miércoles, 18 de abril de 2018

Mi móvil y yo


Ya puedo respirar tranquilo: es posible vivir sin móvil. El mundo no deja de girar, la vida continúa. No se producen migraciones masivas de familiares y amigos, no se secan los mares ni se abre la tierra. Deben creerme, hablo desde la experiencia; no soy uno de esos tipos que andan por la vida inventando historias. El viernes me dejé el móvil en el trabajo. Es tentador pensar que cosas así no suceden. Uno puede olvidarse el paraguas, la chaqueta, aquello que compró para su esposa… pero ¿el móvil? Pues sí, yo soy la prueba. Al percatarme, reconozco que atravesé un instante de pánico. ¿Dos días y medio sin móvil, desconectado del mundo? Traté de tranquilizarme. Recurrí al tópico, para algo han de servir: evoqué mi infancia y buena parte de mi juventud. ¿Acaso no vivíamos la mar de bien? Surtió efecto. La noche del domingo alardeaba de entereza frente a mi mujer. Ni un momento de ansiedad, le decía. Al llegar al trabajo, el móvil me esperaba sobre mi mesa con un mísero 1% de batería. Había aguantado. Por los pelos, pero había aguantado. Como yo. Dos tipos duros, resistentes, eso es lo que somos.


ÚLTIMA HORA, 27/03/18

Conspiradores


Dos hombres. Rondarán los cincuenta. Se han instalado en una mesa cercana a la mía. Finjo leer los poemas del último libro de Ben Clark, pero en realidad trato de captar lo que dicen mis vecinos. Como conspiradores de otra época, hablan en susurros –hoy en día los conspiradores desconocen el término “discreción”–. «Hay que confiar en la intuición y recelar de la primera idea», dice el menos calvo. «Se debe mostrar más y explicar menos», asegura el otro. Cada pocas palabras, anotan frases en unos pequeños cuadernos que descansan sobre la mesa, junto a sus móviles y bebidas. «Lo que no se muestra también debe palpitar», añade el primero. Me percato de que llevo varios minutos con el libro abierto en el mismo punto, así que giro la página y leo: «No me preguntes cómo, pero sé / que los dioses antiguos han llorado / por nosotros». Pienso que estaría bien regalarles una frase, decir algo inteligente que cuadre todo esto. Intuyo que algún dios antiguo está llorando por todos los que nos encontramos en este bar. Quiero verles la cara, pero la luz que entra por la ventana me lo impide. Apuro mi poema y me levanto para pagar.


ÚLTIMA HORA, 10/04/18

jueves, 15 de marzo de 2018

Desperdicios


De algún modo, la irrupción de los robots pone en entredicho algunas afirmaciones que ayer mismo proferíamos sin atisbo de dudas. Se me ocurrió esto hace unas semanas, después de leer una entrevista a Tim Harford, de promoción por España de su último libro, Cincuenta innovaciones que han cambiado el mundo. El hecho de que, a fecha de hoy, los robots sean capaces de aterrizar aviones o comprar acciones y, en cambio, no sepan cómo limpiar un baño es, sin duda, un hecho jugoso y hasta cierto punto revelador. ¿Significa que estamos más cerca de poder prescindir de los controladores aéreos que de los limpiadores de retretes? ¿Hay más futuro, desde una perspectiva laboral, en el sector de la limpieza que en el de la Bolsa? ¿Los antaño aspirantes a funcionario –es decir, amantes de la estabilidad y el largo plazo­– se acabarán convirtiendo, en el futuro, en aspirantes a limpiadores? ¿Seremos testigos del surgimiento de academias especializadas en tareas de limpieza y absorción? Al fin y al cabo, estamos lejos de erradicar la suciedad de nuestras vidas. O dicho de otro modo: el futuro está en los desperdicios. Buenos días.

