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lunes, 21 de noviembre de 2016

Noviembre: Trump, Cohen, Marquard

10/11/16.- Ganó Trump y yo me puse (¡por fin!) con el césped del jardín. La chica que me vendió las semillas me advirtió de la inconveniencia del momento. En breve llegará el frío de verdad y eso no es bueno para el césped. Decidí arriesgarme. Ya de noche, duchado y cenado, me senté frente al televisor y vi un poco de tele: las explicaciones (por qué pasó lo que pasó) y predicciones (qué podemos esperar del futuro) de los expertos. Todos parecían satisfechos, recién aterrizados de un viaje alucinado. Apagué el televisor y me fui a la cama. Coni me esperaba despierta. Decidimos ver el primer capítulo de Utopía.

La mayoría somos simples y sentimentales. En política, los discursos elaborados no funcionan. Si quieres conquistar el corazón del gran público deberás elaborar discursos simples y sentimentales. No hay más.


11/11/16.- Ayer murió Leonard Cohen. Me apetece transcribir la carta que el canadiense envió a Marianne cuando supo que ésta estaba a punto de morir. No he podido evitar emocionarme al leerla. «Bien, Marianne, hemos llegado a este tiempo en que somos tan viejos que nuestros cuerpos se caen a pedazos; pienso que te seguiré muy pronto. Que sepas que estoy tan cerca de ti que, si extiendes tu mano, creo que podrás tocar la mía. Ya sabes que siempre te he amado por tu belleza y tu sabiduría pero no necesito extenderme sobre eso ya que tú lo sabes todo. Solo quiero desearte un buen viaje. Adiós, vieja amiga. Todo el amor, te veré por el camino».

Ya lo dije, simples y sentimentales.


17/11/16.- El mayor enemigo de occidente es el islamismo radical, aceptemos esta premisa. Sus métodos nos repugnan y asustan a partes iguales, o eso decimos. Me pregunto qué opción vencería si convocásemos un referéndum con la siguiente pregunta: ¿Está a favor de la incorporación del castigo corporal, latigazos por ejemplo, en el código penal español? Últimamente, los demócratas convencidos andan asustados. ¿Saber lo que piensa la gente? ¡Qué locura! Ejercicios de riesgo, los justos. Ah la voluntad del pueblo, ¡qué peligrosa puede ser! ¿Y cómo hemos llegado a esta situación?, se preguntan algunos, incrédulos. Pienso que tal vez nunca alcanzamos las metas que creímos conquistar. A su vez, llevo días con el nombre de Odo Marquard en la cabeza. El pensador alemán aseguraba que “cuando los progresos culturales son realmente un éxito y eliminan el mal, raramente despiertan entusiasmo; más bien se dan por supuestos, y la atención se concentra entonces en los males que continúan existiendo”. ¿Irán por ahí los tiros? No lo sé. Lo que sí sé es que el futuro inmediato parece sonreír a aquellos que creen en milagros. ¡Temblad, tecnócratas! El infierno existe y os está esperando…



miércoles, 19 de agosto de 2009

Tanta dicha inexplicable



Un tal Chuck Klosterman, crítico musical estadounidense, asegura que “accidentes y sobredosis parecen ser el mejor movimiento profesional que puede hacer un roquero”. No le falta razón. De Jimi Hendrix o Jim Morrison a Jeff Buckley o Elliott Smith. La muerte como trampolín o antesala de la inmortalidad musical. Nada parece asegurar de manera más sólida la ascensión a los cielos del rock. Una inversión delicada, cierto, pero altamente rentable, sobre todo para herederos y mitómanos. ¿Y la vejez? ¿Qué hacemos con la vejez de los roqueros que todavía pisan los escenarios? Tal vez habría que preguntarle al flaco poeta canadiense Leonard Cohen, cuyo esqueleto vi doblarse en el escenario del Palma Arena en una especie de oración para ateos ávidos de trascendencia. Siempre fui viejo, diría –o, al menos, es lo que pienso que diría-, por eso moriré joven, cerca de los cien años, en algún escenario al que mis deudas me hayan arrastrado. El elixir de la eterna juventud se extrae del sudor de la vejez anticipada. No se preocupe, yo tampoco lo entiendo. Me basta con la imagen de Leonard Cohen saltando y sonriendo en el Palma Arena, donde recitó todos sus temas míticos con acompañamiento musical incluido. Todos menos Chelsea hotel, la canción que escribió a raíz de su encuentro con Janis Joplin. Yo también amo a Janis Joplin cada vez que escucho Chelsea hotel. Prefería a los chicos guapos, pero con Cohen hizo una excepción, y él, el canadiense, para celebrarlo, nos regaló una nueva tristeza para nuestro baúl de las tristezas necesarias. Qué sería de nosotros sin ellas. Que el Dios en que no creemos nos perdone tanta dicha inexplicable.

UH, 18/08/09