miércoles, 6 de diciembre de 2017
domingo, 3 de diciembre de 2017
2x1: Tiranía + Océano sin fin
Tiranía
Anda todo el mundo haciendo cábalas sobre las posibles mayorías
catalanas, como si nuestra vida dependiera del número de votos o el número de escaños
de una u otra opción, cuando me topo con esta reflexión de Rüdiger Safranski,
oportunamente anotada en mi diario el pasado febrero: “es una especie de
tiranía que se nutre del caldo de cultivo que se produce en la masa y de ahí de
nuevo el papel de las redes sociales. Esa tiranía está enmarcada en una especie
de aprobación populista, la masa que apoya a una determinada persona. En
Polonia o Hungría, por ejemplo, se está reduciendo y eliminando poco a poco la
democracia, pero con el enorme apoyo de una mayoría. La palabra democracia
suena muy bien, pero lo decisivo es el Estado de derecho, la separación de
poderes. Hitler llegó al poder democráticamente, apoyado por una gran mayoría,
pero el que alguien sea elegido por mayoría no es lo bueno; lo bueno es que
exista la separación de poderes”. Dicho queda.
ÚLTIMA HORA, 07/11/17
Océano sin fin
Pienso en la
joven de 18 años presuntamente violada por cinco hombres en los sanfermines de
2016. Pienso en las madres de José Ángel Prenda, Antonio M. Guerrero, Alfonso
J. Cabezuelo, Jesús Escudero y Ángel Boza. Pienso en el final de La semilla del diablo, de Roman
Polanski. Veo a Mia Farrow acunando al pequeño Satanás. Inevitable recordar el
caso de Samantha Geimer. Pienso en la película La
caja de música, en la decisión final de Jessica Lange. Siento que me estoy
yendo por las ramas y vuelvo a las madres de los conocidos como la Manada. Las imagino de noche, en su
habitación, sabiendo lo que todos sabemos, habiendo escuchado lo que todos hemos
escuchado. Las imagino, luego, reunidas con la joven presuntamente violada. Pienso
en los dilemas morales, en las heridas que un reconocimiento superficial no
detectaría. Pienso en las víctimas colaterales, en lo que diría el informe del
detective que siguiera sus pasos. Pienso en la joven de 18 años, una gota mediática
en un océano sin fin.
ÚLTIMA HORA, 21/11/17
miércoles, 25 de octubre de 2017
martes, 10 de octubre de 2017
miércoles, 27 de septiembre de 2017
lunes, 25 de septiembre de 2017
Taller de escritura creativa. Diario de un profesor novato [11]
Once
Sigo
con el tiempo. Siempre que te sientas a escribir, llevas puesta la gorra de
jefe del tiempo. Puedes hacer que en un solo párrafo pasen cuarenta años. Así,
de un plumazo. ¡Zas! Sólo tú manejas la ruedita que acelera o detiene el
tiempo. Si te sientes con fuerzas, puedes meter una digresión o una descripción
de treinta páginas. No te extrañes, eso sí, si tus lectores se lanzan por la
borda. También puedes viajar atrás o adelante. No hace falta que memorices las
palabras “analepsis” y “prolepsis”. ¿Pero cuándo, en qué punto emprender el
viaje? Lo primero: dale margen a tu instinto, sobre todo si lo alimentaste bien.
Nos hallamos en la fase de las entrañas. Después, más calmados, nos pondremos estupendos,
un poco tiquismiquis, que no todo va a ser un aquí te pillo aquí te mato.
Vuelvo
a pensar en el poeta honesto. Su figura se diluye. Poco a poco, se va
transformando en pistola chejoviana. De ser esto un cuento, un posible título
sería Las pistolas de Antón P.
Recién
llegado de Londres. Entre este párrafo y el anterior, median un centenar de
fotografías. Viaje familiar. Ahora es medianoche. Solo en casa. Mi mujer y mi
hija regresan mañana por la tarde. Esta entrada, la número once, debí publicarla
el jueves, antes de partir. No importa. Esto se acaba. No tiene sentido seguir.
Si al poeta honesto le hubiese dado por atacarme… Bah, mejor así. Diré, para ir terminando,
que releí, entre otros, el cuento de Jack London titulado “Encender un fuego”. Iba
leyéndolo mientras movía los dedos de los pies, como para comprobar que seguían
ahí, a salvo del frío del Yukón, y daba gracias por estar en el interior de
aquel avión, tomándome una Heineken, saboreando unas Pringles Paprika,
angustiado por la suerte del hombre que protagoniza el relato, entregado a la
maestría de London…
Pero todo eso –la senda misteriosa, extensa y estrecha, la ausencia de sol en el cielo, el tremendo frío y lo extraño y sombrío de todo aquello– no impresionó para nada al hombre. Y no porque estuviese muy acostumbrado a ello. Era un recién llegado a la región, un chchaquo, y ése era su primer invierno. Lo que le pasaba era que carecía de imaginación. Era veloz y agudo en las cosas de la vida, pero sólo en las cosas y no en sus significados.
