Toda respuesta es correcta en la medida que todos los que escribimos nos enfrentamos de una manera diferente al hecho de escribir. Es obvio que unos apelan más que otros a lo autobiográfico; igualmente obvio resulta lo ineludible de la realidad, puesto que todo es real (nada más real que la imaginación) y todo se nutre de la realidad. Nadie escribe desde la nada, sino desde la experiencia –personal, del mundo. Pero sería un error entrar en este tipo de generalizaciones (y obviedades). Yo quería ceñirme al hecho literario, a la irrupción de lo comúnmente llamado autobiográfico en la ficción. En mi caso concreto, necesito de los elementos autobiográficos para crear un marco referencial, para no andar perdido. Esto, de algún modo, es una confesión de mis limitaciones como escritor. También, claro, es el arma que poseo para creerme a mí mismo y hacerme creíble y acercarme al más alto fin del artista: la Emoción (sé que esta conclusión no es pacífica, pero así lo veo). La parte ficcional o inventada del relato se nutre, también, de experiencias personales puesto que al final todo es una experiencia personal: lo vivido en propia carne, lo leído en libros, lo visto en pantallas de cine, lo que un amigo o un desconocido nos cuenta, etc. En las narraciones más alejadas del realismo o en los relatos históricos, lo ficcional, la caracterización, lo que late, provine –como explica Michon– de esa parcelita llamada “cosas que he vivido”. La descripción de un paisaje, de una habitación, de un personaje, su modo de actuar, lo que dice en un momento determinado… En fin, creo que se trata de una cuestión apasionante que admite multitud de discusiones en diferentes planos. Al final no se trata de convencer a nadie, sino de exponer el modo en que uno vive tal cuestión, la solución que le da (y no por aprender o sacar conclusiones, sino por disfrutar de la respuesta).
jueves 7 de enero de 2010
Continuamos con la cuestión [o comentario del autor a “¿Es posible inventar?”]
Toda respuesta es correcta en la medida que todos los que escribimos nos enfrentamos de una manera diferente al hecho de escribir. Es obvio que unos apelan más que otros a lo autobiográfico; igualmente obvio resulta lo ineludible de la realidad, puesto que todo es real (nada más real que la imaginación) y todo se nutre de la realidad. Nadie escribe desde la nada, sino desde la experiencia –personal, del mundo. Pero sería un error entrar en este tipo de generalizaciones (y obviedades). Yo quería ceñirme al hecho literario, a la irrupción de lo comúnmente llamado autobiográfico en la ficción. En mi caso concreto, necesito de los elementos autobiográficos para crear un marco referencial, para no andar perdido. Esto, de algún modo, es una confesión de mis limitaciones como escritor. También, claro, es el arma que poseo para creerme a mí mismo y hacerme creíble y acercarme al más alto fin del artista: la Emoción (sé que esta conclusión no es pacífica, pero así lo veo). La parte ficcional o inventada del relato se nutre, también, de experiencias personales puesto que al final todo es una experiencia personal: lo vivido en propia carne, lo leído en libros, lo visto en pantallas de cine, lo que un amigo o un desconocido nos cuenta, etc. En las narraciones más alejadas del realismo o en los relatos históricos, lo ficcional, la caracterización, lo que late, provine –como explica Michon– de esa parcelita llamada “cosas que he vivido”. La descripción de un paisaje, de una habitación, de un personaje, su modo de actuar, lo que dice en un momento determinado… En fin, creo que se trata de una cuestión apasionante que admite multitud de discusiones en diferentes planos. Al final no se trata de convencer a nadie, sino de exponer el modo en que uno vive tal cuestión, la solución que le da (y no por aprender o sacar conclusiones, sino por disfrutar de la respuesta).
martes 5 de enero de 2010
¿Es posible inventar?
Una buena explicación –que hago mía– a la extraña pregunta de por qué se incorporan elementos biográficos a las historias que uno escribe es la que da Pierre Michon al ser preguntado por la emoción que genera la lectura de una escena de su relato El emperador de Occidente. "¿Se acuerda de la película Satiricón, de Fellini? En ella se veía una galera con ese movimiento sincronizado de los remeros. Esa galera es la que tenía yo en la cabeza cuando escribí ese pasaje. La galera y también el adiós a mis abuelos paternos. La última vez que los vi partir, en un coche, me despedí de ellos exactamente con el mismo gesto que mi personaje. Cada vez que escribo sobre un tema tan alejado como la Antigüedad o la Revolución Francesa, me esfuerzo por incorporar de manera solapada cosas que yo he vivido. Para que los textos ganen en emoción, para emocionarme yo mismo". Para emocionar y emocionarme, claro. Porque sin emoción no hay nada. Pero analicemos detenidamente la respuesta. En ella se conjugan a la perfección dos elementos indisociables. Por un lado, la vida vivida en primera persona, en carne propia (el adiós de los abuelos); por otro, la vida leída en libros o pantallas de cine (la escena de la película de Fellini), que se incorpora a nuestra biografía y acaba fundiéndose con nuestra propia esencia, con aquello que nos hace ser quienes somos. En realidad, la pregunta que deberíamos plantearnos es la siguiente: ¿Cómo no incorporar estos elementos a las historias que inventamos? O mejor: ¿Es posible inventar algo al margen de estas experiencias? O mucho mejor: ¿Es posible inventar? Luego, claro, está el grado de disimulo, la sutileza u obviedad con las que uno trabaje.
UH, 05/01/10
martes 29 de diciembre de 2009
Zona no fumadores
Entro en un bar donde todos los parroquianos fuman. Sin excepción. El local tendrá unos veinte metros cuadrados. En el rincón más alejado, un cartelito pegado con celo a la pared reza: “Zona no fumadores”. Entiendo que por zona se refiere a aquella mesa en concreto, la única vacía. Decido quedarme en la barra. Pido un café y alcanzo un periódico. Las noticias apocalípticas de todos los días. Voy directamente al apartado de opinión. Leo un artículo en que el autor explica lo bien que le habrían ido las cosas a los diferentes países latinoamericanos de haber seguido bajo la corona española. El responsable de tan imaginativo artículo es historiador y ocupa una cátedra importante en una importante universidad de Estados Unidos. Pienso en las bromas que le hago a mi novia, natural de Tucumán. Los típicos chistes que engrosan ese lenguaje íntimo y secreto de todas las parejas. Los apodos, los chascarrillos, ese tipo de cosas que sacadas de contexto o recordadas tiempo después nos ponen en evidencia. Pero el tipo éste, el profesor, habla bien en serio, con toda la seriedad que otorga una cátedra de Historia. Prescinde de las motivaciones sentimentales para elaborar su tesis. Mide el bienestar en términos meramente económicos. Trabaja con especulaciones nacidas de su propio sentimentalismo. Se me ocurre que, según su tesis, España nunca debiera haber expulsado a José Bonaparte, viendo cómo fueron después las cosas. Ahora seríamos franceses. En Roland Garros, todo el mundo aplaudiría a Rafa Nadal. Ya habríamos ganado algún Mundial de fútbol. Etc. Apuro mi café. Salgo a la calle. Mis ropas apestan a cigarro y otra cosa que no logro identificar.
UH, 29/12/09
martes 22 de diciembre de 2009
Arrebato, lecturas, autobombo
Aviso: esto es un arrebato, no esperen grandes cosas.
Puesto que hoy en Ultima Hora apareció mi artículo Palais Royal, publicado en este blog –en primicia mundial– el pasado diez de diciembre, me encuentro con que es martes y no tengo nada que ofrecer salvo este arrebato de escritura.
Tendré que hablar de mí.
En realidad no existe otro tema (obvio).
Tenía pensado escribir un artículo sobre la polémica desatada por la decisión del parlamento de Cataluña de admitir a debate la iniciativa popular consistente en la prohibición de las corridas de toros. Pero no voy a escribirlo, no ahora.
Ahora toca hablar de mis últimas lecturas. Hablaré de un modo vago porque nunca he sabido hacerlo de otro modo.
La imposibilidad de convertirme en un buen crítico literario me llevó a ser escritor. A intentarlo por lo menos.
En efecto, es mucho más fácil ser escritor que crítico literario. Y yo siempre opté por lo más fácil.
De entre mis últimas lecturas quiero destacar dos títulos:
- Mis premios, de Thomas Bernhard.
- Fin, de David Monteagudo.
Mis premios hizo que me reencontrara con el mejor Bernhard, o al menos el Bernhard que más me gusta a mí: el irónico, iracundo, exagerado y prepotente Thomas Bernhard. Después de Helada y Amras, me hacía falta este reencuentro. Se me ocurrió, tras su lectura, que yo podría tratar de hacer algo parecido, pero enseguida reparé en que no era ni seré Thomas Bernhard y que probablemente nunca conseguiré que todo un ministro de cultura abandone, abochornado y furioso a causa de mi discurso, el recinto donde se me acaba de conceder un premio.
Fin, de Monteagudo, me enganchó, así de simple. Como te enganchan algunas pelis. No sé nada del autor (salvo que se trata de un gallego afincado en Cataluña) ni falta que me hace. El libro no me hizo reflexionar, su estilo no me llamó la atención, su estructura es más bien convencional. Pero la historia engancha. Al salir del trabajo tenía prisa por llegar a casa para poder seguir con su lectura. Digamos que es todo lo contrario a Austerlitz, de Sebald. Y aquí lo dejo. Me da pereza seguir, explicarme mejor.
Otras lecturas:
El hombre que vio caer a Deleuze, de Vidal Valicourt. Se lee fácil. Tiene momentos inspirados. Pero me temo que se olvida con la misma facilidad con que se lee.
El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán. Lo abandoné en la página 60. (Una pena, con la pasta que me costó).
Por lo demás, voy por la página 160 de Providence, de Juan Francisco Ferré, por la 61 de Focus, de Inés Matute, y por la 35 de César Vallejo y el pan, de Emilio Arnao.
En poesía tengo empezados En resumidas cuentas, de José Emilio Pacheco (ya ven que no soy inmune a las condecoraciones) y El fin de semana perdido, de José Luis Piquero.
Y ya está.
Ahora toca despedirse.
Y para hacerlo, qué mejor que compartir con todos ustedes la entrevista que me hicieron en Ítaca, un programa de TV Mallorca.
Tienen mi permiso para reírse a mi costa. Yo lo haría.
Feliz Navidad.
viernes 18 de diciembre de 2009
Judy G., de Blackinvoice
Hay canciones y mujeres que te hipnotizan, que te agarran de la mano y las pelotas para llevarte a su terreno y entonces estás perdido, feliz y perdido y con ganas de estirar el momento hasta que nada quede en pie, hasta que todo parezca un chiste o una despedida lacrimógena. Tal vez las dos cosas. Bienvenido a la enfermedad. El infierno baila en tu mente con movimientos lentos y está hecho de susurros y frases ambiguas, de cortinas decadentes y vasos siempre a medias. Entonces sólo puedes escribir cosas del tipo: “Estas mujeres que nos parecen diferentes a las demás suelen ser las más peligrosas, las que nos cambian la vida y casi nunca para bien”. Casi nunca es para bien todo lo bueno.
Quién no amó a Judy G. alguna noche.
[Para ver el vídeo pulsa sobre el enlace]
http://vids.myspace.com/index.cfm?fuseaction=vids.individual&videoid=101287267

miércoles 16 de diciembre de 2009
Contiendas y paces
En la contienda damos lo mejor de nosotros; la paz, por el contrario, nos embrutece, la vida se torna mercadeo y, si tú me apoyas (me votas), te doy veinte millones más (pese a que no comparto tus reivindicaciones, pese a que tus reivindicaciones buscan aniquilarme) y tan enemigos como siempre. Tal reflexión vale para la vida política y cualquier otro tipo de vida (pleonasmo). Por otro lado, no deja de ser una reflexión errónea, fácilmente desmontable. Un bachiller podría argumentar, con razón, que el mundo vive en un conflicto permanente porque el hombre (me refiero al ser humano) no sabe vivir de otra manera. En tal caso, la paz pasaría a ser pura quimera, un determinado momento circunscribible únicamente a la esfera privada del individuo (o individua, se entiende). Además, decir que en la contienda damos lo mejor de nosotros (pero qué es lo mejor) requiere de tantas explicaciones y excepciones que acaba siendo una frase vacía, por no decir falsa y peligrosa, una manera como otra cualquiera de empezar un artículo que no llegará a nada, que será olvidado al nanosegundo de haber sido leído. Más acertado sería decir que la vida embrutece, al margen de contiendas y paces, una obviedad como otra cualquiera. “La vida mata”, que decía Diego Vasallo. Fumar, por supuesto, también. Y conducir. Y enamorarse. Y festejar la Navidad. En fin, que ya me ha vuelto a suceder: he perdido el hilo argumentativo. Nunca podré ser un articulista serio, creador de tendencias. Por lo demás, volviendo al inicio del artículo, el mercadeo no deja de ser un hito importante en la conquista de la civilización, que tanta sangre e injustitas ha costado. Y sigue costando.
