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miércoles, 30 de noviembre de 2016

De artistas, vértigo y adicciones

Los artistas (Baile del sol, 2011)


Dice Jimy Ruiz Vega con motivo de su lectura de Los artistas:

"Los artistas es un libro breve, lírico e intenso, una estupenda novela que tiene puestas las bisagras narrativas en la autoficción y sus goznes literarios en la difícil tarea de la creación artística y su reconocimiento. La adicción a ese vértigo conlleva incluso quemarse gozosamente".

Han pasado cinco años desde su publicación, ocho desde que finalicé su escritura.

En su día escribí (principios de 2012):

De todos modos, me apetece añadir que Los artistas forma parte de una trilogía. Esta trilogía (soy poco original, lo sé) se asienta sobre, como diría Kundera, la continuidad del mismo tema. Este tema no es otro que el de la Huida. En La historia que no pude o no supe escribir, me centro en lo que sucede tras esa huida, es decir, en la búsqueda que acontece después de que el protagonista rompa o crea romper con sus asfixiantes circunstancias. En Los artistas, trato de explicar los motivos (oscuros) que llevan al protagonista a desear la huida. Aquí me centro en las semanas previas a esa huida liberadora y, cómo no, engañosa. En Piscinas iluminadas, todavía no publicada, la huida física ya no es posible, por lo que el protagonista se ve forzado a la huida mental, es decir, a través de la imaginación, algo mucho más peligroso, sobre todo en una mente enferma como la suya. 

Puedes leer la reseña completa pinchando AQUÍ.


lunes, 9 de enero de 2012

Diario de un hombre cojo [21]


