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sábado, 8 de enero de 2022

Taller de escritura: sinopsis + propuesta editorial



Sinopsis:

Un día del mes de julio, Santi Biza recibe la visita de un viejo amigo que le propone hacerse cargo de un taller de escritura creativa. Biza acepta sin sospechar que ese taller pondrá su vida patas arriba. En él confluirán un antiguo compañero universitario con el que años atrás tuvo un encontronazo a causa de una mujer, un clown con problemas de ansiedad incapaz de escribir dos frases seguidas con un mínimo de sentido, una mujer callada poseedora de unos ojos capaces de irradiar una luz oscura bastante inquietante, perpetradora de unos relatos realmente terroríficos, una adolescente cuyos padres la obligaron a apuntarse al taller para tratar así de encauzar su aptitud innata para la mentira y tres jubiladas con mucho tiempo libre y poca pericia literaria. A este elenco de personajes, hay que añadir a la agresiva y desequilibrada Silvia, conserje del Centro Cultural Resistencias, lugar en el que se imparte el taller de escritura.

Tres meses después de iniciarse el taller, Santi Biza empieza a recibir mensajes anónimos intimidatorios. Cualquiera de sus alumnos podría estar detrás de ellos. Esos mensajes consiguen que asuntos del pasado que Biza creía superados regresen al presente. No, Biza no fue ningún santo, pero ya ha pasado mucho tiempo de los salvajes años noventa. Los mensajes no cejan y ponen en jaque la integridad mental del protagonista. Llega un momento en que el profesor teme por su vida y por la de su familia. Es necesario intentar desenmascarar al acosador. ¿Será capaz de hacerlo antes de que esos mensajes arruinen la vida más o menos perfecta que Biza creía haber conquistado?

 

Propuesta editorial:

Creo que fue Bolaño el que dijo que toda novela debería escribirse como si fuera un policial, aunque no fuera un policial. Esta propuesta responde a esta idea. Por un lado, hay intriga, tensión narrativa que va en aumento a media que nos acercamos al clímax. ¿Quién es el autor de los mensajes intimidatorios? ¿Por qué lo hace? ¿Qué tiene contra el protagonista? Por otro lado, la novela busca ser un ejercicio práctico de cómo escribir una novela. Ahí están el planteamiento, nudo y desenlace, sus puntos de giro, su clímax, en fin, todas esas cosas que se ven en los talleres de escritura. Así, en última instancia, la novela funciona como reflexión sobre el hecho de escribir ficción. ¿Es posible enseñar a escribir? ¿Sirven de algo los talleres? Pero sin perder de vista en ningún momento que lo verdaderamente importante, más allá de la reflexión que provoque el relato, es el relato mismo, los mecanismos que hacen que su lectura no resulte aburrida.

 

lunes, 18 de diciembre de 2017

Antes del viento / Muertes en directo (fragmentos de un diario)


11.12.17.- Día ventoso. Las hojas se agarran desesperadamente a las ramas de los árboles para no salir despedidas. A su vez, las ramas se aferran a los troncos y las raíces de estos, al suelo que los ampara. Los pocos que pasean por las aceras lo hacen con las cabezas hundidas, como si temieran que una fuerte ráfaga se las llevara lejos. Imagino cabezas rodando por las calles de la ciudad, descolocadas ­—nunca mejor dicho— frente a esta nueva situación. Imagino que una cabeza llega rodando hasta la puerta de casa. Le doy la bienvenida, me instalo con ella en el salón. Sin que le pregunte, empieza a hablar del viento. Me dice que el viento es peligroso, que todo lo agita y desordena. Las cosas se mueven y cuando esto sucede todo es posible. Me olvido de la cabeza y me acerco a la ventana. Contemplo el exterior. Los árboles bailan sin compás perceptible y las cabezas de las personas ya no saben que más hacer para protegerse, como si una realidad paralela —e inquietante— quisiera conquistar esta otra realidad que nos ha tocado en suerte. El viento pasará porque todo termina por pasar. Entonces, tocará hacer balance y recuento. Cosas habrán cambiado. Tal vez usted ya no sea exactamente igual a como era antes del viento.