UH, 15/12/09
lunes 14 de diciembre de 2009
Judy G.
walk all over the way to reach up the healing
blackinvoice
quiero amarte una vez alcanzada la curación
quiero dejar de ser uno de aquellos hombres que alguna vez te tuvieron
mientras mirabas a la cámara desde un lugar que tiempo después
llamamos Reikiavik
es inútil buscarle un sentido alguna excusa
demasiadas lecturas sobre la cuerda floja demasiadas copas
contratos torres suicidas derrumbándose lentas
casi con alegría desde los monitores
del centro de control de una ciudad
sin ley ni control ni centro
quién necesita dinero fama amor tristeza
quién necesita nada esta noche en que quiero dejar de ser
uno de aquellos hombres que decían
prepárate zorra ahora llega lo bueno
pero lo bueno era la ducha caminar sola después
por la Nieuwezijds Voorburgwal en Ámsterdam
o entre las calles West 53rd y West 54th NY
antes de que los perros del día
dieran con tu rastro
de cosa rota
semen
y secobarbital
jueves 10 de diciembre de 2009
Jueves, Palais Royal
Extraigo de la librería Billy que preside la sala-comedor de casa el libro de Rodrigo Rey Rosa titulado Ningún lugar sagrado, leído ya hace algún tiempo. Lo hago sin premeditación, casi sin darme cuenta. Lo hojeo hasta detenerme en el quinto cuento, justo en el ecuador del libro. Se titula Vídeo y en realidad no se trata de ningún cuento, sino de la descripción de los diez vídeos que más impresionaron a Rey Rosa durante su estancia en Nueva York. Empieza así: “De las ciento treinta y nueve videocintas que vi durante mi estadía de casi un año en Nueva York, éstas son las que más me impresionaron:”. A partir de aquí el guatemalteco se pone a describir estos diez vídeos. La mayoría son inquietantes, algunos abiertamente desagradables. No sé por qué, pero este cuento –que en realidad, ya dije, no es un cuento, sino un conjunto de diez prosas breves o micro-cuentos– siempre me ha fascinado. El micro-cuento o vídeo titulado “PASEO VIRTUAL” empieza así: “Ludwig Wittgenstein paseando con Gertrude Stein por los jardines del Palais-Royal”. Transcribo este principio porque, una vez devuelto el libro a su lugar, me tumbo en el sofá para acometer el final de Austerlitz, de W.G. Sebald. El punto de lectura se encuentra en la página 262 del número 350 de la colección Compactos de Anagrama. Empiezo a leer y a los pocos segundos doy con esta frase: “fuimos por calles en las que soplaba una agradable brisa hasta el Palais Royal”. Se hace inevitable imaginar el encuentro entre los dos profesores (Wittgenstein y Sebald), si bien enseguida caigo en la imposibilidad de tal encuentro. Con todo, esta coincidencia (bastante pobre, todo hay que decirlo) me pone de buen humor. A veces, es cierto, me conformo con poco.
martes 8 de diciembre de 2009
Odio a Cristiano
Cristiano Ronaldo es víctima de su propia belleza. Lo vuelve atractivo y a la vez odioso. Podemos perdonarle su peinado, incluso su prepotencia y su forma de vestir, pero no podemos perdonarle, bajo ninguna circunstancia, que sea bello. Todos, con diez años, quisimos ser Ronaldo, por eso sólo podemos odiarlo, despreciarlo con todas nuestras fuerzas, hablar pestes de él. Odio a Cristiano, entiendo que todo el Nou Camp lo abuchee cada vez que toca el balón. No es para menos. Por el contrario, los ídolos del Barça son simpáticos, buena gente, es decir, del montón o abiertamente feos. Pienso en Xavi, en Iniesta, en Messi. El triunvirato del buen fútbol. El triunfo de la excelencia. No pueden caer mal. Ni al madridista más acérrimo. Incluso cuando Andresito manda callar a Ronaldo cae bien. Son producto de la casa, son los frutos del trabajo bien hecho. Humildes y sensatos. Bajitos. Lo han ganado todo y siguen siendo humildes y sensatos. También siguen siendo bajitos, claro. Nadie, con diez años, sueña con ser Iniesta y, sin embargo, son muchos los que opinan que el Balón de Oro debiera haber ido a parar al de Fuentealbilla. Pero no pasa nada. Hernández e Iniesta han quedado en tercer y cuarto puesto. Un triunfo blaugrana, el reconocimiento mundial al mejor fútbol. Papá Guardiola los mira y aplaude. Al igual que Ronaldo, Guardiola es guapo, pero se trata de otro tipo de belleza. Digamos que se trata de una belleza menos agresiva, más asumible, producto de La Masía. No rezuma prepotencia. La prepotencia viene de Madrid, no de Barcelona. De Barcelona nos llega el victimismo. Pero las cosas cambian, al menos en fútbol. De política hablamos otro día.
UH, 08/12/09
martes 1 de diciembre de 2009
Sutilmente obvio
Por lo general, la gente prefiere lo obvio a lo sutil, de ahí la buena salud de los discursos populistas, nada sutiles, tan llenos de testosterona y gesticulaciones. La obviedad es vigorizante, directa, fácil de tragar y digerir; no demanda ningún esfuerzo metal y ya se sabe que no hay nada que nos guste más, que nos ponga más cachondos, que las cosas que no demandan esfuerzos mentales. Lo sutil, en cambio, requiere de nuestra participación, nos invita a intervenir, nos llena de preguntas (obvias y sutiles) y ya se sabe que no hay nada más engorroso que aquellas preguntas que, probablemente, se quedarán sin respuesta. De ahí el éxito de ventas de algunas propuestas cinematográficas o literarias y el fracaso ineludible de toda negociación con piratas o terroristas. Ocurre a veces que lo que hoy nos parece obvio, ayer se nos antojaba sutil y viceversa. Tratar de dilucidar qué es lo que cambia, si nuestra mirada o la cosa objeto de nuestra contemplación, es una tarea complicada, es decir sutil, abocada a un fracaso seguro. Por otra parte, no hay que olvidar esa idea tan arraigada entre nosotros, que repetimos por inercia, sin hacerle después mucho caso, esa idea que asegura que nada es blanco o negro, que el mundo está lleno de matices, de tonalidades intermedias, que todo depende del cristal con que se mira, etc. Pues claro, resulta obvio, pero depende. Como caigas en el vicio de las sutilezas, puedes acabar ahogándote, ya que, como todo el mundo sabe, nada lastra ni entorpece más que andarte con sutilezas. Puedes, incluso, terminar totalmente paralizado, en un bucle irresoluble del que sólo podrás zafarte apelando a alguna que otra obviedad. Obvio, ¿no?
UH, 01/12/09
martes 24 de noviembre de 2009
El desastre
Quedo con un amigo en el Marítimo. Tenemos un proyecto en común del que debemos hablar. A estas alturas de la vida, tener proyectos en común con amigos –proyectos que nunca dan dinero, ni lo pretenden– es síntoma claro de inmadurez, tal vez de insatisfacción. En la mesa de al lado, un hombre y una mujer. Llevan un rato en silencio, mirándose las manos. Mantengo la atención dividida, pues intuyo el desastre. Con anterioridad a la explosión, el aire se adensa, la realidad circundante se vuelve irreal. “Mira, hablaré claro”, dice él. La cosa promete. Echo la cabeza hacia atrás y le indico a mi amigo que calle. “Uno provoca para no sentirse tan solo. Los mayores provocadores son los que están más faltos de afecto”. ¿Y esto es hablar claro? Es como entrar en un cine a mitad de la película, como iniciar la lectura de una novela por la página 56. “Además”, continúa, “deberías saber que sin fingimiento no hay nada, ni amor, ni buen sexo, nada”. Ahora ella lo mira. Parece recién llegada de un país muy frío. Pero él no se inmuta: “En el sexo con tu pareja estable siempre intervienen tres, como mínimo, presentes o no. No me mires como si estuviera loco. Nadie lo reconocerá, pero es así.” Ella lo observa unos segundos más, el tiempo suficiente para convencerse de su próximo paso. La realidad no es literaria, sino cinematográfica, al menos es lo que pienso mientras ella se pone en pie, da media vuelta y se aleja por el paseo. Ahora debería cortarse la escena, deberían aparecer los títulos de crédito, esos nombres que nadie lee, de los que no sabemos nada y sin los cuales, sin embargo, nada de todo esto sería posible. Palma no es más que un decorado. Esta vez me tocó ser mero figurante.
UH, 24/11/09
jueves 19 de noviembre de 2009
Saturado, feliz, ligeramente asqueado
Toda la tarde en casa. Me vendo humo, sin escrúpulos. Juego a ser quien no soy. Sonrío frente al espejo como un mal actor desesperado. Me retoco la barba, las patillas. Debería estar tirado en el sofá, frente a la tele. Leí algunas páginas de W. G. Sebald. Habría mucho que decir, pero no digo nada. Estoy saturado, feliz, ligeramente asqueado. El otro día me enteré de la existencia de la isla de la basura, allá en el Pacífico. Fue descubierta por un tal Charles Moore en 1997. Dicen que tiene aproximadamente el tamaño de Texas. Pienso en mudarme allí. Una casita en primera línea, sin vecinos. El sueño de cualquier mortal. Las puestas de sol, el reverbero de la luz sobre los plásticos acumulados. Aseguran que en aquella zona reina la calma chica. Como aquí. Todo en calma. Feliz. Escribiendo por escribir. O tal vez exista una razón oculta, desesperada. ¡Corten!
miércoles 18 de noviembre de 2009
Listas negras
Leo un breve en el que se asegura que en Rusia existe una lista negra de “obras que contienen elementos de propaganda y publicidad de narcóticos y sustancias psicoactivas”, o sea, libros que, como algunos de Burroughs y Tom Wolfe (según las autoridades rusas), incitan al consumo de drogas. Por lo visto, esta lista ha sido elaborada por el Servicio Federal de Lucha Antidrogas ruso y difundida por la red de bibliotecas del país. Después de leer la noticia, recuerdo la primera vez que vi The Doors, de Oliver Stone. Fue al principio de los noventa. Yo era un joven sediento de aventura, tremendamente influenciable, y aquella película me hipnotizó. Está de más decir que aquel fin de semana me cogí una buena cogorza en nombre de Jim Morrison. Ya no recuerdo los chupitos de caña Valls que me metí entre pecho y espalda. Lo que sí recuerdo es cómo terminé: de espaldas en el suelo, al borde del coma etílico. Juventud, divino tesoro. Que acabara cantando en el grupo más malo de la historia de los grupos malos era el paso lógico. Y lo di. Nos llamábamos Belfast. Ensayábamos en un piso que finalmente se vino abajo. Llegamos a tocar en el Canal 4. Ignoro de dónde sacábamos tanta desvergüenza. La cosa terminó de la mejor manera posible, es decir, en nada. Pero están los recuerdos, los sueños no alcanzados que, como todo el mundo sabe, son los mejores sueños. ¿Debería incluirse en la lista negra rusa la película de Oliver Stone? Sin duda, el funcionario que elaboró la lista pensará que sí. La salud es la nueva religión de estos tiempos. Se halla por encima de la libertad individual, del derecho a equivocarse. Con todo, está bien que haya listas negras. La satanización siempre le sentó bien a la literatura.
UH, 17/11/09
lunes 16 de noviembre de 2009
NOTICIA EN ÚLTIMA HORA O SEGUIMOS CON EL AUTO BOMBO


martes 10 de noviembre de 2009
Auto bombo
Si no practicas el auto bombo, no llegarás a nada, me decía el otro día un amigo con ínfulas de comerciante-representante. Lo de menos es la calidad de lo que ofreces, qué importa que sea bueno; lo importante es que tú lo creas, o finjas creerlo, y así lo prediques, con convicción y, si es posible, unas gotitas de provocación. Debes generar debate, mostrarte arrogante, pontificar sobre cuestiones que son humo, es decir casi nada, pero que acaban siempre molestando a los otros. ¿Es que acaso te avergüenzas de lo que haces? Joder, eres escritor, tú trabajo, remunerado o no (éste es otro tema), es escribir libros, pero un libro en las entrañas de tu PC es igual a nada, lo mismo que un libro publicado que no te molestas en mover, publicitar, etc. A estas alturas todo el mundo debería saber que acabas de publicar una puta novela; es más, a estas alturas todo el mundo debería creer que has escrito la mejor novela del año. ¡Pero no es cierto!, protesté. Mi amigo me miró con incredulidad. Eres tonto, sentenció meneando la cabeza. Pese al insulto, creí detectar en sus palabras algo de cariño. A mí lo que me gusta es escribir, la soledad frente a la pantalla, ese reto, lo demás… No sigas, me cortó, ya sé lo que me vas a decir, he conocido a otros como tú. En fin, haz lo que quieras, ya sabes mi opinión. La cosa no daba más de sí, así que pasamos a hablar del último disco de Quique González, de Cristiano Ronaldo y Pellegrini, de Messi y Pep Guardiola. Ahora estoy en casa. Para que mi amigo no se enfade, he decidido hacerle caso. La editorial Baile del sol acaba de publicar mi primera novela, La historia que no pude o no supe escribir. ¡Corran a comprarla antes de que se agote!
UH, 10/11/09
jueves 5 de noviembre de 2009
No da más de sí
Muere Francisco Ayala, muere Lévi-Strauss, y uno quisiera tener algo que decir, me refiero a algo inteligente, pero imagino que para decir algo inteligente sobre estos personajes uno debiera conocer en profundidad su obra, y si no en profundidad, sí al menos tener una visión amplia, que abarcara sus diferentes etapas, que comprendiera su significación, cómo ha influido en el pensamiento y en la obra de coetáneos y generaciones posteriores pero, en fin, uno no es más que un lector de novelitas y periódicos, a veces de poesía, y son tantos los nombres, las biografías, las obras, y sí, es cierto que al final todo es nada, que incluso los imprescindibles son olvidados con una facilidad que pasma, que a veces sólo podemos rozar, intuir, la importancia de los otros, tantos otros caminando hacia ese abismo igualitario, una vida no basta, ya lo sabemos, aunque habrá quienes piensen que una vida es suficiente, incluso excesiva, y se acumulan lecturas, amores y exilios posibles, todas esas otras vidas que no nos vestiremos, que irán adelgazando en el cajón de las postergaciones hasta desaparecer sin rastro, pero no hay que hacer un drama de ello, para qué, o sí, pero con sentido del humor, riéndonos a la cara de nuestra propia insignificancia, de nuestro desconocimiento absoluto que después negaremos o trataremos de disimular escribiendo artículos sesudos sobre la realidad política y social del mundo, del país o barrio en que vivimos, hablando con supuesta inteligencia y originalidad de las obras de los pocos que sí leímos en profundidad, esos dos o tres nombres, la cosa no da más de sí, nunca dio mucho más de sí. Que tengan un buen día.