lunes, 09 de enero de 2012

Acabo de releer lo que ayer escribí. Imagino lo que Jaime Castell diría: «es demasiado fácil, de una vaciedad espantosa; es disimular de la peor manera la ausencia de discurso propio». ¿Discurso propio? ¿Alguien, a estas alturas, tiene discurso propio? (Esto lo diría para fastidiar, para dar inicio a una de esas discusiones desquiciantes, sin solución posible). Yo hablaría, más bien, de grados de disimulo. Pero no, no quiero establecer aquí, ahora, un diálogo con el poeta. Dejaré que se explaye (ya veremos) en su próxima cita con Sancevá. Pero sí querría añadir algo a lo escrito el domingo, algo que me parece de una obviedad apabullante: que un escritor hable o no de sí mismo carece de importancia. Uno puede detestar hablar de sí mismo del mismo modo que a otro puede encantarle. ¿Importa algo? Lo fundamental es cómo cuentes eso que quieres contar, es decir, la forma. (En este punto, Dovtálov, Kundera y Levrero parecen estar de acuerdo). O sea, que si a un escritor le da por narrar una mudanza, por poner un ejemplo, lo importante no es la existencia real, fuera de las páginas, de esa mudanza, ni lo que el escritor piensa verdaderamente de las mudanzas, sino la gracia con que esa mudanza es narrada. Al final, si el escritor es bueno, si tiene verdadero talento, se dejará llevar por la magia del relato (vuelvo a emplear la palabra magia, debería hacérmelo mirar), es decir, dará prioridad a lo que el relato imponga y no a lo que imponga la biografía, el hecho anecdótico narrado, su opinión sobre el asunto. Y no, no veo ninguna contradicción. La literatura, siempre, antes que testimonio, antes que memoria, es literatura, por muy autobiográfica que sea. Dejo la cuestión.
               Siguen los paralelismos con La novela luminosa. En sus páginas, Levrero habla de Onetti, Beckett y Bernhard, tres nombres mencionados a lo largo de este diario. Quizá debería abandonar la lectura de este libro. Empiezo a estar paranoico. 
               Bueno, la mención de Onetti es incidental. Hace referencia al aspecto físico del también escritor uruguayo en sus últimos tiempos, cuando permanecía encamado. La mención de Beckett tampoco tiene mayor importancia. Habla un poco de sus cuentos, que yo no he leído, si bien más adelante Levrero apunta la posibilidad de releer Malone muere. Recuerdo aquí que cuando hablé de crear un plano ficcional, el plano en que se mueven Sancevá y compañía, mencioné expresamente esta novela del autor irlandés. Pero lo que ha hecho que saltaran todas las alarmas y me diera por emplear la palabra «paranoico» ha sido la mención de Bernhard, concretamente, la de su novela El sobrino de Wittgenstein. Levrero la lee y, sin negar la fuerza y la calidad características del austriaco, dice que en esta obra «se nota un cierto desgaste, ¿cómo decirlo?: una especie de cansancio». Yo no empleé tales palabras al hablar de El sobrino de Wittgensteis, en cambio dije que, tras leer su pentalogía autobiográfica, ya nada podía estar a la altura, si bien esto no significaba que el libro en cuestión no fuera un gran libro. 
               Sí, tal vez exagero las cosas, tal vez no sea para tanto. Al fin y al cabo, los autores mencionados son autores mundialmente reconocidos. Hasta cierto punto son normales tales coincidencias. Por otro lado, siento que contarlo me ha hecho bien. Me he vuelto a quitar un peso de encima.
               No olvido que tengo que decidir si cuento alguna de esas semejanzas que, a raíz de la lectura de La novela luminosa, han ido surgiendo entre mi vida y la del uruguayo. Imagino que son detalles sin importancia, pero no puedo dejar de sentir extrañeza. Tal vez, si cuento alguna de esas semejanzas… El problema es que la más llamativa tiene que ver con mi vida sentimental. Decidido, voy a hacerlo. A lo largo de su libro, Levrero cuenta alguno de los sueños que tiene para después lanzarse a su interpretación. Es un juego que yo casi nunca he practicado, entre otras cosas, porque casi nunca recuerdo lo que sueño. Pero ocurrió que ayer por la mañana fui impelido a interpretar un sueño que yo no había soñado pero del cual era el protagonista. La que vengo llamando la mujer de mi vida me telefoneó para contarme que había soñado conmigo. Esto, inmediatamente, me puso a la defensiva. En el sueño, yo estaba muerto. Ella acudía al velorio, concretamente, se encargaba del cuidado de Floriane. Curiosamente, yo estaba presente en mi propio funeral. Sentado en primera fila, contemplaba silencioso el ataúd granate en donde me hallaba. Pese a estar ahí, sentado, a la vista de todos, no había duda de que yo estaba muerto. El sueño seguía, pero he olvidado cómo. Quero decir: me contó algo más, pero ya no lo recuerdo. Sé que sacaban el ataúd del lugar donde se celebraba el velorio. Lo que no me dijo o he olvidado es si yo ayudaba a transportar mi propio ataúd. Mi interpretación fue la siguiente: la mujer de mi vida quiere olvidarme, necesita alejarme de su vida, al menos es lo que le aconseja la parte racional de su cerebro (y alguna que otra amiga irracional), sin embargo, se ve incapaz de hacerlo. La presencia de Floriane (Floriane quería muchísimo a la mujer de mi vida) simboliza los buenos recuerdos, la calidez, todo lo maravilloso que vivimos juntos. En suma, la posibilidad de un futuro. En cambio, mi propia presencia, una presencia fría, casi irreal, distante, es la manera en que el subconsciente le recuerda cómo pude llegar a ser, o sea, cómo puedo llegar a ser: alguien frío, solitario, egoísta y sin corazón. Uf. Lo dejo. Debería volver al plano ficcional. Sancevá aguarda, pero no. Antes quiero solventar otro asunto.
               Un día después de que hablara de los cuadros de Salva Ginard, esto es, el sábado 7 de enero, recibí un mail de éste con las dos imágenes comentadas.  No vi este correo hasta el domingo 8, es decir, ayer, una vez publicada la entrada del diario. Ahora que vuelvo a ver las imágenes, no tengo nada que añadir a lo que dije sobre el cuadro masculino. Se me ocurre, eso sí, que, de acabar publicado este diario en papel, podría ser una magnífica imagen para la portada. Fuerza y soledad, me gusta. Respecto a la segunda imagen, me gustaría añadir (y esto supone, creo, una reinterpretación de lo dicho el viernes) que la mujer parece amordazada por su propia tristeza, como si algo que no vemos, pero que está allí, la confinara en una soledad que la desgasta, que la embrutece, que la destruye poco a poco, en silencio.
               Otra vez vuelvo a postergar el plano ficcional, pero no puedo dejar de aclarar, de comentar, ciertos aspectos de mi vida. Espero que Kundera pueda perdonarme.




domingo, 8 de enero de 2012

Diario de un hombre cojo [20]