13.12.17.- Muertes en directo, en streaming. De las plazas públicas a las redes sociales. El placer morboso saltando de siglo en siglo. Lo detectas en ti. Te estremeces. De ser esto un cuento de Bolaño, empezarías a temblar. En realidad, llevarías todo el día temblando, a pesar de los cerca de veinte grados que reinan en tu habitación. Dudarías de las imágenes que la ventana ofrece, dudarías de seguir vivo, dudarías de todo… Pero esto no es un cuento de Bolaño. Esto no es un cuento, se dice el personaje en que te vas transformando un poco a sabiendas, aunque tal vez todo sea un cuento y, como ocurre con los cuentos, el tono es la clave. El tono antes que la anécdota, decía el fallecido Piglia, del que leemos los diarios del personaje en que se fue transformando, un poco a sabiendas. Muertes en directo, en streaming. Me hago palomitas. Me pongo cómodo. Comparto esto.  

jueves, 15 de diciembre de 2016

Primeras novelas (a propósito de Murakami)


Siempre me he sentido atraído por las primeras novelas de autores consagrados, esos autores que llegan a nosotros con el prestigio que da la resistencia al paso del tiempo, el aplauso de la crítica o el abultado número de sus lectores. Hablo de su propuesta antes de convertirse en monstruos inabordables, seres cuyo hábitat natural es el mito y no la farragosa realidad hecha de envío de manuscritos y colección de negativas. Esto explica que ande leyendo Escucha la canción del viento y Pinball 1973, de Haruki Murakami. Me encontraba en el aeropuerto de Mahón. Venía de presentar el libro de un amigo. El vuelo de regreso sufrió un retraso de algo más de una hora. No tenía qué leer. En aquellos momentos, Barça y Madrid se enfrentaban, pero no había tele a la que aferrase. Me acerqué hasta el Relay que milagrosamente permanecía abierto. Su oferta literaria dejaba mucho que desear. Baste decir que estuve a punto de concederle una oportunidad a Coelho. Entonces, me topé con el libro del japonés. Lo saqué del expositor y leí la contra. La decisión estaba tomada.

Todavía recuerdo la impresión que me causó la primera novela de Juan Carlos Onetti, El pozo. Es cierto que se trata de un librito aún lejos de las cumbres que el uruguayo alcanzó posteriormente: La vida breve, Los adioses, El astillero y Juntacadáveres. Sin embargo, en sus pocas páginas ya se encuentra el germen de lo que haría tan grande a Onetti. Tiene algo de esbozo, de tentativa. Ahí reside su flaqueza, sí, pero también su arrebatador encanto. Tal vez por esto, Vargas Llosa declarara que se trata de la primera novela moderna latinoamericana.

Otra primera novela que me causó impresión fue La invención de la soledad, de Paul Auster. Por aquel entonces (estoy hablando de bastante años atrás), del autor norteamericano ya había leído La trilogía de Nueva York, Leviatán y La música del azar. Pero de la mano de aquella primera propuesta de Auster me adentré en la llamada autoficción, de la que tan difícil me ha sido alejarme después.

Podría ahora mencionar Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, pero empiezo a estar cansado. Además, hablar de Bolaño (con permiso de A.G. Porta) se ha vuelto peligroso.

[Añadido innecesario: Del lado contrario, tenemos esas irrupciones estelares, cegadoras, como la de Goethe, el sueño de todo escritor. Hablo, por supuesto, de Las penas del joven Werther (1774), debut literario de Johann Wolfgang von Goethe. Publicar una primera obra que te catapulte a los alteres de la literatura, creadora de tendencia, generadora de polémica, responsable de una ola de suicidios… o asesinatos. O como la de Salinger, claro está. (¿Mencionar en este punto a nuestro José Ángel Mañas?). Bueno, esto era antes. Ahora carece de sentido hablar en estos términos. La literatura ya no despierta este tipo de pasiones. Estas aspiraciones pertenecen a los talentos de la informática y a los futbolistas, tal vez a los actores y a los intérpretes de música pop].

