domingo, 12 de febrero de 2017

No me gusta hablar de mi vertiente literaria en el trabajo / Las formas


martes
Me cuenta una compañera de trabajo que la amiga con la que había quedado para tomar algo se presentó a la cita con un libro. Tras los saludos rituales, tomaron asiento y empezaron a charlar. El libro descansaba sobre la mesa, ajeno a la conversación. En un momento dado, mi compañera de trabajo se fijó en su portada. Ahí estaba mi nombre. Lo agarró y miró en su interior: ahí estaba mi foto. Divertida, comentó que conocía al autor, que trabajaba con él. La casualidad le hizo gracia. Por mi parte, me hizo feliz saber que hay gente por ahí dispuesta a gastarse unos euros por comprar uno de mis libros. Eso sí, no pude evitar sonrojarme cuando me lo contó. No me gusta hablar de mi vertiente literaria en el trabajo. Me incomoda bastante, la verdad. El libro en cuestión es Piscinas iluminadas

jueves
La mayoría silenciosa, la que no se manifiesta… Mi vida virtual desvirtúa el mundo de ahí fuera, mi visión de él. Tomo plena conciencia de este hecho cuando, en una conversación en el trabajo, me encuentro con varias personas defendiendo la gestión de Trump, sus ideas. Vienen a decir que su problema reside en las formas, no en el fondo. Me asusta la poca importancia que, por lo general, se otorga a las formas. Se empieza con una relajación en las formas y se acaba con una mayoría silenciosa aplaudiendo desde sus casas la constitución de un estado totalitario, en el que no se respeta la separación de poderes.  


[fragmentos de un diario]

miércoles, 1 de febrero de 2017

Placer esnob

Escribía la semana pasada en una red social que, en lugar de Ruiz Zafón, Dolores Redondo e Ildefonso Falcones, hubiese preferido leer en la lista de libros más vendidos los nombres de Ricardo Piglia, Eric Chevillard o Vicente Valero. No eran más que tres ejemplos entre los muchos que me venían a la cabeza. Mis amigos de esa red social, muchos de ellos escritores o con inclinaciones literarias, se mostraron de acuerdo y aplaudieron mi post. Vivimos en una sociedad en que todo el mundo busca el aplauso de los suyos, ¿iba a ser yo una excepción? Sin embargo, instantes después, acudieron los remordimientos. ¿Fui del todo sincero? ¿No sentimos, los lectores impenitentes, los amantes de la Literatura, cierto placer al comprobar que nuestros gustos como lectores, que nuestras lecturas, no coinciden con las lecturas y los gustos del gran púbico? ¿No hay un placer esnob en esta diferenciación? ¿No nos sentimos parte de una familia de iniciados? ¿Acaso, pese al azoramiento que a veces nos produce, no hemos experimentado satisfacción interna al responder que no, que no hemos leído lo último de Dan Brown? Así es y no pasa nada. Cada uno con sus vicios. Buenos días.

ÚLTIMA HORA, 31/01/17

lunes, 16 de enero de 2017

¿QUÉ PASA CON LA POESÍA?


13/01/17

Leo la sección “Libros más vendidos” de un conocido suplemento cultural. Me centro en la lista que aparece bajo el epígrafe “ficción”. Carlos Ruiz Zafón, Dolores Redondo e Ildefonso Falcones ocupan los tres primeros puestos. No me sorprendo, tampoco me indigno (¿debería?). Eso sí, hubiese preferido leer los nombres de Ricardo Piglia, Eric Chevillard o Vicente Valero (por poner tres ejemplos un poco al azar). Queda claro que hablar de ventas y hablar de calidad (o profundidad, o complejidad, etc.) nunca ha sido lo mismo, en ninguna disciplina consolidada (pueden coincidir o no, y muchas veces no lo hacen). Nos movemos en el terreno de lo obvio, de lo ya superado, al menos en lo tocante a narrativa (por no extendernos mucho más allá). Entonces, ¿qué pasa con la poesía? Sencillo, que se revuelve ante una nueva realidad para muchos incómoda, triste o desasosegante. Pero tranquilos, volverá la calma, al fin y al cabo, no se trata de un “intrusismo” devastador. Nadie ha “robado” lectores a nadie, ni siquiera ventas. Podría escribirse que el mundo de la poesía en España ha dejado su inmaculado reducto celeste (donde las polémicas hablaban de concursos literarios y bandos fratricidas) para entrar de lleno en el sucio mundo del mercado, con sus contradicciones y comparaciones odiosas.

Lo realmente interesante para los que rondamos ese mundo es batirnos en duelo con nosotros mismo para ser capaces de escribir algo que no nos avergüence del todo unos días después. 


