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lunes, 12 de octubre de 2009

NIÑEZ, VERANO, PRIMERAS EXPERIENCIAS


Ocurrió en la niñez, una tarde estival, por lo que es posible que en realidad nunca ocurriera. El sopor de la siesta que adensaba el mundo y la mitificación de aquellos veranos vuelven improbable cualquier hecho, incluso el más trivial, transcurrido durante aquellas horas. No se trata de un ejercicio de nostalgia, sino de otro sopor: la obligación contraída con los de la editorial para escribir unas líneas que tengan que ver con el verano. Evidentemente, es verano. El calor húmedo se erige en un estado totalitario, ineludible. Escapo hacia atrás, hacia los trescientos euros prometidos, hacia el oficio –esta mezcla de memoria, imaginación y destreza– para salir airoso de este brete. Ocurrió en la niñez, decía, y quién iba a decir que acabaría escribiendo un cuento que transcurre durante la niñez del protagonista, un relato con niño y verano, yo que siempre odié este tipo de historias. Lo siento, pero no me enternecen, me aburren, me resultan blandas, obvias, soporíferas. La niñez como estado o período no me interesa. Entonces, ¿a cuento de qué estas líneas? La respuesta es sencilla y vergonzante, lo admito. Tiene que ver con la pereza, la prisa y la poca imaginación.
Ocurrió en la niñez, una tarde estival. Si me viese en la obligación de ponerle un título (en cierto modo, lo que acabo de escribir ya me obliga) no al relato en sí sino a la anécdota que lo alienta, quizá me decantaría por el siguiente: “El placer angustioso de los primeros besos”. Soy consciente: muy largo, poco ingenioso, fácilmente olvidable. Además de demasiado explícito. Nunca he destacado por mis títulos. Asimismo, nunca me interesó la sorpresa final en los cuentos, ni ocultar mis cartas, ni dármelas de perspicaz. Por eso mismo debo confesar: adelantar este título me resta trabajo, le exige menos sutileza a mi imaginación o inteligencia. La cosa está clara: se trata de un relato sustentado en tres pilares igualmente despreciables: niñez, verano, primeras experiencias. Mejor no alargar la introducción.
Ocurrió en la niñez, una tarde estival. El marco, como suelen decir los anuncios de las inmobiliarias o la publicidad de los hoteles, era incomparable, ideal para albergar este tipo de historias. Llegados a este punto, estaría bien insertar alguna reflexión barroca sobre el mito extenuado del Paraíso Perdido, pero el calor insoportable de esta tarde estival le resta ímpetu a mi agudeza. Otro punto a explorar sería el de la inhumana resistencia de los niños a las altas temperaturas del verano. No, mejor no avanzar en esta dirección y centrarme en lo del Paraíso Perdido. Se hace inevitable recordar la venta innecesaria y precipitada de aquel inmueble, al poco tiempo revalorizado de una manera brutal, inimaginable incluso para los expertos. Este comentario abre otra vía: la de la endémica mala suerte familiar en el terreno económico. También posibilita la inserción de una burla superficial sobre los pretendidos expertos inmobiliarios, esos farsantes profesionales tan empalagosos. Pero esto no debería ser una escupidera donde soltar mi mala baba, que es mucha, sino un relato estival con niño asustado y ansioso frente a la posibilidad de unos primeros besos que piensa (más bien siente o intuye) tremendamente importantes para su futuro. Un niño incapaz de imaginarse (menos mal) treinta años después, recordando aquellos hechos con tedio y horror, sudoroso, maldiciendo el verano, la necesidad de los trescientos euros, la mala fortuna endémica de su familia en lo económico, esta forma grotesca –hay que admitirlo– de la auto exculpación.
Ocurrió en la niñez, una tarde estival. Se llamaba Rosa y era la prima del hijo de nuestros vecinos. Serán los casi cuarenta grados, pero lo cierto es que no siento ningún tipo de curiosidad por saber qué habrá sido de ella. De todos modos, aunque la sintiera, sólo podría moverme en el terreno de la especulación. Imaginarle unos estudios, un divorcio, dos hijos; tal vez una muerte prematura, un accidente que la postró en una silla de ruedas; puede que un destino exótico en Mauritania o El Salvador como voluntaria en alguna ONG. Lo cierto es que podríamos vivir en la misma ciudad; incluso, podríamos habernos cruzado en infinidad de ocasiones sin ser conscientes de que el tipo de rasgos anodinos y barba canosa (o sea, yo) y la mujer vestida con un estilo casual bastante intencionado (o sea, ella) son los mismos (pero no son los mismos) que protagonizaron aquella escena estival que ahora intento recrear para que el banco no devuelta el recibo del seguro del coche. Qué prosaica la realidad, que mal le sienta a este relato de la niñez la irrupción del seguro de mi coche. Hablar de dinero suele ser de mala educación, pero hacerlo en mitad de una evocación infantil es sinónimo de graves problemas psíquicos o económicos. La combinación de estos dos factores (problemas mentales y de bolsillo) explica en buena medida mi situación actual, pero ya dije lo que esto no debía ser, lo que está siendo pese a mi férrea voluntad en contra. La disciplina, claro, nunca fue mi fuerte. Yo siempre quise verme como un rebelde sin causa; mi madre, por el contrario, siempre aseguró que su hijo era un vago. Es lamentable tener que admitir que al final el tiempo le acabó dando la razón. Y, pese a mi vagancia, reúno las fuerzas y ganas que no tengo e intento hacer de estas líneas (es mentira) algo cándido, perfectamente digerible para mujeres con mala digestión y hombres sentimentales y ordenados, tipos bienpensantes que practican un buenismo capaz de exasperar al mismísimo Dios. En fin, debería calmarme y centrarme en lo que importa, en aquella experiencia valorada en trescientos euros, de la que depende que pueda hacer frente al pago del seguro del coche.
Ocurrió en la niñez, una tarde estival. Pero, bien pensado, este principio es atroz. Sería lícito defender que su autor merece ser fusilado. Ya lo hacen, de todos modos. Pero no debo dejar que esta escupidera se transforme en pañuelo. Para llorar, en esto soy muy clásico, la más estricta intimidad. En los tiempos actuales, para mi desesperación, abundan los profesionales del llanto en público, los blandos de mollera y corazón. No tengas miedo de expresar lo que sientes, aconsejan, temerarios, los pedagogos y cronistas de la actualidad. No soy un defensor a ultranza de la censura, pero pueden estar seguros de que, si gobernara, prohibiría de manera fulminante esos programas patéticos de media tarde en que gentes muy desgraciadas (así se sienten) se plantan frente a las cámaras para, entre llantos e hipos, contar sus problemas sentimentales o familiares. Resulta más pernicioso para la sociedad, al menos para las personas verdaderamente sensibles, que un hipotético decreto que restaurara la censura, la potestad para imponerla por parte, eso sí, de una autoridad competente (yo mismo) en la materia. Sé que no debería decir tales cosas. Mis opiniones, tan incorrectas políticamente, ya me han deparado algún que otro trastorno. De todos modos, me impongo no aprenderme la lección, suspender en esta asignatura. A este empecinamiento me gusta llamarlo mi fortaleza inexpugnable, el último reducto de mi libertad. Me place considerarme un ser radicalmente libre, aunque estas líneas, es decir, este encargo, demuestran el tamaño monumental de mi derrota. Y no consuela que, desde este punto de vista, toda vida no sea más que una metáfora (excesivamente larga) de la derrota.
Ocurrió en la niñez, una tarde estival. El principio está claro. Y a continuación: El marco era incomparable (una ruina futura en la que verter toda la nostalgia que la vida tenía planeado insuflarnos). Se llamaba Rosa y era la prima del hijo de nuestros vecinos. Acotación: dado que el hijo de los vecinos no tiene ninguna relevancia, mejor ascender a Rosa a la categoría de hija. Algo a lo que debe aspirar la buena literatura es a hacer más comprensible, o sea, menos complicada, más creíble, la realidad. Facilitemos entonces las cosas, expulsemos del texto todo lo superfluo, esos detalles que no aportan nada, esos excesos que tratan de ocultar casi siempre la pobreza de la idea a desarrollar. Inventemos, mintamos si es preciso. Esto, al fin y al cabo, no es una confesión, ni un acta levantada por mandato judicial; esto, guste o no, es literatura, y su fin jamás fue la enumeración y clasificación de la realidad. En efecto, no se trata de una ciencia, por eso mismo estoy sentado frente al ordenador en estos momentos. Me explico: mi pereza y mi curiosidad poco incisiva hacen que sólo pueda moverme con cierta solvencia en el terreno literario. Cualquier otra disciplina más seria o cientificista me está vedada. En fin, creo que he llevado el asunto razonablemente bien para poder insertar en este punto, sin que resulte forzado, lo que ayer por la tarde anoté en uno de mis cuadernos: “La experiencia y la reflexión se funden en los procesos creativos que tienen que ver con la escritura. Después llegan el oficio y la imaginación para intentar darle una forma definitiva, respetuosa en lo posible con nuestra inteligencia y sensibilidad”. ¿Son estas líneas respetuosas con mi inteligencia y sensibilidad? Respetuosas o no, serán las que envíe, ya que mañana es el última día para la entrega de textos y, además, ya he sobrepasado las mil quinientas palabras que me pusieron como límite. Mi duda es saber si este texto será catalogado como original (sumándome así a la caterva de imbéciles que ondean la bandera de la originalidad) o como una tomadura de pelo en toda regla. Que digan lo que quieran. Quien paga, manda. Me voy a descansar.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Breve ensayo sobre la tautología de los aniversarios