Fragmento
de “Encender un fuego”
martes, 19 de septiembre de 2017
Taller de escritura creativa. Diario de un profesor novato [10]
Diez
Sobre
el escritorio, una careta con el rostro de Emilio Renzi. Me la pongo y me planto frente al espejo. Una imagen grotesca, tal vez por eso
estimulante. Camino por la casa vacía. Me imagino observado por una decena de
alumnos. Algo nos une a todos los que estamos hoy aquí, digo calibrando las
reacciones de los estudiantes que me observan con expresión vacía, como si
alguien les hubiese obligado a apuntarse a este curso, como si todo lo que
fueran a escuchar o decir en el transcurso de las muchas horas que compartiremos
les fuese del todo indiferente, bueno, tal vez sean varias las cosas que nos
unan, sonrío de un modo un tanto ambiguo, cómo saberlo, pero hay una que se
sitúa en el centro de esto que ahora empezamos a compartir, la que hace que en
este preciso instante os hable con este tono sacerdotal, tan odioso, en fin, lo
que nos une, la cosa común que sobrevuela nuestras cabezas, no es otra que el
amor por las letras. ¡Qué pomposo! ¿Me van a abuchear? Amor por las letras
significa amor por la lectura y la escritura. Porque nos encanta leer, deseamos
escribir. Aunque a veces cueste. Aunque no siempre acompañen los resultados.
Aunque siempre vayamos a quedarnos a un paso o a años luz de nuestras
expectativas. Es un vicio y nada nos define más que nuestros vicios. Eso
tenemos en común. No es poca cosa.
Llegan a casa mi mujer y mi hija. Saludos, breve resumen de la jornada.
Anuncio, tras recoger los restos de la cena de anoche, que voy al cuarto del
ordenador a trabajar un poco. Sigo con la clase. Pero aquí se acaban las
coincidencias, advierto desviando por un momento la mirada hacia la ventana que
da a la avenida de Sant Ferran, bastante transitada a estas horas. Que a todos
nos guste leer no significa, y perdón por la perogrullada, que a todos nos
guste leer las mismas cosas. De ahí que cada uno de nosotros tenga su
particular forma de decir, sin duda fruto de sus lecturas, de sus gustos, de
sus inquietudes, de sus limitaciones, etc. Todos queremos ser escritores pero
nadie quiere llegar a ser el mismo escritor, o lo que es lo mismo, todos
queremos llegar a ser un escritor único, diferente del resto. Ya hablaremos de
estas insensateces más adelante. Con todo esto vamos a tener que lidiar. Lo
creáis o no, esto nos hará crecer. Un escritor ha de tener amplitud de miras.
Puede escoger ser muy bruto, pero ha de ser una elección consciente – limitarse
conscientemente es todo un arte. Y por debajo de todas estas diferencias, no
debemos olvidar, para que el curso sea posible, para que se mueva en terrenos
de eficacia, ese hilo subterráneo que nos une. Formamos parte de un mismo equipo, digo con sonrisa burlona dedicada
a mí mismo, todos podemos aprender de todos. Luego, acabado el curso, podemos
jugar a sacarnos los ojos, a soltar pestes del costumbrismo o de los relatos
alegóricos, de la autoficción o de la moda distópica que nos tiene asediados,
etc.
Debo
ir terminando, me llaman para cenar. Me quito la careta pigliana. Antes de
dejar el cuarto, tengo tiempo de decir que aquí vamos a intentar ser nosotros
mismos. La mayor parte del tiempo no lo somos. Imitamos, y eso está bien. Pero
aquí vamos a intentar encontrar nuestra propia voz. Aunque sea para destruirla.
Vamos a aprender a escucharnos. Para escucharnos, primero debemos aprender a
escuchar. Escuchar a los otros. Una vez tengamos el oído a punto, vamos a
centrarnos en nuestra voz interior. Pero ya os tengo que dejar. Se acabó el
tiempo. Otro día hablamos del tiempo. Somos tiempo, todo relato es tiempo, y
nuestra vida, a pesar de estar hecha de tiempo, será una lucha constante en
busca de tiempo.
