miércoles, 28 de agosto de 2019

Verano 2019 (julio-agosto)


02/07/19
El día del orgullo, quedé con un amigo para tomar una copa –al final fueron dos– y hablar de la vida. Antes, estuve de cena con los alumnos del taller de escritura. El ambiente festivo –¿existen días no festivos en el verano mallorquín?–, la confianza entre los comensales después de meses compartiendo relatos –una variante de ese hablar de la vida tan civilizador– y las cañas –imprescindibles cuando el calor arrecia– hicieron que la cena virara del lado de la confidencia y el deseo. Todos guardamos deseos no saciados y esa pequeña o puede que gran frustración es la que nos hace avanzar, escribir, amar no todo lo bien que querríamos. Una vez solo –ni siquiera eran las doce de la noche cuando nos despedimos, las cenas en verano nunca deberían terminar antes de la medianoche–, me quedé cara a cara con mis expectativas frustradas. Era noche, verano, y las calles se veían repletas de gente atractiva y banderas arcoíris. Era de locos retirarse tan pronto. La vida exigía plática y una última copa. Llamé a uno de los pocos amigos solteros que tengo y le propuse brindar por la vida y las noches de verano. Por suerte, aceptó y a los veinte minutos estábamos acodados en la barra de un local de la calle Sant Magí. Me sentía bien, orgulloso, y no tenía idea de por qué.  

16/07/19
Esa época del año en que tu hija adolescente te pide que le saques hora para cortarse el pelo y depilarse pero no hay horas disponibles en las peluquerías de la ciudad durante los próximos cien años. Ese lapso de tiempo eterno y sin embargo fugaz en el que resulta del todo imposible encontrar taxis libres salvo en el aeropuerto. Ese lugar mítico en el que poder al fin descansar si no fuera por esa ola de calor recurrente que te hurta la posibilidad de un descanso medianamente digno. Ese instante que los dioses te conceden para terminar de arreglar esas cosas que fuiste dejando relegadas por abulia o falta de tiempo o planificación y que un año más seguirán como estaban porque los materiales se agotaron, los pedidos no llegan o el instalador se equivocó de dirección. Esa posibilidad de cenar en aquella terraza con vistas al mar que durante tantos meses se coló en tus sueños y que no dispone de mesa libre hasta mediados del mes de octubre. Ese paréntesis en la vida cotidiana que nos enfrenta a todos los contratiempos propios de la vida cotidiana. Y, pese a todo, hay que ver cuánto te queremos, verano.

30/07/19
Tengo un amigo que asegura que entre el quince de julio y el quince de agosto siempre suceden cosas importantes, que en esa treintena de días la vida se tensa y nos coloca frente a situaciones capaces de cambiarnos la existencia. No en vano, durante las vacaciones estivales el número de divorcios se dispara. Conozco parejas que, llegado el verano, deciden separarse un mesecito para así salvar su matrimonio. Sea como fuere, estos días la vida me ha situado frente a diferentes pruebas y he llegado a temer no solo por mi matrimonio sino también por mi salud mental. Todo empezó con la rotura del portón del garaje. A este contratiempo siguieron: el atasco del inodoro del aseo, una avería en el router que nos dejó sin wifi en casa, el extravío del toldo que compramos, problemas con el diferencial del cuadro eléctrico, el foco fundido de la piscina… A fecha de hoy, sigo sin wifi y sin poder disfrutar de la sombra en el jardín de casa durante las mañanas, pero gracias a los tutoriales de YouTube logré arreglar el portón del garaje, desatascar el inodoro y cambiar el foco de la piscina. O dicho de otro modo: debo la buena salud de mi mente y de mi matrimonio a Internet. Para que luego me vengan con desconexiones.

13/08/19
Tal vez porque estamos a trece de agosto y ya es mucho verano acumulado en nuestras espaldas quemadas, le da a uno por ver Un viaje hacia el fin de los tiempos, de John Boswell. Esas imágenes del final de todo –y este “todo” incluye la desertificación del planeta, las algas acumuladas en las playas de sa Ràpita y ses Covetes y la posible repetición electoral– le llenan a uno de paz y ganas de hacerse con un acelerador de tiempo en condiciones. Acelerar a todo trapo hasta que el tiempo no tenga ningún sentido porque no exista nada, ni siquiera Vox. Entonces ya no hará falta embadurnarse de protector solar ni cambiar de dieta para así frenar el cambio climático. Los dueños de la Tierra no tendrán que disimular, podrán admitir que ya dan por perdido el planeta, que ya no hay marcha atrás posible. De ahí los intentos desesperados por buscar otra casa que arruinar. De ahí la aceleración del Programa Explorers de la NASA. De Ahí el telescopio espacial TESS. Ya me imagino a los especuladores inmobiliarios frotándose las manos mientras observan la recreación de la superficie virgen del exoplaneta LTT 1445Ab, recientemente descubierto.

27/08/19
Escribo en calzoncillos mientras, por los altavoces de la Tap, C. Tangana asegura querer tener dinero para repartir. Hace poco me enteré de que en una ciudad de España habían vetado la actuación de este rapero. Desconocía al personaje, así que googleé su nombre. Lo primero que le escucho, antes incluso que su Mala mujer, son insultos dedicados a la monarquía española y una defensa encendida de Evaristo Páramos, ex vocalista de La Polla Records. Algo no me cuadra. ¿En qué ciudad lo habían vetado? Vuelvo a Google para obtener la respuesta: Bilbao. Hay un vídeo en el que dos dirigentes de Podemos dicen no poder permitir que una institución pública como el ayuntamiento de Bilbao contrate a un grupo que reproduce estereotipos machistas. Entonces presto atención a sus letras y, sí, dice “puta”, y dice también que solo se acuesta con modelos, que basta con tener dinero, etc. Hay cosificación, altanería e incorrección. Enseguida pienso en algunos columnistas de este país. Pienso en infinidad de bandas y canciones, en libros y declaraciones y chistes que viajan de grupo de WhatsApp a grupo de WhatsApp, y se me ocurre que tal vez estaría bien detenernos todos un momento y respirar. ¿Nos calmamos?


jueves, 8 de agosto de 2019

El escritor postrado

El viernes 5 de julio quedé con Gemma Marchena, periodista de Última Hora, para hablar de Mi Berghof particular. Nos vimos en La Biblioteca de Babel, donde unas horas después iba a presentar la novela junto a Joan Payeras y Nadal Suau. He aquí el resultado de esa charla. Nunca he sido muy bueno en las conversaciones cara a cara. Necesito el contacto de las teclas del ordenador en las yemas de mis dedos para pensar con un mínimo de claridad. Con todo, fue una cita agradable. Ahora, Gemma y yo somos amigos en Facebook. Eso que he ganado. 


lunes, 29 de julio de 2019

Palabras de Joan Payeras durante la presentación de Mi Berghof particular



De izq. a der.: Joan Payeras, Javier Cánaves y Nadal Suau

Como estoy aquí en calidad de primer lector de la novela, de lector anterior a su publicación, me ha parecido pertinente emplear para mi intervención la carta que mandé a Javier al acabar de leer Mi Berghof particular. La encontré por casualidad, cuando estaba dándole vueltas a qué contaros hoy, a cómo hablaros del libro. Y enseguida me di cuenta de que me podía servir, porque creo que traslada lo que sentía justo al terminarla, y puede que eso sea lo que se espera de mí. Para otras lecturas, sin duda más lúcidas, ya tenemos a Nadal Suau. Así que os leo mi carta a Javier: 

“Buenas, Javi. Antes que nada hay que apuntar dos cosas. Por un lado, siento la necesidad de escribir sobre la novela y eso es muy buena señal. Significa que me ha hecho pensar, y además creo que hay en ella uno (o varios) debates latentes. En segundo lugar, es una novela ambiciosa, posiblemente la más ambiciosa de las que has escrito. Eso es genial y peligroso, porque hay que juzgarla como tal. Creo que, inconscientemente, no empleamos el mismo baremo para juzgar, por ejemplo, el Viaje al fin de la noche de Céline que La mujer zurda de Handke. Sin querer, no les pedimos lo mismo, y eso hace que a veces seamos injustos.

¿Y por qué me parece más ambiciosa esta? Leyendo algunas de las primeras entradas del plano no ficcional, podríamos pensar lo contrario. Lo escondes dándole ese aire cotidiano, casi de no saber hacia dónde va todo, asegurando que sólo pretendes poner orden en tu interior, aclararte las ideas. Pero la novela avanza y adquiere otras dimensiones. Los temas se elevan, vamos profundizando o, mejor, viajando constantemente de la superficie al fondo de las cosas y a la inversa. Y la novela se va encontrando con la idea de felicidad, es decir, del sentido de la vida, y también del sentido de la escritura, entre otros temas.

Tu Berghof, Javier, propone una lectura activa, abre interrogantes, y amplía, que diría Houllebecq, el campo de batalla. A eso me refiero con mi impresión de que es la más ambiciosa. Y eso la engrandece, pero también la expone más. Por eso es también una novela valiente.

Recuerdo exactamente el momento en el que supe que la novela me había enganchado por completo. El instante en que me di cuenta de que era una novela diferente. Uno de los protagonistas, Sancevá, pasea por la playa imaginando varios argumentos para posibles novelas. Me dieron ganas de robarte alguno, por cierto. Ahí me enganché hasta el final. Ahí la trama empieza a funcionar como un conjunto de cajas chinas que atrapa, del que no puedes salir. Una novela dentro de otra novela, con lo que eso conlleva de reflexión sobre el proceso de escribir. Un narrador que se pregunta si tal o cuál elección sobre la historia será la correcta, si todo avanza como debe, mientras yo, lector, parezco un invitado de lujo a ese “reality” sobre el proceso de una novela de la que me hacen sentir tan cercano a su ensamblaje, a su creación.

Una novela ambiciosa, vuelvo a ello, tiene un gran enemigo: que sea fallida. No lo es en absoluto. Ha conseguido engancharme, entretenerme, hacerme reflexionar sobre todo lo que te he comentado: sobre la novela que quiero escribir y sobre la esencia misma de la literatura, sobre qué queremos decir cuando decimos que somos felices y sobre la búsqueda del sentido de la vida.

Me dejo muchísimas cosas en el tintero. Pero al terminar de leerla, necesitaba escribirte y escribir sobre ella, con urgencia, porque es una novela que me ha dado ganas de ponerme a trabajar en una, y ya sabes que eso es lo mejor que puedo decir de un libro. Hablamos con calma. Un abrazo y enhorabuena.”

Nada más. Muchas gracias.

Joan Payeras

     
          

                



lunes, 15 de julio de 2019

Fragmento de un discurso nunca leído


(...)


Según lo veo yo, existen dos tipos de escritores y, por lo tanto, dos tipos de novelas. Aquellas en las que el escritor se sienta a escribir sabiendo de antemano qué quiere contar. Las llamo novela argumento y, en principio, son menos dadas a la digresión. Luego están aquellas novelas en las que el escritor no se sienta sabiendo qué quiere contar; se sienta sabiendo que quiere contar –he aquí un gran ejemplo de la importancia de colocar bien las tildes–, pero no teniendo del todo claro todavía qué. En este caso, el escritor confía en que el tema, el argumento –de haberlos–, surjan y se manifiesten durante el proceso de escritura. Se trata de una opción más arriesgada pero también, al menos para el escritor –y ahora hablo de mí–, más estimulante. Digamos que uno siente la llama, algo en su interior pugna por salir, sin embargo, ese algo aún no tiene los contornos definidos. Es como una especie de voz en otro idioma que nos susurra, que no podemos ignorar. Uno se sienta y escribe para descubrir qué quiere escribir, así de simple y retorcido.

