Mostrando entradas con la etiqueta F. M. Dostoyevski. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta F. M. Dostoyevski. Mostrar todas las entradas

domingo, 16 de octubre de 2016

El escritor

5:47 a.m. Salta de la cama y se dirige al baño. Enciende la luz y se planta frente al espejo. Trata de creérselo. Fuerza una sonrisa. Se imagina a Dostoievski escribiendo el pasaje en que Raskólnikov asesina a la usurera, a García Márquez enfrascado en la furia de los últimos párrafos de Cien años de soledad, a Roberto Bolaño tecleando el final alucinado de Amuleto. Se imagina a los tres en plena acción, arañando la realidad con sus palabras, inexistentes y dioses, cuando el instante mágico es interrumpido por un sonoro pedo. Ninguno de los tres se inmuta, siguen a lo suyo. He aquí algo importante, se dice el escritor. Siente que ha encontrado un filón. Deja el espejo y sale en busca de su Moleskine. Una idea en gestación aletea. Tiene que ver con esa mezcla de lo divino con lo más zafio. No encuentra ningún boli. En el cubilete del escritorio hay un par, pero no escriben. Finalmente, encuentra uno en la cocina, en el cajón de las facturas. Cuando se sienta a escribir, el chispazo de inteligencia no es más que ceniza triste.

ÚLTIMA HORA, 11/10/16

miércoles, 23 de mayo de 2012

Dostoievski, Perec, yo mismo (con perdón)

Hace apenas un par de horas terminé de leer Crimen y castigo, de Dostoievski. No, no voy a hablar del autor ruso. ¿Qué podría decir de Fiódor Mijailovich a estas alturas que no se haya dicho ya? Entonces, ¿con qué propósito me he instalado frente al ordenador? Varias ideas rondan mi cabeza, pero sé que son vanas, superficiales, probablemente erróneas. ¿Me lanzo? ¿Pongo por escrito estas ideas pese a que tal hecho, lo más seguro, constituya una especie de crimen contra la inteligencia y la sensibilidad humanas? Y de animarme, ¿cuál sería mi castigo? ¿Podría alcanzar, a través de este hipotético castigo, la expiación de mi culpa, sería capaz entonces de abrazar la tan ansiada vida nueva para todo aquel nacido en un contexto cristiano? Una cosa está clara: todavía me hallo bajo los efectos de la lectura de los conmovedores últimos párrafos de la novela. Bien: no todo está perdido. 

La lectura de Crimen y castigo ha supuesto la pérdida de una de mis virginidades. Digo esto porque he leído la novela del ruso en un reader Sony que me prestaron. Nunca antes lo había hecho. Me refiero a que nunca antes había utilizado uno de estos dispositivos. Debo confesar (¿para expirar mi falta?) que, mientras leía, se me ha olvidado por completo el tipo de soporte que tenía entre manos. Atribuyo el mérito a Dostoievski y a los de la Sony, a partes iguales. 

Pero no escurramos el bulto. Una de las cosas que ha hecho que me sentara a teclear esto que ahora lees ha sido el descubrimiento de la existencia de un lazo, de un vínculo (nimio, casi invisible, es posible que inexistente, después de todo) entre el autor ruso, Georges Perec y yo. Como sabréis algunos, la cita que abre Los artistas la extraje de una novela del autor francés titulada Las cosas. Dice así la cita: “Los paralizaba la inmensidad de sus deseos”. Esta cita quiere condensar lo que pienso que es uno de los temas principales del libro: la insatisfacción causada por esos excesivos y, para según que personas, inevitables deseos. Y hacia el final de Crimen y castigo, me encuentro con que Dostoievski, al hablar de su protagonista, Raskólnikov, reflexiona del siguiente modo: “Tal vez la violencia de sus deseos le había hecho creer tiempo atrás que era uno de esos hombres que tienen más derechos que el tipo común de los mortales”. Obviemos a Nietzsche, coetáneo de Dostoievski. Cuando he dado con esta frase, por un momento he imaginado, casi visto, a Perec, con su cara de inventor chiflado, leyendo la novela del ruso y subrayando esta misma frase que tiempo después inspiraría otra que incluiría en su primera novela publicada en 1965 y que yo leería en el año 2008, en la edición de Anagrama de 1992, y de la que extraería la cita con que abro mi novela (y la segunda persona en que está narrada, dicho sea de paso). Una gilipollez, sin duda, pero este tipo de cosas me parecen fascinantes. 