Taller de escritura creativa. Diario de un profesor novato [9]
Nueve
![]() |
| Homenaje a Ángel Nieto desde la planta 14 del AC Cuzco. |
Fin
de semana en Madrid. Aprovechamos que el viernes debía acudir a una reunión de
trabajo para pasar, mi mujer y yo, un par de días en la ciudad. Como siempre,
largos paseos entre ríos de gente. Para mí, Madrid es la ciudad de las grandes
caminatas. Entre paseo y paseo, tuvimos tiempo de ir al Teatro Maravillas para
deleitarnos con las actuaciones de Julia Gutiérrez Caba y Miguel
Rellán en Cartas de amor. Una
historia sentimental que se prolonga durante toda una vida, reducida a las
cartas, postales y notas que los protagonistas intercambian. Me produjo
vértigo. Tal vez podría servirme para el taller de escritura creativa. Estoy en
esa fase. El poder del detalle, de lo concreto, brilla con todo su esplendor. Dota
a la historia de verosimilitud, lo que hace que entres en ella como si de un
“hecho real” se tratase; a la vez, proyecta la historia hacia el cielo de lo
universal. Todos podemos entrar en ella gracias, precisamente, a que es una
historia particular, pequeña, con nombres y apellidos (desarrollar la idea). Nada
mejor para hablar de la fugacidad del tiempo, de lo que pudo haber sido y no
fue, de los hechos y decisiones que nos cambian la vida, de la inconsistencia
del amor, de su perdurabilidad, de la lucha entre el deber y el deseo, etc.,
que la plasmación de unas conversaciones particulares, sin sed de
trascendencia (a primera vista), lejos de la abstracción y lo grandilocuente. Otra forma de llamarlo:
el poder del ejemplo concreto. De realizar una versión moderna de esta obra, habría que recurrir al
WhatsApp. Entonces, sería imprescindible suprimir toda la morralla e incorporar
la comunicación mediante emoticonos y gifs. Por lo demás, durante el emotivo
parlamento final de Andrew Makepeace Ladd III, sonó un móvil. Se me
ocurrió que al portador de ese móvil se le debería prohibir la entrada a un
teatro en los próximos seis meses. De reincidir, el tiempo de castigo pasaría a
ser de un año, hasta serle vedada de por vida, de perseverar en su actitud, la
entrada a cualquier recinto cultural. En lo gastronómico, comimos en un cubano,
cenamos en un peruano y volvimos a comer, ya el domingo, en un mexicano. Esta
última comida la compartimos con nuestros amigos A y D. Hablamos de trabajo, de
viajes, de literatura, de la situación en Cataluña y del taller que a partir de
octubre voy a impartir. Esto también me produce vértigo.
![]() |
| Falsos nigiris de causa limeña, pulpo a la brasa y mayonesa de pimentón. |
viernes, 15 de septiembre de 2017
Taller de escritura creativa. Diario de un profesor novato [8]
Ocho
Se me ocurre que, sin pretenderlo, esto podría derivar en una especie de “hilo de Bartual”. Por un momento, casi deseo que el poeta honesto dé señales de vida. ¿Por qué lo eliminé de mi lista de contactos? Mi legendario mal olfato para los negocios. Escribir para un centenar de seguidores tampoco está tan mal. Un autor de minorías, ese prestigio. De ser esto una mala novela, escribiría algo del tipo “de pronto, estalló en carcajadas”.
https://fuentetajaliteraria.com/talleres/taller/taller-de-escritura-creativa-palma-de-mallorca
Se me ocurre que, sin pretenderlo, esto podría derivar en una especie de “hilo de Bartual”. Por un momento, casi deseo que el poeta honesto dé señales de vida. ¿Por qué lo eliminé de mi lista de contactos? Mi legendario mal olfato para los negocios. Escribir para un centenar de seguidores tampoco está tan mal. Un autor de minorías, ese prestigio. De ser esto una mala novela, escribiría algo del tipo “de pronto, estalló en carcajadas”.
https://fuentetajaliteraria.com/talleres/taller/taller-de-escritura-creativa-palma-de-mallorca
jueves, 14 de septiembre de 2017
Taller de escritura creativa. Diario de un profesor novato [7]
Siete
«Sé
dónde encontrarte, profesor», ha escrito. Joder. Me está vacilando, seguro que es
eso. Nadie se pone así por una mala crítica, ¿no? Tal vez no haya sido tan
buena idea aceptar lo del curso. Me imagino a una decena de alumnos enfurecidos
persiguiéndome por las calles de Palma. Mierda. Vuelvo a leer el mensaje. Me
voy a su perfil de Facebook. Vive en Valencia, menos mal. Aunque es posible que
la información no esté actualizada. Lo bloqueo. Lo elimino. Dejo el móvil y
salgo al jardín. Antes me paro en la cocina. Me apetece tomarme una cerveza. Mi
mujer y mi hija saltan en la cama elástica. Está oscureciendo. ¿Y si de pronto
irrumpe en casa con una sierra mecánica o un bidón repleto de gasolina? Debo
controlar mi imaginación. Demasiadas películas. Abandono el jardín y me instalo
frente al ordenador. Me pongo a teclear para relajarme. Escritura como sinónimo
de masturbación, etc.
