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viernes, 26 de julio de 2013

Poesía en los bares: Karmelo C. Iribarren

Las luces interiores (Renacimiento, 2013),
de Karmelo C. Iribarren

Café con leche, cruasán e Iribarren.
Maneras de empezar el día.


domingo, 3 de marzo de 2013

‘Algo que nunca debió pasar’, de Juan M. Velázquez



Si he de ser sincero, debo decir que Algo que nunca debió pasar no se ajusta al perfil de novela por la que suelo sentirme atraído, de ahí que difícilmente me hubiese acercado a ella por iniciativa propia. [1] Pero las circunstancias quisieron que cayera en mis manos. Ahora, una semana después de haberla leído, puedo afirmar que no me arrepiento de haberme adentrado en sus páginas. No me cambiará la vida, ciertamente, tampoco mis criterios literarios (si es que los tengo), pero la historia me llegó a enganchar. Sentía curiosidad (hacia el final, incluso, impaciencia) por saber cómo se resolvería la trama, cómo terminarían Ramírez y Gutiérrez, los dos ex policías nacionales que protagonizan, junto con la ciudad de San Sebastián, la novela.

 ¿El argumento? Después de veinte años sin verse, Gutiérrez, que no ha abandonado San Sebastián, contacta con Ramírez, el cual no ha vuelto a pisar la ciudad norteña en todo este tiempo, para que le ayude a encontrar a una niña desaparecida, la nieta de su mujer, que vive con ellos y a la que quieren como si fuera su propia hija.

 Este encargo hace que Ramírez vaya rememorando el tiempo que vivió en San Sebastián, cuando policía, un tiempo marcado por los brutales atentados de ETA y la degradación ética y moral de todos a los que tocó vivir de cerca aquel infierno.

 Se trata, como ya algunos sospecharán, de un relato duro y realista, un relato que apela a los sentimientos humanos más primarios y a la intensidad con que se viven; un relato contado con eficacia, en el que Juan M. Velázquez ha sabido administrar con sabiduría el tiempo y la acción de lo narrado.

 El libro se abre con dos poemas de Karmelo C. Iribarren. Al poeta y al novelista les unen la generación a la que pertenecen (les separan cinco años) y la ciudad en la que viven y nacieron, así como el gusto por la novela negra de corte más clásico. Este fragmento de Algo que nunca debió pasar bien podría haberlo escrito el poeta donostiarra:

 "Siempre había pensado que para alguien que no sabe qué hacer ni a dónde ir los bares son el mejor refugio. Cumplen su función con eficacia como ningún otro lugar. Había matado muchas horas en bares y apreciaba lo que ofrecían además de bebida. Ya no era un borracho, aunque de vez en cuando se emborrachara y sabía apreciar un buen bar, uno donde te dejaran en paz con tus pensamientos y si encima había una camarera guapa que te sonreía de vez en cuando no había razón para irse hasta que te echaran". 

 En Algo que nunca debió pasar encontrarán personajes arrasados por las circunstancias, rotos y envilecidos por una vida que los trató con dureza. Pero incluso en ese lodazal en el que chapotean, pueden hallarse rastros de honor, entereza y sacrificio. Es decir, el anverso y reverso de la condición humana.

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  [1] Escribí esta especie de reseña entre el jueves y el viernes. Ahora, al releerla antes de su publicación, me encuentro con la necesidad de explicarme esta frase inicial. ¿Cuál es ese perfil del que hablo? ¿Pueden catalogarse de algún modo las novelas por las que suelo sentirme atraído? Se trata de un asunto arriesgado, difuso, complejo. A medida que me voy respondiendo mentalmente, saltan dentro de mí multitud de excepciones, novelas obstinadas en tirar por tierra todas las respuesta que se me van ocurriendo. Los chascos y las sorpresas positivas no quieren ser silenciados. Bien. No importa. Entre otras muchas cosas, aquí estamos para contradecirnos y meter la pata. Veamos… En las novelas suelo buscar algo más allá del discurso meramente realista, tan asumido como propio en la literatura española. (Según Ignacio Echeverría, la tradición narrativa española se sustenta sobre estos tres pilares: realismo, preciosismo estilístico y ética de los sentimientos). Las tramas, por lo general, me suelen importar poco. Hay excepciones, grandísimas excepciones, pero no dejan de ser excepciones. Me siento atraído por la digresión, por las historias sinuosas, de cercos débiles, por la implicación del novelista (no estoy hablando de moralidad) en lo que narra, por cierta grado de libertad a la hora de concebir la escritura, es decir, por la no sumisión del novelista al argumento o trama… En fin, nada nuevo bajo el sol. Tal vez esto explique que entre mis autores favoritos se encuentren tipos como Juan Carlos Onetti, Mario Levrero, Thomas Bernhard, Antonio di Benedetto, Enrique Vila-Matas, Roberto Bolaño, Peter Handke…