Para terminar, quiero agradecer y recomendar la reseña que David Pérez Vega escribió en su blog Desde la ciudad sin cines sobre Los artistas. Se trata de una reseña escrita con inteligencia y honestidad, y esto es mucho decir.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Diario de un hombre cojo [4]


sábado, 10 de diciembre de 2011

Estamos de enhorabuena. Hoy es uno de los días más igualitarios del año, al menos en España. Hoy se enfrentan Real Madrid y F. C. Barcelona. Hoy todos los varones de este país y buena parte de sus mujeres se igualan a la baja, se vuelven igual de gilipollas. Este prodigio lo consigue un partido de fútbol. ¿No es maravilloso?
               Si no me creen, dedíquense a analizar, con espíritu cientificista, los comentarios que, antes y después, genera este partido.
               Ya sé, habrá quien, irritado, piense que me creo superior, que escribo desde una especie de púlpito moral, desde una pretendida superioridad intelectual, pero errará en su apreciación. Soy un ferviente defensor del igualitarismo; me vuelvo tan gilipollas como el mayor de los gilipollas. Procedo a demostrarlo.  
               Me encanta extraer reflexiones “filosóficas” (con perdón) de estos encuentros entre el Barcelona y el Madrid. Una de las cosas que más llama mi atención es que este Barcelona, que tiene sus cimientos en la colectividad, en el sistema, estando el grupo por encima del individuo, ha obtenido sus grandes éxitos gracias a la figura de un jugador como Lionel Messi (el mejor del mundo para los que entienden de esto). En cambio, el Madrid de la “pegada”, de las individualidades, de las estrellas mediáticas, está en su mejor momento desde que lo entrena Mourinho gracias a que ya empieza a jugar como un equipo. Ahora vendría que ni pintado mencionar a Aristóteles, pero no quiero perder a los pocos amigos que aún conservo.  
               Releo los párrafos anteriores. ¿Soy yo?  Sólo en parte. Noto el influjo de Fiódor M. Dostoievski y Thomas Bernhard. En realidad, no soy tan capullo. ¿Seguro? ¿No es posible que me reprima, que la mayoría de las veces me esfuerce por mostrar mi lado más amable? Es posible, pero ¿quién no se reprime?
No faltará quien diga que, de cada vez, menos personas se reprimen, afeando el mundo con toda su frustración y mala baba. Es  posible, pero no pienso abordar el tema. Nada sacaría en claro.
O tal vez sí, tal vez llegaría a la siguiente conclusión: que solo la frustración, la mala baba sacada con elegancia e inteligencia resulta interesante, productiva o, cuando no, divertida. Lo otro es pura mierda, sin más.
Por lo demás, todos nos creemos interesantes, inteligentes y divertidos… En fin.
¿Para esto inicié este diario?  Se me pasan por la mente palabras como exhibicionismo, enfermedad, inercia, aburrimiento, pasión o reconocimiento. Un puré intragable. Por fortuna, Dostoievski viene en mi ayuda. Leo en uno de los textos que integran su Diario de un escritor lo siguiente: “Mi situación es bastante imprecisa. Pero hablaré de mí mismo y por puro gusto, bajo la forma de este diario, y después que salga lo que salga”. En el párrafo siguiente, continúa: “¿De qué voy a hablar? Pues de todo lo que se me ocurra, o de lo que me haga pensar. Pero si encuentro un lector o –Dios me libre– un contrincante, ya sé que hay que saber sostener un diálogo y distinguir con quién y cómo se habla. Intentaré aprenderlo, pues entre nosotros, en literatura, esto es lo más difícil”.
               (Y pensar que esta mañana me desperté con la firme intención de escribir –para así tratar de analizarlo– sobre los más de cinco meses que llevo sin escribir un solo poema. Puto fútbol.)