UH, 05/11/09
Tonta apología
Nuestra cordura mental precisa de la reiteración, pero una reiteración excesiva nos vuelve gilipollas. Así las cosas, la vida se reduce a esta lucha constante entre cordura y gilipollez. Pero toda lucha termina por cansar. Opinan algunos que lo mejor es desmelenarse, es decir, perder la cabeza (y con ella la melena); en cambio, hay quienes sostienen que lo más sensato es volverse tonto, abrazar esta gran religión, cuyo único requisito de entrada consiste en no usar la cabeza más de dos veces al mes. Sus correligionarios somos legión. Nuestro lema es sencillo y directo, fácilmente trasladable a la realidad: “déjate llevar”. No somos exigentes. Rezamos inercias y siempre delegamos en otros, sean personas o circunstancias. A veces alguien quiere abandonar. Apóstatas los hay en todos lados. No oponemos resistencia. A diferencia de la iglesia católica, facilitamos el trámite. Piensa por ti, le decimos, abraza esa locura. Sabemos (nos lo han enseñado) que las ideas propias son peligrosas (una línea de pensamiento asegura que ni siquiera existen), que la mayoría suelen ser erróneas, que lo habitual es que conduzcan a callejones sin salida. No necesitamos problemas nuevos. ¿Qué se puede hacer con los problemas nuevos a parte de escribir letras de canciones o provocar accidentes de circulación? Los que creen en el crecimiento personal han visto demasiadas películas que aspiraban a los Oscar. La vida es demasiado corta como para andarse con tonterías. No te van a premiar, olvídalo. Ven con nosotros. Tenemos todos los canales de televisión que puedas imaginar. No precisamos salir de casa. Por mucho que busques, no encontrarás una oferta mejor.
UH, 03/11/09
lunes 2 de noviembre de 2009
El hombre que tocó fondo: estampa de la civilización
Soy un hombre que ha perdido un año de trabajo, casa y a una mujer excepcional. Además, se me acaba de joder el coche y vuelvo a vivir con mi madre. Así arrancó la conversación. Nos habíamos citado a las cuatro y media de la tarde, para aprovechar los últimos rayos de aquel sol de octubre. Palma parecía un museo de cera al aire libre, un lugar ideal para enloquecer discretamente. La camarera se acercó para preguntarnos qué íbamos a tomar. Me decanté por unas hierbas dulces con hielo. Un café solo, dijo MA. Intento mantenerme alejado del alcohol, explicó. Asentí y desvié la mirada hacia un tipo de mediana edad que hacía footing por el paseo.
Soy un hombre que ha perdido un año de trabajo, etc. Me he prostituido lo suficiente como para tener una visión cabal de las cosas, una visión cercana al delirio. Asentí. En realidad, nos habíamos citado para hablar del documental sobre el hotel Formentor y de un nuevo proyecto más personal, pero, como buena persona civilizada, se andaba por las ramas: intentaba definir o delimitar lo que solo son palabras para matar octubre. Los términos verdad o mentira en que se mueven las parejas son mentira, pero encierran una gran verdad, sentenció. Yo pensé en la chica equivocada y en la novela que tuve que escribir para librarme del asunto. Después pasamos a disertar sobre la felicidad, así de importantes nos sentíamos. Recuerdo una frase (no sé quién la dijo): Todas las familias felices, qué tristeza. Creo que fue por mi segunda copa de hierbas dulces.
Del amor en pareja y la felicidad / fidelidad (acabo de leer un apotegma de Luis Felipe Comendador de su libro No pasa nada si a mí no me pasa nada que dice: El terror nace cuando te preguntas si el amor es lo mismo que la fidelidad) pasamos al sexo, quiero decir: pasamos a hablar de sexo. Aquí MA fue tajante: La gente busca el sexo real en el ordenador para huir del sexo de mentira de la realidad. ¿Acaso el porno en Internet, la prostitución, las pajas mentales no forman parte de la realidad?, pregunté. La realidad lo engloba todo, es democráticamente igualitaria, irreprochablemente injusta. Mi discurso se estaba volviendo caótico, ya no iba a ser posible abordar ningún proyecto serio, pero ¿hay algo más serio que estas conversaciones abstractas y vagas sobre la Vida que no conducen a nada, sin ningún fin concreto, es decir, puras a su manera imbécil, no lastradas por el utilitarismo tan de estos tiempos?
Antes de despedirnos me dijo: Soy un hombre que ha perdido todo lo que tuvo, ahora puedo empezar de cero.
Casi sentí envidia.
Casi lo creí.
domingo 1 de noviembre de 2009
TRABAJAR EL MILAGRO (SONETO)
Existe una grandeza
equivocada
que siempre brilla
cuando no debiera
y por eso deslumbra
hasta cegarnos
y convertirnos
en creyentes.
Sé
que nada en mi discurso logrará
desbaratar la imagen
que ya tienes
de mí. Te espero
en el volcán secreto
de este minuto
en que remueves, lenta,
el café que se enfría.
Soy creyente
y le rezo a esta luz
que nos traspasa
y al perfil sefardí
de tu silencio.
Mientras decides
si dejarme o no,
memorizo la escena para luego
trabajar el milagro.
Nada es gratis.
.
martes 27 de octubre de 2009
Mi vecino el facha

Y no hablo de ningún compañero de página, nadie se vaya a mal pensar. Me refiero a uno de mis vecinos del bloque de pisos en que vivo. El tipo en cuestión tiene colgada en la terraza de su casa una bandera española preconstitucional, la del aguilita, para que nos entendamos. La primera vez que la vi pensé que se trataba de una broma. Hace tiempo que el sentido del humor de los otros se me antoja un asunto bastante complicado, al que raramente puedo acceder. Una broma privada, tal vez una apuesta, dirigida a otro vecino. La gente cada vez es menos impúdica y airea sus mierdas sin ningún tipo de complejos. Pero ya han pasado dos semanas y la bandera sigue allí, a la vista de todos. Tal vez se trate de un provocador vocacional, especie al alza, aunque, a estas alturas, lo único que una actitud así puede provocar es un sentimiento de vergüenza ajena, una lástima condescendiente en los más blandos. ¿Qué pretende decirnos? ¿Cuál es el mensaje que quiere lanzar al resto de sus vecinos? ¿No se ha parado a pensar (soy un optimista nato) que con su manera de proceder puede herir alguna sensibilidad? ¿O lo hace precisamente por esto? Lo más gracioso del asunto es que, según la normativa de la comunidad de vecinos, no nos está permitido colgar toallas en la barandilla de la terraza. Una cuestión estética, creo. Hace tiempo que el sentido de la estética de los otros se me antoja un asunto bastante complicado, al que raramente puedo acceder. Eso sí, si algún día cuelgo una toalla y alguien me lo recrimina, sólo tendré dos opciones: o cantarle el Cara al sol o cambiar mi toalla por una bandera cualquiera. Así estaré amparado por la libertad ideológica.
UH, 27/10/09
miércoles 21 de octubre de 2009
No soy Proust
Nunca nos besamos, lo cual no impidió que olvidara el asunto con más o menos facilidad. El amor no consumado también se evapora con el transcurrir de los meses y los cuerpos. Pasó el tiempo y se borró su nombre, la etimología de nuestra amistad que, dicho sea de paso, nunca llegó a tal. En un compartimento de mi cabeza (secreto por desuso), quedaron dos secuencias desteñidas. En una de ellas, puedo vernos sentados en una sala de cine. En la otra, nos hallamos en el interior de mi coche. La he acompañado hasta su casa. Charlamos de cualquier cosa. En realidad se trata del típico prolegómeno, hecho de artificiosidad y nerviosismo, al beso que nunca se produjo. Ignoro por qué. A veces nos negamos placeres por el simple placer de negarnos placeres. Somos así de extraños, y no estoy dispuesto a sustituir la primera personal del plural por la del singular. Salió del coche y nunca más la volví a ver. Tal vez se sintió herida o simplemente decepcionada. ¿Cuánto hace de aquello? Una eternidad aproximadamente. Pero no hay eternidad que Internet no venza. A través de Facebook, que lo carga el diablo, contactó conmigo. Me costó un tiempo ubicarla en mi memoria. Acepté su solicitud de amistad más por curiosidad y educación que por otra cosa. De pronto me sentí como un amnésico que recobra parte de su pasado. Hablar de deuda pendiente sería hacer literatura. Esto podría ser el argumento de un cuento o una peli más o menos predecibles. Si yo fuera Proust, sería capaz de escribir varios tomos en torno a esta anécdota trivial, pero no soy Proust. Trescientas palabras son suficientes para finiquitar el asunto. Hasta la fecha no ha contactado conmigo. Lo prefiero. El hábitat natural de los fantasmas es el pasado remoto.
UH, 20/10/09
domingo 18 de octubre de 2009
Crónica domingo: Wilco, Luis Goytisolo, Roberto Bolaño
Me gusta conducir sin ruta preestablecida. Me decanto por la autopista de Manacor. Cuestión de comodidad. Me detengo en Algaida. Empiezo a tener hambre. No encuentro ningún bar abierto, así que sigo la ruta. Acabo en Montuiri.

Llevo conmigo el MP4. Todo el trayecto sonando Wilco. De un modo extraño, el paisaje y Wilco se funden en algo que los excede, algo que juega a ser nostálgico, es decir autobiográfico, pero que en realidad solo lo es de un modo tangencial.
Wilco posee una pátina clasicista que lo salva –en la medida en que algo así es posible– del tiempo. Su intemporalidad tiene que ver con los hilos que lo conectan a las emociones simples (tan complejas). Vive su tiempo pero está más allá del tiempo. No tengo el vocabulario ni los conocimientos suficientes para expresarlo mejor.
Como de menú. En el primer plato –una ensalada de la casa– tengo un incidente con dos moscas. Las dos se lanzan en picado contra las lechugas empapadas en vinagre de Módena (creo que se le llama así a ese vinagre oscuro y pegajoso tan de moda desde hace un tiempo) y sucede lo inevitable. Las dos moscas se quedan pegadas. Tengo a dos moscas contorsionándose desesperadamente en mi plato, tratando de huir de la trampa mortal en que se ha convertido la ensalada. Ya no puedo seguir comiendo, así que aparto el plato y espero a que me traigan el segundo.
Llevo conmigo dos libros: Cosas que pasan, de Luis Goytisolo, y La Universidad Desconocida, de Roberto Bolaño. Del primero debo decir que me fascina (me atrae y me repele a la vez) la manera en que el autor habla de sí mismo y de sus libros. Luis Goytisolo no tiene ningún reparo en poner su nombre junto al de los grandes de la literatura. Por otro lado, existe en sus páginas un regusto auto justificativo, una trampa, un intento de acomodar el pasado a la visión actual de las cosas. Con todo, disfruto de la lectura, me dejo embaucar.

Decido tomar el café en otro lado. Me decanto por Pina. Ya de camino, cambio de opinión y tomo un desvío hacia Sineu. Allí vive Tolo, mi amigo músico. Tal vez esté solo y su resaca sea pasable. Lo llamo, pero se encuentra en Palma. Paseo por Sineu mientras Wilco canta Jesus, etc. Me detengo en un bar junto al ayuntamiento. En la plaza juegan tres niños. En el interior del bar televisan el Mallorca. Me siento fuera. Leo a Bolaño.
Te regalaré un abismo, dijo ella,
pero de tan sutil manera que sólo lo percibirás
cuando hayan pasado muchos años
y estés lejos de México y de mí.
Cuando más lo necesites lo descubrirás,
y ése no será
el final feliz,
pero sí un instante vacío y de felicidad.
Y tal vez entonces te acuerdes de mí,
aunque no mucho.

La Universidad Desconocida es un libro perfecto para viajes o simples escapadas de domingo. Siempre he pensado que Bolaño es un sentimental disfrazado de tipo duro. Por eso me pone. Los versos de Bolaño se entremezclan con la voz de Wilco en Country disappeared. Algo perdido antes de nacer. Un aire a despedida, a fin del mundo, mientras los tres niños siguen jugando en la plaza. Es hora de regresar.

El carrusel deportivo me devuelve a una realidad más prosaica. El Mallorca ha ganado. Palma es una ciudad irreal. Me imagino dentro de veinte años. Y tal vez entonces te acuerdes de mí.
Tampoco esto es un final feliz.
jueves 15 de octubre de 2009
Idénticos trayectos de ida y vuelta
Al menos cambia el clima
Y con él los ropajes
Las miradas
La vida reducida a este quitarse
Y ponerse chaquetas
(el paseante)
martes 13 de octubre de 2009
Quiero ser Berlusconi

A veces sucede. Empiezo a escribir con una idea en la cabeza y acabo contando otra cosa totalmente diferente, aunque el hecho más desconcertante se produce cuando, sin pretenderlo, llego a una conclusión con la que yo mismo no estoy de acuerdo. Entonces elevo mi propio escrito al Tribunal Constitucional para tratar de derogarlo y me erijo en juez y parte, en defensa y acusación, lo cual es un verdadero embrollo. Sin buscarlo y casi sin ser consciente, me he convertido en un pacifista. Mis batallas conmigo mismo me dejan tan exhausto que pierdo todo interés por las batallas contra terceros. En vez del socorrido y algo empalagoso “haz el amor y no la guerra”, reivindico este otro lema: “hazte la guerra a ti mismo y deja en paz a los demás”. Lo del amor es negociable. Si no me creen, pregúntenle a Polanski. Ya ven, vuelve a sucederme, se me está torciendo el artículo. Soy capaz de acabar escupiendo pestes del amor o el proselitismo y no quiero. En realidad, lo que yo quiero es ser Berlusconi. Practicaré mi arrogancia, apelmazaré mis pelos con fijador; si es preciso, me iré de putas. Ahora todo el mundo habla de la prostitución, qué cachondos. Hay quienes optan por la abolición, otros se decantan por la legalización y el resto, la mayoría perezosa (=temerosa), preferiría que el tema no se tratara, es decir, que las cosas siguieran como hasta ahora. Pero estaba hablando de Berlusconi. Quiero ser Berlusconi para poder plantarle cara al tribunal que siempre me acaba juzgando. Quiero ser inmune a su ley, a su jurisdicción que empieza y termina en mí. Si he de ponerme un mote, lo haré. He leído que el de “Don Vito” está pillado. No tengo mucha imaginación, pero algo se me ocurrirá.
