martes 14 de julio de 2009

Dirty realism


A la hora de casarte, no te decantes por una buena compañera, sino por una futura buena ex compañera. Así están las cosas mientras la socialdemocracia se va hundiendo en Europa y los nuevos partidos filo-fascistas son aplaudidos por los votantes, ávidos de espectáculo y mano dura. Intento mantener un discurso coherente. Giro las páginas del periódico y me encuentro con el posado de las primeras damas en la cumbre del G8. Se me antoja un chiste extraño que no logro comprender, como la presencia de Italia en esta reunión. Lo mejor, de todos modos, son las perfomances de los grupos anti-globalización. El mundo es surrealista. Por eso, los escritores de mayor imaginación se decantan por el realismo, es decir, el escapismo llevado al extremo. A la hora de casarte, insiste una voz, decántate por una futura buena ex compañera. ¿Quién me dio este consejo? Y para el viaje de novios, un avión de Ryanair sin asientos, para que la futura ex pareja se vaya acostumbrando a la incomodidad. Mientras, en China, esa “potencia emergente”, nuevo modelo a seguir, los ejecutados en las calles se cuentan a decenas. Giro las páginas y en los “Breves” de sucesos me encuentro con que piden ayuda para la identificación del cadáver de un indigente. Junto a la foto del hombre anónimo, los números de teléfono de la policía. Incluso muertos necesitamos una identidad. Debía ser un realista acérrimo. Quiso huir, pero no nos dejan. Por lo demás, si su intención es casarse, ya sabe. Que le sea leve.

UH, 14/07/09

miércoles 8 de julio de 2009

Pep Guardiola


Pep Guardiola prepara la temporada que viene. Con o sin Eto’o, qué más da. Es un tipo metódico, inteligente y guapo. Además, se codea con escritores. En fin, que lo tiene todo para caer mal. Y más viviendo en España. Está en el punto de mira de los comentaristas deportivos, o sea, del 90% de los varones de este país. Se espera mucho de él, que equivale a decir que sus enemigos van afilando las armas, pero Guardiola es uno de los grandes, caiga o no. Repetir los éxitos de la temporada anterior es misión imposible (al menos eso dicen la lógica y las estadísticas), pero las únicas misiones que vale la pena emprender son las imposibles. Ray Loriga, cuyo único don (él mismo lo confiesa, si bien yo no lo creo) es leer bien el fútbol, recuerda el encuentro que tuvo con el ex centrocampista blaugrana en una de las narraciones que engrosan sus Días aún más extraños: “Recuerdo que en la cena estaba también Figo, pero a Figo no le gusta hablar de fútbol, Figo es un talento puro, instintivo, un lobo solitario y un jugador de pocas, precisas y contundentes acciones (…) Guardiola es un hombre que piensa el fútbol bien. Que no depende de su instinto tanto como de la ordenada claridad de su mirada”. Guardiola mira lo que se le viene encima. Llegar, se sabe, es complicado. Y hacerlo como lo hizo él es casi un insulto. Pero mantenerse, amigo, eso ya es otra cosa. Pero Pep lo sabe. Lo ha vivido y lo ha leído. A mí me cae bien porque es amigo de Vila-Matas, con el cual alguna vez habló de Joyce. Yo, debo confesarlo, soy del Madrid, pese a Cristiano Ronaldo. Que cada uno cargue con su cruz.

UH, 07/07/09

sábado 4 de julio de 2009

Viernes por la noche en Gaston Vuiller, 5




Vive las historias con una intensidad que desconozco, que ya perdí. Me araña, me chilla al oído, me muerde la mejilla. El amor duele, viene bien recordarlo. Sobre todo si es viernes por la noche y el mundo de afuera es una posibilidad entre un millón. Todo da vueltas. La gravedad varía. No es lo mismo hoy que ayer ni que mañana. Bueno, en realidad sí, pero están las sutilezas. La brizna de hierba de Bobin. Quiere que le cuente de nuevo la historia de Peter y Kate, aquélla en que la niña se queda encerrada en la escuela. Sé que se imagina encerrada ella misma en la escuela de Ramonville St. Agne, el reino de sus bêtises, adelanto de lo que puede ser el mundo luego. Mi imaginación también se estira como un chicle. Viene bien recordarlo.

HABLA EL HOMBRE DE LA TORRE DE CONTROL

Antes era uno de los vuestros Me involucraba
En las cosas del mundo Tenía opinión
Sobre los llamados asuntos de actualidad
Tan irrelevantes Tan poca cosa vistos desde la altura
De la Torre de Control de la ciudad fronteriza
Donde agonizáis como moscas en una tela de araña invisible
Veo las noticias desde los monitores con el volumen al cero
Escucho música clásica pero no distingo entre Mozart
Y Stravinski Entre Beethoven y Brams por decir 4 nombres
Que flotan a la deriva por mi incultura musical
Desde aquí las puestas de sol son magníficas Parece
Que todo se desintegre en el sopor del último aliento
En la placidez de la fiebre sin dolor Vosotros estáis ahí abajo
Os movéis en la ignorancia de vuestra propia coreografía
Podría realizar un gráfico con vuestros movimientos
Ordenados por horas punta o muertes súbitas pero prefiero
Dibujar el perfil de la polución que envuelve el mundo
Los arco iris de las emanaciones producidas por los carburantes
El estertor nauseabundo de las bocas de metro
Ahora llueve sobre las parabólicas y los anuncios publicitarios
Penélope Cruz me sonríe y yo le guiño un ojo y sé que nunca
Dormiremos juntos porque yo nunca duermo
Me concentro en la música Olfateo mis dedos Todo en orden
Desde la Torre de Control de la ciudad fronteriza.

miércoles 1 de julio de 2009

Amores antárticos


“Los ecologistas son los que estropean el campo porque los de ciudad no vamos”. Esta frase es del periodista Luis Carandell. Como ocurrencia más o menos graciosa no está mal. En realidad, no es más que una gilipollez en un mundo repleto de gilipolleces. Ni merece la pena rebatirla. Imagino que Carandell lo sabía, pero la tentación del chiste fácil es bastante poderosa. Yo caigo constantemente. Al fin y al cabo, restar dramatismo a un mundo por definición dramático suele ser sinónimo de salud mental. El problema estriba en que hay quienes se toman este tipo de gilipolleces en serio.
Leo esto –lo de Carandell– en el diario Negocio. El titular de la noticia reza así: “Quien vaya a la Antártida, que pague”. Resumiendo: que la Fundación Abertis ha llegado a la conclusión de que, para sufragar parte de los gastos que genera el seguimiento y control del impacto ambiental del turismo sobre los ecosistemas antárticos, sería bueno que los turistas que se desplazan hasta este rincón del planeta pagasen un tasa. Vamos, lo que vendría a ser la Ecotasa del primer gobierno del Pacto.
Del citado informe, me quedo con el perfil del turista antártico, un señor (o señora) “procedente de sectores sociales con elevado poder adquisitivo y en general de edad avanzada. La mayoría de este colectivo no tiene una especial sensibilidad ni una gran motivación por disfrutar del patrimonio natural del continente”. Entonces, ¿por qué coño se van hasta tan lejos, con el frío que debe hacer? Su motivación, siempre según el Informe, es “el disfrute de pisar el único continente en el que no habían estado previamente”. Uno de esos viajes en que lo mejor consiste en regresar y mostrar las fotos. Como casi todos…
En fin, no nos escandalicemos. Lo mismo es aplicable a las relaciones de pareja.

UH, 30/06/09

miércoles 24 de junio de 2009

Clase de ética


Recuerdo que en clase de ética (sí, soy de los que escogió ética en lugar de religión pese a que la asignatura de religión era una maría que todos aprobaban con sobresaliente mientras que en ética, lo sé por experiencia, abundaban los sufis y los bienes, es decir: era un adolescente íntegro o gilipollas, según se mire), en fin, a lo que iba. Recuerdo una clase en la que el profesor organizó una serie de grupos para la discusión de temas polémicos, con independencia de nuestras inclinaciones. O sea, que podía tocarte defender la pena de muerte pese a que estuvieses absolutamente en contra. O quizá te vieras en la tesitura de sostener una opinión contraria al aborto cuando en realidad opinabas que, en determinadas circunstancias, se trata de una solución razonable. Ignoro la opinión de los pedagogos (no suelo leer ciencia-ficción), pero aquello me marcó profundamente. De algún modo entreví el abismo de la relatividad, el poder de la argumentación. Recuerdo a un compañero completamente azorado al tener que razonar en favor de la pena de muerte. Después de varios balbuceos, negó con la cabeza y aseguró no poder defender tal opción. Había dignidad en su gesto, sí, pero también algo de pobreza. No se trataba de retratarse frente al mundo, de ser sincero, sino de asumir que la opinión contraria es posible. Un ejercicio de tolerancia y reflexión, algo que todos deberíamos hacer de vez en cuando. La anécdota concluye con el profesor renunciando, dejando que el alumno se sentara sin añadir nada más. Después todos crecimos y nos volvimos algo más miserables. Pero esto es otra historia.

UH, 23/06/09

lunes 22 de junio de 2009

Otro domingo: Adrien Brody, Menéndez Salmón, Adán Diehl, Pere y Llorenç Capellà, nueva imagen


En la Primera están pasando King-Kong, la de Adrien Brody. A mí Brody me gusta en The Jacket pero, bueno, King-Kong no está mal. Me mola hasta que dejan la isla.
Tengo sueño y los ojos me escuecen y vuelve a ser domingo.
Acaban de dispararse los aspersores. Bebo un Cacique-Cola.
Me he pasado el día en casa. Por la mañana terminé La ofensa, de Menéndez Salmón. Es un libro para leerlo del tirón. Por circunstancias, no pude acabarlo cuando lo empecé, así que esta mañana me he tumbado en el sofá y me lo he pulido. No está mal. Cuenta la historia de Kurt, un soldado alemán que, en plena Segunda Guerra Mundial, pierda la sensibilidad al presenciar un crimen atroz. Es la manera que el cuerpo tiene de defenderse frente a la barbarie y el sinsentido humanos.
Ya digo, no está mal, aunque de Menéndez Salmón prefiero El corrector.
Después me he puesto a trabajar.
Estoy escribiendo un texto para un documental sobre el hotel Formentor. Los de la Perifèrica Produccions pensaron en mí. Esto me ha llevado a conocer a un personaje fascinante, el argentino Adán Diehl, fundador del hotel. Virginia Vidal, biógrafa de la que sería su primera esposa, Delia del Carril (que más tarde contraería matrimonio con Pablo Neruda), lo describe con estas palabras: “Nos hallamos frente a uno de los happy few, un príncipe de los años locos, un émulo de Scott Fitzgerald, de Jean Cocteau, de Ettore Bugatti; ante uno de esos hambrientos de placer y voluptuosidad, de borrachera demencial”.
El trabajo avanza lentamente. Tal vez no les guste. Veremos.
Luego, para ver qué tal se las gastaban los de la Perifèrica, he visto el documental que rodaron sobre el dramaturgo y poeta Pere Capellà.
Pere Capellà era republicano, socialista y catalanista, por lo que lo pasó mal acabada la guerra. Estuvo defendiendo Madrid hasta el final. Cuando la capital cayó, fue detenido y condenado a 20 años de prisión en Alcalá de Henares. Cumplió cuatro. Luego lo soltaron y estuvo en libertad vigilada. Hasta que murió.
Yo soy amigo de su hijo, Llorenç Capellà. De hecho, Llorenç fue el que corrigió las pruebas del único libro que tengo en catalán.
Tendrá unos 60 años. Una vez quedamos en un bar. Tenía dudas sobre el camino que debía emprender y quería saber su opinión.
Hace unos años me entrevistó para la revista Brisas.
Ahora es de noche. Siloam comenta que le cuesta leer con fondo negro. Tiene fácil solución.
El sábado que viene llega Floriane. La extraño.
Es el momento de prepararse un segundo Cacique-Cola y ver el final de la película.
Hago esfuerzos por mantener mis convicciones.

miércoles 17 de junio de 2009

José Blanco


José Blanco, el ahora ministro de Fomento, es un tipo bastante inquietante. No es gracioso, pero no puedes evitar reírte con él. No tiene aspecto de tipo listo, pero responde con agilidad a las preguntas que le plantean. Su semblante, al menos a primera vista, es el de una buena persona, pero a la que te despistas deja suelto al killer que lleva dentro. Uno le presupone astucia para conspirar, pero no puede dejar de imaginárselo objeto de burla en el colegio. El gafotas, el narizón, etc. Camina como un robot desmadejado, pero siempre llega adonde quiere llegar, sin aparente prisa. No destaca en nada, pero acojona a todos, incluidos los de su partido. Es la antítesis de lo sensual, pero no se corta a la hora de flirtear con Esperanza Aguirre en público. No tiene el don de la palabra, cosa que no le impidió ser portavoz del Gobierno. Es inaprensible, escurridizo, fácil de odiar pero también (y esto en política resulta útil) de olvidar. De escribir sus memorias (seguramente anodinas) yo las quiero leer. Su infancia en Lugo, sus estudios inacabados de derecho en la universidad de Santiago de Compostela, su posterior traslado a Madrid. Leo en su blog lo siguiente: “A estas alturas tengo mis ambiciones colmadas y la vanidad satisfecha”. Algo más adelante: “Muchos me reconocen y me conocen muy pocos”. Menos de los que imaginamos. Ya digo, un tipo inquietante. Alguien sin mucha vida interior pero capaz de recluirse y aguardar agazapado su momento. De no haberse dedicado a la política, su profesión ideal sería la de inspector de policía o entrenador de fútbol.

UH, 16/06/09

martes 16 de junio de 2009

Justicia histórica


Esto de la justicia histórica es un auténtico engorro, se mire por donde se mire. Es como si alguien al que no conozco de nada se me acercase y me diese una soberana paliza por algo que le hizo mi abuelo. ¡Mi abuelo! Y es que una cosa es la justicia del día a día y otra muy diferente la histórica, con el agravante de que genera deudas, por supuesto históricas, y ya se sabe los problemas que conllevan este tipo de deudas. Sin irnos más lejos, en Baleares acumulamos una deuda histórica capaz de hundir varios Titanics, o eso dicen los expertos. ¿Y la deuda con el continente africano? La inoperancia de la justicia histórica nos salva del desastre. De todos modos, no hay que olvidar que un desastre puntual, desde una perspectiva histórica, puede ser visto como una bendición para el mundo o una parte de éste. Con frases de este tipo los fascistas se defendían de los ataques perpetrados por los escuadrones de la mala conciencia y los remordimientos. También los comunistas, claro. Por otro lado, cabe señalar que muchas veces la justicia histórica esgrimida por unos resulta incompatible con la esgrimida por otros. El caso más llamativo es el de la justicia histórica reclamada por los nietos o tataranietos de los supuestos agresores. O sea, que la hostia no te la dan por algo que hizo tu abuelo, sino su abuelo. Lo más inquietante es que el triunfo de la justicia histórica suele acarrear injusticias presentes que, a la postre, acabarán siendo históricas. El pez que se muerde la cola. ¡Qué injusticia!

UH, 09/06/09

domingo 7 de junio de 2009

Imposible hablar de los domingos: Cheever, Banville, McEwan, McEnroe


Domingo. De tan sencillo, se hace imposible hablar de los domingos. Pero no hay que hablar de los domingos sino de este domingo. Bajé a la piscina mientras los otros seguían durmiendo. Llevaba conmigo los Diarios de John Cheever. Recurro a ellos siempre que me quedo sin lectura. El día anterior me había zampado El lémur, de Benjamin Black (es decir, John Banville). Me lo compré, al igual que Sábado de Ian McEwan, para el viaje, pero no pude resistirme.
Es extraña mi relación con la novela negra. Casi nunca la leo, pero, cuando lo hago, me atrapa hasta el punto de poder pasarme toda una noche sin dormir, enfrascado en sus páginas.
Cheever me cae bien. Sus dilemas morales, sus contradicciones, su homosexualidad reprimida lo hacen un tipo bastante simpático. Aspira a la pureza, a la salud, y, sin embargo, no puede refrenar su sed de abismo. En la piscina he subrayado este pasaje: “(…) durante cinco minutos creo ser yo mismo: erguido, esbelto, lúcido, ni joven ni viejo, ni preocupado por la edad ni por nada. Cuál ha sido el problema: demasiada ginebra, demasiado humo, demasiada mierda. Entonces me preparo una copa y enciendo un cigarrillo.”
Por la tarde, ya todos repuestos de la noche anterior, hemos ido a un barcito por Ciudad Jardín para comer algo. Desde la mesa donde estábamos he podido ver en la pantalla del televisor como Federer rompía a llorar. A este tío lo he visto llorar más veces que a muchos de mis amigos y familiares. Mientras devorábamos nuestros bocatas, se me ha ocurrido que el suizo nunca podría protagonizar una novela negra.
Supongo que yo tampoco.
Mañana partimos hacia Munich. Se trata de un viaje familiar. A mi hermana le tocó en un sorteo. Noche en Munich y después autocar hacia el Tirol austriaco. Una semana, de lunes a lunes. La última noche la pasamos en Venecia. Me hace ilusión. No conozco Venecia.
Noches de hotel con mi hermana. Se me hace extraño. Por si acaso, además de Sábado, me llevaré otro libro. Alguno encontraré, seguro.
McEwan me parece un escritor cojonudo. Hasta hace poco, no era más que el típico nombre que ves en la colección Compactos de Anagrama. Buenas críticas, uno de los miembros más destacados de una generación brillante, peli inspirada en una de sus novelas, etc. No sé por qué, pero jamás me atrajo. Hasta que un amigo insistió. Leí del tirón Chesil Beach. Es una novela perfecta. Cómo esculpe los personajes, cómo maneja el tiempo, cómo retrata una época. Me quedé con ganas de más. Me compré Primer amor, últimos ritos. Todos los cuentos, salvo Pollón en el escenario, que se lo podría haber ahorrado, son geniales. McEwan es experto creando atmósferas violentas. Desde las primeras líneas sabes que algo no marcha bien. La sutiliza con la que construye esa antesala del desastre es inigualable. Mi favorito es El último día del verano. Si alguien me obligase a escribir los diez cuentos que más me gustaron, éste estaría en la lista.
Ya son más de las nueve y media. Queda algo de luz. Cony trajo restos del asado de casa de sus padres. Comeremos, veremos la tele, tal vez me preparé un ron con Coca-cola.
Me apetece comprarme una Nikon.
Suena McEnroe, concretamente Otras vidas. Otra recomendación de otro amigo.
De tan sencillo, se hace imposible hablar de los domingos.

sábado 6 de junio de 2009

FRENTE AL MAR DE TASMANIA


Como aquel aristócrata inglés, asesino de la niñera de sus hijos, treinta y tres años desaparecido, viviendo en Nueva Zelanda, en el interior de un Land Rover. Quién necesita novelas. Cierra los ojos. Puedes ver al viejo inspector Sidney Ball avanzando lentamente por un desierto o una ciudad desmantelada. De hombros cargados y nariz grande y roja, como de ex alcohólico adicto a las apuestas. Una deuda pendiente que nada tiene que ver con la niñera asesinada. Lord Duncan, jugador profesional, con acento británico delator y movimientos marciales. Un tipo raro, huidizo, perdido y elegante en el culo del mundo. Quizá ni él mismo lo sepa, pero desea que lo encuentren. Quién no lo desea. De todos modos, ya los ha vencido a todos. Frente al Mar de Tasmania, eleva su copa y su sonrisa. Sidney enciende un cigarro. La tos, su ex mujer, la ausencia de críos. Debería dejarlo, le dijo el doctor. Quién quiere regresar. Todo se reduce a lo mismo: una deuda pendiente, un asunto algo turbio. Treinta y tres largos años, un caso no cerrado y los niños creciendo en fotografías caníbales, la visita rutinaria del inspector, casi ya de la familia. No, señor Ball, seguimos sin noticias, es tan bochornoso todo esto. La palabra bochornoso adherida a su gabardina, al peso de sus hombros, a los recuerdos de su ex mujer. Una deuda pendiente, la historia de una vida. Quién necesita novelas. Ahora Sidney se acerca al Land Rover. No trata de amortiguar sus pisadas. Parece muy cansado, como con ganas de terminar cuanto antes. En el interior del vehículo, Lord Ducan lo espera. En una mano sostiene unos dados. En la otra, una Browning High Power con silenciador.

jueves 4 de junio de 2009

Más sobre Nadal





Todo el mundo quiere que pierda Nadal. Los franceses, por descontado. Hay razones poderosas, es decir históricas, es decir políticas, es decir absurdas. El público por definición es absurdo y soberano. Nada que decir. El resto de tenistas, en especial los españoles, también quieren que pierda Nadal. Todos se creen mejores que él y todos acaban mordiendo el polvo. Y eso es duro. Además, es tremendamente humillante vivir a la sombra de un titán. Hace que parezcas más pequeño de lo que en realidad eres. Nada que decir. Capítulo especial merece Federer. A veces me pregunto en cuántas ocasiones habrá revivido, en la soledad de la habitación de un hotel, aquellas lágrimas tras perder la final del abierto de Australia. El suizo cree en la justicia divina. No le queda otra. Le ha pedido a Dios que Nadal pierda, es decir, que se rebaje a la condición humana. Dios se lo ha concedido, tiene estos detalles. Nada que decir. Además, seamos francos, siempre produce morbo ver perder a los poderosos. Ya tienes de qué hablar. Los americanos lo saben. Frente al odio generalizado sólo te queda la arrogancia. Nadal debe practicar su arrogancia. Y su revés. Y su saque. Pero, sobre todo, su arrogancia. Alguien debe decírselo a su tío. Ya han averiguado cómo ganarle. Ya no le basta con llegar a todo, ni con el drive liftado; su famoso “¡vamos!” ya no da tanto miedo. Tiene que odiar porque le odian. Tiene que aprender a vivir con eso. No es fácil para un chico sano y buena gente, pero es lo que hay.

