Yo ya lo hice antes de iniciar este artículo. Mi postal del fin del mundo, un título acorde con los tiempos que corren, si es que hemos de tomarnos en serio las alarmas de los economistas y demás indicadores del grado de tensión social en que vivimos. Después del estallido, cuando los malos augurios sean realidades palpables, recuerde este día de otoño, la imagen que en un minuto (si me hace caso) deberá archivar y bautizar. Le estoy regalando un instante de los buenos tiempos que, de no ser por mí, seguramente habría olvidado. No recordará mi nombre y tal vez se le escape algún que otro matiz, pero seguro que puede verse de pie frente a la ventana, o en la puerta de la que fue su casa o su bar predilecto, sonriendo condescendiente por algo que acaba de leer. No hace falta que me lo agradezca si nos cruzamos por la calle. Soy así.
Abandono mi faceta altruista y vuelvo a mis libros. Leo, en La teoría del todo, de Stephen Hawking, que “nuestro sol tiene probablemente combustible suficiente para otros 5.000 millones de años”, casi lo que me queda por pagar de hipoteca. Ni esta magnífica noticia, ni la rebaja de medio punto en los tipos de interés, consiguen ponerme de mejor humor. Entiendo a Cheever cuando dice, en uno de sus Diarios, sentirse extraño al contemplar la calle desde el balcón. “Envidio la libertad de los jóvenes que se van de juerga a Ostia en sus descapotables, al mismo tiempo que advierto que uno puede poseer casi todo lo que el mundo puede ofrecer sin dejar por eso de desear más”. Ese inconformismo que nada tiene que ver con lo material...
Dejo los libros y me asomo a la ventana. Ahí está mi postal del fin del mundo. Un edificio en construcción, un terreno baldío, una gasolinera Repsol como isla iluminada en mitad de la noche.


¿Cuál es la suya?