miércoles, 26 de enero de 2011

Obsolescencia programada


Mientras me corta el pelo, Vicens, mi peluquero habitual, me cuenta que la otra noche vio un documental sobre la obsolescencia programada. Una posible conclusión que ofrece este trabajo sería la de que el homo-consumidor no es fruto de una evolución natural, sino víctima de una estrategia financiera a gran escala. En efecto, sólo dejo que me toquen la cabeza personas de un nivel cultural medio alto. El tema es que se siente impotente e indignado. Habla de la necesidad de una rebelión ciudadana. El problema, dice, es que tenemos hijos y no podemos permitirnos según qué. Se me ocurre que nosotros, los seres humanos, también somos un producto programado para no durar. Culpar a Dios o a la Naturaleza es una cuestión política o de estado de ánimo. De esta obsolescencia surge la melancolía, esta suerte de enfermedad necesaria. Dostoyevski (me estoy poniendo estupendo) decía que el hombre nunca renunciará al sufrimiento, es decir, a la destrucción y el caos. Aseguraba que el sufrimiento es la única causa agente de la conciencia. Estoy a punto de comentárselo, pero finalmente me abstengo. Demasiada digresión. Además, las tijeras que sostiene en su mano ejercen un efecto disuasorio. Filosofía de tocador, hablar del destino o el azar como quien habla de Messi o Ronaldo, entretener los minutos que el corte de pelo exige. Todo el arte nace de esta obsolescencia inherente a nuestra condición. Lo duradero, lo definitivo, son una obscenidad. Como dice Odo Marquard, el ser humano no es la especie del triunfo definitivo, sino la especie de una prolongada derrota, que tiene el deber de soportar. Compensamos nuestras carencias con pajas mentales de altura. Y todo esto por 15 euros. No está mal.

ULTIMA HORA, 25/01/11

lunes, 24 de enero de 2011

Algunas lecturas recientes: Fernando Savater, Odo Marquard, Jean Echenoz, Albert Camus, F. M. Dostoyevski, Unica Zürn, Alberto Olmos, Nadal Suau



La música de las letras (Sello Editorial), de Fernando Savater. Lo compré en el aeropuerto de Palma. Una urgencia. ¿Por qué Savater? Porque es un tipo simpático con cara simpática y porque se me antojaba ideal para el trayecto Palma-Madrid-Palma. No me decepcionó. Todas las frases o párrafos subrayados en el libro pertenecen a otros autores: Claudio Magris, Elias Canetti, Patrice Canivez… Uno de esos libros que, además de entretener, te llevan de la mano a otros libros todavía mejores. Gracias a Savater me hice con…

Filosofía de la compensación (Editorial Paidós), de Odo Marquard. Un librito que me tiene subyugado. Su lectura me ha convertido en un ferviente seguidor de la filosofía de la compensación. ¿Por qué? Por frases como ésta. “Ese ser carencial que es el ser humano compensa sus carencias físicas con la cultura”. O como esta otra: “Cuando los progresos culturales son realmente un éxito y eliminan el mal, raramente despiertan entusiasmo; más bien se dan por supuestos, y la atención se concentra entonces en los males que continúan existiendo. Así actúa la ley de la importancia creciente de los restos: cuanta más negatividad desaparece de la realidad, más irrita la negatividad que queda, justamente porque disminuye”. ¿Debo añadir algo más?

Correr (Anagrama), de Jean Echenoz. Libro que se lee del tirón, a la velocidad con que Emile Zátopek rebasaba a sus adversarios. Entretiene, no cae en la tentación del melodrama, te obliga –una vez concluida su lectura– a ir al Youtube para teclear el nombre del checoslovaco y contemplar su emblemática falta de estilo. Cosas de la empatía. En fin, una biografía (breve) que es mucho más que una biografía. Este libro conecta a la perfección con…

El hombre rebelde (Alianza Editorial), de Albert Camus. Uno de esos libros imprescindibles. Se recomienda alternar esta lectura con otras más ligeras. Camus, como Orwell, es uno de esos autores de izquierdas (socialistas de antaño) que la derecha actual adora. Ya sé que esto es simplificar mucho las cosas, pero yo siempre he sido un tío muy simple. Además, adoro a Camus y uno de mis libros favoritos es Rebelión en la granja. En fin. ¿Por qué he dicho que este libro y el de Echenoz conectan a la perfección? Creo que ya he dado suficientes pistas. Otro libro con el que podría conectar es…
.
.