16/01/17

Leo en El Mundo, en un artículo de Darío Prieto dedicado al compositor Philip Glass con motivo de la inminente aparición en España de sus memorias, Palabras sin música: “Glass es uno de los pocos ejemplos de autores que han podido sacar a la música culta de su ataúd para acercarla al público de las músicas populares”.

El mismo artículo recoge el consejo que Ornette Coleman dio a Philip Glass: “Philip, no olvides que el mundo de la música y el negocio musical no son la misma cosa”. ¿No conecta de algún modo con lo que escribí el viernes?

¿Tendremos que volver a hablar de poesía culta y poesía popular? ¿Es necesario recordar que el mundo de la literatura y el negocio literario no son la misma cosa?

(No se me escapa que dentro de lo popular existen infinidad de gradaciones).

(Segunda acotación: no se trata de contraponer lo culto a lo popular, hoy en día carece de sentido –debate muy viejo, quiero creer que superado. Por otra parte, en muchos aspectos me siento más cercano a esa cosa llamada cultura popular que a esa otra cosa denominada alta cultura. Ambas cumplen su función y son necesarias).

Cuando empecé a escribir poesía más o menos en serio, ya existía esta diferencia, quiero decir: entre los lectores “serios” (constantes, críticos, vocacionales) de poesía no se consideraba lo mismo leer a Mario Benedetti que leer a José Ángel Valente. La diferencia estriba en que aquellos lectores de Benedetti podían/podíamos  (y muchas veces lo hacían/lo hicimos) dar el salto al otro lado (de ida y vuelta o definitivo). Hoy, esto es más difícil que se produzca, ya que muchos de estos nuevos lectores de “poesía” no llegan a ella por amor a la propia poesía, tras un proceso de indagación motivado por una querencia que ya estaba allí, en su interior, sino por caminos laterales, coyunturales, caminos que no les dotan (porque tampoco las buscan) de las herramientas precisas para asentarse en ese nuevo mundo, por lo que su paso por él ha de ser a la fuerza temporal.

¿Dónde está el drama? ¿Cuál es el problema? No termino de verlo.


viernes, 13 de enero de 2017

El futuro vendrá y nos pillará en pelotas


Hablo del futuro con mi hija mayor. Se encuentra en esa edad en que el mundo de los adultos, con sus preocupaciones y rutinas, con sus agobios y cansancios, se le presenta como algo lejano, que nunca la alcanzará. Si le hablo de formación y esfuerzo, bosteza indisimuladamente y le echa un vistazo a su móvil, a escasos centímetros de sus manos (la obligué a soltarlo para poder mantener una charla con ella). Menciono la necesidad de dominar el inglés (ella ya habla francés y español a la perfección), de ser capaz de entender y analizar textos complejos y transmitir después esa información, le hablo de la inminente robotización de millones de puestos de trabajo, de la especialización (además de la capacidad de análisis) necesaria para no caer en esa bolsa de desplazados que veremos surgir por la inevitable automatización de las funciones que venían desempeñando hasta el momento. Tal vez me esté pasando, sólo tienes trece años. Me recuerdo a mí mismo bostezando cuando a mis padres les daba por hablarme del futuro. El futuro vendrá y nos pillará en pelotas. Tal vez estas charlas no sirvan de nada. Los hechos nos definen, no las palabras. Sólo el ejemplo puede dejar un poso en esa mente aún en formación. Doy por concluida la charla y me dirijo al baño. Le dedico al espejo mis mejores caras de tipo inteligente, íntegro. No me convenzo.    


miércoles, 4 de enero de 2017

Tremebundo


En breve, la asignatura de Literatura desaparecerá de los currículos escolares. Con suerte, será sustituida por Historia del Cine o algo así. De la antigua Literatura quedarán breves referencias dentro de la asignatura Geografía e Historia, que, por otro lado, también desaparecerá. Para mis nietos (de tenerlos) yo seré un hombre tan incomprensible como para mí lo son el azteca o el neandertal, por mencionar los dos primeros ejemplos que me han venido a la cabeza. Alguien se preguntará por la profusión de libros publicados en nuestra época y nadie sabrá responder. Mis nietos (de tenerlos) no me interrogarán porque seré incapaz de manejar la última tecnología del momento. Y porque les dará igual. A mí, por suerte, también me será indiferente. Dicen que lo que hace soportable la vejez es el desprendimiento. Confío en que sea así. Ir soltando lastre, que las cosas se me vayan cayendo de las manos. Sin sufrimiento. Casi sin darme cuenta. Y perdonen la incorrección. Los arranques de año me ponen tremebundo.