UH, 13/10/09
lunes 12 de octubre de 2009
NIÑEZ, VERANO, PRIMERAS EXPERIENCIAS
Ocurrió en la niñez, una tarde estival, por lo que es posible que en realidad nunca ocurriera. El sopor de la siesta que adensaba el mundo y la mitificación de aquellos veranos vuelven improbable cualquier hecho, incluso el más trivial, transcurrido durante aquellas horas. No se trata de un ejercicio de nostalgia, sino de otro sopor: la obligación contraída con los de la editorial para escribir unas líneas que tengan que ver con el verano. Evidentemente, es verano. El calor húmedo se erige en un estado totalitario, ineludible. Escapo hacia atrás, hacia los trescientos euros prometidos, hacia el oficio –esta mezcla de memoria, imaginación y destreza– para salir airoso de este brete. Ocurrió en la niñez, decía, y quién iba a decir que acabaría escribiendo un cuento que transcurre durante la niñez del protagonista, un relato con niño y verano, yo que siempre odié este tipo de historias. Lo siento, pero no me enternecen, me aburren, me resultan blandas, obvias, soporíferas. La niñez como estado o período no me interesa. Entonces, ¿a cuento de qué estas líneas? La respuesta es sencilla y vergonzante, lo admito. Tiene que ver con la pereza, la prisa y la poca imaginación.
Ocurrió en la niñez, una tarde estival. Si me viese en la obligación de ponerle un título (en cierto modo, lo que acabo de escribir ya me obliga) no al relato en sí sino a la anécdota que lo alienta, quizá me decantaría por el siguiente: “El placer angustioso de los primeros besos”. Soy consciente: muy largo, poco ingenioso, fácilmente olvidable. Además de demasiado explícito. Nunca he destacado por mis títulos. Asimismo, nunca me interesó la sorpresa final en los cuentos, ni ocultar mis cartas, ni dármelas de perspicaz. Por eso mismo debo confesar: adelantar este título me resta trabajo, le exige menos sutileza a mi imaginación o inteligencia. La cosa está clara: se trata de un relato sustentado en tres pilares igualmente despreciables: niñez, verano, primeras experiencias. Mejor no alargar la introducción.
Ocurrió en la niñez, una tarde estival. El marco, como suelen decir los anuncios de las inmobiliarias o la publicidad de los hoteles, era incomparable, ideal para albergar este tipo de historias. Llegados a este punto, estaría bien insertar alguna reflexión barroca sobre el mito extenuado del Paraíso Perdido, pero el calor insoportable de esta tarde estival le resta ímpetu a mi agudeza. Otro punto a explorar sería el de la inhumana resistencia de los niños a las altas temperaturas del verano. No, mejor no avanzar en esta dirección y centrarme en lo del Paraíso Perdido. Se hace inevitable recordar la venta innecesaria y precipitada de aquel inmueble, al poco tiempo revalorizado de una manera brutal, inimaginable incluso para los expertos. Este comentario abre otra vía: la de la endémica mala suerte familiar en el terreno económico. También posibilita la inserción de una burla superficial sobre los pretendidos expertos inmobiliarios, esos farsantes profesionales tan empalagosos. Pero esto no debería ser una escupidera donde soltar mi mala baba, que es mucha, sino un relato estival con niño asustado y ansioso frente a la posibilidad de unos primeros besos que piensa (más bien siente o intuye) tremendamente importantes para su futuro. Un niño incapaz de imaginarse (menos mal) treinta años después, recordando aquellos hechos con tedio y horror, sudoroso, maldiciendo el verano, la necesidad de los trescientos euros, la mala fortuna endémica de su familia en lo económico, esta forma grotesca –hay que admitirlo– de la auto exculpación.
Ocurrió en la niñez, una tarde estival. Se llamaba Rosa y era la prima del hijo de nuestros vecinos. Serán los casi cuarenta grados, pero lo cierto es que no siento ningún tipo de curiosidad por saber qué habrá sido de ella. De todos modos, aunque la sintiera, sólo podría moverme en el terreno de la especulación. Imaginarle unos estudios, un divorcio, dos hijos; tal vez una muerte prematura, un accidente que la postró en una silla de ruedas; puede que un destino exótico en Mauritania o El Salvador como voluntaria en alguna ONG. Lo cierto es que podríamos vivir en la misma ciudad; incluso, podríamos habernos cruzado en infinidad de ocasiones sin ser conscientes de que el tipo de rasgos anodinos y barba canosa (o sea, yo) y la mujer vestida con un estilo casual bastante intencionado (o sea, ella) son los mismos (pero no son los mismos) que protagonizaron aquella escena estival que ahora intento recrear para que el banco no devuelta el recibo del seguro del coche. Qué prosaica la realidad, que mal le sienta a este relato de la niñez la irrupción del seguro de mi coche. Hablar de dinero suele ser de mala educación, pero hacerlo en mitad de una evocación infantil es sinónimo de graves problemas psíquicos o económicos. La combinación de estos dos factores (problemas mentales y de bolsillo) explica en buena medida mi situación actual, pero ya dije lo que esto no debía ser, lo que está siendo pese a mi férrea voluntad en contra. La disciplina, claro, nunca fue mi fuerte. Yo siempre quise verme como un rebelde sin causa; mi madre, por el contrario, siempre aseguró que su hijo era un vago. Es lamentable tener que admitir que al final el tiempo le acabó dando la razón. Y, pese a mi vagancia, reúno las fuerzas y ganas que no tengo e intento hacer de estas líneas (es mentira) algo cándido, perfectamente digerible para mujeres con mala digestión y hombres sentimentales y ordenados, tipos bienpensantes que practican un buenismo capaz de exasperar al mismísimo Dios. En fin, debería calmarme y centrarme en lo que importa, en aquella experiencia valorada en trescientos euros, de la que depende que pueda hacer frente al pago del seguro del coche.
Ocurrió en la niñez, una tarde estival. Pero, bien pensado, este principio es atroz. Sería lícito defender que su autor merece ser fusilado. Ya lo hacen, de todos modos. Pero no debo dejar que esta escupidera se transforme en pañuelo. Para llorar, en esto soy muy clásico, la más estricta intimidad. En los tiempos actuales, para mi desesperación, abundan los profesionales del llanto en público, los blandos de mollera y corazón. No tengas miedo de expresar lo que sientes, aconsejan, temerarios, los pedagogos y cronistas de la actualidad. No soy un defensor a ultranza de la censura, pero pueden estar seguros de que, si gobernara, prohibiría de manera fulminante esos programas patéticos de media tarde en que gentes muy desgraciadas (así se sienten) se plantan frente a las cámaras para, entre llantos e hipos, contar sus problemas sentimentales o familiares. Resulta más pernicioso para la sociedad, al menos para las personas verdaderamente sensibles, que un hipotético decreto que restaurara la censura, la potestad para imponerla por parte, eso sí, de una autoridad competente (yo mismo) en la materia. Sé que no debería decir tales cosas. Mis opiniones, tan incorrectas políticamente, ya me han deparado algún que otro trastorno. De todos modos, me impongo no aprenderme la lección, suspender en esta asignatura. A este empecinamiento me gusta llamarlo mi fortaleza inexpugnable, el último reducto de mi libertad. Me place considerarme un ser radicalmente libre, aunque estas líneas, es decir, este encargo, demuestran el tamaño monumental de mi derrota. Y no consuela que, desde este punto de vista, toda vida no sea más que una metáfora (excesivamente larga) de la derrota.
Ocurrió en la niñez, una tarde estival. El principio está claro. Y a continuación: El marco era incomparable (una ruina futura en la que verter toda la nostalgia que la vida tenía planeado insuflarnos). Se llamaba Rosa y era la prima del hijo de nuestros vecinos. Acotación: dado que el hijo de los vecinos no tiene ninguna relevancia, mejor ascender a Rosa a la categoría de hija. Algo a lo que debe aspirar la buena literatura es a hacer más comprensible, o sea, menos complicada, más creíble, la realidad. Facilitemos entonces las cosas, expulsemos del texto todo lo superfluo, esos detalles que no aportan nada, esos excesos que tratan de ocultar casi siempre la pobreza de la idea a desarrollar. Inventemos, mintamos si es preciso. Esto, al fin y al cabo, no es una confesión, ni un acta levantada por mandato judicial; esto, guste o no, es literatura, y su fin jamás fue la enumeración y clasificación de la realidad. En efecto, no se trata de una ciencia, por eso mismo estoy sentado frente al ordenador en estos momentos. Me explico: mi pereza y mi curiosidad poco incisiva hacen que sólo pueda moverme con cierta solvencia en el terreno literario. Cualquier otra disciplina más seria o cientificista me está vedada. En fin, creo que he llevado el asunto razonablemente bien para poder insertar en este punto, sin que resulte forzado, lo que ayer por la tarde anoté en uno de mis cuadernos: “La experiencia y la reflexión se funden en los procesos creativos que tienen que ver con la escritura. Después llegan el oficio y la imaginación para intentar darle una forma definitiva, respetuosa en lo posible con nuestra inteligencia y sensibilidad”. ¿Son estas líneas respetuosas con mi inteligencia y sensibilidad? Respetuosas o no, serán las que envíe, ya que mañana es el última día para la entrega de textos y, además, ya he sobrepasado las mil quinientas palabras que me pusieron como límite. Mi duda es saber si este texto será catalogado como original (sumándome así a la caterva de imbéciles que ondean la bandera de la originalidad) o como una tomadura de pelo en toda regla. Que digan lo que quieran. Quien paga, manda. Me voy a descansar.
jueves 8 de octubre de 2009
La historias que no pude o no supe escribir
Ediciones de Baile del Sol, 2009Al fin ha visto la luz la historia que espero haber sabido escribir. Se trataba de una obsesión, de una deuda pendiente. Que a la postre haya acabado en una novelita que no llega a las ochenta páginas parece un chiste. En todo caso, es mi chiste. Un chiste que comparto con quien quiera y que sospecho no hará mucha gracia a nadie.
Las historias nos son dadas. Lo único que corresponde al escritor es darles forma. Para tal fin sólo posee la intuición y las lecturas previas (el oficio).
Todos buscamos dejar huella, es así de patético. Los empresarios, los políticos, los artistas. Tener hijos es un intento de dejar huella. Por supuesto, escribir libros también.
Con veintitantos escribí un relato. Lo titulé Fuerte. Quince folios escritos con urgencia autobiográfica, ridícula. Me olvidé de aquello. Pero aquello no se olvidó de mí.
Pasaron los años, las novias, tuve una hija. Me tentó la idea de un libro de relatos. Recordé Fuerte. Me convencí de que en sus páginas latía una historia que merecía ser estirada. Aquellos quince folios se convirtieron en 150. El resultado fue decepcionante. Decidí volver a olvidarlo. Con disciplina. Pero aquello no se olvidó de mí.
Unos años después, en 2007, retomé la idea. Volví al inicio, a aquellos quince folios. Los rescribí. De cero. Siguiendo la idea inicial. Conservé algunos párrafos, eso sí. Debería estar prohibido retomar proyectos de juventud, me decía una voz en la cabeza. Cualquier idea inicial. Conservar párrafos. Volver con una ex. Pero no hice caso. Debilidad o determinación, fe o aburrimiento, no lo sé. A veces nos falta sangre fría. Tanto mejor.
Algo menos de cien folios en la pantalla del ordenador, 79 páginas una vez editadas. Mi primera novela. Se la envié a los de Acantilado. “Pese a su indudable calidad, etc.” Pensé en Baile del Sol. Me contestaron con un sms. Que sí, que la publicarían. Me sentí el puto rey del mambo. Me compré unas maracas, un abdominaiser. Me dejé crecer las patillas hasta el mentón.
Ya han pasado más de dos años. La euforia se ha esfumado, pero queda la novela.
Dice Carlos Pujol que hay que escribir de tal modo que dé la sensación al lector de algo que necesariamente tenía que expresarse así, con estas mismas palabras y en este orden. Si cabe algún resquicio para la duda, asegura, es que nos hemos equivocado.
Seguramente me habré equivocado. Pero quién soy yo para decirlo.
P.D.: Quiero agradecer a la gente de Baile del Sol la confianza depositada en mí y a Salva Ginard, el diseño de la portada, tan en consonancia con el contenido.
martes 6 de octubre de 2009
Desfiles y exhibiciones

Una joven oficial china, comunista, de rostro impenetrable, tremendamente sexy. ¿Debilidad por los uniformes? Lo más seguro. Ni en esto soy original. El viejo fantasma de la guerra fría, tan caliente ahora, tan en otra parte. La imagino después del desfile, de la “exhibición de fuerza” según muchos periódicos. El gigante asiático al que todo se lo perdonamos. Pero no, no quiero entrar en esto, ya son muchos los que chapotean en la ciénaga de los grandes temas. Además, no me atraen las fotografías conmemorativas. Me quedo con lo pequeño, con lo ínfimo, con lo invisible. La intrahistoria, el backstage, la individualidad en mitad de la masa. El rostro de la joven oficial china, ahora en todos los periódicos del mundo. Me produce ternura. Probablemente, de considerarme su enemigo, no dudaría ni un segundo a la hora de aniquilarme, pero no importa. La imagino después del desfile, en el apartamento de cuarenta metros cuadrados que comparte con sus padres, una abuela y un hermano varón. ¿Qué pensará? ¿Cuáles son sus aspiraciones? ¿Cómo se ve a sí misma dentro de veinte años? ¿Cómo fue su primer beso? ¿Y la primera vez que hizo el amor? Mientras pienso en estas cuestiones, mis ojos se posan en la página de al lado. El rostro de Juan Antonio Martínez Camino me devuelve a mi presente. Comparo ambas fotografías. Pienso que el secretario y portavoz de la Conferencia Episcopal, al igual que la joven oficial china, de considerarme su enemigo, no dudaría ni un segundo a la hora de aniquilarme. Por otra parte, también usa uniforme, lo que, sin embargo, no lo hace más sexy. Bueno, esto es una apreciación subjetiva. Para gustos, ya se sabe. Llama a participar en la manifestación del día 17. Otra exhibición de fuerza. Demasiado desfile para mi gusto. Mejor me quedo en casa.

UH, 06/10/09
miércoles 30 de septiembre de 2009
Breve dossier Enzensberger

Siento debilidad por Hans Magnus Enzensberger. Este autor me produce insomnio y siento debilidad por los autores que me producen insomnio. Mi masoquismo no termina aquí. Hans Magnus Enzensberger es de los que te jode a base de bien, de los que te pone, como suele decirse, entre la espada y la pared. Y lo hace, al menos la mayoría de las veces, sin dejar de sonreír. Le gusta incomodar desde la inteligencia y el humor. Es incorregible.
Acabo de escribir inteligencia sabiendo que resulta imposible medir la inteligencia, es más, que resulta imposible saber qué es la inteligencia.
No somos lo suficientemente inteligentes para saber qué es la inteligencia.
Esta frase de Hans Magnus Enzensberger concluye y resume su libro En el laberinto de la inteligencia. Lo siento si acabo de fastidiar una futura lectura.
La primera vez que oí el nombre de Hans Magnus Enzensberger fue en un poema largo y narrativo de José Agustín Goytisolo. El poema se titula A Hans Magnus Enzensberger le roban la maleta. Debía rondar la veintena la primera vez que lo leí.
Entreví a una persona un tanto nerviosa y maniática. Tuvieron que pasar más de diez años para que descubriera al francotirador.
Fue con la lectura de El perdedor radical. Se trata de un libro escrito desde la sensatez y la radicalidad. Nada más transgresor que el sentido común o la valentía (tantas veces sinónimos). Se trata, a la vez, de un libro peligroso, en cuanto puede fomentar actitudes racistas o xenófobas si es leído desde la cortedad de miras o la mala fe.
Al final, el mensaje que lanza es obvio: el terror trae consigo pérdida de civilización, es decir: el fomento de políticas restrictivas de derechos y libertades.
Y ahí sí se debe ser radical: en su defensa.
Para que se hagan una idea de lo mucho que me gusta Hans Magnus Enzensberger y de su fina ironía y mala leche, copio y pego un artículo que escribí para el Ultima Hora y que fue publicado el 10 de junio de 2008:
Las frases de una Madame encantadora
Soy de los que leen con bolígrafo en mano. Mi respeto hacia los libros nada tiene que ver con lo impoluto de sus hojas. Al igual que las mujeres que saben de qué va la película y nos hacen perder la cabeza, un libro manoseado y subrayado es hermoso y atrayente. Cuenta mucho del lector. Además, suele ser indicador del éxito del libro: a más frases subrayadas, mejor posicionado en nuestro corazón o librería, aunque esta regla admite excepciones. Transcribo a continuación algunas de las frases que Enzensberger puso en boca de la encantadora Madame que protagoniza su última novela, Josefine y yo: “El narcisismo es la deformación profesional de los aburridos”. “La humildad la encuentro aceptable, siempre que no se manifieste abiertamente”. “Los que reflexionan sobre su salud se exponen a un peligro de muerte. Los artículos que se dedican a este tema tienen efectos patológicos”. “Para contradecirme me basto yo”. “Cualquier botarate cree tener ideas”. “¿Acaso le gustaría ser original? Permítame que le prevenga contra ese peligro”. “Reivindico el olvido”. “La pereza es un talento valioso”. “Si por mí fuera, el uso del despertador quedaría prohibido”. “El parvulario es el modelo ideal de toda la política exterior. Tengo derecho a poseer armas nucleares, pero el que tú pretendas otro tanto es algo intolerable a lo que me opondré por todos los medios”. “El arte tiene que ver con la destreza, aunque hoy ya nadie quiera oírlo”. “El odio al dinero es una gran estupidez”. “No tengo nada contra la democracia. Ofrece una gran ventaja: es aburrida. Una cualidad que aprecio”. “El ateísmo me parece pueril”. “Nuestros sentimientos no son inagotables”. “Hay que desconfiar de todo cocinero que se entusiasme con el progreso”. “Detrás de todo prejuicio se esconde un miedo”. “Lo que uno necesita a toda costa lo puede aprender solo y en seis semanas: leer y escribir, la tabla de multiplicar y poco más”. “De todos modos, sin la estupidez no se va a ninguna parte. Es una de las armas más hermosas de las que dispone el ser humano”. “Todo matrimonio por amor representa un riesgo demencial, un riesgo que ningún jugador de ruleta asumiría”.
martes 29 de septiembre de 2009
Soy mis circunstancias, luego yo
Antes de dar su opinión sobre cualquier asunto, escuche al otro que podría haber sido. Nuestras creencias nos vienen dadas por las circunstancias, pero las circunstancias pudieron ser diferentes. ¿Acaso creía que su visión del mundo era fruto de su aparato crítico-reflexivo? Usted, por ejemplo, que es de derechas, ¿es consciente de que, de haber sido educado por otra familia, tal vez ahora estaría afiliado a CC.OO.? O usted, que simpatiza con los llamados movimientos izquierdistas, ¿se da cuenta de que, de tener un familiar en Cuba, su sensibilidad podría ser otra? Una obviedad, lo sé, pero me apetecía recordarla. La única rebeldía posible de puertas adentro consiste en romper estos lazos, es decir, romper con nosotros mismos para llegar a ser ese otro que podríamos haber sido de haber vivido circunstancias diferentes. Para qué ir tan lejos. Basta con hacer el esfuerzo de intentar comprender al otro. Saber que usted podría haber sido él ha de ayudar. Notará, al poco de iniciados estos ejercicios, que empieza a escuchar una voz en su cabeza empeñada en llevarle la contraria. Préstele atención, pese al riesgo de esquizofrenia, y tenga en cuenta su criterio antes de abrir la boca. Esto, claro, ralentizará las cosas, pero ¿no están las cosas lo suficientemente aceleradas? El dinamismo nos lleva a la destrucción. Lo contrario, también, pero más relajados. Después de estas líneas, me doy cuenta de que no podría dedicarme a la política. Soy adicto a las auto mociones de censura. Pactaría con mis adversarios en mi contra. Soy un anarquista que cree en el orden, un socialista amante del mercado libre, un liberal que recela del individualismo. Poco futuro tengo.
UH, 29/09/09
viernes 25 de septiembre de 2009
SEX, MUSIC, POETRY
Tardes en el desierto, al borde del instinto,
sonando interminablemente A graveyard of empty bottles
de los Dogs d’Amour.
Tú leías a Pascal o fingías leerlo
mientras yo entretenía cigarrillos
y discusiones tontas como oraciones últimas
o balas de fogueo.
Histéricos sin advertirlo,
solitarios y estáticos
como estatuas de mármol en jardines sin nadie.
Consumidores compulsivos
de mitos desgastados
antes de despuntar.
martes 22 de septiembre de 2009
Money (That's what I want)
La cultura debe ser universal, accesible, pero su gratuidad la devalúa. No conocemos otra vara de medir que la del dólar o euro. Todos tenemos colgado un precio de la oreja. Si algo no nos cuesta pasta o no lo asociamos con dinero, pierde nuestro respeto o, directamente, deja de existir. De ahí parte de nuestros problemas ecológicos. El aire, la luz, el mar son gratuitos (habría que matizar), por eso los despreciamos tanto. La admiración que profesamos por actores de cine y deportistas viene dada por sus ganancias pecuniarias. Las “listas forbes” nos ponen cachondos. Hablamos con devoción y envidia de lo que ganan al año Rafa Nadal, Brad Pitt o Bill Gates. Si te encierras todas las tardes en tu cuarto para escribir y esto no te reporta ingresos económicos, no pasa de hobby, un entretenimiento absurdo que te quita tiempo para las cosas importantes, es decir, las cosas relacionadas con el dinero. Pero como seas el Stieg Larsson de turno, amigo, entonces matarán por lo que escribes y te exigirán que pases más horas encerrado y hablarán con respeto e incluso con admiración de lo que haces. De hobby adolescente a profesión respetabilísima. Que nadie entienda esto como una queja. Constato hechos, simplemente. Vivimos pendientes de la Lotería. ¡El triunfo del laicismo! Y lo dice alguien que no termina de creerse que el mundo sea redondo. El futuro, que conocemos gracias a las películas de ciencia ficción, nos importa un pito. La paternidad, ejemplo acerbo de nuestro egoísmo y nuestra inconsciencia, no modifica este dato. Y lo dice el padre de la niña más guapa del mundo. Quien no esté de acuerdo con lo que he escrito (ni yo mismo muchas veces estoy de acuerdo con lo que escribo), tiene todo mi respeto. Los otros tres, también.
UH, 22/09/09
martes 15 de septiembre de 2009
Apuntes sobre la identidad
Entre decir “soy yo” y “yo soy” existe una diferencia sutil que encierra un abismo, el detalle que separa lo trivial de lo trascendente, lo razonable de lo incomprensible. La primera fórmula (“soy yo”) presupone una identidad conocida sobre la que no hace falta indagar; habla de una obviedad, trae a escena una retahíla de hechos pasados que configuran un presente indiscutible; casi es una fórmula de saludo. La segunda (“yo soy”) nos traslada al precipicio del ser, nos coloca frente a una pregunta monumental, irresoluble e ineludible; se erige en la puerta principal a la duda y la modernidad. Guarda la esencia de toda búsqueda y, como no podía ser de otro modo, de todo fracaso. Acaso afirma lo que no puede afirmarse. Visto así, podría emparentarse con la temeridad. Josefina Rodríguez, refiriéndose a su esposo Ignacio Aldecoa, escribió: “Podría estar hablando mil y un días y al final su retrato seguiría siendo oscuro y cabalístico, absurdo quizá”. La imposibilidad del retrato. La injusticia que todo resumen comporta, ya sea en el retrato propio o en el ajeno. Como dice Alejandro Rossi: “Sí, todo esto es cierto, pero me parece que yo también estoy construyendo un personaje, es decir, un conjunto de propiedades seleccionadas con esmero y supuesta astucia”. “Yo” como personaje, necesariamente, resultado de una permanente construcción, cúmulo de rasgos imposibilitados para abarcar el abismo del “yo”, de la identidad. Hablar de uno mismo como una manera de salvación, ahí está clave. Pero ¿salvarse de qué? Según Witold Gombrowicz, escritor polaco del pasado siglo, de “la degradación y la inmersión definitiva en la marea de la vida trivial”.
UH, 15/09/09
jueves 10 de septiembre de 2009
EL DON DE LA TRISTEZA
El latido que media
entre decir o no decir te quiero.
Los nexos invisibles que nos atan
a una forma de olvido, a unas piernas,
al nombre que se inscribe en una lápida.
Se amontonan facturas, planos enmohecidos
de ciudades deshechas,
fetiches que nos miran
con la tristeza mansa de saber que son humo,
las víctimas perfectas
de nuestra rendición o desconcierto.
El latido que media
entre el que salta y el que no, la vida
que estalla en las burbujas
del agua que calientas para el té de las cinco.
El modo en que la luz dibuja puentes,
detonaciones sordas,
el caligrama absurdo de todos estos años.
Es tentador pensar que no sirvió de nada,
pero está la tristeza,
su extraño don,
esta manera imbécil de amar el mundo, todo
lo que sabes inútil
y no quieres perder
y perderás.
La tristeza que todo amor precisa
para ser de verdad y para siempre.
martes 8 de septiembre de 2009
“Holandización” de Palma

Dicen que una de las medidas estrella de Cort para este nuevo curso que iniciamos es la supresión de algunas calles de Palma para la creación de canales artificiales en lo que ya muchos denominan la “holandización” de la capital Balear. Luego, lógicamente, se inaugurará el Carrer Vermell, por lo que ya no hará falta que nadie viaje hasta Rusia para someterse a terapias anti-estrés, tan necesarias en estos días de vuelta al cole. Que en los escaparates de las calles céntricas compitan zapatos, bolsos y mujeres/hombres en oferta deberá ser interpretado como la escenificación del triunfo de la modernidad. Estacionar la bici frente al local donde manos expertas, de manera totalmente garantizada, nos ayudarán a olvidar nuestra realidad, objetivo de toda persona civilizada, es un lujo al alcance de pocas capitales europeas. Nos situaremos en la élite del bienestar social, para escándalo de conservadores-católicos, principales usuarios de este tipo de centros de salud. En fin, que nadie me malinterprete, es cuestión estadística, al menos aquí. Pero sin duda, la medida más polémica, la que generará los debates más virulentos, será la implantación de los llamados coffee-shops, rebautizados como Centres d'Esplai. Renunciar a la clandestinidad le resta emoción a la vida. Los vicios legales ya no son vicios, sino hábitos sociales, sin duda mucho más aburridos. Después ya solo restará implantar el holandés como idioma vehicular en el ámbito docente y en nuestras relaciones con la administración. Hoy mismo me compro una bici. Que empiecen bien el curso.
UH, 08/09/09
sábado 5 de septiembre de 2009
Breve ensayo sobre la tautología de los aniversarios

Llega el día de tu cumpleaños y sólo quieres meterte bajo tierra, volverte invisible, y no es que te moleste cumplir años, es que no sabes qué cara poner.
Por suerte, los facebooks, messengers, sms, etc. nos ahorran la sonrisa forzada, el apretón de manos y la palmadita en la espalda. En este sentido, estamos abocados a un modelo anglo-japonés en lo tocante a las relaciones interpersonales, es decir, sin tocamientos.
Además, la tecnología se encarga de recordarnos los aniversarios de amigos / conocidos, lo cual deriva en un aluvión de felicitaciones. En contra de lo que cabría pensar, este aluvión de felicitaciones no menoscaba el sentimiento de aislamiento, que nada tiene que ver con el número de amigos / conocidos que puedas tener.
Aislamiento como sinónimo de incomunicación provocada por el muro de artificiosidad (por otro lado necesario, ineludible) que nos separa a unos de otros.
