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sábado, 27 de agosto de 2016

Unos días de agosto (fragmentos de un diario)

martes, 16 de agosto de 2016

Un agosto de relatos: de un lado, los de Koundara, escritos por David Pérez Vega, de otro, los de De qué nos enamoramos, de Roman Simić. Los primeros, como escribió David en la dedicatoria del ejemplar que tengo en casa, son "cuentos realistas de corte norteamericano". En ellos, desfilan jóvenes a punto de abandonar la juventud, inmersos en trabajos precarios que difícilmente los colmarán, asfixiados por la falta de oportunidades de mejora, por el turbio futuro que se cierne sobre ellos... Creo que fue Bauman quien dijo que, por primera vez en la historia reciente, los jóvenes de hoy no tenían verdaderas expectativas de superar el nivel de vida alcanzado por sus padres. De eso van estos relatos (más bien: este es el marco en el que se mueven los personajes de estos relatos). Respecto al libro de Simić, se trata de un realismo menos descriptivo, más evocador, igualmente eficaz. De la España en crisis, a la Croacia de posguerra... Por cierto, compré Koundara a través de la tienda on line de Baile del Sol. Al abrir el paquete que lo contenía, me encontré con la grata sorpresa de De qué nos enamoramos. Bien por ellos.


jueves, 18 de agosto de 2016

Rim Jong-Sim, la gimnasta norcoreana ganadora de un oro en los actuales Juegos de Rio: “Lo primero en lo que pensé cuando supe que había ganado es que había hecho feliz a nuestro amado líder". Es leer “amado líder” y pensar en el Gorrión Supremo de Juego de Tronos. Acto seguido, acude a mi mente aquel poema de Nicanor Parra en el que asegura que el futuro será comunista y cristiano o no será. Pienso en la contradicción que esconden estos cultos personalistas, en la cantidad de odio y fe de que estamos hechos los humanos. O adoramos el individualismo o adoramos la sumisión. ¿De verdad? El individualismo también precisa de amados líderes fuertes. Mira a tu alrededor. Paulatinamente, nos vamos convirtiendo en fanáticos y devotos. La corrupción de los Lannister frente al puritanismo proselitista de la Fe de los Siete. PP y Podemos. Trump y Clinton. Defensores del toreo y antitaurinos. Etc. Los extremos se distancian, se refuerzan en sus posiciones. La devoción acrítica frente al cinismo (o devoción al dinero). ¿Quién será nuestro Jon Nieve, nuestra Daenerys Targaryen? ¿Un nuevo amado líder? El sol nos ciega mientras la noche se aproxima… Y ya saben lo que dicen de la noche: que es oscura y alberga cosas terribles.


lunes, 22 de agosto de 2016

“Si a todo esto lo quieren llamar arte, subrayemos que es arte efímero. Todo es fugaz en el Dallol, como corresponde a la extraordinaria geodinámica de la zona. Todo es cambiante. Las zonas que ayer estaban tranquilas hoy tienen una inquietante actividad. Las fumarolas que ayer humeaban al oeste hoy lo hacen al este. Las flores de sal que lucían blancas hoy están amarillas, y pasado mañana, rojas. Y desaparecerán para germinar en otros lugares”. Ha sido leer esto (en El País) y recordar Solaris, de Stalislaw Lem.


viernes, 26 de agosto de 2016

Leo los diarios de Piglia. Me resultan muy estimulantes. Descubro que últimamente, como lector (y también como escritor), me siento atraído por dos vertientes de la literatura: de un lado, la que podría englobarse dentro de la llamada autoficción, en la que se incluirían (incluiría yo) los diarios; de otro, esa ficción extraña (recuerda: novelas breves y enigmáticas) que trata de escapar de los terrenos trillados (muchas veces adoptando las formas de la búsqueda, del misterio) y que en ocasiones tiende a lo absurdo o inexplicable (pero de manera contenida). ¿Ejemplos en mi producción? Mi Berghof particular (autoficción diarística) y Oslo (breve y enigmática). ¿Ejemplos en la producción de otros (lecturas recientes)? Dentro de la primera categoría: Burdeos, de Levrero, y Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación, de Piglia. De la segunda: La reina de las nieves, de Gandolfo, y El cielo que nos tienes prometido, de Guillermo Aguirre.



