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martes, 20 de marzo de 2012

Un hombre rehabilitado


Cuando leas esto, y confío en que lo harás, seré un hombre rehabilitado, es decir, un hombre restituido a su antiguo estado. Cierto es que todavía no podré caminar de puntillas ni correr, pero seamos francos: ¿qué necesidad hay de ello? Probablemente, Vicente del Bosque no me incluya en la lista de convocados para el Europeo, lo que sin duda redundará en perjuicio de España, pero lo que yo quería era hablarte de mi rehabilitación. Han sido dos meses yendo a la Rotger, dos meses incursionando en el sótano de la clínica. Empleo el verbo “incursionar” adrede, ya que algo hay de incursión militar, de misión espía, en el hecho de presenciar con total impunidad el día a día laboral de personas hasta entonces desconocidas. Desde la bicicleta estática (punto vigía que sólo dejaba un flanco sin cubrir) es fácil imaginar rencillas solapadas, complicidades que van más allá de la mera relación laboral, tedios disimulados y vocaciones firmes. Un microcosmos atractivo para una mente calenturienta, ávida de historias. Uno imagina a la perfección la inspiración que le produjo a Thomas Mann, a principios del siglo pasado, la visita al sanatorio donde su esposa estaba ingresada. No, no escribiré un novelón de 600 páginas, me conformo con este artículo. Y ya que llego al final, aprovecho para agradecer a todo el personal de traumatología la profesionalidad y exquisitez con que me trataron. No me malinterpreten: no voy a romperme nada para así tener excusa para volver. Lo único que lamento es no poder escuchar la crítica que este artículo merecerá.

ULTIMA HORA, 20/03/12

jueves, 5 de enero de 2012

Diario de un hombre cojo [18]

jueves, 05 de enero de 2012

(En el párrafo que sigue se desvelan algunos aspectos relevantes del argumento de la novela La montaña mágica, de Thomas Mann. Si usted no la ha leído y tiene intención de hacerlo, le recomiendo que se salte las líneas que vienen a continuación y prosiga la lectura a partir del subtítulo o apartado DIOS BENDIGA A LOS CRETINOS).

El día que me quitaron el yeso también fue el día que concluí La montaña mágica. Los hechos ocurrieron del siguiente modo: la noche anterior, es decir, la noche del martes, murió Joachim Ziemssen, cosa que más o menos me apenó. Sentía simpatía por el primo de Hans Castorp. Era discreto, sencillo y obstinado. Creía en el deber o, lo que es lo mismo, en el honor y la fatalidad. Era un defensor acérrimo de las formas, de las apariencias. Siempre he sentido atracción por este tipo de naturalezas. Tal vez esta simpatía se deba al hecho de que hoy en día prácticamente no existen, están mal vistas. ¿La simpatía que nos inspiran las especies en vías de extinción o las ya extintas definitivamente? Es posible. Hoy tenemos el deber de relajarnos, de ser nosotros mismos, de dar rienda suelta a todos nuestros deseos, a todas nuestras flaquezas. Si no eres capaz, es que estás gravemente enfermo. Dejo aquí la cuestión. El miércoles, es decir, ayer, amanecí con la firme intención de finalizar la novela. Regresó Clawdia Chauchat, pero no lo hizo sola. La acompañaba Mynheer Peeperkorn, el gran amante de los placeres de la vida. Su aparición es fugaz pero intensa. A través de este personaje, Thomas Mann parece decirnos que la personalidad está por encima del intelectualismo; la vida, por encima de las palabras. Muerto Peeperkorn, Clawdia deja el sanatorio y yo la lectura, pues tengo que comer. Tras la comida, mis padres me acompañan a la clínica para que me quiten el yeso. Ya no era esa cosa blanca, impoluta.



