martes 14 de febrero de 2012

Los días laborables


En cuanto nuestras miradas se cruzaron, supe que acabaríamos juntos. El alcohol facilitó las cosas. Iba con una amiga, una pareja de circunstancias, una compañera de oficina y sábado sin plan. Me bastaron unos minutos para darme cuenta de que en realidad se despreciaban, de que no podían dejar de verse como rivales. La noche y sus estrategias, nada sutiles. Le pregunté su nombre y busqué su sonrisa, la condensación en un solo gesto de todo lo que tenía que sucedernos. De facciones duras, se esforzaba por resultar amable. Se había iniciado el diálogo secreto de los cuerpos, de las falsas biografías. Al reír, mostraba sin pudor las encías, signo inequívoco de buen sexo. Me lo confirmó su frente sobre mi hombro al segundo chiste. La amiga había dejado de existir, libraba sus propias batallas. Me pudo la impaciencia y decidí acortar los plazos, saltarme el protocolo. La noche palpitaba, era el momento preciso. Ojalá estuviésemos en tu casa, dije. Mejor en la tuya, contestó.  Entonces agarré su mano y la arrastré fuera del local. Su aliento en mi oído mientras se explicaba y la obsesión de sus muslos por rozar los míos hicieron que aún tuviera más prisa por detener un taxi. Todo habría sido perfecto si no hubiese cometido la torpeza, la vulgaridad de pintarse distinta a como era en aquella hora. En realidad no acostumbro, no te vayas a pensar, no soy así, pero quién es así en la marea de los días laborables. Todos somos distintos, más apocados. Por lo demás, sus encías estaban en lo cierto.

ULTIMA HORA, 14/02/12

martes 7 de febrero de 2012

De frío y torturas

 Vista desde el cuarto que ocupo en casa de mis padre 
(sábado, 4 de febrero a las ocho de la mañana)

Cuando lea este artículo, lo más probable es que sea martes, es decir, habrá sobrevivido a la ola de frío siberiano. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, es viernes por la noche y, sí, hace frío en la calle. Para los que nos pasamos el invierno con los pies congelados, la llegada de un frío como éste, encaramado a una ola desde la lejana Siberia, supone una auténtica tortura, como si la meteorología hubiese decidido imitar los métodos infalibles de las fuerzas de seguridad de Siria. ¡Con lo bueno y leal que soy! Y hablando de frío y torturas, recuerdo algo que contaba Serguéi Dovtálov. El escritor ruso aseguraba que en Siberia, donde trabajaba como guarda de seguridad en los campos de Stalin, los pájaros sucumbían en pleno vuelo y caían del cielo como piedras, congelados. Sí, parece que todo se reduzca a la lucha contra la congelación. De hecho, acabo de leer una nota emitida por Europa Press que dice que la Agencia Negociadora de Productos Bancarios reclama al Gobierno instrumentos adicionales a la reforma financiera para que el crédito no permanezca congelado. Sí, todo se congela (los pies, el crédito, el Barça), ¡con lo difícil que resulta luego descongelar las cosas! Lo digo por experiencia. La otra noche no me pude dormir hasta las tres de la madrugada por culpa de mis pies helados. Por cierto, acaba de empezar a nevar. En fin, espero que este jueves el frío haya dejado de ser siberiano. Es que presento mi nueva novela, Los artistas. A las 20h, en la Biblioteca de Babel. ¡Nos vemos!



ULTIMA HORA, 07/02/12

martes 31 de enero de 2012

Autobiografía sentimental en 4 capítulos


Tenía catorce años cuando di mi primer beso. Los nervios no me dejaron disfrutar de aquella gesta comparable a la del Mirandés. Ella era bajita y despiadada. Después de media hora torturándonos los labios, dijo que se iba unos minutos a bailar con las amigas. Cuando volví a verla, andaba enganchada con otro. Ese otro era un buen amigo mío. Yo ya había pasado ronda, así que no me importó.

Algunos años después, perdí la virginidad. Los nervios hicieron que errara varios remates claros. Volvía a ser bajita y despiadada. La conocí aquella misma noche y nunca después volví a verla. Creo que batí algún récord de rapidez. Mejor esto, pensaba, que quedarme en fuera de juego. Mi hazaña fue rubricada con un emotivo “¿eso es todo?” por parte de ella. La copa ya lucía en mi vitrina, así que no me importó.

En 2001 me fui a vivir de alquiler con una mujer. Los nervios no hicieron acto de presencia cuando se lo propuse. Era pálida y pecosa. Bastaron unos pocos meses para conocer en detalle el cielo y el infierno del amor. Pese a alguna gran victoria, decidí abandonar aquel campeonato. La cosa se estaba poniendo fea. Amenazó con quemar mis camisas. Necesitaba dejar atrás todo aquello, así que no me importó.

Hace 8 años, conocí a la mujer de mi vida. Era preciosa y algo escurridiza. Después de intercambiar tres frases, aseguré a mis amigos que acababa de conocer a la que sería mi esposa. Está de más decir que sigo soltero. La cagué a lo grande y fui expulsado. Roja directa. Merecida. Esta vez, sí importa.

ULTIMA HORA, 31/01/2012

martes 24 de enero de 2012

Cara dura


Hace un momento terminé de leer (en realidad releer, puesto que ya la leí hace años) El hombre delgado, de Dashiell Hammett. Es curioso: hay novelas que me entretienen muchísimo, que me agarran del cuello y, sin embargo, no me inspiran, quiero decir que, una vez finalizada su lectura, no salgo corriendo al ordenador para sentarme a escribir como un poseso; en cambio, hay novelas que no me enganchan hasta ese punto de no poder soltarlas, que incluso, en ciertos pasajes, pueden llegar a aburrirme y, sin embargo, es cerrarlas y empezar a escribir, aunque sea mentalmente. El hombre delgado es ejemplo de las primeras; Zama, de Antonio di Benedetto, podría ser ejemplo de las segundas. ¿Será un modo de justificar la poca gracia que intuyo va a tener este artículo? Por otro lado, ¿para qué escribir? Al final, lo mires como lo mires, escribes porque necesitas hacerlo, pero sucede en ocasiones que esa necesidad de escribir no viene acompañada de algo que contar. Es entonces cuando te enfrentas a tu mayor reto como escritor: no contar nada y que este no contar nada resulte interesante. Hace falta ser muy bueno y tener bastante cara dura. De todos modos, al final, quieras o no, siempre acabas contando algo, como, por ejemplo, que saliste a pasear y que viste a un anciano sentado en un banco, solo, con la mirada fija en un Ficus más bien triste. Ya tienes la anécdota. Ahora trata de hacer algo bueno con ella. Si tienes talento lo conseguirás. Respecto al talento, recuerda que lo realmente importante jamás puede ser enseñado.

ULTIMAHORA, 24/01/2012

jueves 19 de enero de 2012

Volvemos a lo de antes. Tres artículos del mes de enero

Un artículo carca

Decidimos pasar parte del día en Festival Park. Es lo que tiene tener hijos. Ciertos excesos se hacen inevitables. Para comer, optamos por una pizzería. En la mesa más cercana a la nuestra, había una pareja joven. No tendrían más de 20 años. Tanto él como ella andaban totalmente concentrados en sus respectivos teléfonos móviles, como si hubiesen ido solos a aquel restaurante y sólo el azar les hubiese hecho compartir mesa. Debían chatear, twittear o facebookear. Imagino que les contaban, a sus respectivos amigos conectados, lo bien que lo estaban pasando. Puede que les informaran de lo que acababan de pedir para comer. Admitamos que se lo estaban pasando de coña, que no es un tema baladí conocer los ingredientes de la pizza que se va a comer tu amigo. La cuestión no es ésta. Lo que llamó mi atención fue la paradoja evidente. Aquella pareja de adolescentes simbolizaba a la perfección lo que son los tiempos actuales. Seguramente se estaban comunicando con varias personas a la vez, ubicadas, estas personas, en diferentes puntos de España o, por qué no, del mundo. En cambio, esos dos adolescentes, sentados uno enfrente del otro, no se dirigían la palabra, como si emplear las cuerdas vocales fuera un atraso, una estupidez. ¿Por qué hacerlo si puedo utilizar mi dispositivo móvil? El mundo, pensé, cada vez es más estrecho, nos hemos cargado el misterio y, además, ya no sabemos comunicarnos con las personas que tenemos a nuestro lado. ¿Suena carca? ¡Qué desastre! Y eso que aún no cumplí los 40.