ÚLTIMA HORA, 03/01/17

Una década atrás, los aeropuertos mantenían intacto su carisma...




martes, 20 de diciembre de 2016

Manguitos

Domingo. Diez de la noche. Diluvia como en aquel famoso poema mientras navego por, en palabras de Javier Marías, el mejor instrumento de propaganda e intoxicación que ha existido, es decir, las redes sociales. Y ahí me encuentro con Denzel Washington hablando sobre el papel de la prensa hoy en día, sobre la desinformación a que lleva el exceso de información. Lo que importa es ser el primero, no la verdad, asegura el veterano actor hollywoodiense. De tantos focos, la verdad se ha vuelto escurridiza, más de lo que siempre fue. Piensas saber quiénes son los buenos y malos del conflicto de turno y aparece una Hermana Guadalupe del Verbo Encarnado y te desmonta tu castillito de naipes. Con lo que cuesta armarlos. Y entonces sospechas que toda contienda tiene o puede tener su hermanita Guadalupe y acabas recelando incluso de tus héroes de infancia. Bye bye, Tierra Firme. Bienvenidos, manguitos. Con ellos sigo navegando por este dulce estercolero bajo la atenta mirada del socorrista Zygmunt.

ÚLTIMA HORA, 20/12/16

jueves, 15 de diciembre de 2016

Primeras novelas (a propósito de Murakami)


Siempre me he sentido atraído por las primeras novelas de autores consagrados, esos autores que llegan a nosotros con el prestigio que da la resistencia al paso del tiempo, el aplauso de la crítica o el abultado número de sus lectores. Hablo de su propuesta antes de convertirse en monstruos inabordables, seres cuyo hábitat natural es el mito y no la farragosa realidad hecha de envío de manuscritos y colección de negativas. Esto explica que ande leyendo Escucha la canción del viento y Pinball 1973, de Haruki Murakami. Me encontraba en el aeropuerto de Mahón. Venía de presentar el libro de un amigo. El vuelo de regreso sufrió un retraso de algo más de una hora. No tenía qué leer. En aquellos momentos, Barça y Madrid se enfrentaban, pero no había tele a la que aferrase. Me acerqué hasta el Relay que milagrosamente permanecía abierto. Su oferta literaria dejaba mucho que desear. Baste decir que estuve a punto de concederle una oportunidad a Coelho. Entonces, me topé con el libro del japonés. Lo saqué del expositor y leí la contra. La decisión estaba tomada.

Todavía recuerdo la impresión que me causó la primera novela de Juan Carlos Onetti, El pozo. Es cierto que se trata de un librito aún lejos de las cumbres que el uruguayo alcanzó posteriormente: La vida breve, Los adioses, El astillero y Juntacadáveres. Sin embargo, en sus pocas páginas ya se encuentra el germen de lo que haría tan grande a Onetti. Tiene algo de esbozo, de tentativa. Ahí reside su flaqueza, sí, pero también su arrebatador encanto. Tal vez por esto, Vargas Llosa declarara que se trata de la primera novela moderna latinoamericana.

Otra primera novela que me causó impresión fue La invención de la soledad, de Paul Auster. Por aquel entonces (estoy hablando de bastante años atrás), del autor norteamericano ya había leído La trilogía de Nueva York, Leviatán y La música del azar. Pero de la mano de aquella primera propuesta de Auster me adentré en la llamada autoficción, de la que tan difícil me ha sido alejarme después.

Podría ahora mencionar Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, pero empiezo a estar cansado. Además, hablar de Bolaño (con permiso de A.G. Porta) se ha vuelto peligroso.

[Añadido innecesario: Del lado contrario, tenemos esas irrupciones estelares, cegadoras, como la de Goethe, el sueño de todo escritor. Hablo, por supuesto, de Las penas del joven Werther (1774), debut literario de Johann Wolfgang von Goethe. Publicar una primera obra que te catapulte a los alteres de la literatura, creadora de tendencia, generadora de polémica, responsable de una ola de suicidios… o asesinatos. O como la de Salinger, claro está. (¿Mencionar en este punto a nuestro José Ángel Mañas?). Bueno, esto era antes. Ahora carece de sentido hablar en estos términos. La literatura ya no despierta este tipo de pasiones. Estas aspiraciones pertenecen a los talentos de la informática y a los futbolistas, tal vez a los actores y a los intérpretes de música pop].

