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martes, 10 de febrero de 2015

Hambre, Sed, Fuego. Tres poemas de Momentos estelares

Hambre


Me pasé el día leyendo Hambre, de Knut Hamsun.
El sol quemaba mis hombros y yo leía y veía a Hamsun
abrazado al cabronazo de Joseph Goebbels.
Aquella novelita me tenía hipnotizado.
Le di gracias al cielo por no haberla leído
con 18 años. De haberlo hecho,
probablemente me hallaría bajo tierra,
muerto por inanición artística,
como un aspirante a maldito
sin otro mérito que su propia defunción.

Mientras leía y dejaba que el sol
hiciera su trabajo, el hambre crecía en mi interior
como una víbora borracha.
Hambre, sí, pero hambre de qué.

Terminado el libro, lo cerré y me zambullí
en la piscina. Nadé con la esperanza de ser sólo
tormento muscular. El verano crepitaba.
Mi actividad acuática no hacía más que aumentar
el hambre que sentía,
que me devoraba por dentro como un ácido.

Ya en casa, recordé
que la gran novela del hambre
había sido escrita por un españolito anónimo
del siglo dieciséis. Pues sepa vuestra merced,
ante todas cosas, que a mí me llaman Lázaro de Tormes.
Pensé en un rostro áspero, con los dientes partidos,
repleto de cicatrices,
en Joseph Goebbels quemando la vieja Europa,
en todo lo que había hecho falta
para el surgir de la Literatura.

Tuve un instante de terror,
un segundo de vértigo inmedible.

Tenía que tranquilizarme,
el verano no había hecho más que empezar.
Quedaban muchos meses por delante
para intentar recomponer
la ciudad posnuclear
que era mi vida.

Pero el hambre, joder, no remitía.
La víbora mordía en lo más hondo.




Sed


La vida y sus momentos estelares.
Qué grandes fuimos y qué triste es todo
ahora. No me dejes esta noche
beber más. Todo brilla y todo duele
en un temblor descontrolado. Bebo
y no debiera. ¿Qué se hizo, dime,
de tanto amor y tanta sed? Aquella
sed era diferente, era sagrada,
sed de gigantes en la cuerda floja,
sed de Clyde Chestnut y de Bonnie Parker,
sed de un fulgor violento, irrepetible
como mi cuerpo de los dieciocho
años, como tu risa que ya nunca
escucho. Todo brilla y todo duele.
En esta noche inmensa, no me dejes
beber más. No me dejes. Tengo miedo.
Mi sed es diferente, es más oscura.
La vida y sus momentos estelares.
Qué grandes fuimos, Dios, qué grandes fuimos.




Fuego


En la mesa del bar, junto al café con leche,
la foto de una joven oficial comunista
de rostro impenetrable.
La imagino una vez concluido el desfile,
la «exhibición de fuerza», según la prensa occidental.
No siento inclinación por lo propagandístico.
Prefiero lo privado, la intrahistoria,
lo que ocurre después de las proclamas…
El rostro de esta joven oficial comunista,
ahora en todos los periódicos del mundo.

El paralelo 38 que divide mi mente y mis entrañas
en dos idiomas irreconciliables.
Los fórceps con los que extraigo estas frases suicidas
que nadie puede escuchar.
Este fuego invisible y poderoso que no hace rehenes
y que avanza incansable a través de los siglos
y mis piernas. Nada puede en su contra
el sobrevalorado amor de los hombres.
El fuego de Alejandría, el de la Bebelplatz en Berlín,
el de la plaza de Tiananmen, aquí al lado,
todos los fuegos son el mismo,
creímos poder controlarlo pero siempre se mantuvo
más allá de nuestros sofisticados
medios de control. Nace de nuestro miedo,
del hambre y la sed que nos engendran.
Su furia no conoce límites.

Cierro los ojos, dejo que el calor del verano
inunde mis pulmones mientras julio
aviva mi deseo con su aliento.
El rostro de la joven oficial comunista
sigue ahí, me produce ternura, la misma que producen
esos niños sicarios del submundo. Sospecho
que, de considerarme su enemigo,
me pegaría un tiro sin dudarlo.