domingo, 08 de enero de 2012

He seguido leyendo La novela luminosa. Hay ciertas semejanzas, ciertos paralelismos con este diario que me asustan. No, no es que me asusten, digamos que me incomodan. Alguien podría creer que este diario pretende ser algo parecido a la magnífica novela de Levrero, pero no es así. Como dije, inicié su lectura una vez finalizada La montaña mágica. Por otro lado, parece que ciertos aspectos de mi vida actual, como consecuencia de la lectura de este libro, se vayan asemejando a ciertos aspectos de la vida del uruguayo. Es el efecto mágico de la literatura. Y que conste que, a un tipo descreído como yo, le cuesta muchísimo utilizar la palabra magia. Veremos si me animo a narrar alguna de estas semejanzas.
               Estas semejanzas tienen que ver con mi vida privada, diría que sentimental, y no quiero incomodar a nadie con este proyecto. Aquí, vuelvo a repetirlo, se trata de ahondar en mí, de conocerme mejor para así poder vencer mis miedos. Ya sé que para ahondar en uno mismo, en ocasiones es necesario involucrar a otras personas. Bueno, utilizaré alguno de los típicos trucos de escritor. Hablaré de cosas que ocurrieron hace tiempo, cambiaré nombres, lugares, etc., o pondré ciertas dudas o problemas en la cabeza de los diferentes personajes. ¿No es lo que he hecho hasta ahora? En la medida de lo posible, intentaré no incomodar a personas queridas que puedan leer este diario.
               Como decía, he seguido leyendo La novela luminosa. En la página 75, me encontré con la siguiente afirmación, la cual me apresuré a subrayar: «Cuando uno es joven e inexperto, busca en los libros argumentos llamativos, lo mismo que en las películas. Con el paso del tiempo, uno va descubriendo que el argumento no tiene mayor importancia; el estilo, la forma de narrar, es todo». Junto a estas palabras, en bolígrafo azul (el mismo que utilicé para subrayarlas), escribí el nombre de Dovtálov. Fue inevitable recordar lo que el ruso decía al evocar la juventud de su primo en la novela Los nuestros: «Él en cambio era un joven virtuoso y tímido. La coquetería femenina lo abrumaba. Me acuerdo de las frases que apuntaba en su diario de estudiante: Lo principal en un libro y en una mujer no es la forma sino el contenido… Incluso ahora, después de las incontables decepciones de la vida, este planteamiento me parece algo triste. A mí, como antes, sólo me gustan las mujeres guapas». Así, satisfecho por la coincidencia y por el hecho de que el uruguayo y el ruso, dos autores que aprecio mucho, me dieran la razón (cada uno a su manera) en algo que siempre he defendido, decidí acometer el final de El arte de la novela, de Milan Kundera. Al poco de proseguir su lectura, di con este párrafo (que no subrayé ya que el libro es de mi amigo Juan Payeras): «El novelista no hace demasiado caso a sus ideas. Es un descubridor que, a tientas, se esfuerza por desvelar un aspecto desconocido de la existencia. No está fascinado por su voz, sino por la forma que persigue, y sólo las formas que responden a las exigencias de su sueño forman parte de su obra». Volví a sonreír. Parecía que todo el mundo se había puesto de acuerdo. Pero la felicidad, como es sabido, es pasajera, y el señor  Milan Kundera, un cabrón de mucho cuidado. Supongo que tanta coincidencia le molestaba, por eso decidió meter algo de cizaña. Para contradecir a Levrero y, ya de paso, a mí, para meterse con la concepción literaria que rige la escritura de esta novela-diario, el checo cabrón asegura que el rasgo definitivo del verdadero novelista estriba en que no le gusta hablar de sí mismo (*). Dice: «Según una famosa metáfora, el novelista derriba la casa de su vida para, con los ladrillos, construir otra casa: la de su novela». Entonces, estas más de 40 páginas que llevo escritas en un documento Word, ¿no son una novela? ¿Es que el verdadero novelista no puede hablar de sí mismo y sólo de sí mismo? Para animarme, ya que Kundera había conseguido ensombrecer mi humor, releí otro de los pasajes subrayados de La novela luminosa. Dice así: «Amigo lector: no se te ocurra entretejer tu vida con la literatura. O mejor sí; padecerás lo tuyo, pero darás algo de ti mismo, que es en definitiva lo único que importa. No me interesan los autores que crean laboriosamente sus novelones de cuatrocientas páginas, en base a fichas y a una imaginación disciplinada; sólo transmiten una información vacía, triste, deprimente. Y mentirosa, bajo ese disfraz de naturalismo. Como el famoso Flaubert. Puaj». En fin, tal vez no haya tanta contradicción como creo ver. Tal vez se trate de un asunto de matices. Tal vez, si uno habla de sí mismo, sin tapujos, en una novela, inmediatamente se convierte en personaje y, por lo tanto, ese material biográfico empleado, obvio, de algún modo se transforma, se reelabora, para ajustarse así a las formas que responden a las exigencias del sueño del escritor. Por otro lado, tampoco creo hablar tanto de mí… Pienso que lo mejor es dejar el asunto aquí, no profundizar. Esto no pretender ser una obra profunda. Es, ya dije, una terapia. Además, ya va siendo hora de volver a Pedro Capllonch, el cual ya contó el primero de sus relatos. Cecilia Polsen ya no está con él. Todavía no se ha acostado. ¿Qué ha estado haciendo? ¿Se ha sentado a escribir? ¿Por qué no? ¿No era este su objetivo, escribir sus memorias? La prostituta hace de conductor de los recueros. Le resulta más fácil evocarlos si alguien lo escucha. Una vez solo, se sienta y escribe. A diferencia de su estilo oral, su escritura es directa, despojada. Emplea frases breves y muy pocos adjetivos. Casi parece un resumen esquemático de lo que contó a Cecilia. Medio folio le basta. Con todo, se ha demorado bastante. Entre frase y frase, dormitaba o recordaba. Se perdía por esas rendijas que su relato había abierto. Empieza a amanecer cuando escribe la última línea. Un mundo con mala resolución, granulado, gris, se agazapa tras la ventana. La tentación de un último cigarro antes de echarse a dormir lo roza levemente. Deja el cuarto en el que está y se dirige a la cocina. Pese a que no tiene hambre, abre cajones en busca de algo que llevarse al estómago. Finalmente, opta por prepararse un café. Sale a la terraza. La visión de la piscina le resulta decepcionante. Alcanza el vaso en el que hace unas horas bebía Cecilia Polsen. Examina los bordes en busca de restos de carmín o saliva. La huella de sus labios sobre el cristal lo enternece unos segundos. Deja el vaso sobre la mesa, se desprecia sin convicción por su sensiblería y regresa al interior de la casa. Ya en la cama, imagina a Cecilia a su lado. «Hacerse viejo es volver a la niñez, pero sin ese exceso de vitalidad. Se reblandece la mente, nos tornamos previsibles, débiles y patéticos. Esto no es más que un capricho, nada, y, sin embargo, tiemblo y abrazo la almohada pensando en Cecilia Polsen. Seguramente lo sabe, pero no me importa. Forma parte del juego».