UH, 04/06/09

domingo 31 de mayo de 2009

Historia de amor


1

Qué bonito iniciar relaciones. Y qué necesario terminarlas. Así empieza la historia, con pétalos cayendo desde cielo y el olor inconfundible de los finales anticipados. Antes, tantas cosas atrás, no eras más que un rostro del lado de los viandantes. Contemplabas a las diosas de los bares, su coreografía equívoca y fatal. Nosotros las creamos, decías. Es una cacería con palabras amables y miradas de asesino. Soy un gladiador.

2

Hablabas con espejos y semáforos, con todo aquel lo suficientemente estúpido o desesperado como para escucharte. Necesito a una mujer que me quiera lo que no sé quererme, la parte de mi amor que no me alcanza. Eras un gladiador, un tipo invisible y agazapado. Te pasabas el día protagonizando películas de terror y leyendo prensa gratuita. El mundo era un latido violeta, una amenaza incomprensible y escurridiza.

3

Ha de ser posible hablar de mujeres perdidas, presentes o por llegar, de la promiscuidad propia del que busca el Amor, esa epifanía engañosa o quizá sólo fugaz. Afilabas tus armas y fumabas obsesivamente, enfermo en la inminencia del encuentro. La ciudad te hablaba a cada paso, en cada cambio de estrategia. Como siempre sucede, todo estalló sin previo aviso. La imagen estática en que aguardabas tembló, fueron sólo unos segundos, y de pronto vivías dentro de un torbellino.

4

Las venas de las manos, las encías impúdicas, el lenguaje sutil del codo al encender un cigarrillo, la barbilla tímida en contraste con el cuello temerario, plagado de lianas y secretos. Quiero morder esta ausencia de pechos, el sabor de tus mañanas y tus causas perdidas, lo que está más allá del lenguaje y nosotros. Los ojos todavía no. Espera unos minutos. Miremos cómo arden los tesoros de Roma.

5

Éste es el escenario: una ciudad tomada por kamikazes ebrios y diosas anoréxicas que fuman tus latidos de asesino. El imperio s. a. del sol poniente extiende sus tentáculos por las alcantarillas de tu degradación. Entonces sí su mirada de granito caliente, audaz en su fijeza. Más tarde escribirías: en medio de ese fango, el ángel persuasivo. Recuerdas: tenía 17. Pedía ser aniquilada por un desconocido igual a ti. Sus ojos eran fríos y cálidos a un tiempo. Ojos de habitación de hotel con nombres falsos. Aceptó el desenlace con la fatalidad de las protagonistas de las mejores pelis. Tú te llamabas Harry, imagino. ¿Ella? Ella Epiphany Proudfoot.

6

Dame sólo un motivo por el que no puedas darme un motivo de por qué no puede ser y así toda la noche, una estación vivida bajo otro tipo de dictadura, la rebelión final de las leyes de la física, la trayectoria invisible y fatal de una mota de polvo resbalando por sus medias igual que los lugares comunes del deseo y no, desconozco el motivo por el que no puedo darte pero qué importará, dirás ya todo géiser, violento y cegado como las aves del litoral o los taxistas de los aeropuertos.

7

Incluso haciéndome daño, sólo puedes salvarme. No sé de qué, cómo saberlo. Quizá de un hipotético y cíclico odio hacia mí, tan cansino y predecible. En cambio, yo sólo puedo destrozarte, inocular en ti el veneno del vértigo (también cansino y predecible).

8

Frases dichas o sólo pensadas mientras ella se baja las medias como quien ejecuta un rito primitivo y desquiciante: Tus mejores años y mis peores intenciones. Una combinación letal, irrenunciable, perfecta...

9

Lo que sigue es la historia de siempre. Lo anterior es mentira o una verdad no susceptible de prolongación en el tiempo. Lo único cierto es que matasteis la magia, poco a poco, con una precisión digna del más reputado de los cirujanos. En esto consiste el amor, en despojar al otro de su aura mítica. Este juego en el que nadie gana porque incluso ganando se pierde. Tantas muertes hasta la muerte final, previsible y vacía.

10

Solía desquiciarte, día a día, con un cóctel infalible: Tacones de aguja, bisutería barata y su obsesión por el francés –Rimbaud, Rigaut, Bataille...

11

Suena Between the bars, de Elliott Smith. La mitología triste de los chicos del rock... Toda historia de amor tiene su banda sonora, decías, su propia cuenta atrás. Ella te miraba desde un bosque silencioso, indescifrable. Pese a su edad, conocía el desenlace, todo lo que fueses capaz de decir. Parecía esperarlo y eso te enfurecía y excitaba a la vez. Una cosa está clara: toda banda sonora –tan triste con el tiempo– se acaba pareciendo a las demás.

12

Las mutaciones del amor no son más que nuestras propias mutaciones, no lo olvides. La sabiduría de su carne tensada en el delirio. Es inútil entrar en los detalles. Ahora fumas mientras la ciudad se hunde y tú la recuerdas, es decir: la inventas.

13

Vives el momento de las declaraciones. Sigues siendo el personaje, pero esta vez no hay nadie a tu lado para aplaudirte o morderte en el cuello, como buscando una raíz.

14

Declaración: Siento que estoy en un momento crucial de mi vida cuando en realidad este momento no es muy diferente a tantos otros vividos en el pasado. Una forma como otra cualquiera de decir que tengo miedo. Cierro los ojos y camino. No se me ocurre nada mejor. Hay más tristeza que amor en mi pecho. De todos modos, esta tristeza es la que me permite seguir amando. Sigo siendo un gladiador.

15

Muy bonito, te dices sentado en la taza del váter con un libro de Jacques Rigaut en el regazo mientras Elliott Simith se sigue apuñalando el pecho en una visión recurrente y asfixiante.

16

Lo que el desagüe se lleva: la mierda que una vez os unió. La que un día buscarás en otros baños y coños con la misma intención suicida.

17

El anticlímax no como recurso narrativo, sino como único final posible para una historia de amor.

jueves 28 de mayo de 2009

De qué hablamos cuando hablamos de política


Parafraseando a Jorge Riechmann, quería escribir un artículo titulado El día que dejé de votar al Soe, pero, claro, enseguida reparé en que no siempre había votado al Soe y que, además, dicho título me obligaría a dar explicaciones, hablar de política, y eso es algo tremendamente aburrido, mejor hablar del Barça, de Rafa Nadal o de mujeres, esas viñetas biográfico-sentimentales con las que tanto me divierto. Ya sé que, me guste o no, todo es política, que resulta imposible eludir sus tentáculos. Si hablo de la simpatía o antipatía que me produce el Barça, estoy hablando de política; si lo hago sobre la final del Master Series de Madrid entre Nadal y Federer, o de la novia que tuve durante mi etapa universitaria, también estoy hablando de política. Por supuesto, si confieso que no me gustan los toros, estoy realizando una declaración política de gran calado. Por otro lado, ya sé que una de las características fundamentales de los artistas (a regañadientes meto a los escritores en el saco) es la de ser contestatarios. Esto explica, al menos en España, el goteo de éstos hacia las tierras de la derecha o de la izquierda más escorada, por no hablar de la cada vez más extendida desafección. Pero no, no aspiro a ser un contestatario más, al menos conscientemente. ¿Hablar aquí del desencanto por las políticas en materia de educación del Soe? La desafección y la falta de espacio pueden conmigo. De todos modos, siempre les queda leer a Pérez-Reverte. Que tengan un buen día.

UH, 27/05/09

martes 26 de mayo de 2009

Parásitos


Nosotros somos los parásitos del fin del mundo, parapetados tras la cristalera de seguridad que insonoriza la habitación desde la que contemplamos el derrumbe. No sabemos lo que luego vendrá, pero no nos quita el sueño, entre otras cosas porque ya nunca dormimos. Miramos el televisor, calculamos el dinero que necesitaríamos para seguir hibernando lejos de este hacinamiento. Nos odiamos con fuerza, por eso sólo pensamos en escapar. Hemos sustituido el Paraíso de los cristianos por la Lotería. Preferimos el azar a la ética. Despreciamos a los que nos avisan de que todavía el mundo puede salvarse. No queremos que se salve, no creemos en la salvación. Nuestra sed de destrucción es fiel reflejo de la inquina que sentimos por nosotros. Somos hijos de la Coca-Cola; no somos ciudadanos, sino consumidores, el eslabón final de la cadena. Es nuestro orgullo, nuestra razón de ser. ¿Austeridad voluntaria? ¿Sostenibilidad? ¿Ecoeficiencia? Qué gracia nos producen estos nuevos Mesías. Nosotros somos los romanos y los leones son nuestros. Creemos en el crecimiento infinito. Ya pueden venirnos con la monserga de que resulta imposible en un medio finito. Somos como niños, no vemos más allá. Sólo pensamos en jugar, aunque a veces lloremos cuando nadie nos ve. Estas lágrimas no nos hacen mejores, pero nunca quisimos ser mejores. Son lágrimas cercanas a la risa, a una risa histérica, para nada feliz. Cada atardecer nos reunimos junto a la cristalera y apostamos. Yo siempre apuesto a que ese día se acaba todo. No es que quiera arruinarme, es que me aburro.
UH, 26/05/09

viernes 22 de mayo de 2009

TRES NARRACIONES BREVES: Textos rescatados del olvido

1. EL HOMBRE EN CUESTIÓN

Era su último cigarrillo. Tendría que haberlo dejado meses atrás, como dejó a Linda y a tantas cosas con ella. A un coño lo sustituye otro coño, solía decirse, pero ¿con qué se suplen los cigarrillos? Buena cuestión. A aquellas alturas (un sexto piso en la calle Reykiavik), la vida era un cúmulo de buenas cuestiones. Por ejemplo: qué estaba haciendo en aquella habitación. En este punto el hilo se rompía, su mente dejaba de funcionar con un mínimo de coherencia. Cerraba los ojos y podía ver dromedarios avanzar por la línea del desierto. Nunca le inquietó. Sabía que tarde o temprano acabaría regresando. Pero adónde. Otra buena cuestión. De todos modos, no había nada que hacer: la futura ausencia del tabaco lo reclamaba. Un descuido imperdonable, uno más. No es seguro que aparezca, le habían dicho, pero existe la posibilidad y tenemos que estar preparados. Él no entendía la utilización del plural. Se encontraba solo en aquella habitación, como un escritor cualquiera levantando el mundo que acabará aplastándolo. Es cuestión de tiempo, le dijeron. Pero nadie contaba con aquel último cigarro, con la eventualidad de ser visto si salía del edificio o de que, justo cuando entrara en el estanco, apareciera al fin el hombre en cuestión.

2. ARQUEOLOGÍA ALTERNATIVA

Escribía tanto que se le acabaron borrando las letras al teclado de su ordenador. Entonces decidió que ya había escrito o vivido lo suficiente. Un experto en arqueología alternativa aplicada a las yemas de los dedos, después de un estudio pormenorizado del que ahorraremos los detalles, pudo reconstruir, una a una, sus últimas palabras. Decían: Quiero dejar de escribir.

3. EL ÚLTIMO DE SU ESPECIE

Cuando quiso darse cuenta, vivía en una jaula y recibía visitas todos los días excepto los martes. Era el último de su especie. Le gustaba contemplar las puestas de sol y el baile endiablado de los estorninos. Por otro lado, los colores carcomidos de las hojas en la calzada, cuando el encargado de la limpieza se relajaba en sus obligaciones, le hacían llorar. Pero lo que más desconcertaba a sus guardianes era el hecho de que se agachara para recoger las hojas de los periódicos antiguos, de cuando aún se editaban, colocadas en el suelo de la jaula por motivos de higiene o por darle alguna utilidad a aquel excedente de papel. Sí, eso era lo que más les desconcertaba, que las recogiera y se pasara horas contemplándolas en una actitud abstraída. Dicen que los ojos le iban de izquierda a derecha. No lograban darle una explicación racional a este comportamiento.

miércoles 20 de mayo de 2009

España (una fábula)


“Y bien”, dijo el estudioso, “ya sabes por qué no leen los españoles”. “Porque no tienen tiempo”, respondió el becario con algo de timidez. “¿No tienen tiempo?”. “Al menos es lo que responde la mayoría”, explicó el becario. El estudioso se rascó la cabeza, pasó los dedos índice y corazón por el contorno de su boca y se los llevó a la nariz. Asintió ligeramente, como si aquel olor aclarase alguna cosa. Finalmente se sentó y apoyó los codos sobre la mesa. “¿Me puedes explicar en qué emplean el tiempo libre que dicen no tener?”. El becario extrajo un folio de su carpeta. Antes de iniciar la lectura, se aclaró la garganta. “Según mis informes, los españoles no tienen tiempo de leer porque: 1) Tienen que ver sus series favoritas. 2) Tienen que ver los partidos de fútbol de la Sexta. 3) Tienen que ver cualquier evento deportivo que se televise. 4) Tienen que estar al día en el mundo del corazón. 5) Tienen que ir al bar. 6) Tienen que ir al gimnasio. 7) Tienen que jugar con la Nintendo. 8) Tienen que bajarse música y películas. 9) Tienen que fisgonear en el Facebook. 10) Tienen que chatear por el Messenger. 11) Tienen que visionar porno gratuito. 12) Tienen que enterarse de cuánto pide el vecino por el piso de arriba. 13) Tienen que calcular cuánto dinero debería tocarles para dejar definitivamente el trabajo. 14) Tienen que criticar lo que sea. 15) Tienen que rascarse lo que uno se rasca cuando no hace nada”.
“¿Los huevos?”, interrumpió el estudioso. “No, la cabeza”.
UH, 19/05/09

domingo 17 de mayo de 2009

LA SALVACIÓN


Es lo más parecido a la salvación. No sé de qué. Salvación de vida, una plegaria atendida, nuestra dosis de misticismo y soledad. La voz de Bettye Lavette luchando contra la muerte. De algún modo vence a la física, a la carne. Es una confesión inesperada, el escalofrío de saberte acompañado, casi comprendido. Apoyar la cabeza en el hombro de cualquiera. Tomar conciencia de la inmensidad de la derrota. Amar lo nimio, lo invisible, las calles de una Philadelphia repleta de cadáveres, de cuentas pendientes no se sabe con quién. La voz de un ángel a las seis de la mañana, el reclamo, la piedad irrenunciable y engañosa. Lo que es indescriptible y te obliga a temblar.

Después, en el pudridero del día a día, el reencuentro con el cuerpo. Las corruptelas y la tele. Remueves con un palo las cenizas del instante. Piensas en los cuadros de Jenny Saville. El contrapunto necesario. Imposible escapar. Primero habría que saber de qué. La desnudez. La pornografía. Algo excesivo, como una almohada dificultándote la respiración. El campo de batalla. Lo que vendrá luego. Cierras los ojos y te ves desnudo, con el vientre hinchado y peludo, más animal que persona, sujeto por cables a una tabla de disección. Como si existiese la posibilidad de que escaparas.

Anochece. Ya se intuye el verano. Contemplas la piscina iluminada y piensas en Onetti. Cony llega y te besa en el cuello. La salvación es posible, murmura el condenado. Bettye Lavette nos sonríe, nos conduce a la cama y nos arrulla.


jueves 14 de mayo de 2009

Últimos hombres honestos

Contra lo que suele creerse, los escritores nunca mienten, son unos adictos incorregibles a la verdad. Por eso no es conveniente invitarlos a cenas y demás actos sociales donde mentir es cuestión de protocolo. Su incapacidad para la mentira los convierte en tipos incómodos, tremendamente peligrosos, bombas antipersonales con patas. En este sentido, es lícito decir que son los últimos hombres honestos sobre la Tierra. No es de extrañar que la Convención de Ginebra los prohíba taxativamente. Lo siento, escritores, si os he desenmascarado. Ya sé que os encanta decir, tanto en la intimidad con vuestras parejas como en ruedas de prensa igualmente íntimas (ya que nunca se acercan más de dos periodistas), cosas del tipo: “Odio que me pregunten cuánto hay de autobiográfico en mi novela; ¡es una novela!”, “lo he inventado todo, cariño, de verdad” o “no soy yo, sino un personaje al que le cedo mi nombre”. Etcétera. No cuela. A mí no me la dais. Vosotros no podéis mentir. Nuestras parejas, amigos, los políticos (por no hablar de los periodistas), todos nos mienten. Todos excepto vosotros. Soy un hombre con fe, lo cual –contra lo que pudiera pensarse– no me convierte en un tipo manipulable. He decidido no creeros. Podéis jurar sobre la tumba de Cortázar o Céline. Podéis enviarme correos amenazantes, presentaros a comicios municipales, codearos con ministros o futbolistas. Nada que hacer. Sois los últimos hombres honestos. Por eso seréis los primeros en morder el polvo.
UH, 12/05/09

lunes 11 de mayo de 2009

ÚLTIMA NOCHE FELIZ SOBRE LA TIERRA O IMITACIÓN DE CHUCK PALAHNIUK

Éste que ahora escribe es el perfecto hijo de puta que te destrozó la vida, o eso dijiste entonces, pero yo lo que quería era recordar aquella gran noche, nuestra última noche feliz sobre la tierra, en aquel ático que ya sólo existe en el mítico lugar de las cosas perdidas para siempre en mi vida.
Sabes a qué me refiero.
Por si no lo sabes te daré algunas pistas:
Un gramo de nieve, Jamie Cullum, una botella (70 cl) de Johnnie Walker y ese crescendo coronado por aquel apoteósico final inigualable -te lo juro- “házmelo por ahí”.
La verdad, no sé si fue antes o después de eso que te jodí la vida, pero permíteme que te diga que tampoco pusiste mucho de tu parte para que las cosas fueran diferentes.
Sabes a qué me refiero.
Supongo que lo sabes.
Pero aquella noche en aquel ático nada importaba o quizá es que los dos sabíamos que nada de aquello tenía remedio y pensamos -cada uno a su manera- de acuerdo, todo va a terminar, de hecho todo ya ha terminado, pero despidámonos como sabemos hacerlo.
Y supimos hacerlo, claro que supimos.
Creo que no exagero si digo que eso fue lo mejor que hicimos juntos.
Mucho mejor que comprar las fundas para el sofá de cuero sintético, mejor que arrancar aquel horrible papel de las paredes para después pintarlas de aquel horrible color crema, mejor que las plantas y el toldo para la terracita que nunca conoció un verano y mejor, mucho mejor, que llenar el maletero con todos aquellos cuadros espantosos que acabaron pudriéndose en casa de mis padres.
Supongo que esto querría ser un homenaje pero suena a otra cosa.
Suena a que daría lo que fuera por repetir aquella noche.
Suena a que no me perdono el hecho de haber borrado tu número.
Suena a que voy a tener que montármelo solo.
Supongo que sabes cómo termina la historia.
No esperes nada demasiado original.
Por si no lo sabes te daré algunas pistas:
Nuestro encuentro un año después -era diciembre-, tus ocho kilos de más, nuestros respectivas inercias y, bueno, ya sabes cómo fueron las cosas.
Salí corriendo y fue lo mejor que pude hacer.
Todas aquellas palabras para nada.
Todo aquel repertorio nauseabundo infectado de lugares comunes y mentiras.
Sabes a qué me refiero.
Te ahorraré los detalles.
Pero aquella gran noche,
nuestra última noche feliz sobre la tierra,
qué hermosa te recuerdo entre las sábanas, la cabeza girada, viéndome llegar con mi perfecta sonrisa de ganador,
de puto dueño del mundo, ya me entiendes.