Durante la comida familiar del 26 (lo que aquí llamamos segona festa), Floriane y Marc, el hijo de mi prima, se encargaron de decorarlo. Optaron por un estilo pop muy fresco. Esa pequeña obra de arte terminó en el cubo de la basura del consultorio de la doctora Rodríguez. Lo primero que llama mi atención, una vez sin escayola, es comprobar que el pie sigue estando hinchado. Esto me inquieta, si bien la doctora le resta importancia. Apenas tengo movilidad y fuerza en el pie. Hasta el día 13 no puedo empezar con la rehabilitación (no había hueco antes), por lo que me recomienda que, por mi cuenta, poco a poco, vaya ejercitando mi extremidad. Lo segundo que llama mi atención es la delgadez de mi pantorrilla derecha. Es claramente más fina que la izquierda. No puedo evitar sonreír.




A la deformidad de mi pie hay que añadirle la de mi pierna, al menos hasta la rodilla, por no hablar de la fealdad de mi nueva cicatriz. Perfecto. Vuelvo a casa y me instalo en mi cuarto para acometer el final de la novela. Ya solo quedan los minutos de la basura. El aburrimiento hace mella en todos los residentes del Berghoff así como en el lector. Hay bastantes páginas dedicadas al espiritismo, entre otras gilipolleces, cosa que me pone de los nervios. Después los ánimos se caldean, el mundo se convulsiona. La Gran Guerra está cerca de estallar. Settembrini y Naphta, esos dos extremistas, se baten en duelo. Uno no puede dejar de desear que mueran ambos. Siete años después de su llegada, Hans Castorp deja el sanatorio para convertirse en soldado. Lo último que sabemos de él es que se halla en el frente, canturreando inconscientemente una cancioncilla mientras a su alrededor reina la más absoluta de las devastaciones. La novela termina con un interrogante. Thomas Mann se pregunta si, en mitad del festejo de la muerte y el terror, se elevará algún día el amor. Tendrá sus momentos, me digo. Como siempre. Después cierro el libro.

DIOS BENDIGA A LOS CRETINOS

Vuelvo a Alberto. Lo dejé embrollado con pensamientos más o menos absurdos, esperando a Nuria Tamena en la terraza de un bar. Sigue con sus elucubraciones, no puede evitarlo. Tampoco quiere. Casi puedo escucharlo. La vida detenida en este punto muerto de una tarde de principios de junio, piensa Sancevá. Las certezas, las dudas, este vértigo intransmisible, corrosivo. ¿Será posible rescatar este instante del tiempo, de su boca inconmensurable, cruelmente dentada? ¿Basta detenerse y atrapar con la mente el terremoto invisible? ¿Basta con lanzar la red de las significaciones? ¿Qué podrán contra esto las palabras? ¿Y por qué no llega Nuria Tamena y me rescata de este bucle patético? La vida es irreal, anota Alberto Sancevá en el procesador de textos de su móvil, en cambio, el dolor que produce es real. Una vez rescatada la frase, extrae de su bandolera una novela (¿La novela luminosa?). Antes de iniciar su lectura, recuerda aquello que dijo Josep Pla: el hombre que lee novelas a partir de los treinta y cinco años es un cretino. Qué gran verdad, piensa Alberto sin reprimir una sonrisa. Y concluye: Dios bendiga a los cretinos.