(*) Para fortalecer su argumento, Kundera recurre a lo que otros escritores dijeron sobre este asunto. Entre los citados, se encuentran Flaubert (¡otra coincidencia!) («El artista debe hacer creer a la posteridad que no ha vivido»), Maupassant («La vida privada de un hombre y su aspecto no pertenecen al público»), Hermann Broch (refiriéndose a Musil, a Kafka y a sí mismo: «Ninguna de los tres tiene verdadera biografía»), Karel Capek (que al ser interrogado por los motivos por los cuales no escribía poesía, respondió: «Porque detesto hablar de mí mismo»), Nabokov («Detesto meter la nariz en la valiosa vida de los grandes escritores y jamás levantará un biógrafo el velo de mi vida privada»), Italo Calvino (que no dirá a nadie nada sobre su vida privada) y Faulkner (que desea «ser anulado en tanto que hombre, suprimido de la Historia, no dejar huella alguna, nada más que libros impresos»).

viernes, 30 de diciembre de 2011

Diario de un hombre cojo [15]

viernes, 30 de diciembre de 2011

«Mientras las poesía o la filosofía no están en condiciones de integrar la novela, la novela es capaz de integrar tanto la poesía como la filosofía sin perder por ello nada de su identidad, que se caracteriza precisamente (basta con recordar a Rabelais y a Cervantes) por su tendencia a abarcar otros géneros, a absorber los conocimientos filosóficos y científicos».
Milan Kundera, El arte de la novela