viernes, 1 de julio de 2016

Finales de junio, principios de julio (insignificancias)

martes, 28 de junio de 2016.- Paseo por Sa Indioteria, calles que en mis algo más de cuarenta años de vida jamás había pisado. Qué grande puede ser el mundo más pequeño. Me entra hambre. Decido instalarme en un bar. Conversaciones sobre fútbol, niños gritando entre las mesas, pateando una pelota. Música flamenca flota en el ambiente. Ropa tendida al sol. Estampa que se esfuerza por ajustarse a lo esperado. Pido un bocadillo de queso acompañado de una Coca-Cola. ¿Grande o pequeño?, me pregunta la chica que atiende el bar. Se refiere al bocadillo. Por suerte, me decido por el pequeño. Una porción generosa de barra de pan. Cuanto más popular es el barrio, más importantes son las raciones. Me pregunto qué partido habrá sacado más votos en esta zona de Palma. Leo el diario que Elvio E. Gandolfo escribió para la revista Eñe. Momento agradable.

viernes, 1 de julio de 2016.- Un canalla leyendo (en realidad, releyendo) a otro canalla en su primer día de vacaciones. “Lo que debo confesar es que me he transformado en un canalla; que he abandonado por completo toda pretensión espiritual; que estoy dedicado a ganar dinero, trabajando en una oficina, cumpliendo un horario; que ahora estoy escribiendo esto porque tengo unas vacaciones. Cierto que me hice un canalla como único recurso para sobrevivir, pero lo triste del caso es que me gusta lo que estoy haciendo, y que sólo me cuestiono en ratos perdidos y sin mayor énfasis” (Diario de un canalla, Mario Levrero). Muy apropiado.




martes, 1 de octubre de 2013

La rueda en que todos giramos

Arrancaba el mes de septiembre con este articulillo titulado ALTURA INTELECTUAL:

Como casi todos los días durante los últimos años, procedo a sentarme frente al ordenador. Desde la semana pasada tengo uno nuevo. Me digo que con éste al fin podré escribir artículos de altura intelectual. Así pues, pongo a funcionar el neocórtex. Trato de pensar en el panorama internacional del momento. Para mi sorpresa, a mi mente acude la imagen de Putin y Asad en una fiesta del orgullo gay, besándose apasionadamente. Siempre he sido un idealista y esto, a la hora de escribir artículos serios, resulta un inconveniente. Borro la imagen de mi cerebro. Vuelvo a concentrarme. Veo a Obama, Castro y Snowden jugando a las cartas en un cuartucho saturado por el humo de los habanos que los tres jugadores saborean con delectación. Entonces aparece la señora Merkel en bikini preguntando, de manera insinuante, si alguien quiere divertirse de verdad. Pensar en el concepto de diversión de la canciller me pone los pelos de punta. Lo democristianos, y en especial los de la península de Jutlandia, son peligrosos cuando se trata de divertirse. Dispongo aún de un último intento por salvar este artículo y ya de paso mi reputación. Ha llegado el momento de abordar el panorama nacional. Desde una celda de Soto del Real, Bárcenas le envía haikus a Rajoy, el cual se los recita a Rubalcaba. Chacón, en pleno ataque de celos, se marcha alegando que no quiere inmiscuirse en la relación. Los tríos, se sabe, son la base sobre la que se asienta nuestra sociedad civilizada. Los cuartetos, en cambio, suponen su ruina.


Y clausuraba el mes con este otro articulillo (escrito con prisas el sábado por la mañana) titulado MÁS ALLÁ DE LAS PABRAS:

Recuerdo cuando las mañanas de los sábados servían, básicamente, para pasar la resaca. Ahora, mientras tecleo estas líneas, suena en la radio esa canción de David Guetta titulada Without you en la voz del cantante norteamericano Usher (lo acabo de mirar en la Wikipedia). Parece un recordatorio de otros tiempos, diría que de otra vida. Éramos, entonces, pistoleros ávidos por agregar nuevas muescas a nuestros cinturones de piel palpitante, al rojo vivo, ahora de piel girada. Empieza a parecer que estas líneas resbalan del lado de la nostalgia, pero no es eso. Todo tiene su momento, me cuentan mis canas y mi sangre apaciguada. Unos minutos atrás, tenía a mi hija Sofía en brazos. Le cantaba canciones de Camilo Sesto y El Dúo Dinámico. Ella me miraba como hipnotizada, tal vez preguntándose si ese señor que la tenía en brazos era realmente su padre o se trataba más bien de su abuelo. Mi padre, más inteligente, optaba por no cantarme; directamente, ponía un disco de los Beatles y dejaba que John y Paul hicieran el trabajo sucio. Mi madre, lúcida, también les dejaba hacer; en cambio, sí le canta a su nieta. Ella todavía no es consciente, pero nos acabará pidiendo explicaciones. Entonces le hablaré de la rueda en que todos giramos, una rueda hecha de amor e incomprensión, de aciertos y de errores, de muchas dudas y unas pocas certezas. Le hablaré, también, de estos sábados por la mañana, de estas frases que improviso como un mal comediante. Lo importante, como siempre, quedará entre líneas, más allá de las palabras.