Escribo
en primera persona. Conviene no variar mi forma de decir. Es un punto de vista
limitado, lo sé. No puedo meterme en el pellejo de otro. Es un alivio. Ya tengo
suficiente con el mío. Este es mi mundo. Puedo especular sobre las motivaciones
del poeta honesto, pero su cabeza me está vedada. Hay lugares en los que es
mejor no entrar. También puedo decir que en mi cabeza caben todas las cabezas.
Demasiado engreído tal vez. Escribir en primera persona hace que el lector se
sienta más cerca del narrador. ¿Puedes tocarme? ¿Hueles mi aliento? Soy el
narrador pero también el escritor. Me llamo Javier Cánaves. ¿Autoficción? En El Aleph, el narrador se llama Borges.
martes, 12 de septiembre de 2017
Taller de escritura creativa. Diario de un profesor novato [6]
Seis
Volvió
a la carga. Recibí su mensaje a la una y cuarto de la madruga. Tenía el móvil
en silencio, así que no lo he visto hasta esta mañana. Me desconcierta su modo
de proceder. Me vuelve a preguntar si me creo Dios. Dos frases idénticas
flotando en la burbuja del Messeger que nos une. «¿Te crees Dios?». ¿Espera que
le responda? ¿Y qué puede responderse a una pregunta así? Lo mejor es olvidarse
del asunto. Ya se cansará.
Todo
profesor de escritura creativa debe en algún momento, indefectiblemente, hablar
de Hemingway y su iceberg. Esto dará pie al “muestra, no cuentes”, al estilo
natural, a la inmersión ficcional y demás templos más o menos sagrados. Dejar
para el final lo que opina Eloy Tizón de tales templos dará al profesor de
escritura creativa el aura revolucionaria que precisa para ganarse a las
facciones más contestatarias de la clase.
Me pongo a hacer listas (ese vicio), pero vuelve
a mí, una y otra vez, la imagen del poeta a la una de la madrugada, solo, en una habitación
únicamente iluminada por la luz procedente de la pantalla de su ordenador,
buscando entre sus contactos cibernéticos alguien a quien enviar sus poemas.
Debo borrar esta imagen de mi cabeza. Me turba. No deja que me concentre.
domingo, 10 de septiembre de 2017
Taller de escritura creativa. Diario de un profesor novato [5]
Cinco
Todo
profesor de escritura creativa debe en algún momento, indefectiblemente, hablar
de Chéjov y su pistola. Al arma chejoviana ha de seguir, de un modo natural, el
famoso McGuffin. Hablar de Hitchcock y los leones de Escocia dotará al profesor
de escritura creativa de un aura sacerdotal útil para su homilía.
De
ser esto un relato, quiero decir, una escritura de ficción que busca persuadir
a hipotéticos lectores, el inicio del taller en el mes de octubre sería el
McGuffin. Hace que la historia avance, provoca estas entradas y, sin embargo,
nada hemos de saber de él. Vive en el horizonte, es una nebulosa, una excusa
para insertar cuatro aforismos baratos y justificar este estado de nervios.
Los
comentarios sobre Fenj y la novela de Larraquy (ya finiquitada) así como la
evocación campestre (entrada dos) tienen todos los números para convertirse en
pistolas que en el último acto nadie disparará. De ser esto un relato,
claro.
Orbito
alrededor del cuento. Regresé a Cortázar, a Borges, compré el libro ganador del
premio Setenil 2016. Apunto el nombre de autores actuales, de libros del pasado
que me juré leer y dejé pasar. Hago listas. Cerceno las ganas de empezar algo.
Ahora no, me digo. A partir del lunes debo profundizar en el temario, preparar
las clases. Lo ideal es saber conciliar impulso y estrategia, nunca olvidar ese
espacio para la improvisación, para lo inesperado. Como cuando te sientas a escribir
y el sonido del teclado toma las riendas. Luego regresa el silencio –siempre lo
hace– y conviene tener las herramientas adecuadas para terminar de dar forma a
eso que sacaste, olvidarse de las entrañas para dejar que el cerebro trabaje tranquilo,
como un poli veterano en la escena del crimen.