ULTIMA HORA, 03/01/12


Como un cirujano

Ella creía que por el hecho de tener algunos libros de poemas publicados yo era alguien especialmente sensible. Esto me divertía bastante, pero, pese a la diversión, trataba de hacerle ver el error en que se hallaba. Le explicaba que, en todo caso, mi sensibilidad era una sensibilidad concreta, utilitaria. En los demás aspectos, era tan sensible como cualquiera. Digamos que me hallo en la media, si bien puede haber alguna ex que me considere por debajo. En fin, ella se negaba a creerlo, pensaba que no era más que pose por mi parte, ganas de fastidiar. Es posible que algo de esto hubiera, no lo niego. No soy un tipo fácil, la verdad. Otra cosa que me divertía era la visión que tenía del hecho creador. Imaginaba que escribir un poema era algo así como un arrebato, como un dejarse llevar por fuerzas superiores, por un clímax del apasionamiento. Yo le aclaraba que, al enfrentarme a un poema, me convierto en una especie de cirujano. Me explico. Los cirujanos, para hacer bien su trabajo, necesitan olvidar que lo que tienen entre manos es el cuerpo de una persona concreta. Deben cosificar ese cuerpo. Deben olvidar su naturaleza humana, olvidar los sentimientos, actuar con frialdad. Si dejan que el sentimentalismo entre en escena, pueden cagarla a lo grande. Así me sucede cuando me siento a escribir un poema. Trato los sentimientos igual que un cirujano el cuerpo que ha de operar. Sopeso las palabras, tomo distancia, calculo lo necesario para producir el efecto deseado… Normal que se largara.

ULTIMA HORA, 10/01/12


La tentación del articulista

Y sí, al fin me ha llegado ese momento que llega a todo articulista después de varios años de oficio. Suele ocurrir en mañanas de resaca, como la de hoy, o en noches con jaqueca después de una jornada agobiante de trabajo. Tienes que escribir un artículo, no puedes demorar más su entrega, y no te sientes en forma. Puedes forzarte a escribir, de hecho es lo que haces, pero estás convencido de que nada de lo que digas resultará interesante. Sólo quieres tumbarte y descansar. Y entonces irrumpe la tentación. ¿Y si les enviara un artículo escrito y publicado hace años? ¿Quién se daría cuenta? Después de más de cuatro años escribiendo un artículo semanal, esta opción empieza a ser viable. ¿Alguien recuerda lo que escribí en octubre de 2007, por poner un ejemplo? Es posible, incluso, que los correctores del periódico, que los encargados de su maquetación, que el responsable de la sección donde se insertan estos artículos, ya no sean los mismos. ¿Y qué decir de los lectores? ¿Existen lectores tan fieles y con tanta memoria? Es probable que articulistas como Enrique Lázaro o Emili Gené tengan este tipo de lectores, pero ¿yo? La cuestión es que relees artículos antiguos, cuanto más alejados del presente, mejor. Para que el fraude pueda realizarse con éxito, es preciso que el artículo verse sobre un tema genérico, atemporal, como por ejemplo el desamor o la desgana. ¿Seré capaz?, te preguntas. Finalmente, el miedo o la ética triunfan y acabas escribiendo un artículo como éste.

ULTIMA HORA, 17/01/12

lunes 16 de enero de 2012

Diario de un hombre cojo [27]


lunes, 16 de enero de 2012

Ando releyendo El hombre delgado, de Dashiell  Hammett. Fue uno de los libros que me trajo Juan Payeras. En aquel momento, fui incapaz de recordar si lo había leído. Me sonaba que sí, pero no lo tenía claro. Mi memoria siempre ha sido un desastre. Anoche lo empecé. Serían las dos. Fue leer el diálogo inicial entre Nick Charles y Dorothy Wynant y recordar que, efectivamente, ya lo había leído. De todos modos, decidí seguir. La electricidad del relato me atrapó fácilmente. Me encanta la manera en que Hammett escribe sus diálogos. Estaría bien que algo se me pegara.              

(16:19)
En dos horas inicio la rehabilitación. Veinte sesiones, hasta el 13 de febrero. Será entonces cuando ponga fin a este diario. De todos modos, he decidido seguir con el proyecto. Quiero decir: acabado el periodo de rehabilitación, esto es, finiquitado este primer diario, vendrá un segundo diario, algo así como una segunda parte de esta cosa que poco a poco se ha ido convirtiendo en novela. Creo que este proyecto, que día a día voy armando a base de vivencias e imaginaciones, puede dar más de sí, y no estoy pensando exclusivamente en su vertiente literaria. Esto que nació a raíz de la ruptura de mi tendón, de esta obligada estancia en casa de mis padres, ha dado lugar a otra cosa, a algo que excede su intención inicial. Es demasiado importante para mí, al menos es lo que pienso hoy lunes. Estoy poniendo en juego algo más que mi tiempo y mi ocio. De ahí que sea de vital importancia no mentir. Es por esto, también, por lo que voy a dejar de publicar en el blog las diferentes entradas en este diario. Necesito sentirme cien por cien libre. Ahora mismo se trata de algo entre la escritura y yo. Una vez finalizado el proyecto, se podrá vender como novela, esto es, como ficción, y ya no me importará (es más, lo desearé) que la gente ande por aquí curioseando, diciendo la suya sin ningún tipo de restricción. Pero ahora no, ya no. El hecho creador es un hecho dictatorial, jamás democrático. No quiero que mi libertad se vea de ninguna manera restringida, es por ello que debo convertirme en un dictador sin escrúpulos, sordo a cualquier reclamación o sugerencia, por muy justas o bienintencionadas que éstas sean. Es cierto que hasta ahora he escrito con un grado de libertad importante, pero es mejor prevenir. La otra noche se lo explicaba a Salva Ginard con un ejemplo. Le decía: «Imagina que mientras pintas un cuadro tienes a alguien a tu lado diciéndote: pues esta pincelada no me convence, ¿por qué no cambias de color? Como es obvio, tú podrías optar por no hacerle caso, pero de algún modo te verías condicionado por esas palabras. Basta que te digas no quiero que esto me condicione para que ya te esté condicionando». Soy consciente de que, hasta la fecha, no se han producido comentarios de este tipo, pero quién sabe cómo pueden evolucionar las cosas. Además, basta que alguien diga que añora la irrupción de Sancevá, por poner un ejemplo, para ya estar, aunque mínimamente, condicionado. Es mejor prevenir, sin duda. Ahora toca disfrutar y sufrir en soledad de este proceso.
               Respecto a lo ocurrido en mi interior este fin de semana pasado, todavía es pronto para hablar de ello. Dejaré que se asiente, que tome una forma más concisa.
               Ahora ya sólo queda agradecer a los lectores de este diario la constancia y el cariño demostrados. Lo único que temo es que, a partir de ahora, al faltarme “la obligación contraída” con ellos, me vuelva más perezoso.
               Y ahora sí, para despedirme, no, yo no me despido, seguiré con mi cuenta de Facebook y con el blog abierto, o sea, para despedir este diario (quién sabe hasta cuándo) de los lectores que hasta la fecha ha tenido, aporto dos fotografías del pie que motivó estas casi sesenta páginas del documento Word en que se asienta. Las hice esta mañana, recién despertado. Mucho mejor, ¿no?