César Aira inicia su libro Cumpleaños con la siguiente frase: “Hace poco cumplí cincuenta años, y había acumulado grandes expectativas con la fecha, no tanto por el balance de lo vivido que podría hacer entonces como por la renovación, por el recomienzo, el cambio de hábito”.
A menudo vivimos el cumpleaños propio como punto de partida, como posible inflexión a partir de la cual desterraremos malos hábitos y adquiriremos buenos. Pero llega la fecha, pasa y nada cambia.
Nunca cambia nada.
Te horroriza repetir los mismos chistes de siempre, los mismos deseos postizos y empalagosos, la misma canción desafinada. Curiosamente, este conglomerado hecho de costumbre, previsión y aburrimiento genera una violencia que uno acaba dirigiendo contra sí mismo, ya que uno es consciente de la injusticia que supondría dirigirla a ese otro transmisor de buenos deseos (dando por sentado que desearte mucho años más de vida sea un buen deseo).
Dicen que los ritos son necesarios, que no podríamos vivir sin ellos. Los lugares comunes, las frases hechas, nos salvan del abismo de incomunicación a que estamos abocados. Son nuestra guarida, la reiteración de que está hecha nuestra cordura. Los asideros que utilizamos en nuestro descenso hacia la nada.
Imagínense un trayecto en ascensor con un vecino sin poder recurrir a la climatología. O a matrimonios con hijos que, en una cena de sábado, no pudiesen hablar de sus hijos.
Así que toca poner buena cara y dar las gracias por todos los regalos, si es que los hay, por todas las palabras amables y bienintencionadas e imaginar que una pandemia de película con presupuesto millonario (y no esta gripe A de los telediarios) asola el planeta y al final –que sería el principio– sobreviven unos pocos, entre ellos tú.
El mito de poder empezar de cero llevado al extremo. Desear que el 90% de la población mundial sucumba solo para poder realizarlo. La crueldad como fruto de la cobardía, etc.
Lo mejor, sin duda, son los libros que te regalan. Hasta la fecha tenía el capítulo lecturas más o menos controlado, me refiero a lo controlado que este capítulo puede estar teniendo en cuenta mi curiosidad y ansiedad y falta de método. Ahora las lecturas pendientes se acumulan en la mesa del comedor. De momento he iniciado El discurso vacío, de Mario Levrero. Transcribo una frase de este libro que subrayé y que también habla de ritos necesarios: “Es apropiado y necesario tener un rito como este de escribir todos los días como primera actividad. Tiene algo de espíritu religioso que tan necesario es para la vida y que, por distintos motivos, he ido perdiendo cada vez más con los años, acompañando en este proceso a la Humanidad”.
La escritura como rito de índole religioso.
A continuación transcribo los títulos que aguardan su momento sobre la mesa del comedor, lo que constituye clara muestra de mi carácter perezoso, ya que dejo los libros en el primer sitio que veo y luego no me preocupo de colocarlos en uno más apropiado: Antología bilingüe, de William Carlos Williams; Helada, de Thomas Bernhard; Cuentos rotos, de Carlos Herrero; Mimoun, de Rafael Chirles; Si te gustó la escuela, te encantará el trabajo, de Irvine Welsh.
Calma y método, además de tiempo libre. No queda otra.
En la resaca del día después de la celebración, ya con tu nueva edad a cuestas, caerás, como César Aira, como cualquiera que no tenga arrasada del todo su ingenuidad, en la vieja tentación de los planes para el nuevo curso. Terminar la novela, perder peso, mejorar el revés. Has aprendido a domesticar tus sueños. Al fin vuelan bajo, a la altura de tus posibilidades.
Eres un hombre sensato. Vivir la sensatez como una victoria o como una derrota depende de cada uno. Ser sincero con uno mismo no funciona, es un mal método. Lo importante es la voluntad, lo que tú quieras creer.
No se trata de esquivar la depresión, sino de aprender a vivir con ella, de sacarle partido. Es lo que tiene poseer una visión literaria de las cosas. La realidad te llega a través de este filtro. Se trata, digamos, de una realidad desvirtuada, de segunda mano. Solo tiene interés en la medida en que puedes utilizarla.
¿No es exagerado decir “solo tiene interés en la medida en que puedes utilizarla? No lo tengo muy claro.
La cuestión es que eres oficialmente más viejo. Luego está el típico que te suelta: “Peor sería no cumplir años”. Claro. Qué decir ante tal obviedad. Este tipo de obviedades buscan aniquilar tus discursos más nihilistas, quieren hacerte tocar con los pies el suelo. Que seas coherente. Con todo, encierran una verdad que no debemos eludir. Sería un drama no cumplir más años. No podría acabar la novela, perder peso; mi revés no alcanzaría la categoría de decente. En fin, no debo olvidarlo.
Ps: Quiero dar las gracias a todos aquellos que me felicitaron por mi cumpleaños. Gracias, sinceramente. Por favor, no dejen de hacerlo, pese a lo escrito en estos párrafos. Mi ingenuidad todavía no está del todo arrasada.
jueves 3 de septiembre de 2009
Pulsión de muerte, un artículo para Agitadoras
Acaba de salir el número 5 de la revista virtual Agitadoras, "un artefacto cultural que apuesta por la opinión libre, la falta de prejuicios y el universo outsider", “un website cultural y no una sección de corazón-corazón ni un blog de vanidades narcisistas”. O sea, algo totalmente diferente a Tu cita de los martes. Tienen criterio, buen gusto, calidad. Me encanta pasear por este website. Entre otras, puedes encontrarte colaboraciones de Inma Luna, Rosana Popelka, Inés Matute, Agustín Fernández Mallo o David Torres. Para este número, solicitaron mi colaboración. Yo, encantado. Para éste y para los que hagan falta. Dejo aquí el artículo que les envié y me publicaron. De todos modos, les recomiendo una visita, aunque sea breve. Seguro que luego querrán repetir.
Pulsión de muerte
Resulta curioso como, desde siempre, la barbarie ha fascinado a los abanderados de la civilización, por hablar en términos europeos. Será porque en ella, la lucha entre el bien y el mal resulta encarnizada, dejando de lado sutilezas e hipocresías. Existe en lo extremo de sus manifestaciones un aire puro, primigenio, el regalo secretamente buscado de la aniquilación, del sacrificio. El heroísmo y la devastación encuentran su escenario predilecto, la tensión idónea para la cuerda en la que se sustenta la vida. ¿Puede servir esto para explicar, más allá de intereses económicos o políticos, lo sucedido en Georgia, Irak o la antigua Yugoslavia, por hablar de tres ejemplos más o menos recientes? Una cosa está clara: nos aferramos con más fuerza a conceptos abstractos como patria o Dios que a otros más cercanos y supuestamente más beneficiosos como estabilidad o bienestar. Nuestro amor a la vida nos empuja a la muerte. Esto es así porque sólo en el límite, en la frontera, la vida alcanza su significado más elevado, se desprende del letargo implícito que conlleva la civilización. En el grito animal se agazapa el impulso inaugural, fundador. La pureza que late en la barbarie es como el vacío para el suicida vocacional. Es posible que esto también pueda explicar la defensa y añoranza que muchos intelectuales sienten por el reino natural, donde sin duda serían aniquilados a las primeras de cambio. Así las cosas, ¿cómo contradecir a Freud cuando habla de la pulsión de muerte? Michel de Montaige cuenta, entre fascinado y horrorizado, como en el reino de Narsingo las mujeres eran quemadas vivas durante los funerales de sus maridos, a los que acudían alegre y voluntariamente. O como los habitantes de la ciudad de Arras, tras la conquista de Luis XI, prefirieron morir ahorcados antes que gritar: ¡viva el rey! ¿Acaso el Che no abandonó a su mujer e hija para salir al encuentro de una vida auténtica, es decir, con sentido, o lo que es lo mismo: de una muerte inmortal? ¿Y qué decir de los terroristas suicidas? La recompensa es tremendamente atractiva. Por eso mismo, el diálogo con un terrorista convencido siempre resulta inútil. La pulsión de muerte es cegadora. Nadie está a salvo.
miércoles 2 de septiembre de 2009
El Paulo Coelho mallorquín
Dado que la ciencia se empeña en volvernos escépticos, no nos queda otra que admitir que el único paraíso que nuestros huesos conocerán es el que sepamos labrarnos en vida. Esto casa, no sin matizaciones, con el carácter mallorquín y justifica desvíos e hinchazones en pos de un feliz carpe diem. Després ja vorem, diría el clásico autóctono catalogado precipitadamente por los foráneos de hosco y desconfiado. No hablaremos aquí de nuestra paciencia infinita ni de nuestra tendencia a la auto-aniquilación. En cambio, sí lo haremos del paraíso en vida, que nada tiene que ver con el autocontrol o la sabiduría. No pretendemos robarle lectores a Paulo Coelho. El mallorquín, pragmático por definición, identifica la felicidad con el dinero fácil. Esto explica la actualidad política del momento. Leo los diferentes periódicos y tomo nota. Trato de aprender, por si resulta. Tengo claro que al dinero fácil, es decir, a la felicidad, se llega mediante la gestión pública. Hasta aquí bien. ¿Y qué rasgos identifican al perfecto gestor público, esto es, al buscador por antonomasia de la felicidad? Primero: redactar actas de reuniones a las que nunca asiste. Segundo: solicitar informes (nunca por menos de 30.000 euros) a los amigos o a los amigos de los amigos para el reparto posterior de comisiones. Tercero: hinchar facturas. Cuarto: no preocuparse de leer lo que se firma. Quinto: practicar diferentes caras de póquer. Y sexto: inventar excusas, mejor cuanto más estrafalarias. Si algún día alcanzo la felicidad, prometo olvidarlos rápidamente. Lo sabrán por los distintos titulares. Nada es gratis, pero todo se puede pactar.
UH, 01/09/09
jueves 27 de agosto de 2009
Algunas lecturas veraniegas: Javier Pastor, Thomas Bernhard, Alberto Moravia

Siento debilidad por las novelas breves. Supongo que tiene que ver con mi carácter perezoso, pero reducir la cuestión a este rasgo de mi carácter me parece inexacto, algo simple. Sea como fuere, decidí comprarme Mate jaque, de Javier Pastor. Se trataba del libro más delgado del estante. La escueta información que ofrecía la solapa sobre el escritor terminó de convencerme.
En efecto, siempre me han resultado sospechosas esas notas biográficas larguísimas, sobre todo en autores jóvenes de trayectoria breve. No puedo dejar de pensar que son fruto de un afán compensatorio respecto a las carencias de la obra en sí o tal vez de un mal llevado complejo de invisibilidad. Se dan casos de notas biográficas más extensas que la propia obra del autor en cuestión. Por no hablar de las notas plagadas de chistes o supuestas ingeniosidades. Amigo, no se trata de redactar un currículo ni de caer bien; no me importa nada que a los nueve años vieras morir una mariposa y que tal experiencia te marcara profundamente.
En fin, que, como todo hijo de vecino, tengo mis manías. Pero me auto medico y cada día lo llevo mejor.
O sea, novela breve y de carácter fragmentario. No me lo pensé y aquella misma tarde me la pulí.
Juega a ser fácil, pero no lo es. Juega a ser gamberra, pero va más allá. Incluso juega a ser palindrómica, pero es lo de menos.
Es ágil, divertida, profunda e inteligente. Y aquí acaba la crítica. Que la lea quien quiera.
Con todo, el descubrimiento de este verano, un descubrimiento que me ha impactado, marcado, dado vuelta, ha sido el de Thomas Bernhard. De este autor había leído En las alturas, libro que logró despistarme y por momentos hipnotizarme. Tenía pendiente ahondar en Bernhard, así que me hice con sus Relatos autobiográficos. Desde sus primeras páginas supe que Thomas Bernhard iba a ser importante para mí. En su momento me pasó lo mismo con Onetti. Conozco los síntomas, lo que vendrá después. Avanzaba feliz y angustiado por los recuerdos-invenciones de Bernhard. Me fascinan su estilo, reiterativo y machacón, y su carácter iconoclasta. Seguiré leyéndolo, sin duda. Me hace feliz saber que tengo toda su obra por delante.
Ahora leo El tedio, de Alberto Moravia. Siempre he sentido fascinación por el tedio de los otros, incluso por el mío propio. Es un tema que me divierte muchísimo. Será porque algo entiendo sobre la cuestión. Sólo nos hace gracia aquello que entendemos o que creemos entender.
Entre los libros de casa, hay unos cuantos que hablan del aburrimiento. Ahora recuerdo uno en particular. Roland Barthes por Roland Barthes, escrito naturalmente por Roland Barthes, un tipo que se aburría muchísimo. “De niño, me aburría a menudo y mucho”, escribe el francés. Y continúa: “Es un aburrimiento aterrorizado que llega al desasosiego: así es el que siento en los coloquios, las conferencias, las veladas en el extranjero, las diversiones en grupo: en todas partes donde el aburrimiento es visible. ¿Será el aburrimiento mi histeria?”.
Empiezo a aburrirme y tengo cosas que hacer.
Es un error apostar por la actividad.
martes 25 de agosto de 2009
De jurados, velódromos y nuevas tecnologías
La crueldad a que te obliga el hecho de estar de jurado en un concurso de poesía hace que crezcas. Se trata de una crueldad permitida e incluso necesaria. Todo gestor de esperanzas ajenas contrapuestas debe actuar cruelmente, sin piedad. Ostentas un poder que no mereces, lo cual realza tu autoestima. En tus manos está el futuro (es un decir) de unos cuantos mortales. Entonces entiendes lo que deben sentir policías, jueces y aparcacoches. Eres uno de los elegidos y, como tal, debes escoger a quién otorgar el cielo. Tu dedo todopoderoso, a lo Poncio Pilato, señala al favorecido. Después toca devolver gorro y silbato y seguir con lo tuyo.
Lo mío, entre otras cosas, es leer la prensa. Leo en Última Hora que Ralph Schürmann, arquitecto contratado inicialmente para diseñar el Palma Arena, considera una broma de mal gusto los más de 100 millones de euros desembolsados. Y como colofón, estas palabras: el velódromo de Palma “se parece a los velódromos que se acaban de construir en Lituania y Polonia”, los cuales costaron “entre 27 y 35 millones de euros”. Otra diferencia insignificante: estos velódromos, cosa curiosa, pueden ser empleados como tales. ¡Qué revolución! En fin, se ve que el alemán no comulga con nuestro particular sentido del humor.
