miércoles, 13 de marzo de 2019

Un tipo duro



Es un tipo duro que no ha tenido una vida fácil y que se pasa el santo día diciendo que a duro nadie le gana y que su vida, ay, no ha sido un camino de rosas. Sabe lo que es la pobreza, el hambre, la traición, el dinero fácil, las drogas, la cárcel, etcétera. Pese a todo, siempre fue alguien de una sola pieza: inquebrantable, recto, con un hondo sentido de la lealtad. Llegados a este punto, se apresura a decir que nunca fue un santo, que su paso por la cárcel no fue un error, pero a lo hecho, pecho, en fin, imagino que ya se hacen una idea. Con un tipo como él, Clint Eastwood levantaría una obra de arte, pero el problema es que ha caído en mis manos y solo dispongo de algo más de doscientas palabras y ya me he comido más de la mitad presentando al protagonista —le di mi palabra— de esta columna. Cuando me lo encuentre en el bar una mañana de estas, me pedirá explicaciones y me recordará lo duro que es y lo jodida que ha sido su vida y yo me excusaré diciendo que una mala tarde la tiene cualquiera pero que otra semana le escribo la columna que se merece un tipo duro como él, que no tuvo una vida fácil, etcétera.  


ÚLTIMA HORA, 12/03/19

Mejide-Espada



Cómo sustraerse a opinar sobre el affaire Mejide-Espada. Al ex jurado de OT hay que reconocerle el mérito, al alcance de muy pocos, de hacernos menos odiosa (al menos, durante un minuto) la figura del polemista Arcadi. Del espectáculo televisivo (tiene más de espectáculo que de polémica, a qué engañarnos) podemos extraer algunas conclusiones. Como, por ejemplo, que nuestra querencia por las hogueras públicas, precedidas de juicios sumarísimos (tan comunes en las guerras civiles y las redes sociales), sigue gozando de una fantástica salud. Que, como ya han apuntado muchos en diferentes foros, el sentimentalismo ha ganado por goleada al razonamiento sereno, de lo cual nuestros políticos tomaron nota hace tiempo. El relato sentimental (y, a la fuerza, simple) nos espolea; la argumentación más allá de los 140 caracteres (o 280) nos aburre. Lo importante es encontrar un mantra, una buena banda sonora, capaz de movilizarnos. Hay españoles de bien y españoles de mal, buenos y malos catalanes, etc. Del «me cae mal» colegimos de manera automática la falta de razón del reo, de ahí que sea del todo lógica la supresión del derecho de defensa. ¿Para qué perder el tiempo (y la audiencia) si está claro que es culpable?


ÚLTIMA HORA, 26/02/19

domingo, 17 de febrero de 2019

El espíritu del tiempo


Un novelista que se precie debe tener olfato para los temas importantes, aquellos que contienen lo que los intelectuales llaman el Zeitgeist. Las últimas semanas han venido cargadas de acontecimientos que un novelista que se precie no debería pasar por alto. Pienso, por ejemplo, en el drama de los taxistas. Que tus dioses de siempre, los que guardaban el panteón de tus esencias, sean desbancados en un abrir y cerrar de ojos por los dioses imberbes de los nuevos tiempos, sin duda debe colocarte en una situación complicada. No tener a quién seguir, en qué creer, puede abocar en una especie del síndrome del abandono, tan perjudicial para el que lo sufre como para el que lo padece. He aquí el conflicto y, como todo el mundo sabe, no hay relato sin conflicto. En literatura —y esto va de contar historias— el punto de partida siempre ha de ser un asunto concreto, por ejemplo, un taxista madrileño con foto de Franco en la guantera. De ahí deberemos llegar a un sentimiento abstracto, como el de abandono o frustración. Es más, de esta situación concreta deberemos llegar al Zeitgeist, el espíritu del tiempo, a esta ola gigante, incontenible, que amenaza con llevarse por delante a todo aquel que no reme a su favor.