Vuelvo a Murakami. ¿Que qué me parece? Sigue siendo válido lo que apunté con respecto a El pozo, de Onetti. Sus debilidades coinciden con su atractivo. Ambas novelas breves (Escucha la canción del viento y Pinball 1973) distan mucho de ser obras redondas, pero en ese desorden o indefinición reside buena parte de su encanto. Tal vez sea oportuno hablar de novelas en grado de tentativa realizadas por un aspirante a novelista que anda explorando sin tener muy claro a dónde quiere llegar. En fin, una lectura ideal para matar el tiempo de espera en un aeropuerto semivacío, mientras Madrid y Barça se disputan algo más que tres puntos.


domingo, 16 de octubre de 2016

El escritor

5:47 a.m. Salta de la cama y se dirige al baño. Enciende la luz y se planta frente al espejo. Trata de creérselo. Fuerza una sonrisa. Se imagina a Dostoievski escribiendo el pasaje en que Raskólnikov asesina a la usurera, a García Márquez enfrascado en la furia de los últimos párrafos de Cien años de soledad, a Roberto Bolaño tecleando el final alucinado de Amuleto. Se imagina a los tres en plena acción, arañando la realidad con sus palabras, inexistentes y dioses, cuando el instante mágico es interrumpido por un sonoro pedo. Ninguno de los tres se inmuta, siguen a lo suyo. He aquí algo importante, se dice el escritor. Siente que ha encontrado un filón. Deja el espejo y sale en busca de su Moleskine. Una idea en gestación aletea. Tiene que ver con esa mezcla de lo divino con lo más zafio. No encuentra ningún boli. En el cubilete del escritorio hay un par, pero no escriben. Finalmente, encuentra uno en la cocina, en el cajón de las facturas. Cuando se sienta a escribir, el chispazo de inteligencia no es más que ceniza triste.

ÚLTIMA HORA, 11/10/16

martes, 19 de agosto de 2014

La risa loca del lúcido



domingo, 17 de agosto de 2014

Disponer de dos caras, una hacia afuera, exterior, y otra hacia adentro. Mostrar, a través de la exterior, una parte de ti: la que descree, la que se ríe, la que toma distancia. La otra, la que mira en tu interior, ha de ser la cara del héroe, del loco, la que en el fondo se cree alguien especial, con un destino cierto. Escribir los poemas con la cara interior, eso sí, salpicada por esa risa y esa distancia. La risa loca del lúcido. La distancia de alguien que sólo concibe el poema desde la implicación absoluta.

A veces la mente funciona así: lees el poema XIV (“Otros duermen en vagones de carga y necesitan / tratamientos antialcohólicos y psiquiatras”) de Crónica del forastero, libro escrito por Jorge Teiller, e inmediatamente vuelas hasta aquel primer verso del famoso poema de Allen Ginsberg: “He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura…”. Por su parte, este verso (la mención de la destrucción, de la locura) te remite a Roberto Bolaño, a su concepción inicial de la poesía (que nunca abandonó): “Desplazamiento del acto de escribir por zonas nada propicias para el acto de escribir”. Entonces recuerdas lo que escribió Alejandro Zambra sobre su compatriota: “los poemas de Bolaño son los poemas de los personajes de Bolaño”. Y así.

(…)





lunes, 18 de agosto de 2014

(…) Acabo de darme cuenta. Llevo diez años escribiendo en este diario. Fue en agosto de 2004 cuando lo inicié, concretamente, el día 3. Lo inauguré con esta frase: Hoy es Santa Lidia. Menuda manera de empezar un diario. Diez años ya. Ha habido épocas en que me he olvidado de él, pero siempre termino por regresar. Es un banco de pruebas, un gimnasio; es otra manera de hablar conmigo. Alguna que otra vez se parece a un confesionario. Soy proclive a perdonármelo todo.


martes, 19 de agosto de 2014

La cultura tiende a la enfermedad, de ahí que deba andar medicándose constantemente.