- ¿Llego muy tarde? –Tan concentrado estaba en su libro, que la pregunta de Nuria Tamena lo ha sobresaltado. Alza la vista y se encuentra con el fotograma sonriente de su amante. Atrás, el decorado: fragmentos de palmeras, mástiles de embarcaciones, el castillo chato presidiendo la ciudad. Todo bañado por la luz procedente de un cielo límpido, de recreo infantil.
               Alberto Sancevá escanea con la mirada el cuerpo de su amante. El deseo, por imprevisto, lo golpea con más fuerza, se instala en su estómago y desde ahí se expande a todo su cuerpo. ¿Es posible que, después de tanto tiempo de exclusividad (para Alberto Sancevá, estos tres años constituyen todo un récord), el cuerpo de Nuria Tamena siga despertando su lascivia de este modo? ¿O no será que el deseo ya estaba ahí, en la epidermis de su ser, azuzado por las turistas alemanas y británicas? Alberto sonríe, señala la silla vacía que queda a su lado. Necesita tocar ese cuerpo, verificar su presencia.
               - Las mujeres que consiguen que los hombres esperen por ellas son las únicas que valen la pena.
               - ¿Estuviste en Madrid o en Buenos Aires?
               Alberto Sancevá coloca la mano sobre el muslo caliente de su amante. Siente un pálpito, pero ignora a quién pertenece. Algo en su interior se contrae, algo más fuerte que el propio deseo, algo que tiene que ver con el reconocimiento y la aceptación, tal vez con el miedo a lo desconocido. Deja la novela sobre la mesa y estira el cuello para besar a Nuria. Un beso húmedo, más prolongado de lo que podría ser considerado normal, dadas las circunstancias, entre ellos. Un beso que pone fin a la jornada laboral de la mujer. El reloj marca las seis y media.
               - Parafraseaba a Pavese, cosas mías –dice Alberto Sancevá mirando alternativamente los ojos y el escote de Nuria Tamena.
               - Sí –ríe ella­–, sigues siendo tú. Por un momento pensé que te habían cambiado. ¿Qué tal por Madrid?
               - Firmé tres libros. Una milésima parte de los que firmó una tal Cassandra Clare. Adolescentes, ya sabes. Algo gótico. Mejor cuéntame tú. No quiero ensombrecer la tarde.
               Nuria Tamena cruza las piernas. Antes de hablar, escruta la terraza. Parece dar su visto bueno.
               - Un fin de semana aburrido. Nada que contar. Comí con mis padres. Vi una peli, pero ya he olvidado el título. No estaba mal.
               - ¿Y el trabajo?
               Nuria pellizca la barbilla de Alberto. Niega con la cabeza y le hace un gesto al camarero para que se aproxime.
               - ¿Desde cuándo te interesa mi trabajo? –Apoya la espalda en el respaldo de la silla y comprueba que su falda esté bien colocada–. ¿Tengo tiempo para un vino?
               - Claro. Te acompañaré.
               Pese a que su intención era escuchar el relato aburrido de su amante, cederle a ella el protagonismo de la charla, desearla en silencio, disfrutando, en un deleite ensimismado, de la postergación de lo que ocurrirá más tarde, acaba siendo él, una vez más, el narrador principal, el que cuenta su fin de semana perdido en Madrid, un fin de semana lluvioso, inopinadamente frío, otoñal, un fin de semana de camisa insuficiente y calcetines húmedos, de horas charlando de fútbol con su editor, horas mirando a la gente caminar, gentes apresuradas por un Retiro de posguerra, inhóspito. Y la noche en el bar del hotel, tentado de volver a fumar, pidiendo whisky tras whisky. Era deprimente, de algún modo hermoso y emocionante. ¿Deprimente y emocionante? Menos mal que podía convertirlo en relato, en un chiste más patético que gracioso.
               - Parece que te fuiste a otro país –bromea Nuria Tamena.
               - No descarto la hipótesis –concede Alberto.
               - Los dioses están conmigo y te castigan. –Ahora es Nuria la que echa el cuerpo hacia delante y apoya su mano sobre el muslo de Alberto­–. Deberías haberme propuesto que te acompañara. Te hubieses evitado la estampa de bebedor solitario y, ya de paso, habrías firmado un libro más.
               - Tú ya tienes el libro. Incluso lo leíste, si no me mentiste. 
               - Tu causa es mi causa.
               - Me conmueves. De todos modos, tiene su gracia lo de beber solo en el bar del hotel donde te hospedas. Es muy Hopper. Y perdón por el tópico.
               - Soy más de Kandinsky.
               - Tantos colorines, no sé.
               - ¿Nos vamos?
               - Pensaba que nunca ibas a proponerlo.
               - Recuérdame que después de follar te pegue la bronca por excluirme de tu mundo literario.
               - Pégame la bronca después de follar.
               - Así me gusta, que seas obediente.
               - Es el ego herido.
               - Pues habrá que herirlo más a menudo.
               - No más firmas, por favor.
               - Venga, vamos. ¿Me invitas?