Quizá lo que busco (se me acaba de ocurrir) es un aliento auténtico y cercano (para mí, se entiende), un aliento que pueda confundir con el mío propio, ese puente capaz de unir el mundo del novelista con mi mundo… Bien, como cursilada no está mal. Cuando empiezas a ponerte cursi, es el momento de dejarlo. Me haré caso. Hasta otra. 

martes, 8 de enero de 2013

SUMMERTIME, un poema de Pablo García Casado


El pasado 6 de diciembre, yendo a Ramonville St. Agne para pasar unos días junto a Floriane, escribí y publiqué en Facebook lo siguiente:

"Fue en abril de este año cuando Karmelo C. Iribarren me propuso aparecer en un libro que pretendía recoger algunas de las múltiples voces de la poesía española actual. Un libro que iba a editarse en México. Creo que es fácil imaginar cuál fue mi reacción. Más de medio año después, Diez de diez viaja conmigo en tren, camino de Toulouse. Voy leyéndolo con calma. Alterno lectura y contemplación del paisaje. Un río corre paralelo al tren. Acabo de leer uno de los poemas que más me gusta de Pablo García, uno de mis favoritos en términos absolutos: “Summertime”. Siempre consigue pellizcarme adentro. Antes estuvieron el propio Karmelo y Rafael Fombellida, dos grandes. Querría escribir algo más adecuado o profundo, pero escribir directamente en el smartphone con el tren en movimiento me está destrozando la espalda... Miro por la ventana. La nieve ha sustituido al río. Luce el sol. Los abetos parecen saludarme. Hay caballos pensativos. Llegamos a La Molina. Sigo con la lectura".

'Diez de diez', editado por Tedium Vitae (Guadalajara, México)

Estación LaTour de Carol-Enveitg (Francia)

De camino a Ramonville St. Agne

Traigo aquí estas palabras (y estas tres fotos tomadas desde el tren con el teléfono) ya que no tengo ningún texto nuevo que ofrecer. Hoy martes, en Última Hora, han publicado mi artículo “Posesiones”, que ya vio la luz en este blog el pasado 26 de diciembre, y todavía no he escrito la que ha de ser mi próxima colaboración con el diario. Además, el texto rescatado de Facebook sirve de introducción para el poema de Pablo García Casado que me apetece publicar.


SUMMERTIME

Fueron mis últimas vacaciones. Me habían encargado en exclusiva las ventas en la zona de Levante. Yo acudía a las citas con los clientes y tú me esperabas en el coche. Éramos un equipo. Encendías la radio, te ponías mis gafas y mi gorra de Ferrari y movías el volante. Guardo cada minuto que pasamos juntos: el deseo de volver al hotel, de ponerme la nariz de payaso y buscar tu sonrisa.

Mamá necesitaba un descanso para rehacer su vida. Había conocido a un médico en el hospital y ensayaba cómo contarte que tenías un nuevo papá, una casa grande y bonita y unas hermanas nuevas. Tenemos que acabar con esta farsa, decía, tenemos que pensar en nuestra hija. Mamá te quiere mucho y Antonio es una buena persona. En cuanto a mí, quiero que sepas que fuiste el único amor de mi vida. Y que he vivido estos años sólo con la ilusión de volver otra vez a ese hotel, encontrarte dormida y acariciar tu pelo.


Cómo con tan poco se puede conseguir tanto…
He aquí la magia de este poema.

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Los otros seis poetas cuyos poemas aparecen en Diez de diez son:

Michel Gaztambide
Raquel Lanseros
Itziar Mínguez
Pepe Ramos
Javier Salvago
y Arturo Tendero.

En el camino nos encontraremos.


viernes, 28 de diciembre de 2012

Los mejores poemarios de 2012



Según una encuesta realizada entre los lectores de Babelia –una encuesta que a estas alturas muchos deben conocer–, los mejores libros de poesía editados en España a lo largo de este año han sido los siguientes:

'600 poemas', de Emily Dickinson.
'La bicicleta del panadero', de Juan Carlos Mestre.
'Poesía reunida', de Juan Gelman.  
'Entreguerras', de José Manuel Caballero Bonald.
'Topología de una página en blanco', de Alejandro Céspedes.
'Zurita', de Raúl Zurita.
'Mythistórima', de G. Seferis.
'Antología de Sponn River', de Lee Masters.
'Poesía reunida', de Edward Thomas.
'Conjeturas y esperanza', de J. Burnside.