Hoy me acerqué a Babel. Tuve en las manos La tentación del fracaso, dietario íntimo de Julio Ramón Ribeyro. Estuve tentado de hacerme con él. No es la primera vez que me pasa. Finalmente, lo devolví al anaquel del que lo extraje. Algo me dice que no es el momento. Por otro lado, tengo en casa varios diarios de escritores cuya lectura no finalicé. Algunas tardes vuelvo a ellos, leo unas páginas y los devuelvo a la estantería, donde se quedan hasta que de nuevo me acerco a ellos, unos meses después. Así me pasa con El oficio de vivir de Cesare Pavese, con los Diarios de John Cheever o con El cuaderno gris de Josep Pla… Finalmente, me hice con La muerte del padre, de Karl Ove Knausgård. Está claro que hoy latía en mí un ansia por lo autobiográfico.


domingo, 19 de mayo de 2013

Un poema de Roberto Bolaño



Paco Cifuentes leyendo el poema “La francesa” de Roberto Bolaño en el salón de casa. A veces pasan este tipo de cosas. Son escenas que se nos quedan dentro. La voz profunda de Paco recitando los versos de Bolaño mientras yo lo escucho y me evado del salón de casa para aterrizar en la habitación de hotel de una isla al sur de todo mapa, de todo posible regreso, junto a una sombra que es posible que sea yo mismo o una joven tan perdida como yo por aquel entonces, una cara y un cuerpo y un temor desdibujados, recuperados por un instante gracias a la voz, a la música de Paco Bolaño o Roberto Cifuentes. De su estancia en Mallorca el pasado fin de semana, curiosamente me quedo con esto: Paco Cifuentes leyendo el poema “La francesa” en el salón de casa.

Ha pasado una semana. Hoy es domingo, domingo por la tarde. Releo el poema “La francesa”. Sin duda, es uno de mis poemas favoritos. Cada pocos meses vuelvo a él. Me recuerda lo que siempre se le debe exigir a la poesía, al menos, lo que yo siempre le exijo, aquello sin lo cual se me torna algo frío, pura ornamentación o juego o reflexión. Estoy hablando, claro está, de la emoción.

Pero se trata de un poema largo y es domingo, domingo por la tarde, así que mejor traigo aquí otro poema de Bolaño, uno más breve, que también me gusta mucho, un poema incluido, al igual que “La francesa”, en su libro Los perros románticos, un poema titulado “Lupe”.


LUPE

Trabajaba en la Guerrero, a pocas calles de la casa de Julián
y tenía 17 años y había perdido un hijo.
El recuerdo la hacía llorar en aquel cuarto del hotel Trébol,
espacioso y oscuro, con baño y bidet, el sitio ideal
para vivir durante algunos años. El sitio ideal para escribir
un libro de memorias apócrifas o un ramillete
de poemas de terror. Lupe
era delgada y tenía las piernas largas y manchadas
como los leopardos.
La primera vez ni siquiera tuve una erección:
tampoco esperaba tener una erección. Lupe habló de su vida
y de lo que para ella era la felicidad.
Al cabo de una semana nos volvimos a ver. La encontré
en una esquina junto a otras putitas adolescentes,
apoyada en los guardabarros de un viejo Cadillac.
Creo que nos alegramos de vernos. A partir de entonces
Lupe empezó a contarme cosas de su vida, a veces llorando,
a veces cogiendo, casi siempre desnudos en la cama,
mirando el cielorraso tomados de la mano.
Su hijo nació enfermo y Lupe prometió a la Virgen
que dejaría el oficio si su bebé se curaba.
Mantuvo la promesa un mes o dos y luego tuvo que volver.
Poco después su hijo murió y Lupe decía que la culpa
era suya por no cumplir con la Virgen.
La Virgen se llevó al angelito por una promesa no sostenida.
Yo no sabía qué decirle.
Me gustaban los niños, seguro,
pero aún faltaban muchos años para que supiera
lo que era tener un hijo.
Así que me quedaba callado y pensaba en lo extraño
que resultaba el silencio de aquel hotel.
O tenía las paredes muy gruesas o éramos los únicos ocupantes
o los demás no abrían la boca ni para gemir.
Era tan fácil manejar a Lupe y sentirte hombre
y sentirte desgraciado. Era fácil acompasarla
a tu ritmo y era fácil escucharla referir
las últimas películas de terror que había visto
en el cine Bucareli.
Sus piernas de leopardo se anudaban en mi cintura
y hundía su cabeza en mi pecho buscando mis pezones
o el latido de mi corazón.
Eso es lo que quiero chuparte, me dijo una noche.
¿Qué, Lupe? El corazón.