Por lo demás, pensé que el poeta
honesto volvería a la carga. Es un alivio comprobar que mi aparato intuitivo no
pasa por su mejor momento.
viernes, 8 de septiembre de 2017
Taller de escritura creativa. Diario de un profesor novato [4]
Cuatro
Noche.
En la cama. Leo cuentos de Chéjov. En parte, por el curso que a partir de
octubre tendré que impartir; en parte, por ser una de esas asignaturas
pendientes. (Hasta hoy sólo había leído alguno de sus cuentos más conocidos,
como La dama del perrito o El pabellón número 6). Suena el
teléfono. Un mensaje de mi amigo, el poeta coherente. «¿Te crees Dios?». Miro a
mi mujer de reojo. Anda buscando hotel para el fin de semana que pasaremos en
Madrid. No le comento nada. Pongo el móvil en silencio y lo devuelvo a la
mesita de noche. Sigo con Chéjov.
jueves, 7 de septiembre de 2017
Taller de escritura creativa. Diario de un profesor novato [3]
Tres
¿Despido
algún tipo de aura capaz de infiltrarse en el ciberespacio? ¿Ya tengo cara de
profesor? ¿Se ha visto modificada mi manera de escribir? El día después de
aceptar la propuesta, me llega una petición a través de Facebook. Se trata de
un antiguo “amigo” al que tuve que parar los pies meses a atrás. No había
semana que no me hiciera llegar alguno de sus poemas para saber mi opinión. Debía
verme como una especie de crítico particular. Jamás se le pasó por la cabeza
que yo pudiera tener vida propia, al margen de sus deseos. Al principio opté
por ser colaborativo, pero pronto me di cuenta de que, si no hacía algo,
aquello se prolongaría indefinidamente. De un modo educado, le insinué que, por
sorprendente que pudiera resultarle, también experimentaba placer al dedicarme
a mis cosas durante mi escaso tiempo libre. Por lo visto, el lenguaje sutil no
era su fuerte. Tuve que dejarle las cosas claras. Se sintió dolido, pero
cesaron los mensajes. Ingenuo de mí, pensaba que no volvería a tener noticias
suyas. Estaba equivocado. Ha vuelto a la carga. Leo el poema. Más de lo mismo.
Eso sí, nadie le negará fidelidad a su propia voz. Como si hubiera algún tipo
de mérito en eso. Dejo pasar un día. Insiste. Quiere conocer mi opinión. Me lo tomo
como unas prácticas. Sin cobrar, como en el ABaC. Escribo: «Leí el poema. Voy a
permitirme el lujo de ser sincero. Piensa que podría despacharlo con un simple “está
muy bien”. En primer lugar, debo decir que no soy muy amigo de las
enumeraciones. Las tolero si tienen gracia, o si en ellas entran en juego
imágenes o metáforas potentes, o si en cada uno de los elementos que las
integran se menciona algo diferente, que enriquece o contradice lo
anteriormente dicho, etc. Salvo por los dos versos finales, tu poema se reduce
a una enumeración reiterativa de un deseo. Digamos que se alarga sin mucha
justificación. En los poemas de corte realista de índole sentimental (los que
sueles escribir) esperas que se te cuente una anécdota sentimentalmente
interesante capaz de trascender, alguna experiencia que exhorte tu inteligencia
y/o sensibilidad, alguna reflexión de calado… Si la cosa está aderezada con imágenes
sorprendentes, audacia verbal, etc., el poema gana enteros. Tengo la impresión
de que este poema se queda corto en todos los aspectos. Es cierto que al final
tratas de levantarlo, pero me da a mí que no alcanza para despegar. Espero no
haber sido muy duro. Creo que, a estas alturas, la sinceridad es lo mejor que
puedo ofrecerte. Mucha suerte con tus próximas creaciones». Su respuesta: «Pues
a mí me gusta el poema. Es coherente. Y el final mola». ¿No es genial?
miércoles, 6 de septiembre de 2017
Taller de escritura creativa. Diario de un profesor novato [2]
Dos
Hoy
he acompañado a Fenj al aeropuerto. Es triste reconocerlo: siento alivio. Los
meses sin él en casa se presentan como vacaciones en el campo. Pienso en un
campo en primavera. El trigo crecido, a la altura de los hombros. Un camino de
tierra que se bifurca. Un muro de piedra medio derruido. El zumbido de los
insectos, el gorjeo de los pájaros. Saborear un té sentado en el porche.