¿No es esto, acaso,
lo que esperamos del Amor?




jueves, 8 de mayo de 2014

Puntos cardinales, un poema de Momentos estelares en la voz de Cristina Garrote

En el programa Todos somos sospechosos, de Radio 3.

Copio y pego de la web de rtve:

Tenemos sesión de Música y Poesía Malditas con Cristina Garrote al frente, hoy con el título "Síndrome de Estocolmo". El recorrido poético y musical de hoy se inspira en la película de Rodrigo Sorogoyen "Stockholm", pasearemos por la historia de esta peli, por los versos y canciones que nos trae Cristina y además descubriremos un nuevo clásico de la literatura de género con Yoli García.

Pues eso.

Te recomiendo el programa entero, pero si sólo te apetece escuchar el poema (que podría ser), puedes hacerlo a partir del minuto 09:55 tanto AQUÍ como AQUÍ.


Hasta pronto.

sábado, 29 de marzo de 2014

Momentos estelares en el proctólogo


Los libros de uno, que dan para lo que dan.

La crónica es de Juan E. Martín.

En un momento dice: “Mientras lo leo, en este caso, me produce la ilusión de que al cruzar uno de los asépticos quicios a los que me enfrento, en lugar del preceptivo anular en el ano voy a encontrarme una orgía con una doctora MILF y dos enfermeras breasted”.

Pincha AQUÍ si te apetece leerla en su totalidad. 

Se ha escrito tanto sobre el hecho de cruzar puertas…

Y sobre la perseverancia de la esperanza...

Y sobre los clavos ardiendo...

Bien, aún no son las diez. Me conviene trabajar un poco.

Antes quiero contar que el otro día quisieron saber mi opinión sobre el Neruda poeta, a lo que respondí que era más de Bertoni, por no abandonar el país de ambos poetas y también un poco por fastidiar.

Se ha escrito tanto sobre tantas cosas.

Feliz sábado.





lunes, 17 de febrero de 2014

Carlos Alcorta y Ben Clark escriben sobre Momentos estelares


A veces los lunes vienen cargados de cosas buenas. Hoy fue uno de esos lunes. Amanecí con la reseña que Carlos Alcorta le dedica a Momentos estelares. Me ha hecho especial ilusión que en ella hablara de los encabalgamientos. Soy así de raro. Hacia mediodía, saltó la alarma en el móvil indicándome que Ben Clark me había etiquetado en una publicación de Facebook. En su columna semanal 'Los lunes libro', escribe sobre Ahora solo bebo té (Pre-Textos, 2013), de Andrés Catalán, y sobre el libro de un servidor.


Dice Carlos Alcorta:

Los poemas de Cánaves son ricos en detalles, minuciosos en la descripción del escenario y del estado de ánimo del personaje que sirve de testaferro al poeta, capaz de desdoblarse en una prostituta caribeña, en otro poeta —José María Fonollosa o Roque Dalton— o en un sociópata que trata de vivir el día a día como si cualquiera de ellos fuera el último de su existencia («Otro día que puede ser el último», piensa al acabar una jornada desenfrenada). Pero más que victimismo, lo que esconden versos como éste es un deseo irrefrenable de apurar el instante, de ser, a pesar de todos los sinsabores y contratiempos, dichoso, como corroboran algunos versos del poema « Judy Minx a los 15 (frente al espejo)»: «Lo que cuenta es ser/ feliz, deja que sean otros los/ que lloran», versos que, por otra parte, nos sirven como ejemplo inigualable del uso magistral que Cánaves hace del encabalgamiento como método para resaltar esa fractura, esa incertidumbre que persiste entre el deseo y la realidad. Ya lo sabemos, las palabras resultan insuficientes para plasmar la expresión plena de la emoción, de un sentimiento, pero son el único instrumento de que dispone el poeta, por esa razón quizá sea inevitable reflexionar sobre su utilidad. «El pasaje secreto es un poema», escribe Cánaves, y me atrevo a especular que lo que esto significa es que lo misterioso, lo indecible es lo que constituye la propia escritura, lo que podemos adivinar en los espacios en blanco entre las palabras, no el itinerario más o menos evidente que el poema ensancha. El poema solidifica el tiempo, por eso escribe «Ahora escribo el poema/ y tú sigues ahí».