lunes, 4 de febrero de 2013

Releer novelas


Hasta hace poco, durante toda mi vida de lector, sólo había releído tres novelas: Pedro Páramo, de Juan Rulfo, El extranjero, de Albert Camus, y El hombre delgado, de Dashiel Hamett. Estas dos últimas relecturas las acometí por error: en su momento olvidé (parece un chiste, pero no lo es) que ya había leído estos libros. Una vez iniciada su lectura, y pese a darme cuenta del error, decidí continuar… Estoy hablando de volver a leer una novela de principio a fin, no de releer fragmentos o capítulos sueltos. Curiosamente, en los últimos tiempos me ha dado por releer novelas. La cosa empezó a mediados del año pasado. Las escogidas fueron El discurso vacío, de Mario Levrero, y Prisión perpetua, de Ricardio Piglia.  Disfruté de ambas relecturas, es más, diría que lo pasé mejor releyéndolas que leyéndolas por primera vez. ¿Me estaré haciendo viejo? Antes de que acabara el año, volví a las andadas. Reincidí con Levrero. Esta vez, me decanté por Dejen todo en mis manos. La experiencia volvió a ser gratificante. En mi diario apunté lo siguiente: “¿Voy dejando atrás la pulsión acumulativa, tan propia de la juventud (o la inmadurez)? ¿Me decanto paulatinamente por la profundidad, por la demora?”. Me leo y me doy rabia. A veces me resulto insoportablemente pedante. De todos modos, no puedo dejar de pensar: ¿Me estaré haciendo viejo? Hace unos días se me atascó el proyecto en el que vengo trabajando últimamente. Me enredaba en frases reincidentes, no lograba avanzar. Necesitaba dejar de mirarme el ombligo, más acción, que las cosas sucedieran. Entonces recordé uno de los consejos de Zadie Smith*. Cogí de mi estantería un libro de Bolaño, Los sinsabores del verdadero policía, y empecé a leerlo a ver si esas frases conseguían sacarme del sopor en que había caído. ¿El resultado? Que devoré la novela de principio a fin (y volvió a ser una experiencia gratificante) y que logré desatascar mi proyecto… O sea, ya son siete las novelas que he releído en mi vida. Estoy hablando de volver a leer una novela de principio a fin, no de releer fragmentos o capítulos sueltos. ¿Me estaré haciendo viejo? 

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"Algunos escritores son como los violinistas que necesitan un silencio absoluto para afinar sus instrumentos. Otros quieren oír a todos los miembros de la orquesta: cogen el tono a partir de un clarinete, incluso de un oboe. Yo soy así. Tengo el escritorio lleno de novelas abiertas. Leo frases para nadar en cierta sensibilidad, para tocar una nota concreta, para fomentar el rigor cuando me pongo demasiado sentimental, para conferir cierta relajación verbal cuando estoy sintácticamente tensa. Pienso en la lectura como en una dieta equilibrada; si las frases resultan demasiado barrocas, excesivas, comed menos de Foster Wallace, tan rico en grasas, por ejemplo, y más de Kafka, tan rico en fibra. Si vuestra estética se ha vuelto tan refinada que no os deja poner una sola mancha negra en el papel en blanco, no os preocupéis tanto por lo que diría Nabokov; coged a Dostoievski, santo patrón de la sustancia por encima del estilo". Zadie Smith, Cambiar de idea.


jueves, 17 de junio de 2010

Todavía no soy un eremita


Será porque vivimos en tiempo de despedidas, o porque están cerca los ansiados reencuentros, porque junio está loco y porque vuelvo a escuchar a cantautores que creía olvidados. Hablo con Cony a través de la webcam, por teléfono con Floriane, la ouija la reservo para mí. Miro hacia atrás. Hace exactamente dos años escribí este artículo. Sigo sin ser un eremita. La sabiduría que acumulo me acerca a la indigencia. Mi nombre en clave es Diógenes.


