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martes, 26 de noviembre de 2013

Tan innegable talento (después de leer una novela de David Foster Wallace)

Recuerdo que cuando terminé de leer La escoba del sistema, primera novela del fallecido y aclamado David Foster Wallace, vino a mi mente la imagen del escritor. Lo vi con pañuelo en la cabeza, la melena lisa y castaña cayendo sobre sus hombros. Su sonrisa era triste, como si intuyera cuál iba a ser su final. Mi cerebro ya se encontraba trabajando en una especie de sentencia: “Tan innegable talento y sin embargo…”. ¿Adónde quería llegar a parar? La novela me había gustado. Como escribieron muchos, es divertida, brillante, extravagante… Algo me inquietaba. Alcancé el Smartphone y en la aplicación “Notas” escribí lo siguiente: “Una vez finalizada la lectura de una novela leída con placer, pueden ocurrir dos cosas: 1) Que los personajes, que el argumento de la novela, se eleven sobre el propio novelista hasta conseguir que nos olvidemos de él, al menos por un tiempo. 2) Que el novelista fagocite a sus propios personajes, la propia historia que contó, y se erija en una especie de gigante al que rendir tributo. Esta distinción apunta de un modo decisivo a lo que algunos llaman posmodernidad. Se trata de una distinción incierta, movediza, como una frontera entre dos territorios en perpetua confrontación. Hay quienes aman reptar por el fango del campo de batalla y quienes prefieren contemplar el resumen de un minuto que de la contienda ofrecen los telediarios”. Dejé el teléfono y me fui a sentar junto a mi esposa y mi hija pequeña. En el telediario anunciaban el fin irreversible de no sé qué cosa. Me sentía bien.

ULTIMA HORA, 26/11/13

martes, 22 de octubre de 2013

Breaking bad & DFW

Finalmente, caí. Varias personas me hablaron bien de la serie y caí. Supongo que me hago mayor. Lo cierto es que estoy a punto de finalizar la segunda temporada de Breaking bad. Y sí, la estoy disfrutando. Hace unos días, le oí decir a un editor que uno de los grandes enemigos de la literatura era la cadena HBO, en alusión a la gran calidad de las series norteamericanas. La gente prefiere sentarse frente al televisor y ver un episodio de The Wire o Homeland antes que abrir un libro. Es posible. De todos modos, creo que erró en el tiro. Son otros los enemigos, pero no me siento con fuerzas para elaborar la teoría de la conspiración en que estoy pensando. En mi opinión, series como Breaking bad inspiran, al menos, a mí me inspiran. Más de uno (y me incluyo en la lista) podría aprender de estos guionistas en lo tocante a manejo de la intriga o tempo de la narración. Por otro lado, en ocasiones, el visionado de estas series genera diálogos entre ellas y los libros que andamos leyendo. Tales diálogos son enriquecedores. El otro día, sin ir más lejos, sorprendí a mi mente (ese irresponsable y a menudo incontrolable ratoncillo metomentodo) elaborando paralelismos entre la obra de David Foster Wallace y la serie en cuestión. Sin mucho esfuerzo, las similitudes saltaban alegres ante a mis ojos. Ignoro si alguien ya ha hablado del tema. Tiene que ver con el manejo de la ironía, la dosis justa de visión alucinada, el gusto por el detalle en apariencia banal y el imprescindible espíritu de esparcimiento.

ULTIMA HORA, 22/10/13

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Diario de un hombre cojo [6]

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Me he propuesto escribir cada día un mínimo de una hora. Se trata de hacer crecer este diario con todo lo que se me vaya ocurriendo. Me he convencido de que me hará bien, de que, de algún modo, me servirá de algo. Por un lado, se trata de ahondar en mí, de analizar ciertos aspectos de mi vida para así llegar a verbalizar cuál es el auténtico problema. A estas alturas, me he convencido de que tengo un serio problema de carácter. Una vez verbalizado, quiero creer que me será más fácil (menos problemático) hallar una solución. Basta con ceder algo, con dejarle un mínimo espacio a la ingenuidad. No será la primera vez. De todos modos, no puedo dejar de pensar que me estoy autoengañando. Es como si buscara una excusa para llenar páginas y páginas de este documento Word con reflexiones y anécdotas autoreferenciales. ¿A cuento de qué hablar tanto de mí? Por otro lado, se trata de construir un diario de lecturas, un diario no muy riguroso, para nada ensayístico, algo así como un recuento con notas a pie de página. Intuyo que también me hará bien.
               Antes de iniciar la reseña (no más de cinco frases) sobre Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, quiero reflexionar o simplemente traer aquí cuatro comentarios que cuatro personas diferentes dejaron en mi blog con motivo de la última entrada (la correspondiente a ayer, martes). Céfiro dice que el título de este diario podría ser Cosas que pensé mientras estuve cojo. La verdad es que me gusta más que el burdo Diario de un hombre cojo, título que empleo en el blog cada vez que publico una entrada perteneciente a este diario. A estas alturas (llevo ya cinco entradas) no voy a cambiar el título en el blog, pero si algún día esto que ahora escribo acaba en papel (cosa bastante improbable), el título propuesto por Céfiro será el que vaya en portada. Aprovecho este momento para agradecer a Céfiro su aportación.
               Por su parte, Malone asegura que mi tercera novela está en este diario. En realidad, se trataría de mi cuarta novela, pero esto Malone no tiene por qué saberlo. Me parece una idea interesante. Escribir este diario como si en realidad se tratara de una novela. En tal caso, debería haber dos planos: el no ficcional, aquel en el que ahondo en mí y en las lecturas que estos días acometo; y el plano ficcional, al estilo Beckett en Malone muere, ir creando una historia inventada dejando bien a las claras que se trata de una historia inventada, hacerla crecer, dotar al personaje ficticio de atributos creíbles, de experiencias propias al margen de las mías, etc. Que el Malone comentarista me haya remitido al Malone muere de Samuel Beckett no deja de tener su gracia.
               Para finalizar, tanto M como NC (cito sus iniciales para no transcribir sus nombres, por si esto pudiera molestarles) hablan de la valentía que supone desnudarse de esta manera, en público. Concretamente, NC afirma: «Qué manera más sincera de sacar tus pensamientos de la cabeza y exponerlos al mundo sin miedo ni vergüenza a “desnudarte”». Tal afirmación me hace pensar. ¿Soy completamente sincero? ¿Se puede ser completamente sincero sabiendo de antemano que lo que escribes va a ser leído tanto por desconocidos como por conocidos, personas que de algún modo pueden verse “salpicadas” por tus palabras? ¿Resta el exhibicionismo autenticidad a la sinceridad? ¿Y a la supuesta valentía? Y el hecho de estar construyendo algo que de algún modo pretende tener valor literario, ¿no está reñido, de manera sutil, con la sinceridad que se le atribuyen a mis palabras? En caso de conflicto, ¿qué prevalecería, el aspecto estético, es decir, literario, o el aspecto testimonial, es decir, sincero?
               Sigo sin escribir sobre estos más de cinco meses que llevo sin perpetrar un solo poema. Ni siquiera lo he intentado. Un día de estos, me digo.

(19:01)
Acabo de finalizar Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace. Se trata, según la contra, de “una postal gigante basada en su experiencia en un crucero de lujo por el Caribe”. Me he divertido leyéndolo, pero no puedo dejar de pensar que este trabajo periodístico debió resultar más punzante en 1995, año en que fue escrito. A estas alturas, reírse de la actitud bovina de los turistas de los cruceros de lujo, en general, de los turistas del llamado primer mundo, empieza a estar pasado de moda. Ya sabemos que resultamos patéticos. Ahora, más bien, tendríamos que reírnos de aquellos que, por colgarse una mochila exageradamente cargada a la espalda y decidir que prefieren dormir en una habitación sin aire acondicionado, cuando la temperatura tanto en el interior como en el exterior del cuchitril más o menos inmundo al que la guía Lonely Planet les ha llevado supera los 35ºC, se piensan superiores a ti, más auténticos, incluso mejores personas. En fin. Lo que más me ha gustado de este libro es la manera genial en que David Foster Wallace combina el detalle preciso, la reflexión incisiva y el humor más cáustico.
               Al final fueron más de cinco frases.