domingo 15 de enero de 2012

Diario de un hombre cojo [26]

domingo, 15 de enero de 2012

Ayer me desperté con la firme intención de escribir en este diario, pero no pudo ser. Soy incapaz, ahora, de encontrar una explicación plausible. ¿Qué hice ayer? Veamos. Me levanté tarde, algo así como a las once, aunque antes sucedieron algunas cosas. A eso de las siete y media abrí los ojos. Tenía la vejiga a punto de estallar, la boca pastosa y calor, es decir, estaba de reseca. ¿Es posible? ¿Cuánto bebí el viernes? Si no recuerdo mal, me tomé cuatro cervezas mientras diferentes personas iban desfilando por el escenario del Vamp Café Concert para recitar sus poemas. (Uno de los versos recitado por una poeta catalana cuyo nombre soy incapaz de recordar se me ha clavado en el cerebro y no puedo desprenderme de él. El verso dice así: «Dius que m’estimes i no goses fer-me mare»; en castellano: «Dices que me amas y no osas hacerme madre», aunque me gusta más: «Dices que me quieres y no tienes cojones de hacerme madre». Si este verso acabó incrustado en mi cerebro, no es ni por su originalidad ni por su calidad, sino por algo que está más allá de la literatura y que tiene que ver con mi pasado. Mejor dejo el tema). Luego, durante la cena, bebí una cerveza más. Para matar la noche, Salva y yo nos pasamos por un Lisboa semivacío. Me pedí un JB con Sprite. Fin de la historia. A la una estaba en casa. No sé, me parece una ingesta insuficiente de alcohol para provocar una resaca. ¿Será la falta de costumbre? La cuestión es que me desperté a las siete y media. Me levanté para mear y beber un litro de agua helada. De vuelta a la cama, encendí el ordenador y me puse unos cuantos temas de Lisandro Aristimuño. Al poco estaba medio adormilado. Comencé a soñar. Se trataba de un sueño erótico, tremendamente vívido, un sueño repleto de primeros planos y secreciones. Este sueño, con diferentes variantes, me acompañó hasta que estuve despierto del todo. Una vez desayunado, bajé al paseo que hay frente a la casa de mis padres para caminar un poco. Debo ejercitar el pie. Me detuve en un estanco para comprar la prensa. Curiosamente, me resultó más entretenida la lectura de la sección internacional que la de los diferentes reportajes del suplemento cultural de las páginas centrales. Pasada la una y media, me senté frente al ordenador para escribir mi artículo semanal. No me sentía inspirado, así que tiré de oficio. Después de comer, seguí leyendo a Michel de Montaigne. Luego vino mi hermana, vi un rato la tele (no recuerdo qué) y ya se hizo la hora del partido. La injusta derrota del Mallorca frente al Madrid me deprimió más de lo esperado. No me sentía con fuerzas de encarar el diario, así que acabé el sábado viendo una película americana de abogados. En fin, nada interesante. Un día sin mucha historia. Entonces, ¿por qué tanto detalle?
               Me ahorraré y ahorraré al lector la descripción de este domingo. De todos modos, pese a su apariencia anodina, este fin de semana ha sucedido algo. Todavía no sé muy bien de qué se trata, pero algo ha pasado en mi interior. De momento, no diré nada. Esperaré a que esto que ha despertado en mí se manifieste de un modo más claro. Percibo un cambio, como un principio de radicalidad. Todavía es pronto. Tal vez se deba al tiempo que llevo viviendo en casa de mis padres, tal vez sea cosa de la abstinencia (sexual o poética, no sé) o, por qué no, tal vez este diario esté empezando a hacerme efecto. ¿No lo inicié con fines terapéuticos?
               Las diez y media de la noche. Es hora de terminar. Sólo me falta añadir que en breve dejaré de publicar en el blog las entradas de este diario. Llevaba unos días sopesando la idea. Creo que es lo mejor. Si mañana me acuerdo y me siento con fuerzas, trataré de explicar los motivos.

viernes 13 de enero de 2012

Diario de un hombre cojo [25]

viernes, 13 de enero de 2012

Hoy me siento perezoso. Sin embargo, me fuerzo a escribir unas líneas para no romper esta dinámica de entrada diaria. No abordaré el plano ficcional. Cuanto más perezoso me siento, más me cuesta inventar. Hablaré un poco de mi pie derecho. Hoy tuve mi primera cita con la doctora encargada de supervisar mi rehabilitación. Me ha parecido una mujer bastante competente, además de agradable. Ha estudiado mi pie con detenimiento. Me pedía que lo moviera y lo dejara quieto en tal o cual posición mientras ella iba tomando medidas con un reglita. Después se ha colocado delante de mí y me ha hecho avanzar hacia ella. A partir de ahora sólo tengo que emplear una muleta. Evidentemente, me ha explicado cómo hacerlo de la manera más conveniente. Por otro lado, me ha tranquilizado diciéndome que es normal que el pie siga hinchado. Si está como está es porque apenas lo he ejercitado. Ahora tengo que caminar, fortalecer músculo y huesos. Me ha contado una historia entretenida sobre el primer viaje espacial, concretamente, sobre cómo afectó la falta de gravedad en los huesos de esos primeros astronautas. La moraleja o conclusión era algo así como que si el hueso deja de soportar peso, es decir, deja de ser útil, de realizar su función, se deteriora rápidamente. La doctora ha empleado la palabra osteoporosis. Gracias a la Wikipedia, ya he averiguado qué significa. Por lo demás, seguí leyendo Cambiar de idea. Como ya dije, Zadie Smith es un ser sumamente equilibrado. Al igual que mi doctora, es encantadora. Es cierto que estar de acuerdo con alguien siempre puede llegar a ser aburrido. A veces necesitamos que nos lleven la contraria. A veces nos sentimos atraídos por aquellos que opinan diferente a nosotros  por el simple placer de discutir. A veces preferimos a los radicales antes que a los moderados porque con los moderados uno no puede cabrearse y eso sí que cabrea. De todos modos, es imposible cabrearse con Zadie Smith. La inglesa habla de Barthes y de Nabokov, concretamente, de la idea de lector y autor que manejaban ambos escritores, y uno se queda encantado. Y hablando de autores y lectores, hace un momento he dado con una afirmación de Michel de Montaigne con la que no sé si el bueno de Nabokov estaría de acuerdo. Dice así: «Un agudo lector descubre a menudo en los escritos de otro perfecciones distantes a las que el autor ha puesto y percibido, prestándoles sentidos y aspectos más ricos». Bien, dejo aquí la cuestión. En breve llegará Salva Ginard. Tenemos planeado acudir al recital poético que se celebra esta noche en el Vamp Café Concert. Por lo general, siento recelo frente a este tipo de actos. No me suelen gustar, esta es la verdad. Para mí la literatura es algo que se disfruta en soledad. Cuando se escribe, evidentemente, pero también cuando se lee. Además, jamás me gustó que me leyeran, ni siquiera un cuento o una noticia del periódico. Prefiero hacerlo yo, a mi ritmo. Así entiendo mejor las cosas. Mi fallo, pienso, estriba en otorgar a este tipo de actos el calificativo de literarios. En realidad, tienen más de espectáculo, de show, que de literatura, al menos tal y como yo la concibo. Se trata, en fin, de relajarse y tratar de pasar un buen rato. Me hincharé a cervezas, no se hable más. Por otra parte, no debo olvidar que alguna que otra vez he protagonizado uno de estos espectáculos llamados recitales. Mejor dejo el tema, que me lío. Lo último que querría es crearme enemigos a causa de las tonterías que escribo en este diario. Voy a asearme. Mañana más.