Digamos que en mi interior existen esos dos tipos de novelista. En el caso que nos ocupa –Mi Berghof particular–, cuando me senté a escribir no tenía muy claro sobre qué quería escribir. Estaba la intención de profundizar en mí, de ser sincero. La literatura como autoconocimiento, con intenciones terapéuticas, es algo viejo, muy manoseado, que concede una libertad tan peligrosa como tentadora. Eso me venía bien. No necesitaba bridas ni correas. Lo importante era escribir y, ciertamente, la rotura del tendón de Aquiles me facilitó algo la tarea. No había horarios laborales ni movilidad tentadora. Ese tendón roto había liberado un hilo del que tirar. Eso hice, tiré de él, me sumergí en la historia hasta que la historia tomó las riendas y empezó a tirar de mí. Creo recordar que en varios pasajes de la novela utilizo la palabra magia para hablar de esta inversión. Aun a riesgo de parecer simple, me ratifico en la idea.

En la contraportada del libro se habla de una estructura que funciona como lo hacen las cajas chinas. Como seguro sabéis, esta técnica narrativa consiste en meter una historia dentro de otra historia y ésta a su vez dentro de otra, y así. Ya había coqueteado con este recurso en mis novelas anteriores, pero es en Mi Berghof particular donde lo llevo más lejos. ¿Ganas de jugar? ¿De despistar? ¿Incapacidad de ceñirme a un solo discurso? Vaya uno a saber.

Pero además de las cajas chinas, creo interesante apuntar algo que me señaló uno de los primeros lectores de la novela, mi amigo Samuel Rodríguez. No me resisto a traer aquí su comentario: «Como lector, me resultó curioso lo que cuentas de la visión de Sofía y la realidad, todo estaba en el mismo plano para ella, sus vivencias, los cuentos que le lees, los dibujos animados... Es lo mismo que has hecho tú en el libro. Has puesto todo en el mismo nivel: Castell, Sancevá, Connie, el pie, la piscina, tus lecturas…». Y digo que es interesante señalarlo porque, según esto, la ficción y la no ficción se asientan en un mismo nivel, en un mismo plano, por lo que es difícil a veces establecer una línea divisoria nítida entre ellas. Por otro lado, ¿quién necesita líneas divisorias nítidas? ¿Acaso existen?

Sospecho  que en ocasiones hablo más de mí cuando escribo en tercera persona, es decir, cuando la novela se desarrolla en lo que he venido a llamar la parte ficcional –luego lo explico–, que cuando escribo en primera persona. Es posible que en la parte no ficcional, la parte escrita en primera persona, se establezca –sin buscarlo expresamente– un sentido de la prudencia mayor. En cambio, a través de los distintos personajes –Alberto Sancevá, Nuria Tamena, Jaime Castell, Cecilia Polsen, Pedro Capllonch…– puedo dar rienda suelta a las obsesiones y miedos que viven en mí no siempre de manera consciente.

Y esto me lleva a hablar de nuevo de los planos de la novela. Al margen de las cajas chinas, de las tramas y subtramas que se ponen en marcha, podemos decir que en Mi Berghof particular conviven más o menos en pie de igualdad dos planos: el ficcional y el no ficcional. El no ficcional, es decir, aquel en el que no cabe el fingimiento, es un plano muy aferrado al día a día. En él me autoimpongo la obligación de no mentir, si bien desde el principio pongo en tela de juicio que algo así sea posible. Aquí se trata de escarbar sin sopesar las consecuencias, pero solo los locos y los héroes –si es que son cosas distintas– son capaces de dejar de lado las consecuencias. La sinceridad exige de una vigilancia constante, y esta vigilancia puede ser agotadora. En cambio, en el plano ficcional, al separarme del yo biográfico –al menos, en apariencia– puedo bajar la guardia, dejar que todo fluya sin temor a la inexactitud o distorsión de los hechos inspiradores que sucedieron fuera del libro. Aquí no hay consecuencias, tengo a mi disposición el parachoques de la ficción, de la tercera persona, por lo que todo discurre sin filtros, sin temores… Y nunca nos damos más, nunca nos damos mejor –y esto va por todos– que cuando el miedo anda lejos.

Algo más quiero decir sobre los dos protagonistas de la parte ficcional: Alberto Sancevá y Jaime Castell. Ellos simbolizan las dos caras de esa moneda llamada literatura. O para ser más exacto: ellos simbolizan las dos maneras de enfrentarse a la escritura, al hecho creador. Sancevá guarda la ropa antes de saltar al río, no ceja en su empeño, pero se construye una casa por si acaso. La intemperie impone respeto. Castell, en cambio, se deja seducir por la palabra aventura, por las situaciones extrañas o extremas. Como si en ellas se agazapara algo importante. Los que nos dedicamos a escribir, diría que los artistas en general, aprendemos a vivir con estas dos tensiones o, por lo menos, en algún momento nos hemos visto tentados por una u otra y al final hemos tenido que elegir. Adelanto ya que uno de los mensajes del libro es que construir tu casa y guardar la ropa es algo que está bien. En el mundo del arte, las palabras aventura, riesgo o locura tienen muy buena prensa, pero no siempre son el mejor camino. Pienso que de algún modo en esta novela hay una reivindicación de la madurez sensata, en apariencia tan aburrida y poco estimulante.

Para terminar, me apetece compartir con vosotros una cita de Paul Auster incluida en el libro, una cita extraída de una entrevista que leí en no recuerdo qué periódico. Dice así: «Soy como una rata de laboratorio, experimento conmigo mismo. Me observo. Soy un ejemplo de ser humano. Uso mis experiencias como material narrativo con el fin de que el lector se sienta reflejado en algunas de ellas y pueda responder alguna pregunta, desvelar alguno de los misterios de la vida». Yo no aspiro a desvelar ningún misterio de la vida, pero si alguien se siente identificado con alguno de mis personajes, si consigo hacer reflexionar o emocionar o arrancar una sonrisa a algún lector, creedme, daré por bueno todo el tiempo invertido en la escritura de esta novela.

(...)


lunes, 8 de julio de 2019

"Un ejercicio literario surgido desde la inmovilidad corporal"



Jimy Ruiz Vega reflexiona sobre Mi Berghof particular en su estupendo blog El Fescambre. Traigo aquí algunos fragmentos:

Mi Berghof particular (Baile del sol, 2019) es un ejercicio literario surgido desde la inmovilidad corporal, un libro movido no tanto por el hombre racional que escribe un diario, sino por la misteriosa intimidad del narrador que lo habita, por los fantasmas que se esconden en lo profundo de su ser, el lugar propicio para desatar su escritura.

(…)

El objetivo de todo libro, tal como expone el narrador de Mi Berghof particular, no es otro que poner en marcha la escritura, sin tener que acotar el asunto a tratar. Lo que le importa es mantener una continuidad, un hábito.

(…)

El lector a medida que avanza en su lectura por las entradas del diario percibe cómo aflora una novela, que es la que se ha ido apoderando de un texto de diario autobiográfico hasta convertirse, sin freno ni límite, en otra cosa, en otra inventiva, en otro artefacto literario.

(…)

Esta es una obra ambiciosa en la que también están presentes la pasión y el amor, el libro más arriesgado de su autor, un making of de la creación literaria, un texto que vaga por las entrañas de la escritura, por la vida y por el tiempo, mediante una estructura de cajas chinas. Javier Cánaves muestra todos los entresijos de su reinvención artística y de su vocación de escritor desde el propio laberinto creativo, un lugar no exento de melancolía y doble vida.


domingo, 30 de junio de 2019

Pasen y lean



Todo empieza con la rotura del tendón de Aquiles del autor, hecho que pondrá en marcha una serie de acontecimientos que cambiarán su vida. En este viaje inesperado lo acompañarán un novelista fracasado que no termina de aceptar su condición, un profesor universitario atraído por la violencia y el abismo, una prostituta polaca que en ocasiones escucha una música secreta, un septuagenario empeñado en escribir sus memorias y un obrero colombiano adicto a la cumbia y las novelas de ciencia ficción.

¿Un ejercicio de exhibicionismo? ¿De sinceridad sin red? ¿De autoconocimiento? Javier Cánaves escarba en su interior y en el de sus personajes para tratar de dar respuesta a esas preguntas que, por comodidad, tratamos de eludir. ¿Es posible la sinceridad? ¿Quién soy? ¿Soy feliz? ¿Qué significa ser feliz? ¿A cuánto somos capaces de renunciar en nombre de la estabilidad? ¿Qué le pedimos al amor? ¿Y a la amistad? ¿Y al arte? ¿Qué significa ser escritor? ¿Es posible salvarse? ¿De qué se supone que deberíamos salvarnos?

Una novela que no es una novela o que son varias novelas que funcionan al modo de las cajas chinas. De ella se puede decir que es cerebral e impulsiva, ensimismada y valiente, tierna y cruda. Mi Berghof particular es una pirueta en la que el acróbata se lo juega todo por unos pocos aplausos. Pasen y lean.

jueves, 27 de junio de 2019

Resucitar a los muertos


En la ficción es posible resucitar a los muertos. He aquí algo en común entre el cristianismo, la literatura y los blogs. Efectivamente, he decidido devolver a la vida este viejo cadáver. ¿Por qué no? Me resulta estimulante escribir para siete u ocho personas, esta especie de intimidad crea vínculos fuertes, perdurables. Menuda tontería. Pero con tonterías así se forjan las grandes carreras. Tampoco es que yo pretenda una gran carrera. La carrera ya terminó y yo atravesé la meta con el pelotón de los tontos. El grueso del pelotón, qué gran familia. Digamos que ahora nos encontramos en el cóctel de después. Aquí estoy yo, uno más. Siempre es mejor ser uno más que uno menos. A vosotros, estos siete u ocho lectores, os diré que ha llegado el tiempo de la promoción. Efectivamente, tengo novela nueva, Mi Berghof particular, y toda novela nueva merece ser olvidada con un poco de pompa, sin empujones ni codazos. Qué no se diga que le negué alguna que otra caricia. En fin, por hoy es suficiente. Pero volveré. Mantendré este fuego encendido, aunque no caliente a nadie, ni siquiera al que lo revivió.


lunes, 8 de abril de 2019

El puto Marco Pantani de las letras

(Abril)


Esta mañana, a eso de la siete menos cuarto, se me ocurrió el principio de una novela que probablemente nunca llegue a escribir. Empezaba con un hombre saliendo de su casa aún de noche para tomar un avión. Ya en el taxi, seguía dándole vueltas a ese inicio. Por suerte, me tocó un taxista sin ganas de charlar. Para mi sorpresa, escuchaba la Ser. Una evidencia más de que el mundo que conocemos se resquebraja a marchas forzadas. Pasado el control de seguridad, la novela o, para ser más exacto, el arranque de la novela andaba en trámites de disipación. Pero las piernas de una rubia en minifalda reflotaron el proyecto. Fue inevitable imaginarse una especie de mujer fatal, una mujer instalada junto al asiento de mi protagonista. Esta suerte –al menos, así deben percibirlo lector y protagonista– funcionará a modo de detonante. Como escribiría el escritor de segunda que soy: pistoletazo de salida. Charla ligera pero medio intencionada. Nueva coincidencia en la fila de los taxis. Él mira hacia atrás y se encuentra la sonrisa de la rubia –que en mi relato será pelirroja–. Mi protagonista sopesa la posibilidad de proponerle compartir taxi. No, no es tan intrépido. Y, sin embargo –¡oh, milagro! Dios existe, cómo no va a existir– vuelven a encontrarse en la recepción del NH Núñez de Balboa. ¿Es posible tanta casualidad? ¿No vendrás al congreso de talleristas?, preguntará él, pero –ya es mala suerte– me ha tocado sentarme al lado de un compañero de trabajo, por lo que me veo obligado a interrumpir mis ensoñaciones y encarar una conversación perfectamente previsible sobre temas laborales. Ya en Madrid, todo es vorágine, mails y reuniones. Son casi las ocho de la tarde cuando salgo de la oficina. Voy directo al hotel. Me muero por sacarme el traje y tirarme en la cama para gigantes en la que dormiré esta noche y jugar al Block Puzzle que, a petición de mi hija, me instalé en el móvil la semana pasada. Después de una hora, me entra hambre, por lo que decido salir a explorar la zona. Acabo en una hamburguesería de diseño en la que la hamburguesa más barata cuesta doce euros. El encargado me pregunta si estoy solo. Suena horrible, dicho así. En la mesa, hablo con mi mujer y mi hija. Una video-llamada. Están en la cama de matrimonio. Mi hija me pregunta si ando con mis amigos. No, he venido solo, le digo. Las echo a faltar y a la vez me hace bien estar solo en tierra de nadie, con un libro, rodeado de extraños. Sin duda, el libro me da un toque demodé. El mundo se resquebraja, pero yo me hago fuerte en mi anacronismo analógico. Juego a verme desde fuera, pero pronto me aburro. Me entrego a la lectura: Natalia Ginzburg.  Se me ocurre, una vez engullidos los doce euros de carne de vacuno acompañados de una cerveza doble, que ahora sí podría empezar esa novela que imaginé. Pido la cuenta, deseo regresar al hotel para sentarme a escribir. Traje conmigo la Surface. Escribir a mano se me antoja un ocho mil inconquistable. En cambio, con un teclado, en una habitación de hotel, puedo convertirme en el rey del mambo, en el puto Marco Pantani de las letras. Sin pensarlo mucho, me pongo a teclear. No empiezo con la novela –todo lo que implique más de un día de trabajo queda relegado a ese lugar medio fantasioso llamado “cuando tenga tiempo”–, sino que tecleo sobre el principio de la jornada, cuando salí de casa y aún era de noche. Vuelve a ser de noche. La una. Algo más de seiscientas palabras. No está mal. Cosas que pueda terminar al poco de ser iniciadas, ahora mi actividad literaria debe ceñirse a esto. Empezar, terminar y a otra cosa. Creo que se trata de la primera crónica de hotel que escribo en mi vida. Brindo con agua del grifo y me meto en la cama. Buenas noches.


miércoles, 13 de marzo de 2019

Un tipo duro



Es un tipo duro que no ha tenido una vida fácil y que se pasa el santo día diciendo que a duro nadie le gana y que su vida, ay, no ha sido un camino de rosas. Sabe lo que es la pobreza, el hambre, la traición, el dinero fácil, las drogas, la cárcel, etcétera. Pese a todo, siempre fue alguien de una sola pieza: inquebrantable, recto, con un hondo sentido de la lealtad. Llegados a este punto, se apresura a decir que nunca fue un santo, que su paso por la cárcel no fue un error, pero a lo hecho, pecho, en fin, imagino que ya se hacen una idea. Con un tipo como él, Clint Eastwood levantaría una obra de arte, pero el problema es que ha caído en mis manos y solo dispongo de algo más de doscientas palabras y ya me he comido más de la mitad presentando al protagonista —le di mi palabra— de esta columna. Cuando me lo encuentre en el bar una mañana de estas, me pedirá explicaciones y me recordará lo duro que es y lo jodida que ha sido su vida y yo me excusaré diciendo que una mala tarde la tiene cualquiera pero que otra semana le escribo la columna que se merece un tipo duro como él, que no tuvo una vida fácil, etcétera.  


ÚLTIMA HORA, 12/03/19

Mejide-Espada



Cómo sustraerse a opinar sobre el affaire Mejide-Espada. Al ex jurado de OT hay que reconocerle el mérito, al alcance de muy pocos, de hacernos menos odiosa (al menos, durante un minuto) la figura del polemista Arcadi. Del espectáculo televisivo (tiene más de espectáculo que de polémica, a qué engañarnos) podemos extraer algunas conclusiones. Como, por ejemplo, que nuestra querencia por las hogueras públicas, precedidas de juicios sumarísimos (tan comunes en las guerras civiles y las redes sociales), sigue gozando de una fantástica salud. Que, como ya han apuntado muchos en diferentes foros, el sentimentalismo ha ganado por goleada al razonamiento sereno, de lo cual nuestros políticos tomaron nota hace tiempo. El relato sentimental (y, a la fuerza, simple) nos espolea; la argumentación más allá de los 140 caracteres (o 280) nos aburre. Lo importante es encontrar un mantra, una buena banda sonora, capaz de movilizarnos. Hay españoles de bien y españoles de mal, buenos y malos catalanes, etc. Del «me cae mal» colegimos de manera automática la falta de razón del reo, de ahí que sea del todo lógica la supresión del derecho de defensa. ¿Para qué perder el tiempo (y la audiencia) si está claro que es culpable?