Observar como la luz va menguando gradualmente más allá de las montañas. Su
contorno grisáceo, su interior renegrido. Un libro en el regazo, por ejemplo,
éste que ahora mismo descansa junto al teclado, La comemadre, del argentino Roque Larraquy. Por lo demás, sigo
preparando las clases. El curso empieza en octubre. Un mes. Tantas horas por rellenar.
Sigo dándole vueltas. Anoche escuché dos cuentos de Chéjov. Los cuentos
escuchados (no leídos) adelgazan. Se le sustrae al cuento los límites del
párrafo y de algún modo se diluye. Imagino palabras sobrevolando mi cama,
disolviéndose en el aire de la habitación. Así me duermo. Por la mañana, paso a
por Fenj y me dirijo al aeropuerto. Atasco. Un accidente. Poca cosa. Por
suerte, no pierde el vuelo.
La
perfección formal es cosa de artesanos; el auténtico artista busca algo más. No
es que no se conforme, es que se la suda. Ese algo más está reñido con la
perfección formal (sutil o frontalmente). Trata de explicar esto, profesor.
martes, 5 de septiembre de 2017
Taller de escritura creativa. Diario de un profesor novato [1]
Uno
Les dije que sí sin meditarlo demasiado. En aquellos días (¿un mes atrás, dos?) andaba sumido en la inquietud propia del escritor sin proyecto en marcha. Necesitaba una sacudida,
un nuevo horizonte, algo sobre lo que hablar conmigo mismo sin perder la cabeza. Aceptado el reto, vinieron los cálculos y el miedo. ¿Qué puedo enseñar yo? Coordinador de un curso de escritura creativa, ¡nada menos! Revisé en mi interior. Divisé intuiciones,
ninguna regla. Con éstas me tengo que apañar, me dije. Leí manuales, visioné vídeos en YouTube. Qué bonita es la teoría y qué inservible puede ser. Poco a poco, fue creciendo en mi interior una especie de castillo. Me veía a mí mismo caminando por sus muros,
como un Hamlet mal curado de esa enfermedad llamada adolescencia. Sólo puede funcionar si convertimos las clases en escenarios. El director nunca ha de tratar de ser el protagonista (¿posible?). Hay que ensayar hasta el desmayo como lo hacen los trapecistas,
los mejores atracadores de bancos o las integrantes de un equipo de natación sincronizada. Dejé el castillo y cerré algunos flecos. Curiosamente, sentía vértigo estando en tierra. En lo alto del castillo, en cambio, mi respiración era regular. ¿Hablar desde
esa altura?, me pregunté. Ni púlpitos ni fortalezas. La imagen del castillo, sin embargo, seguía intacta. Sólo poseo intuiciones, es lo más que puede llegarse a tener. Con ellas (y con lecturas, escrituras e intercambio de impresiones) cada uno debe armar
su propio castillo (o guarida, o casa, o atalaya, o cuarto de las máscaras, o sótano). Intuyo que se trata de un proceso largo, es posible que una vida no alcance. De ahí su irresistible atractivo.
domingo, 3 de septiembre de 2017
Poesía en los bares: Francisco Díaz de Castro
![]() |
| "Cuestión de tiempo" (editorial Renacimiento, 2017) |
LAS MUCHACHAS
Sentado en
la terraza de la playa
atardecido ya,
contemplo
a dos
muchachas que se besan
con malicia
en los labios, recreándose
como brisa
de julio,
entre bromas
y risas por la clara
provocación
que brindan.
Contrasta la
alegría de esos ojos,
de esos
cuerpos ligeros tendidos en la arena
que enredan
el deseo en sus cinturas
y que juegan
o no
a gozar del
impulso que las tensa,
con la
adusta mirada de los veraneantes,
con alguna
protesta que se alza.
Veraneantes.
Han tolerado
gritos, balonazos,
torpes surfistas
contumaces,
motos acuáticas,
perros que
se sacuden en la arena,
canciones
del verano durante todo el día.
Han leído la
prensa imperturbables,
bajo un sol
de injusticia o a la sombra,
pero se les
abronca el ánimo
porque dos
muchachitas en top-less
celebran la
existencia.
Al cabo de
un buen rato las dos adolescentes,
con sus
bikinis húmedos
se alejan de
la mano,
de espaldas
a la tarde declinante,
hacia unas
rocas solitarias
que el
crepúsculo incendia.
NOCTURNO
Estoy medio
despierto, entre las sábanas,
en esta oscuridad
que apenas rompen
los sonidos
de la alta madrugada.