ÚLTIMA HORA, 12/02/19

martes, 12 de febrero de 2019

Algo sobre Serotonina, de Michel Houellebecq


El protagonista de la última novela de Houellebecq es Francia. Decir Francia es decir Europa, es decir la sociedad occidental. Para potenciar el desmoronamiento que sufre el protagonista, Houellebecq utiliza una metáfora: Florent-Claude Labrouste. Hábilmente, Houellebecq desplaza el foco del protagonista a la metáfora que utiliza para mostrar (denunciar) el hundimiento general. Así, el hundimiento de Florent-Claude Labrouste es en realidad el hundimiento de Francia, de Europa, de la sociedad occidental. ¿Y cuáles son esos males que aquejan a su protagonista, es decir, esos males que nosotros, los accidentales, los europeos, padecemos, esos males que nos arrastran a la irrelevancia, es decir, a la desaparición? Básicamente, el conformismo, la incapacidad para la lucha. Según Houellebecq, esa parálisis se llama socialdemocracia. Así, Florent-Claude Labrouste es alguien que desprecia la socialdemocracia por haberse olvidado de aquellos a quienes debía proteger. ¿Proteger de qué? De la globalización, claro. Por esto mismo, Florent-Claude Labrouste se desprecia a sí mismo. Al fin y al cabo, él tampoco fue capaz de proteger (conservar, cuidar) aquello (lo único) que realmente importaba, lo que daba sentido a su vida.

domingo, 3 de febrero de 2019

Ruleta rusa


Hablar de amor estando casado es lo más parecido a jugar a la ruleta rusa. Pero a mi lado kamikaze —al que también llamo mi lado Christopher Walken— jamás le interesaron las consecuencias. Un columnista sin lado kamikaze es como un delantero centro sin gol. Salvo que seas Benzema, lo tienes claro. En fin, me dejo de preámbulos. Primera confesión: yo también he fingido. Sin fingimiento no hay literatura ni buen sexo, principales ingredientes de esa cosa llamada amor. Pessoa lo sabía. Lo que no sé si sabía es que en el sexo entre cónyuges muy a menudo intervienen tres, como mínimo. El que seguro lo sabía es Perales, José Luis. La disyuntiva verdad/mentira con que se manejan las parejas suele ser mentira, pero encierra una verdad incuestionable. Por mucho que nos empeñemos, el amor no es progresista: está lleno de muros, pactos en la sombra, devoluciones en caliente… Su hábitat natural no es el aire, sino la paradoja. Hay que salir del amor para saberlo posible, pero conviene no extraviarse, al menos, no demasiado. Al contrario de lo que sucede con el fuego, cuánto más lejos más quema, si bien es cierto que un poco de aire nunca viene mal.

 ÚLTIMA HORA, 29/01/19

Las viejas certidumbres


ÚLTIMA HORA, 15/01/19


martes, 9 de octubre de 2018

Erogación


En la pantallita de la máquina expendedora de cafés que hay en el merendero de la empresa donde trabajo, aparece la palabra “erogación” mientras el café seleccionado anda preparándose. Lo cachondo no es que una máquina expendedora de cafés te enseñe una palabra nueva; lo cachondo es imaginarse al técnico de turno mientras programaba la máquina. Te lo imaginas con un compañero en el momento clave. Dice uno: «¿Le meto ya lo de en preparación?». El otro: «No sé, me apetece innovar. Nuestro trabajo es rutinario y no digo yo que la rutina esté mal, de hecho, creo que la rutina nos mantiene cuerdos y nos permite pensar en asuntos elevados, pero a veces hace falta darle una vuelta a las cosas, salirse por donde los demás menos lo esperan». Entonces se produce un silencio hecho de confusión y expectativa. «No te pillo», acaba por decir el primero. «Sorprendamos al futuro consumidor de cafés, agitemos sus neuronas. Si queda gente en el mundo que lee los mensajes que aparecen en las pantallitas de las máquinas expendedoras, regalémosles una experiencia diferente». «Me das miedo». «Confía en mí. Creo que ya lo tengo. Erogación, del verbo erogar. ¿No es genial?». El compañero duda unos instantes. Finalmente, dice: «Hazlo tú, yo paso de mancharme las manos».


ÚLTIMA HORA, 09/10/18

miércoles, 3 de octubre de 2018

El Leopoldo María Panero del articulismo balear


Viernes

Me para un conocido por la calle y me dice: «Joder, esta mañana he leído tu artículo en Última Hora y no he entendido nada. Tío, es que siempre me pasa lo mismo contigo. ¿Tú fumas algo antes de sentarte a escribir? Es que te lo digo en serio. Lo he leído dos veces a ver si lo pillaba y ni por estas. Y escribes bien, eh, que no digo yo que no, pero, joder, es que no hay por dónde pillarte». Yo sonrío mientras mi mente busca una respuesta a toda velocidad. Se me ocurre que podría decirle algo del tipo: la inteligibilidad está sobrevalorada, pero se me antoja demasiado arriesgado. Al final, después de consultarlo con mis zapatos y los adoquines del suelo, le suelto: «A ver si en el próximo…», y lo dejo ahí. Nos despedimos. Sigo mi camino sintiéndome el Leopoldo María Panero del articulismo balear. 


miércoles, 29 de agosto de 2018

Hada de Fresa


Pienso en esos canales de YouTube destinados a un público infantil de entre dos y seis años. Me estoy refiriendo a canales tipo Hada de Fresa. Hasta donde sé, podría decirse que estos canales han puesto de moda lo que podríamos denominar meta-animación. Por hacerlo breve: los creadores de las historias retransmitidas en estos canales ponen en juego todos los recursos clásicos de la ficción salvo el que podríamos presuponer el recurso básico: la inmersión ficcional. En estos canales, se prescinde totalmente del arte de hacer creer que lo que se cuenta “sucedió de verdad”. Ahí están las manos que mueven los juguetes, las voces cutremente impostadas, los cortes abruptos, mal ensamblados, etc. Que estas propuestas hayan triunfado entre el público infantil merece algún tipo de reflexión. Se me ocurre que ese no disimular, ese mostrar a las claras cómo se hace, consigue que los destinatarios de estas historias las perciban como más cercanas o posibles. Matización: más que la verosimilitud de la historia narrada, lo que aprecian los niños es la verosimilitud de la voz, es decir, del narrador. Y no lo olvidemos: si el narrador nos conquista, ya nos puede contar milongas, que las recibiremos de pie, aplaudiendo, felizmente entusiasmados.

ÚLTIMA HORA, 28/08/18

miércoles, 15 de agosto de 2018

No agitar, peligro


Hay aguas que es mejor no agitar. Pensar que un gobierno autoritario es capaz de permanecer 40 años en el poder por el simple uso de la fuerza es de ingenuos. Si zarandeas al monstruo corres el peligro de despertarlo. La paz se construye y se mantiene, entre otras cosas, con resignación y pragmatismo. El posibilismo no debería ser visto como renuncia, sino como manifestación de madurez. Si te empeñas en el derribo de un monolito del que todo el mundo había olvidado su tufo, corres el riesgo de convertirlo en lugar de peregrinación y símbolo de resistencia contra una supuesta nueva tiranía, das alas a los que solo entienden la convivencia desde el enfrentamiento feroz. Nada menos efectivo para fomentar la lectura que las campañas de fomento de la lectura. Dile a alguien que es tonto por no abrir un libro en todo el año y empezará a alardear de su supuesta estupidez. Gestión del día a día, asumir el mundo en que vivimos, renunciar a las lecciones de moralidad. Que sean nuestros actos los que hablen por nosotros. El reto es mañana, no ayer. Y el día de hoy. Manos a la obra.


ÚLTIMA HORA, 14/08/18

martes, 7 de agosto de 2018

Los Retros [fragmento]





«Prepara tu petate, poeta. Esta tarde nos largamos».
     No me gusta que me llamen poeta, pero no dejo que el malestar se refleje en mi cara.
     «¿Se retiran al fin?».
     «Las bigotudas reculan. El edificio es nuestro».
     Tardo unos segundos en responder. Cuando digo «perfecto», Pablo ya ha desaparecido. Me pongo en pie y miro por el ventanuco. No registro actividad. El edificio de enfrente parece abandonado, no respira. Sin embargo, después de años de contienda, uno aprende a desconfiar de las apariencias. Pero Pablo es uno de los voceros del capitán, se supone que sabe de lo que habla. Se trata de otra pequeña victoria, seguimos avanzando. Me doy vuelta y miro el rincón donde solía dormir Lucas. Ya hace dos semanas que duermo solo. Imagino que a partir de ahora mi situación cambiará.
     Todos los que conformamos la compañía nos situamos frente a la entrada principal del edificio. Se trata de territorio conquistado, no corremos riesgo. A un lado, los hombres; al otro, las mujeres. Ellas permanecen en silencio, la vista clavada en la tierra; nosotros, en cambio, soltamos grandes risotadas. Alguien escala un montículo de escombros y suelta las proclamas de rigor: «¡Dios salve al Capitán!». «¡Arriba el Movimiento!». «¡Muerte a las Bigotudas!». ¿Acaso esta guerra era contra la imaginación? El ambiente es festivo. De un modo espontáneo, se ha organizado un campeonato de lanzamiento. Hierros afilados atraviesan el aire, también pedruscos. El Capitán se demora. Al fin aparece acompañado de su escolta. Dejan de volar objetos, el silencio cae sobre nosotros como algo ajeno a nuestra voluntad.
     «Hoy, gracias al valor de nuestros hombres, estamos más cerca de nuestro objetivo. En pocas semanas, la ciudad será nuestra, el orden volverá a reinar. De los doce sectores, ya controlamos ocho. Solo debemos lamentar una baja en este último enfrentamiento. Se llamaba Miguel. Murió en combate, la mejor muerte que un hombre puede tener. Por el contrario, cayeron dieciocho Bigotudas e hicimos seis prisioneros, cuatro hombres y dos mujeres. A partir de esta tarde, las mujeres estarán disponibles. Dios está de nuestra parte. ¡Arriba el Movimiento!».
     Vítores, abrazos, puños en alto. Me fundo en abrazos fugaces. Caras sucias, peludas, desfilan frente a mí. Todos convencidos. Yo, una cara sucia y peluda más, también grito con fuerza.

*

A los auténticos convencidos se les distingue porque, en la contienda, al lanzar los cascotes o las lanzas, depositan la punta de la lengua sobre el labio superior y arrugan la nariz. Pablo siempre hace lo mismo. He compartido ventana y trinchera con él en alguna que otra ocasión. Tras el lanzamiento, su cuerpo se queda rígido durante uno o dos segundos. Una temeridad, sin duda. Durante ese lapso queda expuesto, a merced del enemigo. ¿Un tic? Puede ser. O tal vez piense que esta actitud vaya en provecho de su puntería. Los convencidos suelen ser supersticiosos. Yo, por si acaso, imito su manera de proceder. En los últimos tiempos, el número de reclutamientos voluntarios ha crecido de manera considerable. La vida al margen de los bandos se ha hecho más dura. Ahora ya pueden prescindir de algunos de nosotros y los tibios no gozan de buena prensa, de ahí que al lanzar cascotes saque la lengua y arrugue la nariz. No quiero acabar como Lucas.
        El error de Lucas fue expresar sus dudas en voz alta. Se mostró compasivo con un recién llegado que no quiso rematar a uno de esos que se mueven por la zona intermedia, que no tomaron partido. El prisionero se negaba a colaborar, pese a los escupitajos y las patadas. Después de un par de horas, el capitán, visiblemente aburrido, ordenó que lo ejecutaran. «Dadle matarile a este picha floja. Que lo haga el nuevo, a ver de qué pasta está hecho». Por lo visto, la pasta no era de la mejor calidad. Se negó. Decía que no podía. El capitán, enfurecido, dijo: «Lo matas o te mato». El capitán, cuando quiere, sabe ser persuasivo. El nuevo agachó la cabeza y dejó caer la piedra que tenía en la mano. Lucas saltó en su defensa: «Otorguémosle una oportunidad, no somos animales. No les demos la razón a esos que nos tachan de brutos». Aquellas palabras fueron el principio de su fin. Esos que nos tachan de brutos –los Retros, nos llaman– son el enemigo. Está de más decir que ni Lucas ni el nuevo se encuentran ya entre nosotros.
        Lucas era mi compañero de habitación. Obviamente, estaba al tanto de sus inclinaciones. De sus debilidades, diría el capitán. Su problema es que le gustaba hablar, compartir. Le daba al coco y todo el mundo sabe que no hay nada como darle al coco para que broten las dudas. Decía cosas del tipo: «Defender el orden y la tradición no está reñido con cierta sensibilidad». O cosas como: «Creo que Dios no aprobaría nuestros métodos». O, por ejemplo: «No pienso que las mujeres sean inferiores, simplemente, su función es otra». La verdad, todas aquellas palabras me volvían loco, no lograba sacármelas de encima.
     A Lucas lo fueron arrinconando. El capitán dejó de hablarle y todos hicieron lo mismo. Eso me dejaba en una situación difícil. Compartíamos celda. ¿Podría haberme contaminado? Si bien Lucas era el responsable de mis desvelos, yo lo apreciaba. De todos modos, aprecio más mi vida, así que también dejé de hablarle. Él no forzó las cosas, no me obligó a tomar partido. Es algo que siempre le agradeceré. En tiempos de guerra, las cosas funcionan de este modo.