La cita con la que inicio la entrada de hoy pertenece a la tercera parte del libro, “Notas inspiradas por Los sonámbulos”. En ella, Kundera reflexiona sobre la trilogía de Hermann Broch, pero no es este el tema que quiero abordar. Me centro en la cita, la aíslo del contexto. ¿Por qué? Cuando la leí anoche, enseguida recordé algo que escribí cuatro años atrás. «Estoy leyendo La vida breve, de Onetti. Me parece espectacular. La maestría del uruguayo a la hora de crear un personaje tricéfalo (Brausen, Arce y el doctor Díaz Grey) se me antoja inalcanzable. Sé que no saldré indemne de esta etapa onettiana. Me parece que hay más poesía en un solo párrafo de Onetti que en el 90% de la poesía que se hace hoy». Dentro de este 90%, englobaba mi propia poesía. Por otra parte, soy consciente de que la cita de Kundera y mi anotación no tienen nada que ver. El checo habla de un tema específico: el de la capacidad integradora de la novela. Se trata del fruto de una reflexión. En mi caso, el tema es mucho más etéreo y, me atrevería a decir, subjetivo. ¿Sería capaz de mantener tal afirmación? Probablemente no, pero no es la cuestión aquí. Además, no puedo decir que mis palabras sean fruto de una reflexión seria. Todos tenemos prontos y, sin duda, mi frase obedece a uno de estos prontos. Ignoro las circunstancias específicas que me llevaron a escribir lo que escribí. En ocasiones (más de las deseables) nos vemos impelidos, por una fuerza misteriosa, a atacar lo que más amamos, lo que siempre se halla sobre nosotros, a una altura inabordable. Es un trasunto mundano de la lucha contra Dios, tal vez un trasunto literario de nuestras relaciones sentimentales. En mi caso, atacar la poesía es atacarme a mí mismo, y nunca soy tan duro como cuando me pongo en mi propio punto de mira. Así pues, ¿debo reducir este asunto a esta especie de pulsión autoagresiva? ¿No aletea, entre estas palabras, sutilmente, el motivo por el cual llevo tantos meses sin escribir un solo poema? Es posible. Tal vez todo se deba a la necesidad de parar por un tiempo, sin más. Durante bastantes años, mi ritmo poético ha sido endiabladamente alto. No son solo los libros publicados, la punta del iceberg, sino todos los poemas escritos y que duermen (¿esperan?) en las entrañas de mi ordenador. Es posible que ahora me halle en pleno proceso de digestión. Sí, debe ser esto. Pero, en ocasiones, no puedo dejar de pensar que muchos de los que escriben poesía lo hacen por su incapacidad para abordar satisfactoriamente otras empresas, por su falta de constancia, por lo sencillo que resulta (aquí no hablo de calidad) juntar 35 poemas, publicar un poema en un blog y que alguien lo lea. En ellos, la poesía es algo así como un premio de consolación. Hablo de gente sin vocación verdadera, dictatorial, gente que siempre se ampara en la subjetividad de los gustos para encubrir su nulidad, su falta de talento, porque siempre habrá alguien con un minuto libre dispuesto a decir «está genial, me gusta», alguien dispuesto a considerarlos buenos poetas, poetas incomprendidos, injustamente ninguneados. Hablo de esos que jamás leen poesía, que no sienten verdadera pasión por ella. Les basta con las letras de las canciones de sus cantantes favoritos, con alguna que otra novela y los poemas que escriben sus cuatro amigos cibernéticos. ¿Soy yo uno de estos? ¿Soy un verdadero poeta? ¿Lo fui alguna vez? ¿O lo único que hice fue imitar una serie de fórmulas con un mínimo de pericia para, así, poder ver mi nombre impreso en la portada de un libro y sentirme escritor? ¿Cuáles fueron las obras que me hicieron amar la literatura? ¿Qué libros han sido importantes en mi educación literaria? ¿No hay más novelas que poemarios? ¿Soy un fraude? ¿Y qué busco con estos interrogantes? ¿Que alguien me diga «Javier, tú eres un verdadero poeta, no debes preocuparte, olvida todo esto»? ¿Busco la caricia? ¿El reconocimiento? ¿El perdón? ¿Me arrepentiré mañana de lo que acabo de escribir? ¿Habrá quien se haya ofendido por lo escrito hasta ahora y decida dejar de leerme? ¿Qué importancia puede tener? Calla y escribe. Puesto que careces de imaginación, convierte tu anodina biografía en literatura. Al menos, inténtalo. Deja que sean otros los que digan si es buena o mala. Qué más da. Escribe lo que sea, diarios, novelas, poemas, poco importa. Deja de hacerte tantas preguntas. Son inútiles, las preguntas. Lo único que conseguirás es hacerte enemigos. Pero ¿no son estas preguntas escritura? Lees un libro, cualquiera. De una de sus páginas cuelga un hilo. Tiras de él. No piensas en las consecuencias. Ignoras dónde ha de llevarte, a qué recoveco de tu interior. No pienses en los posibles comentarios que puedan provocar tus escritos. No filtres, o no filtres mucho. Al fin y al cabo, tampoco eres un novelista. No vas a hacer carrera. ¿Recueras a aquella amiga obsesionada con que hicieras carrera? Debes aspirar a una editorial mejor, decía, tener más visibilidad. Tú te encogías de hombros, sonreías. ¿O era Alberto Sancevá? Tampoco es que seas un idealista, la verdad. A veces, el idealismo no es más que una manera de amortiguar el fracaso. No te conceden el premio esperado y sueltas, muy