lunes, 19 de diciembre de 2011

Diario de un hombre cojo [9]

domingo, 18 de diciembre de 2011

Salí a comer, pero de nuevo me hallo en mi particular Berghof. En efecto, la casa de mis padres se ha convertido en una especie de sanatorio en el que no me falta de nada, donde el tiempo trascurre de forma diferente a como lo hace allí fuera. Mi pierna escayolada, en la tuberculosis que me retiene aquí arriba (un quinto, para ser exactos). Esta dolencia hace que el mundo se divida en dos: el mundo interior o mundo de arriba y el mundo exterior, al que accedo cuando algún amigo compasivo me saca a pasear. ¿Conoceré a mi particular Clawdia Chauchat? Se me ocurre que la única manera sería a través de mi blog o Facebook. A esto hemos llegado.


lunes, 19 de diciembre de 2011

La sabiduría de la novela es la sabiduría de la incertidumbre en cuanto que no aporta respuestas y plantea preguntas cruciales. Esta es la conclusión a la que llega Kundera en la primera parte de El arte de la novela. En la segunda, titulada “Diálogo sobre el arte de la novela”, el escritor checo afirma que el novelista no es ni un historiador ni un profeta, sino un explorador de la existencia. Ya tenemos dos elementos fundamentales: la sabiduría de la incertidumbre y la exploración de la existencia. ¿De la humanidad? Sólo secundariamente. Se trata de la exploración del enigma del yo. «En cuanto se crea un ser imaginario, un personaje, uno se enfrenta automáticamente a la pregunta siguiente: ¿qué es el yo? ¿Mediante qué puede aprehenderse el yo?». Todo el diálogo de esta segunda parte se centra en el modo en que, a lo largo de la breve historia de la novela, los distintos escritores han pretendido apresar el yo. Creo que podemos afirmar que desde Kafka no ha habido cambios significativos. ¿Y qué es lo más importante en Kafka, según Kundera? Que planteó la cuestión fundamental de su tiempo, una cuestión todavía vigente: «¿cuáles son aún las posibilidades del hombre en un mundo en que los condicionamientos exteriores se han vuelto tan demoledores que los móviles interiores ya no pesan nada?». El mundo se estrecha cada vez más. Vivimos en la dictadura del control y lo específico. Ya no hay verdadera posibilidad de huida, de empezar de cero, de desaparecer. Tal vez, a estas al turas, el Mundo no sea más que un enorme Castillo gobernado por entes escurridizos. Bien. Después de toda esta perorata, me da por pensar que las disquisiciones teóricas no son lo mío. Lo mío (quiero creer) es inventar historias. Ahí están los personajes inventados: Alberto Sancevá, Pedro Capllonch y Cecilia Polsen. La incertidumbre en la que me encuentro respecto a ellos, ¿afectará al trazo con que los dibuje? Un personaje es la manera de explorar una posible existencia, diría Kundera. En esta exploración volcaremos parte de lo que somos, pero también hallaremos elementos no fundamentales o visibles  de nuestro carácter, aspectos sobre los que nunca habíamos reflexionado. Y al querer profundizar en ellos, iremos descubriendo nuevos caminos, alumbraremos otras maneras de contemplar el mundo y a las personas que lo habitan. A la fuerza, hemos de volvernos más comprensivos, más tolerantes. ¡Basta! Todo esto no son más que excusas para no hablar de mí. La sequía poética, el fracaso sistemático de todas mis relaciones, he aquí la parte de mi yo que debo destripar. ¿Me servirá la novela que he empezado a escribir? ¿Cómo continúo? Vuelve la imagen del caballo tirado sobre el asfalto. Evidentemente, esta visión me pertenece, pero se la cedo a Alberto Sancevá. Ahora es suya. Ahí lo tenemos, conduciendo una Vespa igualita a la mía. Digamos que acaba de dejar el Café Món y se dirige a su casa. En la calle Manacor, cerca de la confluencia con Manuel Azaña, puede verse el ya mencionado caballo extendido sobre el asfalto. Se ha producido un accidente entre un coche y una calesa. El conductor de la calesa se encuentra arrodillado junto al animal. Se tapa la boca y la nariz con un pañuelo, como si estuviese a punto de vomitar, como si el caballo agonizante desprendiese un olor penetrante, repulsivo. El olor de la muerte agónica, piensa Alberto Sancevá al pasar con su Vespa junto al caballo herido. Tal vez sean imaginaciones suyas, pero por un momento cree que su mirada y la del caballo coinciden. Intuye que no hay nada que hacer y esto lo apena. Junto a la cabeza del caballo, un charco oscuro, de apariencia viscosa. No puede evitar que las ruedas de la moto atraviesen el charco. Un escalofrío recorre su espalda. Piensa: no tiene por qué ser una mala señal. No significa nada. Es posible, incluso, que el caballo no muera. De todos modos, ¿en qué tendría que afectarle la muerte del caballo? En menos de cinco minutos lo habré olvidado, se dice mientras se aleja del accidente dejando a su paso un leve reguero de sangre. ¿Un reguero de sangre? Se me antoja una imagen cargada de simbolismo. Según cómo se desarrollen los acontecimientos, podrá interpretarse de una u otra manera. No debo olvidar la imagen del caballo. Es lo suficientemente potente como para describirla y después olvidarse de ella. En un diario sería admisible, pero no en una novela. Si la introduces, será por algo, ¿no? ¿Qué rasgo del carácter de Alberto Sancevá he pretendido resaltar al narrar la escena del caballo herido? ¿Se ha tratado de un simple impulso? Y de ser un simple impulso inmotivado, ¿podré reconducir la situación para que encaje en el todo y no sea un simple elemento suelto, sin razón de ser? Veremos. Por lo pronto, me he propuesto no tomar notas. Supongo que todo este asunto tiene más de experimento que de novela. Lo dejo por hoy. Seguiré con la lectura de La montaña mágica. Vuelvo al sanatorio dentro del sanatorio.

martes, 1 de febrero de 2011

Curiosa especie


Dicen que son tiempos difíciles; la gente anda irritada, dispuesta a saltar a la mínima excusa. Yo mismo, el otro día, casi me enredo en una discusión absurda con el vigilante de un parking público. Esto me lleva a pensar que debemos haber alcanzado un pico de bienestar inasumible. Pienso a escala mundial-occidental y en términos de especie y décadas. Nuestra necesidad de negatividad nos puede. Como dice el pensador alemán Odo Marquard, “cuando los progresos culturales son realmente un éxito y eliminan el mal, raramente despiertan entusiasmo; más bien se dan por supuestos, y la atención se concentra entonces en los males que continúan existiendo”. O sea, que “quien, gracias al progreso, cada vez tiene menos causas de sufrimiento, sufre cada vez más debido a las pocas que quedan”. Hojeo la prensa y los titulares me reafirman en esta idea. Ahora nos sublevamos por no poder fumar en los bares o por no poder bajarnos música o películas gratis. Resulta bastante significativo. Por no hablar del número de suicidios y depresiones que padecemos. Necesitamos del sufrimiento y del mal para no deprimirnos, para valorar lo que poseemos. Curiosa especie, la humana. ¿Existe solución? No, no existe, y ahí está la gracia. Como dice Vargas Llosa al comentar La muerte en Venecia, de Thomas Mann, “la razón, el orden, la virtud, aseguran el progreso del conglomerado humano pero rara vez bastan para hacer la felicidad de los individuos, en quienes los instintos reprimidos en nombre del bien social están siempre al acecho, esperando la oportunidad de manifestarse para exigir de la vida aquella intensidad y aquellos excesos que, en última instancia, conducen a la destrucción y a la muerte”.

ULTIMA HORA, 01/02/11