Pero lo mejor, sin duda, este breve: “El senado en Brasil debate la aprobación del divorcio a través de internet”. Joder con las nuevas tecnologías. Ahora espero ansiosamente el matrimonio por internet. Te puedes ahorrar una pasta, oye. Ojalá los que manejan nuestros dineros pensaran así. ¿Se deprime? Consiga que le nombren miembro de un jurado y que, además, le paguen por ello. Mano de santo, se lo digo yo.
UH, 25/08/09
viernes 21 de agosto de 2009
Yo, Aramis Fuster
El mejor escritor del próximo siglo será un robot, el cual se quejará amargamente de la falta de lectores. Las Islas Baleares desaparecerán a causa de una prueba nuclear realizada por Mongolia con autorización expresa de Irán, futura potencia mundial. El presidente de Espanha, provincia de Portugal, lamentará la pérdida, pero no mucho. En las escuelas se enseñará que Darwing no fue más que un programa informático infectado por un virus. El fútbol será recordado como el arte más complejo y sutil creado por los seres humanos. Nadie sabrá quiénes fueron Cervantes o Shakespeare. Los pocos hablantes que conservará el espanhol de Portugal se manifestarán en contra de las políticas represivas procedentes de Lisboa, títere en manos de Teherán. Lo que hoy conocemos como Estados Unidos será declarado patrimonio de la humanidad y reserva ecológica, y los viejos que puedan disfrutar de su retiro, obligatorio a partir de los 90 años, serán enviados allí con un traje anti-radiación reglamentario a precio de coste. Seguirá vivo el debate de si el mallorquín o el menorquín o el ibicenco o el formenterés o el idioma-modalidad que hablaban mis parientes de Pollença es catalán o viceversa, si bien ya nadie hablará ninguno de estos idiomas y/o modalidades. Un científico nigeriano demostrará que Adán y Eva sí existieron, pero ya no habrá un Papa al que alegre tal noticia. El mayor terremoto de la historia se tragará Argentina, pero al cabo de unos días reaparecerá frente a la costa angoleña para fastidio de los piratas, convirtiéndose así, Argentina, en una gran isla y en el séptimo continente oficial. Todo esto es cierto e ineludible. Bienvenidos al futuro.
UH, 21/08/09
miércoles 19 de agosto de 2009
Tanta dicha inexplicable
Un tal Chuck Klosterman, crítico musical estadounidense, asegura que “accidentes y sobredosis parecen ser el mejor movimiento profesional que puede hacer un roquero”. No le falta razón. De Jimi Hendrix o Jim Morrison a Jeff Buckley o Elliott Smith. La muerte como trampolín o antesala de la inmortalidad musical. Nada parece asegurar de manera más sólida la ascensión a los cielos del rock. Una inversión delicada, cierto, pero altamente rentable, sobre todo para herederos y mitómanos. ¿Y la vejez? ¿Qué hacemos con la vejez de los roqueros que todavía pisan los escenarios? Tal vez habría que preguntarle al flaco poeta canadiense Leonard Cohen, cuyo esqueleto vi doblarse en el escenario del Palma Arena en una especie de oración para ateos ávidos de trascendencia. Siempre fui viejo, diría –o, al menos, es lo que pienso que diría-, por eso moriré joven, cerca de los cien años, en algún escenario al que mis deudas me hayan arrastrado. El elixir de la eterna juventud se extrae del sudor de la vejez anticipada. No se preocupe, yo tampoco lo entiendo. Me basta con la imagen de Leonard Cohen saltando y sonriendo en el Palma Arena, donde recitó todos sus temas míticos con acompañamiento musical incluido. Todos menos Chelsea hotel, la canción que escribió a raíz de su encuentro con Janis Joplin. Yo también amo a Janis Joplin cada vez que escucho Chelsea hotel. Prefería a los chicos guapos, pero con Cohen hizo una excepción, y él, el canadiense, para celebrarlo, nos regaló una nueva tristeza para nuestro baúl de las tristezas necesarias. Qué sería de nosotros sin ellas. Que el Dios en que no creemos nos perdone tanta dicha inexplicable.
UH, 18/08/09
lunes 17 de agosto de 2009
La noche que fuimos Albert Camus después de varias copas
Poco que decir en infinitas combinaciones.
El novelista y filósofo asegura que el hombre es siempre presa de sus verdades.
Al final se trata de escoger entre las dos únicas opciones válidas, el azar o lo otro.
Ella desconfía, desde su amor sin sobresaltos. Digamos que me sigue el juego.
Dice: Si a la palabra “artista” le quitamos la primera “t”, nos quedamos con la palabra “arista” (5. f. Geom. Línea que resulta de la intersección de dos superficies, considerada por la parte exterior del ángulo que forman); si sustraemos la segunda “t”, deja de tener sentido, es decir, cobra su verdadera significación. Pierde peso.
De acuerdo, nada tiene sentido, la levedad nos libera, pero no basta. Es demasiado fácil.
Estamos nosotros y está el mundo, dice. Y esto, con sentido o sin él, es lo que importa.
Buscar la salida es de cobardes.
Es posible, concedo.
El calor y la elegancia resultan incompatibles.
Poco más puedo decir.
Jugaremos el error o el acierto hasta el final.
(Pero el final de qué, pregunta alguien).
Necesito saber que nos queremos, aunque carezca de importancia más allá de nosotros,
aunque el verbo querer implique voluntad.
Déjame que te mienta un secreto al oído.
Hablar de probabilidades es vulgar y de necios.
sábado 15 de agosto de 2009
SHE TALKS TO ANGELS
Después pasaron años, dejamos de ser jóvenes,
nos perdimos, ya sabes,
tan vulgar nuestra historia,
tan única y tan nuestra
y hoy los vuelvo a escuchar.
El precio que se paga es lo de menos.
Esta noche es igual a cualquier otra.
Perdona que no siga este poema.
martes 11 de agosto de 2009
P.C. o Articulillo veraniego con moraleja incluida, creo
¿Personal computer? ¿Partido Comunista? ¿Països Catalans? Nada de todo esto. Se trata de algo más importante. Es el apodo que le pusimos a una chica en primero de carrera. La PC. No diré qué significan las siglas porque pretendo conservar las pocas lectoras que aún me leen. También estaba la Bombas, claro, pero la PC era nuestra favorita. Sus caderas, la manera que tenía de chupar la punta de su boli, sus camisetas ceñidas a nuestros palpitantes 18 años. Jamás hablé con ella. La veíamos desfilar por los pasillos, más chica playbloy que estudiante de derecho, y nos la imaginábamos aprobando asignaturas gracias a favores sexuales. Todos hemos sido adolescentes, quizá muchos lo sigamos siendo. Se convirtió en nuestro aliciente, en nuestro desahogo habitual en épocas de exámenes, qué les voy a contar. La PC. Era morena, con el pelo rizado, más baja que alta, de nariz respingona y labios sugerentes. Resultaba evidente que rebasar los treinta iba a suponer su declive, pero en aquellos tiempos solo existía el presente, a lo sumo el fin de semana por venir. Tuvimos amantes y novias, aprendimos trucos, nos volvimos escépticos. Nos olvidamos de la PC. No es que dejara la carrera, pero otras ensoñaciones la sepultaron. De todos modos, nunca dejé de admirar aquella sonrisa blanca y carnosa, pero uno de los rasgos fundamentales de los mitos juveniles es su inconsistencia. Ayer me la crucé. Camisa blanca y falda negra hasta las rodillas. Llevaba un maletín. Caminaba rápido. El tiempo había hecho su trabajo. Seguía siendo una mujer hermosa. Puede que más.
UH, 11/08/09
viernes 7 de agosto de 2009
Comida entre escritores
Una vez comí entre escritores y no hablo de escritores aficionados o más o menos aficionados, sino de escritores de verdad, con libros publicados en editoriales de prestigio y opiniones influyentes y traducciones a varios idiomas e incluso lectores fieles, algo prácticamente imposible de conseguir si excluimos el círculo familiar y a esos dos o tres amigos que solemos calificar como amigos verdaderos. No corresponde aquí indagar en los motivos que tienen esos familiares o esos llamados amigos verdaderos para leer todo lo que a uno le publican; esto no pretende ser un relato de terror, ni aspira a añadir sombra o mierda sobre estas relaciones tan necesarias, tan ineludibles, beneficiosas en un momento pero terriblemente dañinas a la larga. El roce, en contra de lo que suele decirse, no hace el cariño sino que embrutece y fomenta la violencia y la autodestrucción. Pero no, no quería ni quiero adentrarme en este terreno enfangado, chapotear en mis contradicciones y neurastenias y gilipolleces. Bastante tienen los posibles lectores de estas líneas con soportar mi vanidad. De todos modos, no creo que mi vanidad sea más grande que la vanidad de los posibles lectores que puedan recalar aquí, ya que vivimos en un mundo de vanidades y, como seres terriblemente individuales (pese a la dictadura de las modas), somos portadores de una vanidad cósmica que, sin embargo, admite sin muchos problemas la vanidad de los otros. La cuestión, en fin, es que una vez comí entre escritores, cada uno con su vanidad y sus anécdotas y sus opiniones y su pose según el papel que le era y le es propio. A mi derecha se encontraba José Carlos Llop, del que en general he leído con placer artículos, poemas, dietarios y novelas. Se trata de un autor elegante, algo frío, que practica la distancia y el refinamiento y el amor por la llamada alta cultura o cultura no de masas y que debería haber nacido en el tiempo de los consulados y las colonias y en un país algo más europeo. De este autor mallorquín con sangre británica o tal vez francesa recuerdo con buen sabor de boca su poemario La oración de Mr. Hyde y su dietario La escafandra. No he leído su última novela, París: suite 1940, pero intuyo que acabaré haciéndolo. En todo caso, dejo el asunto en manos del azar. Enfrente, algo a la izquierda, se encontraba Román Piña, pero aquí no corresponde hablar de Román Piña porque Román, al igual que yo, no atesora opiniones influyentes ni traducciones a varios idiomas y sus lectores fieles, de tenerlos, dudo mucho que se hallen fuera del círculo descrito al principio de estas líneas. Así pues, no hablaremos de Román Piña, del que admiro su tesón editorial, la oportunidad que ha dado a muchos de publicar sus primeros escritos y el buen ojo que tuvo con Agustín Fernández Mallo, que no estaba en la comida y casi mejor, ya que, de haber estado en la comida, me habría visto obligado a hablar de Agustín Fernández Mallo y hablar de Agustín Fernández Mallo me supondría un pequeño problema porque Agustín Fernández Mallo es un escritor cojonudo al que a veces le pierde ese querer llamar la atención con declaraciones altisonantes y vaticinios y conclusiones algo infantiles. La reseña que Villena le dedicó en El cultural con motivo de la publicación de Postpoesía fue un intento de ponerlo en su sitio, pero el sitio de Agustín Fernández Mallo se encuentra más allá de sus propias declaraciones o de la aceptación o rechazo que estas declaraciones puedan generar. Justo delante de mí, con pinta de andar preguntándose qué cojones estoy haciendo en esta comida, se encontraba Enrique Vila-Matas, el cual tiene el impagable honor (advertencia: se trata de una ironía) de estar entre los autores de los que he leído todo o casi todo, autores cuyos libros he devorado con placer e incluso con entusiasmo y que por esto mismo son parte importante de mi educación sentimental y moral y alguna que otra educación en la que ahora mismo no caigo. Recuerdo su tono de voz bajo, su aire entre despistado y aburrido, su falta de gracia extrañamente graciosa a la hora de contar anécdotas, chistes repetidos o improvisados que todos escuchábamos e intentábamos retener para poder reproducirlos en otras comidas con otros escritores menos relevantes y, por lo tanto, más impresionables. El hecho de que los haya olvidado (los chistes, las anécdotas) dice bien a las claras la clase de persona que soy. Durante mucho tiempo sostuve que uno de mis libros predilectos era Para acabar con los números redondos. Tal afirmación encerraba un punto de excentricidad, ya que este libro no se encuentra entre los más populares del autor catalán. Para ser absolutamente franco, el libro de Enrique Vila-Matas que me hizo picar el anzuelo y me llevó a querer leer todo lo suyo fue Bartleby y compañía, el cual me zampé con total devoción y entusiasmo. Mi relación con Enrique Vila-Matas se sustenta en dos momentos culminantes, por otra parte, los dos únicos momentos existentes en esto que he venido a llamar mi relación con Enrique Vila-Matas. Uno es el de la comida aquí descrita, en la que le hablé con un mínimo de inteligencia, o ésta fue mi impresión, de alguno de sus libros, ya no recuerdo cuál. El otro momento culminante de esta relación tiene que ver con un e-mail que le envié y que Enrique Vila-Matas contestó con inesperada celeridad, con toda la alegría y todo el orgullo que tal cosa supuso para mí. Ver un e-mail de Enrique Vila-Matas en mi por lo general deprimente bandeja de entrada me trasportaba a un mundo ficticio y peligroso para mi endeble salud mental en el que yo era uno de los elegidos, de los señalados por el ambiguo Dios de la genética. Evidentemente, todavía lo conservo, si bien ha disminuido considerablemente la intensidad de mis pajas mentales. Pero sigamos con la comida. Dos o tres sitios a la izquierda de Vila-Matas se encontraba Ignacio Martínez de Pisón, este maño con pinta de antiguo central expeditivo de un equipo de fútbol de la regional española, como si hubiera otro tipo de centrales en cualquier categoría de la regional española. Su semblante era y es más duro que el semblante del otro gran maño, Manuel Vilas, y ya es decir. Pido perdón por los otros grandes escritores maños no mencionados en esta evocación, pero uno tiene sus lagunas y sus debilidades. Diez años atrás (vuelvo a hablar de Ignacio Martínez de Pisón) me rompí la mandíbula riéndome con su novela Carreteras secundarias. Luego, claro, leí otros libros de Ignacio Martínez de Pisón y si bien todos me gustaron nuca más me volví a romper la mandíbula. Por otro lado, siempre que alguien menciona a Ignacio Martínez de Pisón o siempre que veo uno de sus libros en alguna librería, recuerdo el lamento que, según Herralde, solía proferir el autor de El fin de los buenos tiempos. En un país, se quejaba el maño, en el que sólo leen las mujeres, ¿quién va a comprar libros de Ignacio Martínez de Pisón? Y con esta pregunta creo que puedo dar por concluida esta anécdota, esta remembranza de mi comida entre escritores. Soy consciente de que he olvidado a algún escritor, pero son tantas, por fortuna, las cosas que olvidamos que un escritor más o menos carece, creo, de importancia.
