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martes, 13 de abril de 2010

Yo también escribí un poema sobre Alejandra Pizarnik

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Yo también escribí un poema sobre Alejandra Pizarnik.
Creo que todos los poetas nacidos entre la década del 40 y la del 80 del siglo pasado escribieron o intentaron escribir un poema sobre Alejandra Pizarnik.
Escribir un poema sobre Alejandra Pizarnik es lo mismo que escribir un poema sobre Anne Sexton o Sylvia Plath.
Se trata del típico poema escrito por un varón, un varón que quiere salvar a la poetisa suicida, un poeta varón que da el perfil del clásico gilipollas que se va de putas y se enamora de la prostituta.
También lo puede escribir una lesbiana. Como Cristina Peri Rossi. De hecho, la uruguaya nacionalizada española, en su libro Diáspora, tiene un poema titulado “Alejandra entre las lilas”. Un poema emotivo, como no podía ser de otro modo. Un poema en el que dice: Después de haberte leído entera / supe que habíamos hecho el amor / muchas veces. Un poema-homenaje cojonudo.
Todos los poetas varones nacidos entre 1940 y 1980 han querido follarse a Alejandra Pizarnik. Y a Anne Sexton. Y a Sylvia Plath. Pero tuvieron que conformarse con escribirles un poema.
Poesía como sucedáneo del sexo. Acto de necrofilia y vanidad.
También, claro, escribir un poema sobre Janis Joplin es lo mismo que escribir un poema sobre las tres suicidas mencionadas. Responde al mismo deseo. Al mismo patrón.
Se trata de un poema nacido de la frustración, pero qué poema no nace de la frustración.
¿Y qué pasa con Veronica Forrest Thomson?
¿Y qué pasa con Marina Tsvietáieva?
De acuerdo. De acuerdo. No nos pongamos tiquismiquis.
Y ahora es cuando amplío mi confesión.
Yo escribí un poema sobre Anne Sexton.
Yo escribí un poema sobre Sylvia Plath.
Y, como dije, yo escribí un poema sobre Alejandra Pizarnik.
Y si no escribí uno sobre Janis Joplin fue porque mi amigo Juan Payeras se me adelantó.
Como pruebas irrefutables del delito, adjunto los tres poemas.
Ahora busco la manera de hacerme perdonar.



SYLVIA

No me apetece hablar de tu suicidio,
de las fechas cruciales de tu vida,
tampoco de los versos que escribiste.
Ahora tengo tu foto entre mis manos
e imagino el instante,
una tarde perdida de otro siglo,
un periodo de calma entre dos crisis.

Con gesto recatado, con ganas de gustar,
sonríes al futuro, ese ladrón irreverente
que ya teje a tu espalda
la mortaja feroz de algún febrero.
No hay cuervos en la tarde. Sobre el césped,
la sombra de un nogal adormecido
te protege del sol, de los augurios
que no sé si tuviste,
del absurdo que rige el destino de todos.

¿Cómo no amarte, Sylvia, en la distancia
que te hace inalcanzable y tan hermosa?
Tus manos delicadas, tu melena rojiza,
tu rostro angelical de niña aristocrática;
todo lo que busqué durante tanto tiempo
en lecturas y calles, en mujeres y espejos,
lo que sigo buscando y me niega la paz,
esta forma sutil de hacernos daño.
El precio por vivir vidas que no son nuestras.

Debiera terminar este poema
con alguna lección irrefutable,
algo que justifique los versos que preceden
-esa parte de mí parecida a tu historia-,
pero sólo tu nombre justifica
palabras como hachas ya sin filo,
homenaje sin fe en los homenajes,
acto de necrofilia y vanidad.

(De Al fin has conseguido que odie el blues)


ANNE SEXTON Y YO

Anne Sexton entra en un garaje
con un vaso de vodka en una mano.
Es el cuatro de octubre, el mismo día
-muchos años después-
que resolví emprender mi éxodo hacia el Sur.
Linda miraba el mar y yo pensé
en aquella otra Linda, nacida en el 54,
y que arrastró a su madre
a los suburbios de la depresión
-a veces, la memoria literaria
se marca estos detalles.
Después llegaron los dragones,
los hoteles sin nadie a ciertas horas,
los cuerpos ansiolíticos sin rostro
como cuervos trillando mi pasado.

Jamás pisé trincheras ni hospitales
que no estuvieran ya dentro de mí.