jueves 12 de enero de 2012

Diario de un hombre cojo [24]

jueves, 12 de enero de 2012

Creo que la dinámica del diario-novela es buena. Las diferentes entradas, nunca excesivamente largas, funcionan como pequeños capítulos. Los espacios existentes entre una y otra aportan oxígeno a la narración. No se produce, o eso creo, el cansancio visual que sí producen esos libros sin puntos y aparte, sin el descanso que suponen esas mínimas interrupciones. Siempre fui bastante susceptible al desaliento que generan esos párrafos que se estiran hasta el infinito. Me desesperan por anticipado. Soy plenamente consciente de que este comentario me delata. Primero, como lector perezoso. Efectivamente, lo soy o, mejor, lo fui. Con disciplina y constancia y algo de madurez logré vencer esta pereza, al menos en parte. Ahora soy capaz de leer una novela como La montaña mágica. No ha sido fácil llegar a esto. De niño, me encantaban los cómics, pero no los leía; me limitaba a mirar las viñetas e imaginaba la historia. Alguna vez me gustó pensar que esta manera de proceder era consecuencia directa de mi gran imaginación. Prefería inventar yo la historia a que me la dieran masticada. Finalmente, tuve que reconocer que era la pereza y sólo la pereza lo que me llevaba a actuar así. Ya de adolescente, antes de sacar una novela de la biblioteca, escrutaba su contenido. No es que leyera párrafos sueltos al azar (bueno, sí, esto también lo hacía), sino que comprobaba que no hubiera parrafadas excesivamente largas. Algunos buenos libros repletos de parrafadas sin fin me hicieron ver el error en que vivía. De todos modos, algo de aquel niño y aquel adolescente perezosos quedó en mi interior. ¿Es por esto que me decanté por la poesía? Quién sabe. No me apetece profundizar en este punto. Dije que mi comentario sobre las parrafadas sin tregua me delataba. Primero, como lector perezoso. ¿Y segundo? Como un no verdadero novelista, como un no novelista de raza. Que sólo sepa hablar de mí, desnuda o disimuladamente, no hace más que añadir leña al fuego. Después de reflexionar unos segundos (que para ti, lector, no han existido, pues el tiempo que estuve con la mirada abstraída, mirando por la ventana sin ver nada de lo de afuera, han quedado abolidos por la continuación de mi teclear frenético), llego a la conclusión de que todo esto carece de importancia. Las etiquetas, siempre las etiquetas. Nos ponemos de acuerdo en abolirlas, pero siempre acabamos regresando a ellas. ¿Novelista? ¿Poeta? Más allá de estas categorías, soy alguien que necesita escribir. Mi disposición a la hora de enfrentarme a un poema, un artículo o una novela es similar. Necesito contar y muchas veces depende del azar el que acabe escribiendo un poema, un texto en prosa o el que me embarque en la aventura de una novela. Y digo aventura porque jamás sé hacia dónde ha de llevarme. Pero basta. Me cansé de hablar de mí. Tal vez, y esto se me acaba de ocurrir, una de las funciones de este diario sea demostrarme que puedo ser un verdadero novelista, un novelista de raza, alguien capaz de crear personajes con entidad propia, personajes que no remitan inequívocamente al autor, que sean independientes de él. Escribir, por ejemplo, sobre Cecilia Polsen y lograr que el lector se olvide de que yo estoy detrás de ella, moviendo los hilos, que sea capaz de verla como yo lo hago ahora, desnuda, sentada frente al espejo del salón-comedor mientras Alba, su compañera de piso, se pinta las uñas en el sofá de skay. Sí, olvídense de mí y céntrense en Cecilia. Desde que se despertó, pasado el mediodía, no ha hecho otra cosa que mirarse, pensar y fumar. Empieza a tener hambre. En cuanto su compañera se vaya, se preparará algo para comer. 
               - Siempre es lo mismo –murmura Cecilia mientras palpa en el interior de su bolso en busca de cigarros.
               - ¿Has dicho algo, nena? –pregunta Alba sin despegar su mirada de las uñas.
               Una y otra vez se acuerda del viejo. Hay algo hipnótico en su manera de contar. No tiene que ver con el contenido de sus narraciones, sino con la cadencia de su voz, con las palabras empleadas. Curiosamente, no le molesta su aparente autocomplacencia, el deleite que parece experimentar mientras desgrana esas historias insignificantes, tan inexplicablemente tristes. Se agarra a una idea difusa de la bondad, más que al dinero o la tremenda educación con que la trata, para justificar el hecho de que de pronto sienta ganas de que sea martes, de estar sentada en la terraza junto al señor Capllonch, mirando la piscina, el baldío oscurecido, la isla iluminada en que se convierte la gasolinera Repsol al caer la noche. No hay sexo, al menos por el momento. Aunque no es descartable que el viejo ya no pueda.
               - ¿A qué hora entras, nena? –pregunta Alba, ahora de pie, mirando la espalda desnuda de Cecilia Polsen.
               Cecilia observa a su compañera a través del espejo. Alba es de esas personas que nunca miran a los ojos de su interlocutor, que siempre parecen tener prisa o estar pensando en lo próximo que han de hacer.  
               Le dice la hora y enciende el cigarro. El humo denso y azulado se contorsiona perezosamente, creando figuras extrañas que al poco se deshacen. «Todavía tres horas», piensa Cecilia. «¿Qué andará haciendo el viejo?». Se imagina al señor Capllonch en la terraza de su casa, la mirada extraviada, clavada en la piscina, en algún fragmento de su pasado. No puede imaginárselo de otra manera. El pelo blanco y húmedo, la camisa blanca y sin arrugas, el olor del agua de colonia que utiliza, penetrante, como de bosque milenario.
               - Yo me voy –anuncia Alba–. Entro en el primer turno. No olvides cerrar con llave, ¿ok? Recuerda lo que le pasó a Mariana.
               Cecilia Polsen asiente pese a que sabe que Alba ya no la mira. A veces se pregunta si su compañera de piso es capaz de pensar en cosas más allá de sus uñas, el dinero y los hombres/clientes. Resulta fácil elaborar un autorretrato benigno en contraposición con el de Alba, pero ¿no prueba esto que quizá ella, Alba, tuvo menos opciones? De pronto viene a su mente la imagen del niño Danek. Tan rubio, tan endemoniadamente encantador. Rescatado de Gdansk, aquella ciudad miserable del norte de Polonia donde transcurrió su niñez. «¿Mi primer amor?». Cecilia se pone en pie. Acaricia sus senos, la posibilidad de una vida diferente. Danek la observa ir y venir del baño a la sala y de la sala al baño. «¿Y qué fue de ti, pequeño idiota? ¿Qué hiciste con tu vida? ¿Cómo se te ocurre insinuar que debiera volver? ¿Es que te has vuelto loco?». La ventana está abierta (no tienen aparato de aire acondicionado) y es probable que algún vecino se alegre la vista con el ir y venir del cuerpo desnudo de Cecilia Polsen.

miércoles 11 de enero de 2012

Otro fragmento de "Los artistas"

Samantha Roten sigue jugando al juego de la seducción, se aferra a la idea absurda de que hay algo especial en todo esto, ciega a la humillación y al cansancio, al día sin escrúpulos al otro lado de la ventana. Quiere que la desvistas, ofrece su cuello con reiteración, como si fuese realmente apetecible. Quizá lo fue en algún momento de la noche, pero ya no. La palabra pereza vuelve el ambiente irrespirable. Te esfuerzas, finges, te ajustas al papel que te ha tocado, que has mendigado con insistencia etílica. Buscas sus pechos, el cierre del sujetador, sus caderas anchas y torpes. Tropezáis, caéis sobre la cama. Ella fuerza una risa que te entristece. Sus manos buscan pero no encuentran. No hay nada que encontrar. Cierras los ojos y Alicia aparece, inoportuna, en la cubierta de un barco. Todo está perdido y lo sabes. Un último intento ya sin esperanza, una idea rápida y sucia que pasa por tu mente. Agarras la nuca de Samantha y empujas su cabeza hacia abajo. Ella se zafa, te mira desde un desprecio antiguo, como si en realidad no fuerais Samantha Roten y Julio Cantallops. Entonces lo ves claro: sois la representación de siglos de degradación y derrota. Desistes, qué otra cosa puedes hacer, niegas la ignominia, te tumbas a su lado, vacío de todo lo que no sean ganas de desaparecer, de ceder al sueño, de evadirte del mundo, de su aliento viciado. “Puedes quedarte, si quieres”. Ya le has dado la espalda, ya vuelves a contemplar el barco en el que Alicia se aleja. “Necesito dormir”, dice Samantha. “He bebido demasiado”. Sus palabras suenan a justificación innecesaria. Deberías ser tú quien se excusara, al menos eso asegura el guión de los desencuentros sexuales. No contestas. Clavas los ojos en la pared. No quieres volver a ver a Alicia. “Se está vengando por todo lo que le hice”, piensas, “por todo lo que dejé de hacer”. Toneladas de cobardía. Al rato, Samantha Roten empieza a roncar. Te dices que sus ronquidos, que el olor de sus pies, de tu saliva seca en su cuello, justificarían su asesinato. Entretienes el imprevisto insomnio recreando las múltiples maneras que se te ocurren para hacer que se evapore. Pero su presencia es inamoviblemente real, como tus ganas de gritar, de golpearte y golpearla.