Para empezar, traigo aquí las palabras que un ex jefe de Comunicación de la Casa
Blanca le dijo al entrevistador norteamericano Bill Moyers: “El presidente
Reagan nunca dijo algo sustancial porque el público que quería alcanzar se
impacientaba con lo sustancial”. Esta cita, elocuente y tremenda a mi modo de
ver, la extraigo del libro Las alusiones perdidas, de Carlos Monsiváis. La
lucidez que demuestra el mexicano le arrastra al pesimismo, a veces a la
nostalgia, otras a la ironía. Desde el púlpito de su acervo cultural, advierte
del peligro del neoliberalismo (“el encumbramiento de una minoría depredadora”),
de la cultura del ahora sustentada meramente en la tecnología, de la
aniquilación progresiva y alarmante de las humanidades. La inmediatez, el culto
a las imágenes, el fracaso estrepitoso de la enseñanza tanto pública como
privada, la banalización de la cultura, su atrincheramiento en las zonas de
ocio, el desprecio por la complejidad, por el uso correcto del lenguaje, todo
esto se convierte en un caldo de cultivo óptimo para la proliferación de los
analfabetos funcionales. Los modelos a imitar en la actual cultura son
tremendos, horriblemente planos e imbéciles. El mérito no vende, todo es
marketing. Mientras escribo esto me viene a la cabeza el lamento de uno de los
personajes de esa monumental novela titulada 2666, de Roberto Bolaño.
Concretamente, se queja (escribo de memoria, ya que no tengo el libro a mano) de
que hoy en día ya nadie se atreve con las grandes obras, esas novelas totales,
torrenciales, a veces difíciles o farragosas, en que el escritor en cuestión
deja buena parte de su alma (si se me permite utilizar esta palabra), de su modo
de entender y no entender la realidad. En estos tiempos hechos de estadísticas,
tantos por ciento, índices de ventas o audiencias (es lo mismo), marcas y
minutos de fama televisiva, a los desfasados o “tardorománticos” sólo nos queda
encerrarnos en una suerte de elitismo impopular. Pero no se lo cuenten a nadie.
Todavía no soy un eremita. Tiempo al tiempo.


ULTIMA HORA, 17/06/08

jueves, 28 de enero de 2010

Breves y enigmáticas


Siempre me han fascinado esas novelas breves y enigmáticas que en realidad no son novelas, esos libritos cuyo significado final se nos escapa porque es posible que no exista ningún significado final, porque el autor maneja unas claves que nos escamotea tramposamente, transformando el texto en apariencia narrativo (muchas veces vendido como novela, nouvelle o cuento largo) en otra cosa, un artefacto poético, híbrido, una especie de alucinación o sueño, una suerte de enigma al que volver y del que solo podremos extraer belleza y extrañamiento, del que siempre nos faltará alguna clave. Su lectura suele ser desasosegante como todo aquello que no responde a unos parámetros de sensatez. (Existen novelas muy buenas, acaso las mejores, que son una auténtica locura escrita desde la sensatez). En lo más alto de mi listado de libros breves y extraños se encuentran dos títulos: En las alturas, de Thomas Bernhard, y Amberes, de Roberto Bolaño, ambos leídos hace algún tiempo. Junto a estas obras inclasificables, conviven otros títulos igualmente marcianos. Esta lista no persigue la exhaustividad. Lo único que pretende es aclarar a través del ejemplo lo que he querido decir, pero me temo que la heterogeneidad de obras y autores tan solo conseguirá añadir más bruma a la cuestión. Me parece perfecto.

- El hombre sentado en el pasillo, de Marguerite Duras.
- El pozo, de Juan Carlos Onetti.
- Thomas el oscuro, de Maurice Blanchot.
- La mujer zurda, de Peter Handke.
- Monsieur Teste, de Paul Valéry.
- Péndulo y otros papeles, de Cristóbal Serra.