Apuntes del subsuelo (Alianza Editorial), de F. M. Dostoyevski. Este librito está dividido en dos partes. La primera, “Subsuelo”, me parece brutal. Prueba de ello (quien no me crea, que se pase por casa) son los innumerables subrayados y anotaciones al margen que llenan sus páginas. Uno de sus mayores atractivos reside en la antipatía que despierta el personaje. Siempre me gustaron los protagonistas antipáticos, patéticos, abyectos, iracundos. Se trata de un reaccionario que 147 años después no ha perdido un ápice de vigencia. Clama contra la racionalidad, contra el empeño de algunos hombres en convertir a sus semejantes en piezas de un sistema perfecto. Lo que pasó con esos sistemas que tenían que traernos el Bien Común, la Perfección, obviando el carácter voluble e imprevisible del individuo, primando al Estado por encima de éste, es de sobra conocido. Seguro que el ruso, como los columnistas de El Mundo o ABC, clamaría contra la negativa de Francia a homenajear a Louis-Ferdinand Céline en el cincuenta aniversario de su muerte. En fin, es lo que tiene haber sido un cerdo (un cerdo cojonudo, todo hay que decirlo).

Primavera sombría (Siruela), de Unica Zürn. Librito desasosegante, tenebroso, que te arrastra y te empuja por la ventana ante la mirada incrédula de Hans Bellner. Ya se sabe: no hay mejor operación de marketing que un buen suicidio a tiempo. Mejor cuanto más escabroso. A continuación reproduzco un pasaje del libro: “Si él le diera un beso, se habría acabado el juego. Ella desea vivir siempre en la espera. Con el beso terminaría todo. ¿Qué puede venir después? Al segundo beso, todo se hace costumbre”. Una vida desgraciada y una obra intensa. ¿Ha de ser siempre así? Otra cita, si cabe, todavía más esclarecedora: “La vida monótona y protegida de la familia resulta aburrida, y todo está permitido con tal de mantener la emoción. La vida, sin la desgracia, es insoportable”. ¿No es puro Dostoyevski? Lástima que los callejones sin salida no resulten rentables a la hora de vivir…

El estatus (Lengua de Trapo), de Alberto Olmos. Tres amigos me hablaron de este libro. Dos de ellos no consiguieron pasar de la página 37; el tercero me dijo que no estaba mal. ¿Por qué Alberto Olmos? El marketing agresivo tiene sus recompensas. Seamos sinceros: me lo regaló una amiga. Con todo, El estatus viene a demostrar que hoy en día es más rentable cagarse en todo dios que limitarse a escribir. Una advertencia: el libro no está mal. Recuerda a la peli Los otros, es cierto, pero es que la peli de Amenábar está muy bien. Eso sí, una vez vista pierde toda su gracia.

Parapetos. Crítica literaria y cultural (2004-2008) (Lleonard Muntaner, Editor), de J. M. Nadal Suau. Una confesión: odio a Josep Maria. ¿Por qué? Sencillo: nació en 1980 y su cultura y sus lecturas (¿sinónimos?) triplican o cuadruplican las mías. En cantidad y calidad. Pensaba invitarle a tomar un café un día de estos, pero creo que voy a abstenerme. Mi amor propio y mi instinto de supervivencia así me lo aconsejan. ¿He disfruta con la lectura del libro? Mucho. Incluso cuando habla de autores que me interesan más bien poco o no conozco. ¿Algo a destacar? El horror que le produce el pensamiento dirigido, fácil, excluyente; su alergia al proselitismo; la elegancia de su pesimismo moderado; su amor incondicional por los libros, por la cultura no como mero entretenimiento. Algunas frases que le retratan: “La literatura, si lo es, nace de una pulsión trágica: y no hay tragedia mayor que la provocada por esta tensión: carne y espíritu, vida y muerte”. “Los libros, por su parte, militaron un día en el ámbito de la cultura, contraponiéndose a la naturaleza. Hoy, en el escenario vertiginoso de textura pixelada que nos acoge, las acacias y Homero se han reencontrado, bajo la batuta de Bach. Son todo ruinas”. ¿Su posicionamiento político? Algo así como moderación crítica. Lean esta sentencia: “El peor enemigo de los federalistas es… el nacionalismo periférico”. ¿Algo que no me haya gustado? Sí. Nadal Suau detesta el porno.

____________________________________________


¿Y poesía? ¿No he leído poesía últimamente? Sí, pero empiezo a estar cansado y me cuesta horrores comentar los poemas de otros. Me limitaré (tengo el día generoso) a recomendar algunos títulos:
Marimba. Antología personal, de Jorge Boccanera.
Museo de cera, de José María Álvarez.
Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters.