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domingo, 13 de marzo de 2016

César Aira. Sobre el arte contemporáneo...


Sobre el arte contemporáneo / En la Habana
(Random House, 2016)

Para César Aira, la misión última del arte es crear y poner en circulación valores nuevos. Esto resulta decisivo para diferenciar entre arte y artesanía. El arte sería lo que hace funcionar el motor mientras que la artesanía –que puede proporcionar tanto o más placer que el arte, ya que el fin último del arte no es proporcionar placer– se emparenta con el equipamiento y todos los extras disponibles para hacer de la conducción un asunto más agradable.


Y ahora es cuando tendríamos que hablar de la irrefrenable carrera del arte por huir de la posibilidad de su reproducción.


Dice César Aira: “No se puede fotografiar un concepto”.


Esta frase condensa la breve e intensa historia del llamado arte contemporáneo.  


Y continúa: “la obra y su reproducción se persiguen tan de cerca que llegan a confundirse. La reproducción misma se vuelve obra de arte, o, más precisamente, arte sin obra. (…) El arte se vuelve un juego ligeramente fantástico con el tiempo: es la documentación de algo que fue, y a la vez promesa de algo que será. (…) la reproducción se vuelve obra, y la obra reproducción, cuando ambas comprenden que lo que importa es la historia, el guion de la fábula, que mueve a ambas”.


La fábula es crucial.


Sin contexto, ya no hay posibilidad de arte.





***

Y para terminar, esta pequeña fábula:


“Supongamos que Kafka no hubiera existido, y que hoy un grupo de escritores en una experiencia de creatividad literaria redactara El castillo, La metamorfosis, Josefina la Cantora, exactamente, hasta la última palabra, tal como en el mundo real las escribió Kafka. ¿Valdrían lo mismo para nosotros? Evidentemente no, porque les faltaría lo más importante: Kafka”.

sábado, 27 de marzo de 2010

EL FIN DE LA ERA GUTENBERG

Camino por un bosque. No sé adónde me dirijo. Llego a un claro y en él me encuentro con cuatro figuras colocadas en círculo, mirando algo que queda en el centro. Decido aproximarme, pues siento curiosidad. Mi irrupción en el claro hace que las cuatro figuras levanten la mirada. Conozco a estos tipos: Javier Marías, Pérez Reverte, Eduardo Mendoza y García Montero. Sonrío. Les pregunto si todo va bien. Lo pregunto porque los cuatro están llorando. Se me hace extraño ver a Pérez Reverte llorando. Me incomoda bastante. Los cuatro, al unísono, me contestan que Johannes Gutenberg ha muerto. No lo entiendo. Debe hacer como quinientos o seiscientos años que este señor murió. Así lo digo. García Montero rompe el círculo y da un paso hacia mí. No es eso, dice, lo que ha muerto es una forma de entender la literatura. Asistimos al final de la era Gutenberg. Ahora todo va a ser peor. Me encojo de hombros. No sé qué decir. Me despido con un gesto de la mano. Me doy la vuelta y me adentro en el bosque. Lo que más me fastidia es que nunca sabré qué había en el centro del círculo.

Quedo para cenar con un amigo aspirante a poeta. Evidentemente, hablamos de poesía. No tengo mucho que decir, pero él insiste. De repente me acuerdo de lo que decía Gil de Biedma que decía Keats sobre los poetas. Básicamente, que los poetas son los seres menos poéticos del mundo. La esencia del poeta, según Gil de Biedma, es su disponibilidad por ser incapaz de entregarse del todo a nada. Mi amigo protesta. No está de acuerdo. De repente me acuerdo de algo que Franz Kafka escribió en su diario. Corro a la estantería y busco el libro. Lo tengo. No me resulta difícil encontrar la cita. “¿Quién me confirma la verdad o la probabilidad de que sólo a causa de mi vocación literaria me desentiendo de todo lo demás y, en consecuencia, soy insensible?”. ¿Te das cuenta?, dice mi amigo, no se puede confirmar, es sólo una especulación. Cierto, acepto, pero date cuenta que, sea a causa de la literatura o no, Kafka se ve a sí mismo como un ser insensible, es decir, insensible a todo lo que no sea la literatura, es decir, incapacitado para todo lo demás, es decir, incapaz de entregarse del todo a nada. El resto de la velada la pasamos hablando de fútbol.

Antes de dormir, leo a Antonio Machado. Dice el sevillano que la prosa no hay que escribirla demasiado en serio, que, cuando en ella se olvida el humor, se da en el ridículo de una oratoria extemporánea, o en esa que llaman prosa lírica, tan empalagosa. Cierro los ojos.