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jueves, 14 de septiembre de 2017

Taller de escritura creativa. Diario de un profesor novato [7]

Siete

«Sé dónde encontrarte, profesor», ha escrito. Joder. Me está vacilando, seguro que es eso. Nadie se pone así por una mala crítica, ¿no? Tal vez no haya sido tan buena idea aceptar lo del curso. Me imagino a una decena de alumnos enfurecidos persiguiéndome por las calles de Palma. Mierda. Vuelvo a leer el mensaje. Me voy a su perfil de Facebook. Vive en Valencia, menos mal. Aunque es posible que la información no esté actualizada. Lo bloqueo. Lo elimino. Dejo el móvil y salgo al jardín. Antes me paro en la cocina. Me apetece tomarme una cerveza. Mi mujer y mi hija saltan en la cama elástica. Está oscureciendo. ¿Y si de pronto irrumpe en casa con una sierra mecánica o un bidón repleto de gasolina? Debo controlar mi imaginación. Demasiadas películas. Abandono el jardín y me instalo frente al ordenador. Me pongo a teclear para relajarme. Escritura como sinónimo de masturbación, etc.

Escribo en primera persona. Conviene no variar mi forma de decir. Es un punto de vista limitado, lo sé. No puedo meterme en el pellejo de otro. Es un alivio. Ya tengo suficiente con el mío. Este es mi mundo. Puedo especular sobre las motivaciones del poeta honesto, pero su cabeza me está vedada. Hay lugares en los que es mejor no entrar. También puedo decir que en mi cabeza caben todas las cabezas. Demasiado engreído tal vez. Escribir en primera persona hace que el lector se sienta más cerca del narrador. ¿Puedes tocarme? ¿Hueles mi aliento? Soy el narrador pero también el escritor. Me llamo Javier Cánaves. ¿Autoficción? En El Aleph, el narrador se llama Borges.  



domingo, 10 de septiembre de 2017

Taller de escritura creativa. Diario de un profesor novato [5]

Cinco

Todo profesor de escritura creativa debe en algún momento, indefectiblemente, hablar de Chéjov y su pistola. Al arma chejoviana ha de seguir, de un modo natural, el famoso McGuffin. Hablar de Hitchcock y los leones de Escocia dotará al profesor de escritura creativa de un aura sacerdotal útil para su homilía.

De ser esto un relato, quiero decir, una escritura de ficción que busca persuadir a hipotéticos lectores, el inicio del taller en el mes de octubre sería el McGuffin. Hace que la historia avance, provoca estas entradas y, sin embargo, nada hemos de saber de él. Vive en el horizonte, es una nebulosa, una excusa para insertar cuatro aforismos baratos y justificar este estado de nervios.

Los comentarios sobre Fenj y la novela de Larraquy (ya finiquitada) así como la evocación campestre (entrada dos) tienen todos los números para convertirse en pistolas que en el último acto nadie disparará. De ser esto un relato, claro. 

Orbito alrededor del cuento. Regresé a Cortázar, a Borges, compré el libro ganador del premio Setenil 2016. Apunto el nombre de autores actuales, de libros del pasado que me juré leer y dejé pasar. Hago listas. Cerceno las ganas de empezar algo. Ahora no, me digo. A partir del lunes debo profundizar en el temario, preparar las clases. Lo ideal es saber conciliar impulso y estrategia, nunca olvidar ese espacio para la improvisación, para lo inesperado. Como cuando te sientas a escribir y el sonido del teclado toma las riendas. Luego regresa el silencio –siempre lo hace– y conviene tener las herramientas adecuadas para terminar de dar forma a eso que sacaste, olvidarse de las entrañas para dejar que el cerebro trabaje tranquilo, como un poli veterano en la escena del crimen. 