martes, 13 de diciembre de 2011

Diario de un hombre cojo [5]

martes, 13 de diciembre de 2011

Lo he conseguido. Dos días sin conectarme a Internet. Una prueba absurda, lo sé, pero una prueba al fin y al cabo. Siempre he rehuido, de un modo natural, todo tipo de dependencia. La única que me permito es la dependencia a la lectura y escritura. Hubo un tiempo en que me dio por pensar que este rasgo de mi carácter me hacía más fuerte, pero ya no lo tengo tan claro. En más de un sentido soy bastante débil, pero lo cierto es que me horroriza la idea de depender de algo ajeno a mí. Recuerdo que en la época universitaria y, sobre todo, en los meses posteriores, cuando me fui a vivir de alquiler con Anne, tonteaba con los cigarrillos. Llegó un momento en que no había día que no encendiera por lo menos uno. Lo bueno es que los disfrutaba, pero nunca me enganché, no me lo permití. Fue dejarlo con Anne, fumadora empedernida, y olvidarme de ellos. Por lo general, en mis relaciones sentimentales me ha pasado algo parecido, de ahí que nunca hayan fructificado a la larga. Cuando la otra persona cobra conciencia de su no trascendencia, de que podría estar igual de bien con ella que sin ella, se pierde la magia y ya es cuestión de tiempo que todo se venga abajo. Por no engancharme, jamás me he enganchado a una serie de televisión.
               Cuando me dijeron que tendría que estar seis semanas con la pierna inmovilizada, pensé que este tiempo me vendría bien para indagar en mi interior, para intentar dar respuesta a ciertas preguntas que en los últimos tiempos me vengo formulando (*). ¿Cuánto hay de miedo en mi modo de actuar? ¿Cuánto podría ser considerado como un rasgo de mi carácter? ¿Tal vez el miedo sea ese rasgo de carácter que me hace actuar así? ¿O es el miedo la explicación que me doy a la hora de intentar analizar mi manera de proceder? ¿Soy capaz de darme? ¿Me falta apasionamiento? ¿Qué frialdad es ésta que, incluso en los momentos de mayor patetismo, me hace mantener una distancia prudencial, una actitud analítica?
               Los de derechas me creen de izquierda; los de izquierda, de derecha. Los del Madrid me creen culé; los del Barça, madridista. Etc. Basta que vea a alguien asentado en una posición inamovible, ajeno a toda duda, alguien que se crea poseedor de una verdad incuestionable, para sentir el impulso de llevarle la contraria. Así, el ateo convencido ve en mí a un creyente atormentado, cuando no a un ser ávido de trascendencia espiritual; y el creyente que se regocija en su creencia, me ve como el mayor de los materialistas, como un hereje en toda regla. ¿Tiene esto que ver con lo escrito hasta ahora? ¿Es que ni a una sola idea puedo serle fiel? ¿Son comparables las ideas a los cigarrillos? ¿Y a las relaciones sentimentales? ¿Y a las series de televisión? ¿Tanto me cuesta exponerme? ¿Volvemos al miedo? Y si tanto odio exponerme, ¿por qué me expongo constantemente en mis escritos? ¿Me expongo en mis escritos? ¿No empiezan a ser demasiadas preguntas? ¿Cuánto hay de verdad en todo esto?
               Debería dejar de leer a Michel de Montaigne, al menos durante unos días. Por lo demás, ayer empecé y terminé Blanco nocturno, de Ricardo Piglia. Es imposible que el argentino me defraude. En la contra se dice que Piglia ha heredado de Borges su desconfiada inteligencia, así como su incansable y gozosa exploración de la literatura, y su atracción por los oscuros bajos fondos. No lo dudo. Pero, durante toda la lectura de la novela, no pude dejar de pensar en Juan Carlos Onetti. El ambiente corrupto y provinciano del pueblo al sur de la provincia de Buenos Aires, donde trascurre la historia; la sabiduría innata y medio alucinada del comisario Croce; la insistencia pigliana en el periodista y aspirante a novelista Emilio Renci, que aporta dosis de metaliteratura; la fábrica semiabandonada en mitad de la nada donde se recluye Luca Belladona, como un astillero ruinoso, sin futuro; el carácter no cerrado de la novela; todo me hacía pensar en el escritor uruguayo, en aquella Santa María nacida de su imaginación, así como en sus inolvidables Díaz Grey y Brausen. En un momento llegué a pensar que Ricardo Pilgia era una versión mejorada de Juan Carlos Onetti; o, si no mejorada, sí al menos más intelectual, más analítica, más perfeccionista, tal vez un poco menos decadente.
               Hoy me pondré con David Foster Wallace. Tengo pendiente acometer la lectura de Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. A ver qué tal.


(*) «Si nos parásemos a veces a estudiarnos y empleásemos el tiempo que usamos en examinar a los demás y en conocer las cosas que están fuera de nosotros para profundizar en nosotros mismos, nos percataríamos fácilmente de lo débiles y falibles que son las piezas de las que se compone nuestra persona». Michel de Montaigne, Ensayos I.