Estaría dispuesto a destrozarte la vida nuevamente
sólo por repetir aquella noche.

martes 5 de mayo de 2009

Crímenes perfectos

Van estos de la NASA y detectan el objeto más antiguo del universo que no es más que la típica explosión de rayos gamma producida por una estrella moribunda hace 13.000 millones de años (millón arriba, millón abajo), es decir, el equivalente a la suma de todos los años que nos restan de hipoteca a los habitantes de la Tierra. El desfase entre el hecho y su detección me recuerda a la cita que tuve con una ex novia, cuatro años después de nuestra ruptura. Tenía algo que decirme, así que quedamos en el Cappuccino. Evidentemente, interpreté aquella cita como un asunto de índole sexual. Los típicos polvos pendientes, el morbo, el aburrimiento, etc. Ella, claro, estaba preciosa. Fumaba, se había operado las tetas, abusaba de la ironía, pero seguía siendo la misma universitaria tímida con la que había salido algunos meses. Lo había dejado con su novio. De mutuo acuerdo, es decir, el tipo le había dado la patada. Se esforzaba demasiado en no parecer enojada. O sea, que aquello iba a ser un polvo por despecho. Cojonudo. Una pizca de rabia hace la cosa más interesante. En fin, que nunca me ha importado ser un objeto sexual. Sólo tenía que aguardar el momento adecuado. Afilaba las uñas mientras ella me hablaba. Ponía mi mejor cara de “te entiendo perfectamente”. Trucos baratos, qué les voy a explicar. Pero la cosa se torció. Cuando tocaba que ella dijese algo así como: “Y tú, ¿tienes novia? ¿Y plan para esta noche?”, va y me suelta: “Me siento orgullosa de haberle sido fiel. Toda una novedad para mí”. Mierda. Esto no entraba en los planes. El mito de la chica tímida partido en mil pedazos. “Pensé que lo sabías. Fue en Menorca”. Como si esto lo justificara. Y para rematar: “Pero he cambiado. Ahora necesito estar tranquila, no complicarme la vida”. ¿Y no complicarte la vida es jodérmela a mí? Entonces pude ver el estallido rojo de la rabia, pude sentir su honda expansiva cuatro años después (mes arriba, mes abajo) de la explosión, es decir, de los cuernos. En fin, yo tampoco había sido ningún santo. Aquella misma noche también yo le confesé mis crímenes.
UH, 05/05/09

sábado 2 de mayo de 2009

MODOS DE VER UN HORIZONTE (Ed. Fecit, 2009), de JUAN PAYERAS, con prólogo de Javier Cánaves


LO QUE LE PEDIMOS A LA POESÍA
(Prólogo)

Estoy en casa y acabo de leer Modos de ver un horizonte, de Juan Payeras. Dudo entre escuchar a John Lee Hooker o Lou Reed, tal es el estado en que me ha dejado el libro. Finalmente me decanto por abrir la ventana y dejar que la ciudad me invada con su banda sonora. Los acordes de siempre, nunca iguales. Y con ellos, los fantasmas. Hay fantasmas que chantajean y los hay con quines uno se sienta a beber cerveza y escuchar música. Es una de las enseñanzas de Juan Payeras en un libro que no pretende enseñar nada a nadie. Es demasiado inteligente para esto, sensatamente individual. Por lo demás, desde que terminé su lectura, no puedo desprenderme de una cita que todavía no he encontrado. Pero sé que lo haré. Habla, estoy casi seguro, de la soledad.

Salgo a la terraza para mirar el horizonte e inspirarme. La ciudad, las historias que encierra, su poesía muda que pide a gritos ser rescatada. El tiempo, como afirma Payeras, es una trampa de espejos donde se confunden sueños y recuerdos, realidad y ficción. Por eso es fácil haber sido Pierre Bezújov en 1812, por eso mismo resulta de lo más normal encontrarse en la puerta de casa con Peter Handke y Chet Baker dispuestos a pasar la tarde con uno. Pero yo sigo solo, en la terraza, ese espacio fronterizo que separa a la ciudad –con sus bares y callejones sin salida, con sus recuerdos de tantas otra ciudades– del interior de casa, del refugio en el que, sin embargo, tantas veces llueve.

No es nada fácil abarcar el horizonte...

Dentro de algunas horas amanecerá y la ciudad se irá alzando, lentamente, como una guillotina perezosa pero implacable. Juan Payeras lo sabe y nos lo cuenta con una sencillez que apabulla. La poesía más eficaz es aquella que nos cuenta con sencillez lo que ya sabemos y que, pese a ello, consigue golpearnos. No puedo desprenderme de esta imagen, la de la guillotina, con la que el poeta inaugura la puesta en escena de uno de los grandes protagonistas del libro: la ciudad, las ciudades. La ciudad como escenario imprescindible en el que se dan cita los otros grandes temas: la soledad, el tiempo, la música, la literatura.

Abandono la terraza y me instalo en el sofá. De pronto me siento como uno de los personajes que pasean su rabia contenida y sus renuncias por los poemas del libro. Ellos saben que, en innumerables ocasiones, el mundo de afuera es un mundo inhabitable, frío, por eso se apresuran en llegar a casa para encontrarse de cara con el silencio del televisor encendido, de la página en blanco, con la pregunta que un descuido de la memoria ha dejado caer. En efecto, Modos de ver un horizonte está plagado de interiores que no aciertan a cumplir con su función de guarida y acaban erigiéndose en prolongación de la intemperie. Poemas como el que da título al libro, o como Tormenta, Cuatro hombres y una dama o Dulce hogar son ejemplos perfectos de la dificultad que entraña esta huida. Cuando la intemperie se adhiere a nuestra piel, es muy difícil sacárnosla de encima.

Me sacudo de encima algún que otro fantasma (mío o de Juan Payeras, no lo sé) y recuerdo la cita que andaba buscando. Es de Paul Auster que, como todo el mundo sabe, se inició en la literatura como poeta. Pertenece a su primera novela, La invención de la soledad: “Cada libro es una imagen de la soledad. Es un objeto tangible que uno puede levantar, apoyar, abrir y cerrar, y sus palabras representan muchos meses, cuando no muchos años de la soledad de un hombre, de modo que con cada libro que uno lee puede decirse a sí mismo que está enfrentándose a una partícula de esa soledad. Un hombre se sienta solo en una habitación y escribe. El libro puede hablar de soledad o compañía, pero siempre es necesariamente un producto de la soledad”.

Producto de la soledad y de este conglomerado intraducible que es la vida, Modos de ver un horizonte, como todo buen libro, es también una invitación al viaje. No es de extrañar que la palabra que cierra el libro sea precisamente ésta: viaje. Algo elemental pero que me veo en la obligación de recordar en este prólogo: Los viajes siempre son irreales, puesto que ocurren en la imaginación o en la memoria, de ahí su textura onírica. Visita a Hampsdtead, Madrid 2001, Hermoso y maldito o Lisboa hablan de viajes desde la perspectiva del que ya regresó, del que ya casi olvida, por lo que transitan entre el ajuste de cuentas imposible y el homenaje entusiasta del que vivió y se aferra a ello. En cambio, The way back home y Caleidoscopio cantan la necesidad de huida, del viaje por hacer, sobriamente, sin engañarse al respecto. Juan Payeras acierta al decir que uno vuelve a casa desde el instante mismo en que parte. La otra salida sería el desvarío.

Desvarío o no, vuelvo a la terraza para aullar en la noche. Mi voz se une al coro de voces que cimientan la ciudad, humanizándola. Es mi homenaje al pasado vivido en libros y música, leído en días y viajes. Todo tiempo será leyenda y no hay maleta que pueda con tanta memoria amarilla, así nos lo cuenta Juan Payeras. Un buen libro es aquel con el que resulta fácil dejar de ser lector para pasar a ser protagonista, y Modos de ver un horizonte lo consigue.

¿No es esto, acaso, lo que le pedimos a la poesía?

miércoles 29 de abril de 2009

Poesía urbana

Una mujer atractiva; alta, morena, con la nariz grande y los dientes perfectamente alineados; una mujer que exhibe sus encías al sonreír, sin pudor, sinónimo de buen sexo, duro y tierno a la vez. Una mujer que se aproxima y me sonríe, que me atemoriza y me regala una historia que no sé si quiero protagonizar, pero seguro que quiero escribir. Vida o literatura, esa dicotomía falsa e ineludible. “¿Eres Javier Cánaves?”, me pregunta. Soy Javier Cánaves, tan cierto como que Dios existe y juega conmigo. “He leído dos de tus libros y me gustaron mucho”. Enseguida miro a mi alrededor en busca de la cámara oculta, de las risas de terceros. Evidentemente, hay truco, tiene que haberlo. Nadie lee mis libros. Bueno, esto no es del todo cierto. Mi novia los lee porque no le queda otra. Mis padres creo que también, pero no estoy seguro. Mi hermana fijo que no los lee. Luego están los amigos y los otros poetas, pero cualquiera se fía. Yo mismo muchas veces he fingido haber leído libros que en realidad no había leído. Y esta mujer me aborda en plena calle para romperme los esquemas. Sus encías brillan y yo tiemblo como una groupie frente a su ídolo depilado. Sólo me queda balbucir un “gracias” casi inaudible. No estoy a la altura de la circunstancias, pero es que las circunstancia se elevan sobre unos tacones interminables. Mis prejuicios me negaban la posibilidad de que mujeres así leyeran poesía. No estoy preparado. Mi sistema inmunológico carece de respuesta. Vuelvo a sonreír de un modo lamentable. “¿Sabes?”, ataca de nuevo, “yo también escribo, pero ando algo perdida. ¿Crees que podría mostrarte lo que hago? Sería importante para mí saber tu opinión”. Quiere mostrarme lo que hace. Mi imaginación se desboca. Evito mirarle las tetas. No sé si lo consigo. Como no podía ser de otro modo, mis plegarias han sido atendidas, pero tarde. No me apetece hacer de profesor. No me apetece complicarme la vida. Una actitud poco poética, lo sé. Llámenlo madurez, prudencia o miedo, qué más da. Finalmente le acabo dando mi e-mail mientras rezo en secreto para que no me envíe nada. No es ausencia de generosidad, sino autoprotección.

UH, 29/04/09

sábado 25 de abril de 2009

MEMORÍA (Ed. Huacanamo, 2009), de BEN CLARK. Palabras leídas durante el acto de presentación del libro en el Club Diario de Ibiza:

Antes de nada, debo decir que estoy profundamente enamorado de Ben Clark, este ibicenco con sangre galesa e inglesa, residente en Salamanca. Como buenos isleños que confraternizan tierra adentro, y descartados por excesivos el suicidio y el asesinato, sólo me quedaba esta opción, la del enamoramiento. Ben lo explica perfectamente (con esa perfección que no llega a comprenderse del todo –es decir, que no cae en la obviedad– y cuyo terreno propicio es la poesía) en su poema titulado Apuntes sobre Houellebecq. Me permitirán que se lo lea antes de continuar.

Confesado mi amor, es decir, mi parcialidad y mi envidia, dejen que les hable de los primeros recuerdos que poseo de Ben. Estas primeras instantáneas transcurren en una Segovia irreal. Y no es que no recuerde con claridad aquel fin de semana con sus cochinillos y sus dedicatorias, o que Segovia sea una ciudad fantasma como lo es mi Palma natal los domingos de invierno, sino que los recuerdos, nítidos y ordenados, caminan hacia la incongruencia lúcida o la encrucijada. Por eso son conmovedores.

Lo mismo puede decirse de la poesía de Ben Clark. Entra fácil, pero no es un producto de consumo rápido; siempre dice más de lo que parece decir, pero lo hace como si se tratara de una broma. Es una casa sencilla –o en apariencia sencilla– que sobrevivirá a la mayor de las tormentas, y no hay mayor tormenta que la del paso del tiempo. Allí se encuentran la muerte y la memoria, los grandes temas de este libro, junto con el miedo, la belleza y la literatura.

Ahora Ben debe permitirme que contradiga en algo (desde la timidez y el respeto de un empleado de banca, de un autodidacta en esto de la literatura) a Ángel Luis Prieto de Paula, autor del prólogo del libro. Es cierto que su libro anterior, Los hijos de los hijos de la ira, era un libro generacional que debía leerse en clave posmoderna. Pero este MEMORÍA no renuncia del todo o no se aleja de aquella vocación generacional: algún eco persiste. Ciertamente, el poeta se distancia de los que le rodean para poder observarlos mejor, desde un yo más trabajado, más individual; pero esta distancia y esta toma de conciencia invitan al reconocimiento, no se agotan en la experiencia individual, agrupan a los que llegan al poema. Es como si Ben Clark, sin proponérselo, acabara siendo la voz de todos los estudiantes, de todos los jóvenes que miran la vida con una curiosidad tamizada por el escepticismo y el empuje de su sangre, todavía en ebullición.

Ben practica un equilibrio casi imposible de conseguir, y lo hace sin renunciar a nada, al menos a nada bueno. Es como si, pese a su juventud, hubiese interiorizado los diferentes y cíclicos movimientos poéticos (quizá su mestizaje haya ayudado), armonizándolos en una escritura a veces cercana a lo coloquial, por eso tan cautivadora, próxima, divertida e hiriente. Es como si se hubiese percatado a tiempo de la trampa que encierra la radicalidad, esa etiqueta tan peligrosa y muchas veces falsa.

La radicalidad llena anecdotarios; el equilibro, grandes obras. Y Ben lo sabe. Sé que entre los jóvenes y los simples la radicalidad sigue gozando de prestigio. Está bien que así sea. Pero de todos esos autores considerados radicales, sus mejores obras son aquellas que tienden al equilibrio, a veces un equilibrio simulado, pero equilibrio a fin de cuentas. En ocasiones lo que ocurre es que la radicalidad se centra sólo en un aspecto de la obra. Al ser una radicalidad marginal, periférica, puede integrarse sin problemas en ese equilibrio que hace de la obra en su conjunto, en todos sus aspectos, algo perdurable. Y la obra de Ben Clark, por lo dicho anteriormente, es perdurable. Si no, tiempo al tiempo.

Parte de la anécdota, pero no se queda en la mera confesión. Habla con transparencia, pero se trata de una transparencia con doble fondo. Sabes que esconde alguna carta secreta, pero ignoras dónde y con qué objeto. Y esto hace posible y deseable la relectura de sus poemas, lo que prueba su valía, su resistencia al tiempo.

Háganme caso: los poemas que no nos apetece releer no son buenos poemas, puede que incluso no sean poemas.

Ben Clark es un poeta serio, es decir, vocacional (en muchas ocasiones parece no tomarse en serio, pero en este no tomarse en serio radica su gran seriedad), pero esta seriedad disimulada está repleta de un sentido del humor desestabilizador y certero, lúcido como siempre lo es el mejor humor. En este punto creo poder decir que su poesía está emparentada con la de Ángel González o Nicanor Parra, y esto son palabras mayores.

Por todo esto, la poesía de Ben Clark (y MEMORÍA es un ejemplo perfecto) es una poesía de futuro, y lo digo en dos sentidos: es una poesía que, dado la juventud del poeta, no puede más que crecer; y, además, es una poesía que (como ya he dicho) aguantará las embestidas del tiempo en la medida en que la poesía puede hacerlo. Y si no me creen, podemos vernos dentro de, por ejemplo, cuarenta años.

Acabará siendo el Rafa Nadal de la poesía escrita en España.

Muchas gracias.
Ver la noticia:

lunes 20 de abril de 2009

DESDE LA INESTABILIDAD, NUEVAMENTE

Sin título, Salva Ginard


Has sido lo peor que me ha pasado
me querrás siempre?
empecemos de cero
tendrías que poner más de tu parte
nos vemos a las ocho
pensaste en mí?
has sido lo peor que me ha pasado
hoy vi una lavadora una ganga
y qué pinta tu madre en todo esto?
me quieres todavía?
por qué siempre te inventas una excusa?
qué piensas sé sincero
has sido lo peor que me ha pasado
por qué no bajas el volumen?
tendríamos que hablar de lo de anoche
dónde coño pusiste los papeles?
te siento tan distante
me gusta cuando dices que me adoras
eres toda mi vida lo eres todo
has sido lo peor que me ha pasado
aún siento que es posible cualquier cosa
recuerdas el principio aquel viaje?
dónde fue que perdimos?
por qué nunca me escuchas?
hay veces que no sé
me voy por unos días
me encanta que me abraces tengo frío
te conozco?

Has sido lo peor que me ha pasado.