Llega el día de tu cumpleaños y sólo quieres meterte bajo tierra, volverte invisible, y no es que te moleste cumplir años, es que no sabes qué cara poner.

Por suerte, los facebooks, messengers, sms, etc. nos ahorran la sonrisa forzada, el apretón de manos y la palmadita en la espalda. En este sentido, estamos abocados a un modelo anglo-japonés en lo tocante a las relaciones interpersonales, es decir, sin tocamientos.

Además, la tecnología se encarga de recordarnos los aniversarios de amigos / conocidos, lo cual deriva en un aluvión de felicitaciones. En contra de lo que cabría pensar, este aluvión de felicitaciones no menoscaba el sentimiento de aislamiento, que nada tiene que ver con el número de amigos / conocidos que puedas tener.

Aislamiento como sinónimo de incomunicación provocada por el muro de artificiosidad (por otro lado necesario, ineludible) que nos separa a unos de otros.

César Aira inicia su libro Cumpleaños con la siguiente frase: “Hace poco cumplí cincuenta años, y había acumulado grandes expectativas con la fecha, no tanto por el balance de lo vivido que podría hacer entonces como por la renovación, por el recomienzo, el cambio de hábito”.

A menudo vivimos el cumpleaños propio como punto de partida, como posible inflexión a partir de la cual desterraremos malos hábitos y adquiriremos buenos. Pero llega la fecha, pasa y nada cambia.

Nunca cambia nada.

Te horroriza repetir los mismos chistes de siempre, los mismos deseos postizos y empalagosos, la misma canción desafinada. Curiosamente, este conglomerado hecho de costumbre, previsión y aburrimiento genera una violencia que uno acaba dirigiendo contra sí mismo, ya que uno es consciente de la injusticia que supondría dirigirla a ese otro transmisor de buenos deseos (dando por sentado que desearte mucho años más de vida sea un buen deseo).

Dicen que los ritos son necesarios, que no podríamos vivir sin ellos. Los lugares comunes, las frases hechas, nos salvan del abismo de incomunicación a que estamos abocados. Son nuestra guarida, la reiteración de que está hecha nuestra cordura. Los asideros que utilizamos en nuestro descenso hacia la nada.

Imagínense un trayecto en ascensor con un vecino sin poder recurrir a la climatología. O a matrimonios con hijos que, en una cena de sábado, no pudiesen hablar de sus hijos.

Así que toca poner buena cara y dar las gracias por todos los regalos, si es que los hay, por todas las palabras amables y bienintencionadas e imaginar que una pandemia de película con presupuesto millonario (y no esta gripe A de los telediarios) asola el planeta y al final –que sería el principio– sobreviven unos pocos, entre ellos tú.

El mito de poder empezar de cero llevado al extremo. Desear que el 90% de la población mundial sucumba solo para poder realizarlo. La crueldad como fruto de la cobardía, etc.

Lo mejor, sin duda, son los libros que te regalan. Hasta la fecha tenía el capítulo lecturas más o menos controlado, me refiero a lo controlado que este capítulo puede estar teniendo en cuenta mi curiosidad y ansiedad y falta de método. Ahora las lecturas pendientes se acumulan en la mesa del comedor. De momento he iniciado El discurso vacío, de Mario Levrero. Transcribo una frase de este libro que subrayé y que también habla de ritos necesarios: “Es apropiado y necesario tener un rito como este de escribir todos los días como primera actividad. Tiene algo de espíritu religioso que tan necesario es para la vida y que, por distintos motivos, he ido perdiendo cada vez más con los años, acompañando en este proceso a la Humanidad”.

La escritura como rito de índole religioso.

A continuación transcribo los títulos que aguardan su momento sobre la mesa del comedor, lo que constituye clara muestra de mi carácter perezoso, ya que dejo los libros en el primer sitio que veo y luego no me preocupo de colocarlos en uno más apropiado: Antología bilingüe, de William Carlos Williams; Helada, de Thomas Bernhard; Cuentos rotos, de Carlos Herrero; Mimoun, de Rafael Chirles; Si te gustó la escuela, te encantará el trabajo, de Irvine Welsh.

Calma y método, además de tiempo libre. No queda otra.

En la resaca del día después de la celebración, ya con tu nueva edad a cuestas, caerás, como César Aira, como cualquiera que no tenga arrasada del todo su ingenuidad, en la vieja tentación de los planes para el nuevo curso. Terminar la novela, perder peso, mejorar el revés. Has aprendido a domesticar tus sueños. Al fin vuelan bajo, a la altura de tus posibilidades.

Eres un hombre sensato. Vivir la sensatez como una victoria o como una derrota depende de cada uno. Ser sincero con uno mismo no funciona, es un mal método. Lo importante es la voluntad, lo que tú quieras creer.

No se trata de esquivar la depresión, sino de aprender a vivir con ella, de sacarle partido. Es lo que tiene poseer una visión literaria de las cosas. La realidad te llega a través de este filtro. Se trata, digamos, de una realidad desvirtuada, de segunda mano. Solo tiene interés en la medida en que puedes utilizarla.

¿No es exagerado decir “solo tiene interés en la medida en que puedes utilizarla? No lo tengo muy claro.

La cuestión es que eres oficialmente más viejo. Luego está el típico que te suelta: “Peor sería no cumplir años”. Claro. Qué decir ante tal obviedad. Este tipo de obviedades buscan aniquilar tus discursos más nihilistas, quieren hacerte tocar con los pies el suelo. Que seas coherente. Con todo, encierran una verdad que no debemos eludir. Sería un drama no cumplir más años. No podría acabar la novela, perder peso; mi revés no alcanzaría la categoría de decente. En fin, no debo olvidarlo.


Ps: Quiero dar las gracias a todos aquellos que me felicitaron por mi cumpleaños. Gracias, sinceramente. Por favor, no dejen de hacerlo, pese a lo escrito en estos párrafos. Mi ingenuidad todavía no está del todo arrasada.

jueves, 27 de agosto de 2009

Algunas lecturas veraniegas: Javier Pastor, Thomas Bernhard, Alberto Moravia





Siento debilidad por las novelas breves. Supongo que tiene que ver con mi carácter perezoso, pero reducir la cuestión a este rasgo de mi carácter me parece inexacto, algo simple. Sea como fuere, decidí comprarme Mate jaque, de Javier Pastor. Se trataba del libro más delgado del estante. La escueta información que ofrecía la solapa sobre el escritor terminó de convencerme.