Diario de un hombre cojo [23]

miércoles, 11 de enero de 2012

Es un tipo simpático, bonachón. Seguramente, si le obligaran a definirse, emplearía estas dos palabras: simpático y bonachón. Llega a la piscina. Busca la mirada de Alberto Sancevá, única persona por los alrededores. Desea saludarlo, intercambiar algún comentario sobre el sol, el césped o cualquier otra cosa relacionada con la comunidad de vecinos, pero el escritor no le da el gusto. Se centra en el libro que está leyendo. Por el rabillo del ojo espía la gestualidad de su vecino, sus ganas de llamar la atención. Se despoja de la camiseta. Es redondo, blando, en exceso blanco y peludo. Se lanza a la piscina. Es una máquina de emitir sonidos. Le pega patadas al agua, resopla exageradamente. Se hace inevitable pensar en una morsa. No es más que un buen tipo al que le encanta entablar conversación con sus vecinos. Suele bajar a la piscina acompañado de su mujer, pero hoy ha venido solo. Su mujer también es simpática y bonachona. Catequista. Un día enganchó a Alberto cuando éste ya volvía a casa. Fue imposible desembarazarse de ella. La mujer no tuvo compasión y le contó su vida, de sus lejanos dieciséis años a los actuales sesenta y pico. Ríete de Proust. Evidentemente, Alberto Sancevá lo ha olvidado todo salvo su profesión: catequista. Hablaba de sus chiquillos (así llamaba a sus alumnos) mientras Alberto se veía obligado a hacer esfuerzos para que sus ojos no se estrellaran contra su escote. Ubres de otro tiempo. Ubres generosas, maternales. Ubres de pueblo profundo, incómodas en bañador. Recuerda que el verano pasado Jaime Castell vino a visitarlo con su hija. Entonces tenía siete años. Solo hacía unos días que había llegado de Francia. Allí vive con su madre. La niña jugaba en la piscina mientras Jaime y él discutían sobre algún asunto literario. Creo que el tema era Bernhard. Sí, era Bernhard. Alberto no entendía cómo a Jaime no podía gustarle (extrañamente, los argumentos empleados por Jaime Castell eran los mismos que en su día empleó para criticar a Céline o a Onetti). Entonces la catequista se acercó a la niña y empezó a hablar con ella. Abandonado el tema Bernhard, los dos amigos se centraron en la escena. Parecía que la conversación había encallado. La catequista repetía la misma pregunta una y otra vez. La niña miraba las ubres de la buena mujer y se encogía de hombros. No entiendo, intuyeron que decía. Al rato, la catequista se dio por vencida. Salió de la piscina y se acercó a los dos amigos. Alberto Sancevá se mordió los labios para no hacer un chiste.
               - Buenos días –dijo mientras las gotas de agua resbalaban por la abundancia de sus carnes, sin duda acrecentadas para poder abarcar tanta bondad cristiana-, ¿es su hija?
               Jaime Castell asintió sin incorporase, protegiéndose del sol con la mano.
               - Tiene una hija muy guapa y muy simpática. Debe estar orgulloso.
               - Gracias.
               - Es que verá –sonreía como una santa, como una virgen encendida por la piedad–, me he puesto a charlar con ella y se me ha ocurrido preguntarle si estaba haciendo la catequesis, pero no me ha entendido. 
               La sonrisa de Jaime se tensó. Alberto Sancevá empezaba a divertirse. Volvió a morderse los labios.
               - Es francesa –masculló–, vive en Francia.
               Ésta fue toda su explicación. Por lo demás, la niña ni siquiera estaba bautizada. En un arrebato de malicia, Alberto Sancevá deseó que su amigo aireara tal circunstancia, pero Jaime Castell no añadió nada más a su frase francófona. La mujer asintió sin dejar de sonreír. Fue a decir algo, pero finalmente se lo pensó mejor. Su espíritu evangelizador luchaba por detrás de sus ubres. De esto hacía un año. Debió ser un domingo, un domingo de julio o de agosto. Pese a su mala fama, a Alberto Sancevá siempre le han gustado los domingos. Soleados o lluviosos, lo mismo da. Los relaciona con la literatura. Le gusta, si es invierno, salir de excursión con el coche, solo. Deja que el azar o la intuición decidan la ruta. Lleva consigo varios libros. A veces, si no lo olvida en casa, el reproductor MP4. Paisaje, soledad, música y literatura. Si es verano, se conforma con bajar a la piscina con su silla plegable. Alterna música y lectura. Cuando el calor se vuelve insoportable, se zambulle en el agua y nada. Mientras lo hace, el pecho se le inflama de felicidad, de algo parecido a la felicidad. Cuando no puede más, se dedica a flotar panza arriba. La visión del cielo azul puede llegar a emocionarle. En momentos así, es capaz de llorar. Al cabo de un rato, regresa a la silla plegable, reanuda la lectura que interrumpió. Como ahora. Sólo espera que al vecino simpático y bonachón no le dé por acercarse. No le apetece hablar con él, intercambiar comentarios sobre la temperatura ideal del agua, sobre el calor que hace o el tamaño del césped. Ahora el vecino se seca, busca víctimas, pero no llega a animarse. Como una morsa, se frota contra el suelo. Mejor, así le deja en paz. Quiere terminar la novela que tiene entre manos. Quiere olvidarse del resto del mundo por unas horas. Después, cuando el sol ya haya castigado lo suficiente sus hombros y su pecho, subirá a casa y se pondrá a escribir. Una, puede que dos páginas de su diario, páginas que después, probablemente, acabarán en mi blog. Hablará de este domingo, de la novela que estuvo leyendo, de su vecino ruidoso y bonachón, tal vez de su mujer, la catequista. Le tiene mucho cariño a sus escritos de domingo. Es el día en que más inspirado se siente.

Escritos de domingo:

martes 10 de enero de 2012

Diario de un hombre cojo [22]