jueves, 2 de agosto de 2018

DOS SUCESOS (CASI) PARANORMALES

Ayer, una persona a la que conozco algo, me escribió tras haber leído Piscinas iluminadas. «Sí puedo decir», afirmaba tras unas primeras líneas dubitativas, «que me ha gustado mucho, es rica en léxico y en sentimientos, y profunda, y muy inquietante». Aquí, claro, mi sonrisa se estiraba. Pero la cosa no terminaba con esta frase feliz, seguía: «Si la hubiera leído sin conocerte no habría sabido qué pensar. Después de leerla conociéndote, todavía estoy más desconcertada». Fue leer esto y recordar una entrevista que le hicieron a finales de 2011 a Joaquin Phoenix. En un momento dado, el periodista le comentaba al actor que no parecía muy afectado por el hecho de haberse quedado fuera de la disputa por los Oscar, a lo que Phoenix respondía: «El gran objetivo de cualquier actor o cineasta hoy en día parece ser ir a los Oscar. Eso me resulta desconcertante. Quizás porque soy un idealista creo que la mayoría de películas deberían aspirar a tener una vida, encontrar a su público, conquistarlo, desconcertarlo... que tu aspiración máxima sea ganar un premio o vender muchos dvds me parece descorazonador». Encontrar tu propio público, seducirlo, desconcertarlo… y que comparta contigo ese desconcierto, esa inquietud. ¿Se puede pedir más? Sí, claro, ganar premios y vender mucho, ¿no?


Ya por la tarde, me recluí en un bar cerca de la oficina. Un par de horas para comer algo, tomarme una caña y leer con tranquilidad. Acabado el recreo y ya pagado lo consumido, la dueña del local o la que yo pensé la dueña me detuvo para decirme que mi cara le era familiar. Ella no me sonaba de nada, así que me limité a sonreír y encogerme de hombros. Lo sé, soy un tipo muy elocuente. La mujer abandonó la barra, se acercó a una mesita baja en la que había depositados algunos periódicos y agarró uno del montón, un ejemplar del Última Hora. Lo abrió por sus páginas centrales y con el dedo índice señaló la foto que acompaña los articulillos que me publican en este medio. «¿Eres tú?», quiso saber. Asentí. Me sentía algo desconcertado. Por su vehemencia, porque era la primera vez que alguien me reconocía a causa de esa pequeña foto en blanco y negro. «Al principio, por tu forma de vestir, pensé que eras un empleado de banca, de CaixaBank, aquí al lado hay una oficina, pero la cosa no terminaba de cuadrarme. Le estuve dando vueltas hasta que se encendió la luz. ¡El de los artículos!». «El mismo», sonreí. «¿Sabías que conozco a Meneses?». No, no lo sabía. «También escribe en el Última Hora. Una vez, le dedicó una de sus columnas a este bar. ¿La has leído? Está colgada en la pared del fondo». No la había leído. Me dirigí al lugar señalado. Leí la columna y volví a la barra. «Quién sabe, tal vez este encuentro me inspire un articulillo». Es todo lo que se me ocurrió. Ella: «¿Has comido bien?». Yo: «Muy bien». Parecía satisfecha. Yo lo estaba. Me despedí y salí al infierno. Debido al repentino aumento de mi estatura, casi golpeé mi cabeza con el dintel de la puerta.