Me alegra bastante la inclusión de 'Zurita' (Delirio) por dos motivos. El primero, por el lirismo y la fuerza de los poemas en sí; el segundo, por lo que supone de reconocimiento a la labor que desempeña Fabio de la Flor, una labor titánica, casi heroica. Gracias, Fabio.

Debo decir que no he leído estos diez libros. Es más, entre estos diez autores, hay dos de los que nunca he leído nada. Por ello, cualquier comentario que pueda realizar al respecto será vertido desde la parcialidad más desvergonzada y la sentimentalidad menos disimulada. No importa.

Me hubiese gustado la inclusión en esta lista de 'Seguro que esta historia te suena', de Karmelo C. Iribarren. Sin entrar en calidades y comparaciones, los poemas de Karmelo han servido de guía y referencia a más de una generación de poetas en España. A estas alturas, su influjo en la poesía española resulta más que evidente. Además (no puedo dejar de decirlo), Karmelo apostó por mí cuando desde México le encargaron la confección de una antología de poesía española actual. Ya sólo por esto (pero no sólo por esto) su nombre tenía que aparecer aquí.

Acabo de consultar otro medio (El Periódico) que también ha elaborado su lista con los mejores libros de poesía editados en España durante el 2012. Esta vez, se trata de los cinco mejores libros según los críticos, periodistas, libreros y bibliotecarios consultados por el medio (y no por los lectores):

'Marques de foc', de Narcís Comadira.
'Canción errónea', de Antonio Gamoneda.
'Poesías', de Michel Houellebecq.
'Es perd el senyal', de Joan Margarit.
'Poesía completa', de Zbigniew Herbert.
Me gusta el hecho de que los títulos de El Periódico y los de Babelia no coincidan. De algún modo, habla –entre otras cosas– de lo que son las listas y los gustos de los críticos y lectores en general. Al final, si una de estas listas –tan frecuentes por estas fechas– sirve para que descubramos y disfrutemos de los poemas de un poeta del que nunca habíamos leído nada, bienvenida sea.

Por mi parte, ya he anotado tres nombres que en breve abordaré.


Ps: Escribí lo anterior ayer. Hoy es viernes 28 de diciembre. Tengo junto a mí El Cultural de El Mundo. Como no podía ser de otro modo, también propone sus listas. En poesía, al igual que El Periódico, se decanta por los cinco mejores poemarios (en narrativa lo hace por las diez mejores novelas). Aquí eligen los críticos del propio medio:

'Canción en blanco', de Álvaro García.
'Las visiones', de José Luis Rey.
'Canción errónea', de Antonio Gamoneda.
'Antibiótico', de Agustín Fernández Mallo.
'Escribir la distancia', de Kepa Murua.

Lo primero que llama la atención es que solo haya una coincidencia (la de Gamoneda) entre las tres listas. Lo segundo es que, en esta última, tres de los cinco libros elegidos hayan sido publicados por la misma editorial. Pero no vamos a pensar mal. No es aconsejable terminar el año pensando mal de nadie. Sí, esta es la última entrada de 2012. Os deseo que terminéis bien el año (borrachos a poder ser) y que empecéis todavía mejor el 2013.

Estaré por aquí, como en los últimos cuatro años.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Diario de un hombre cojo [2]