digno: «Quizás porque soy un idealista creo que la mayoría de películas deberían aspirar a tener una vida, encontrar a su público, conquistarlo, desconcertarlo... que tu aspiración máxima sea ganar un premio o vender muchos dvds me parece descorazonador». Pero seamos francos: ¿Cuántas veces te imaginaste recogiendo premios importantes, siendo entrevistado en televisión, admirado por multitud de lectores anónimos? ¿Cuántas veces te entrevistaste a ti mismo como si fueses el escritor más influyente desde Kafka? Alberto Sancevá es muy aficionado a este tipo de entrevistas. Ahora, por ejemplo, puedo verlo en la habitación del hotel donde se hospeda. Está en Madrid, por lo de la firma. Digamos que la Feria del Libro abrió sus puertas una semana atrás. Digamos que desde la editorial que ha publicado sus novelas le dijeron que se pasara. Por supuesto, él ha tenido que costearse el billete así como el hotel. Si accedió fue porque le apetecía pasar unos días solo, lejos de Mallorca y, sobre todo, lejos de Nuria Tamena. Debe reflexionar. Ya son tres años de relación. Se siente cómodo con ella, el cariño es indiscutible, pero ¿es suficiente? ¿No la acabará dañando como a todas las demás? Esta es la excusa que emplea para justificar estos gastos. Al fin y al cabo, si hay suerte, tal vez consiga firmar dos o tres libros. Ahora, ya en Madrid, evita pensar en Nuria Tamena. Optará por que las cosas caigan por su propio peso. El viejo método de los cobardes, de los amantes de la comodidad. Bien. Todavía tiene dos horas. Ahí está, en el baño, recién salido de la ducha. Con la mano derecha, desempaña el espejo frente al que se encuentra. Como suele sucederle cuando viaja, se siente intrépido, inspirado. Así pues, decide dar comienzo a la entrevista. El tipo del espejo formula una pregunta que no podemos escuchar. No hace falta. Aquí, lo importante es la respuesta de nuestro protagonista:
- Siempre me han fascinado esas novelas más o menos breves y enigmáticas que en realidad no son novelas –explica Alberto Sancevá de un modo desafiante, como si esto pudiese herir la sensibilidad de alguien y quisiera mostrarse más fuerte de lo que en realidad es para así persuadir a los heridos por sus declaraciones del peligro que podría entrañar un ataque contra su persona–, esos libritos cuyo significado final se nos escapa porque es posible que no exista ningún significado final –en este punto del discurso, ladea la cabeza y estira el dedo índice de su mano derecha, adquiriendo un aire sacerdotal y recriminatorio–, porque el autor maneja unas claves que nos escamotea tramposamente, transformando el texto en apariencia narrativo, muchas veces vendido como novela, nouvelle o cuento largo, en otra cosa, un artefacto poético, híbrido, una especie de alucinación o sueño, una suerte de enigma al que volver y del que solo podremos extraer belleza y extrañamiento, del que siempre nos faltará alguna clave. –Ahora se tapa con ambas manos la nariz y la boca, como si fuese a proseguir su discurso a los gritos o como si se lamentara de su inutilidad. Antes de continuar, menea la cabeza y expele el aire por la nariz ruidosamente, diríase que con fastidio–. Su lectura suele ser desasosegante como todo aquello que no responde a unos parámetros de sensatez.
               - ¿Algún ejemplo? –dice el otro del espejo.
               - En las alturas, de Thomas Bernhard. ¿Más?
               - Sí.
               - Amberes, de Roberto Bolaño. ¿Más?
               - Sí.
               - El hombre sentado en el pasillo, de Marguerite Duras. ¿Más?
               - Sí.
               - El pozo, de Juan Carlos Onetti. ¿Más?
               - Sí.
               - Thomas el oscuro, de Maurice Blanchot. ¿Más?
               - Sí.
               - La mujer zurda, de Peter Handke. ¿Más?
               - Sí.
               - Primavera sombría, de Unica Zürn. ¿Más?
               - Sí.
               - Monsieur Teste, de Paul Valéry. ¿Más?
               - Tengo mis dudas, pero sí.
               - Péndulo y otros papeles, de Cristóbal Serra. ¿Más?
               - Sí.
               - Punto Omega, de Don Delillo. ¿Más?
               - Sí.
               - Señor Sueño, de Robert Pinget. ¿Más?
               - Sí.
               - El silenciero, de Antonio Di Benedetto. ¿Más?
               - Sí.
               - Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del tractatus, de Agustín Fernández Mallo. ¿Más?
               - Sí.
               - Cualquier libro de César Aira. ¿Más?
               - Sí.
               - Los domingos de Jean Dézert, de Jean de La Ville de Mirmont. ¿Más?
               - No estoy de acuerdo. Siga. 
               - La canción de Van Horne, de Pedro Casariego Córdoba. ¿Más?
               - Se trata de un libro de poemas.
               - Es posible. ¿Más?
               - Sí.
               - Pedro Páramo, de Juan Rulfo. ¿Más?
               - Sí.
               - Cristo versus Arizona, de Camilo José Cela. ¿Más?
               - Esta no es breve.
               - De acuerdo. ¿Más?
               - Sí.
               - Mate Jaque, de Javier Pastor.
               - ¿Más?
               - Sí.
              