Por lo demás, pensé que el poeta honesto volvería a la carga. Es un alivio comprobar que mi aparato intuitivo no pasa por su mejor momento. 






martes, 20 de diciembre de 2011

Diario de un hombre cojo [10]

martes, 20 de diciembre de 2011

Es curioso, sé cuándo terminará esto y, sin embargo, desconozco la manera en que lo hará. Daré fin a este diario y, por lo tanto, a las historias que hayan surgido en su seno, el último día de rehabilitación. Finalizada la rehabilitación, ya no tendrá sentido continuar con este ejercicio. Me alegra tener fecha de caducidad. Poco importa que las historias de Alberto Sancevá, Pedro Capllonch o Cecilia Polsen hayan llegado a su conclusión (¿qué significa llegar a su conclusión?). Al fin y al cabo, el novelista (y aquí juego a serlo) es un explorador de la existencia y, para llevar a cabo este cometido, no hace falta apresar la totalidad de una vida, basta con recrear un periodo concreto. O sea, husmearé en las vidas de los personajes, caminaré junto a ellos, hasta que esté totalmente recuperado. Entonces, tanto ellos como yo seguiremos nuestro camino.
               Hasta ese día, habrá que ir creando una trama. La verdad, no he pensado en nada concreto. Improvisaré. Utilizaré cierto material antiguo. Es una cuestión que no me preocupa. Al fin y al cabo, según André Gorz, «la primera meta del escritor no es lo que escribe. Su necesidad principal es escribir. Escribir, o sea, ausentarse del mundo y de sí mismo para, eventualmente, convertirlos en materia de elaboración literaria. Sólo secundariamente se plantea la cuestión del tema tratado».
               Esta reflexión de Gorz encaja con lo que trato de hacer aquí. He convertido mi pierna impedida y todo lo que la envuelve en materia literaria. Ya decía Jorge Luis Borges que «un escritor, o todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin y esto tiene que ser más fuerte en el caso de un artista. Todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo». Y es lo que trato de hacer: aprovechar estas semanas de estancia en el “sanatorio” paterno para mi fin último como artista (odio esta palabra cuando me refiero a mí) que no es otro que escribir.

Ya he sobrepasado la hora de escritura, si bien esta se ha visto interrumpida por varias llamadas telefónicas. Mi hermana, mi tía, mi compañera de trabajo, Endesa, Floriane… Mañana llega. Estaremos juntos dos semanas, hasta el 2 de enero. Intentaré modificar mis horarios tanto de lectura como de escritura para poder seguir con este ritmo. Tengo ganas de que sea mañana para verla correr por el aeropuerto, con esa sonrisa, directa a mis brazos… No, me abstengo de comentar este tema aquí. Dejaremos que transcurra en la intimidad. Al fin y al cabo, tenemos una historia que contar. Ahora es cuando me aprovecho del material antiguo. En efecto, Alberto Sancevá tiene un pasado. Es posible que algún lector de mi blog se acuerde de él. También es posible lo contrario. No importa. Lo publiqué en el mes de mayo del año 2010. Se trataba de un proyecto que quedó en nada, al menos hasta la rotura de mi tendón. Ahora recurro a aquellos pocos textos que escribí, textos en los que Alberto Sancevá era el protagonista. En el diálogo que viene a continuación descubrimos a un Sancevá analítico, descreído, irónico, que todo lo reduce a literatura. ¿Cuánto hay de pose y cuánto de sincero en su manera de actuar? 
- El drama siempre es individual –dice Alberto Sancevá–. Lo otro no pasa de noticia más o menos incómoda dependiendo de su proximidad o lejanía, sirve de argumento en contra o a favor de nuestro posicionamiento previo, nos invita a reflexionar o acompaña nuestra cena como una música a la que apenas prestamos atención.
En este punto de la conversación, se afloja la corbata, se mira las uñas, se rasca la barbilla en actitud filosofal. Imposible negar que se encuentra en su salsa.
- La vida –continúa– solo es conmovida por la propia vida y la vida plural no es más que una entelequia. Estoy por decir que el otro no es más que una entelequia. Lo asumimos como real en la medida en que podemos cederle alguno de nuestros atributos, vía genética o vía sentimental. Es la manera con que la naturaleza nos protege del horror. Esta indiferencia más o menos generalizada actúa como escudo frente al Mundo. Por eso es posible leer sobre los atentados suicidas perpetrados en Rusia y acto seguido reír de un chiste sobre rusos que nos acaban de contar. No somos insensibles, sino supervivientes.
- De acuerdo –admite Nuria Tamena–, pero hay una cosa que no me queda clara. ¿Y si la indiferencia no afecta solamente a eso que, muy científicamente, has decidido llamar “lo otro”? Me refiero: ¿y si uno siente indiferencia hacia sí mismo, además de hacia esa otredad tan de otro tiempo? Dime: ¿y si no encontramos ni tenemos ese alguien al que poder ver y tratar como real, genética o sentimentalmente hablando?
- Acepto, como buen deportistas que soy, la pulla. Esto que propones, en el fondo, es un disparate. Esta indiferencia de la que hablas es mera estética, es jugar a ser Onetti y te advierto, querida, que la versión femenina del uruguayo puede ser espantosa.
- Al final, todo lo reduces a literatura –protesta Nuria Tamena mientras se sirve un poco más de vino y aprovecha el gesto para mirar la hora–. Eludes ciertos dramas muy reales. Aun en estos tiempos, tan supuestamente evolucionados, se abusa de ese pasatiempo consistente en despojar a la mujer de su amor propio. Los varones sois muy dados a ello, y no hace falta que pongas esa cara de macho ofendido. Sabes de qué hablo.
- Tu querencia por el drama es preocupante –ríe Alberto Sancevá ya con varios botones de la camisa desabrochados­–. En fin, espero que no haya sido una indirecta. En tal caso, debería decirte que te creía más elegante. ¿Temes algo?
Nuria Tamena apura la copa de vino y la deja a un lado. Se inclina hasta que su nariz casi roza la de Alberto Sancevá. Sonríe, bebe su aliento de jornada laboral, el perfume ya leve a estas horas de la noche, y lo atrae hacia sí sin mucho esfuerzo.
- Temo que no me hagas el amor como me gusta. Temo formar parte de esa categoría llamada “lo otro”. Temo cerrar los ojos y que todo desaparezca.
- Déjate de charlas y hagamos el amor.

- ¿Nos veremos el fin de semana? –pregunta Nuria Tamena, de nuevo vestida, medio cuerpo fuera de la habitación.
- ¿No te lo dije? El viernes viajo a Madrid. Por lo de la firma. Hasta el lunes no estaré de vuelta. ¿Podrás soportarlo?
- Eres imbécil. –Y se marcha sin aclarar si su enfado es fingido o real. Lo más probable, piensa Alberto Sancevá, es que beba de ambas fuentes, la teatral y la sincera. ¿Acaso, alguna vez, se da en estado puro alguna de las dos? Estirando más la cuerda: ¿puede separarse el ser del actuar? ¿No es la sinceridad una forma sutil de lo teatral? Así podría pasarse la noche entera, pero no es cuestión, entre otras cosas, porque en media hora tiene que verse con Jaime Castell en el Txacoli. Salta de la cama y se dirige a la ducha. Por circunstancias varias, llevan posponiendo la cita algunas semanas.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Retomando viejos temas: una manera de pasar la tarde. También: La poesía que no me gusta, dos años después


El 21 de julio del año 2009 publiqué un artículo que un lector ofendido calificó de rabieta y lloriqueo. Estaba en lo cierto en un 50%: era una rabieta, no un lloriqueo. Que la escritura, en ocasiones, sirve para desalojar mierda interior, para desahogarse, no es ningún secreto. Después, claro, toca apechugar con las reacciones que tu escrito provoca, si es que provoca alguna. Muchos han sacado réditos de esta actitud provocativa (ha de haber algo más a parte de la provocación; ella sola, por sí misma, no basta), de este exagerar o meter a todos en un mismo saco para así garantizarse las benditas descalificaciones. [Tampoco es ningún secreto que jugar a provocar es una estrategia de marketing. Vendría que ni pintado citar a Oscar Wilde, pero vamos a comportarnos como adultos, al menos en este párrafo]. Debo decir, por lo que a mí respecta, que no había ninguna intención promocional o de búsqueda de notoriedad (sonrío mientras escribo esto… notoriedad… soy algo imbécil e ingenuo, ¡pero no tanto!) cuando escribí el artículo. Tengo claro que exageré, pero es que siempre he considerado la exageración un recurso literario como otro cualquiera. Incluso en mis peores artículos (y los hay de muy malos) tengo en mente la idea de estar haciendo literatura, no periodismo de opinión (si bien a veces expreso opiniones), y en literatura la opinión que tengas sobre algo es un asunto secundario [1].

Dicho esto, debo decir que:

Sigo sin soportar los poemas con retórica decimonónica. Sorprendentemente, todavía los hay.
Los poemas sin un pálpito de vida, que se quedan en lo conceptual, me suelen provocar bostezos.
Los poemas sustentados en la mera ingeniosidad u ocurrencia tienen para mí la categoría de chiste y son poquísimos los chistes que admiten relectura. (Hay dignísimas excepciones).  
Si el poema es malo, ya puedes untarte el cuerpo de brillantina o recitar desnudo, que el poema seguirá siendo malo. Recitarlo a los gritos tampoco lo hace mejor.


[1] Que seas de derechas o de izquierdas, del Barça o del Madrid, ateo o creyente, es lo de menos, a quién puede importar. Lo importante, en términos literarios, es cómo expreses lo que quieres decir. Por eso se puede disfrutar de Sartre siendo de derechas, o de Céline siendo de izquierdas. Por eso un ateo puede pasar buenos momentos leyendo a Bobin, del mismo modo que un creyente puede entrar en éxtasis leyendo a Borges. La literatura exige de un relativismo que la moral, y ahí estoy con el Papa, no puede permitirse. Por eso cabe concluir que la literatura, en terminología catecúmena, es esencialmente demoníaca y que los escritores de verdad y los buenos lectores arderán en el infierno.

martes, 23 de agosto de 2011

Un brindis libertino


Que las revoluciones siempre acaban fracasando (la desvirtuación o el embrutecimiento son formas del fracaso) lo demuestran el cristianismo, el comunismo, el dadaísmo, en fin, cualquier “ismo” que se le ocurra, salvo el sacrosanto consumismo. [Esta afirmación no debe ser leída como una crítica, sino como una constatación de los hechos]. La venida del Papa a España, por ejemplo, es analizada, sobre todo, desde una perspectiva mercantilista. El mercado lo es todo. Dios ya no es más que mercancía, al igual que los hombres y sus creencias, si es que todavía las tienen. [Algo que siempre me ha sorprendido e irritado de las religiones es esta obsesión por hacer adeptos (clientes) nuevos y fidelizar a los que ya tienen, como cualquier marca o establecimiento comercial]. Supongo que de ahí viene lo de la imagen y la semejanza. Esta equiparación (Dios y ser humano como mercancía), por supuesto, es hereje, puede molestar a más de uno. (Si te dedicas a escribir artículos de opinión y jamás molestas a nadie con tus opiniones, entonces tienes un problema: o eres un ser inane o no haces bien tu trabajo). Pero todavía existe la libertad de expresión… Bueno, pongamos que todavía existe, que los talibanes, con o sin disfraz, aún no tomaron el poder. Puedo brindar por lo que quiera (jamás con té, da mala suerte) mientras no grite ni me ponga a romper muebles: mi vecina y su hijo merecen descansar. (Tengo doce latas de cerveza Aurum –hay que ahorrar– y un Blanc de blancs para pasar la noche; supongo que bastarán, tienen que bastar). Por ejemplo: brindo por el alma inmortal e inexistente de los libertinos, en especial, por la de Abu Nuwás, el árabe del soneto que Borges dedica al vino. Más libertinos hacen falta, más ciudades sin sueño, más vino y más risa. Y menos prisa. Brindo por la risa, sí, y por todos los que con su bondad hacen del mundo un lugar mejor. Y por las buenas canciones que nos rompen por dentro.

ULTIMA HORA, 23/08/11


Gracias, Salva, por el enlace. Nos vemos en un próximo brindis.  

miércoles, 15 de junio de 2011

329 palabras sobre el Mediterráneo (breve discurso de Roma)


Hay un balcón. Un balcón con vistas al mar. Se trata de un mar antiguo y, por lo tanto, reposado. Un mar que invita a la reflexión. Un mar que nos viene acompañando desde los primeros recuerdos de la infancia. Estuvo ahí cuando aprendiste a montar en bicicleta, cuando diste tu primer beso, cuando ella te dijo que no quería verte más. Mirar al mar es mirar al pasado y mirar al pasado es constatar el olvido irremediable, porque siempre es más lo que olvidamos que aquello que perdura en nuestra memoria. Por fortuna. Borges constató esta suerte en un cuento genial que se resiste a perder en esa batalla que todo y todos libramos contra el olvido. Una batalla abocada al fracaso. Borges, que se dio a conocer en Europa desde un lugar idílico al norte de la isla de Mallorca: la bahía de Formentor. Cuando Europa era un sueño y Mallorca un paraíso inviolado. Borges, que dijo de Mallorca que era un lugar parecido a la felicidad. La felicidad… Al final todo se pierde, incluso las ganas de contarlo. Existen infinitas maneras de cantar este drama. El olor del salitre y la brisa marina, el sudor de los cuerpos amados, las largas sobremesas entre copas y risas, los lentos atardeceres, las arrugas de nuestros mayores, todo nos enseñó a hacerlo sin estridencias. Desde la serenidad, es decir, desde la elegancia, es decir, desde la sensualidad. Cavafis lo sabía, Durrell lo sabía, lo sabían Alberti y Jaime Gil de Biedma, lo sabía Miquel Costa i Llobera, el príncipe de Lampedusa, el trágico Pavese. Lo sabían todos aquellos que se asomaron a ese balcón desde el que hoy contemplamos este lento declive. Sólo queda amar, disfrutar el instante y tratar de rescatar de entre las cenizas los pequeños tesoros que nos llevaremos a la tumba. Una tumba que, como decía Serrat, ha de estar entre la playa y el cielo. Cerca, muy cerca de este viejo y amado mar.


[Mañana parto hacia Roma, junto con Joan Payeras y Raquel Gelabert, a un ciclo de conferencias sobre el Mediterráneo que se impartirán en el Istituto Storico Italiano per il Medioevo, en la Piazza dell'Orologio. Estas son las palabras que acompañarán los poemas que leeré. Imagino que lo divertido vendrá luego…]

jueves, 18 de marzo de 2010

Parte del virus

Básicamente (este adverbio no es gratuito) existen dos tipos de escritores dentro de esa categoría que denominé “escritores que escriben para otros escritores”. Por un lado están los escritores que aman las palabras; por otro, los que aman la vida. O dicho de un modo más exacto: los que profundizan en las palabras, en el mundo de las palabras, y los que lo hacen en la vida, en la vida que se vive en contraposición a la vida que se lee. Para entendernos, entre los partidarios del mundo de las palabras nos encontramos con autores como Jorge Luis Borges o Enrique Vila-Matas, por citar dos ejemplos conocidos por todos. Entre los partidarios de la vida, y vuelven a ser dos ejemplos entre los miles que podrían citarse, se encuentran escritores como Raymond Carver o Pedro Juan Gutiérrez. Evidentemente, existe una franja de hibridación bastante amplia (algo así como el 98% de los escritores habidos y por haber), pero alcanzar el centro milimétrico resulta imposible, por lo que todo autor acaba inclinándose, aunque sea ligerísimamente, por uno de los dos lados. (Otra cosa es que seamos capaces de detectarlo, o que nos pongamos de acuerdo sobre en qué lado queda tal escritor).

Dicho esto, debo decir que las teorías literarias y artísticas en general no sirven para nada. Nacen del aburrimiento o de la incontingencia conceptual del teórico de turno. Miento: a veces sirven para justificar el valor de determinadas obras. Me refiero a aquellas obras que, sin un aparato conceptual que las sustente, que las explique y las ubique en un contexto determinado (es decir, que las justifique), se quedan en nada, en mera gilipollez o tomadura de pelo. Hablo de las obras que no resisten una “mirada desnuda”, desprejuiciada, despojada de ropajes teóricos.

El afán analítico en el mundo del arte es un virus mortal.
Evidentemente, formo parte del virus.

domingo, 14 de marzo de 2010

Repetida la escena, banal la historia

Como sostiene Borges, la gente prefiere lo personal a lo general, lo concreto a lo abstracto. Así procederemos.

Ayer me pasé el día leyendo y escribiendo. Por eso hoy se hacía imprescindible salir, coger el coche y conducir sin tener muy clara la ruta.
Conducir mientras se escucha música, la mente en blanco o casi en blanco: una terapia barata y efectiva. Pero no siempre funciona. A veces miras los almendros florecidos, o los coches estacionados en el parking de algún restaurante de carretera, y te entran ganas de llorar. De agredirte. De insultar a alguien. De desaparecer.
El día ha empezado con una visión inusual: un caballo en el solar de enfrente de casa.



Después ha llamado Floriane. Más de una hora al teléfono. He tenido que inventar una historia, la de los iglus y los kas-kas, dos pueblos enredados en una disputa milenaria, diría que irresoluble si tenemos en cuenta que yo soy su creador. Muy pedagógico, sin duda.

Para mi pequeña excursión de domingo me he llevado Carpe diem (Seize the day), de Saul Bellow.

Hacía ya un tiempo que me apetecía leer algo de este autor. En una hoja tengo anotados varios títulos, entre ellos Herzog, pero una cosa son los planes y otra muy diferente lo que se acaba haciendo.
El jueves pasado estuve paseando por mi antiguo barrio. Entré en la librería a la que solía ir cuando me quedaba sin libros y me puse a husmear por sus anaqueles, sin buscar nada en concreto. Salí de allí con tres títulos: Carpe diem, de Saul Bellow, Siete noches, de Jorge Luis Borges, y Tierra de nadie, de Juan Carlos Onetti. Pensaba que había leído todo lo del uruguayo. Un fallo inexplicable, imperdonable. Este hallazgo me llenó de alegría. De momento sigo posponiendo su lectura.


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Ayer, como ya he dicho, me pasé el día leyendo y escribiendo. Como viene siendo habitual últimamente, empecé con Elevación, elegancia y entusiasmo, de Francisco Casavella. Como consecuencia de esta lectura anoté el siguiente título: Post Mortem, de Albert Caraco.


Acto seguido, retomé y terminé la lectura de una novela cuyo título no importa, una de esas novelas cuya mayor virtud es la facilidad con que se leen. A mi rescate acudió Borges. Leí dos de las siete conferencias recogidas bajo el título Siete noches, concretamente: “La ceguera” y “La poesía”. De la primera he extraído la cita que aparece en el margen derecho superior de esta página.

Y me puse a escribir.

Estoy cerca de terminar la que será mi tercera novela, pero todavía es muy pronto. Mejor dejar el tema. Aún quedan demasiadas incertidumbres como para adelantar algo.

Ya es de noche. Tengo las manos frías. He decidido no encender la calefacción. No me he quitado la bufanda. Escribo esto que ahora lees. Algo personal y concreto, aunque también podría ser general y abstracto.



Repetida la escena, banal la historia,
pero, quizá, toda mi vida puede resumirse en esa imagen.

JUAN LUIS PANERO