jueves, 01 de diciembre de 2011

Acabo de llamar a mi librería habitual para encargar La maleta, El compromiso y La extranjera de Serguéi Dovtálov. Los nuestros lo saqué de la biblioteca. En realidad, envié a mi primo. Me da pena tener que devolverlo. Siempre me pasa lo mismo. Esta necesidad de posesión es un tanto infantil. Podría contar con los dedos de una mano los libros que he releído en mi vida (pienso en novelas, no en poemarios). Pero saber que están ahí, en los anaqueles de la estantería, da tranquilidad. Evidentemente, también existe el placer del coleccionista, la arrogancia del cazador que necesita exhibir sus presas. Todo muy infantil. Se me ocurre ahora que la relación existente entre los libros que leo y yo guarda cierta similitud con mi relación con las mujeres, al menos hasta la fecha. Debo cambiar esto. Adolezco de un infantilismo bastante preocupante si tenemos en cuenta mi edad. Meditaré sobre el tema. Voy a tener tiempo. Mi reflexiones arrancarán de estas dos premisas: 1) Las mujeres no son como libros que uno saca y devuelve una vez leídos, con o sin tristeza. 2) Pretender retener todos los libros que uno lee durante su vida es absurdo. Lo importante es disfrutar del momento de su lectura. Además, siempre se pueden volver a sacar de la biblioteca… No, éste no es el espíritu. Estoy desbarrando. Siempre me pasa lo mismo. La vertiente estética, el efecto que pretende causarse en un hipotético lector puede más que el fondo del asunto. Soy un tipo superficial. Y, como a Dovtálov, me gustan las mujeres guapas.
               Por lo demás, mi ritmo de lecturas es más bien lento. La televisión y el Facebook absorben mi atención peligrosamente. Desde que me instalé en casa de mis padres, he leído (además de Los nuestros) El sobrino de Wittgenstein, de Thomas Bernhard, y Otra ciudad, otra vida, de Karmelo C. Iribarren. Del austriaco tengo que decir que después de leer su pentalogía autobiográfica, ya nada puede estar a la altura. De todos modos, El sobrino de Wittgenstein es un buen libro, incluso un gran libro, puro Bernhard. Esto mismo también puede decirse de Iribarren. Karmelo sigue fiel a sí mismo. Dice lo que tiene que decir sin derrochar palabras. Parte de lo que anoté sobre Dovtálov es aplicable a las breves estampas urbanas del donostiarra. Para concluir esta entrada de hoy, transcribiré tres poemas de Karmelo. Esta breve trilogía podría llevar como título: “Karmelo C. Iribarren y sus lectores”.


COSAS DE POETAS

Un joven poeta que quiere
conocerme. Quedamos
en un bar. Hablo yo,
él me mira y escucha:
No bebo, no fumo, no creo
en la salvación del mundo…
Y luego un poco de literatura.
Pasan las horas. La euforia
inicial languidece. Le acompaño
hasta su hotel. Me ha encantado
conocerte –dice–, aunque… no sé…
te imaginaba de otra forma.
No pasa nada –le digo–,
hace unos años yo también.


EL ACANTILADO

Mañana significaré
en tu vida
menos
que un pequeño
titular
de periódico,

la semana que viene
seré historia,

pero hoy, ahora,
esta tarde
extrañamente
cálida
de febrero
en Zaragoza,
mis poemas,
acabas de decírmelo,
te han llegado,
                     algo
–añades, sonriendo–,
que no te suele suceder.

Y me miras…
Y yo te miro…

Y hasta creo oír
el mar,
las olas,
            allí abajo,
rompiendo…


TRAS UNA LECTURA DE POEMAS

Se acercó,
me dio la mano
y me dijo
que había conocido a mi padre:
“Hace ya siglos –sonrió–,
en el año 57”.

No sé muy bien qué sentí,
sinceramente.

Fue
como conocer a alguien
que posee algo
que te pertenece,
pero que no estás muy seguro
de querer
recuperar.


               Por lo demás, ayer mi padre compró una silla regulable en una tienda especializada en aparatos ortopédicos. Riesgos, los justos. 


sábado, 16 de julio de 2011

Hablando de poesía y poetas con Karmelo C. Iribarren (1998)



POÉTICA

Poner una palabra
detrás de otra,
hasta llegar a la última.
Y cerrar con un
punto. Y que dentro
esté yo, o alguno
de vosotros,
o alguna. Haciendo
cualquier cosa
interesante.



FAX A LOS POETAS

No se preocupen.
Ustedes sigan
adornando 
sus jodidos arbolitos
de Navidad.

Yo haré
el trabajo
sucio.


[Poemas pertenecientes al libro Serie B]

sábado, 26 de marzo de 2011

Crónica de este sábado + Un artículo aburrido


Ya era mediodía cuando he dejado la cama. El desayuno ha consistido en un café con leche y unas uvas, las cuales he comido en la terraza, disfrutando del sol. Después me he sentado frente al ordenador. He hecho un poco el tonto en Facebook (Karmelo C. Iribaren lo llama “este tiovivo loco”) y he corregido y enviado el artículo que el próximo martes aparecerá en Última Hora. Durante un instante he dudado si quedarme en casa para seguir con la lectura de Stoner, novela de John Williams que me tiene enganchando, o acercarme hasta el mercado de Santa Catalina a tomarme unas cañas (otra de mis adicciones). La calle me ha podido. Encima de la Vespa he sentido uno de esos instantes de plenitud. Era como si la ciudad, habitualmente muda, me susurrara “todo está bien”. Ya en el mercado he conocido a Andoni Sarriegi, autor de esa pequeña joya literaria titulada Diario de un vago y responsable de Manjaria, suplemento mensual gastronómico de Diario de Mallorca. Dos años y medio atrás hablé de su libro en uno de mis artículos. Le sacudo el polvo y lo traigo aquí. Habrá que convertir en costumbre de sábado estas visitas al mercado.