lunes, 16 de julio de 2018

Tres artículos: Va de bandos, Eso del fútbol, Vaticinios

El otro día me dio por pensar en lo muy nacionalistas que son algunos destacados antinacionalistas. Imagino que no precisarán que les exponga ningún ejemplo; basta con que echen un vistazo al periódico que tienen entre las manos para encontrárselos. Al final, como en el fútbol o la literatura, la cosa va de bandos. Olvídense de toda esa retórica más o menos intelectual. O estás conmigo, o estás en mi contra. Al enemigo, ni agua. El bilardismo es norma universal. Lo del fair play solo sirve para anuncios de Nike y terapias de pareja. Pero me paso de frenada. Lo que yo quería comentar no pasa de anécdota banal. La otra tarde, un amigo –enemigo acérrimo del nacionalismo– se lamentaba por la falta de escritores autóctonos en los planes regionales de lectura dirigidos a los habitantes de la región en cuestión. Su comentario denotaba preferencia por el lugar de nacimiento de los escritores antes que por su obra. Como comprenderán, ni se me pasó por la cabeza hacérselo ver. A estas alturas de la vida, no me sobran los amigos. (ÚLTIMA HORA, 19/06/18)

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Pensaba –yo también– explicarles en qué consiste eso del fútbol. Para mí, que llegué a entrenar en Tercera División con el Atlético Baleares, este negocio no tiene ningún secreto. Entiendo que usted piense que sabe más de fútbol que yo, pero –no se engañe– no es así ni lo será nunca. Mi intención, nada más fallar el penalti Iago Aspas, era aclarar al mundo entero los motivos de la prematura eliminación de nuestra ultra defensiva selección nacional y, sobre todo, exponer lo que deberíamos haber hecho para alzarnos con la copa de campeones. Pero no voy a hacerlo. Y no es que tema ser llamado ventajista –me han llamado cosas peores–, o que no me guste hacer leña del árbol caído. Hacer leña del árbol caído está muy bien, aquí siempre nos gustó mucho. Pero no eso, para nada. Es que no quiero resultar cansino. Si de algo tenemos un stock excesivo en este país es de infalibles seleccionadores nacionales. No hay familia que no tenga el suyo. ¿Y qué me dice de sus amigos? Así que yo, infalible entre los infalibles, voy a ahorrarle otro discurso aleccionador sobre la selección española y su juego. Estoy seguro de que me lo agradecerá. (ÚLTIMA HORA, 03/07/18)

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Desde 2007, se vienen repitiendo con regularidad aplastante los vaticinios que anuncian diferentes finales, a saber: el de Europa, el de España, el de Mallorca. Europa se disolverá, España se romperá, Mallorca explotará. Sus enemigos nunca descansan, aseguran. A fuerza de repetirlo una y otra vez, con periodicidad semanal, es posible que alguna de estas predicciones se acabe cumpliendo. Cuando ocurra, nadie podrá alegar el típico «no nos avisaron»; lo hicieron, joder si lo hicieron. Por activa y por pasiva. Pero los aprendices de pitonisas tampoco podrán colgarse medallas en la pechera. Si me paso la vida diciendo que te vas a morir –no te conozco, lector, pero es algo que tarde o temprano ocurrirá, debes asumirlo–, llegará el día en que acierte el vaticinio. Eso sí, mi único mérito será el de la insistencia –y el del mal gusto. Hasta la fecha, la eternidad es atributo de Dios, los agoreros y nuestras ganas de ponerlo todo patas arriba. En esas estamos, como siempre. ¿Acaso no es divertido? (ÚLTIMA HORA, 17/07/18)