Dice Ben Clark:

En ellos [los poemas] Cánaves desgrana el tedio del día a día y reflexiona sobre las pequeñas redenciones que proporciona, a veces, la cotidianidad, el amor, las lecturas o el cine: «Le di gracias al cielo por no haberla leído / con 18 años. De haberlo hecho, / probablemente me hallaría bajo tierra, / muerto por inanición artística, / como un aspirante maldito / sin otro mérito que su propia defunción». La idea que contienen estos versos parece sobrevolar todo el poemario. El poeta agradece la madurez que le han proporcionado los años, la capacidad para dejar, hasta cierto punto, atrás a aquel joven que odiaba el blues y que hoy puede mirar a la vida con desconfianza pero a los ojos.


Ahora sólo resta agradecer, invitarles a que lean las dos reseñas y cruzar los dedos para que el día de hoy no se tuerza.


lunes, 10 de febrero de 2014

Momentos estelares en la prensa



Ultima Hora, domingo 9 de febrero de 2014.

Siempre que la prensa venga a retratarte, procura llevar puesto el chaleco salvavidas. 

martes, 28 de enero de 2014

DPV: «El tono de desencanto de “Momentos estelares”, su suave ironía y la nostalgia por la juventud hacen de él una obra de gran madurez»

David Pérez Vega ha escrito y publicado en su blog Desde la ciudad sin cines una reseña de Momentos estelares. En ella dice:

El propio Cánaves nos cuenta en su prólogo que con este nuevo libro se rompe el orden cronológico en el que hasta ahora se han ido publicando sus poemas. Aquí se incluyen composiciones que están escritas antes de la publicación en 2011 de Limpieza y absorciónMomentos estelares está formado por cuarenta poemas escritos entre 2008 y 2013. Cánaves, en correos electrónicos, me comentaba que le preocupaba que los poemas de este libro no terminaran de cuajar como una unidad con entidad propia. Pero, como le dije a él en privado y hago ahora en público: en realidad no hay ninguna sensación de discontinuidad en el libro, y ciertamente la variedad de enfoques y temas le da fuerza y consistencia.De hecho, y lo digo desde ya, Momentos estelares me parece, junto con Al fin has conseguido que odie el blues, el mejor poemario de Javier Cánaves hasta la fecha. Y posiblemente, el tono de desencanto de Momentos estelares, su suave ironía y la nostalgia por la juventud hacen de él una obra de gran madurez.

Si te apetece leer la reseña entera, puedes hacerlo AQUÍ.

Yo y mi madurez nos vamos a la cama.

Buenas noches.



miércoles, 22 de enero de 2014

Este cochino ladrón. Algo sobre Momentos estelares

A todos nos llega el momento nada estelar del autobombo. Los hay, incluso, que somos reincidentes. Tal vez pensaba en este tipo de cosas Artaud cuando dijo lo de la cochinada. No sé, estoy hablando de memoria. No importa. Simplemente quería decir que me hizo mucha ilusión leer lo que Pedro Andreu escribió una vez finalizada la lectura de Momentos estelares. Tanta ilusión me hizo el comentario (vertido en Facebook) que he decidido traerlo aquí. Ya sé: soy un cochino. Sabrán perdonármelo las cincuenta o sesenta personas que recalen en esta entrada. En fin, Pedro, gracias por tus palabras. Y perdona a este cochino ladrón:

“Ayer noche disfruté de los Momentos estelares de Javier Cánaves. Un poemario que hace juicio a su título, con algunos poemas inolvidables, francamente "estelares". Leer a Javier es un gustazo que a veces me provoca incluso envidia. Sus versos cada vez destilan más una mezcla difícil de compleja sencillez y oscuridad luminosa, una ironía afilada como un cuchillo japonés, un juego de referencias metaliterarias que nunca resultan artificiosas... Enhorabuena, Javier Cánaves por un libro tan desnudo y perfecto que parece sencillo como una piedra, como una pedrada en los dientes del alma. Un poemario tan trabajado y profundo, pero que, sin embargo, se muestra tan desnudo (sin apenas arquitectura interior, sin división en partes, sin...) no es algo fácil de conseguir. Nada fácil. Pero él lo logra”.