¿Alguna recomendación?

domingo, 18 de octubre de 2009

Crónica domingo: Wilco, Luis Goytisolo, Roberto Bolaño

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Despierto a mediodía. El domingo se presenta duro, así que no queda otra que salir. Mientras sorbo el café con leche, suena Wilco. Tiene que ver con algo que alguien dijo el viernes por la noche. Palabras que regresan con olor a tabaco, a exceso de opiniones. Alguien dijo Wilco y ahora suena You and I. Los significados, las resonancias con que puedo llenar esta canción son cambiantes, tienen que ver con la visión del baldío de enfrente de casa, con el viento que fatiga los árboles escuálidos de la calle.

Me gusta conducir sin ruta preestablecida. Me decanto por la autopista de Manacor. Cuestión de comodidad. Me detengo en Algaida. Empiezo a tener hambre. No encuentro ningún bar abierto, así que sigo la ruta. Acabo en Montuiri.
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Llevo conmigo el MP4. Todo el trayecto sonando Wilco. De un modo extraño, el paisaje y Wilco se funden en algo que los excede, algo que juega a ser nostálgico, es decir autobiográfico, pero que en realidad solo lo es de un modo tangencial.

Wilco posee una pátina clasicista que lo salva –en la medida en que algo así es posible– del tiempo. Su intemporalidad tiene que ver con los hilos que lo conectan a las emociones simples (tan complejas). Vive su tiempo pero está más allá del tiempo. No tengo el vocabulario ni los conocimientos suficientes para expresarlo mejor.

Como de menú. En el primer plato –una ensalada de la casa– tengo un incidente con dos moscas. Las dos se lanzan en picado contra las lechugas empapadas en vinagre de Módena (creo que se le llama así a ese vinagre oscuro y pegajoso tan de moda desde hace un tiempo) y sucede lo inevitable. Las dos moscas se quedan pegadas. Tengo a dos moscas contorsionándose desesperadamente en mi plato, tratando de huir de la trampa mortal en que se ha convertido la ensalada. Ya no puedo seguir comiendo, así que aparto el plato y espero a que me traigan el segundo.

Llevo conmigo dos libros: Cosas que pasan, de Luis Goytisolo, y La Universidad Desconocida, de Roberto Bolaño. Del primero debo decir que me fascina (me atrae y me repele a la vez) la manera en que el autor habla de sí mismo y de sus libros. Luis Goytisolo no tiene ningún reparo en poner su nombre junto al de los grandes de la literatura. Por otro lado, existe en sus páginas un regusto auto justificativo, una trampa, un intento de acomodar el pasado a la visión actual de las cosas. Con todo, disfruto de la lectura, me dejo embaucar.





Decido tomar el café en otro lado. Me decanto por Pina. Ya de camino, cambio de opinión y tomo un desvío hacia Sineu. Allí vive Tolo, mi amigo músico. Tal vez esté solo y su resaca sea pasable. Lo llamo, pero se encuentra en Palma. Paseo por Sineu mientras Wilco canta Jesus, etc. Me detengo en un bar junto al ayuntamiento. En la plaza juegan tres niños. En el interior del bar televisan el Mallorca. Me siento fuera. Leo a Bolaño.


Te regalaré un abismo, dijo ella,
pero de tan sutil manera que sólo lo percibirás
cuando hayan pasado muchos años
y estés lejos de México y de mí.
Cuando más lo necesites lo descubrirás,
y ése no será
el final feliz,
pero sí un instante vacío y de felicidad.
Y tal vez entonces te acuerdes de mí,
aunque no mucho.


La Universidad Desconocida es un libro perfecto para viajes o simples escapadas de domingo. Siempre he pensado que Bolaño es un sentimental disfrazado de tipo duro. Por eso me pone. Los versos de Bolaño se entremezclan con la voz de Wilco en Country disappeared. Algo perdido antes de nacer. Un aire a despedida, a fin del mundo, mientras los tres niños siguen jugando en la plaza. Es hora de regresar.