Vuelvo a Murakami. ¿Que qué me parece? Sigue siendo válido lo que apunté con respecto a El pozo, de Onetti. Sus debilidades coinciden con su atractivo. Ambas novelas breves (Escucha la canción del viento y Pinball 1973) distan mucho de ser obras redondas, pero en ese desorden o indefinición reside buena parte de su encanto. Tal vez sea oportuno hablar de novelas en grado de tentativa realizadas por un aspirante a novelista que anda explorando sin tener muy claro a dónde quiere llegar. En fin, una lectura ideal para matar el tiempo de espera en un aeropuerto semivacío, mientras Madrid y Barça se disputan algo más que tres puntos.


lunes, 12 de diciembre de 2016

Poesía en los bares: José María Cumbreño

"Curso práctico de invisibilidad (Casi poesía 1998-2016)",
Ediciones Liliputienses, 2016


ESTADOS DE LA MATERIA

El cuchillo existe porque hiere.
Porque quema existe el fuego.
O quizá no.
No estoy seguro de que lo contrario
no sea también verdad.

Aún no he aprendido
a reconocer las setas venenosas.

Hay hombres que se comen a las vacas
y hombres que las consideran sagradas.

El oído de los ciegos
se desarrolla más.
Los sordos saben leer los labios.

Cuando un imán se rompe,
cada trozo se convierte
en un nuevo imán.

La materia tiene estados
como los tiene la conciencia.

En una progresión ascendente
cualquier término
posee mayor valor que el anterior.

Las fases son partes de un proceso.
Pero con los procesos ocurre
como con el cuchillo y el fuego,
que para ser necesitan
algo que quemar
o alguien a quien herir.

Las líneas verticales...
¿caen o se elevan?

El orden, combinatoria y fábula,
se inventa.
Es un mecanismo de ficción
que a su vez crea ficciones.

Miles de personas se han levantado
al mismo tiempo para ir al trabajo.

El orden, oposición y fábula,
se inventa.
Teje redes imaginarias
que atrapan vidas reales.

De diez a dos y de cinco a ocho
para pagar una hipoteca
durante treinta años.

La falsa proporción
entre el delito y la pena.

Los herederos aguardan su turno
en el registro de la propiedad.

Muere el creyente confiando
en la resurrección de la carne.

Hay hombres que se comen a los cerdos
y hombres que los consideran impuros.

Ya no quiero entender lo que digo.

Si escribiese de derecha a izquierda,
el hielo del que están hechas las letras
comenzaría a derretirse.


FÓRMULAS 

El espacio que una persona deja al irse es igual a la velocidad con la que se marcha multiplicado por el tiempo que estuvo a nuestro lado. 
Resulta indiferente escribir para contar una historia o escribir sobre el hecho de contar una historia.
Porque en el fondo de lo que se termina hablando no es de lo contado, sino de quien lo cuenta.



EL VIAJE Y LAS VELAS

El viento a favor.
El viento en contra.
Para ir no deberían usarse las mismas velas que para volver.


EL PESO DEL AIRE 

Esta mañana, en el parque, Irene me ha pedido que le compre un globo.
Un lazo alrededor de su muñeca evitaba que Bob Esponja saliese volando.
Ato el nudo con una fuerza contradictoria: suficiente como para que no se deshaga, pero no tanta  para que le duela.
Después abro mucho los ojos.
El frío. Su abrigo nuevo. Las botas con los pantalones de pana por dentro.
No se me puede olvidar esta forma de sonreírme.
Un nudo que no se deshaga.
Porque el aire pesa más que algunos gases.
Y la vida, menos que los recuerdos.


miércoles, 30 de noviembre de 2016

De artistas, vértigo y adicciones

Los artistas (Baile del sol, 2011)


Dice Jimy Ruiz Vega con motivo de su lectura de Los artistas:

"Los artistas es un libro breve, lírico e intenso, una estupenda novela que tiene puestas las bisagras narrativas en la autoficción y sus goznes literarios en la difícil tarea de la creación artística y su reconocimiento. La adicción a ese vértigo conlleva incluso quemarse gozosamente".

Han pasado cinco años desde su publicación, ocho desde que finalicé su escritura.

En su día escribí (principios de 2012):

De todos modos, me apetece añadir que Los artistas forma parte de una trilogía. Esta trilogía (soy poco original, lo sé) se asienta sobre, como diría Kundera, la continuidad del mismo tema. Este tema no es otro que el de la Huida. En La historia que no pude o no supe escribir, me centro en lo que sucede tras esa huida, es decir, en la búsqueda que acontece después de que el protagonista rompa o crea romper con sus asfixiantes circunstancias. En Los artistas, trato de explicar los motivos (oscuros) que llevan al protagonista a desear la huida. Aquí me centro en las semanas previas a esa huida liberadora y, cómo no, engañosa. En Piscinas iluminadas, todavía no publicada, la huida física ya no es posible, por lo que el protagonista se ve forzado a la huida mental, es decir, a través de la imaginación, algo mucho más peligroso, sobre todo en una mente enferma como la suya. 