martes, 10 de enero de 2012

Estoy de bajón. No me apetece escribir, pero me fuerzo a ello. He pasado muy mala noche a causa de mis pies: los tenía helados. Normalmente, suelo tenerlos fríos, pero lo de esta noche no ha sido ni medio normal. El helor me llegaba hasta las rodillas y no había manera de que remitiera. Era tan intenso que incluso me producía dolor físico. Ya eran las tres de la madrugada cuando han empezado a adquirir una temperatura medianamente humana. Pero no, este bajón no tiene nada que ver con la temperatura de mis pies durante la noche. El causante, cómo no, es la literatura.
                Ayer recibí los ejemplares que me corresponden como autor de la novela Los artistas. El libro ha quedado precioso. La fotografía que Miguel Ángel Abraham hizo para la portada es estupenda. Posee fuerza y elegancia a partes iguales. Fue un auténtico subidón poder ver y tocar esos libros. Me sentía como un niño en la mañana de Reyes. Cómo no, lo anuncié en Facebook y fueron bastantes los que me felicitaron o le dieron al botón de “Me gusta”. Todo era perfecto hasta que me encerré en mi habitación para volver a leerla. Quizá esto motivó que se me congelaran los pies. Debería estar acostumbrado. Ya me pasó lo mismo tras la lectura, una vez publicada, de La historia que no pude o no supe escribir. Siento horror, un disgusto enorme. No me gusto. Querría hacerme con todos los ejemplares publicados y quemarlos. Que no quedara rastro. Curiosamente, esto nunca me ha pasado (al menos, no de un modo tan intenso) con la poesía. (Tema a analizar). Sé que con el transcurrir del tiempo me vuelvo indulgente. Por otro lado, me consta que hubo personas, entre ellas mi editor, a las que mi primera novela gustó bastante. Me digo que no debería ser tan duro conmigo. Mejor dejo el tema. Se supone (permitidme el chiste) que estoy o debería estar en fase de promoción. Dónde se ha visto que un autor diga de su propia obra que no vale la pena. Volveré al libro unos días más tarde, cuando esté más tranquilo. Seguro que veo las cosas de forma diferente. Será entonces cuando hable de él.
               No obstante, añadiré que esta novela, como le expliqué a Julia anoche por mail, es una especie de ejercicio de estilo donde lo principal es la cadencia enfermiza de las frases. Abuso, ciertamente, de los adjetivos. Caigo en un barroquismo que entiendo que pueda molestar. Pero se trata de algo hecho adrede. Si bien ahora no la escribiría del mismo modo, debo decir que hay pasajes de la novela que me siguen gustando (como el que publiqué en el blog el sábado 3 de diciembre de 2011, así como algunos otros que no desvelo aquí).
               Para finalizar, diré que esta novela forma parte de una trilogía. Esta trilogía (soy poco original, lo sé) se asienta sobre, como diría Kundera, la continuidad del mismo tema. Este tema no es otro que el de la Huida. En La historia que no pude o no supe escribir, me centro en lo que sucede tras esa huida, es decir, en la búsqueda que acontece después de que el protagonista rompa o crea romper con sus asfixiantes circunstancias. En Los artistas (que terminé de escribir en junio de 2008), trato de explicar los motivos (oscuros) que llevan al protagonista a desear la huida. Aquí me centro en las semanas previas a esa huida liberadora y, cómo no, engañosa. En Piscinas iluminadas, todavía no publicada, la huida física ya no es posible, por lo que el protagonista se ve forzado a la huida mental, es decir, a través de  la imaginación, algo mucho más peligroso, sobre todo en una mente enferma como la suya.
               Una vez dicho esto, resulta fácil llegar a la siguiente conclusión: la literatura es mi vía de escape, el viaje que emprenden todos mis protagonistas, lo que preciso para no desmoronarme. 
               Por lo demás, he decidido abandonar por un tiempo La novela luminosa. La paranoia empezaba a ser excesiva. Por recomendación de Julia, he iniciado la lectura de Cambiar de idea, de Zadie Smith. De momento he leído los dos primeros ensayos. La inglesa expresa con claridad, en una prosa muy bien escrita, todas sus ideas, cosa que se agradece. Zadie Smith es un ser equilibrado, razonable, con el que es difícil estar en desacuerdo. Cierto que sólo he leído los dos primeros ensayos ocasionales (así los llama ella) y que, además, estos dos primeros ensayos versan sobre autores  (Zora Neale Hurston y E.M. Foster) de los que no he leído absolutamente nada. Veremos si sigo pensando lo mismo cuando pase a hablar de temas más generales o de algún autor al que sí haya leído.
               Otra vez vuelvo a olvidarme de Sancevá. Seguro que está cabreado. Apuntaba como claro protagonista de este diario y llevo unos días en que no le doy ni bola. Mañana, lo prometo. Tengo la escena que quiero narrar en mente. Transcurre en la piscina comunitaria de mi (su) casa. No, no adelanto nada, por si luego cambio de idea.

(17:51)
Me acabo de dar cuenta de que en el muro de Facebook de Baile del Sol publican cada una de las entradas de este diario (los enlaces al blog, se entiende). Ups. Pienso que es posible que no les haga mucha gracia leer lo que esta mañana escribí sobre Los artistas. Tal vez pueda convencerles de que se trata de una modalidad poco convencional de promoción: hablar mal de uno mismo. Son tantos los que se creen geniales, los que hablan bien de sí mismos, que un poco de autoflagelación puede resultar estimulante. Desde aquí animo a todo el mundo a que compre la novela. Nunca deben hacer caso de lo que un autor opina sobre su propia obra. Como dice Levrero (¡maldición, otra vez!), «es sabido que los autores nunca dicen exactamente la verdad acerca de sus obras, a menudo porque la ignoran». Pues eso.


lunes 9 de enero de 2012

Diario de un hombre cojo [21]


lunes, 09 de enero de 2012

Acabo de releer lo que ayer escribí. Imagino lo que Jaime Castell diría: «es demasiado fácil, de una vaciedad espantosa; es disimular de la peor manera la ausencia de discurso propio». ¿Discurso propio? ¿Alguien, a estas alturas, tiene discurso propio? (Esto lo diría para fastidiar, para dar inicio a una de esas discusiones desquiciantes, sin solución posible). Yo hablaría, más bien, de grados de disimulo. Pero no, no quiero establecer aquí, ahora, un diálogo con el poeta. Dejaré que se explaye (ya veremos) en su próxima cita con Sancevá. Pero sí querría añadir algo a lo escrito el domingo, algo que me parece de una obviedad apabullante: que un escritor hable o no de sí mismo carece de importancia. Uno puede detestar hablar de sí mismo del mismo modo que a otro puede encantarle. ¿Importa algo? Lo fundamental es cómo cuentes eso que quieres contar, es decir, la forma. (En este punto, Dovtálov, Kundera y Levrero parecen estar de acuerdo). O sea, que si a un escritor le da por narrar una mudanza, por poner un ejemplo, lo importante no es la existencia real, fuera de las páginas, de esa mudanza, ni lo que el escritor piensa verdaderamente de las mudanzas, sino la gracia con que esa mudanza es narrada. Al final, si el escritor es bueno, si tiene verdadero talento, se dejará llevar por la magia del relato (vuelvo a emplear la palabra magia, debería hacérmelo mirar), es decir, dará prioridad a lo que el relato imponga y no a lo que imponga la biografía, el hecho anecdótico narrado, su opinión sobre el asunto. Y no, no veo ninguna contradicción. La literatura, siempre, antes que testimonio, antes que memoria, es literatura, por muy autobiográfica que sea. Dejo la cuestión.
               Siguen los paralelismos con La novela luminosa. En sus páginas, Levrero habla de Onetti, Beckett y Bernhard, tres nombres mencionados a lo largo de este diario. Quizá debería abandonar la lectura de este libro. Empiezo a estar paranoico. 
               Bueno, la mención de Onetti es incidental. Hace referencia al aspecto físico del también escritor uruguayo en sus últimos tiempos, cuando permanecía encamado. La mención de Beckett tampoco tiene mayor importancia. Habla un poco de sus cuentos, que yo no he leído, si bien más adelante Levrero apunta la posibilidad de releer Malone muere. Recuerdo aquí que cuando hablé de crear un plano ficcional, el plano en que se mueven Sancevá y compañía, mencioné expresamente esta novela del autor irlandés. Pero lo que ha hecho que saltaran todas las alarmas y me diera por emplear la palabra «paranoico» ha sido la mención de Bernhard, concretamente, la de su novela El sobrino de Wittgenstein. Levrero la lee y, sin negar la fuerza y la calidad características del austriaco, dice que en esta obra «se nota un cierto desgaste, ¿cómo decirlo?: una especie de cansancio». Yo no empleé tales palabras al hablar de El sobrino de Wittgensteis, en cambio dije que, tras leer su pentalogía autobiográfica, ya nada podía estar a la altura, si bien esto no significaba que el libro en cuestión no fuera un gran libro. 
               Sí, tal vez exagero las cosas, tal vez no sea para tanto. Al fin y al cabo, los autores mencionados son autores mundialmente reconocidos. Hasta cierto punto son normales tales coincidencias. Por otro lado, siento que contarlo me ha hecho bien. Me he vuelto a quitar un peso de encima.
               No olvido que tengo que decidir si cuento alguna de esas semejanzas que, a raíz de la lectura de La novela luminosa, han ido surgiendo entre mi vida y la del uruguayo. Imagino que son detalles sin importancia, pero no puedo dejar de sentir extrañeza. Tal vez, si cuento alguna de esas semejanzas… El problema es que la más llamativa tiene que ver con mi vida sentimental. Decidido, voy a hacerlo. A lo largo de su libro, Levrero cuenta alguno de los sueños que tiene para después lanzarse a su interpretación. Es un juego que yo casi nunca he practicado, entre otras cosas, porque casi nunca recuerdo lo que sueño. Pero ocurrió que ayer por la mañana fui impelido a interpretar un sueño que yo no había soñado pero del cual era el protagonista. La que vengo llamando la mujer de mi vida me telefoneó para contarme que había soñado conmigo. Esto, inmediatamente, me puso a la defensiva. En el sueño, yo estaba muerto. Ella acudía al velorio, concretamente, se encargaba del cuidado de Floriane. Curiosamente, yo estaba presente en mi propio funeral. Sentado en primera fila, contemplaba silencioso el ataúd granate en donde me hallaba. Pese a estar ahí, sentado, a la vista de todos, no había duda de que yo estaba muerto. El sueño seguía, pero he olvidado cómo. Quero decir: me contó algo más, pero ya no lo recuerdo. Sé que sacaban el ataúd del lugar donde se celebraba el velorio. Lo que no me dijo o he olvidado es si yo ayudaba a transportar mi propio ataúd. Mi interpretación fue la siguiente: la mujer de mi vida quiere olvidarme, necesita alejarme de su vida, al menos es lo que le aconseja la parte racional de su cerebro (y alguna que otra amiga irracional), sin embargo, se ve incapaz de hacerlo. La presencia de Floriane (Floriane quería muchísimo a la mujer de mi vida) simboliza los buenos recuerdos, la calidez, todo lo maravilloso que vivimos juntos. En suma, la posibilidad de un futuro. En cambio, mi propia presencia, una presencia fría, casi irreal, distante, es la manera en que el subconsciente le recuerda cómo pude llegar a ser, o sea, cómo puedo llegar a ser: alguien frío, solitario, egoísta y sin corazón. Uf. Lo dejo. Debería volver al plano ficcional. Sancevá aguarda, pero no. Antes quiero solventar otro asunto.
               Un día después de que hablara de los cuadros de Salva Ginard, esto es, el sábado 7 de enero, recibí un mail de éste con las dos imágenes comentadas.  No vi este correo hasta el domingo 8, es decir, ayer, una vez publicada la entrada del diario. Ahora que vuelvo a ver las imágenes, no tengo nada que añadir a lo que dije sobre el cuadro masculino. Se me ocurre, eso sí, que, de acabar publicado este diario en papel, podría ser una magnífica imagen para la portada. Fuerza y soledad, me gusta. Respecto a la segunda imagen, me gustaría añadir (y esto supone, creo, una reinterpretación de lo dicho el viernes) que la mujer parece amordazada por su propia tristeza, como si algo que no vemos, pero que está allí, la confinara en una soledad que la desgasta, que la embrutece, que la destruye poco a poco, en silencio.
               Otra vez vuelvo a postergar el plano ficcional, pero no puedo dejar de aclarar, de comentar, ciertos aspectos de mi vida. Espero que Kundera pueda perdonarme.