Para rematar la entrada, meto aquí el enlace al blog Insólitos, administrado por Joaquín Piqueras, donde puede leerse un poema de Momentos estelares, concretamente el titulado:



Besos. 

domingo, 5 de enero de 2014

Pequeño diario de Momentos estelares (a modo de introducción)


Dom, 05/01/14.- Inicié este pequeño diario previo al envío a mi editor de la versión definitiva de Momentos estelares con la intención de hacerlo servir de prólogo. Finalmente, siguiendo los consejos de un amigo poeta y mis propias inclinaciones, acabé desechando la idea. Si ahora caigo en la debilidad de publicarlo aquí es porque esta noche de domingo, al releerlo, he creído encontrar en él varias ideas o reflexiones no del todo estúpidas.


Bienvenidos a mi pequeña y desordenada cocina literaria.


viernes, 08 de marzo de 2013

Algo que vengo pensando últimamente. Se trata de un propósito y un deseo: abandonar la poesía antes de que ella me abandone a mí. Disponer de la clarividencia suficiente para detectar, llegado el caso, tal abandono.


viernes, 12 de abril de 2013

Cualquier año, cualquier fecha, pueden constituirse en ecuador de nuestra vida, pues –por fortuna– no nos he dado conocer el día de nuestro final. Pese a esta obviedad, y haciendo gala de una capacidad de sorpresa e innovación más bien pobres, en mi imaginario siempre situé los cuarenta como un punto de inflexión en mitad del camino, un momento ideal para detenerse y reflexionar sobre todo lo andado. No se asusten. No voy a volcar en estas hojas el fruto de mis cavilaciones de cuarentón, entre otras cosas, porque tales cavilaciones todavía no se han producido. Tal vez se deba al hecho de no haber cumplido aún los cuarenta, por lo que técnicamente no puedo ser considerado un cuarentón. Faltan algo más de cuatro meses para ingresar con todos los honores en tan selecto club. Hasta que esto ocurra, debo ultimar los preparativos de mi boda, acondicionar una de las habitaciones de la casa para la que será mi segunda hija y escribir esta especie de exordio innecesario y autoimpuesto –además de acometer las últimas correcciones de los poemas reunidos bajo el título Momentos estelares.
   Por una especie de superstición barata, impropia de alguien que se considera un ser racional, he decido que este libro contenga cuarenta poemas. Me siento atraído por esta idea: un libro de cuarenta poemas en el año de mi cuadragésimo aniversario, un libro que a la fuerza ha de suponer un punto de inflexión, una especie de despedida parcial.
   El problema surge porque, a fecha de hoy, el libro consta de cuarenta y cuatro poemas. O sea, voy a tener que prescindir de cuatro.


sábado, 13 de abril de 2013

Se me hace difícil entrar en poemas escritos cuatro o cinco años atrás. El tiempo transcurrido modifica la relación que mantengo con ellos. Me acerco a estos poemas, los más antiguos, como si fueran de otro. En realidad, ya son de otro. Este otro, sin embargo, guarda un vago pero indudable parecido conmigo. Esta semejanza posibilita mi intervención. A la fuerza, esta intervención ha de ser mínima.
   Por lo demás, poemas como el titulado “Dos” me colocan en una tesitura algo complicada, por citar una de las discrepancias más flagrantes halladas en el libro respecto al que soy hoy. Parece decir, desde su sencillez y contundencia: ahora tienes que comerte las palabras que escribiste. Haberlo pensando mejor.
   Éstas son cosas que pueden suceder cuando uno no se imagina la poesía –estoy parafraseando a Michel Onfray– sin la novela autobiográfica que la hace posible. Si, para colmo, uno no se preocupa en exceso por disfrazar esta novela, entonces no le queda más remedio que pasar algún que otro apuro.