ÚLTIMA HORA, 13/03/18

lunes, 29 de enero de 2018

Contra las cuerdas


El lunes 15 de enero, hace 14 días, enviaba estas 175 palabras al periódico con el que llevo colaborando desde finales de 2007. Las publicaron el día siguiente, el martes 16. Entonces, al releerme, sentí una mezcla de desilusión y fastidio. Luego pensé que llevaba más de diez años colaborando con el periódico y que el décimo aniversario me había pasado desapercibido. También pensé en la relajación, en la confianza que toda relación duradera acaba generando. Pensé en todas esas cosas que dicen de la confianza y llegué a la conclusión de que la mayoría son ciertas. Después dejé de pensar y seguí con las cosas que hace uno cuando no se sienta a escribir articulillos de unas doscientas palabras.
Contra las cuerdas (Última Hora, 16/01/18):
Saltas de la cama cuando todavía es de noche. No eres amigo de los gimnasios, ni de salir a correr; mucho menos del fitness o del running. Te sientas frente al ordenador para escribir. Debes este artículo y estás contra las cuerdas. Navegas por Facebook en busca de inspiración. Una vez más, te sorprendes de lo rápido que Word decidió no subrayar en rojo la palabra «Facebook». Allí están los de siempre, los ya clásicos: escenas cómicas con animales, con niños, bromas pesadas con adultos, mil trucos para reformar tu casa, tu alma, para cocinar en cinco minutos platos increíbles; soflamas políticas, consejos para que el amor dure, análisis de quita y pon. Fake news, hechos alternativos, posverdad bajo demanda. «El conocimiento os hará libres», decía Sócrates. La acidez trepa por tu pecho y te recuerda que no cumpliste con tu promesa de una vida más sana. Acumular promesas, he aquí una buena definición de lo que es la vida. Sustituya «promesas» por «kilos» o «cinismo». Definiciones de quita y pon. Objetivo cumplido. Buenos días.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Antes del viento / Muertes en directo (fragmentos de un diario)


11.12.17.- Día ventoso. Las hojas se agarran desesperadamente a las ramas de los árboles para no salir despedidas. A su vez, las ramas se aferran a los troncos y las raíces de estos, al suelo que los ampara. Los pocos que pasean por las aceras lo hacen con las cabezas hundidas, como si temieran que una fuerte ráfaga se las llevara lejos. Imagino cabezas rodando por las calles de la ciudad, descolocadas ­—nunca mejor dicho— frente a esta nueva situación. Imagino que una cabeza llega rodando hasta la puerta de casa. Le doy la bienvenida, me instalo con ella en el salón. Sin que le pregunte, empieza a hablar del viento. Me dice que el viento es peligroso, que todo lo agita y desordena. Las cosas se mueven y cuando esto sucede todo es posible. Me olvido de la cabeza y me acerco a la ventana. Contemplo el exterior. Los árboles bailan sin compás perceptible y las cabezas de las personas ya no saben que más hacer para protegerse, como si una realidad paralela —e inquietante— quisiera conquistar esta otra realidad que nos ha tocado en suerte. El viento pasará porque todo termina por pasar. Entonces, tocará hacer balance y recuento. Cosas habrán cambiado. Tal vez usted ya no sea exactamente igual a como era antes del viento.


13.12.17.- Muertes en directo, en streaming. De las plazas públicas a las redes sociales. El placer morboso saltando de siglo en siglo. Lo detectas en ti. Te estremeces. De ser esto un cuento de Bolaño, empezarías a temblar. En realidad, llevarías todo el día temblando, a pesar de los cerca de veinte grados que reinan en tu habitación. Dudarías de las imágenes que la ventana ofrece, dudarías de seguir vivo, dudarías de todo… Pero esto no es un cuento de Bolaño. Esto no es un cuento, se dice el personaje en que te vas transformando un poco a sabiendas, aunque tal vez todo sea un cuento y, como ocurre con los cuentos, el tono es la clave. El tono antes que la anécdota, decía el fallecido Piglia, del que leemos los diarios del personaje en que se fue transformando, un poco a sabiendas. Muertes en directo, en streaming. Me hago palomitas. Me pongo cómodo. Comparto esto.  

domingo, 3 de diciembre de 2017

2x1: Tiranía + Océano sin fin

Tiranía

Anda todo el mundo haciendo cábalas sobre las posibles mayorías catalanas, como si nuestra vida dependiera del número de votos o el número de escaños de una u otra opción, cuando me topo con esta reflexión de Rüdiger Safranski, oportunamente anotada en mi diario el pasado febrero: “es una especie de tiranía que se nutre del caldo de cultivo que se produce en la masa y de ahí de nuevo el papel de las redes sociales. Esa tiranía está enmarcada en una especie de aprobación populista, la masa que apoya a una determinada persona. En Polonia o Hungría, por ejemplo, se está reduciendo y eliminando poco a poco la democracia, pero con el enorme apoyo de una mayoría. La palabra democracia suena muy bien, pero lo decisivo es el Estado de derecho, la separación de poderes. Hitler llegó al poder democráticamente, apoyado por una gran mayoría, pero el que alguien sea elegido por mayoría no es lo bueno; lo bueno es que exista la separación de poderes”. Dicho queda.

ÚLTIMA HORA, 07/11/17


Océano sin fin

Pienso en la joven de 18 años presuntamente violada por cinco hombres en los sanfermines de 2016. Pienso en las madres de José Ángel Prenda, Antonio M. Guerrero, Alfonso J. Cabezuelo, Jesús Escudero y Ángel Boza. Pienso en el final de La semilla del diablo, de Roman Polanski. Veo a Mia Farrow acunando al pequeño Satanás. Inevitable recordar el caso de Samantha Geimer. Pienso en la película La caja de música, en la decisión final de Jessica Lange. Siento que me estoy yendo por las ramas y vuelvo a las madres de los conocidos como la Manada. Las imagino de noche, en su habitación, sabiendo lo que todos sabemos, habiendo escuchado lo que todos hemos escuchado. Las imagino, luego, reunidas con la joven presuntamente violada. Pienso en los dilemas morales, en las heridas que un reconocimiento superficial no detectaría. Pienso en las víctimas colaterales, en lo que diría el informe del detective que siguiera sus pasos. Pienso en la joven de 18 años, una gota mediática en un océano sin fin. 

ÚLTIMA HORA, 21/11/17

lunes, 25 de septiembre de 2017

Taller de escritura creativa. Diario de un profesor novato [11]

Once

Sigo con el tiempo. Siempre que te sientas a escribir, llevas puesta la gorra de jefe del tiempo. Puedes hacer que en un solo párrafo pasen cuarenta años. Así, de un plumazo. ¡Zas! Sólo tú manejas la ruedita que acelera o detiene el tiempo. Si te sientes con fuerzas, puedes meter una digresión o una descripción de treinta páginas. No te extrañes, eso sí, si tus lectores se lanzan por la borda. También puedes viajar atrás o adelante. No hace falta que memorices las palabras “analepsis” y “prolepsis”. ¿Pero cuándo, en qué punto emprender el viaje? Lo primero: dale margen a tu instinto, sobre todo si lo alimentaste bien. Nos hallamos en la fase de las entrañas. Después, más calmados, nos pondremos estupendos, un poco tiquismiquis, que no todo va a ser un aquí te pillo aquí te mato.

Vuelvo a pensar en el poeta honesto. Su figura se diluye. Poco a poco, se va transformando en pistola chejoviana. De ser esto un cuento, un posible título sería Las pistolas de Antón P.

Recién llegado de Londres. Entre este párrafo y el anterior, median un centenar de fotografías. Viaje familiar. Ahora es medianoche. Solo en casa. Mi mujer y mi hija regresan mañana por la tarde. Esta entrada, la número once, debí publicarla el jueves, antes de partir. No importa. Esto se acaba. No tiene sentido seguir. Si al poeta honesto le hubiese dado por atacarme… Bah, mejor así. Diré, para ir terminando, que releí, entre otros, el cuento de Jack London titulado “Encender un fuego”. Iba leyéndolo mientras movía los dedos de los pies, como para comprobar que seguían ahí, a salvo del frío del Yukón, y daba gracias por estar en el interior de aquel avión, tomándome una Heineken, saboreando unas Pringles Paprika, angustiado por la suerte del hombre que protagoniza el relato, entregado a la maestría de London…

Pero todo eso –la senda misteriosa, extensa y estrecha, la ausencia de sol en el cielo, el tremendo frío y lo extraño y sombrío de todo aquello– no impresionó para nada al hombre. Y no porque estuviese muy acostumbrado a ello. Era un recién llegado a la región, un chchaquo, y ése era su primer invierno. Lo que le pasaba era que carecía de imaginación. Era veloz y agudo en las cosas de la vida, pero sólo en las cosas y no en sus significados.

Fragmento de “Encender un fuego”
  



martes, 19 de septiembre de 2017

Taller de escritura creativa. Diario de un profesor novato [10]

Diez

Sobre el escritorio, una careta con el rostro de Emilio Renzi. Me la pongo y me planto frente al espejo. Una imagen grotesca, tal vez por eso estimulante. Camino por la casa vacía. Me imagino observado por una decena de alumnos. Algo nos une a todos los que estamos hoy aquí, digo calibrando las reacciones de los estudiantes que me observan con expresión vacía, como si alguien les hubiese obligado a apuntarse a este curso, como si todo lo que fueran a escuchar o decir en el transcurso de las muchas horas que compartiremos les fuese del todo indiferente, bueno, tal vez sean varias las cosas que nos unan, sonrío de un modo un tanto ambiguo, cómo saberlo, pero hay una que se sitúa en el centro de esto que ahora empezamos a compartir, la que hace que en este preciso instante os hable con este tono sacerdotal, tan odioso, en fin, lo que nos une, la cosa común que sobrevuela nuestras cabezas, no es otra que el amor por las letras. ¡Qué pomposo! ¿Me van a abuchear? Amor por las letras significa amor por la lectura y la escritura. Porque nos encanta leer, deseamos escribir. Aunque a veces cueste. Aunque no siempre acompañen los resultados. Aunque siempre vayamos a quedarnos a un paso o a años luz de nuestras expectativas. Es un vicio y nada nos define más que nuestros vicios. Eso tenemos en común. No es poca cosa.


Llegan a casa mi mujer y mi hija. Saludos, breve resumen de la jornada. Anuncio, tras recoger los restos de la cena de anoche, que voy al cuarto del ordenador a trabajar un poco. Sigo con la clase. Pero aquí se acaban las coincidencias, advierto desviando por un momento la mirada hacia la ventana que da a la avenida de Sant Ferran, bastante transitada a estas horas. Que a todos nos guste leer no significa, y perdón por la perogrullada, que a todos nos guste leer las mismas cosas. De ahí que cada uno de nosotros tenga su particular forma de decir, sin duda fruto de sus lecturas, de sus gustos, de sus inquietudes, de sus limitaciones, etc. Todos queremos ser escritores pero nadie quiere llegar a ser el mismo escritor, o lo que es lo mismo, todos queremos llegar a ser un escritor único, diferente del resto. Ya hablaremos de estas insensateces más adelante. Con todo esto vamos a tener que lidiar. Lo creáis o no, esto nos hará crecer. Un escritor ha de tener amplitud de miras. Puede escoger ser muy bruto, pero ha de ser una elección consciente – limitarse conscientemente es todo un arte. Y por debajo de todas estas diferencias, no debemos olvidar, para que el curso sea posible, para que se mueva en terrenos de eficacia, ese hilo subterráneo que nos une. Formamos parte de un mismo equipo, digo con sonrisa burlona dedicada a mí mismo, todos podemos aprender de todos. Luego, acabado el curso, podemos jugar a sacarnos los ojos, a soltar pestes del costumbrismo o de los relatos alegóricos, de la autoficción o de la moda distópica que nos tiene asediados, etc.

Debo ir terminando, me llaman para cenar. Me quito la careta pigliana. Antes de dejar el cuarto, tengo tiempo de decir que aquí vamos a intentar ser nosotros mismos. La mayor parte del tiempo no lo somos. Imitamos, y eso está bien. Pero aquí vamos a intentar encontrar nuestra propia voz. Aunque sea para destruirla. Vamos a aprender a escucharnos. Para escucharnos, primero debemos aprender a escuchar. Escuchar a los otros. Una vez tengamos el oído a punto, vamos a centrarnos en nuestra voz interior. Pero ya os tengo que dejar. Se acabó el tiempo. Otro día hablamos del tiempo. Somos tiempo, todo relato es tiempo, y nuestra vida, a pesar de estar hecha de tiempo, será una lucha constante en busca de tiempo.