En efecto, siempre me han resultado sospechosas esas notas biográficas larguísimas, sobre todo en autores jóvenes de trayectoria breve. No puedo dejar de pensar que son fruto de un afán compensatorio respecto a las carencias de la obra en sí o tal vez de un mal llevado complejo de invisibilidad. Se dan casos de notas biográficas más extensas que la propia obra del autor en cuestión. Por no hablar de las notas plagadas de chistes o supuestas ingeniosidades. Amigo, no se trata de redactar un currículo ni de caer bien; no me importa nada que a los nueve años vieras morir una mariposa y que tal experiencia te marcara profundamente.

En fin, que, como todo hijo de vecino, tengo mis manías. Pero me auto medico y cada día lo llevo mejor.

O sea, novela breve y de carácter fragmentario. No me lo pensé y aquella misma tarde me la pulí.

Juega a ser fácil, pero no lo es. Juega a ser gamberra, pero va más allá. Incluso juega a ser palindrómica, pero es lo de menos.

Es ágil, divertida, profunda e inteligente. Y aquí acaba la crítica. Que la lea quien quiera.

Con todo, el descubrimiento de este verano, un descubrimiento que me ha impactado, marcado, dado vuelta, ha sido el de Thomas Bernhard. De este autor había leído En las alturas, libro que logró despistarme y por momentos hipnotizarme. Tenía pendiente ahondar en Bernhard, así que me hice con sus Relatos autobiográficos. Desde sus primeras páginas supe que Thomas Bernhard iba a ser importante para mí. En su momento me pasó lo mismo con Onetti. Conozco los síntomas, lo que vendrá después. Avanzaba feliz y angustiado por los recuerdos-invenciones de Bernhard. Me fascinan su estilo, reiterativo y machacón, y su carácter iconoclasta. Seguiré leyéndolo, sin duda. Me hace feliz saber que tengo toda su obra por delante.

Ahora leo El tedio, de Alberto Moravia. Siempre he sentido fascinación por el tedio de los otros, incluso por el mío propio. Es un tema que me divierte muchísimo. Será porque algo entiendo sobre la cuestión. Sólo nos hace gracia aquello que entendemos o que creemos entender.

Entre los libros de casa, hay unos cuantos que hablan del aburrimiento. Ahora recuerdo uno en particular. Roland Barthes por Roland Barthes, escrito naturalmente por Roland Barthes, un tipo que se aburría muchísimo. “De niño, me aburría a menudo y mucho”, escribe el francés. Y continúa: “Es un aburrimiento aterrorizado que llega al desasosiego: así es el que siento en los coloquios, las conferencias, las veladas en el extranjero, las diversiones en grupo: en todas partes donde el aburrimiento es visible. ¿Será el aburrimiento mi histeria?”.

Empiezo a aburrirme y tengo cosas que hacer.

Es un error apostar por la actividad.

lunes, 17 de agosto de 2009

La noche que fuimos Albert Camus después de varias copas


Fotos: Carlos Ovejero-Vela




Poco que decir en infinitas combinaciones.
El novelista y filósofo asegura que el hombre es siempre presa de sus verdades.
Al final se trata de escoger entre las dos únicas opciones válidas, el azar o lo otro.
Ella desconfía, desde su amor sin sobresaltos. Digamos que me sigue el juego.
Dice: Si a la palabra “artista” le quitamos la primera “t”, nos quedamos con la palabra “arista” (5. f. Geom. Línea que resulta de la intersección de dos superficies, considerada por la parte exterior del ángulo que forman); si sustraemos la segunda “t”, deja de tener sentido, es decir, cobra su verdadera significación. Pierde peso.
De acuerdo, nada tiene sentido, la levedad nos libera, pero no basta. Es demasiado fácil.
Estamos nosotros y está el mundo, dice. Y esto, con sentido o sin él, es lo que importa.
Buscar la salida es de cobardes.
Es posible, concedo.
El calor y la elegancia resultan incompatibles.
Poco más puedo decir.
Jugaremos el error o el acierto hasta el final.
(Pero el final de qué, pregunta alguien).
Necesito saber que nos queremos, aunque carezca de importancia más allá de nosotros,
aunque el verbo querer implique voluntad.
Déjame que te mienta un secreto al oído.
Hablar de probabilidades es vulgar y de necios.

viernes, 7 de agosto de 2009

Comida entre escritores


Una vez comí entre escritores y no hablo de escritores aficionados o más o menos aficionados, sino de escritores de verdad, con libros publicados en editoriales de prestigio y opiniones influyentes y traducciones a varios idiomas e incluso lectores fieles, algo prácticamente imposible de conseguir si excluimos el círculo familiar y a esos dos o tres amigos que solemos calificar como amigos verdaderos. No corresponde aquí indagar en los motivos que tienen esos familiares o esos llamados amigos verdaderos para leer todo lo que a uno le publican; esto no pretende ser un relato de terror, ni aspira a añadir sombra o mierda sobre estas relaciones tan necesarias, tan ineludibles, beneficiosas en un momento pero terriblemente dañinas a la larga. El roce, en contra de lo que suele decirse, no hace el cariño sino que embrutece y fomenta la violencia y la autodestrucción. Pero no, no quería ni quiero adentrarme en este terreno enfangado, chapotear en mis contradicciones y neurastenias y gilipolleces. Bastante tienen los posibles lectores de estas líneas con soportar mi vanidad. De todos modos, no creo que mi vanidad sea más grande que la vanidad de los posibles lectores que puedan recalar aquí, ya que vivimos en un mundo de vanidades y, como seres terriblemente individuales (pese a la dictadura de las modas), somos portadores de una vanidad cósmica que, sin embargo, admite sin muchos problemas la vanidad de los otros. La cuestión, en fin, es que una vez comí entre escritores, cada uno con su vanidad y sus anécdotas y sus opiniones y su pose según el papel que le era y le es propio. A mi derecha se encontraba José Carlos Llop, del que en general he leído con placer artículos, poemas, dietarios y novelas. Se trata de un autor elegante, algo frío, que practica la distancia y el refinamiento y el amor por la llamada alta cultura o cultura no de masas y que debería haber nacido en el tiempo de los consulados y las colonias y en un país algo más europeo. De este autor mallorquín con sangre británica o tal vez francesa recuerdo con buen sabor de boca su poemario La oración de Mr. Hyde y su dietario La escafandra. No he leído su última novela, París: suite 1940, pero intuyo que acabaré haciéndolo. En todo caso, dejo el asunto en manos del azar. Enfrente, algo a la izquierda, se encontraba Román Piña, pero aquí no corresponde hablar de Román Piña porque Román, al igual que yo, no atesora opiniones influyentes ni traducciones a varios idiomas y sus lectores fieles, de tenerlos, dudo mucho que se hallen fuera del círculo descrito al principio de estas líneas. Así pues, no hablaremos de Román Piña, del que admiro su tesón editorial, la oportunidad que ha dado a muchos de publicar sus primeros escritos y el buen ojo que tuvo con Agustín Fernández Mallo, que no estaba en la comida y casi mejor, ya que, de haber estado en la comida, me habría visto obligado a hablar de Agustín Fernández Mallo y hablar de Agustín Fernández Mallo me supondría un pequeño problema porque Agustín Fernández Mallo es un escritor cojonudo al que a veces le pierde ese querer llamar la atención con declaraciones altisonantes y vaticinios y conclusiones algo infantiles. La reseña que Villena le dedicó en El cultural con motivo de la publicación de Postpoesía fue un intento de ponerlo en su sitio, pero el sitio de Agustín Fernández Mallo se encuentra más allá de sus propias declaraciones o de la aceptación o rechazo que estas declaraciones puedan generar. Justo delante de mí, con pinta de andar preguntándose qué cojones estoy haciendo en esta comida, se encontraba Enrique Vila-Matas, el cual tiene el impagable honor (advertencia: se trata de una ironía) de estar entre los autores de los que he leído todo o casi todo, autores cuyos libros he devorado con placer e incluso con entusiasmo y que por esto mismo son parte importante de mi educación sentimental y moral y alguna que otra educación en la que ahora mismo no caigo. Recuerdo su tono de voz bajo, su aire entre despistado y aburrido, su falta de gracia extrañamente graciosa a la hora de contar anécdotas, chistes repetidos o improvisados que todos escuchábamos e intentábamos retener para poder reproducirlos en otras comidas con otros escritores menos relevantes y, por lo tanto, más impresionables. El hecho de que los haya olvidado (los chistes, las anécdotas) dice bien a las claras la clase de persona que soy. Durante mucho tiempo sostuve que uno de mis libros predilectos era Para acabar con los números redondos. Tal afirmación encerraba un punto de excentricidad, ya que este libro no se encuentra entre los más populares del autor catalán. Para ser absolutamente franco, el libro de Enrique Vila-Matas que me hizo picar el anzuelo y me llevó a querer leer todo lo suyo fue Bartleby y compañía, el cual me zampé con total devoción y entusiasmo. Mi relación con Enrique Vila-Matas se sustenta en dos momentos culminantes, por otra parte, los dos únicos momentos existentes en esto que he venido a llamar mi relación con Enrique Vila-Matas. Uno es el de la comida aquí descrita, en la que le hablé con un mínimo de inteligencia, o ésta fue mi impresión, de alguno de sus libros, ya no recuerdo cuál. El otro momento culminante de esta relación tiene que ver con un e-mail que le envié y que Enrique Vila-Matas contestó con inesperada celeridad, con toda la alegría y todo el orgullo que tal cosa supuso para mí. Ver un e-mail de Enrique Vila-Matas en mi por lo general deprimente bandeja de entrada me trasportaba a un mundo ficticio y peligroso para mi endeble salud mental en el que yo era uno de los elegidos, de los señalados por el ambiguo Dios de la genética. Evidentemente, todavía lo conservo, si bien ha disminuido considerablemente la intensidad de mis pajas mentales. Pero sigamos con la comida. Dos o tres sitios a la izquierda de Vila-Matas se encontraba Ignacio Martínez de Pisón, este maño con pinta de antiguo central expeditivo de un equipo de fútbol de la regional española, como si hubiera otro tipo de centrales en cualquier categoría de la regional española. Su semblante era y es más duro que el semblante del otro gran maño, Manuel Vilas, y ya es decir. Pido perdón por los otros grandes escritores maños no mencionados en esta evocación, pero uno tiene sus lagunas y sus debilidades. Diez años atrás (vuelvo a hablar de Ignacio Martínez de Pisón) me rompí la mandíbula riéndome con su novela Carreteras secundarias. Luego, claro, leí otros libros de Ignacio Martínez de Pisón y si bien todos me gustaron nuca más me volví a romper la mandíbula. Por otro lado, siempre que alguien menciona a Ignacio Martínez de Pisón o siempre que veo uno de sus libros en alguna librería, recuerdo el lamento que, según Herralde, solía proferir el autor de El fin de los buenos tiempos. En un país, se quejaba el maño, en el que sólo leen las mujeres, ¿quién va a comprar libros de Ignacio Martínez de Pisón? Y con esta pregunta creo que puedo dar por concluida esta anécdota, esta remembranza de mi comida entre escritores. Soy consciente de que he olvidado a algún escritor, pero son tantas, por fortuna, las cosas que olvidamos que un escritor más o menos carece, creo, de importancia.

domingo, 2 de agosto de 2009

DISCURSO DEL HOMBRE SIN IMAGINACIÓN


Cuando nos bastaba con la imaginación para masturbarnos, en lo que algún cretino se aventuró a llamar los buenos tiempos. No fueron malos, después de todo. Luego todo cambió porque todo cambia después. El dinero entró en nuestras vidas –nada imaginativas– y algo se agrietó. Hay poco que hacer con la imaginación. Recuerdo una pregunta de Cortázar: ¿Por qué los analistas literarios tenderán a imaginar en un texto cualquier cosa salvo la imaginación? Pero ya no se escriben poemas ni cuentos desde la imaginación; ahora se utiliza Google. Nos salva del abismo de la ausencia de imaginación y dinero. Puedes ver follar a Lucía la Piedra completamente gratis. Puedes sacarte los ojos revisando entrevistas a Modiano, a Pe, al mismo Julio Cortázar. Nos quieren recluidos y saturados y les damos el gusto, mansamente. Siguen siendo buenos tiempos, después de todo. Volverán los totalitarismos con disfraces indetectables, seguiremos escribiendo poemas en endecasílabos, nos seguirán poniendo cachondos nuestras ex novias y ex amantes. Todo esto es cierto e ineludible. Lo escribiremos en blogs y desapareceremos. Quedarán nuestras palabras mucho más abandonadas que en los libros. A la intemperie. Lejos de cualquier cosa parecida a un refugio.


Se pierden cosas y se ganan otras y la balanza apenas se resiente.
Yo perdí la imaginación. Por suerte me queda algo de dinero.
Y Google.

sábado, 25 de julio de 2009

El día que conocí a Mario Benedetti

Ángel González y yo

Yo conocí a Mario Benedetti el mismo día que conocí a Ángel González, un día extraño del que apenas guardo recuerdo, el suficiente para escribir estas líneas sobre Benedetti que en realidad son unas líneas sobre la imposibilidad de la comunicación o sobre el absurdo de todo o tal vez sobre el tremendo ego que todos los escritores arrastramos o puede que sobre nada en particular, lo que se dice escribir por escribir, siendo entonces el uruguayo mera excusa, título de estas líneas, poco más. Me decante por lo que me decante y aunque no me decante por nada, yo conocí a Mario Benedetti. También, como he dicho, conocí a Ángel González, pero he empezado estas líneas con el firme propósito (con toda la firmeza que suelen tener mis propósitos más firmes) de hablar de Mario Benedetti, del día que conocí a Mario Benedetti. Ahora Benedetti y González están muertos y yo los conocí el mismo día y hablé con ellos ese mismo día del que apenas queda un rastro difuso en Google, nuestra memoria global y fuente de conocimiento. Fue el 27 de mayo de 2003, en la Casa de América, Madrid. En fin, que no solo conocí y hablé con Benedetti y González, sino que incluso recité con ellos, bueno, no es que recitáramos juntos, pero sí compartimos cartel y escenario en una Casa de América abarrotada de gente, como si en vez de poetas o supuestos poetas allí hubiese estrellas del panorama pop español. Yo, debo aclararlo, no soy una estrella del panorama pop español. Por supuesto, Benedetti y González tampoco. De haber podido escoger, probablemente nos hubiésemos decantado por lo de estrellas del panorama pop español, pero estas cosas no se escogen, te toca lo que te toca y a nosotros nos tocó ser poetas. Perdón por el atrevimiento, por el hecho de sumarme al grupo, de ponerme a la par, no era ni es para nada mi intención. Es obvio que de haber peldaños, yo estaría en uno de los primeros y ellos, Benedetti y González, en uno -cada uno el suyo- de los últimos. Y entiéndase ‘primero’ por el más bajo y ‘último’ por el más alto. Lo que no voy a hacer es entrar en comparaciones, comparar a estos dos poetas, a estos dos grandes poetas que conocí el mismo día, porque, como es sabido, las comparaciones son odiosas y porque no me apetece y esto, además, lo último que quisiera ser es un estudio crítico sobre la obra poética de estos dos poetas ya muertos que conocí el mismo día del año 2003. Debo matizar. Cuando digo que conocí a Mario Benedetti, estoy empleando el verbo conocer en su acepción cuarta según el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española, es decir, “tener trato y comunicación con alguien”. Para nada me estoy refiriendo a su acepción sexta, esto es, “tener relaciones sexuales con alguien”. No, no tuve relaciones sexuales con Mario Benedetti, es más, no tuve relaciones sexuales con Ángel González –sin duda más pícaro que el uruguayo. Tuve trato y comunicación con ambos, si bien lo de comunicación es discutible si por comunicación entendemos la acción y el efecto de “hacer a otro partícipe de lo que uno tiene”. Pero a lo que iba: yo conocí o, mejor, yo hablé con Mario Benedetti. Con Ángel González también hablé, es más, incluso conservo foto del momento y puede que su firma en algún libro o programa perdido por alguno de los cajones de casa, pero lo que hablamos el ovetense y yo lo he olvidado por completo, no queda nada, ni un mísero “gracias” o “encantado”. En cambio, recuerdo perfectamente la conversación o, más bien, el intercambio de frases que mantuvimos Mario Benedetti y yo. De ahí su protagonismo en estas líneas. Nos encontrábamos en una sala al lado del escenario, en el backstage, a la espera de realizar nuestra irrupción triunfal, tan anhelada por la masa enfebrecida y sedienta de poesía. Sin duda, Mario Benedetti era la estrella, el aglutinador y el reclamo y el estandarte de algo que excede a la poesía pero que tiene que ver con ella. Lo recuerdo sentado en una especie de sofá que habían instalado expresamente para él. Ya no andaba bien de salud, lo cual hace más heroica su presencia allí, entre poetas novatos. Todos (me refiero a los otros poetas, con la excepción de Ángel González) revoloteábamos alrededor de él, de Mario Benedetti, como sin duda lo harían todos los estudiantes españoles de periodismo de tener ahí, al alcance de la mano, a Hermida o Mercedes Milá. Finalmente me armé de valor y me acerqué a Mario, a Don Mario, al señor Benedetti. Le dije que para mí era un honor conocerlo, compartir escenario, que había leído muchos de sus libros (absolutamente cierto) y que me habían gustado e influido mucho (relativamente cierto). Mario Benedetti agradeció mis palabras con un movimiento de cabeza y una sonrisa educada y distante y puede que algo cansada y aburrida. Entonces le dije que yo era de Mallorca, de Palma concretamente, y que sabía por sus poemas o por alguna entrevista o artículo que él había vivido en Palma a principios de los ochenta, cerca de la plaza Gomila o en la misma plaza Gomila. Benedetti abrió más los ojos y me miró con algo más de atención. Se equivoca, joven, me corrigió Mario Benedetti, yo no vivo en Mallorca, viví en Palma, cierto, pero de eso hace ya mucho. Quise explicarle que sí, que ya lo sabía, que no me había entendido, que era yo el que vivía en Mallorca, pero de pronto apareció la organizadora del evento y me agarró del brazo y me preguntó si estaba preparado para después dirigirse al resto de poetas y anunciar que el acto estaba a punto de empezar. Luego se olvidó de nosotros y se centró en Benedetti, al que ayudó a levantarse para acompañarlo de la mano hasta el asiento que tenía reservado junto a Ángel González, desaparecido hasta entonces. Lo que sigue carece de importancia, al menos aquí. La masa enfebrecida y sedienta de poesía nos recibió con aplausos y vítores y cuando digo que nos recibió con aplausos y vítores en realidad estoy queriendo decir que recibió a Mario Benedetti y Ángel González con aplausos y vítores. Tras la presentación del evento, me tocó a mí, como poeta más joven, inaugurar el recital. En fin, para qué extenderse más. Acabado el acto y después de que Ángel González me firmara un libro o el programa del festival o tal vez una hoja suelta, una chica se me acercó con Al fin has conseguido que odie el blues entre las manos y me pidió si podía firmárselo y yo no me lo podía creer y casi me enamoré y le di las gracias y no, no es que casi me enamorara, sino que me enamoré perdidamente para olvidarlo al rato, unos minutos después. Pasado el tiempo, me olvidé también de aquel día, el día que conocí a Mario Benedetti, el cual fue también el día que conocí a Ángel González, hasta hoy, que he querido dejarlo por escrito aquí, a modo de homenaje, con unas gotas de vanidad y necrofilia, como es costumbre entre nosotros.

sábado, 4 de julio de 2009

Viernes por la noche en Gaston Vuiller, 5




Vive las historias con una intensidad que desconozco, que ya perdí. Me araña, me chilla al oído, me muerde la mejilla. El amor duele, viene bien recordarlo. Sobre todo si es viernes por la noche y el mundo de afuera es una posibilidad entre un millón. Todo da vueltas. La gravedad varía. No es lo mismo hoy que ayer ni que mañana. Bueno, en realidad sí, pero están las sutilezas. La brizna de hierba de Bobin. Quiere que le cuente de nuevo la historia de Peter y Kate, aquélla en que la niña se queda encerrada en la escuela. Sé que se imagina encerrada ella misma en la escuela de Ramonville St. Agne, el reino de sus bêtises, adelanto de lo que puede ser el mundo luego. Mi imaginación también se estira como un chicle. Viene bien recordarlo.

lunes, 22 de junio de 2009

Otro domingo: Adrien Brody, Menéndez Salmón, Adán Diehl, Pere y Llorenç Capellà, nueva imagen


En la Primera están pasando King-Kong, la de Adrien Brody. A mí Brody me gusta en The Jacket pero, bueno, King-Kong no está mal. Me mola hasta que dejan la isla.
Tengo sueño y los ojos me escuecen y vuelve a ser domingo.
Acaban de dispararse los aspersores. Bebo un Cacique-Cola.
Me he pasado el día en casa. Por la mañana terminé La ofensa, de Menéndez Salmón. Es un libro para leerlo del tirón. Por circunstancias, no pude acabarlo cuando lo empecé, así que esta mañana me he tumbado en el sofá y me lo he pulido. No está mal. Cuenta la historia de Kurt, un soldado alemán que, en plena Segunda Guerra Mundial, pierda la sensibilidad al presenciar un crimen atroz. Es la manera que el cuerpo tiene de defenderse frente a la barbarie y el sinsentido humanos.
Ya digo, no está mal, aunque de Menéndez Salmón prefiero El corrector.
Después me he puesto a trabajar.
Estoy escribiendo un texto para un documental sobre el hotel Formentor. Los de la Perifèrica Produccions pensaron en mí. Esto me ha llevado a conocer a un personaje fascinante, el argentino Adán Diehl, fundador del hotel. Virginia Vidal, biógrafa de la que sería su primera esposa, Delia del Carril (que más tarde contraería matrimonio con Pablo Neruda), lo describe con estas palabras: “Nos hallamos frente a uno de los happy few, un príncipe de los años locos, un émulo de Scott Fitzgerald, de Jean Cocteau, de Ettore Bugatti; ante uno de esos hambrientos de placer y voluptuosidad, de borrachera demencial”.
El trabajo avanza lentamente. Tal vez no les guste. Veremos.
Luego, para ver qué tal se las gastaban los de la Perifèrica, he visto el documental que rodaron sobre el dramaturgo y poeta Pere Capellà.
Pere Capellà era republicano, socialista y catalanista, por lo que lo pasó mal acabada la guerra. Estuvo defendiendo Madrid hasta el final. Cuando la capital cayó, fue detenido y condenado a 20 años de prisión en Alcalá de Henares. Cumplió cuatro. Luego lo soltaron y estuvo en libertad vigilada. Hasta que murió.
Yo soy amigo de su hijo, Llorenç Capellà. De hecho, Llorenç fue el que corrigió las pruebas del único libro que tengo en catalán.
Tendrá unos 60 años. Una vez quedamos en un bar. Tenía dudas sobre el camino que debía emprender y quería saber su opinión.
Hace unos años me entrevistó para la revista Brisas.
Ahora es de noche. Siloam comenta que le cuesta leer con fondo negro. Tiene fácil solución.
El sábado que viene llega Floriane. La extraño.
Es el momento de prepararse un segundo Cacique-Cola y ver el final de la película.
Hago esfuerzos por mantener mis convicciones.

domingo, 7 de junio de 2009

Imposible hablar de los domingos: Cheever, Banville, McEwan, McEnroe


Domingo. De tan sencillo, se hace imposible hablar de los domingos. Pero no hay que hablar de los domingos sino de este domingo. Bajé a la piscina mientras los otros seguían durmiendo. Llevaba conmigo los Diarios de John Cheever. Recurro a ellos siempre que me quedo sin lectura. El día anterior me había zampado El lémur, de Benjamin Black (es decir, John Banville). Me lo compré, al igual que Sábado de Ian McEwan, para el viaje, pero no pude resistirme.
Es extraña mi relación con la novela negra. Casi nunca la leo, pero, cuando lo hago, me atrapa hasta el punto de poder pasarme toda una noche sin dormir, enfrascado en sus páginas.
Cheever me cae bien. Sus dilemas morales, sus contradicciones, su homosexualidad reprimida lo hacen un tipo bastante simpático. Aspira a la pureza, a la salud, y, sin embargo, no puede refrenar su sed de abismo. En la piscina he subrayado este pasaje: “(…) durante cinco minutos creo ser yo mismo: erguido, esbelto, lúcido, ni joven ni viejo, ni preocupado por la edad ni por nada. Cuál ha sido el problema: demasiada ginebra, demasiado humo, demasiada mierda. Entonces me preparo una copa y enciendo un cigarrillo.”
Por la tarde, ya todos repuestos de la noche anterior, hemos ido a un barcito por Ciudad Jardín para comer algo. Desde la mesa donde estábamos he podido ver en la pantalla del televisor como Federer rompía a llorar. A este tío lo he visto llorar más veces que a muchos de mis amigos y familiares. Mientras devorábamos nuestros bocatas, se me ha ocurrido que el suizo nunca podría protagonizar una novela negra.
Supongo que yo tampoco.
Mañana partimos hacia Munich. Se trata de un viaje familiar. A mi hermana le tocó en un sorteo. Noche en Munich y después autocar hacia el Tirol austriaco. Una semana, de lunes a lunes. La última noche la pasamos en Venecia. Me hace ilusión. No conozco Venecia.
Noches de hotel con mi hermana. Se me hace extraño. Por si acaso, además de Sábado, me llevaré otro libro. Alguno encontraré, seguro.
McEwan me parece un escritor cojonudo. Hasta hace poco, no era más que el típico nombre que ves en la colección Compactos de Anagrama. Buenas críticas, uno de los miembros más destacados de una generación brillante, peli inspirada en una de sus novelas, etc. No sé por qué, pero jamás me atrajo. Hasta que un amigo insistió. Leí del tirón Chesil Beach. Es una novela perfecta. Cómo esculpe los personajes, cómo maneja el tiempo, cómo retrata una época. Me quedé con ganas de más. Me compré Primer amor, últimos ritos. Todos los cuentos, salvo Pollón en el escenario, que se lo podría haber ahorrado, son geniales. McEwan es experto creando atmósferas violentas. Desde las primeras líneas sabes que algo no marcha bien. La sutiliza con la que construye esa antesala del desastre es inigualable. Mi favorito es El último día del verano. Si alguien me obligase a escribir los diez cuentos que más me gustaron, éste estaría en la lista.
Ya son más de las nueve y media. Queda algo de luz. Cony trajo restos del asado de casa de sus padres. Comeremos, veremos la tele, tal vez me preparé un ron con Coca-cola.
Me apetece comprarme una Nikon.
Suena McEnroe, concretamente Otras vidas. Otra recomendación de otro amigo.
De tan sencillo, se hace imposible hablar de los domingos.

sábado, 6 de junio de 2009

FRENTE AL MAR DE TASMANIA


Como aquel aristócrata inglés, asesino de la niñera de sus hijos, treinta y tres años desaparecido, viviendo en Nueva Zelanda, en el interior de un Land Rover. Quién necesita novelas. Cierra los ojos. Puedes ver al viejo inspector Sidney Ball avanzando lentamente por un desierto o una ciudad desmantelada. De hombros cargados y nariz grande y roja, como de ex alcohólico adicto a las apuestas. Una deuda pendiente que nada tiene que ver con la niñera asesinada. Lord Duncan, jugador profesional, con acento británico delator y movimientos marciales. Un tipo raro, huidizo, perdido y elegante en el culo del mundo. Quizá ni él mismo lo sepa, pero desea que lo encuentren. Quién no lo desea. De todos modos, ya los ha vencido a todos. Frente al Mar de Tasmania, eleva su copa y su sonrisa. Sidney enciende un cigarro. La tos, su ex mujer, la ausencia de críos. Debería dejarlo, le dijo el doctor. Quién quiere regresar. Todo se reduce a lo mismo: una deuda pendiente, un asunto algo turbio. Treinta y tres largos años, un caso no cerrado y los niños creciendo en fotografías caníbales, la visita rutinaria del inspector, casi ya de la familia. No, señor Ball, seguimos sin noticias, es tan bochornoso todo esto. La palabra bochornoso adherida a su gabardina, al peso de sus hombros, a los recuerdos de su ex mujer. Una deuda pendiente, la historia de una vida. Quién necesita novelas. Ahora Sidney se acerca al Land Rover. No trata de amortiguar sus pisadas. Parece muy cansado, como con ganas de terminar cuanto antes. En el interior del vehículo, Lord Ducan lo espera. En una mano sostiene unos dados. En la otra, una Browning High Power con silenciador.

domingo, 31 de mayo de 2009

Historia de amor


1

Qué bonito iniciar relaciones. Y qué necesario terminarlas. Así empieza la historia, con pétalos cayendo desde cielo y el olor inconfundible de los finales anticipados. Antes, tantas cosas atrás, no eras más que un rostro del lado de los viandantes. Contemplabas a las diosas de los bares, su coreografía equívoca y fatal. Nosotros las creamos, decías. Es una cacería con palabras amables y miradas de asesino. Soy un gladiador.

2

Hablabas con espejos y semáforos, con todo aquel lo suficientemente estúpido o desesperado como para escucharte. Necesito a una mujer que me quiera lo que no sé quererme, la parte de mi amor que no me alcanza. Eras un gladiador, un tipo invisible y agazapado. Te pasabas el día protagonizando películas de terror y leyendo prensa gratuita. El mundo era un latido violeta, una amenaza incomprensible y escurridiza.

3

Ha de ser posible hablar de mujeres perdidas, presentes o por llegar, de la promiscuidad propia del que busca el Amor, esa epifanía engañosa o quizá sólo fugaz. Afilabas tus armas y fumabas obsesivamente, enfermo en la inminencia del encuentro. La ciudad te hablaba a cada paso, en cada cambio de estrategia. Como siempre sucede, todo estalló sin previo aviso. La imagen estática en que aguardabas tembló, fueron sólo unos segundos, y de pronto vivías dentro de un torbellino.

4

Las venas de las manos, las encías impúdicas, el lenguaje sutil del codo al encender un cigarrillo, la barbilla tímida en contraste con el cuello temerario, plagado de lianas y secretos. Quiero morder esta ausencia de pechos, el sabor de tus mañanas y tus causas perdidas, lo que está más allá del lenguaje y nosotros. Los ojos todavía no. Espera unos minutos. Miremos cómo arden los tesoros de Roma.

5

Éste es el escenario: una ciudad tomada por kamikazes ebrios y diosas anoréxicas que fuman tus latidos de asesino. El imperio s. a. del sol poniente extiende sus tentáculos por las alcantarillas de tu degradación. Entonces sí su mirada de granito caliente, audaz en su fijeza. Más tarde escribirías: en medio de ese fango, el ángel persuasivo. Recuerdas: tenía 17. Pedía ser aniquilada por un desconocido igual a ti. Sus ojos eran fríos y cálidos a un tiempo. Ojos de habitación de hotel con nombres falsos. Aceptó el desenlace con la fatalidad de las protagonistas de las mejores pelis. Tú te llamabas Harry, imagino. ¿Ella? Ella Epiphany Proudfoot.

6

Dame sólo un motivo por el que no puedas darme un motivo de por qué no puede ser y así toda la noche, una estación vivida bajo otro tipo de dictadura, la rebelión final de las leyes de la física, la trayectoria invisible y fatal de una mota de polvo resbalando por sus medias igual que los lugares comunes del deseo y no, desconozco el motivo por el que no puedo darte pero qué importará, dirás ya todo géiser, violento y cegado como las aves del litoral o los taxistas de los aeropuertos.

7

Incluso haciéndome daño, sólo puedes salvarme. No sé de qué, cómo saberlo. Quizá de un hipotético y cíclico odio hacia mí, tan cansino y predecible. En cambio, yo sólo puedo destrozarte, inocular en ti el veneno del vértigo (también cansino y predecible).

8

Frases dichas o sólo pensadas mientras ella se baja las medias como quien ejecuta un rito primitivo y desquiciante: Tus mejores años y mis peores intenciones. Una combinación letal, irrenunciable, perfecta...

9

Lo que sigue es la historia de siempre. Lo anterior es mentira o una verdad no susceptible de prolongación en el tiempo. Lo único cierto es que matasteis la magia, poco a poco, con una precisión digna del más reputado de los cirujanos. En esto consiste el amor, en despojar al otro de su aura mítica. Este juego en el que nadie gana porque incluso ganando se pierde. Tantas muertes hasta la muerte final, previsible y vacía.

10

Solía desquiciarte, día a día, con un cóctel infalible: Tacones de aguja, bisutería barata y su obsesión por el francés –Rimbaud, Rigaut, Bataille...

11

Suena Between the bars, de Elliott Smith. La mitología triste de los chicos del rock... Toda historia de amor tiene su banda sonora, decías, su propia cuenta atrás. Ella te miraba desde un bosque silencioso, indescifrable. Pese a su edad, conocía el desenlace, todo lo que fueses capaz de decir. Parecía esperarlo y eso te enfurecía y excitaba a la vez. Una cosa está clara: toda banda sonora –tan triste con el tiempo– se acaba pareciendo a las demás.

12

Las mutaciones del amor no son más que nuestras propias mutaciones, no lo olvides. La sabiduría de su carne tensada en el delirio. Es inútil entrar en los detalles. Ahora fumas mientras la ciudad se hunde y tú la recuerdas, es decir: la inventas.

13

Vives el momento de las declaraciones. Sigues siendo el personaje, pero esta vez no hay nadie a tu lado para aplaudirte o morderte en el cuello, como buscando una raíz.

14

Declaración: Siento que estoy en un momento crucial de mi vida cuando en realidad este momento no es muy diferente a tantos otros vividos en el pasado. Una forma como otra cualquiera de decir que tengo miedo. Cierro los ojos y camino. No se me ocurre nada mejor. Hay más tristeza que amor en mi pecho. De todos modos, esta tristeza es la que me permite seguir amando. Sigo siendo un gladiador.

15

Muy bonito, te dices sentado en la taza del váter con un libro de Jacques Rigaut en el regazo mientras Elliott Simith se sigue apuñalando el pecho en una visión recurrente y asfixiante.

16

Lo que el desagüe se lleva: la mierda que una vez os unió. La que un día buscarás en otros baños y coños con la misma intención suicida.

17

El anticlímax no como recurso narrativo, sino como único final posible para una historia de amor.

viernes, 22 de mayo de 2009

TRES NARRACIONES BREVES: Textos rescatados del olvido

1. EL HOMBRE EN CUESTIÓN

Era su último cigarrillo. Tendría que haberlo dejado meses atrás, como dejó a Linda y a tantas cosas con ella. A un coño lo sustituye otro coño, solía decirse, pero ¿con qué se suplen los cigarrillos? Buena cuestión. A aquellas alturas (un sexto piso en la calle Reykiavik), la vida era un cúmulo de buenas cuestiones. Por ejemplo: qué estaba haciendo en aquella habitación. En este punto el hilo se rompía, su mente dejaba de funcionar con un mínimo de coherencia. Cerraba los ojos y podía ver dromedarios avanzar por la línea del desierto. Nunca le inquietó. Sabía que tarde o temprano acabaría regresando. Pero adónde. Otra buena cuestión. De todos modos, no había nada que hacer: la futura ausencia del tabaco lo reclamaba. Un descuido imperdonable, uno más. No es seguro que aparezca, le habían dicho, pero existe la posibilidad y tenemos que estar preparados. Él no entendía la utilización del plural. Se encontraba solo en aquella habitación, como un escritor cualquiera levantando el mundo que acabará aplastándolo. Es cuestión de tiempo, le dijeron. Pero nadie contaba con aquel último cigarro, con la eventualidad de ser visto si salía del edificio o de que, justo cuando entrara en el estanco, apareciera al fin el hombre en cuestión.

2. ARQUEOLOGÍA ALTERNATIVA

Escribía tanto que se le acabaron borrando las letras al teclado de su ordenador. Entonces decidió que ya había escrito o vivido lo suficiente. Un experto en arqueología alternativa aplicada a las yemas de los dedos, después de un estudio pormenorizado del que ahorraremos los detalles, pudo reconstruir, una a una, sus últimas palabras. Decían: Quiero dejar de escribir.

3. EL ÚLTIMO DE SU ESPECIE

Cuando quiso darse cuenta, vivía en una jaula y recibía visitas todos los días excepto los martes. Era el último de su especie. Le gustaba contemplar las puestas de sol y el baile endiablado de los estorninos. Por otro lado, los colores carcomidos de las hojas en la calzada, cuando el encargado de la limpieza se relajaba en sus obligaciones, le hacían llorar. Pero lo que más desconcertaba a sus guardianes era el hecho de que se agachara para recoger las hojas de los periódicos antiguos, de cuando aún se editaban, colocadas en el suelo de la jaula por motivos de higiene o por darle alguna utilidad a aquel excedente de papel. Sí, eso era lo que más les desconcertaba, que las recogiera y se pasara horas contemplándolas en una actitud abstraída. Dicen que los ojos le iban de izquierda a derecha. No lograban darle una explicación racional a este comportamiento.

domingo, 17 de mayo de 2009

LA SALVACIÓN


Es lo más parecido a la salvación. No sé de qué. Salvación de vida, una plegaria atendida, nuestra dosis de misticismo y soledad. La voz de Bettye Lavette luchando contra la muerte. De algún modo vence a la física, a la carne. Es una confesión inesperada, el escalofrío de saberte acompañado, casi comprendido. Apoyar la cabeza en el hombro de cualquiera. Tomar conciencia de la inmensidad de la derrota. Amar lo nimio, lo invisible, las calles de una Philadelphia repleta de cadáveres, de cuentas pendientes no se sabe con quién. La voz de un ángel a las seis de la mañana, el reclamo, la piedad irrenunciable y engañosa. Lo que es indescriptible y te obliga a temblar.

Después, en el pudridero del día a día, el reencuentro con el cuerpo. Las corruptelas y la tele. Remueves con un palo las cenizas del instante. Piensas en los cuadros de Jenny Saville. El contrapunto necesario. Imposible escapar. Primero habría que saber de qué. La desnudez. La pornografía. Algo excesivo, como una almohada dificultándote la respiración. El campo de batalla. Lo que vendrá luego. Cierras los ojos y te ves desnudo, con el vientre hinchado y peludo, más animal que persona, sujeto por cables a una tabla de disección. Como si existiese la posibilidad de que escaparas.

Anochece. Ya se intuye el verano. Contemplas la piscina iluminada y piensas en Onetti. Cony llega y te besa en el cuello. La salvación es posible, murmura el condenado. Bettye Lavette nos sonríe, nos conduce a la cama y nos arrulla.


lunes, 13 de abril de 2009

sábado, 28 de marzo de 2009

EXTRANJERO

Tafí del Valle

¿Te gusta conducir?



Embalse de Cúber


El burro






El Gorb Blau





Después de comer




Cony anda por Londres, visitando a su hermana, y yo estoy en casa, solo, junto a una botella de hierbas dulces y una montaña de libros. Ernesto Sábato, Blaise Cendrans, Roberto Bolaño, Estanislao Pellicer y Slavoj Zizek. Entre otros. Son las ocho y ya está oscuro. Todavía no sé si saldré esta noche. He pasado todo el día fuera. Me apetecía conducir, sentirme extranjero, exprimir la soledad hasta sacar algo bueno de ella. Valldemossa, Deià, Sóller, los embalses de Cúber y el Gorb Blau, Lluc, Pollença y de nuevo Palma. En el coche, Quique González y Andrés Calamaro. Volver a escuchar a Quique después de tanto tiempo ha sido catártico. Conducía y cantaba. Me imaginaba compartiendo escenario con el madrileño, cantando a dúo la de Arañazos de piel roja. De vez en cuando, detenía el coche para hacer fotos. La Sierra atesora paisajes fantásticos. Me ha sorprendido la cantidad de animales (ovejas, cabras y un burro) que me he encontrado a lo largo del camino. Esto me ha hecho recordar aquella otra excursión en coche, en Argentina, de Tucumán a Salta. Dejando Tafí del Valle tuvimos que parar el coche para que un grupo de caballos cruzara la carretera. Pensé en Raymond Carver, no sé muy bien por qué. Finalmente he comido en Pollença. Todo eran ciclistas y senderistas alemanes. Y sudamericanas trabajando en los bares y restaurantes del pueblo. Llevaba conmigo los libros de poemas Extravío, de César Simón, y La latitud de los caballos, de Juan Vicente Piqueras. No hay como sentirse extranjero en tu propio país para poder amarlo. Ahora estoy en casa. Hace un momento he terminado de escribir un artículo para el Última Hora. Lo he titulado Patria. Las hierbas empiezan a hacer su efecto. Mejor lo dejo aquí.

lunes, 23 de marzo de 2009

FESTIVAL ACRÓBATAS



Dije que sí y qué haré ahora con el pánico que le tengo al público.

En una entrevista realizada en 1982, Jaime Gil de Biedma dijo que la poesía moderna está encerrada en una página y que es leída mentalmente, que la poesía empezó por ser canto, pero que la separación se consumó hace ya muchos años.

Odio mi voz y mis chistes. ¿Entonces? Amigo, pregúntale al ego, ese hijoputa.

Recuerdo vagamente una conversación con Luis Ramiro sobre Víctor Manuel. A los dos nos encantaba Víctor Manuel, aunque es posible que me confunda. Dani, ¿te acuerdas? Una niebla cerrada envolvía Madrid. En un taxi dejé olvidados todos los libros que aquella misma tarde me había comprado en La Casa del Libro de la Gran Vía. Me hubiese gustado ver la cara del taxista al encontrar todos aquellos libros de poesía. En fin, cosas más raras se habrá encontrado.

Yo seguí con lo mío, buscando mi camino, el poema perfecto. Sé que no existe como sé que algún día daré con él. Tranquilo, yo tampoco lo entiendo.

Sobre poesía, estas palabras de Ernesto Sábato:

“Algunos opinan que en la poesía pura no deben intervenir los ingredientes filosóficos o políticos; otros proscriben la anécdota; otros, en fin, echan la rima, los valores musicales. Construyendo un poema que respondiese a todas esas prohibiciones no quedaría nada, que es al fin de cuentas la más intachable forma de la pureza”.

La nada. Quizá el único tema, a estas alturas, sobre el que vale la pena escribir, ya lo dije. Tengo sueño. Feliz primavera.



jueves, 19 de marzo de 2009

INDIFERENCIA

Hoy es el Día Mundial de la Indiferencia, lo saben los perros y las bolsas de plástico arrastradas por el viento (Carrefour, Ikea, El Corte Inglés), porque hoy también es el Día Mundial de las Bolsas de Plástico Arrastradas por el Viento, y si menciono a los perros es porque ellos lo saben todo, siempre lo han sabido, por eso prefieren ir meándose por las farolas y los parachoques y los parterres y las puertas de todos los bares y casas de este mundo mefítico, sí, mi amor, este asteroide nacido de una meada de Saint Exupéry –no hace mucho leí El Principito, ahora que empiezo a dejar atrás la juventud (los 35, según las bases de un certamen para jóvenes poetas), que no recuerdo la niñez, sin duda influenciado por el “factor francés” de mi vida, en previsión de una tarde aún por venir con un sol anaranjado volviendo irreales, vagamente afectuosas, todas las cosas inmediatas. Bienvenidos al Día Mundial de la Indiferencia, o al Día Mundial de las Bolsas de Basura Apiladas Junto a la Puerta de Casa, enrareciendo el aire de este encierro con vistas a una gasolinera Repsol –los que me conocen sabrán que esta gasolinera es mi postal fetiche del fin del mundo, ¿y por qué no inaugurar el Día Mundial de las Postales del Fin del Mundo? Zonas de ensanche no planificadas, centros comerciales en amplias avenidas atestadas de zombis apresurados, bocas de metro y de presidentes de comunidad que desprecian sin inmutarse las tardes de Champions, circunvalaciones, hoteles en el mes de enero inmersos en pleno proceso de remodelación, el llamado Plan Renove, Carnecería La Vaca Feliz, un semáforo obstinadamente en ámbar, etcétera, etcétera. Prefiero, si se me permite, acurrucarme en el Día Mundial de la Inexistencia, ovillarme como uno de aquellos presos de Guantánamo y consentir que las expectativas que alguna vez tuve me sepulten en esta zanja con calefacción centralizada e internet. Dejar un rastro de palabras como cagadas de pájaro en el limpiaparabrisas, nítidas y extrañas, instigadoras de la mala leche colosal que amamanta nuestra furia, ya desde Roma. Pero hoy es el Día Mundial de la Indiferencia, ya lo dije, y me importa una mierda la suerte que corramos.

miércoles, 4 de marzo de 2009

MI ÚNICA PASIÓN VERDADERA O NOCHE CON PELUCA A LA FRANCESA


Mañana viajo a Francia, tu sais. Hasta el martes o miércoles de la semana que viene no podré actualizar el blog. Les dejo este homenaje -abro paréntesis- no se pierdan los “Omenages” incluidos en MEMORÍA, último libro de Ben Clark -cierro paréntesis- a Marguerite Duras -abro paréntesis- ah el eterno factor francés de mi vida -cierro paréntesis- escrito unos cuantos años atrás. Otro texto rescatado. Ya no recuerdo si lo escribí sobrio, borracho o de resaca. Sigo queriendo ser tan bueno como la francesa. Tal vez en Ramonville St. Agne me llegue la inspiración.


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Hoy me he despertado con unas ganas terribles de ser Marguerite Duras. Después de unos instantes de lógica resistencia (fui a un colegio de pago), he cedido a mis impulsos y me he encasquetado en la cabeza una peluca que me compré hace algún tiempo en un intento (bastante desafortunado, todo hay que decirlo) de ser Anne Sexton. Acto seguido me he probado un camisón que fuera de mi abuela (bastante más pequeña que yo y con esto lo digo todo) y he releído algunos pasajes de los libros de la francesa que hay por casa…

Y de pronto esta casa se ha convertido en la casa de Neauphle-le-Chateau
En el templo de mi locura Hay una botella de Hierbas Túnel No tenía whisky
Sobre la mesa de la que apenas queda un tercio de su contenido
Ciertamente da miedo pensar en la resaca de mañana pero ya se sabe
La soledad significa alcohol tiene que ver con los ritos
Y yo siempre tuve el rito o prudencia de tener whisky
O en su defecto Hierbas Túnel
En el aparador de casa en prevención de insomnios
O súbitas desesperaciones Es la única manera de ahuyentar el miedo
De olvidarme de mí y de esta incómoda peluca que me hace sudar
Y delirar ¿o será la soledad? En cuanto el ser humano está solo
Cae en la sinrazón
Ésta fue una de mis muchas frases inspiradas
Aunque debo reconocer que mi predilecta es aquélla que dice
Escribir toda la vida enseña a escribir. Pero no nos salva de nada
Sí allí fui realmente grande mi mente enferma de soledad
La soledad no se encuentra, se hace alcohol y literatura
Tenía momentos increíbles como aquel otro en que dije
Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos
Frase que imagino escribí después de varios vasos de whisky
¿O eran Hierbas Túnel? y que inspiró a un poeta
De cuyo nombre me acuerdo perfectamente Ya es de noche y la noche
Es como un libro una invitación el recuerdo de los amantes
Que tuve ¿o sólo los soñé? Qué importa ya al fin y al cabo
La duda también es escribir aunque yo no dudo al decir
Que un vaso más de esta bebida verde y dulzona
Me impedirá seguir escribiendo al menos por esta noche
En esta casa en Neauphple-le-Chateau donde di rienda suelta
A mi única pasión verdadera ya lo saben Escribir

viernes, 27 de febrero de 2009

CLARIVIDENCIA DEL VIAJE

La Tour de Carol, Francia


Los andenes desiertos. Los libros. Ciudades impasibles. Estrategias de superviviente. Las frases de un invierno repetido. Los chicos tristes del sur. Su canto trastornado. Un sueño con flamencos. El desconsuelo de los baños públicos. Un taxi a media noche. Los hoteles. Sus armarios vacíos. La luz acuática de los televisores. No hay nadie al otro lado. El camión de la basura. Las sábanas. Su caricia de hospital. Las pastillas.

Durante el viaje se adquiere cierta clarividencia ingobernable y la dosis necesaria de anestesia para soportarlo.