domingo, 14 de abril de 2013

Le doy vueltas a esa idea de despedida parcial de la que hablé el viernes. En uno de los poemas que integran Momentos estelares, sostengo que todos los seres sensibles y civilizados fantasean con la autodestrucción. Una variante de la autodestrucción –más asequible e igualmente prestigiada– es la renuncia. Todo escritor, alguna vez, ha fantaseado con que dejaba de escribir y que tal abandono contribuía, de manera decisiva, al ingreso de su nombre, junto al de todas las obras que perpetró antes del autoimpuesto silencio, en ese lugar escurridizo y sagrado llamado Olimpo Literario. Yo, que nunca he sido una excepción de nada, también pasé por tan manoseado trance. En mi caso, se trataba de un abandono parcial, pues, en momentos de soledad y dudas, me aseguraba a mí mismo (como una Scarlett O’Hara con mucho menos glamour) que jamás volvería a escribir poesía. De hecho, llegué a redactar una suerte de carta de despedida que todavía conservo y que releo cada cierto tiempo para recordarme no sé muy bien el qué:

Un escritor de novelitas breves y defectuosas, esto es todo lo que quiero ser. Se acabó la poesía para mí. Tuvo su momento, pero ya es historia. Como aquel traje marrón claro con que fui a recoger el premio Hiperión, hace ya varios siglos. Como la vida de eremita enamorado y medio loco que una vez me propuse vivir. Novelitas en las que algo falla, que –como un tupper deformado por el uso– no terminan de cerrar bien. Novelitas que destiñen, que no conocerán promoción ni grandes almacenes. Novelitas que se irán publicando en editoriales que subsisten gracias a la dudosa fe de amigos y familiares, sin prestigio ni buena distribución. Eso es todo. Un objetivo asumible. Un chiste que nadie llega a comprender. Un escritor de novelitas breves y defectuosas, alguna incluso medio enigmática. Se acabó la poesía para mí. No diré que tuve el don, tampoco que lo perdí. Estas son cosas que suceden. Cada día un poeta deja de serlo. Cada día se escribe un último poema. Mi último poema es una cagada reseca en el parabrisas de un coche abandonado. Se acabó todo aquello, es historia. Estuvo bien. Hubo aplausos, abucheos, más preguntas que respuestas. Ahora cae el telón. No hay público en las gradas. En realidad, ni siquiera hay gradas. Estoy a solas con mi pequeño proyecto. Un proyecto de mierda, pero no importa. Lo acaricio en el lomo mientras tecleo este epílogo con cara de epitafio. Un escritor de novelitas breves y defectuosas… Si le echas imaginación, es posible que encuentres destinos más irrisorios.


lunes, 15 de abril de 2013

De ordenar cronológicamente los poemas que integran este libro, tal vez pudiera verse (y remarco lo de tal vez) una evolución, una tendencia hacia unas formas determinadas, pero finalmente me he decantado por no seguir el criterio cronológico a la hora de ordenar los poemas, entre otras cosas, porque ignoro la fecha en que muchos de ellos fueron escritos. Lo que sí puedo decir es que los más antiguos datan del año 2008 y los más recientes (concretamente, dos) de principios de 2013. Pienso que no sería desacertado decir que esta recopilación de poemas constituye una especie de antología, algo así como los momentos estelares (estoy siendo irónico) de mi escritura poética de los últimos tiempos. 
   No son, ni mucho menos, todos los poemas que he escrito en estos algo más de cinco años.
   En gran medida, estos poemas son los supervivientes de otros proyectos que no llegaron a concretarse, de ahí ese aire heterogéneo que respira el conjunto. Precisamente, este aire heterogéneo es una de las cosas que más me gusta de este poemario.
   Por cierto, acabo de decidir mi primer descarte. Se trata de ese poema en que sostengo que todos los seres sensibles y civilizados fantasean con la autodestrucción. El hecho de haber hablado explícitamente de él en este diario, ¿habrá contribuido a su supresión? Quién sabe. Ahora ya sólo me queda defenestrar a tres de mis hijos.