El carrusel deportivo me devuelve a una realidad más prosaica. El Mallorca ha ganado. Palma es una ciudad irreal. Me imagino dentro de veinte años. Y tal vez entonces te acuerdes de mí.

Tampoco esto es un final feliz.


viernes, 3 de abril de 2009

Patria

El estado es un hecho jurídico, algo objetivo, delimitable. Tiene que ver con el poder y la capacidad recaudadora. La patria, en cambio, es amamantada por la radical subjetividad de cada uno y en muchas ocasiones se hace difícil su delimitación. Baudelaire decía que la patria es la infancia. En tal caso, a mí me queda poca o, yendo más lejos, todos los que no somos niños somos unos expatriados. Ernesto Sábato escribió que “para bien o para mal, el escritor verdadero escribe sobre la realidad que ha sufrido y amado, es decir sobre la patria”. Abundando en la idea, Estanislao Pellicer, en su libro Chopin en Mallorca, afirma que el compositor “fue siempre y por sobre de todo un patriota”. Y continúa: “No importa que el artista se halle fuera de su Patria, en París o en Mallorca; su creación será siempre esencialmente polonesa”. Así las cosas, me guste o no, no me queda otra que escribir sobre la patria. Reflexiono unos instantes y llego a la conclusión de que la patria puede ser la plaza en la que aprendimos a montar en bici o el bar donde dimos nuestro primer beso. Su esencia radica en lo inasible de sus formas, en la añoranza que nos produce su pérdida, ya que siempre se pierde. Estamos hechos de pérdidas, así lo han cantado poetas y filósofos. Pero sigamos. Roberto Bolaño, el último de los grandes, en una entrevista con Mónica Maristain, dijo que su única patria eran sus dos hijos, Lautaro y Alexandra. “En un segundo plano, algunos instantes, algunas calles, algunos rostros o escenas o libros que están dentro de mí y que algún día olvidaré, que es lo mejor que uno puede hacer con la patria”. Qué difícil construir el mapa de nuestra patria. Mi patria es Floriane, Porto Petro, el Karajo, algunos versos de los que aún no he renegado, todo eso que me hace ser quien soy y que algún día olvidaré. La segunda acepción del diccionario de la RAE asegura que la patria es el “lugar, ciudad o país en que se ha nacido”. Yo nací hacia el final del verano. Quizá por eso mi carácter huidizo.
UH, 03/04/09

martes, 24 de febrero de 2009

AMBERES


(poema construido con frases extraídas del libro Amberes, de Roberto Bolaño)

Estoy solo,
toda la mierda literaria ha ido quedando atrás,
revistas de poesía, ediciones limitadas, todo ese chiste gris quedó atrás...
Alguien crea silencios para nosotros.
Bien mirado, es poco el tiempo que nos dan para construir nuestra vida en la tierra,
quiero decir asegurar algo, casarse, esperar la muerte.
Ambos lloraron como personajes de películas diferentes en la misma pantalla.
Escena roja de cuerpos que abren la espiga de gas.
Le dije a mi amiga que era muy triste estar horas en un bar escuchando historias sórdidas. No había nadie que tratara de cambiar de tema.
Alguien crea silencios para nosotros.
Sacó y metió los dedos.
Apretó las sienes de la muchacha mientras pensaba que los dedos entraban y salían sin ningún adorno, sin ninguna figura literaria que les diera otra dimensión distinta que un par de dedos gruesos incrustados en el culo de una desconocida.
Sólo me salen frases sueltas, le dijo, tal vez porque la realidad me parece un enjambre de frases sueltas,
héroes de inviernos que quedaron atrás.
Alguien crea silencios para nosotros.
La soledad es una vertiente del egoísmo natural del ser humano.
La persona amada un buen día te dirá que no te ama y no entenderás nada.
No puedo ser un escritor de ciencia-ficción porque he perdido gran parte de mi inocencia y aún no me he vuelto loco... No temas,
aunque sólo pueda contarte historias trises, no temas...
Toda escritura en el límite esconde una máscara blanca.
No puedes evitar el vacío de la misma manera
que no puedes evitar cruzar calles
si vives en la ciudad.