Viene a mi
pensamiento
todavía muy
torpe
el rencor de
verdades que olvidé
mezclado con
sus voces ya tan viejas,
y regresan
también las justificaciones,
las noches
de mil noches.
Máscaras o
apariencias de otro tiempo
que ya no
existe en mí pero me alcanza
con su
tropel vacío y su estrépito mudo
entre estas
paredes de ahora.
Extrañamente
vivos, sin embargo,
derrotas de
recuerdos inservibles,
son los ecos
infieles de mí mismo,
por las
aceras de unas calles
que sólo el
entresueño me devuelve.
Espejos sin
azogue y en añicos
como bosque
de imágenes perdidas,
de palabras
que dije,
de
extraviadas escenas de imposturas
que fueron
de verdad y no perdonan.
AFTER HOURS
“We three”.
Roy Haynes, Phineas Newborn y Paul
Chambers
In
memoriam Juan Claudio Cifuentes
Qué extraño
este lugar,
qué distintas
las horas de esta noche
que parece
propicia
para una
despedida general,
esta noche
en que el frío
del aire es
una música
o sólo un
ritmo lento
de
escobillas de blues dentro del
corazón
de un bosque
como yo, tan fantasmal
y a la vez
tan despierto y tan esquivo.
Será que
estoy soñando, sin embargo,
dormido como
un muerto
que
estuviera dormido y viera luces
y creyera que
oye entre el silencio
un piano
obsesivo,
unas notas
oscuras y perdidas.
Hay siluetas
de casas apagadas,
y en un
cielo de humo
una gran
luna negra.
Pero no
escucho nada
ni estoy en
sitio alguno
y estas
apenas luces no vienen de lo alto
sino del
pensamiento
fragmentario
y huidizo
como un eco
del tiempo, ya tan lejos.
Pero no hay
pensamiento,
ni estoy
lejos ni solo ni dormido,
la mente es
un teatro derruido en la noche
y unas
sobras de gestos y palabras
parecidas a
mí vienen conmigo,
nómadas,
habitadas, furtivas,
hacia
dónde.
jueves, 31 de agosto de 2017
lunes, 21 de agosto de 2017
El trampolín
(Agosto)
Hubo un tiempo en que me sentía
irremediablemente atraído por el mundo de la caza. Ignoro por qué. Algún cuento
leído durante mi primera infancia, alguna película vista en una de esas
interminables tardes estivales, quién sabe. No es que me escapara de casa a la
menor oportunidad para satisfacer ese afán de aventura y peligro que de manera
inconsciente asociaba a la palabra “caza”. Ya entonces prefería encerrarme en
mi habitación para improvisar argumentos en los que, invariablemente, me veía
en la tesitura de tener que salvar a la mujer de mi vida –y ya de paso a la
humanidad entera– de una muerte segura. Por supuesto, si mi vida no corría
peligro, la cosa carecía de gracia.
Pero todo cambió
el día que un amigo puso en mis manos un fusil –así lo llamó– de pesca
submarina.
Aquel
verano, mis padres habían alquilado un apartamento en Sa Ràpita. Era la primera
vez que veraneábamos en aquel lugar, un pueblo costero de calles rectas,
idénticas entre sí, sin árboles ni una mísera iglesia que sirviera de centro de
reunión. Los días se estiraban como chicles pegados a las suelas de nuestras
chanclas. Los meses de julio y agosto siempre han sabido cómo deformar el
contorno de las cosas. Todo se estira o se vuelve pegajoso. Permanecer conmigo
mismo, a solas, era casi tan desolador y nocivo como permanecer junto a mis
padres.
Casi todas las
tardes me acercaba a las rocas donde se encontraba el trampolín. Acudía allí
con la esperanza de trabar amistad con alguno de los chicos del pueblo. Pero
aquella tarde fui con Diego, el elegido para ser mi salvador. Recurrí a él
porque, entre mi grupo de amigos del colegio, era el único que había
manifestado su predisposición a visitarme y porque, además, sus padres
mantenían buenas relaciones con los míos.
Diego,
pese a sus doce años, era todo un experto en pesca submarina. Era capaz de
pasarse la tarde entera sumergido en el agua. En más de una ocasión, de manera
disimulada, escruté su cuerpo en busca de escamas o el indicio de branquias o
aletas. Sus pulmones y su paciencia merecían un monográfico en alguna revista
especializada en el asunto. Durante sus prolongadas inmersiones, me preguntaba
si había sido una buena idea invitarlo a pasar unos días con nosotros. Estar
con mi amigo y estar solo eran prácticamente la misma cosa. Por eso me alegré tanto
cuando propuso enseñarme a pescar.
Nos
recuerdo en el embarcadero donde la gente extendía sus toallas, el mismo lugar
desde el que tantas veces había contemplado la monotonía aplastante del cielo.
Allí me explicó los rudimentos básicos del oficio: cómo cargar el fusil, por
dónde moverse, la cantidad de paciencia necesaria para el buen desempeño de la
tarea y, finalmente, cómo apuntar y disparar.
Entré
al mar con el fusil cargado, lleno de ilusión, pero a los diez minutos ya
empezaba a añorar la áspera caricia de las rocas en mi culo. Las algas del
fondo, perezosas, se burlaban de mí, y un inicio de calambre coqueteaba con mi
pantorrilla izquierda cuando, de pronto, surgido de las profundidades, vi al
pez. Aquel ser se desplazaba con una naturalidad y una parsimonia que me
resultaron extraterrestres, del todo envidiables. Había llegado la hora de
poner fin a aquel sinsentido.
Pasé
por alto los consejos de mi amigo. Lo apremiante en aquel momento era regresar
a las rocas, ver si alguno de los chicos o las chicas que por allí recalaban
todas las tardes –pensaba en una chica en concreto, la del bañador azul, de una
sola pieza, como de nadadora profesional– se apiadaban de mí. Disparé sin
pensarlo, sin apuntar, como el que arroja una colilla recién apurada en un
callejón repleto de ellas. Nunca fue más amarga la llamada suerte del
principiante.
Salí
del agua abatido, con aquel pececillo atravesado por mi arpón. El efecto lupa
de las gafas de buceo lo habían transformado en una especie Moby Dick. Todavía
boqueaba cuando lo liberé del hierro que casi lo parte por la mitad. Parecía
pedirme explicaciones, o hacer volutas invisibles con su último aliento. Vi que
Diego se acercaba a toda prisa para ver qué había cazado. Lancé al mar, lo más
lejos que pude, aquel pez agonizante. Que al menos muriera en su terreno, con
los suyos.
-¿Qué
pescaste? –preguntó Diego una vez a mi lado.
-Nada,
no era nada –dije.
-¿Nada?
-Un
trozo de alga, creo. Me confundí.
-Suele
pasarle a los novatos, no te preocupes –trató de tranquilizarme mi amigo.
Asentí
y desvié la mirada hacia el mar.
-Tienes
los ojos rojos –advirtió Diego.
Yo
seguía con la vista clavada en el horizonte. Oía los gritos de los chicos que
en aquellos momentos saltaban desde el trampolín. Eran como las voces del
televisor que llegaban a mi cuarto cuando me encerraba para inventar historias.
Desde que tengo uso de razón, me gusta encerrarme para improvisar cuentos. Por
lo demás, aquel verano terminé conociendo a la chica del bañador azul. Cayó
sobre mí por accidente, o eso al menos es lo que dijo. Yo pasaba por debajo del
trampolín cuando ella saltó. Diego ya había regresado con sus padres y yo ya
había desechado la idea de convertirme en cazador. La acompañé varias tardes
hasta su casa. Me gustaba pasear a su lado. Me hacía sentir especial, como un
intrépido explorador adentrándose en un continente ignoto. No recuerdo si
llegamos a despedirnos el día antes de mi partida. No recuerdo el portal de su
casa, ni siquiera su nombre. Recuerdo el bañador azul, y la emoción ante la
posibilidad de agarrar su mano, y el zumbido de aquellas tardes eternas,
mientras daba mis primeros pasos por aquel mundo incipiente, aún por devastar.
martes, 15 de agosto de 2017
Los libros
A estas alturas, después de una década vertiendo mis opiniones y manías en las páginas de Última Hora, tendrán claro que amo los libros. Cuando escribo esto no pienso en incunables, en primeras ediciones, en libros raros o libros-objeto. Los libros-objeto, por lo general, me parecen una nimiedad más o menos graciosa (tanto como pueda serlo cualquier objeto decorativo, y debo confesar que las tiendas de decoración despiertan en mí un interés escaso). A veces, estando en casa, me planto frente a la librería y los contemplo. Es difícil explicar la sensación que me embarga. Soy consciente de hallarme frente a una parte importante de mi vida. Son como viejos amigos con los que viajé, con los que siempre estaré en deuda. Su presencia en casa atestigua ese viaje, esa relación sentimental. Como sucede con el amor entre las personas, la presencia del otro resulta necesaria. A estas alturas, prescindir de alguno de nuestros sentidos se me antoja una temeridad.
ÚLTIMA HORA, 15/08/17
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