Lo dejamos en este punto. Me siento agotado, vacío. En breve me llamarán para comer. Después, a las seis, llegará Floriane. Hoy fue a Santanyí con su madre para visitar a una amiga de ésta. Debemos afrontar nuestro último fin de semana juntos antes de su partida. Este diario amortiguará la tristeza que tras su marcha siempre experimento. La literatura como refugio, la manera que tengo de salvarme de «la degradación y la inmersión definitiva en la marea de la vida trivial». 

lunes, 19 de diciembre de 2011

Diario de un hombre cojo [9]

domingo, 18 de diciembre de 2011

Salí a comer, pero de nuevo me hallo en mi particular Berghof. En efecto, la casa de mis padres se ha convertido en una especie de sanatorio en el que no me falta de nada, donde el tiempo trascurre de forma diferente a como lo hace allí fuera. Mi pierna escayolada, en la tuberculosis que me retiene aquí arriba (un quinto, para ser exactos). Esta dolencia hace que el mundo se divida en dos: el mundo interior o mundo de arriba y el mundo exterior, al que accedo cuando algún amigo compasivo me saca a pasear. ¿Conoceré a mi particular Clawdia Chauchat? Se me ocurre que la única manera sería a través de mi blog o Facebook. A esto hemos llegado.


lunes, 19 de diciembre de 2011

La sabiduría de la novela es la sabiduría de la incertidumbre en cuanto que no aporta respuestas y plantea preguntas cruciales. Esta es la conclusión a la que llega Kundera en la primera parte de El arte de la novela. En la segunda, titulada “Diálogo sobre el arte de la novela”, el escritor checo afirma que el novelista no es ni un historiador ni un profeta, sino un explorador de la existencia. Ya tenemos dos elementos fundamentales: la sabiduría de la incertidumbre y la exploración de la existencia. ¿De la humanidad? Sólo secundariamente. Se trata de la exploración del enigma del yo. «En cuanto se crea un ser imaginario, un personaje, uno se enfrenta automáticamente a la pregunta siguiente: ¿qué es el yo? ¿Mediante qué puede aprehenderse el yo?». Todo el diálogo de esta segunda parte se centra en el modo en que, a lo largo de la breve historia de la novela, los distintos escritores han pretendido apresar el yo. Creo que podemos afirmar que desde Kafka no ha habido cambios significativos. ¿Y qué es lo más importante en Kafka, según Kundera? Que planteó la cuestión fundamental de su tiempo, una cuestión todavía vigente: «¿cuáles son aún las posibilidades del hombre en un mundo en que los condicionamientos exteriores se han vuelto tan demoledores que los móviles interiores ya no pesan nada?». El mundo se estrecha cada vez más. Vivimos en la dictadura del control y lo específico. Ya no hay verdadera posibilidad de huida, de empezar de cero, de desaparecer. Tal vez, a estas al turas, el Mundo no sea más que un enorme Castillo gobernado por entes escurridizos. Bien. Después de toda esta perorata, me da por pensar que las disquisiciones teóricas no son lo mío. Lo mío (quiero creer) es inventar historias. Ahí están los personajes inventados: Alberto Sancevá, Pedro Capllonch y Cecilia Polsen. La incertidumbre en la que me encuentro respecto a ellos, ¿afectará al trazo con que los dibuje? Un personaje es la manera de explorar una posible existencia, diría Kundera. En esta exploración volcaremos parte de lo que somos, pero también hallaremos elementos no fundamentales o visibles  de nuestro carácter, aspectos sobre los que nunca habíamos reflexionado. Y al querer profundizar en ellos, iremos descubriendo nuevos caminos, alumbraremos otras maneras de contemplar el mundo y a las personas que lo habitan. A la fuerza, hemos de volvernos más comprensivos, más tolerantes. ¡Basta! Todo esto no son más que excusas para no hablar de mí. La sequía poética, el fracaso sistemático de todas mis relaciones, he aquí la parte de mi yo que debo destripar. ¿Me servirá la novela que he empezado a escribir? ¿Cómo continúo? Vuelve la imagen del caballo tirado sobre el asfalto. Evidentemente, esta visión me pertenece, pero se la cedo a Alberto Sancevá. Ahora es suya. Ahí lo tenemos, conduciendo una Vespa igualita a la mía. Digamos que acaba de dejar el Café Món y se dirige a su casa. En la calle Manacor, cerca de la confluencia con Manuel Azaña, puede verse el ya mencionado caballo extendido sobre el asfalto. Se ha producido un accidente entre un coche y una calesa. El conductor de la calesa se encuentra arrodillado junto al animal. Se tapa la boca y la nariz con un pañuelo, como si estuviese a punto de vomitar, como si el caballo agonizante desprendiese un olor penetrante, repulsivo. El olor de la muerte agónica, piensa Alberto Sancevá al pasar con su Vespa junto al caballo herido. Tal vez sean imaginaciones suyas, pero por un momento cree que su mirada y la del caballo coinciden. Intuye que no hay nada que hacer y esto lo apena. Junto a la cabeza del caballo, un charco oscuro, de apariencia viscosa. No puede evitar que las ruedas de la moto atraviesen el charco. Un escalofrío recorre su espalda. Piensa: no tiene por qué ser una mala señal. No significa nada. Es posible, incluso, que el caballo no muera. De todos modos, ¿en qué tendría que afectarle la muerte del caballo? En menos de cinco minutos lo habré olvidado, se dice mientras se aleja del accidente dejando a su paso un leve reguero de sangre. ¿Un reguero de sangre? Se me antoja una imagen cargada de simbolismo. Según cómo se desarrollen los acontecimientos, podrá interpretarse de una u otra manera. No debo olvidar la imagen del caballo. Es lo suficientemente potente como para describirla y después olvidarse de ella. En un diario sería admisible, pero no en una novela. Si la introduces, será por algo, ¿no? ¿Qué rasgo del carácter de Alberto Sancevá he pretendido resaltar al narrar la escena del caballo herido? ¿Se ha tratado de un simple impulso? Y de ser un simple impulso inmotivado, ¿podré reconducir la situación para que encaje en el todo y no sea un simple elemento suelto, sin razón de ser? Veremos. Por lo pronto, me he propuesto no tomar notas. Supongo que todo este asunto tiene más de experimento que de novela. Lo dejo por hoy. Seguiré con la lectura de La montaña mágica. Vuelvo al sanatorio dentro del sanatorio.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Diario de un hombre cojo [8]