Un artículo aburrido
Martes, 07 de octubre de 2008

El aburrimiento da genios y psicópatas, al menos es lo que escribo sin saber muy bien adónde quiero llegar. Será que me aburro, aunque una cosa está clara: no soy ni seré ningún genio. Así pues, es posible que sea un psicópata. ¿Y qué clase de psicópata podría ser? Uno muy aburrido, sin duda, alguien cuyo objetivo en la vida es matar de aburrimiento al mayor número posible de personas. Una idea espantosa. Para combatirla o quizá porque así lo creo, me digo que lo verdaderamente aburrido es el mundo de afuera. Pero estoy a salvo, en casa, solo en el centro de mi fiesta particular. Ya sé que en el centro de la fiesta está el vacío y que en el centro del vacío hay otra fiesta. Leí a Juarroz y a Vila-Matas hablando de Juarroz. La lectura es mi fiesta y mi vacío. Entre los libros que abarrotan la sala, escojo Roland Barthes por Roland Barthes, escrito naturalmente por Roland Barthes, un tipo que se aburría mucho. “De niño, me aburría a menudo y mucho”, escribe el francés. Y continúa: “Es un aburrimiento aterrorizado que llega al desasosiego: así es el que siento en los coloquios, las conferencias, las veladas en el extranjero, las diversiones en grupo: en todas partes donde el aburrimiento es visible. ¿Será el aburrimiento mi histeria?”. Ya sea porque empiezo a aburrirme o a ponerme histérico, devuelvo el libro a su sitio. Necesito algo más ligero, más de viernes por la noche sin plan. Estoy vago, por eso es lógico que opte por Diario de un vago, de Andoni Sarriegi. Su sentido del humor y lucidez llenan el centro de mi fiesta vacía. Vuelvo a sonreír cuando leo: “Lo peor que puede pasarme a estas alturas de la vida: no encontrar el sacacorchos”. Me entra pánico y voy corriendo a la cocina. El sacacorchos está en su sitio y decido celebrarlo abriendo una botella. Con un vaso en la mano, continúo leyendo. “La soledad sólo sirve para crear”, asegura el mallorquín. Y para brindar por el aburrimiento desde el centro vacío de una fiesta en la que soy el único invitado, añado a la vez que me acabo la copa de un sorbo.

martes, 22 de marzo de 2011

Escupitajos y poemas


Era el último día de rodaje. Pensaba no acudir, pero finalmente cambié de opinión. Tenía que verla. Concluida la filmación, salió a los jardines del hotel y caminó hasta el embarcadero. Una vez allí, se descalzó e introdujo los pies en el agua. La tarde declinaba majestuosa. En la pequeña cala, protegida de los curiosos por los pinos, descansaban panza arriba dos llaüts. Me acerqué con andar parsimonioso. Antes de quitarme los zapatos y sentarme junto a ella, me fijé en la curva encantadora que su cuello dibujaba. “¿Todo bien?”, pregunté. “Es preciosa esta bahía. ¿No te lo parece?”. Sonreí. Asentí con la cabeza. En cambio, dije: “ me pareces preciosa”. No hubo sonrisa ni comentario. Besé su hombro desnudo. Resultaba imposible calcular a cuántos kilómetros se encontraba de mí. No volvimos a hablar hasta que el sol se hubo puesto. “Empieza a hacer frío”, dijo. “Deberíamos volver”. Aquella frase me enloqueció. Ni siquiera me giré para ver cómo se alejaba. De vuelta a casa, solo, me senté frente al ordenador y escribí lo que quería ser un conjuro, una distracción, un escupitajo. “Hay canciones y mujeres que te hipnotizan, que te agarran de la mano y las pelotas para llevarte a su terreno y entonces estás perdido, ciego y perdido y con ganas de estirar el momento hasta que nada quede en pie, hasta que todo parezca un chiste o una despedida lacrimógena. Tal vez las dos cosas. Bienvenido a la enfermedad. El infierno baila en tu mente con movimientos lentos y está hecho de susurros y frases ambiguas, de cigarros extra largos y finos y vasos siempre a medias. Entonces sólo puedes escribir desvaríos como éste”. Cuando irrumpió el amanecer, yo ya era un poema de Karmelo C. Iribarren.

ULTIMA HORA, 22/03/11

sábado, 23 de enero de 2010

Sábado


Leo del tirón Atravesando la noche, último poemario de Karmelo C. Iribarren. Me deja jodido, con ganas de patear la ciudad, pese a su indumentaria de enero. Pero no lo haré. Espero una llamada. Desde México. Parece mentira que sea sábado. Juraría que jueves.