martes, 9 de octubre de 2018

Erogación


En la pantallita de la máquina expendedora de cafés que hay en el merendero de la empresa donde trabajo, aparece la palabra “erogación” mientras el café seleccionado anda preparándose. Lo cachondo no es que una máquina expendedora de cafés te enseñe una palabra nueva; lo cachondo es imaginarse al técnico de turno mientras programaba la máquina. Te lo imaginas con un compañero en el momento clave. Dice uno: «¿Le meto ya lo de en preparación?». El otro: «No sé, me apetece innovar. Nuestro trabajo es rutinario y no digo yo que la rutina esté mal, de hecho, creo que la rutina nos mantiene cuerdos y nos permite pensar en asuntos elevados, pero a veces hace falta darle una vuelta a las cosas, salirse por donde los demás menos lo esperan». Entonces se produce un silencio hecho de confusión y expectativa. «No te pillo», acaba por decir el primero. «Sorprendamos al futuro consumidor de cafés, agitemos sus neuronas. Si queda gente en el mundo que lee los mensajes que aparecen en las pantallitas de las máquinas expendedoras, regalémosles una experiencia diferente». «Me das miedo». «Confía en mí. Creo que ya lo tengo. Erogación, del verbo erogar. ¿No es genial?». El compañero duda unos instantes. Finalmente, dice: «Hazlo tú, yo paso de mancharme las manos».


ÚLTIMA HORA, 09/10/18

miércoles, 3 de octubre de 2018

El Leopoldo María Panero del articulismo balear


Viernes

Me para un conocido por la calle y me dice: «Joder, esta mañana he leído tu artículo en Última Hora y no he entendido nada. Tío, es que siempre me pasa lo mismo contigo. ¿Tú fumas algo antes de sentarte a escribir? Es que te lo digo en serio. Lo he leído dos veces a ver si lo pillaba y ni por estas. Y escribes bien, eh, que no digo yo que no, pero, joder, es que no hay por dónde pillarte». Yo sonrío mientras mi mente busca una respuesta a toda velocidad. Se me ocurre que podría decirle algo del tipo: la inteligibilidad está sobrevalorada, pero se me antoja demasiado arriesgado. Al final, después de consultarlo con mis zapatos y los adoquines del suelo, le suelto: «A ver si en el próximo…», y lo dejo ahí. Nos despedimos. Sigo mi camino sintiéndome el Leopoldo María Panero del articulismo balear. 


miércoles, 29 de agosto de 2018

Hada de Fresa


Pienso en esos canales de YouTube destinados a un público infantil de entre dos y seis años. Me estoy refiriendo a canales tipo Hada de Fresa. Hasta donde sé, podría decirse que estos canales han puesto de moda lo que podríamos denominar meta-animación. Por hacerlo breve: los creadores de las historias retransmitidas en estos canales ponen en juego todos los recursos clásicos de la ficción salvo el que podríamos presuponer el recurso básico: la inmersión ficcional. En estos canales, se prescinde totalmente del arte de hacer creer que lo que se cuenta “sucedió de verdad”. Ahí están las manos que mueven los juguetes, las voces cutremente impostadas, los cortes abruptos, mal ensamblados, etc. Que estas propuestas hayan triunfado entre el público infantil merece algún tipo de reflexión. Se me ocurre que ese no disimular, ese mostrar a las claras cómo se hace, consigue que los destinatarios de estas historias las perciban como más cercanas o posibles. Matización: más que la verosimilitud de la historia narrada, lo que aprecian los niños es la verosimilitud de la voz, es decir, del narrador. Y no lo olvidemos: si el narrador nos conquista, ya nos puede contar milongas, que las recibiremos de pie, aplaudiendo, felizmente entusiasmados.