martes, 16 de abril de 2013

Precisamente, uno de esos proyectos que no llegaron a buen puerto (o sí, porque probablemente no existía mejor puerto para ese proyecto que la carpeta “Inéditos” del disco duro de mi ordenador, salvo quizá la nada a la que aboca la eliminación definitiva del archivo) arrancaba con una cita de Richard Brautigan, extraída de su libro June 30th, June 30th…: “La calidad de los poemas es irregular pero los he impreso todos porque son un diario que expresa mis sentimientos y emociones en Japón y la calidad de la vida es a menudo irregular”. Me propuse reunir todos los poemas, debidamente fechados, escritos durante un año. No podía haber descartes. Esos poemas, buenos y malos, debían ser testimonio fiel de mis sentimientos y emociones no en Japón, sino en Palma. Literatura viva, debí pensar en un arranque de ingenuidad peligrosa. Si la cosa finalmente no resultó, pienso que se debe al hecho de haberme forzado a escribir esos poemas, es más, de haberme forzado a escribirlos pensando en el resultado que perseguía: ese aire medio despeinado, más o menos casual. Se me olvidó algo sagrado para todo poeta: cuando la poesía dice no, es no; ella impone los modos y la cantidad.
   Y me quedé sin poder emplear la cita de Brautigan. Una pena.


miércoles, 17 de abril de 2013

Desde el lunes vengo pensando en lo que escribí sobre el aire desigual del conjunto. La justificación (como si tal cosa debiera justificarse) recaía en el hecho de que, inicialmente, estos poemas pertenecían a proyectos diversos en fases diferentes de mi vida. Fracasados estos proyectos, decidí rescatar los poemas que, según mi criterio, merecían otra oportunidad. ¿Resultaría muy evidente a ojos de un lector que no fuera yo? ¿Le molestaría tal circunstancia? Al fin y al cabo, la calidad de la vida es a menudo irregular… Pero no, la irregularidad de la que habla Richard Brautigan hace referencia a la calidad de los poemas. Este tipo de irregularidad resulta inevitable. ¡Es imposible detentar siempre la misma inspiración, disfrutar siempre de la misma suerte! La irregularidad a la que me refiero es de otra índole: habla de la disparidad formal entre muchos de los poemas, como si el libro fuese obra de tres o cuatro poetas diferentes y no de uno solo. ¿Me faltará personalidad? ¿Careceré de voz propia?  
   Recuerdo que en mis inicios como poeta, cuando no era más que un grosero imitador que ni siquiera llegaba a epígono (lo que corresponde, salvo que seas Rimbaud), este asunto, el de la voz propia, me tenía muy preocupado. ¿Cómo la adquiriría? ¿Residía ya en mí? Y, en caso de poseerla, ¿qué debía hacer para perfeccionarla?
   Tanta teoría puede resultar paralizante. La poesía, para mí, siempre ha sido un asunto más vivencial que teórico. Uno aprende, perfecciona su manera de escribir, leyendo poemas de otros y no manuales o ensayos. La vida se encarga del resto.
   Un día me encontré con esta frase de De Kooning: “El estilo es un fraude”. Fue toda una sacudida. De un plumazo, me sacó de encima esos miedos que me impedían ser lo que en realidad soy: muchos. Y si no muchos, sí más de uno. Tiempo después, Will Oldham se unió a la causa y me dedicó estas palabras: “No creo en aquello de despertarse cada día y ser siempre lo mismo; mejor despertarse y estar en el proceso de convertirse en algo”. Las interpreté, claro está, de la manera que más me convenían. Como se hace con las predicciones de los horóscopos o los test de personalidad.
   Ahora, obviamente, empleo estas palabras para justificar el tono desigual de los poemas.
   Yo soy varios.