El cuadro pertenece a la exposición inestable, de Salva Ginard; el poema, a un libro ya para siempre inédito que acabé titulando Apenas esto. El aburrimiento y la memoria han querido que se encontraran aquí, en esta entrada. Era cuestión de tiempo, me digo. Fue en casa del pintor donde nació este esbozo. Ambas expresiones quieren ser un autorretrato que se escapa del autorretrato, como si fuera posible. Cualquier comentario está de más, pero no seré yo el que reniegue de las tentaciones. Es criticable el ombliguismo, pero de allí nace el pudor, gasolina o pócima mágica para el artista. Odio la palabra artista. Siempre intento evitarla. Magia también me resulta sospechosa, aunque debo profundizar en la cuestión.
Las mejores dedicatorias son las secretas. Con esto lo digo todo, es decir, nada. Saludos desde la inestabilidad controlada por los tres carceleros más influyentes: familia, crédito y salud.
Otro día hablo de la salud tal como la percibe Svevo.

viernes 17 de abril de 2009

Un asunto muy simple

El hombre se ha especializado en construir barreras para defenderse de los otros, esa eterna amenaza. Decir que nos habría ido mejor de no haberlo hecho es ingenuo. La civilización tuvo que recurrir a ellas para después negarlas hasta la inmolación. La historia de siempre. Muchas de aquellas barreras ahora son patrimonio de la humanidad, citas indispensables para los ciudadanos de hoy, es decir, para los turistas globalizados. Ciclos inevitables, lo que nos hace escépticos y curiosos. Todo muta: el arte, el amor, la historia. Todo es moda y la moda es nada, hasta que alguien decide realizar una retrospectiva. Entonces colas de turistas dispuestos a pagar 20 euros por la entrada elevan el evento, lo que celebra, a la categoría de significativo. La ignorancia o el miedo de ayer son el arte de hoy y viceversa. Saque sus propias conclusiones, déles la vuelta e intente olvidarse del asunto. Pero hablaba de barreras y civilización, dos entidades que se retroalimentan como nacionalismos enfrentados. Todo será física y química, pero importa muy poco. Construimos muros para defendernos y, una vez a salvo, renegamos de ellos y los lanzamos a la categoría de intolerables. Más tarde llegará el momento de la reconstrucción. Pasa como con las ex amantes. ¿Cómo pudieron dejar de excitarnos? De esta contradicción se alimenta el arte, es decir, la vida. Un asunto muy simple, si no fuera tan complejo. Lo intentas explicar y acabas divagando sobre nada, es decir, sobre moda. Como cuando decides finalizar una relación sentimental. Ya saben a qué me refiero. No es por ti, es algo que debo resolver conmigo mismo, etc. Es para llorar de risa, lo sé. Nada se supera del todo. Estaba en lo cierto aquel filósofo alemán al que jamás leí. En fin, no crean que esto pretende ser una despedida, que hablo por hablar. Lo que hoy es confusión mañana será clarividencia. El azar nos muta a la espera del olvido, tan monárquico. Estas palabras no son más que unos pocos euros, apenas dos minutos de su tiempo, divagación, moda, nada. Como todo. Hasta la próxima.
UH, 17/04/09

lunes 13 de abril de 2009

LECTURAS OBLIGATORIAS


Todos los niños deberían haber leído El príncipe feliz, de Oscar Wilde. El mundo no sería mejor, pero aún así.

martes 7 de abril de 2009

Lo de siempre

Pese a que ando leyendo a Billy Collins, poeta neoyorquino que sabe ponerme de buen humor, siento como si una nube cargada de lluvia se hubiese encaprichado de mí. La edad, la primavera, la creciente polarización de la sociedad, quién sabe. Salgo a la calle. Llueve y no tengo paraguas. De todos modos, no pienso volver atrás. Cruzo Aragón corriendo. En el bar 7 de julio pido lo de siempre. Es cierto que existe un sustrato innegable de falta de originalidad en este hecho, pero no es menos cierto el placer que me produce ser conocido por el dueño del bar, que me sonría y me pregunte si voy a tomar lo de siempre. En efecto, voy a tomar lo de siempre. Leo a Collins mientras sorbo el café con leche. Los aplausos provenientes del televisor me distraen. Tipos mediocres y peligrosos hablando de la mediocre y peligrosa realidad. Primer plano de una rubia famosa por haber estado casada –cuando era joven y humana– con un torero. Un escalofrío recorre mi cuerpo. Intento volver a Collins, pero no lo consigo. Cuando en un plató de televisión la gente arranca a aplaudir, inmediatamente tengo que apagarla o cambiar de canal, ya que temo que la imbecilidad sea contagiosa. Pero no estoy en casa: el mando no me pertenece. Desvío la mirada hacia la barra donde un par de parroquianos hablan sobre la crisis. Les escucho repetir los lugares comunes nacidos de los miedos comunes y amamantados por los medios de comunicación, tan comunes. Cierro el libro y le hinco el diente a mi rebanada de pan con tomate. Reflexiono unos instantes sobre la crisis y llego a la conclusión, unos segundos después, de que la crisis actual se asemeja a Dios en cuanto que nació de un ejercicio especulativo de los seres humanos y, una vez entre nosotros, nos resulta terriblemente difícil deshacernos de ella. Acertada o no, es la conclusión a la que llego. No está mal para tener una nube de lluvia pendiente de mí. Me pongo en pie. Me acerco a la barra y pago. Afuera esperan la nube, la primavera, la polarización que nos afila los colmillos. Que tengan un buen día.
UH, 07/04/09

viernes 3 de abril de 2009

Patria

El estado es un hecho jurídico, algo objetivo, delimitable. Tiene que ver con el poder y la capacidad recaudadora. La patria, en cambio, es amamantada por la radical subjetividad de cada uno y en muchas ocasiones se hace difícil su delimitación. Baudelaire decía que la patria es la infancia. En tal caso, a mí me queda poca o, yendo más lejos, todos los que no somos niños somos unos expatriados. Ernesto Sábato escribió que “para bien o para mal, el escritor verdadero escribe sobre la realidad que ha sufrido y amado, es decir sobre la patria”. Abundando en la idea, Estanislao Pellicer, en su libro Chopin en Mallorca, afirma que el compositor “fue siempre y por sobre de todo un patriota”. Y continúa: “No importa que el artista se halle fuera de su Patria, en París o en Mallorca; su creación será siempre esencialmente polonesa”. Así las cosas, me guste o no, no me queda otra que escribir sobre la patria. Reflexiono unos instantes y llego a la conclusión de que la patria puede ser la plaza en la que aprendimos a montar en bici o el bar donde dimos nuestro primer beso. Su esencia radica en lo inasible de sus formas, en la añoranza que nos produce su pérdida, ya que siempre se pierde. Estamos hechos de pérdidas, así lo han cantado poetas y filósofos. Pero sigamos. Roberto Bolaño, el último de los grandes, en una entrevista con Mónica Maristain, dijo que su única patria eran sus dos hijos, Lautaro y Alexandra. “En un segundo plano, algunos instantes, algunas calles, algunos rostros o escenas o libros que están dentro de mí y que algún día olvidaré, que es lo mejor que uno puede hacer con la patria”. Qué difícil construir el mapa de nuestra patria. Mi patria es Floriane, Porto Petro, el Karajo, algunos versos de los que aún no he renegado, todo eso que me hace ser quien soy y que algún día olvidaré. La segunda acepción del diccionario de la RAE asegura que la patria es el “lugar, ciudad o país en que se ha nacido”. Yo nací hacia el final del verano. Quizá por eso mi carácter huidizo.
UH, 03/04/09

miércoles 1 de abril de 2009

En el centro invisible de la Historia

Quedo para comer con mis padres y decido acercarme hasta su casa caminado. Un gesto ecológico y saludable, además de económico. Para que no digan que no miro por el bien de mi ciudad. Camino junto a la vía de cintura. Me detengo un minuto frente al estadio Balear, testigo de naufragios y tedios infinitos. Llegan imágenes de cuando, flaco y melenudo, defendía la camiseta blanquiazul. Si no recuerdo mal, ganamos la Copa Presidente en una disputada final contra el Ramón Llull. Mi marcador (evidentemente, yo jugaba de delantero) fue David Castedo. Evidentemente, no toqué pelota. Cruzo el puente y me interno en Son Gotleu. Siempre me han gustado las zonas degradadas. Muchos de los mallorquines de nuevo cuño no hablan ni castellano. Soy consciente de estar atravesando uno de los guetos del primer mundo. Huele a especias, a fritura, a sueños transpirados en colchones de tercera. Negros altos y majestuosos hablan en móviles de última generación. Proliferan los locutorios y los desconchados, las viviendas de protección oficial envejecidas, de los años 70 y 80. Un grupo de gitanas ruidosas entra en un bazar chino. Pienso en los movimientos migratorios originados por el hambre y las represiones, por las promesas de una vida mejor. Pienso en la realidad de los telediarios y en esta otra, casi idílica. Todos somos hermanos, respiramos el mismo aire. Estamos destinados a odiarnos, pero ahora reina la paz. Sé que todo estallará, pero yo camino por estas calles y por un instante me siento en el centro invisible de la Historia. Sé que la Historia se escribe en habitaciones secretas, al margen de los que la padecen. No soy tan ingenuo. Llego a la plaza Teniente Coronel Franco, con dos cojones. Seguro que si le cambian el nombre habrá quienes protesten. En fin, a quién puede importarle. Hablo de fútbol con mi padre, de cortinas con mi madre. Pienso en ellos 20 años atrás, cuando cada fin de semana iban a verme jugar a fútbol. Recorrieron todos los campos de Mallorca. Fuimos como inmigrantes persiguiendo el sueño de una vida mejor. No lo logré, pero queda el recuerdo. Me despido. Anochece. Cambio de ruta para volver a casa.
UH, 01/04/09

sábado 28 de marzo de 2009

EXTRANJERO

Tafí del Valle

¿Te gusta conducir?



Embalse de Cúber


El burro





El Gorb Blau





Después de comer




Cony anda por Londres, visitando a su hermana, y yo estoy en casa, solo, junto a una botella de hierbas dulces y una montaña de libros. Ernesto Sábato, Blaise Cendrans, Roberto Bolaño, Estanislao Pellicer y Slavoj Zizek. Entre otros. Son las ocho y ya está oscuro. Todavía no sé si saldré esta noche. He pasado todo el día fuera. Me apetecía conducir, sentirme extranjero, exprimir la soledad hasta sacar algo bueno de ella. Valldemossa, Deià, Sóller, los embalses de Cúber y el Gorb Blau, Lluc, Pollença y de nuevo Palma. En el coche, Quique González y Andrés Calamaro. Volver a escuchar a Quique después de tanto tiempo ha sido catártico. Conducía y cantaba. Me imaginaba compartiendo escenario con el madrileño, cantando a dúo la de Arañazos de piel roja. De vez en cuando, detenía el coche para hacer fotos. La Sierra atesora paisajes fantásticos. Me ha sorprendido la cantidad de animales (ovejas, cabras y un burro) que me he encontrado a lo largo del camino. Esto me ha hecho recordar aquella otra excursión en coche, en Argentina, de Tucumán a Salta. Dejando Tafí del Valle tuvimos que parar el coche para que un grupo de caballos cruzara la carretera. Pensé en Raymond Carver, no sé muy bien por qué. Finalmente he comido en Pollença. Todo eran ciclistas y senderistas alemanes. Y sudamericanas trabajando en los bares y restaurantes del pueblo. Llevaba conmigo los libros de poemas Extravío, de César Simón, y La latitud de los caballos, de Juan Vicente Piqueras. No hay como sentirse extranjero en tu propio país para poder amarlo. Ahora estoy en casa. Hace un momento he terminado de escribir un artículo para el Última Hora. Lo he titulado Patria. Las hierbas empiezan a hacer su efecto. Mejor lo dejo aquí.

miércoles 25 de marzo de 2009

Una montaña de condones


Parece que el mundo entero se haya escandalizado con las declaraciones de Ratzinger en torno al condón, también conocido como goma, capuchón, preservativo o profiláctico. Los hay que, como el Papa anterior, jamás pronuncian su nombre –sobre todo cuando se encuentran en plena faena–, cosa que lleva al idioma a ambigüedades muy poéticas, cercanas al chiste. “¿Me pongo algo?”. “Sí. Un condón sería lo suyo”. Pero hete aquí que Ratzinger pronunció el vocablo de la controversia. Voy a Google Noticias y tecleo la palabra “preservativo”: 1.628 resultados aproximadamente. Luego hago lo mismo con la palabra “condón”: 2.415. Victoria sin paliativos del condón. Muy atrás queda la palabra “profiláctico”, con tan solo 85 resultados. Establecidas las preferencias de los usuarios del lenguaje, sigo con el tema. Dentro de poco hará 20 años que vengo utilizando condones, con sus rachas mejores y peores, como todo el mundo podrá imaginar. El dinero empleado en la compra de gomas y libros ha sido el mejor gastado, el que más feliz me ha hecho. (Unos años atrás, hubiese incluido la música en esta lista, pero por razones inconfesables y fácilmente imaginables ya no compro cedés). Pienso en todos los preservativos usados a lo largo de mi vida. Una montaña de condones, esos ridículos envases de esperma desperdiciado, cada uno con su pequeña historia de amor o necesidad, de triunfo o derrota. La biografía de muchos de nosotros podría erigirse sobre la ínfima epopeya de cada uno de esos trocitos de goma. Todo acabará en el olvido, es decir, en los grandes contenedores que almacenan las secreciones que la humanidad genera. Me estoy poniendo lírico, soy incorregible. Alguien debiera escribir un poema grandioso sobre el preservativo (con cita de Benedicto XVI, evidentemente). Por lo demás, mensajes como el del Papa durante su visita a África no hacen más que escenificar el distanciamiento entre la Iglesia Católica y sus propios fieles. Las personas follamos y no queremos ni podemos tener más de dos o tres hijos. De todos modos, se trata de un distanciamiento asumido. En realidad, al Papa sólo lo escuchan primeros ministros y columnistas. Los demás van a lo suyo, católicos o no. Lo otro es política.
UH, 25/03/09

lunes 23 de marzo de 2009

FESTIVAL ACRÓBATAS



Dije que sí y qué haré ahora con el pánico que le tengo al público.

En una entrevista realizada en 1982, Jaime Gil de Biedma dijo que la poesía moderna está encerrada en una página y que es leída mentalmente, que la poesía empezó por ser canto, pero que la separación se consumó hace ya muchos años.

Odio mi voz y mis chistes. ¿Entonces? Amigo, pregúntale al ego, ese hijoputa.

Recuerdo vagamente una conversación con Luis Ramiro sobre Víctor Manuel. A los dos nos encantaba Víctor Manuel, aunque es posible que me confunda. Dani, ¿te acuerdas? Una niebla cerrada envolvía Madrid. En un taxi dejé olvidados todos los libros que aquella misma tarde me había comprado en La Casa del Libro de la Gran Vía. Me hubiese gustado ver la cara del taxista al encontrar todos aquellos libros de poesía. En fin, cosas más raras se habrá encontrado.

Yo seguí con lo mío, buscando mi camino, el poema perfecto. Sé que no existe como sé que algún día daré con él. Tranquilo, yo tampoco lo entiendo.

Sobre poesía, estas palabras de Ernesto Sabato:

“Algunos opinan que en la poesía pura no deben intervenir los ingredientes filosóficos o políticos; otros proscriben la anécdota; otros, en fin, echan la rima, los valores musicales. Construyendo un poema que respondiese a todas esas prohibiciones no quedaría nada, que es al fin de cuentas la más intachable forma de la pureza”.

La nada. Quizá el único tema, a estas alturas, sobre el que vale la pena escribir, ya lo dije. Tengo sueño. Feliz primavera.



sábado 21 de marzo de 2009

Agroturismo con spa


Decidí darle una sorpresa y reservé habitación en un agroturismo con spa, cerca de Campanet. Esos placeres de la clase media, las migajas que nos cierran la boca y nos hacen felices, los residuos de todas las revoluciones emprendidas por la raza humana. Un pequeño lujo más o menos asequible. Es precioso, dijo ella. Y ahora, desde que construyeron la autopista, a tiro de piedra, respondí. Comimos en la plaza frente a la iglesia de Campanet. La población local, es decir, gentes venidas del norte de África, conversaban al sol. En el televisor de plasma del bar donde comimos, el Chelsea se sumaba a la lucha por la Premier. Después de la siesta, tocaba baño turco. Compartimos vapor y secreciones con una pareja de autóctonos sexagenarios la mar de simpáticos. A los dos minutos, el hombre se puso en pie y dijo: no puc més. Yo decidí resistir. Estaba al borde de un ataque de ansiedad, pero me había propuesto aguantar por lo menos diez minutos. Mientras mi cuerpo se iba deshidratando a marchas forzadas, pensé que aquello era una tortura cojonuda. Elaboré mentalmente un listado de todas las personas que metería ahí adentro, pero esto hizo que mi claustrofobia se agudizara. En la piscina climatizada me encontré con Pau Debon, cantante de Antònia Font. Los que siguen mis artículos (legión de incondicionales, para qué ir de modesto) recordarán que en el último -aparecido el sábado pasado, justo el día de mi estancia en el agroturismo-, mencionaba a la banda mallorquina. Esta casualidad me dejó pensativo durante unos instantes. Pero era el momento del jacuzzi. Pese a la incomodidad de la bañera burbujeante, logré mantenerme en remojo el tiempo suficiente para poner nerviosa a la pareja que aguardaba su turno. Ya en la cena, volví a pensar en mi encuentro con Pau Debon. Llegué a convencerme de que me había mirado con algo de curiosidad. Quién sabe, quizá acababa de leer el artículo. ¿Qué encerraba esta casualidad? Se lo comenté a ella, pero no mostró interés. Quizá te confundas de persona, dijo. Sopesé la posibilidad. Era sábado por la noche y empezaba a estar borracho, felizmente confundido. Sonreí. Mallorca entera bailaba a mi son.
UH, 20/03/09

jueves 19 de marzo de 2009

INDIFERENCIA

Hoy es el Día Mundial de la Indiferencia, lo saben los perros y las bolsas de plástico arrastradas por el viento (Carrefour, Ikea, El Corte Inglés), porque hoy también es el Día Mundial de las Bolsas de Plástico Arrastradas por el Viento, y si menciono a los perros es porque ellos lo saben todo, siempre lo han sabido, por eso prefieren ir meándose por las farolas y los parachoques y los parterres y las puertas de todos los bares y casas de este mundo mefítico, sí, mi amor, este asteroide nacido de una meada de Saint Exupéry –no hace mucho leí El Principito, ahora que empiezo a dejar atrás la juventud (los 35, según las bases de un certamen para jóvenes poetas), que no recuerdo la niñez, sin duda influenciado por el “factor francés” de mi vida, en previsión de una tarde aún por venir con un sol anaranjado volviendo irreales, vagamente afectuosas, todas las cosas inmediatas. Bienvenidos al Día Mundial de la Indiferencia, o al Día Mundial de las Bolsas de Basura Apiladas Junto a la Puerta de Casa, enrareciendo el aire de este encierro con vistas a una gasolinera Repsol –los que me conocen sabrán que esta gasolinera es mi postal fetiche del fin del mundo, ¿y por qué no inaugurar el Día Mundial de las Postales del Fin del Mundo? Zonas de ensanche no planificadas, centros comerciales en amplias avenidas atestadas de zombis apresurados, bocas de metro y de presidentes de comunidad que desprecian sin inmutarse las tardes de Champions, circunvalaciones, hoteles en el mes de enero inmersos en pleno proceso de remodelación, el llamado Plan Renove, Carnecería La Vaca Feliz, un semáforo obstinadamente en ámbar, etcétera, etcétera. Prefiero, si se me permite, acurrucarme en el Día Mundial de la Inexistencia, ovillarme como uno de aquellos presos de Guantánamo y consentir que las expectativas que alguna vez tuve me sepulten en esta zanja con calefacción centralizada e internet. Dejar un rastro de palabras como cagadas de pájaro en el limpiaparabrisas, nítidas y extrañas, instigadoras de la mala leche colosal que amamanta nuestra furia, ya desde Roma. Pero hoy es el Día Mundial de la Indiferencia, ya lo dije, y me importa una mierda la suerte que corramos.

domingo 15 de marzo de 2009

Fiebre

Estoy en casa. Es de noche y escribo con fiebre. No me he tomado la temperatura, pero sé que tengo fiebre. Lo noto en las articulaciones y en el pensamiento, desordenado y disfrazado de lucidez. El reloj del ordenador marca las 0:58. Tras la ventana, Mallorca duerme, se hunde lentamente en su inexistencia feroz. No, feroz no es el adjetivo, nada que tenga que ver con Mallorca es feroz. ¿Idiosincrasia? El placer que nos produce conducir por la izquierda y votar por la derecha. La ausencia de ferocidad nos hizo palmeros. También palmesanos (a algunos de nosotros, se entiende). Un compañero de trabajo (de baja por depresión) solía decir que no éramos más que un pueblo de comerciantes. El mito de las antiguas rutas. Como los marroquíes. Como los turcos. Pero no. Nosotros somos hogareños, tranquilos, desapasionados; manejables, sí, pero civilizados. No pagaremos el precio de pretender tener voz propia. No la tenemos y nos da igual. Seremos políglotas y mansos, siempre exóticos a los ojos de los continentales, de otra pasta. Ahora recuerdo un poema de Ben Clark, poeta ibicenco residente en Salamanca, alto y rubio como los alemanes que nos dan de comer. Se titula (no escribo de memoria, sino que he ido hasta la estantería para consultar el libro) Apuntes sobre Houellebecq. Habla del ensimismamiento del isleño frente a la incomprensión de “los hijos de la Tierra”. Yo lo he sentido en mi propia carne. Mallorca entera lo ha sentido mientras se hundía y teníamos la Copa del Rey de Vela, mientras desaparecía y teníamos el Ballermann 6 repleto de alemanes borrachos de cerveza checa y felices por la globalización, mientras se ahogaba y teníamos a Tomeu Penya versionando a Kenny Rogers. Y la ensaimada. Y la coca de trampó. Y ses panades, es cocarrois i es robiols. Y la sobrasada. Y las galletas Quelly. Algún día extrañaremos este trozo de tierra amenazado por la subida del nivel del mar. Mientras el mundo entero se mueve hacia un regionalismo multiculturalista, Mallorca entera se hunde en esta noche de fiebre y despropósito. Mañana, ya curado, me arrepentiré de estas palabras. Ahora les dejo mientras escucho en el YouTube a los Antònia Font, concretamente, Extraterrestres. Así me siento.
UH, 14/03/09

viernes 13 de marzo de 2009

GEOGRAFÍA DEL TIEMPO, DE A.G. PORTA


El viejo cazador de extraterrestres deambula por la versión posmoderna de la Comala de Juan Rulfo, una ciudad espacial a la deriva por el universo. Los muertos ya no son voces de aparecidos, sino cuerpos incorruptos desperdigados por la ciudad o la imagen de Rosita Chen repitiéndose hasta el infinito en todos los televisores. El viejo cazador deambula a través de los restos de la Civilización e intenta dejar constancia de lo que fue la humanidad, de lo que fue su vida, en un discurso desesperado e incoherente que entremezcla recuerdos, sueños y realidad. Por otro lado, se hace inevitable pensar en Tokio ya no nos quiere, de Ray Loriga. En este sentido, hay que decir que Geografía del tiempo ofrece menos concesiones al lector, se repliega más sobre su esencia. Una metáfora continuada, desquiciada y fiel a sí misma sobre la soledad, sobre la inutilidad e inexactitud de todo acto humano, de todo recuerdo. Un bello poema disfrazado de novela que no pretende llegar a nada. Si acaso a la nada que nos envuelve por los siglos de los siglos. Quizá el único tema, a estas alturas, sobre el que vale la pena escribir. Para llegar a nada.

También resulta inevitable pensar en Groundhog Day (Atrapado en el tiempo), aquella película genial protagonizada por Bill Murray. De hecho, ésta fue la cara que le puse al viejo cazador de extraterrestres. Al fin y al cabo, el bueno de Bill ya tiene experiencia en perseguir fantasmas.

jueves 12 de marzo de 2009

Yo también quise ser un detective corrupto

En el amor y en los negocios todo vale, al menos eso se decía y quizá se siga diciendo, eso sí, lejos de los micrófonos y a poder ser en clave, no sea que tengamos un dispositivo de escucha en el lugar más insospechado. Desde que el hombre dejó el nomadismo y la jungla para instalarse cómodamente en la caverna y la vida sedentaria, la información es poder, por eso la proliferación de espías y sociólogos. Quizá se trate de la conquista de un sueño infantil, porque ¿quién no soñó con ser un detective corrupto, más o menos desesperado pero con cierta facilidad para llevarse mujeres a la cama? Me lo decía el otro día un amigo: sólo el sexo da sentido a la vida. ¿Te imaginas una vida sin sexo? Ahí Dios fue compasivo con sus hijos. Nos llenó el camino de trabas, nos hizo débiles y mezquinos, pero en el último instante tuvo un arrebato de piedad, Él, que es tan duro, y nos regaló el sexo. ¿Estás hablando de amor?, pregunté. No seas ingenuo, dijo. Pareces de la Asociación La Sonrisa Feliz o cualquier otro grupo de ideología ultra-católica. Supongo que bromeaba, no lo sé. Desde luego es bueno tener vías de escape. Impiden que te ahogues entre tanta inoperancia y corrupción, entre tanto discurso predecible. Imagino a mi amigo reprochándome este comentario. Pareces un moralista, diría. Seguro que te encanta alardear de tu cultura y tus inclinaciones social-demócratas. Pues no, no me gusta alardear. Alardear de según qué te crea problemas. De hecho, mejoro día a día en la táctica de parecer más tonto de lo que soy. Si me preguntan por Obama, recito de memoria el editorial de un periódico de tirada nacional. Si lo hacen por la corrupción, respondo que en todos los jardines crecen malas hierbas. Si la pregunta versa sobre la crisis, meneo la cabeza y digo que se trata de un asunto bastante complejo, como lo del País Vasco o la franja de Gaza. Por lo demás, no creo que valga todo. Lo digo sinceramente. Bueno, también por si alguien me lee. O por si llevo un micro oculto. Nunca se sabe.
UH, 11/03/09

martes 10 de marzo de 2009

LA UBICACIÓN DE LOS CADÁVERES QUE ALGUNA VEZ FUIMOS O SEREMOS (dos versiones)


1.

El hombre que pintaba rascacielos jamás quiso salir de su terruño. La mujer que nadaba en el océano siempre tuvo terror de las piscinas. Pasé la vida perpetrando versos de amor y nunca amé. Ella ensayaba despedidas y sigue estando aquí. Deberías marcharte, le expliqué. Acumulo el valor para algún día saltar a la piscina de tu casa, ésta fue su respuesta. Yo volví a encerrarme en el cuarto y dibujé el rascacielos más solemne visto a este lado del mundo. Abandoné mi encierro. La mujer, ensimismada, miraba la piscina. Siento pánico, balbució algunos meses después. Todo se hundía sin que nadie lo advirtiera, esto al menos pensaba el hombre que pintaba rascacielos. Ya es muy tarde para mí, sentenció. No estaba triste. La mujer que nadaba en el océano seguía peleando con las olas. Intento subsistir sin hacer daño. Ya enterré los cadáveres en zanjas. Sólo queda olvidar su ubicación.


2.

El hombre que pintaba rascacielos
jamás quiso salir de su terruño.
La mujer que nadaba en el océano
siempre tuvo terror de las piscinas.
Pasé la vida perpetrando versos
de amor y nunca amé. Ella ensayaba
despedidas y sigue estando aquí.
Deberías marcharte, le expliqué.
Acumulo el valor para algún día
saltar a la piscina de tu casa,
ésta fue su respuesta. Yo volví
a encerrarme en el cuarto y dibujé
el rascacielos más solemne visto
a este lado del mundo. Abandoné
mi encierro. La mujer, ensimismada,
miraba la piscina. Siento pánico,
balbució algunos meses después. Todo
se hundía sin que nadie lo advirtiera,
esto al menos pensaba el hombre que
pintaba rascacielos. Ya es muy tarde
para mí, sentenció. No estaba triste.
La mujer que nadaba en el océano
seguía peleando con las olas.
Intento subsistir sin hacer daño.
Ya enterré los cadáveres en zanjas.
Sólo queda olvidar su ubicación.

© Javier Cánaves

miércoles 4 de marzo de 2009

MI ÚNICA PASIÓN VERDADERA O NOCHE CON PELUCA A LA FRANCESA


Mañana viajo a Francia, tu sais. Hasta el martes o miércoles de la semana que viene no podré actualizar el blog. Les dejo este homenaje -abro paréntesis- no se pierdan los “Omenages” incluidos en MEMORÍA, último libro de Ben Clark -cierro paréntesis- a Marguerite Duras -abro paréntesis- ah el eterno factor francés de mi vida -cierro paréntesis- escrito unos cuantos años atrás. Otro texto rescatado. Ya no recuerdo si lo escribí sobrio, borracho o de resaca. Sigo queriendo ser tan bueno como la francesa. Tal vez en Ramonville St. Agne me llegue la inspiración.


_________________________





Hoy me he despertado con unas ganas terribles de ser Marguerite Duras. Después de unos instantes de lógica resistencia (fui a un colegio de pago), he cedido a mis impulsos y me he encasquetado en la cabeza una peluca que me compré hace algún tiempo en un intento (bastante desafortunado, todo hay que decirlo) de ser Anne Sexton. Acto seguido me he probado un camisón que fuera de mi abuela (bastante más pequeña que yo y con esto lo digo todo) y he releído algunos pasajes de los libros de la francesa que hay por casa…

Y de pronto esta casa se ha convertido en la casa de Neauphle-le-Chateau
En el templo de mi locura Hay una botella de Hierbas Túnel No tenía whisky
Sobre la mesa de la que apenas queda un tercio de su contenido
Ciertamente da miedo pensar en la resaca de mañana pero ya se sabe
La soledad significa alcohol tiene que ver con los ritos
Y yo siempre tuve el rito o prudencia de tener whisky
O en su defecto Hierbas Túnel
En el aparador de casa en prevención de insomnios
O súbitas desesperaciones Es la única manera de ahuyentar el miedo
De olvidarme de mí y de esta incómoda peluca que me hace sudar
Y delirar ¿o será la soledad? En cuanto el ser humano está solo
Cae en la sinrazón
Ésta fue una de mis muchas frases inspiradas
Aunque debo reconocer que mi predilecta es aquélla que dice
Escribir toda la vida enseña a escribir. Pero no nos salva de nada
Sí allí fui realmente grande mi mente enferma de soledad
La soledad no se encuentra, se hace alcohol y literatura
Tenía momentos increíbles como aquel otro en que dije
Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos
Frase que imagino escribí después de varios vasos de whisky
¿O eran Hierbas Túnel? y que inspiró a un poeta
De cuyo nombre me acuerdo perfectamente Ya es de noche y la noche
Es como un libro una invitación el recuerdo de los amantes
Que tuve ¿o sólo los soñé? Qué importa ya al fin y al cabo
La duda también es escribir aunque yo no dudo al decir
Que un vaso más de esta bebida verde y dulzona
Me impedirá seguir escribiendo al menos por esta noche
En esta casa en Neauphple-le-Chateau donde di rienda suelta
A mi única pasión verdadera ya lo saben Escribir

lunes 2 de marzo de 2009

TENGO UNA IDEA PARA UNA NOVELA O LETANÍA FRENTE AL INFINITO DEL NUEVO CREADOR


Forges


No queremos novelas sino piscinas azules
Y tipos que se encierran en apartamentos
Y fotografían mujeres reversibles que miran hipnotizadas
El azul trascendental de las piscinas No queremos
Descripciones pormenorizadas no soporto El perfume
De Süskind Hay que quemar todos los libros de Nabokov
Los de Updike los de Javier Marías y puestos a no querer
No queremos reflexiones por no hablar del principio
Nudo y desenlace Qué risa nos provocan esos libros
De literatura del colegio Toda narración debe tener
Tres momentos diferenciados La nada la nada la nada
Y poesía visual y poemas objeto o poemas llavero
Y eso sí una extensa nota autobiográfica en varios tomos
Con fotografía muy original a ser posible Algo que supla
La nada la nada la nada Muerte al retrogusto
y a los Moleskine.

viernes 27 de febrero de 2009

CLARIVIDENCIA DEL VIAJE

La Tour de Carol, Francia


Los andenes desiertos. Los libros. Ciudades impasibles. Estrategias de superviviente. Las frases de un invierno repetido. Los chicos tristes del sur. Su canto trastornado. Un sueño con flamencos. El desconsuelo de los baños públicos. Un taxi a media noche. Los hoteles. Sus armarios vacíos. La luz acuática de los televisores. No hay nadie al otro lado. El camión de la basura. Las sábanas. Su caricia de hospital. Las pastillas.

Durante el viaje se adquiere cierta clarividencia ingobernable y la dosis necesaria de anestesia para soportarlo.

jueves 26 de febrero de 2009

Cuestión de astas*


El 11-S inauguró de manera oficial la era del miedo, es decir, la era de la seguridad. Luego, la prensa más sensacionalista, es decir, el 90% de la prensa mundial, se encargó de enraizar y volver cotidiano el miedo. Como el pan, la polución y la demagogia. Los ciudadanos pasamos a ser sospechosos habituales. Ya no bastaba con ser tratados como niños. Columnistas y contertulios utilizaron la ironía, a veces la indignación, para hablar de lo que sucedía en los aeropuertos, por mencionar lo más flagrante. Siempre es por nuestro bien, es decir, por nuestra seguridad. En fin, no hay que negarles la parte de razón que tienen. De ocurrir cualquier desastre, nosotros, el pueblo llano, nos arrojaríamos a su yugular exigiendo explicaciones, es decir, cabezas. Y hablando de cabezas y miedo, no he podido reprimir la imagen de los ciervos muertos a los pies de cazadores satisfechos y campechanos, emuladores de Hemingway. Quién les iba a decir que acabarían siendo portada de periódico, que todo el mundo hablaría de ellos, que se les relacionaría con la corrupción generalizada y con la dimisión de todo un ministro. La mayoría de nosotros moriremos y no tendremos primeras páginas. Ni últimas, vamos. Una esquela como mucho. Pero hablaba de los ciervos. No soy tan sensible, es decir, tan pelmazo, como para ponerme a derramar lágrimas por unos cuantos animales muertos, pero debo reconocer que hay algo turbador en esas fotografías. Pensar que tipos que detentan poder real son capaces de matar fríamente, por deporte, a un buen puñado de mamíferos, pues no sé, me crea cierta inquietud. Y lo dice alguien capaz de matar una mosca. De hecho, el verano anterior me convertí en una auténtica pesadilla para las moscas del barrio. Quizá este hecho encierre una conciencia de clase. De clase mamífera. En fin, no será para tanto. De mis estudios de derecho, allá por el siglo pasado, me quedó la diferenciación entre igualdad e igualitarismo y una mosca, si mire por donde se mire, no es un ciervo. Cuestión de astas.

*UH, 25/02/09

martes 24 de febrero de 2009

AMBERES


(poema construido con frases extraídas del libro Amberes, de Roberto Bolaño)

Estoy solo,
toda la mierda literaria ha ido quedando atrás,
revistas de poesía, ediciones limitadas, todo ese chiste gris quedó atrás...
Alguien crea silencios para nosotros.
Bien mirado, es poco el tiempo que nos dan para construir nuestra vida en la tierra,
quiero decir asegurar algo, casarse, esperar la muerte.
Ambos lloraron como personajes de películas diferentes en la misma pantalla.
Escena roja de cuerpos que abren la espiga de gas.
Le dije a mi amiga que era muy triste estar horas en un bar escuchando historias sórdidas. No había nadie que tratara de cambiar de tema.
Alguien crea silencios para nosotros.
Sacó y metió los dedos.
Apretó las sienes de la muchacha mientras pensaba que los dedos entraban y salían sin ningún adorno, sin ninguna figura literaria que les diera otra dimensión distinta que un par de dedos gruesos incrustados en el culo de una desconocida.
Sólo me salen frases sueltas, le dijo, tal vez porque la realidad me parece un enjambre de frases sueltas,
héroes de inviernos que quedaron atrás.
Alguien crea silencios para nosotros.
La soledad es una vertiente del egoísmo natural del ser humano.
La persona amada un buen día te dirá que no te ama y no entenderás nada.
No puedo ser un escritor de ciencia-ficción porque he perdido gran parte de mi inocencia y aún no me he vuelto loco... No temas,
aunque sólo pueda contarte historias trises, no temas...
Toda escritura en el límite esconde una máscara blanca.
No puedes evitar el vacío de la misma manera
que no puedes evitar cruzar calles
si vives en la ciudad.

domingo 22 de febrero de 2009

FRÍO


Dicen que los pies fríos de la ciudad son consecuencia de una circulación defectuosa. Mi amor, tú sabes que no se trata de nada personal, que sólo puedo abrazarte desde este febrero insulso repleto de alcantarillas y atascos y caídas bursátiles y tres millones de parados camino de los cuatro. No me hicieron bien, algo falló aquel septiembre, y desde entonces arrastro este frío que sólo algunas noches consigo olvidar. Soy amigo del vino y la pereza. Ahí tienes la clave. La orografía de mi secreto, hecho de carencias y chistes malos. Por eso entiendo que no quieras mis abrazos, y que los niños me lancen las piedras de una ciudad que empieza a derrumbarse como todo lo que es levantado por el hombre y sus manos expertas –como las tuyas cuando se trata de animarme y condesciendes a dar sentido y calor a mis días. Tanto suicidio, genocidio, desertización, deforestación, calentamiento, malnutrición, epidemia, y sólo puedo amarte con este amor que, digan lo que digan, tirita de frío y se asemeja a las estelas que dejan los aviones en el cielo de la ciudad.

jueves 19 de febrero de 2009

I REMEMBER

Damien Rice


Suena Cold water mientras escribo estas líneas y me pregunto por qué me gustan tanto las canciones del irlandés. Supongo que como muchos, llegué a Damien Rice a través de la película Closer, de Mike Nichols. Ver caminar a Natalie Portman por una calle de Londres atestada de gente mientras suena The blower’s daughter ya justifica de por sí el resto de la película. En fin, que ese tema me cautivó, me pareció la mejor canción que había escuchado en mucho tiempo. Tenía que averiguar quién la cantaba. Así llegué a Damien Rice y por eso, en este preciso instante, empieza a sonar en mi habitación I remember. ¿Qué decir de las canciones de Rice? Que son evocadoras, íntimas y universales a un tiempo, que saben llevarte a lugares de tu interior que pensabas inaccesibles, que saben herirte con delicadeza, como siempre hieren las cosas hermosas de este mundo. Podría seguir, deshacerme en elogios hasta la extenuación, pero mejor lo dejo aquí. Quizá sea un error tratar de explicar la belleza.

Hará cosa de dos años escribí lo anterior. Dos años dan para mucho y para nada. Floriane creció, me publicaron un librito en catalán, me estabilicé sentimentalmente. Material para una novela extensa o para tres simples frases. No soy Marcel Proust, qué le vamos a hacer. Lo que sí soy es un sentimental, sobre todo las noches de los jueves en que estoy solo y bebo vino. De mi afición al vino nació la siguiente anotación: “Sólo me harán hablar estos cuatro caballeros entremezclados: Mantonegro, Callet, Cabernet Sauvignon y Syrah. Lo que no tengo tan claro es que se me entienda”. Los peligros vacuos de tener al alcance de la mano un Moleskine y una botella de Macià Batle, regalo de Navidad de un cliente de la empresa. Pero dejémonos de digresiones. No soy Laurence Sterne, qué le vamos a hacer. La cuestión es que guardo todo lo que escribo. Como si mis palabras, incluso las peores, tuvieran algún valor. Ya sé, más que un sentimental, lo que soy es un tipo pagado de sí mismo. Es posible. Pero vayamos al grano. Escribo y guardo. Por esto mismo he encontrado el cuento al que pertenece el párrafo inicial. Se titula Karlota blues y habla del precio de la estabilidad y de las cosas que se pierden para adquirir, una vez perdidas, el brillo falaz de lo que pudo ser. Una historia vieja, bastante sobada. Como todas en realidad. Tampoco pretendo inventar nada. Pero sigamos. Inicio su lectura y me encuentro con Damien Rice, con la historia agazapada tras su canción I remember. Hubo un tiempo en que era capaz de escucharla hasta diez veces seguidas. Los caminos de la autoflagelación son inescrutables, si bien siempre se repiten. Todos tenemos nuestra “mierda sentimental”. No voy a entrar en eso. Lo que sí voy a hacer es compartir con ustedes esta canción. Es jueves por la noche y estamos vivos. Sopésenlo un instante. Es brutal. Como la canción. Buenas noches.




miércoles 18 de febrero de 2009

RUE ÉMILE ZOLA


Mi vida al fondo de la rue Émile Zola, esos primeros días con frío de mañana irritante y burocrática, ahora más real que entonces, el incendio en algunos papeles, las estaciones-bomba con su macabra cuenta atrás, creo que llego a las nueve, esa maleta cargada en exceso como novela mediocre, sin final que la salve, como las catedrales que nunca visitábamos porque siempre queríamos bañarnos en el río, cerca del río Tarn, escribí en un poema, este paréntesis para el viento y las nubes, dime, ¿no crees que es perfecta?, y sí, ahora sí, ahora la nieve como en una pantalla gigante, una película muda donde todo es muy lento, ya lo sé, esos que bailan no somos nosotros, tal vez los que se despiden en la Gare, entre el humo y el olor a gasolina, pero igual sonreímos porque alguien nos grita que nos hemos salvado, no es posible el rencor, la ciudad huele a fresas, ahora escucho mis pasos por El Prat, por las fotografías de entonces, siempre llegando tarde a la rue Émile Zola, desde aquellos primeros días nublados, infectos en los trámites, en el silencio incómodo de los muros, tendrás que perdonarme, sí, tendremos que perdonarnos, no será tan difícil, ya verás, escucha como llueve. Ahora toca apostar por la sonrisa.

lunes 16 de febrero de 2009

LO QUE QUEDA DE ROBERT FITZROY

Charles Darwin


[Pese a que uno de mis libros preferidos es Para acabar con los números redondos, de Enrique Vila-Matas, no he podido sustraerme a la tentación de celebrar el año Darwin. Soy un sentimental, también un vago, por eso copio y pego el poema titulado Lo que queda de Robert Fitzroy, incluido en El peso de los puentes. Lo escribí a principios o mediados de 2005, después de la lectura de un artículo que narraba la tragedia del Sr. Fitzroy. Ya no conservo la revista ni el sentimiento que me llevó a escribir sobre el tema, pero queda el poema. Espero que les guste]


Es extraño el destino de los hombres.
Robert Fitzroy, después de besar a su esposa
y a su hija, agarra su navaja
y se rebana el cuello. Es un 30 de abril
de 1865. Amanece despacio. En la ventana,
una luz transparente pronostica
un tiempo más propicio para todos.

A esa misma hora, enfermo y aburrido,
Charles Darwin –aspirante a clérigo de joven–
rememora los cinco largos años
que pasó con su amigo Robert Fitzroy,
embarcado en el Beagle. Fueron,
piensa ahora, tres décadas después,
los días más intensos de su vida.

¿Qué pensó el aclamado, el inmortalizado autor
de El origen de las especies
cuando supo que Robert, al que un día admiró,
se había suicidado?
¿Sintió remordimientos por haberlo humillado
en aquel foro público de Londres?
¿Recordó los cuidados, todas las atenciones
que Fitzroy, capitán de aquel navío,
le había dispensado?

A bordo de aquel barco se gestó la teoría
que incendió los pilares de una fe moribunda,
que alumbró los senderos de la modernidad.

Charles Darwin nos salvó, y, para eso,
tuvo que colocar, en el cuello de Fitzroy
–defensor de la Biblia y sus lecciones–,
la navaja que un treinta de abril lo degolló.

A Darwin todo el mundo lo recuerda.

De Fitzroy queda apenas, anotado en los mapas,
el nombre que le dieron a un peñasco
en la olvidada y fría Patagonia.

jueves 12 de febrero de 2009

Alma de grupi

Deseo de ser joven, muy joven –llamemos a las cosas por su nombre, dejemos en paz al indio kafkiano­– para saltar y cantar sin sentido del ridículo, completamente entregado, las canciones de Vetusta Morla, pese a las pequeñas faltas ortográficas (un mal en crecimiento, la carcoma de nuestros palacios de verano), la voz siempre rayando lo desagradable, seductora al fin, convincente; el arte de decirlo todo sin apenas decir nada; dejar que el receptor rellene e interprete, es cómodo y elegante, es más, lo exigimos ardientemente. Por lo demás, una cosa está clara: sigue habiendo mucho idiota ahí fuera...

[Breve paréntesis. Sobre el sentido de la entrega: Los occidentales “han perdido por completo el sentido de la entrega. Por mucho que se esfuercen, no consiguen que el sexo sea algo natural (...) Es imposible hacer el amor sin un cierto abandono, sin la aceptación, al menos temporal, de un cierto estado de dependencia y de debilidad. La exaltación sentimental y la obsesión sexual tienen el mismo origen, las dos proceden del olvido parcial de uno mismo; no es terreno en el que podamos realizarnos sin perdernos. Nos hemos vuelto fríos, racionales, extremadamente conscientes de nuestra existencia individual y de nuestros derechos; ante todo, queremos evitar la alienación y la dependencia; para colmo estamos obsesionados con la salud y con la higiene: ésas no son las condiciones ideales para hacer el amor”] Michel Houellebecq

Claves para entendernos: el individualismo y la necesidad de huir a toda costa
y es que...
vivimos siempre en mundos inventados
porque no existe otra manera
de habitar este mundo
sino inventándolo
inventándonos
siempre
fin
.

Debo encontrar un lenguaje que me traduzca.
Soy un idioma en proceso de extinción.
Vuelvo a escuchar copenhague:

“Dejarse llevar suena demasiado bien”.

Para sobrevivir, llevar una doble vida. Como mínimo.
Las necesarias para desaprender tantas lecciones embrutecedoras.
En realidad, tengo alma de grupi.

miércoles 11 de febrero de 2009

Trouble

Paso la tarde viendo llover y escuchando a Coldplay. Las luces de las torres de la fábrica al otro lado de la carretera parpadean contra los nubarrones de febrero y los más de tres millones de parados. Camino de los cuatro. Sostengo en las manos una escopeta de juguete. Dispara dardos de goma. Se la regalé a Floriane la última vez que estuvo aquí. Un acto pedagógicamente reprobable, soy consciente. Alcanzo uno de los dardos. Basta humedecer ligeramente la ventosa situada en la punta para que se adhiera con facilidad a según qué superficies. Con la pantalla del televisor no hay problema; lo mismo sucede con la puerta corredera de cristal que da a la terraza. Ahora, sin embargo, apunto al vecino de enfrente. No puedo dejar de sentirme conmovido al saberlo tan indefenso. Aún así, aprieto el gatillo. Pienso que, de quedarme en el paro, podría dedicarme a esto. Últimamente tengo al francotirador que habita dentro de mí muy a flor de piel. Los datos del paro y las declaraciones de Javier Lozano Barragán a raíz del “caso Eluana” no hacen que las cosas sean más fáciles. Tampoco más difíciles. En realidad no es más que una excusa para justificar esta agresividad. Diremos que es innata. Una buena respuesta cuando no se tiene respuesta.

Tiempo atrás se me consideraba un caza-recompensas. Se trata de una historia confusa que nunca llegué a aclarar. Como en una novela de Auster, todo empezó con una llamada. El tipo en cuestión dijo ser periodista. Era nuevo en el cargo. En el cajón de su mesa había encontrado una lista con nombres. En la parte superior del folio, escrito a mano, podía leerse: CAZA-RECOMPENSAS. Mi nombre estaba entre ellos. Por eso me llamó, para preguntar si podía aclararle de qué iba el asunto. Le pedí que me leyera los otros nombres de la lista. Ninguno me sonaba. ¿A qué se dedica usted?, quiso saber el periodista. Trabajo en un banco, respondí. Esto no nos lleva a nada. ¿No se le ocurre otra cosa? Pensé en los premios de poesía que hasta la fecha había ganado. Pensé en el canibalismo que envuelve el mundo de la literatura. Pensé que todo aquello empezaba a aburrirme. Creo que no, le dije. Lo siento, tengo que colgar. Ahí terminó mi vida como caza-recompensas. Decir que después de aquello todo fue a peor sería exagerar las cosas, pero no mucho. Hace bastante de aquello. Sigo siendo tan culpable como cualquier hijo de vecino. Puede que un poco más.

Vuelvo al presente. El vecino de enfrente se ha puesto a salvo. Como si fuera posible. De todos modos, ya no lo encañonaba con mi escopeta. Ahora suena Trouble, de Coldplay. Me invade la sensación de tener un problema muy gordo y no saber qué hacer con él. Como el gobierno. En fin, que cada uno apechugue con lo suyo. Parece que lloverá toda la noche.

sábado 7 de febrero de 2009

Una nubecilla, de James Joyce*


Leído el cuento Una nubecilla, de James Joyce. No he podido dejar de apreciar cierta semejanza entre el protagonista, Chico Chandler, y yo. Chico lleva una vida ordenada, sencilla. Está casado con Annie, con la que tiene un hijo. ¿Por qué tendría que necesitar más? Pero Chico fantasea con otro tipo de vida, una vida más mundana, llena de viajes, con tiempo para leer y, sobre todo, tiempo para escribir. Antes de casarse leía y escribía regularmente. Pero maduró, se hizo hombre, padre de familia. El encuentro con su antiguo amigo, Ignatius Gallaher, al que hacía ocho años que no veía, revuelve estos sentimientos de Chico, los coloca a flor de piel. Ignatius se fue de la cárcel que es el Dublín de principios del siglo pasado. Se fue y triunfó en el mundo del periodismo. Vivió en diferentes ciudades, ¡vio mundo! Chico ha puesto unas expectativas desmesuradas en este encuentro, piensa que quizá Ignatius sea la puerta a ese mundo que merece tanto o más que su amigo, pues se considera más capaz que éste. Pero Joyce no tiene piedad. De hecho, Dublineses es un auténtico canto a la desesperanza. No hay dramas, ciertamente, pero tampoco hay resquicio a la esperanza. El final del cuento es demoledor. Chico está sentado en el cuarto del pasillo, con su hijo en brazos. Annie ha salido a comprar un cuarto de libra de té y dos libras de azúcar. Sobre la mesa hay una foto de Annie, de cuando iniciaron su relación. Chico se entretiene mirando la foto. Los ojos son hermosos, al igual que la cara. Pero hay algo mezquino en ella. La compostura de aquellos ojos lo irrita. No hay pasión en ellos, ni arrebato. Son los ojos fríos de alguien que está muerto y que lo quiere arrastrar consigo. ¿Por qué tuvo que casarse con aquellos ojos? En este punto, Chico ha sido capaz de expresar en voz alta la gran duda que lo tiene atenazado. Mira a su alrededor. Todos los muebles de la casa se parecen a Annie. De pronto se despierta en él un sordo resentimiento contra la vida y se hace la gran pregunta que todos nos hemos formulado alguna vez: ¿Es demasiado tarde para escapar? Quizá, piensa ingenuamente, si consiguiera publicar un libro... Esto le lleva al recuerdo de la poesía. Sobre la mesa hay un volumen con los poemas de Byron. Con cuidado de no despertar al niño, lo abre y empieza a leer. La lectura le lleva a la ensoñación. Se pregunta si él sería capaz de hacer algo parecido. A todas luces, la poesía le hace bien, pero aquí Joyce muestra su tremenda crueldad. El niño se despierta y empieza a llorar. Chico intenta calmarlo, pero sin dejar de leer. Se resiste a abandonar la lectura, pero resulta inútil. Los gritos del niño van en aumento, se convierten en algo ultrajante, son la sirena de la cárcel que indica que alguien está intentando escapar. Chico lo ve claro y se pone más nervioso. Se inclina sobre la cara del niño y hace algo inimaginable en él. Le grita que se calle con toda su rabia acumulada. Lógicamente esto no hace más que empeorar la situación. El niño llora con más fuerza. Chico intenta calmarlo, pero la cosa cada vez se pone más fea. Chico empieza a alarmarse. Al niño le cuesta respirar. ¿Y si muriera? Esta pregunta es crucial. Chico se la hace, pero lo que no sabemos es si en la muerte de su hijo ve algo positivo (el fin de su condena, de su encarcelamiento, el pasaporte a la libertad, a la vida que siempre deseó vivir) o, por el contrario, ve algo negativo (la muerte sin más del hijo, el resentimiento del resto de la comunidad, la culpa, el pecado imperdonable, condenatorio). Entonces llega Annie. Al ver la escena, tira al suelo la compra y rescata al niño de los brazos del padre. ¿Qué le has hecho?, pregunta a Chico dando por supuesto que ha hecho algo al niño. Por un momento, Chico sostiene la mirada de su mujer y el corazón se le encoge al ver todo el odio que hay en sus ojos. Cuando el niño empieza a calmarse, lágrimas de culpabilidad brotan de los ojos de Chico Chandler. Fin del sueño. Cadena perpetua.
Palma podría ser ese Dublín y yo, Chico Chandler esperando escribir esa gran obra que me permita dejar todo esto...
Para terminar por hoy diré que todo Ignatius Gallaher necesita de un Chico Chandler para sentirse realizado, ya que es en los ojos del que se queda donde realmente triunfa el que se marcha. Sin la admiración o envidia de éste, la aventura del otro queda vacía.
*(Fragmento del libro inédito La marea, de Javier Cánaves)

jueves 5 de febrero de 2009

TEXTOS RESCATADOS (4): REGULAR / IRREGULAR

Dice Richard Brautigan
que la calidad de la vida
al igual que la de sus poemas
escritos en Japón
es irregular.
Como el funcionamiento de mis tripas,
pienso. De hecho,
creo que lo regular en mi vida
es una excepción. Una vez
una novia me dijo
que era ciclotímico.
Es posible.
Tuve que buscar
–después de negarlo
rotundamente–
el significado de la palabra
en el diccionario.
Ciclotímico: Perteneciente o relativo a la ciclotimia.
Ciclotimia: Psicosis maníaco-depresiva.
Psicosis maníaco-depresiva: Trastorno afectivo caracterizado
por la alternancia de excitación y depresión del ánimo
y, en general,
de todas las actividades orgánicas.
En fin,
es posible que lo sea,
no lo niego,
pero quién, díganme quién
hoy en día,
en su sano juicio,
no es ciclotímico
sin que se le caiga la cara de vergüenza.

miércoles 4 de febrero de 2009

¿Algún encargo?

Richard Williamson

Lo de la sentencia del TS sobre la asignatura de EpC ha hecho que unos saquen pecho y otros prosigan con su pataleta. Lo de siempre. No entraré en el fondo de la cuestión porque ya se ha escrito mucho sobre el tema y porque algo más de 300 palabras no son suficientes para todo lo que tendría que decir. O sí, pero paso. Sólo añadiré una frase que me llamó la atención, tanto que inmediatamente la anoté en mi Moleskine. La dijo Zenon Grocholewski, ministro de Educación del Papa, el cual se mostraba enormemente preocupado por lo que considera (ahí va la frase) “la imposición de una educación ética”. Joder. ¿Acaso quieren una educación no ética?
Desde luego, la decisión que tiene visos de no ser muy ética es la tomada por Benedicto XVI, quien ha readmitido en la Iglesia al obispo lefebvrista Richard Williamson. Este señor (en la foto que acompaña la noticia parece la mismísima encarnación del Diablo) reivindica la Inquisición, da las misas en latín, cuestiona la teoría de la evolución y niega el holocausto. Toma ya. Es tan católico, que no dudaría en arrojar a un semejante a las llamas purificadoras por sostener opiniones laicas moderadas. Mejor dejo el tema, que me caliento.
Pues sí, finalmente cedí a la tentación y, emulando a Hemingway o Picasso, me compré un cuaderno de notas Moleskine. Que no se diga que no lo pongo todo de mi parte. Ahora sólo me falta talento para convertirme en un escritor genial. Me siento igual que un niño con zapatos nuevos. Confesión: nunca me ilusionó estrenar zapatos. Abro y cierro el cuaderno como hipnotizado, como si esto pudiera provocar un aluvión de buenas ideas. A modo de primicia, transcribiré la anotación que inauguró el cuaderno. “El año en que yo nací, Elias Canetti escribió: Nunca he aprendido nada sistemáticamente, como otra gente, sino por excitaciones súbitas. Suscribo la frase”.
Para terminar, copio y pego el último chiste que me llegó por Internet: “El condenado a muerte espera la hora de su ejecución, cuando llega el cura. Hijo, traigo la palabra de Dios para ti. Padre, pierde el tiempo, contesta el reo. Dentro de poco voy a hablar con Él personalmente. ¿Algún encargo?”.
*UH, 03/02/09

lunes 2 de febrero de 2009

DESDE LA INESTABILIDAD[1]

Salva Ginard


No puedo separar la vida del arte. Esta frase me la dijo Salva Ginard una noche en su casa-estudio, mientras me mostraba sus últimos trabajos. Entonces pensé que todo verdadero artista se pasa la vida intentando dibujar su posible autorretrato. A veces de manera explícita; otras, en cambio, de manera sutil. Salva Ginard, lo supe aquella noche, es un artista de verdad.

Salva Ginard sabe que pintar es un todo o nada, una acrobacia sin red, una acrobacia en la que cada trazo es decisivo. No se debe mentir, me dijo con un tono severo nada habitual en él, y entonces sentí el peso de todos aquellos rostros que nos rodeaban, de todas aquellas confesiones. Me quedé en silencio, anoté unas palabras en mi libreta y le pedí que me dejara a solas. Es en la soledad cuando el arte nos desvela sus secretos.

Entonces, aquellos lienzos me hablaron, me confesaron que la estabilidad exterior, que la proporción guardada en todo momento, no eran más que una mascarada, una manera de ocultar la inestabilidad interior que da título a la colección y que es mero reflejo de un sentir desnudo. Es posible llorar detrás del rostro, me dije, o quizá me lo dijo alguno de sus lienzos. Acto seguido, como al dictado, anoté en mi libreta: “Rostros humanos como un lenguaje secreto, íntimo y personal, una confesión parcialmente velada, que vive en el trazo, en el fondo, ese paisaje de vivencias que, reagrupadas y obligadas a convivir, dan forma a esa cara, a ese cuerpo, en una suerte de criptograma alucinado y revelador”.

Hay un desorden que nos habla de manera ordenada, y un orden en el que todo es caos, ese caos que acaba siendo toda vida, por mucho que las notas biográficas lo intenten encorsetar.

Después volví (o volvió) a la carga: “El azar que configura una lágrima que después resulta decisiva, parte ingobernable del acto creador. La mirada desnuda que desnuda, la confesión del secreto que toda obra encierra, que busca –para sobrevivir– la complicidad de quien la mira”.

Pasado el trance, volví junto a Salva Ginard. Le conté lo que me había pasado y le mostré lo que había escrito al dictado de alguno de sus lienzos. Me sonrió cómplice y dijo que era el momento de sentarse y cenar. Mientras me servía vino, me confesó que los textos que navegan por sus cuadros habían sido escritos en un estado similar, desde un impulso que poco o nada sabe de retóricas, porque la retórica, a menudo, nos miente bellamente, pero la belleza que interesa a Salva Ginard es de otra índole. Tiene que ver con el vértigo de estar vivos, con el hecho de saberse inestable y pintar desde esa inestabilidad.

No sé si desearles que los cuadros que integran esta colección les hablen como a mí me hablaron. Ocurre a veces que nos hablan de nosotros mismos y no siempre resulta cómodo. Lo que sí deseo es que les gusten tanto como a mí me gustan, les hablen o no.

De todos modos, cuando estén a solas con ellos, además de los ojos, abran bien los oídos. El arte, cuando es de verdad, siempre nos habla.




[1] Texto escrito para el catálogo de la exposición inestable, de Salva Ginard, que del 24 de agosto al 19 de septiembre de 2006 pudo visitarse en la galería Gabriel Vanrell, en Palma de Mallorca. Finalmente, pese a que en teoría se contaba con la financiación del Consell de Mallorca, el catálogo no llegó a realizarse, por lo que el texto quedó inédito. Hoy, revisando mis carpetas, di con él. Espero que al menos sirva para ponerles en la pista de un pintor excelente.

sábado 31 de enero de 2009

Perdiendo, gano

No supo qué decir hasta que perdió la capacidad del habla y entonces optó por seguir como hasta entonces, encendiendo cigarrillos del revés y quemando aeroplanos que después se estrellaban contra la bahía. Hablo de mí, por supuesto. El peso de los puentes es algo muy sutil, de una forma u otra siempre lo he sabido. Continuamente se derriban para después volverse a levantar. Ésta es la escena: el enemigo sonriendo y la imagen de aquel febrero tensándose para recibir el consiguiente hachazo, batería de frases recorriendo los túneles que son también venas y luces y explosiones en el horizonte porque empieza a llover y la chica nos grita que vayamos adentro. Tan cerca, me digo, pero sigo con los labios igual que muros donde pintar graffitis o escribir haikus. Hay que volarlo todo, suspira, y yo pienso en una ciudad sin habitantes como la ciudad donde vivo, decorado perfecto para zombis merodeadores o artistas de medio pelo. ¿Cómo dices, querido? Pero no he dicho nada y la lluvia conjetura otra lluvia que jamás nos mojó.

Ésta es la última, asegura, y entonces vuelvo a tener boca y palabras y juntamos las copas y hay que repetirlo y ven aquí y un abrazo y para qué. Salgo del bar. La chica arrincona las sombrillas. Las sillas descansan sobre las mesas y yo pienso en el final del verano y estamos a principios de agosto. Maneras de despedirse o de saltar por los aires. Tengo el móvil en el bolsillo y es un erizo en llamas, una serpiente enroscada que muerde mis ingles. Más valdría tener un dirigible y dirigirlo al extrarradio. Un final inolvidable, me digo en una mala imitación de algún personaje de novela barata. Ahora tengo mis frases pero ya no me sirven y pesan como malos poemas, pero no quiero caer en los tópicos que se remueven inquietos al final de la noche. Conduzco y soy un kamikaze que circula a cincuenta. La prudencia que supo derrotarte, la historia de los que vuelven solos a los hoteles especializados en congresos internacionales. La elegancia es un paseo marítimo a las cinco de la mañana, las luces de un velero mar adentro, ese punto que nunca alcanzarás.

Pienso en los autorretratos de Egon Schiele. Autorretrato desnudo, 1911, la figura escalofriada que soy yo sin ropa frente al espejo. Tiro de la cadena y me imagino recorriendo las cañerías de un mundo acuático. Necesito sentirme inteligente y enciendo un cigarrillo del revés y me arranco cuatro canas. La noche, esas voces de muertos. Se anuncia el amanecer con sirenas de fábricas que cerraron cuando Oscar Wilde sodomizaba a Lord Alfred Douglas. Festejar con panteras, el precio del placer y de la libertad. Es como nacer o despertar a otra luz. Recuerdo que cuando Gregorio Samsa, pero vuelvo a caer en lugares comunes. Una lucha constante que siempre perderé. Miro mis manos y siguen siendo la prueba del delito, de algún delito. Pienso en los puentes hundidos y me digo que es el momento de exiliarse. Elijo una letra al azar y la escribo una y otra vez a lo largo y ancho de las paredes de la habitación. La técnica Scelsi. No sé dónde lo leí. Tantos gestos absurdos, tantas cosas perdidas. Ha llegado el momento. Y despido la experiencia de haber sido burócrata.
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Texto publicado en LA BOLSA DE PIPAS, nº60, enero-febrero 2006

martes 27 de enero de 2009

Un cura de barriada

No hace mucho leí que el último asesinato, perdón, quiero decir “depuramiento”, perpetrado por la Santa Inquisición se realizó en el año 1826, vamos, ayer como aquel que dice. Sus herederos, despojados injustamente del poder de ajusticiar a las ovejas descarriadas, ahora se dedican a promover la desobediencia civil, sin duda fruto de una lectura un tanto extraña de Henry D. Thoureau. Quizá venga de aquí su hermanamiento con la causa liberal, quién sabe. En fin, que todo quede en lo pintoresco de una guerra de autobuses. Laicos vs. Creyentes, otro partido del siglo. Sé que imaginarse a Cañizares (el cardenal, no el portero de fútbol) o Zerolo en pantalón corto y camiseta ajustada pone los pelos de punta, pero seguro que batiría todos los récordes de audiencia, verdadera vara de medir la importancia de un asunto. Ni una final de Mundial España - Argentina causaría mayor furor.
Después de este párrafo, imaginarán mi estado de ánimo cada vez que me dispongo a entrar en una iglesia. Bodas, bautizos y funerales, la Santísima Trinidad que mantiene a flote una empresa ya caduca. (¿Llegaremos a ver un ERE en la Iglesia Católica?). El templo de Dios convertido en centro de reuniones. Deberían plantearse sus gestores alquilar los locales, es decir las iglesias, para convenciones o contubernios varios, sin excluir la posibilidad de conciertos. ¿Se imaginan lo que llegaría a pagar la gente por ver a Marilyn Manson en una catedral? Pues a lo que iba, que entré en una iglesia. Mucho frío y poca gente, como en un partido de copa en el Ono Estadi. Después del calentamiento (los clásicos preliminares y genuflexiones), el cura entró en materia. Su parlamento (desconozco la palabra técnica) fue de lo más sensato que he escuchado en los últimos tiempos. Habló de tolerancia, de compasión; huyó del clásico discurso que enfrenta al Bien y el Mal, a los buenos y malos, para centrarse en la bondad, en la ayuda al prójimo, en la sencillez. Nos animó a que tratáramos de ser felices dentro de estos parámetros. Terminado el parlamento, no pude reprimir un “Amén”, yo, agnóstico de pro. Había conseguido lo que sus jefes nunca lograron. Deberían tomar nota.
UH, 27/01/09

sábado 24 de enero de 2009

TEXTOS RESCATADOS (3): Último poema con lluvia

[Nos falta sabiduría, decisión, valentía, tal vez seguridad o una mezcla de todo esto para eliminar los poemas que, por razones equivocadas o acertadas, o que creemos equivocadas o acertadas, no entran a formar parte de la selección final de poemas que conformarán el nuevo libro; pero la mente es débil (más que la carne) y uno, una tarde ventosa de enero, repasando los textos que engrosan la carpeta “DESCARTES 2006-2007”, da con un texto que le arranca una sonrisa y acaba consintiéndole el capricho al niño. Ten, tus dos o tres días de gloria. Siempre es mejor que te insulten a que te ignoren. Sal al mundo y endíñale tu bocado sin dientes. Se ve que la disciplina nunca fue lo mío. Nunca me gustaron las guerras. (Por eso mismo siempre evito hablar de poesía)]

La casa es un andén a orillas del mar Ártico
en pleno invierno. Un modo
original y estúpido
de decir que hace frío.
Además llueve
y tengo
toda la tarde para mí. Ya sé,
alguien tendría que prohibir el uso
de la palabra lluvia
y similares
en cualquier poema escrito en los próximos decenios.

Pero el caso es que llueve
y hace frío,
un frío de ocasión que me hiela las manos
y muy probablemente
las ideas,
un frío de borracho susurrándole al viento
la canción de los bares con serrín,
con mujeres sin alma
que esnifan lunas rojas, la canción
­–me estoy poniendo lírico–
de las noches de abril mirando el lago Washington,
It's better to burn out than to fade away,
ese tipo de cosas
con las que es preferible no jugar
si no se tiene un buen seguro
de vida a mano.

Pero el caso es que nunca
estuve en el mar Ártico, ni cerca,
y llueve y hace un frío
de seis de la mañana y calentador roto
y no tendría que escribir
sobre la lluvia pero siempre
tuve problemas
con la imaginación.

El único problema, en realidad, es que me aburro.
Alguien dijo una vez La atracción de la nada.
Es posible. También El don de la tristeza,
pero yo sólo quiero
alguien con quien charlar
de fútbol o mujeres. O de la puta lluvia.
No pido un premio Nobel.
Alguien al que le gusten las cervezas
y la pornografía
y ya de paso
alguien
que tenga alguna idea
sobre el funcionamiento de los calentadores
y el mundo en general.


© Javier Cánaves

jueves 22 de enero de 2009

Extracto del diario de un misántropo escritor

“Resulta curioso comprobar como en muchas ocasiones la inteligencia formal del lenguaje va por delante, es más rápida, que la inteligencia vinculada al fondo o significado de la palabra en cuestión. La palabra te llega desde un poso de lecturas que almacenas sin ser consciente. Puedes escribirla sin conocer exactamente su significado. Después vas al diccionario a comprobar que efectivamente tiene sentido, que se adecua al fondo de la cuestión. Probablemente se trate de actitudes imitativas inconscientes. Estos resortes me parecen fascinantes. Todo lo que tenga que ver con la vida interior me resulta fascinante. Lo exterior, la mayoría de las veces, se mueve entre el fastidio y el asco más profundo”.

miércoles 21 de enero de 2009

La inercia

La situación es dramática, me decía hace poco un amigo izquierdista y desencantado: toda izquierda con visos de alcanzar el poder o permanecer en él debe claudicar frente al pragmatismo y la inercia de los flujos del mercado, verdadero Dios de nuestro tiempo, maniatando así el factor de lucha necesario para revertir una situación que ya empieza a no tener marcha atrás: la dilapidación del mundo. Después, como en un salmo, recitó todos los males que acechan al planeta y que ningún grupo emparentado con el poder está dispuesto a combatir verdaderamente. La problemática del agua, la desertización progresiva, la deforestación incontrolada, el desfase entre ricos y pobres, la malnutrición de millones de niños, los genocidios amparados por estados poderosos, la extinción de especies animales, etc. Asentía y me deprimía a partes iguales. El nombre del progreso, sentenció, nos estamos cargando su posibilidad. Parecía satisfecho por la frase que acababa de decir, como si pese a la retahíla de males que había enumerado con frialdad objetiva –tenía un aire de científico loco o revolucionario de otro siglo– aún tuviera el estado de ánimo suficiente para albergar el orgullo propio de todo amante de las causas perdidas. Nos despedimos con sendas palmadas en la espalda y cara de funeral. No era para menos. Seguí mi paseo por las calles del centro. Andaba buscando algo que regalarle a mi novia. Quería desprenderme de las palabras de mi amigo, pero todo parecía conspirar en mi contra. La artificialidad reinante, que tanto aprecio normalmente, era como un eco molesto que, de forma totalmente absurda, me hacía sentir culpable por estar ocioso, dispuesto a gastarme unos cuantos euros en algo ciertamente innecesario. Recordé el final de La lista de Schindler. Calculé, en unos segundos alucinados y extrañamente lentos, cuántas vidas podrían salvarse con todo el dinero almacenado en los bolsillos de los que andábamos por Jaume III. Demagógico, lo sé. Por suerte, una señora cargada con una cantidad ingente de bolsas impactó contra mi hombro. No se detenga, masculló. Aquellas palabras desbarataron mi estado catártico. Tenía que comprar, así que seguí progresando, inmerso en la inercia del flujo de las calles de Palma.
*UH, 21/01/09

domingo 18 de enero de 2009

TEXTOS RESCATADOS (2): Matar la distancia


(Se trata de un texto que tendrá cerca de tres años. Formaba parte de un proyecto que finalmente desestimé, o quizá fue el proyecto el que me apartó de su lado y ahora sigue su camino en busca de un poeta mejor. Quise reunir bajo un mismo título una serie de prosas breves o poemas marcadamente narrativos cuyo nexo de unión fuera la propia poesía, quiero decir: el sentir del poeta frente al hecho poético, eso sí, disfrazado de historias al margen de reflexiones metapoéticas a fin de que el texto pudiera resultar atractivo incluso para aquellos que odian este tipo de poemas. Matar la distancia ejemplifica a la perfección la razón por la que el proyecto no llegó a nada. Si lo rescato ahora es porque hay algo en este texto (no sé muy bien el qué) que aún apruebo o no desprecio del todo. Quizá se trate de la piedad tal y como la describe Juan Carlos Onetti en uno de sus cuentos: la vieja, injusta y siempre equivocada piedad. Sean piadosos con él)

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Anoche te seguí. No quiero que pienses que estoy loco. Tampoco quiero que te asustes. Dispongo de tiempo y malgasté la poca imaginación que alguna vez creí tener. O quizá se trate de un último y desesperado acto poético.

No lo sabes, pero me has regalado una imagen preciosa en un sentido literario o más bien cinematográfico. Manida, sí, pero preciosa igualmente. Tú caminando por los túneles del metro, dando tumbos etílicos, balanceando el brazo en el que llevas el bolso en un ademán exagerado. La cámara –o sea, yo– te sigue a unos metros de distancia. Una noche en el Junco. Una de las últimas juergas antes del traslado a Barcelona. Escaleras mecánicas, el zumbido sordo de las profundidades, esa hora en que los buenos y los malos intercambian caretas, su mentira y su verdad. Esas ideas que nos asaltan de regreso a casa después de haber quemado nuestras naves, cuando se habita el hielo de las últimas copas. Un sentimiento ambiguo de aceptación, pero en el límite de algo.

Quizá debiera plantearme dejar de escribir poemas, al menos en el sentido más convencional de la palabra. Acometer actos poéticos desesperados. Fusionar de una vez el personaje poético y éste que ahora escribe. Matar la distancia que nunca es real. Dejar de perseguirte en mis delirios. Hacerlo por los túneles que llevan al infierno.

martes 13 de enero de 2009

Para ser leído en un ascensor

Uno se sienta a escribir con la intención de abordar algún tema de actualidad, pero pronto se deprime. Ahí están los Villehuchet, los Merckle o los Good de turno, millonarios que de golpe descubren que no soportan vivir ni un minuto más lejos de la lista Forbes. Otro ejemplo cruel de lo inmedible de la felicidad humana. Pasamos página para toparnos de lleno con la trampa mortal que es Gaza, pero ¿qué decir cuando ya se ha dicho todo y uno empieza a estar aburrido hasta que se da cuenta de que el hecho de que algo así aburra encierra algo casi tan terrible como lo que allí sucede? De todos modos, si su intención es entenderlo o abordarlo desde una perspectiva nueva, ya puede abandonar este artículo. No soy la persona que busca. Así pues, nos olvidamos del monumento erigido a la derrota de la humanidad que es Gaza para adentrarnos en el tema por antonomasia de los ascensores: el tiempo, de rabiosa actualidad por estas fechas. ¿Cuántas veces nos habrá salvado de un silencio incómodo? Se ha dicho por activa y por pasiva, pero la gente adora los lugares comunes. Siempre que alguien –un vecino del que después de cinco años seguimos ignorando el nombre– comenta –desde la proximidad a que obliga el espacio reducido del ascensor– el frío que hace, uno no puede más que sentir incomodidad por lo patético de la situación, a veces incluso bochorno. Descubrir que el tipo en cuestión no se siente incómodo, es más, que está realmente interesado en el asunto, nos salva de un más que probable ataque de claustrofobia. Digo yo, ¿no valdría más quedarnos callados? O ya puestos a entablar una conversación, ¿por qué no le preguntamos cuál ha sido la mejor película que ha visto en lo que va de año? Pero hablábamos del tiempo. ¿Sabía que el espacio destinado en los telediarios a la previsión meteorológica es el más seguido por los espectadores? Una prueba más que confirma lo raro que soy, ya que, acabados los deportes, apago la tele y me pongo a escribir un artículo que pueda ser leído en un trayecto de ascensor.
*UH, 13/01/09

viernes 9 de enero de 2009

TEXTOS RESCATADOS (1)

(Inicio sección como quien emprende un viaje improvisado. Traeré hasta aquí algunos de aquellos textos o poemas que, por razones diferentes, no vieron la luz en ningún libro o revista, lo que no hizo que dejara de sentir cierto cariño hacia ellos. Un rasgo de debilidad por mi parte, soy consciente. La mayoría se apilan como cuadros heredados de abuelos (paisajes agrestes o marítimos) en una carpeta bautizada “DESCARTES", aunque, ciertamente, el disco duro de esta licuadora disfrazada de ordenador está plagado de estos textos. Suelen ser inofensivos, pero los hay muy cabrones. De antemano pido perdón por poner frente a los focos del mundo a los hijos menos agraciados. Todos, me digo, nos merecemos una oportunidad, aquel famoso minuto de gloria que dijo el artista. Sean condescendientes, aplaudan si es preciso. Ellos se lo agradecerán para después echarse a dormir a la espera de un príncipe despistado y algo corto de vista.
Corto la cinta. Poso frente a los flashes. Queda inaugurada la sección).
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SUEÑO DE VERANO EN PLENO OCTUBRE
Me soñé poeta sin generación, individual y recluido, radicalmente isleño; me soñé al margen de banderas o panfletos, de tendencias rompedoras o continuistas, de manifiestos colectivos y hegemónicos; me soñé como Onetti en Santamaría, con los ojos abiertos al vacío, enamorado desde la desesperación, abismal como Cioran, irónico como Pla, feliz como un suicida; me soñé en un jardín junto a Floriane, ella con su aspecto actual pero con la inteligencia de una mujer adulta, yo con el pelo completamente blanco; me soñé apuntando a mi pecho con una pistola en La Maison aux loups; me soñé encerrado en una habitación, escribiendo en sus paredes la misma letra una y otra vez, tal como nos enseñó Giacinto Scelsi, hablándole a una planta como un loco genuino o el culpable de algún crimen; me soñé viajando en un tren en un trayecto imposible y final, igual que un reportero del crepúsculo; me soñé frecuentando tertulias con los labios cosidos, insultando mentalmente a todos los contertulios; me soñé en un andén fronterizo junto al clochard de mis poemas, compartiendo mirada y cigarrillo; me soñé despertando junto a un cuerpo recién desprovisto de amor, es decir asfixiante, es decir enemigo; me soñé con el lema perdiendo, gano tatuado en mi pecho, en el rojo de mis ojos sin dormir; me soñé poeta sin generación, ya lo dije, blanco perfecto de los elegidos y los mediocres de verbo fácil.

miércoles 7 de enero de 2009

Notas sobre la especie humana

Despedimos el año 2008 con un acto terrorista de esa banda de nacionalistas exaltados, tan peligrosos, contra un medio de comunicación. Lo peor no son los daños materiales, cuantiosos, sino la carga de significado. En este caso, un medio son todos los medios, y todos los medios son la incómoda libertad de expresión, ese grano en el culo de todos los totalitarismo o intento de. Ya lo decía un entrenador de fútbol que tuve de pequeño: “Lo fácil es destruir, cualquier tarado puede hacerlo, pero construir... para eso se requiere arte”. Qué sabias las palabras de mi antiguo entrenador, y qué fácilmente aplicables a la realidad que nos rodea. Nos lo cargamos todo con una facilidad que, a poco que se piense, hiela la sangre. ¿Acaso no escuecen todas esas imágenes de niños muertos en los bombardeos israelitas sobre la franja de Gaza, por hablar de actualidad ineludible? Nuestro gusto por la destrucción y nuestra imposibilidad para la convivencia pacífica nos han obligado a construir y perfeccionar ese eufemismo de los daños colaterales. Al final todos seremos posibles daños colaterales para un fin superior, más allá del individuo. Se me ocurre que en breve, al paso que vamos, se inventarán Gps que nos indicarán si estamos entrando en una zona propicia para acabar convertidos en un daño colateral más. Es lo que tiene el desfase entre el avance tecnológico y el retroceso cívico. ¿Retroceso? De acuerdo, no caigamos en el pesimismo fácil, hablemos de avance lento. Algún ser mezquino, carne de Infierno, podría argumentar que aquí, en un país inmerso en una guerra civil encubierta a causa de sus cuatro lenguas oficiales, avanzar con el lastre de una iglesia católica tan pesada no es tarea sencilla. Habrá que convenir que, ciertamente, nuestra Santa Madre Iglesia siempre temió al progreso, es decir al futuro, torpedeándolo sin compasión. Siempre se equivocó para pedir perdón siglos después. Volverá a hacerlo, claro, pero lo malo es que no estaremos allí para verlo, si es que la especie humana aguanta unos cuantos siglos más.
UH, 07/01/09

sábado 3 de enero de 2009

Trucos




No tengo otra magia para consolar tu oído, decías, pero no eras Gregory Corso y el viaje apenas duraba unas horas y después nos quemamos las pestañas para no dormir y dibujar, con las pocas cenizas de la tarde, el mapa inconcluso de aquella encrucijada –pero hablar en estos términos (cenizas, encrucijada) nos vuelve a colocar en aquel vagón y Sam Shepard decía que si alguien le regalara un tren se quedaría a vivir dentro.

Escribo de memoria porque hace ya mucho de aquellas lecturas y la magia (magia es una palabra que no puedo explicar, decía Onetti, pero que escribo ahora sin remedio, sin posibilidad de sustituirla) la magia, decía, de la fugacidad de los paisajes y los esbozos refulgentes era todo lo que podíamos retener en los bolsillos.

Después los viajes se hicieron peligrosos porque existía la posibilidad de no volver. Es cierto que uno aprende a descarrilar y admite golpes, conversaciones soporíferas sobre tías y horarios, el orden milimétrico de una agenda personal.

Ahora hay una mujer bailando en la cocina con sartenes y paños y las manchas de barro de las ventanas nos cuentan la tormenta de anoche y la posibilidad de la intemperie y le digo a una mosca que acabo de aplastar que si alguien me regalara un tren lo aplastaría (a él y por supuesto al tren) como hice con ella...