domingo 8 de enero de 2012

Diario de un hombre cojo [20]

domingo, 08 de enero de 2012

He seguido leyendo La novela luminosa. Hay ciertas semejanzas, ciertos paralelismos con este diario que me asustan. No, no es que me asusten, digamos que me incomodan. Alguien podría creer que este diario pretende ser algo parecido a la magnífica novela de Levrero, pero no es así. Como dije, inicié su lectura una vez finalizada La montaña mágica. Por otro lado, parece que ciertos aspectos de mi vida actual, como consecuencia de la lectura de este libro, se vayan asemejando a ciertos aspectos de la vida del uruguayo. Es el efecto mágico de la literatura. Y que conste que, a un tipo descreído como yo, le cuesta muchísimo utilizar la palabra magia. Veremos si me animo a narrar alguna de estas semejanzas.
               Estas semejanzas tienen que ver con mi vida privada, diría que sentimental, y no quiero incomodar a nadie con este proyecto. Aquí, vuelvo a repetirlo, se trata de ahondar en mí, de conocerme mejor para así poder vencer mis miedos. Ya sé que para ahondar en uno mismo, en ocasiones es necesario involucrar a otras personas. Bueno, utilizaré alguno de los típicos trucos de escritor. Hablaré de cosas que ocurrieron hace tiempo, cambiaré nombres, lugares, etc., o pondré ciertas dudas o problemas en la cabeza de los diferentes personajes. ¿No es lo que he hecho hasta ahora? En la medida de lo posible, intentaré no incomodar a personas queridas que puedan leer este diario.
               Como decía, he seguido leyendo La novela luminosa. En la página 75, me encontré con la siguiente afirmación, la cual me apresuré a subrayar: «Cuando uno es joven e inexperto, busca en los libros argumentos llamativos, lo mismo que en las películas. Con el paso del tiempo, uno va descubriendo que el argumento no tiene mayor importancia; el estilo, la forma de narrar, es todo». Junto a estas palabras, en bolígrafo azul (el mismo que utilicé para subrayarlas), escribí el nombre de Dovtálov. Fue inevitable recordar lo que el ruso decía al evocar la juventud de su primo en la novela Los nuestros: «Él en cambio era un joven virtuoso y tímido. La coquetería femenina lo abrumaba. Me acuerdo de las frases que apuntaba en su diario de estudiante: Lo principal en un libro y en una mujer no es la forma sino el contenido… Incluso ahora, después de las incontables decepciones de la vida, este planteamiento me parece algo triste. A mí, como antes, sólo me gustan las mujeres guapas». Así, satisfecho por la coincidencia y por el hecho de que el uruguayo y el ruso, dos autores que aprecio mucho, me dieran la razón (cada uno a su manera) en algo que siempre he defendido, decidí acometer el final de El arte de la novela, de Milan Kundera. Al poco de proseguir su lectura, di con este párrafo (que no subrayé ya que el libro es de mi amigo Juan Payeras): «El novelista no hace demasiado caso a sus ideas. Es un descubridor que, a tientas, se esfuerza por desvelar un aspecto desconocido de la existencia. No está fascinado por su voz, sino por la forma que persigue, y sólo las formas que responden a las exigencias de su sueño forman parte de su obra». Volví a sonreír. Parecía que todo el mundo se había puesto de acuerdo. Pero la felicidad, como es sabido, es pasajera, y el señor  Milan Kundera, un cabrón de mucho cuidado. Supongo que tanta coincidencia le molestaba, por eso decidió meter algo de cizaña. Para contradecir a Levrero y, ya de paso, a mí, para meterse con la concepción literaria que rige la escritura de esta novela-diario, el checo cabrón asegura que el rasgo definitivo del verdadero novelista estriba en que no le gusta hablar de sí mismo (*). Dice: «Según una famosa metáfora, el novelista derriba la casa de su vida para, con los ladrillos, construir otra casa: la de su novela». Entonces, estas más de 40 páginas que llevo escritas en un documento Word, ¿no son una novela? ¿Es que el verdadero novelista no puede hablar de sí mismo y sólo de sí mismo? Para animarme, ya que Kundera había conseguido ensombrecer mi humor, releí otro de los pasajes subrayados de La novela luminosa. Dice así: «Amigo lector: no se te ocurra entretejer tu vida con la literatura. O mejor sí; padecerás lo tuyo, pero darás algo de ti mismo, que es en definitiva lo único que importa. No me interesan los autores que crean laboriosamente sus novelones de cuatrocientas páginas, en base a fichas y a una imaginación disciplinada; sólo transmiten una información vacía, triste, deprimente. Y mentirosa, bajo ese disfraz de naturalismo. Como el famoso Flaubert. Puaj». En fin, tal vez no haya tanta contradicción como creo ver. Tal vez se trate de un asunto de matices. Tal vez, si uno habla de sí mismo, sin tapujos, en una novela, inmediatamente se convierte en personaje y, por lo tanto, ese material biográfico empleado, obvio, de algún modo se transforma, se reelabora, para ajustarse así a las formas que responden a las exigencias del sueño del escritor. Por otro lado, tampoco creo hablar tanto de mí… Pienso que lo mejor es dejar el asunto aquí, no profundizar. Esto no pretender ser una obra profunda. Es, ya dije, una terapia. Además, ya va siendo hora de volver a Pedro Capllonch, el cual ya contó el primero de sus relatos. Cecilia Polsen ya no está con él. Todavía no se ha acostado. ¿Qué ha estado haciendo? ¿Se ha sentado a escribir? ¿Por qué no? ¿No era este su objetivo, escribir sus memorias? La prostituta hace de conductor de los recueros. Le resulta más fácil evocarlos si alguien lo escucha. Una vez solo, se sienta y escribe. A diferencia de su estilo oral, su escritura es directa, despojada. Emplea frases breves y muy pocos adjetivos. Casi parece un resumen esquemático de lo que contó a Cecilia. Medio folio le basta. Con todo, se ha demorado bastante. Entre frase y frase, dormitaba o recordaba. Se perdía por esas rendijas que su relato había abierto. Empieza a amanecer cuando escribe la última línea. Un mundo con mala resolución, granulado, gris, se agazapa tras la ventana. La tentación de un último cigarro antes de echarse a dormir lo roza levemente. Deja el cuarto en el que está y se dirige a la cocina. Pese a que no tiene hambre, abre cajones en busca de algo que llevarse al estómago. Finalmente, opta por prepararse un café. Sale a la terraza. La visión de la piscina le resulta decepcionante. Alcanza el vaso en el que hace unas horas bebía Cecilia Polsen. Examina los bordes en busca de restos de carmín o saliva. La huella de sus labios sobre el cristal lo enternece unos segundos. Deja el vaso sobre la mesa, se desprecia sin convicción por su sensiblería y regresa al interior de la casa. Ya en la cama, imagina a Cecilia a su lado. «Hacerse viejo es volver a la niñez, pero sin ese exceso de vitalidad. Se reblandece la mente, nos tornamos previsibles, débiles y patéticos. Esto no es más que un capricho, nada, y, sin embargo, tiemblo y abrazo la almohada pensando en Cecilia Polsen. Seguramente lo sabe, pero no me importa. Forma parte del juego».

(*) Para fortalecer su argumento, Kundera recurre a lo que otros escritores dijeron sobre este asunto. Entre los citados, se encuentran Flaubert (¡otra coincidencia!) («El artista debe hacer creer a la posteridad que no ha vivido»), Maupassant («La vida privada de un hombre y su aspecto no pertenecen al público»), Hermann Broch (refiriéndose a Musil, a Kafka y a sí mismo: «Ninguna de los tres tiene verdadera biografía»), Karel Capek (que al ser interrogado por los motivos por los cuales no escribía poesía, respondió: «Porque detesto hablar de mí mismo»), Nabokov («Detesto meter la nariz en la valiosa vida de los grandes escritores y jamás levantará un biógrafo el velo de mi vida privada»), Italo Calvino (que no dirá a nadie nada sobre su vida privada) y Faulkner (que desea «ser anulado en tanto que hombre, suprimido de la Historia, no dejar huella alguna, nada más que libros impresos»).

viernes 6 de enero de 2012

Diario de un hombre cojo [19]

viernes, 06 de enero de 2012

Ayer comí con Salva Ginard. Vino a buscarme a casa. Fue un encuentro agradable. Hablamos, entre otras cosas, de la supuesta sensibilidad o profundidad de los artistas. Más o menos veíamos las cosas de un modo similar. La gente, por lo común, suele tener ideas preconcebidas sobre este asunto, ideas generalmente erróneas. Apenas hablamos de mujeres porque tanto él como yo, por motivos diferentes, aunque puede que no tanto, nos hallamos inmersos en una especie de apatía sentimental. Después nos acercamos a su casa. Quería mostrarme sus últimos cuadros. Dos me gustaron especialmente. El primero, cosa rara en él, era un cuerpo pintado de cintura para arriba. Un cuerpo masculino, desnudo. La cara no era más que una sombra. Aquella pintura transmitía fuerza y soledad. Me hizo pensar en mis circunstancias actuales, en esta soledad (aislamiento) que, quiero creer, me fortalece. ¿Cómo? Se supone que cuánto más nos conocemos, más fuertes nos volvemos. Sí, ya sé que suena a patraña, pero a veces es bueno creer en según qué patrañas, ¿no?

(19:33)
Tuve que interrumpir la escritura, cosa que me fastidió bastante. Habíamos quedado a las dos para comer en Binissalem con mis tíos y primos. Lo había olvidado. Antes de regresar, nos hemos detenido en la clínica. ¿El motivo? Una vez servidos los cafés y por aclamación popular, me he visto impelido a mostrar la cicatriz al resto de comensales. Ha sido entonces cuando el marido de mi prima se ha percatado de que todavía tenía una grapa. Asunto solventado. Hablaba de los dos cuadros de Salva que más me gustaron. El segundo ya era un rostro humano, concretamente, el rostro de una mujer. (Los que conozcan la producción de Salva Ginard comprenderán este “ya” de la frase anterior). Parecía como si se estuviese abriendo, como si la piel cediese o se evaporase, para mostrar lo que había tras esa máscara. Lo curioso es que con aquel intento de mostrar el interior lo único que se conseguía era añadir confusión al conjunto. De nuevo, esto me ha hecho pensar en este diario. Es posible que este intento de apertura, esta investigación, no haga más que añadir desconcierto. Al fin y al cabo, podría estar hablando mil y un días de mí y de mis circunstancias y, al final, mi retrato seguiría siendo algo oscuro y cabalístico, absurdo quizá.
               (Se me ocurre que podría pedirle a Salva que me enviara por mail las imágenes de los cuadros mencionados. A ver si luego me acuerdo, aunque es posible que por el momento no tenga interés en mostrar sus últimas creaciones).
               Ahora es cuando debería dejar de hablar de mí para centrarme en Pedro Capllonch. Lo tengo bastante abandonado. No le auguro un gran recorrido. Bueno, todavía es pronto. No quiero adelantar nada. Una regla fundamental es no hacer planes. Lo importante es escribir cada día o casi cada día lo que vaya surgiendo. Improvisar, registrar, de esto se trata. Ya dije, un experimento, algo parecido a una terapia. (Nunca me gustó la palabra terapia relacionada con la literatura, puede que por el abuso que en ocasiones se ha hecho de tal relación, pero aquí no queda más remedio). Pero antes de volver a Capllonch, quiero aclarar algunos puntos. Que yo recuerde, a lo largo de estas líneas he mentido en dos ocasiones. La primera fue al contar aquel sueño en que aparecía la mujer de mi vida. No se trataba de un sueño, sino de un hecho real, quiero decir: ocurrido no sólo en mi mente. Efectivamente, cenamos en un restaurante de lujo, al menos yo lo considero así. Mi intención era pedirle perdón por ciertas cosas ocurridas en el pasado, pero finalmente no me animé. En su momento dije que quería confesarle mi amor más sincero, pero esta no era mi intención. Se trataba de una manera de añadir dramatismo al relato. Al final, dejé que se escapara la oportunidad de hacerme perdonar. Temía que mis palabras pudiesen malinterpretarse. Ahora necesito estar solo, centrarme en mí. Me digo que esta apatía sentimental es algo pasajero. Tal vez me halle ante una clave fundamental para entender esta actual abstinencia poética.  (Un día de estos hablaré de la otra abstinencia en la que me hallo inmerso, la sexual).
               Segunda mentira. Cuando inicié el relato del llamado plano ficcional, es decir, las historias de Sancevá, Capllonch y compañía, di a entender que los nombres así como las dos tramas se me habían acabado de ocurrir, eran improvisadas. Falso. Como advertí días después, ya tenía bosquejados los personajes y los argumentos, incluso tenía escritos algunos de los fragmentos en los que Sancevá o Capllonch aparecen. Otra cosa es que no se me hubiese ocurrido desde el principio incluirlos en este diario. En fin, ya me he quitado este peso de encima. Parecerá una tontería, pero no había día en que no pensara en ello.  
               Por el momento, dejaré que Pedro Capllonch siga sesteando en mi mente. Estoy cansado. Durante la comida bebí varios vasos de vino así como una copa de hierbas dulces y todavía tengo que escribir el artículo para el periódico. ¿De qué puedo hablar? Ni idea. A ver qué se me ocurre.