ÚLTIMA HORA, 28/08/18

miércoles, 15 de agosto de 2018

No agitar, peligro


Hay aguas que es mejor no agitar. Pensar que un gobierno autoritario es capaz de permanecer 40 años en el poder por el simple uso de la fuerza es de ingenuos. Si zarandeas al monstruo corres el peligro de despertarlo. La paz se construye y se mantiene, entre otras cosas, con resignación y pragmatismo. El posibilismo no debería ser visto como renuncia, sino como manifestación de madurez. Si te empeñas en el derribo de un monolito del que todo el mundo había olvidado su tufo, corres el riesgo de convertirlo en lugar de peregrinación y símbolo de resistencia contra una supuesta nueva tiranía, das alas a los que solo entienden la convivencia desde el enfrentamiento feroz. Nada menos efectivo para fomentar la lectura que las campañas de fomento de la lectura. Dile a alguien que es tonto por no abrir un libro en todo el año y empezará a alardear de su supuesta estupidez. Gestión del día a día, asumir el mundo en que vivimos, renunciar a las lecciones de moralidad. Que sean nuestros actos los que hablen por nosotros. El reto es mañana, no ayer. Y el día de hoy. Manos a la obra.


ÚLTIMA HORA, 14/08/18

martes, 7 de agosto de 2018

Los Retros [fragmento]





«Prepara tu petate, poeta. Esta tarde nos largamos».
     No me gusta que me llamen poeta, pero no dejo que el malestar se refleje en mi cara.
     «¿Se retiran al fin?».
     «Las bigotudas reculan. El edificio es nuestro».
     Tardo unos segundos en responder. Cuando digo «perfecto», Pablo ya ha desaparecido. Me pongo en pie y miro por el ventanuco. No registro actividad. El edificio de enfrente parece abandonado, no respira. Sin embargo, después de años de contienda, uno aprende a desconfiar de las apariencias. Pero Pablo es uno de los voceros del capitán, se supone que sabe de lo que habla. Se trata de otra pequeña victoria, seguimos avanzando. Me doy vuelta y miro el rincón donde solía dormir Lucas. Ya hace dos semanas que duermo solo. Imagino que a partir de ahora mi situación cambiará.
     Todos los que conformamos la compañía nos situamos frente a la entrada principal del edificio. Se trata de territorio conquistado, no corremos riesgo. A un lado, los hombres; al otro, las mujeres. Ellas permanecen en silencio, la vista clavada en la tierra; nosotros, en cambio, soltamos grandes risotadas. Alguien escala un montículo de escombros y suelta las proclamas de rigor: «¡Dios salve al Capitán!». «¡Arriba el Movimiento!». «¡Muerte a las Bigotudas!». ¿Acaso esta guerra era contra la imaginación? El ambiente es festivo. De un modo espontáneo, se ha organizado un campeonato de lanzamiento. Hierros afilados atraviesan el aire, también pedruscos. El Capitán se demora. Al fin aparece acompañado de su escolta. Dejan de volar objetos, el silencio cae sobre nosotros como algo ajeno a nuestra voluntad.
     «Hoy, gracias al valor de nuestros hombres, estamos más cerca de nuestro objetivo. En pocas semanas, la ciudad será nuestra, el orden volverá a reinar. De los doce sectores, ya controlamos ocho. Solo debemos lamentar una baja en este último enfrentamiento. Se llamaba Miguel. Murió en combate, la mejor muerte que un hombre puede tener. Por el contrario, cayeron dieciocho Bigotudas e hicimos seis prisioneros, cuatro hombres y dos mujeres. A partir de esta tarde, las mujeres estarán disponibles. Dios está de nuestra parte. ¡Arriba el Movimiento!».
     Vítores, abrazos, puños en alto. Me fundo en abrazos fugaces. Caras sucias, peludas, desfilan frente a mí. Todos convencidos. Yo, una cara sucia y peluda más, también grito con fuerza.