... porque perdí la magia o tal vez lo que pasó es que aprendí algunos trucos.

miércoles 31 de diciembre de 2008

Inicio de nuestra vida plena



Ahora que ya no nos cuesta imaginarnos cómo seremos rebasados los setenta, ahora que ya no nos sorprende, al mirarnos en el espejo, ver reflejado el rostro de alguno de nuestros progenitores, ahora es cuando empieza nuestra vida plena, o eso quiero creer. Las fechas obligan a propósitos de enmienda, recuentos y digestiones pesadas. Menos mal que, pese a la crisis (la noticia del año junto a la elección del hombre llamado a cambiar el mundo), me regalaron unas cuantas botellas, alguna realmente destacable. Sin duda, los excesos familiares y las sonrisas mentirosas se llevan mejor con tres copas de más. Pero hablaba del inicio de la vida plena. Como dejó escrito Marguerite Yourcenar, “el día en que una estatua está terminada, su vida, en cierto sentido, empieza”. Algunos de nosotros no somos más que estatuas ya terminadas que inician la segunda etapa de su camino, trozos de piedra pulidos a los que la erosión y el desgaste irán devolviendo poco a poco al estado informe del que proceden. El arte moderno, tan poco comprendido, lo ha sabido ver. Al igual que pasa con las estatuas, el desmoronamiento nos vuelve atractivos. Los cuerpos mutilados, contra lo que pudiera parecer, nos fascinan más que los cuerpos armoniosos. En fin, brindaré por esto y todo lo demás, hasta acabarme la última de las botellas que me regalaron, y como por estas fechas se hace totalmente imposible conseguir un taxi, me encomendaré al azar y dormiré donde me encuentre el último de los brindis. En esto, creo, consiste el espíritu navideño. Bueno, hay quienes se empeñan en afear las fachadas de sus casas colgando de los balcones papanoeles patéticos. Tantos gustos como colores parpadeando en los cristales de las ventanas. Y para ir terminando, no estaría bien despedir el año sin antes desear la paz mundial o cualquier otra cosa imposible. Alzo mi cubata y les deseo lo mejor a todos ustedes, salvo que sean fabricantes de juguetes. En tal caso les condeno a montarlos y desmontarlos sin perder el juicio ni ninguna de sus piezas, además de a encontrar un lugar donde meterlos sin que estorben demasiado. Salud.
* UH, 31/12/08


domingo 28 de diciembre de 2008

Mi homónimo guipuzcoano


La verdad es que acabamos yendo a Londres, pero durante algunos días barajamos la posibilidad de acercarnos hasta el País Vasco. El norte de España, salvo un fin de semana en Oviedo y otros tantos días en Santiago de Compostela, se nos presentaba como un auténtico desconocido. En realidad lo sigue siendo. En fin, que los precios de los billetes no nos dieron opción. Ya de vuelta, reinstalados en un día a día tan lluvioso como el del fin de semana de la escapada, me encontré con la noticia que ha motivado estas líneas: existe un mallorquín llamado Javier Cánaves que vive en Guipúzcoa. Lo leí en Noticias de Gipuzkoa, en un artículo costumbrista, sin ningún tipo de interés salvo que seas usuario de taxis en las noches festivas de esta ciudad. El caso es que este otro Javier Cánaves se quejaba de la más que probable subida del precio de los taxis para las noches de los viernes, sábados y vísperas de festivo, si es que finalmente la Comisión de Precios de Euskadi aprobaba la medida. Si alguien tiene interés, siento decepcionarle, pero desconozco cómo se resolvió el asunto. En realidad, el asunto –al menos aquí, en esta página– es la existencia de este otro Javier Cánaves. Reproduzco el párrafo en el que irrumpe mi homónimo. “(...) Sus declaraciones concuerdan con las de Javier Cánaves para el que "subir los precios está fatal". "No vivo muy lejos y tengo que pagar hasta 7 euros por volver a mi casa. El transporte de la ciudad es muy malo y muy caro", opina. Este mallorquín espera la llegada de un taxi a las 3.20 horas y sus amigos Wilson Sousa, Nanda Barbosa, Asier y Luc Leroy lo acompañan resguardados de la lluvia dentro de la marquesina”. Al leer este párrafo, lo primero que hice fue preguntarme si realmente había viajado a Londres. Estuve a punto de llamar a Cony, pero logré contenerme. Ahí estaban las fotografías, en la carpeta LONDON, dic-08. Una prueba irrefutable, tanto o más que la propia memoria. Acto seguido, más calmado, repasé los nombres de los amigos de mi tocayo. Casi lamenté no tener amigos con nombres tan de novela negra. Salvo un poeta ibicenco afincado en Salamanca, los demás se llaman cosas como Pepe, Juan o Guillermo. ¿Y si este Javier Cánaves vivía la vida que yo siempre he querido vivir? Volví a leer el párrafo y se me ocurrió que alguien que se queja tan amargamente por la subida de la tarifa de los taxi probablemente no lleve una vida digna de ser envidiada, aunque puede que me equivoque. En fin, que ya había mordido el anzuelo. Necesitaba saber más de mi paisano. Introduje su nombre, es decir mi nombre, en el Facebook. Nada: tan sólo me encontré a mí mismo. Igual suerte corrí con Google. ¿Y si realmente no existía? ¿Y si aquellos Sousa, Barbosa, Asier y Leroy no eran otra cosa que personajes nacidos de mi imaginación? Nótese el segundo plano que adquieren, resguardados de la lluvia bajo la marquesina, dejando todo el protagonismo de la escena al mallorquín quejica, como si la realidad les diese miedo o no les importara. Además, ¿no existe cierta disfunción en la enumeración de los nombres? ¿No chirría, de algún modo, este Javier Cánaves? En fin, sé que los misterios están para no ser desvelados, pero me saltaré la regla y desde aquí le pido a mi homónimo afincado en Guipúzcoa que contacte conmigo. Tal vez, después de todo, mi destino se halle en el Norte y no en el Sur, como alguna vez canté.

(Para los escépticos o los aburridos, el enlace a la noticia:
http://www.noticiasdegipuzkoa.com/ediciones/2008/11/23/vecinos/donostia-auzoak/d23don28.1348084.php)

jueves 25 de diciembre de 2008

Con los leones

Uno tiene miedo o alergia a los felinos y salta a la arena para luchar con los leones. Te gusta la morena que apenas habla con el resto de amigas y, sin embargo, entablas conversación con la rubia que parece saberse todas las canciones y las maneras de gustar. Pese a que tenía vértigo, no dudó en subir a lo más alto del árbol para saber cuántos pasos más podía dar una vez rebasado el límite. Si bien éramos grandes amigos, algo en mí se alegró cuando supe que no había tenido suerte. Recordarlo me tortura y me recuerda quién soy. Libramos batallas por el placer de perderlas y alardear después de la derrota. Pese a tantas canciones y tanto plasta adicto al discurso del perdedor, el fracaso agotó su crédito. Se jugó sus últimas monedas en una partida amañada. Hay una grandeza equivocada que siempre brilla cuando no toca y por eso mismo deslumbra. En la oscuridad que rodea al haz de luz de los focos, aguardan impacientes los extras. Tendremos nuestro momento, el que imaginamos tantas noches y copas, y no sabremos qué hacer con él. Tu mayor error te enseña a amar y tu gran acierto, por el que recibiste todas aquellas palmaditas en la espalda, te convierte en un tipo despreciable. Se ausentó un minuto del sorteo, el tiempo necesario para que aquella voz metálica y jovial dijera su número, el mismo que ella precisó para finiquitar su relación. Dicen que los que más rezan son los que menos creen. En el momento de dar el “sí quiero”, piensas en una mujer que se encuentra al otro lado del mundo. Entre los invitados, como mínimo tres dudan entre estrangular al sacerdote o declararle su amor desesperado a la novia. Uno mira indiferente El Cristo de San Juan de la Cruz de Dalí y, en cambio, se ve incapaz de reprimir una lágrima al contemplar una gasolinera junto a un campo de girasoles a media tarde. En fin, como decía aquel cantante venido a más una vez perdido el favor del gran público: ¿Y qué haremos con toda esta poesía que nunca cabe en un poema?
* UH, 23/12/08

viernes 19 de diciembre de 2008

Entre ladrones y noctámbulos


Ya no recuerdo a quién le robé la cita, pero ya saben lo que sucede entre ladrones y noctámbulos adictos a la Red y otras pornografías legales. En fin, la frase es de Oskar Lafontaine, copresidente de Die Linke, la nueva-vieja izquierda alemana. Dice así: "Es falso que hayan desaparecido las diferencias entre derecha e izquierda en Europa; la izquierda sigue defendiendo, entre otras cosas, las conquistas sociales de los trabajadores, un sistema justo de impuestos y una política exterior que respete el derecho internacional, unas reivindicaciones que están muy alejadas de los conservadores". Releo varias veces la cita, como si pretendiera aprendérmela de memoria, igual que un fiel temeroso recitando las letanías del rosario. Todo esto hace que recuerde aquel poema de Nicanor Parra en que dice que el futuro será comunista y cristiano o no será. No se mal piensen: tengo de fiel (quiero decir creyente, cariño, ya lo sabes) lo mismo que de comunista. Me río con ganas (Parra siempre lo consigue) y vuelvo a escuchar en mi cabeza aquello de refundar el capitalismo. Puras ganas de vender humo, lo sé, pero no quita que a uno le entre la vena humorística y se ponga a improvisar chistes. Como carezco del talento de Parra (el más grande de los poetas chilenos, incluido Jorge Teillier), les ahorraré el mal trago que supondría su trascripción. Así pues, me olvido de los chistes y, por qué no, de la política. ¿Y si me centro en Parra? Me digo que soy dueño de esta columna y, sin permiso de la SGAE, transcribo uno de los poemas más nihilistas del chileno. Se titula No creo en la vía pacífica y sigue así: “no creo en la vía violenta / me gustaría creer / en algo –pero no creo / creer es creer en Dios / lo único que yo hago / es encogerme de hombros / perdónenme la franqueza / no creo ni en la Vía Láctea”. Qué cosas, pretendía escribir un artículo sesudo, político, y he acabado perpetrando esta cosa. No me queda más que encogerme de hombros y desearles un buen día. A ver si en el próximo artículo estoy más centrado.
* UH, 19/12/08

lunes 15 de diciembre de 2008

Veneno


Frédérique Tardif puede mover las manos gracias al veneno de las abejas. Mandó instalar una colmena en su jardín. Se aplica entre 10 y 16 picaduras cada dos días. Siempre que viaja lleva consigo un bote con una veintena de abejas. Según esta francesa residente en Quebec, desde que se instila el veneno, los temblores y la inmovilidad que padece a causa de la esclerosis múltiple se han reducido. El poder curativo del veneno, así reza el titular de la noticia. Precioso endecasílabo. Su música y su mensaje instilan en mí el temblor de un futuro poema. La literatura como veneno capaz de salvarnos. ¿Salvarnos de qué? De nosotros mismos, sospecho. Un modo de pretendida dignidad.

domingo 7 de diciembre de 2008

Infinito


Las anécdotas que no podré retener porque no conoceré y las que olvidaré o guardaré en el cajón equivocado y un día reclamarás como un tesoro o el secreto central del que dependiera un mundo, el que a ratos compartiremos, y yo seré tan pobre como un sabio, como un león en un zoológico proscrito, sin llanura o tal vez con llanura interior, es decir, con desierto y tu lluvia, después, tus preguntas, el reclamo elaborado con cariño y recelo, los años precipitándose sobre nosotros, los silencios y cielos de todos los veranos agrupados en un solo verano inigualable, casi conceptual, fragmentándose en partículas que nos envolverán, que nos harán llorar y reír y querrás comprender mientras aguardas una respuesta, algo que llevarte a la cama, que mirar por las noches cuando el gran apagón se propague sin obstáculo por todas las ciudades levantadas por el hombre, y querré comprender y compilar lo que no admite orden ni discurso y seremos nosotros, Floriane, tú y yo, padre e hija, como en aquel cuadro, solos frente al mar, en la desembocadura de un torrente sin agua, entre paredes verticales, inconmensurables como tus sueños, como todo lo que tenía que hacer y no hice o tal vez sí lo hice porque tú estarás a mi lado, una tarde que voy construyendo, imperfecta como no puede serlo el futuro, tal vez tendrás prisa, tal vez hambre o astucia, ahora todo es posible, y tus ojos, abismales y cálidos, reclamarán un pasado, lo que no habré sabido guardar, el tesoro o el secreto del mundo, y yo sólo tendré estas palabras modestas, su trampa y su delirio, frases escritas contra el embrutecimiento de la vida ordinaria y contra todo pronóstico, libros como tiendas de campaña en la cumbre del Everest, una obra irrepetible y prescindible y que de pronto no comprenderé y seremos tú y yo, Floriane, tú y yo, como en aquel trayecto en tren camino del infinito.

domingo 30 de noviembre de 2008

El viejo existencialista




Con motivo de la publicación del ensayo de Vargas Llosa sobre Juan Carlos Onetti, El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti, el peruano copó todas las secciones de cultura de los diferentes medios. Fue en uno de estos, no recuerdo cuál, donde me enteré de que Vargas Llosa se había leído 20 veces el cuento El infierno tan temido, “un relato perfecto” del uruguayo, un relato que “no deja de conmoverme”, aseguraba el autor de Los cachorros. No pude estar más de acuerdo.
Leída la noticia, hice recuento de las veces que me había sumergido en el relato. Sólo dos. O sea, que Vargas Llosa me ganaba de 18, toda una goleada. Decidí reducir distancia y al llegar a casa lo primero que hice fue sacar del estante donde tengo la obra completa de Onetti el volumen titulado Tan triste como ella y otros cuentos, de Lumen. En efecto, el cuento es inapelable, conmovedoramente patético, marca de la casa. Condensa a la perfección el universo (iba a escribir mundo) que Onetti fue creando libro a libro, lucidez tras lucidez. Sin que sirva de precedente (o tal vez sí), me pongo estupendo y lo recomiendo a todo aquel que recale en esta página.
Como me siento en deuda con Onetti (todo escritor o aspirante a serlo estará en deuda con todos los autores que le alumbraron el camino, poniéndoselo más difícil y atractivo a la vez) y a modo de homenaje, traigo aquí algunas de las entradas en mi diario (llevo uno desde 2004) en las que menciono al uruguayo. Doy gracias a Word y al mecanismo “Edición, Buscar”, que tanto me han facilitado la tarea.

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“Leí Los adioses, de Juan Carlos Onetti. Según Muñoz Molina, este libro está “entre la tres o cuatro mejores novelas breves escritas en español”. Quizá exagera, pero lo cierto es que me leí del tirón sus algo más de cien páginas hipnotizado por esa manera de contar del uruguayo.” (26/11/07)

“Estoy leyendo La vida breve, de Onetti. Me parece espectacular. La maestría del uruguayo a la hora de crear un personaje tricéfalo (Brausen, Arce y el doctor Díaz Grey) se me antoja inalcanzable. Sé que no saldré indemne de esta etapa onettiana. Me parece que hay más tensión poética en un solo párrafo de Onetti que en el 90% de la poesía que se hace hoy.” (03/12/07)

“He estado paseando por las calles de Palma, calles que nunca antes había pisado, que me hacían sentir extranjero, adolescente, casi escritor de los realmente buenos. Fue inevitable recordar las últimas páginas de la novela El astillero, de Juan Carlos Onetti. El viejo Larsen paseando por los barrios viejos de Santa María, camino de su derrota final, lúcido y cansado, preguntándose qué habría sido de él de haber paseado por esas mismas calles cinco años atrás. ” (15/04/08)

“Hace un par de horas que se ha ido C. Otra vez solo. Me dedico a ordenar los libros, a releer pasajes de Onetti, el viejo existencialista. El uruguayo es infinito, siempre admite relectura, nunca se acaba ni se apaga. Da en el clavo cuando dice: “No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo”. ” (26/10/08)

domingo 23 de noviembre de 2008

G.P. a lo Perec





La idea en realidad no es mía, sino de un buen amigo (G.P. son sus iniciales), un gran escritor que no escribe porque su pereza y su falta de fe son mayores que su talento, o eso se obliga a creer. En efecto, todo escritor que se empeñe en escribir y no viva de ello, aunque lo niegue, aunque hable pestes de ella, es un tipo con fe. Tanto en su propia escritura como en la sensibilidad de los hipotéticos lectores. Habrá quien prefiera llamarlo desesperación o indiferencia, tanto da. El caso es que este amigo, una vez leído el artículo que el pasado seis de noviembre me publicaron en Última Hora, me comentó que sería una buena idea que todo aquel que se animara elaborara su propia postal del fin del mundo. Esto, argumentaba, daría pie a un conjunto de paisajes, a un collage paisajístico-biográfico (no hay paisaje sin biografía ni biografía sin paisaje); un ramillete de instantáneas que, de algún modo, si la cosa se extendiera de pueblos a ciudades y de ciudades a países, acabaría constituyendo un retrato fidedigno y alucinado del mundo en que vivimos. Dejo aquí la invitación. ¿Qué ve si se asoma a la puerta o ventana de donde se halla? Puede anotarlo en este blog, o en la hoja de algún cuaderno, o simplemente retener la imagen en la memoria. También, claro, puede olvidarse del asunto y seguir con lo que hacía. Ahí va el artículo mencionado:

Mi postal del fin del mundo

Cuando termine de leer estas líneas, salga a la calle o asómese a la ventana más cercana. Retenga la imagen del momento. Será insignificante, un cuadro reiterado, un anodino pedazo de realidad. Archívelo en su mente y póngale un nombre. Yo ya lo hice antes de iniciar este artículo. Mi postal del fin del mundo, un título acorde con los tiempos que corren, si es que hemos de tomarnos en serio las alarmas de los economistas y demás indicadores del grado de tensión social en que vivimos. Después del estallido, cuando los malos augurios sean realidades palpables, recuerde este día de otoño, la imagen que en un minuto (si me hace caso) deberá archivar y bautizar. Le estoy regalando un instante de los buenos tiempos que, de no ser por mí, seguramente habría olvidado. No recordará mi nombre y tal vez se le escape algún que otro matiz, pero seguro que puede verse de pie frente a la ventana, o en la puerta de la que fue su casa o su bar predilecto, sonriendo condescendiente por algo que acaba de leer. No hace falta que me lo agradezca si nos cruzamos por la calle. Soy así.
Abandono mi faceta altruista y vuelvo a mis libros. Leo, en La teoría del todo, de Stephen Hawking, que “nuestro sol tiene probablemente combustible suficiente para otros 5.000 millones de años”, casi lo que me queda por pagar de hipoteca. Ni esta magnífica noticia, ni la rebaja de medio punto en los tipos de interés, consiguen ponerme de mejor humor. Entiendo a Cheever cuando dice, en uno de sus Diarios, sentirse extraño al contemplar la calle desde el balcón. “Envidio la libertad de los jóvenes que se van de juerga a Ostia en sus descapotables, al mismo tiempo que advierto que uno puede poseer casi todo lo que el mundo puede ofrecer sin dejar por eso de desear más”. Ese inconformismo que nada tiene que ver con lo material...
Dejo los libros y me asomo a la ventana. Ahí está mi postal del fin del mundo. Un edificio en construcción, un terreno baldío, una gasolinera Repsol como isla iluminada en mitad de la noche.


¿Cuál es la suya?

lunes 17 de noviembre de 2008

Somos el Titanic


Cuenta Zygmunt Bauman como Jacques Attali, en julio de 1998, desde el periódico galo Le Monde, explicaba, con palabras proféticas, el gran éxito comercial de la película Titanic. El economista francés aseguraba que “Titanic somos nosotros, es nuestra triunfalista, autocomplaciente, ciega e hipócrita sociedad, despiadada con sus pobres; [...] Todos suponemos que, oculto en algún recoveco del difuso futuro, nos aguarda un iceberg contra el que colisionaremos y que hará que nos hundamos al son de un espectacular acompañamiento musical.” ¿Eran realmente proféticas las palabras de Attali? ¿Hemos colisionado con el gran bloque de hielo que nos ha de hundir? Desde que el hombre es hombre, siempre han existido los agoreros del futuro, y muchas veces han acertado, es cierto, pero la historia ha seguido su curso y nos hemos repuesto y hemos olvidado para así poder cometer los errores de siempre, los que me temo estamos destinados a perpetrar hasta que el planeta ya no aguante, esté o no esté de acuerdo Aznar. Pero lo que más me gusta del comentario de Attali es cuando dice que nuestra hecatombe se producirá con “un espectacular acompañamiento musical”. Supongo que se refería a esa amalgama de comentarios vertidos desde la prensa especializada, opiniones de columnistas de tres al cuarto (yo mismo), reuniones de los líderes de las grandes potencias (con o sin Zapatero), imágenes en los telediarios donde tipos encorbatados se llevan las manos a la cabeza, conversaciones de bar a mitad de camino entre la ignorancia y el temor, la risita cargante de los que aseguraban (¿el propio Attali?) que esto se veía venir, ese fraseo incomprensible de los que desean, al no tener nada que perder, que todo estalle. Una música estridente, cacofónica. Mejor cambiar de emisora. Si el barco ha de hundirse, comportémonos de manera elegante. Me acomodo en una hamaca de la cubierta del Titanic y me pido un gin-tonic. En mis oídos, procedente de mi iPod, la voz de Madeleine Peyroux. A mi mente acude una frase de Georges Braque: “El cometido del Arte es turbar. El de la Ciencia, apaciguar.” Pienso en los economistas, esos seudo-científicos, y en la voz aterciopelada de la estadounidense. Qué quieren que les diga. Todas las frases célebres admiten excepciones.
UH, 21/11/08