Puedes leer la reseña completa pinchando AQUÍ.


jueves, 24 de noviembre de 2016

Felicidad lectora (breve apunte)


Leo el primero de los relatos que conforman El cerebro musical, de César Aira (lectura recomendada por Nadal Suau en la cena que siguió a la presentación de El vol de la cendra, de Joan Payeras) y una sensación de felicidad me embarga por completo. Esto hace que recuerde la primera vez que leí al argentino. Se trataba de su novela Cumpleaños. Ya entonces su lectura me hizo feliz. Hablo de felicidad lectora, no siempre coincidente con la lectura de lo que podríamos considerar buena literatura. Es un concepto extraño, que manejo con dificultad. La felicidad lectora suele ir acompañada del impulso de escribir. Puesto que no tengo nada en marcha, recurro al apunte. No hace mucho, creo que el año pasado, tras la lectura de una novela de Richard Brautigan, anoté lo siguiente: “El placer que me producen los libros de Richard Brautigan me recuerda al placer que siento cuando voy a cenar a un restaurante hindú. Esto quiere ser una declaración de amor. Mi aspiración como escritor: lograr que alguien se sienta así de feliz al leerme”. De nuevo aparece la felicidad. Sin pretenderlo (empecé a escribir sin tener claro a dónde quería llegar), he emparentado a Brautigan con Aira. ¿Tiene algún sentido? No mucho, la verdad, pero quién dijo que felicidad y sentido tuvieran que ir de la mano.



lunes, 21 de noviembre de 2016

Noviembre: Trump, Cohen, Marquard

10/11/16.- Ganó Trump y yo me puse (¡por fin!) con el césped del jardín. La chica que me vendió las semillas me advirtió de la inconveniencia del momento. En breve llegará el frío de verdad y eso no es bueno para el césped. Decidí arriesgarme. Ya de noche, duchado y cenado, me senté frente al televisor y vi un poco de tele: las explicaciones (por qué pasó lo que pasó) y predicciones (qué podemos esperar del futuro) de los expertos. Todos parecían satisfechos, recién aterrizados de un viaje alucinado. Apagué el televisor y me fui a la cama. Coni me esperaba despierta. Decidimos ver el primer capítulo de Utopía.

La mayoría somos simples y sentimentales. En política, los discursos elaborados no funcionan. Si quieres conquistar el corazón del gran público deberás elaborar discursos simples y sentimentales. No hay más.


11/11/16.- Ayer murió Leonard Cohen. Me apetece transcribir la carta que el canadiense envió a Marianne cuando supo que ésta estaba a punto de morir. No he podido evitar emocionarme al leerla. «Bien, Marianne, hemos llegado a este tiempo en que somos tan viejos que nuestros cuerpos se caen a pedazos; pienso que te seguiré muy pronto. Que sepas que estoy tan cerca de ti que, si extiendes tu mano, creo que podrás tocar la mía. Ya sabes que siempre te he amado por tu belleza y tu sabiduría pero no necesito extenderme sobre eso ya que tú lo sabes todo. Solo quiero desearte un buen viaje. Adiós, vieja amiga. Todo el amor, te veré por el camino».

Ya lo dije, simples y sentimentales.


17/11/16.- El mayor enemigo de occidente es el islamismo radical, aceptemos esta premisa. Sus métodos nos repugnan y asustan a partes iguales, o eso decimos. Me pregunto qué opción vencería si convocásemos un referéndum con la siguiente pregunta: ¿Está a favor de la incorporación del castigo corporal, latigazos por ejemplo, en el código penal español? Últimamente, los demócratas convencidos andan asustados. ¿Saber lo que piensa la gente? ¡Qué locura! Ejercicios de riesgo, los justos. Ah la voluntad del pueblo, ¡qué peligrosa puede ser! ¿Y cómo hemos llegado a esta situación?, se preguntan algunos, incrédulos. Pienso que tal vez nunca alcanzamos las metas que creímos conquistar. A su vez, llevo días con el nombre de Odo Marquard en la cabeza. El pensador alemán aseguraba que “cuando los progresos culturales son realmente un éxito y eliminan el mal, raramente despiertan entusiasmo; más bien se dan por supuestos, y la atención se concentra entonces en los males que continúan existiendo”. ¿Irán por ahí los tiros? No lo sé. Lo que sí sé es que el futuro inmediato parece sonreír a aquellos que creen en milagros. ¡Temblad, tecnócratas! El infierno existe y os está esperando…