jueves, 18 de abril de 2013

Antes de sentarme a escribir, me gusta leer un rato. Vendría a ser el equivalente a los estiramientos previos de los deportistas. Cuando ya siento las palabras cerca de la punta de los dedos, abandono el libro que tengo entre las manos y me pongo a teclear. Por un azar de blogs y libros, he pasado parte de la tarde de hoy leyendo sobre Serguei Esenin (se ahorcó), sobre Vladímir Mayakovski (se pegó un tiro) y sobre Alfonsina Storni (que ya lo cuenta la canción). Lucía un sol magnífico, todavía soportable, y yo, como en un juego macabro y sugerente, saltando de suicida en suicida… Para que luego digan que no sé aprovechar las tardes.
   Desde el pasado viernes, este pequeño diario ocupa más espacio en mi mente que el destinado a la revisión de los poemas. Si no me pongo serio, corro el riesgo de perder el control sobre estas palabras introductorias. Por mucho menos, he acabado escribiendo una novela.


viernes, 19 de abril de 2013

Hoy me puse serio. A veces no queda otra. Me despojé de mi sentimentalismo (en esta fase está de más) y les di la estocada final a tres de los poemas. Curiosamente, uno de los escogidos ha sido el poema titulado “Dos”, del que hablé el pasado sábado. Se ve que a los poemas no les sienta bien que el propio autor los mencione en el prólogo. Ahora tengo a los cuarenta supervivientes resoplando de alivio. Curiosamente, su condición de supervivientes los desprotege, hace que, a partir del momento de su publicación, puedan ser vapuleados sin piedad. También amados, claro. Esta última posibilidad justifica cualquier libro de poemas.


jueves, 20 de junio de 2013

Acabo de realizar la última revisión antes del envío a imprenta del libro. No pensaba, a estas alturas, efectuar ninguna modificación sustancial. Para mi sorpresa y desconfianza, he corregido una buena cantidad de versos. Me parece increíble. ¿Cómo no he podido darme cuenta hasta hoy? ¿Habrán contribuido a mejorar los poemas estas últimas correcciones? ¿Eran necesarias? No lo sé. No pienso volver a los poemas. Se acabó. Solo me queda desearles suerte y ratificar el propósito y el deseo con que inicié este pequeño diario.
   Ahora deben hablar los poemas.





Finalmente, Momentos estelares fue publicado por la editorial Baile del sol en diciembre de 2013. Si estás interesado en él, puedes adquirirlo AQUÍ, o solicitándolo en tu librería habitual.


martes, 24 de diciembre de 2013

Sobre Momentos estelares: “Creo que es un poemario aglutinador, de final de camino”

Hace unos días, Inma Luna me pasó por mail seis preguntas sobre Momentos estelares. El domingo 22 publicaron la entrevista en el blog de Baile del sol. La traigo aquí por si a alguien interesa lo que cuento.  

-Tu nuevo poemario nos invita a descubrir "Momentos estelares", ¿con qué intención?  
La intención no varía de un poemario a otro, al menos en mi caso. Busco provocar en los lectores lo que otros autores provocaron en mí: desde un momento de placer estético hasta ese otro mágico de reconocimiento y golpe, ese leerse a uno mismo en versos de otro. Supongo que todo libro, todo poema, busca su lector ideal. No concibo otra intención.


viernes, 6 de diciembre de 2013

Sed, un poema de Momentos estelares


Se trata del quinto poema del libro. De él extraje el título. En breve lo tendré en casa.

Aprovecho la ocasión para traer aquí una anotación de mi diario realizada el sábado 13 de abril de este año y que hace referencia al proceso de revisión de los poemas que finalmente integraron Momentos estelares:

Se me hace difícil entrar en poemas escritos cuatro o cinco años atrás. El tiempo transcurrido modifica la relación que mantengo con ellos. Me acerco a estos poemas, los más antiguos, como si fueran de otro. En realidad, ya son de otro. Este otro, sin embargo, guarda un vago pero indudable parecido conmigo. Esta semejanza posibilita mi intervención. A la fuerza, esta intervención ha de ser mínima.