*

A los auténticos convencidos se les distingue porque, en la contienda, al lanzar los cascotes o las lanzas, depositan la punta de la lengua sobre el labio superior y arrugan la nariz. Pablo siempre hace lo mismo. He compartido ventana y trinchera con él en alguna que otra ocasión. Tras el lanzamiento, su cuerpo se queda rígido durante uno o dos segundos. Una temeridad, sin duda. Durante ese lapso queda expuesto, a merced del enemigo. ¿Un tic? Puede ser. O tal vez piense que esta actitud vaya en provecho de su puntería. Los convencidos suelen ser supersticiosos. Yo, por si acaso, imito su manera de proceder. En los últimos tiempos, el número de reclutamientos voluntarios ha crecido de manera considerable. La vida al margen de los bandos se ha hecho más dura. Ahora ya pueden prescindir de algunos de nosotros y los tibios no gozan de buena prensa, de ahí que al lanzar cascotes saque la lengua y arrugue la nariz. No quiero acabar como Lucas.
        El error de Lucas fue expresar sus dudas en voz alta. Se mostró compasivo con un recién llegado que no quiso rematar a uno de esos que se mueven por la zona intermedia, que no tomaron partido. El prisionero se negaba a colaborar, pese a los escupitajos y las patadas. Después de un par de horas, el capitán, visiblemente aburrido, ordenó que lo ejecutaran. «Dadle matarile a este picha floja. Que lo haga el nuevo, a ver de qué pasta está hecho». Por lo visto, la pasta no era de la mejor calidad. Se negó. Decía que no podía. El capitán, enfurecido, dijo: «Lo matas o te mato». El capitán, cuando quiere, sabe ser persuasivo. El nuevo agachó la cabeza y dejó caer la piedra que tenía en la mano. Lucas saltó en su defensa: «Otorguémosle una oportunidad, no somos animales. No les demos la razón a esos que nos tachan de brutos». Aquellas palabras fueron el principio de su fin. Esos que nos tachan de brutos –los Retros, nos llaman– son el enemigo. Está de más decir que ni Lucas ni el nuevo se encuentran ya entre nosotros.
        Lucas era mi compañero de habitación. Obviamente, estaba al tanto de sus inclinaciones. De sus debilidades, diría el capitán. Su problema es que le gustaba hablar, compartir. Le daba al coco y todo el mundo sabe que no hay nada como darle al coco para que broten las dudas. Decía cosas del tipo: «Defender el orden y la tradición no está reñido con cierta sensibilidad». O cosas como: «Creo que Dios no aprobaría nuestros métodos». O, por ejemplo: «No pienso que las mujeres sean inferiores, simplemente, su función es otra». La verdad, todas aquellas palabras me volvían loco, no lograba sacármelas de encima.
     A Lucas lo fueron arrinconando. El capitán dejó de hablarle y todos hicieron lo mismo. Eso me dejaba en una situación difícil. Compartíamos celda. ¿Podría haberme contaminado? Si bien Lucas era el responsable de mis desvelos, yo lo apreciaba. De todos modos, aprecio más mi vida, así que también dejé de hablarle. Él no forzó las cosas, no me obligó a tomar partido. Es algo que siempre le agradeceré. En tiempos de guerra, las cosas funcionan de este modo.




jueves, 2 de agosto de 2018

DOS SUCESOS (CASI) PARANORMALES

Ayer, una persona a la que conozco algo, me escribió tras haber leído Piscinas iluminadas. «Sí puedo decir», afirmaba tras unas primeras líneas dubitativas, «que me ha gustado mucho, es rica en léxico y en sentimientos, y profunda, y muy inquietante». Aquí, claro, mi sonrisa se estiraba. Pero la cosa no terminaba con esta frase feliz, seguía: «Si la hubiera leído sin conocerte no habría sabido qué pensar. Después de leerla conociéndote, todavía estoy más desconcertada». Fue leer esto y recordar una entrevista que le hicieron a finales de 2011 a Joaquin Phoenix. En un momento dado, el periodista le comentaba al actor que no parecía muy afectado por el hecho de haberse quedado fuera de la disputa por los Oscar, a lo que Phoenix respondía: «El gran objetivo de cualquier actor o cineasta hoy en día parece ser ir a los Oscar. Eso me resulta desconcertante. Quizás porque soy un idealista creo que la mayoría de películas deberían aspirar a tener una vida, encontrar a su público, conquistarlo, desconcertarlo... que tu aspiración máxima sea ganar un premio o vender muchos dvds me parece descorazonador». Encontrar tu propio público, seducirlo, desconcertarlo… y que comparta contigo ese desconcierto, esa inquietud. ¿Se puede pedir más? Sí, claro, ganar premios y vender mucho, ¿no?


Ya por la tarde, me recluí en un bar cerca de la oficina. Un par de horas para comer algo, tomarme una caña y leer con tranquilidad. Acabado el recreo y ya pagado lo consumido, la dueña del local o la que yo pensé la dueña me detuvo para decirme que mi cara le era familiar. Ella no me sonaba de nada, así que me limité a sonreír y encogerme de hombros. Lo sé, soy un tipo muy elocuente. La mujer abandonó la barra, se acercó a una mesita baja en la que había depositados algunos periódicos y agarró uno del montón, un ejemplar del Última Hora. Lo abrió por sus páginas centrales y con el dedo índice señaló la foto que acompaña los articulillos que me publican en este medio. «¿Eres tú?», quiso saber. Asentí. Me sentía algo desconcertado. Por su vehemencia, porque era la primera vez que alguien me reconocía a causa de esa pequeña foto en blanco y negro. «Al principio, por tu forma de vestir, pensé que eras un empleado de banca, de CaixaBank, aquí al lado hay una oficina, pero la cosa no terminaba de cuadrarme. Le estuve dando vueltas hasta que se encendió la luz. ¡El de los artículos!». «El mismo», sonreí. «¿Sabías que conozco a Meneses?». No, no lo sabía. «También escribe en el Última Hora. Una vez, le dedicó una de sus columnas a este bar. ¿La has leído? Está colgada en la pared del fondo». No la había leído. Me dirigí al lugar señalado. Leí la columna y volví a la barra. «Quién sabe, tal vez este encuentro me inspire un articulillo». Es todo lo que se me ocurrió. Ella: «¿Has comido bien?». Yo: «Muy bien». Parecía satisfecha. Yo lo estaba. Me despedí y salí al infierno. Debido al repentino aumento de mi estatura, casi golpeé mi cabeza con el dintel de la puerta.


lunes, 16 de julio de 2018

Tres artículos: Va de bandos, Eso del fútbol, Vaticinios

El otro día me dio por pensar en lo muy nacionalistas que son algunos destacados antinacionalistas. Imagino que no precisarán que les exponga ningún ejemplo; basta con que echen un vistazo al periódico que tienen entre las manos para encontrárselos. Al final, como en el fútbol o la literatura, la cosa va de bandos. Olvídense de toda esa retórica más o menos intelectual. O estás conmigo, o estás en mi contra. Al enemigo, ni agua. El bilardismo es norma universal. Lo del fair play solo sirve para anuncios de Nike y terapias de pareja. Pero me paso de frenada. Lo que yo quería comentar no pasa de anécdota banal. La otra tarde, un amigo –enemigo acérrimo del nacionalismo– se lamentaba por la falta de escritores autóctonos en los planes regionales de lectura dirigidos a los habitantes de la región en cuestión. Su comentario denotaba preferencia por el lugar de nacimiento de los escritores antes que por su obra. Como comprenderán, ni se me pasó por la cabeza hacérselo ver. A estas alturas de la vida, no me sobran los amigos. (ÚLTIMA HORA, 19/06/18)

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Pensaba –yo también– explicarles en qué consiste eso del fútbol. Para mí, que llegué a entrenar en Tercera División con el Atlético Baleares, este negocio no tiene ningún secreto. Entiendo que usted piense que sabe más de fútbol que yo, pero –no se engañe– no es así ni lo será nunca. Mi intención, nada más fallar el penalti Iago Aspas, era aclarar al mundo entero los motivos de la prematura eliminación de nuestra ultra defensiva selección nacional y, sobre todo, exponer lo que deberíamos haber hecho para alzarnos con la copa de campeones. Pero no voy a hacerlo. Y no es que tema ser llamado ventajista –me han llamado cosas peores–, o que no me guste hacer leña del árbol caído. Hacer leña del árbol caído está muy bien, aquí siempre nos gustó mucho. Pero no eso, para nada. Es que no quiero resultar cansino. Si de algo tenemos un stock excesivo en este país es de infalibles seleccionadores nacionales. No hay familia que no tenga el suyo. ¿Y qué me dice de sus amigos? Así que yo, infalible entre los infalibles, voy a ahorrarle otro discurso aleccionador sobre la selección española y su juego. Estoy seguro de que me lo agradecerá. (ÚLTIMA HORA, 03/07/18)

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Desde 2007, se vienen repitiendo con regularidad aplastante los vaticinios que anuncian diferentes finales, a saber: el de Europa, el de España, el de Mallorca. Europa se disolverá, España se romperá, Mallorca explotará. Sus enemigos nunca descansan, aseguran. A fuerza de repetirlo una y otra vez, con periodicidad semanal, es posible que alguna de estas predicciones se acabe cumpliendo. Cuando ocurra, nadie podrá alegar el típico «no nos avisaron»; lo hicieron, joder si lo hicieron. Por activa y por pasiva. Pero los aprendices de pitonisas tampoco podrán colgarse medallas en la pechera. Si me paso la vida diciendo que te vas a morir –no te conozco, lector, pero es algo que tarde o temprano ocurrirá, debes asumirlo–, llegará el día en que acierte el vaticinio. Eso sí, mi único mérito será el de la insistencia –y el del mal gusto. Hasta la fecha, la eternidad es atributo de Dios, los agoreros y nuestras ganas de ponerlo todo patas arriba. En esas estamos, como siempre. ¿Acaso no es divertido? (ÚLTIMA HORA, 17/07/18)

miércoles, 13 de junio de 2018

La zeta


Si usted quiere ser presidente de España, es conveniente –no imprescindible– que la zeta se encuentre en sus dos apellidos. Digo esto ahora que se inicia, según todos los medios, la carrera por la sucesión de Mariano Rajoy. Los números y la historia han de servir para algo. Ahí tienen a Adolfo Suárez González, Felipe González Márquez, José María Aznar López, José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez Pérez-Castellón. Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo y Mariano Rajoy Brey fueron anomalías, excepciones a la regla patria. Además, miren cómo entró uno y acabó el otro. Es cierto que tanto María Soraya Sáenz de Santamaría Antón como Alberto Núñez Feijóo​ poseen la última letra del abecedario en su primer apellido, pero ¿no sería mejor ir sobre seguro? Ahí tienen la opción de Juan Ignacio Zoido Álvarez o la de nuestro José Ramón Bauzá Díaz. ¿Y por qué no apuntar más alto? ¿Qué tal Zinédine Zidane? Entiendo que todavía es precipitado, que la mayoría aún nos encontramos en estado de shock por lo sucedido el pasado 1 de junio, pero no conviene retrasar las cosas. Dicho queda.

ÚLTIMA HORA, 05/06/18

miércoles, 23 de mayo de 2018

Nosotros, los mejores


Nosotros, los mejores, jamás dudamos. Por eso, somos buenos con los buenos y malos con los malos. No creemos en la Biblia, pero nuestros comentarios en redes sociales y realidad paralela se rigen por el óptico mandato bíblico. Intransigentes con los intransigentes, injustos con los injustos, crueles con los crueles. Lo de la viga en el ojo propio (por seguir con el tono evangélico-oftalmológico de estas palabras) jamás nos hizo pestañear. Es más, somos capaces de detectar las pajas en otros ojos antes incluso de que estas alcen el vuelo. En contra de lo que cabría pensar, ser los mejores no es tarea sencilla. Soportar el peso de la verdad no está al alcance de cualquiera. Cargamos orgullosos con esta responsabilidad. El mundo nos necesita, somos los elegidos; no podemos permitirnos dudar. La duda es un lujo de la clase media acomodada. La duda es uno de nuestros mayores enemigos, el principio del fin. Somos los mejores y debemos seguir siéndolo a toda costa. Cueste lo que cueste. Por eso, somos buenos con los buenos y malos –incluso muy malos– con los malos.


ÚLTIMA HORA, 22/05/18

viernes, 18 de mayo de 2018

Tras la lectura de «En la estepa», de Samanta Schweblin, con los alumnos del taller

(o una técnica sencilla y efectiva para armar un cuento)

Al final escribir un cuento no deja de ser contar una historia haciendo trampas. Las trampas son las que hacen la historia interesante. Hay trampas sutiles y trampas obvias, pero incluso con trampas obvias se pueden construir cuentos interesantes, resultones, buenos.

Samanta Schweblin hace trampas y no se preocupa mucho en disimularlas. La gracia de sus cuentos estriba precisamente en esas trampas.

La técnica es sencilla. Schweblin convierte una situación en un cuento. Esta transformación la consigue gracias a “la trampa”. Pensemos en el cuento «En la estepa».

Situación: una pareja que quiere tener hijos. Recurren a todos los métodos conocidos. Lo desean con mucha fuerza y están dispuestos a cualquier cosa. El cuento podría hablar de la relación de esta pareja, de la alteración de sus estados de ánimos (de la ilusión a la desesperanza, etc.), de las personas a las que recurren, de las conversaciones con amigos en situaciones similares, etc. Ahí todavía no tenemos un cuento, tenemos una situación. Bien. Lo que hace Schweblin es sencillo: sustituye la palabra “hijo” por la palabra “criatura” y deja que esta nueva palabra “impregne” el relato. Si en vez de buscar un hijo buscan una criatura, ya tenemos el cuento (y el cuento es otro, o sea, se ha transformado). Pero no debemos olvidarnos de la idea inicial. De ahí los tratamientos de fertilidad y todas esas cosas “raras” que las personas  llegan a probar con la esperanza de quedarse embarazadas…

Por otro lado, comprobemos lo clásico que es el cuento en su estructura:

- Planteamiento: presentación de los personajes y situación actual
- Punto de giro: encuentro de Pol con los que sí lo consiguieron
- Nudo: la escena de la cena en casa de los afortunados
- Punto de giro: Pol decide entrar en el cuarto donde guardan a la criatura
- Clímax: el encuentro de Pol con la criatura (nos lo obvia, solo nos entrega las consecuencias de ese encuentro).
- Desenlace: la huida de los protagonistas.
           
¿Ha cambiado algo en ellos? Diría que sí, sobre todo en Pol, al que parece no importarle atropellar a una de esas criaturas si se cruza en su camino…

Lo que decía: sencillo y efectivo.

Eso sí, está claro que existen mil maneras diferentes para escribir un buen cuento. Esta es sólo una de ellas.


domingo, 29 de abril de 2018

DECÁLOGO PARA FUTUROS NOVELISTAS

1. No pierdas ni un minuto de tu tiempo en la lectura de decálogos para futuros novelistas. Sólo sirven para demostrar que el aburrimiento y el deseo de admiración son motores incuestionables para la escritura más o menos creativa.

2. El hecho de que hayas llegado, pese a la advertencia del punto 1, al punto 2 significa que no tienes muy en cuenta las advertencias de los escritores que pierden su tiempo elaborando decálogos que saben inútiles. Estás en el buen camino.

3. Un decálogo para futuros novelistas no deja de ser un tópico que difícilmente admite sorpresa o emoción. Si aspiras a tener una carrera exitosa, huye de ellos, que sean otros los que pierdan su tiempo en su elaboración.

4. Si aspiras a tener una carrera exitosa (como novelista, se entiende), significa que alguien te ha engañado o que padeces una desviación importante en tu capacidad de comprensión del mundo que te rodea.

5. Si padeces una desviación importante en tu capacidad de comprensión del mundo que te rodea ya tienes una de las cosas que se precisan para construirte una carrera  exitosa como novelista.

6. A diferencia de lo que ocurre con los poetas, la falta de ingresos monetarios derivados de la venta de tus novelas será motivo de mofa de todos los que no entienden que alguien con más de cuarenta años pierda su tiempo inventando historias.

7. Inventar historias, de eso va ser novelista (por si creías que tenía que ver con asuntos más elevados).

8. Si crees que esto de escribir novelas es algo elevado, lo tuyo no es ser novelista. Estás a tiempo de pasarte al mundo de la gastronomía, el auto-conocimiento o la poesía trascendental de inspiración nipona.

9. Si lo escrito en el punto número 8 te ha molestado, es que lo tuyo no es ser novelista. Tampoco poeta, por supuesto.

10. El hecho de que hayas llegado, pese a la advertencia del punto 1, al punto 10 significa… Bueno, no sé qué significa. Tal vez seamos amigos o conocidos o sentiste curiosidad. La curiosidad es otro de esos motores incuestionables para la escritura más o menos creativa.

 

miércoles, 18 de abril de 2018

Mi móvil y yo


Ya puedo respirar tranquilo: es posible vivir sin móvil. El mundo no deja de girar, la vida continúa. No se producen migraciones masivas de familiares y amigos, no se secan los mares ni se abre la tierra. Deben creerme, hablo desde la experiencia; no soy uno de esos tipos que andan por la vida inventando historias. El viernes me dejé el móvil en el trabajo. Es tentador pensar que cosas así no suceden. Uno puede olvidarse el paraguas, la chaqueta, aquello que compró para su esposa… pero ¿el móvil? Pues sí, yo soy la prueba. Al percatarme, reconozco que atravesé un instante de pánico. ¿Dos días y medio sin móvil, desconectado del mundo? Traté de tranquilizarme. Recurrí al tópico, para algo han de servir: evoqué mi infancia y buena parte de mi juventud. ¿Acaso no vivíamos la mar de bien? Surtió efecto. La noche del domingo alardeaba de entereza frente a mi mujer. Ni un momento de ansiedad, le decía. Al llegar al trabajo, el móvil me esperaba sobre mi mesa con un mísero 1% de batería. Había aguantado. Por los pelos, pero había aguantado. Como yo. Dos tipos duros, resistentes, eso es lo que somos.


ÚLTIMA HORA, 27/03/18

Conspiradores


Dos hombres. Rondarán los cincuenta. Se han instalado en una mesa cercana a la mía. Finjo leer los poemas del último libro de Ben Clark, pero en realidad trato de captar lo que dicen mis vecinos. Como conspiradores de otra época, hablan en susurros –hoy en día los conspiradores desconocen el término “discreción”–. «Hay que confiar en la intuición y recelar de la primera idea», dice el menos calvo. «Se debe mostrar más y explicar menos», asegura el otro. Cada pocas palabras, anotan frases en unos pequeños cuadernos que descansan sobre la mesa, junto a sus móviles y bebidas. «Lo que no se muestra también debe palpitar», añade el primero. Me percato de que llevo varios minutos con el libro abierto en el mismo punto, así que giro la página y leo: «No me preguntes cómo, pero sé / que los dioses antiguos han llorado / por nosotros». Pienso que estaría bien regalarles una frase, decir algo inteligente que cuadre todo esto. Intuyo que algún dios antiguo está llorando por todos los que nos encontramos en este bar. Quiero verles la cara, pero la luz que entra por la ventana me lo impide. Apuro mi poema y me levanto para pagar.


ÚLTIMA HORA, 10/04/18

jueves, 15 de marzo de 2018

Desperdicios


De algún modo, la irrupción de los robots pone en entredicho algunas afirmaciones que ayer mismo proferíamos sin atisbo de dudas. Se me ocurrió esto hace unas semanas, después de leer una entrevista a Tim Harford, de promoción por España de su último libro, Cincuenta innovaciones que han cambiado el mundo. El hecho de que, a fecha de hoy, los robots sean capaces de aterrizar aviones o comprar acciones y, en cambio, no sepan cómo limpiar un baño es, sin duda, un hecho jugoso y hasta cierto punto revelador. ¿Significa que estamos más cerca de poder prescindir de los controladores aéreos que de los limpiadores de retretes? ¿Hay más futuro, desde una perspectiva laboral, en el sector de la limpieza que en el de la Bolsa? ¿Los antaño aspirantes a funcionario –es decir, amantes de la estabilidad y el largo plazo­– se acabarán convirtiendo, en el futuro, en aspirantes a limpiadores? ¿Seremos testigos del surgimiento de academias especializadas en tareas de limpieza y absorción? Al fin y al cabo, estamos lejos de erradicar la suciedad de nuestras vidas. O dicho de otro modo: el futuro está en los desperdicios. Buenos días.

ÚLTIMA HORA, 13/03/18