¿Por qué volver a aquellos meses?
Del regreso no hay mucho que contar:
todo se había hundido
pese a que su apariencia
quisiera convencerme de otra cosa.
Tuvo que venir Anne para salvarme
y enseguida pensé en aquella otra Anne,
la que un 3 de febrero dejó escrito:
el amor, lo que quiera que haya sido,
una infección
. A cambio,
decidí regalarle el blues de nuestra historia.
A veces aún supura aquella herida.

Hoy, 26 de abril de un año incierto,
vuelvo a pensar en Anne la suicidada.
Parece tan segura en esta foto.
Anochece despacio y me pregunto
cómo terminaría este poema
–ella, que tanto amaba las palabras.
Mejor me callo y dejo
que sus versos la expliquen:

Words and eggs must be handled with care.
Once broken they are impossible
things to repair.

Cosas irreparables una vez que se rompen.
Esta noche mi vida se parece a estas cosas.


EL INFIERNO MUSICAL

Escribes contra el miedo,
contra el viento de garras alojado
en tu respiración. Creías que la muerte
era decir un nombre sin cesar,
y que todo poema escondía una trampa.
Querías que tus dedos de muñeca
penetraran las teclas.
Querías adentrarte en el teclado,
en su privado infierno musical,
para pertenecer a alguna patria.
Tus ojos deslumbrados de niña recluida
me miran esta noche, en este apartamento
lejos de rue Dauphine,
de aquellas cosas nimias
que amabas con ternura
(las gomas y los sobres,
los cuadernos rayados
-Cortázar nos lo dijo-),
Alejandra Pizarnik, tú sabías
que había que escribir sin para qué,
desenterrar con el lenguaje
el mundo verdadero, bailar en los jardines
la melodía rota de sus frases,
esa música dentro de la música.
Cada palabra dice lo que dice,
pero no sólo eso.
Intento no olvidarlo, pero tú continúas.
Lo malo de la vida
es que no es lo que creemos
pero tampoco lo contrario.
Y me dejas a oscuras con mis miedos,
bajo un cielo feroz de seconal.

(De El peso de los puentes)

viernes, 5 de febrero de 2010

Felices e infectados


El matrimonio es la tumba del amor, o eso al menos aseguraba el tipo que la otra mañana se sentaba junto a mí en la barra del bar donde suelo tomar el primer café del día. Llovía con fuerza y yo pensaba en John Cheever, el cual había aprendido a escuchar la lluvia a raíz de una pelea. Me estaba preguntando si yo era realmente capaz de escuchar la lluvia cuando la frase de mi compañero de barra me distrajo de mis cavilaciones. Alcé la vista y me encontré con un hombre abatido, un hombre que le hablaba al vaso que tenía delante, que tal vez no supiera escuchar la lluvia pero que seguro sabía lo que era una pelea de pareja. Apuré mi café y salí al encuentro del aguacero. Matrimonio, amor y lluvia, una combinación peligrosa. Diez años antes de su suicidio, en un poema memorable, Anne Sexton había comparado el amor con una infección. Yo me estaba empapando y el hombre de la barra vivía su particular infierno a resguardo de la lluvia. Entonces se me ocurrió que hay lluvias que mojan y lluvias que hunden y que éstas últimas suelen ser las peores. Después pensé en la infección que es el amor y en que irremediablemente acabaría resfriado. Ya por la tarde, un amigo me llamó para comunicarme que se casaba. Le dije que me alegraba por él, pero fue inevitable que a mi mente acudieran las palabras que Cesare Pavese –otro hombre abatido– escribiera hace exactamente 71 años, un 30 de septiembre de 1937: “Las únicas mujeres con las que vale la pena casarse son aquellas con las que no podemos atrevernos a casarnos”. Durante mucho tiempo, esta frase me obsesionó. Cada vez que iniciaba una relación, me acordaba del piamontés y de su trágico final, hasta que una tucumana me ordenó que me dejara de boludeces. No le hice caso, claro, pero aprendí a disimular. Cuando toque dar el “sí, quiero”, pensaré en André Gorz, que a sus 83 años fue capaz de decirle a su mujer: “Hace 58 años que vivimos juntos y te quiero más que nunca”. Se suicidaron juntos en su casa de Vosnon, Francia. Murieron felices, infectados de amor.


ULTIMA HORA, martes 30 de septiembre de 2008