sábado, 17 de diciembre de 2011

Está mal que lo diga yo, pero me gusta el modo en que ha arrancado la historia. Tal vez resulta demasiado obvio que Alberto Sancevá es una prolongación de mí, pero esto mismo puede decirse de todos los personajes de todas las novelas habidas y por haber respecto de quienes las escribieron. Nuestras múltiples caras, el pozo insondable del alma, nuestro lado perverso, nuestra vía de escape, etc. Kundera, en la primera de las siete conferencias que integran El arte de la novela, no dice nada al respecto. El escritor checo habla de los orígenes y del futuro de la novela. Dice que la sabiduría de la novela es la sabiduría de la incertidumbre. Dice que en el hombre existe el deseo innato de juzgar antes que de comprender, de ahí que anhele un mundo en el que sean claramente distinguibles el bien del mal. Dice que en este deseo se fundamentan religiones e ideologías y, por tal motivo, estas son incompatibles con la novela que, más que respuestas, ofrece preguntas, manteniéndonos despiertos, alerta. Es por esto, también, que su sabiduría resulta tan difícil de aceptar y comprender. Me gustan las reflexiones de Kundera. Quizá peca de pesimismo, pero es comprensible si tenemos en cuenta las circunstancias de su vida, el momento es que fue escrita la conferencia. Los discursos apocalípticos siempre han incendiado nuestra imaginación. Cualquier cambio los vigoriza. Hoy, como siempre, nos rodean. Internet, los libros electrónicos, el poder creciente de las grandes corporaciones, todo invita a las reflexiones más lúgubres, pero la novela sigue ahí, resistiendo, firme. Tal vez porque la vida, en esencia, es pura incertidumbre.
               Jorge Volpi, en su libro Mentiras contagiosas, añade a este punto una sugerente reflexión, que hace que mi optimismo languidezca algo. Concretamente, el escritor mexicano asegura que «el futuro de la novela parece asegurado: pese a las crisis y las profecías recurrentes, la industria editorial obtiene millones de dólares al año. En cambio, la novela como forma de arte sí podría encontrarse cerca de la extinción».
               Por cierto, ¿es esta la manera que tengo de ahondar en mí? Ha sido empezar a escribir la historia de Alberto Sancevá y olvidarme de mí mismo. ¿No debía verbalizar mi problema para así tratar de solucionarlo? ¿Es este el famoso poder terapéutico de la literatura? Es posible, pero ahora debo dejar de escribir. Me reclaman para comer.

(20:13)
Estaría bien dar inicio a la segunda trama. Es sábado por la noche y no tengo nada mejor que hacer. La necesidad de contar ha de seguir siendo un elemento fundamental (narrare necesse est), pero el protagonista de esta segunda trama no ha de ser un escritor. Alguien que necesita contar, dejar constancia de sus pasos, pero que no es escritor. Alguien cerca del final… El viejo, el viejo que hablaba con la chica joven y espigada en una de las mesas exteriores del Café Món. Sí, ya lo introduje en aquella escena sabiendo que podría utilizarlo. Pero, ¿qué hacen allí juntos? ¿De qué pueden estar hablando? Para empezar, démosles un nombre. Él es oriundo de Mallorca; ella, de Gdansk, Polonia. Pedro Capllonch y Cecilia Polsen. Sí, me parece bien. Digamos que entre ellos se está estableciendo una relación comercial. Evidentemente, esta relación ha de ir mutando con el tiempo, pero nos encontramos en el inicio. En estos momentos, él le está diciendo a ella:
- Sólo busco a alguien con quien compartir algunas noches: copas, cigarros y mentiras contadas con elegancia. Palabras imprecisas flotando entre silencios prolongados. Palabras fruto de la imposibilidad de decir lo que noches así requieren, esa mezcla de nostalgia, incomprensión y abatimiento, esa forma enfermiza de la alegría. Al final de cada encuentro, le dejaré el dinero sobre la mesa del comedor. No debe preocuparse, me he convertido en un ser inofensivo.   
               Cecilia Polsen asiente más por zanjar aquel trozo de la conversación que por el hecho de haber comprendido la petición de Pedro Capllonch. Empieza a sentirse incómoda, aunque no lo bastante como para salir corriendo. Un principio de curiosidad, además del dinero prometido, la retiene en la mesa del Café Món.
               - Creo que será suficiente con dos días a la semana. Los martes y viernes, ¿le parece? El resto del tiempo combatiré el aburrimiento de otra forma menos elegante: escribiendo mis memorias. No ponga esa cara. Con esto no quiero dar a entender que piense que sean dignas de ser recordadas y mucho menos transcritas, pero algo hay que hacer para entretener la poca vida que me queda.
Cecilia Polsen asiente y decide no preguntar, mantenerse al margen todo el tiempo que le sea posible, como si aquello no fuera una cita, sino un encuentro casual; como si, una vez concluida la charla, no tuviera que volver a ver al señor Capllonch.
               Misteriosamente, el tráfico denso de las avenidas al final de la tarde agrega irrealidad a la hora, a lo que está a punto de iniciarse. A lo que, de hecho, ya se ha iniciado.
               - Creo que ya dispone de toda la información necesaria. Aquí tiene la dirección y el número de teléfono. Por supuesto, yo pago el taxi. La espero a las diez. Espero que sea puntual. Necesito idealizarla, necesito ver en usted lo que, tendrá que perdonarme, ahora mismo no veo. Pero tengo confianza. Hay algo en usted, algo innato, no sabría explicarle. Soy consciente de que solo el dinero ha obrado el milagro, de que lo nuestro es una mera relación comercial, pero el juego que iniciamos precisa de algún que otro olvido seleccionado, puntual. Ahora quiero estar solo.
               Cecilia Polsen vuelve a asentir, se levanta, duda entre decir algo o permanecer en silencio. A su mente solo acuden frases estúpidas, inconvenientes, así que dice adiós en un susurro, como dudando. Finalmente, da media vuelta y se aleja del hombre que acaba de contratar sus servicios.