domingo 2 de agosto de 2009
DISCURSO DEL HOMBRE SIN IMAGINACIÓN
Cuando nos bastaba con la imaginación para masturbarnos, en lo que algún cretino se aventuró a llamar los buenos tiempos. No fueron malos, después de todo. Luego todo cambió porque todo cambia después. El dinero entró en nuestras vidas –nada imaginativas– y algo se agrietó. Hay poco que hacer con la imaginación. Recuerdo una pregunta de Cortázar: ¿Por qué los analistas literarios tenderán a imaginar en un texto cualquier cosa salvo la imaginación? Pero ya no se escriben poemas ni cuentos desde la imaginación; ahora se utiliza Google. Nos salva del abismo de la ausencia de imaginación y dinero. Puedes ver follar a Lucía la Piedra completamente gratis. Puedes sacarte los ojos revisando entrevistas a Modiano, a Pe, al mismo Julio Cortázar. Nos quieren recluidos y saturados y les damos el gusto, mansamente. Siguen siendo buenos tiempos, después de todo. Volverán los totalitarismos con disfraces indetectables, seguiremos escribiendo poemas en endecasílabos, nos seguirán poniendo cachondos nuestras ex novias y ex amantes. Todo esto es cierto e ineludible. Lo escribiremos en blogs y desapareceremos. Quedarán nuestras palabras mucho más abandonadas que en los libros. A la intemperie. Lejos de cualquier cosa parecida a un refugio.
Se pierden cosas y se ganan otras y la balanza apenas se resiente.
Yo perdí la imaginación. Por suerte me queda algo de dinero.
Y Google.
jueves 30 de julio de 2009
Diletante de medio pelo
El verano trae la tan temida sequía y no sé muy bien sobre qué escribir. Sigo la actualidad a distancia, sin profundizar en exceso, más pendiente del termómetro que de los regalos a políticos. Improviso algún chiste, pero no consigo hacerme gracia. Me limito a leer los titulares; si la noticia es importante (lo detecto por el tamaño), hago un esfuerzo y leo subtítulos y destacados. Con esto soy capaz de elaborar un juicio sesudo y crítico sobre la realidad política y moral del país. Como cualquier hijo de vecino. Leo un titular y elaboro toda una teoría sobre el estado de las cosas y señalo culpables y aporto soluciones y me quedo tan ancho. Para qué engañarnos, soy un diletante de medio pelo que cree saber más de lo que sabe. Pero sigamos con la actualidad veraniega. Ahí está Felipe Ferré. Pienso en que la ha cagado porque en política todo es cuestión de bandos y él se ha quedado sin bando y un hombre sin bando en política y en la vida en general es un hombre abatido y solo y marcado, y no sé si dirá la verdad o su verdad o si sólo hablará su miedo, tal vez su rencor, pero lo cierto es que está solo en la cuerda floja y la realidad no puede ser más que la distancia existente entre él y el público allá abajo, en las gradas. Me da pena porque me cae simpático y porque su mujer fue mi mejor amiga de la infancia y porque he estado en su casa y es un tipo normal, como usted o yo, y no sé si sacar conclusiones de todo esto, es verano y uno no está para sacar conclusiones, uno apenas está para el termómetro y los titulares y las disputas entre Lorenzo y Rossi, o entre Armstrong y Contador. Otro día escribo sobre lo que opinaba Thomas Bernhard del deporte. Que el verano no acabe con usted.
UH, 28/07/09
sábado 25 de julio de 2009
El día que conocí a Mario Benedetti
Ángel González y yoYo conocí a Mario Benedetti el mismo día que conocí a Ángel González, un día extraño del que apenas guardo recuerdo, el suficiente para escribir estas líneas sobre Benedetti que en realidad son unas líneas sobre la imposibilidad de la comunicación o sobre el absurdo de todo o tal vez sobre el tremendo ego que todos los escritores arrastramos o puede que sobre nada en particular, lo que se dice escribir por escribir, siendo entonces el uruguayo mera excusa, título de estas líneas, poco más. Me decante por lo que me decante y aunque no me decante por nada, yo conocí a Mario Benedetti. También, como he dicho, conocí a Ángel González, pero he empezado estas líneas con el firme propósito (con toda la firmeza que suelen tener mis propósitos más firmes) de hablar de Mario Benedetti, del día que conocí a Mario Benedetti. Ahora Benedetti y González están muertos y yo los conocí el mismo día y hablé con ellos ese mismo día del que apenas queda un rastro difuso en Google, nuestra memoria global y fuente de conocimiento. Fue el 27 de mayo de 2003, en la Casa de América, Madrid. En fin, que no solo conocí y hablé con Benedetti y González, sino que incluso recité con ellos, bueno, no es que recitáramos juntos, pero sí compartimos cartel y escenario en una Casa de América abarrotada de gente, como si en vez de poetas o supuestos poetas allí hubiese estrellas del panorama pop español. Yo, debo aclararlo, no soy una estrella del panorama pop español. Por supuesto, Benedetti y González tampoco. De haber podido escoger, probablemente nos hubiésemos decantado por lo de estrellas del panorama pop español, pero estas cosas no se escogen, te toca lo que te toca y a nosotros nos tocó ser poetas. Perdón por el atrevimiento, por el hecho de sumarme al grupo, de ponerme a la par, no era ni es para nada mi intención. Es obvio que de haber peldaños, yo estaría en uno de los primeros y ellos, Benedetti y González, en uno -cada uno el suyo- de los últimos. Y entiéndase ‘primero’ por el más bajo y ‘último’ por el más alto. Lo que no voy a hacer es entrar en comparaciones, comparar a estos dos poetas, a estos dos grandes poetas que conocí el mismo día, porque, como es sabido, las comparaciones son odiosas y porque no me apetece y esto, además, lo último que quisiera ser es un estudio crítico sobre la obra poética de estos dos poetas ya muertos que conocí el mismo día del año 2003. Debo matizar. Cuando digo que conocí a Mario Benedetti, estoy empleando el verbo conocer en su acepción cuarta según el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española, es decir, “tener trato y comunicación con alguien”. Para nada me estoy refiriendo a su acepción sexta, esto es, “tener relaciones sexuales con alguien”. No, no tuve relaciones sexuales con Mario Benedetti, es más, no tuve relaciones sexuales con Ángel González –sin duda más pícaro que el uruguayo. Tuve trato y comunicación con ambos, si bien lo de comunicación es discutible si por comunicación entendemos la acción y el efecto de “hacer a otro partícipe de lo que uno tiene”. Pero a lo que iba: yo conocí o, mejor, yo hablé con Mario Benedetti. Con Ángel González también hablé, es más, incluso conservo foto del momento y puede que su firma en algún libro o programa perdido por alguno de los cajones de casa, pero lo que hablamos el ovetense y yo lo he olvidado por completo, no queda nada, ni un mísero “gracias” o “encantado”. En cambio, recuerdo perfectamente la conversación o, más bien, el intercambio de frases que mantuvimos Mario Benedetti y yo. De ahí su protagonismo en estas líneas. Nos encontrábamos en una sala al lado del escenario, en el backstage, a la espera de realizar nuestra irrupción triunfal, tan anhelada por la masa enfebrecida y sedienta de poesía. Sin duda, Mario Benedetti era la estrella, el aglutinador y el reclamo y el estandarte de algo que excede a la poesía pero que tiene que ver con ella. Lo recuerdo sentado en una especie de sofá que habían instalado expresamente para él. Ya no andaba bien de salud, lo cual hace más heroica su presencia allí, entre poetas novatos. Todos (me refiero a los otros poetas, con la excepción de Ángel González) revoloteábamos alrededor de él, de Mario Benedetti, como sin duda lo harían todos los estudiantes españoles de periodismo de tener ahí, al alcance de la mano, a Hermida o Mercedes Milá. Finalmente me armé de valor y me acerqué a Mario, a Don Mario, al señor Benedetti. Le dije que para mí era un honor conocerlo, compartir escenario, que había leído muchos de sus libros (absolutamente cierto) y que me habían gustado e influido mucho (relativamente cierto). Mario Benedetti agradeció mis palabras con un movimiento de cabeza y una sonrisa educada y distante y puede que algo cansada y aburrida. Entonces le dije que yo era de Mallorca, de Palma concretamente, y que sabía por sus poemas o por alguna entrevista o artículo que él había vivido en Palma a principios de los ochenta, cerca de la plaza Gomila o en la misma plaza Gomila. Benedetti abrió más los ojos y me miró con algo más de atención. Se equivoca, joven, me corrigió Mario Benedetti, yo no vivo en Mallorca, viví en Palma, cierto, pero de eso hace ya mucho. Quise explicarle que sí, que ya lo sabía, que no me había entendido, que era yo el que vivía en Mallorca, pero de pronto apareció la organizadora del evento y me agarró del brazo y me preguntó si estaba preparado para después dirigirse al resto de poetas y anunciar que el acto estaba a punto de empezar. Luego se olvidó de nosotros y se centró en Benedetti, al que ayudó a levantarse para acompañarlo de la mano hasta el asiento que tenía reservado junto a Ángel González, desaparecido hasta entonces. Lo que sigue carece de importancia, al menos aquí. La masa enfebrecida y sedienta de poesía nos recibió con aplausos y vítores y cuando digo que nos recibió con aplausos y vítores en realidad estoy queriendo decir que recibió a Mario Benedetti y Ángel González con aplausos y vítores. Tras la presentación del evento, me tocó a mí, como poeta más joven, inaugurar el recital. En fin, para qué extenderse más. Acabado el acto y después de que Ángel González me firmara un libro o el programa del festival o tal vez una hoja suelta, una chica se me acercó con Al fin has conseguido que odie el blues entre las manos y me pidió si podía firmárselo y yo no me lo podía creer y casi me enamoré y le di las gracias y no, no es que casi me enamorara, sino que me enamoré perdidamente para olvidarlo al rato, unos minutos después. Pasado el tiempo, me olvidé también de aquel día, el día que conocí a Mario Benedetti, el cual fue también el día que conocí a Ángel González, hasta hoy, que he querido dejarlo por escrito aquí, a modo de homenaje, con unas gotas de vanidad y necrofilia, como es costumbre entre nosotros.
martes 21 de julio de 2009
Vamos a hablar de poesía
Vamos a hablar de poesía, saquen sus guantes. (Si a usted no le interesa, es el momento de abandonar el artículo, no se lo tendré muy en cuenta). Cada vez me gusta menos la poesía, o quizá debería decir que cada vez me gusta menos todo lo que la envuelve. Pero también es cierto que día a día me alejo de ella. Mi querida y vieja y puta poesía. En ella, al menos en España, se produce una descompensación terriblemente molesta: mucho ego pocas veces respaldado por una obra potente o al menos digna. La poesía se ha convertido en refugio de mediocres, cuando debería ser todo lo contrario. Es como si la gente pensara: bueno, no sirvo para nada, solo se hacer el chorras, pero puedo escribir cuatro líneas, pegar algunos gritos y decir que soy poeta. Y la peña les da cancha. Joder si les da cancha. Los poetas me cansan. Sus discursos afectados, rompedores (o supuestamente rompedores), sus ínfulas, sus ingeniosidades, etc. El diletantismo llevado a cierto punto se convierte en vacío o gilipollez, según el caso. Luego tenemos a los que se quedaron en el siglo diecinueve. Y a los que van de filósofos, tan plomazos. Por no hablar de los iluminados que se auto erigen salvadores o renovadores o matadores, mero marketing. Ahora se lleva que los poetas no lean poesía. Es más: ahora se lleva que los poetas presuman de no leer poesía. No hay verdadero amor por la poesía. Sé que hablo como un viejo. Tal vez esté viejo para según qué chorradas. No sé lo que es la poesía, ciertamente, pero intuyo lo que no es.
UH, 21/07/09
martes 14 de julio de 2009
Dirty realism
A la hora de casarte, no te decantes por una buena compañera, sino por una futura buena ex compañera. Así están las cosas mientras la socialdemocracia se va hundiendo en Europa y los nuevos partidos filo-fascistas son aplaudidos por los votantes, ávidos de espectáculo y mano dura. Intento mantener un discurso coherente. Giro las páginas del periódico y me encuentro con el posado de las primeras damas en la cumbre del G8. Se me antoja un chiste extraño que no logro comprender, como la presencia de Italia en esta reunión. Lo mejor, de todos modos, son las perfomances de los grupos anti-globalización. El mundo es surrealista. Por eso, los escritores de mayor imaginación se decantan por el realismo, es decir, el escapismo llevado al extremo. A la hora de casarte, insiste una voz, decántate por una futura buena ex compañera. ¿Quién me dio este consejo? Y para el viaje de novios, un avión de Ryanair sin asientos, para que la futura ex pareja se vaya acostumbrando a la incomodidad. Mientras, en China, esa “potencia emergente”, nuevo modelo a seguir, los ejecutados en las calles se cuentan a decenas. Giro las páginas y en los “Breves” de sucesos me encuentro con que piden ayuda para la identificación del cadáver de un indigente. Junto a la foto del hombre anónimo, los números de teléfono de la policía. Incluso muertos necesitamos una identidad. Debía ser un realista acérrimo. Quiso huir, pero no nos dejan. Por lo demás, si su intención es casarse, ya sabe. Que le sea leve.
UH, 14/07/09