ÚLTIMA HORA, 26/02/19

domingo, 17 de febrero de 2019

El espíritu del tiempo


Un novelista que se precie debe tener olfato para los temas importantes, aquellos que contienen lo que los intelectuales llaman el Zeitgeist. Las últimas semanas han venido cargadas de acontecimientos que un novelista que se precie no debería pasar por alto. Pienso, por ejemplo, en el drama de los taxistas. Que tus dioses de siempre, los que guardaban el panteón de tus esencias, sean desbancados en un abrir y cerrar de ojos por los dioses imberbes de los nuevos tiempos, sin duda debe colocarte en una situación complicada. No tener a quién seguir, en qué creer, puede abocar en una especie del síndrome del abandono, tan perjudicial para el que lo sufre como para el que lo padece. He aquí el conflicto y, como todo el mundo sabe, no hay relato sin conflicto. En literatura —y esto va de contar historias— el punto de partida siempre ha de ser un asunto concreto, por ejemplo, un taxista madrileño con foto de Franco en la guantera. De ahí deberemos llegar a un sentimiento abstracto, como el de abandono o frustración. Es más, de esta situación concreta deberemos llegar al Zeitgeist, el espíritu del tiempo, a esta ola gigante, incontenible, que amenaza con llevarse por delante a todo aquel que no reme a su favor.

ÚLTIMA HORA, 12/02/19

martes, 12 de febrero de 2019

Algo sobre Serotonina, de Michel Houellebecq


El protagonista de la última novela de Houellebecq es Francia. Decir Francia es decir Europa, es decir la sociedad occidental. Para potenciar el desmoronamiento que sufre el protagonista, Houellebecq utiliza una metáfora: Florent-Claude Labrouste. Hábilmente, Houellebecq desplaza el foco del protagonista a la metáfora que utiliza para mostrar (denunciar) el hundimiento general. Así, el hundimiento de Florent-Claude Labrouste es en realidad el hundimiento de Francia, de Europa, de la sociedad occidental. ¿Y cuáles son esos males que aquejan a su protagonista, es decir, esos males que nosotros, los accidentales, los europeos, padecemos, esos males que nos arrastran a la irrelevancia, es decir, a la desaparición? Básicamente, el conformismo, la incapacidad para la lucha. Según Houellebecq, esa parálisis se llama socialdemocracia. Así, Florent-Claude Labrouste es alguien que desprecia la socialdemocracia por haberse olvidado de aquellos a quienes debía proteger. ¿Proteger de qué? De la globalización, claro. Por esto mismo, Florent-Claude Labrouste se desprecia a sí mismo. Al fin y al cabo, él tampoco fue capaz de proteger (conservar, cuidar) aquello (lo único) que realmente importaba, lo que daba sentido a su vida.

domingo, 3 de febrero de 2019

Ruleta rusa


Hablar de amor estando casado es lo más parecido a jugar a la ruleta rusa. Pero a mi lado kamikaze —al que también llamo mi lado Christopher Walken— jamás le interesaron las consecuencias. Un columnista sin lado kamikaze es como un delantero centro sin gol. Salvo que seas Benzema, lo tienes claro. En fin, me dejo de preámbulos. Primera confesión: yo también he fingido. Sin fingimiento no hay literatura ni buen sexo, principales ingredientes de esa cosa llamada amor. Pessoa lo sabía. Lo que no sé si sabía es que en el sexo entre cónyuges muy a menudo intervienen tres, como mínimo. El que seguro lo sabía es Perales, José Luis. La disyuntiva verdad/mentira con que se manejan las parejas suele ser mentira, pero encierra una verdad incuestionable. Por mucho que nos empeñemos, el amor no es progresista: está lleno de muros, pactos en la sombra, devoluciones en caliente… Su hábitat natural no es el aire, sino la paradoja. Hay que salir del amor para saberlo posible, pero conviene no extraviarse, al menos, no demasiado. Al contrario de lo que sucede con el fuego, cuánto más lejos más quema, si bien es cierto que un poco de aire nunca viene mal.

 ÚLTIMA HORA, 29/01/19

Las viejas certidumbres


ÚLTIMA HORA, 15/01/19