Entre ambos, muchas cosas, alguna muy importante.

Ya habrá tiempo de hablar de eso.

O no.

Pienso que tal vez debería hablar más de libros, al fin y al cabo esto es un blog literario. Creo. 

Por ejemplo, de Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente.

O de los poemas de Óscar Hahn, algunos muy buenos y otros muy infantiles.

O de esas dos novelas breves tituladas Fauna y Desplazamientos, sólo aptas para enamorados de Levrero.

Pero no es el momento. Me duele la cabeza y esta entrada empieza a ser demasiado larga. Si llegaste hasta aquí, mi más sincera enhorabuena.  


viernes, 30 de agosto de 2013

Levrero, Céline, piscinas

(martes, 06 de agosto de 2013) Horas muertas en el aeropuerto de Barcelona. Sin libro. Decido descargarme El lugar, de Mario Levrero. A las pocas frases ya estoy enganchado tal como me pasó la primera vez que leí esta novelita. No es lo mismo leer en la pantalla de mi móvil que hacerlo en formato libro tradicional. Pero no importa. Estas horas han dejado de ser horas muertas; están llenas, ahora, de habitaciones y palabras. (lunes, 12 de agosto de 2013) Ando releyendo Viaje al fin de la noche, de Céline. Leo y tomo notas. Por si finalmente puedo participar en las Conversaciones de Formentor. Algo medianamente inteligente voy a tener que decir. Todo un reto. Por lo demás, ya finalicé la relectura de El lugar, de mi admirado Levrero. Sin duda, la mejor de las tres novelas que conforman su trilogía involuntaria. (miércoles, 21 de agosto de 2013) Sigo releyendo a Levrero. Le tocó el turno a La ciudad. Habla, la novela, de nuestro paso por la vida, de lo perdidos que estamos en este tránsito. Todo, en apariencia, es absurdo, y al final nos despedimos sin haber comprendido nada, pero intuyendo (o queriendo creer) que tras tanto absurdo hay un orden, eso sí, un orden incomprensible para nuestra escasa inteligencia, una especie de plan secreto. Me resulta estimulante la lectura de Levrero. 

 * 

Dejen atrás sus prejuicios y lean, si no lo hicieron aún, Viaje al fin de la noche, de L.F. Céline, una de las novelas más influyentes del siglo veinte. De hecho, diría que, después de su publicación (1932), básicamente existen dos tipos de escritores: los celinianos y los proustianos. Sí, hablamos de cuando Francia aún era el centro cultural del mundo. Y sí, ya sé, las ideas antisemitas de Céline eran y son infectas, propias del mayor de los cerdos, lo cual viene a demostrar algo que, cada cierto tiempo, conviene recordar (si bien ya se convirtió en un lugar común): la genialidad no va ligada a la bondad, ni siquiera a la capacidad de discernimiento. Imagino que a todos nos viene a la cabeza algún que otro nombre, además del de Céline. 


Piscinas iluminadas es una guarrada, me dice. Me quedo pasmado, sin capacidad de reacción. Además, continúa, me parece que tienes un problema con el esperma. Parece que para ti sólo hubiera dos clases de mujeres, las que se lo tragan y las que no. No exageres, me defiendo, te estás centrando en un aspecto incidental de la novela. ¿Que no? De todas queda claro cuál es su postura al respecto. La mujer del protagonista no lo hace; en cambio, la ex novia aquella a la que a veces recuerda, sí. La mulata del quinto sin ascensor, también. Luego, la guarra de la historia que el protagonista escribe, si es que he entendido la novela, seguro que también lo hace, vista su perversidad, aunque no se especifique. Estás haciendo trampa, digo. ¿Te has oído? Vista su perversidad… Tal vez seas tú la que tiene un problema con eso. No ves más allá. Por otro lado, no creo decir nada al respecto de la vecina. Dirás lo que quieras, responde, pero tu novela es una guarrada. Mira, digo, no voy a entrar en eso. En fin, ¿la leíste hasta el final? Sí, concede. O sea, digo, que tan terrible no debe ser, ¿no? No, sonríe, en realidad me ha gustado, pese a sus excesos. Pero es una guarrada, sentencia. Bien, digo, he recibido críticas peores.

lunes, 1 de julio de 2013

Soy uruguayo

Debo ser uruguayo, como lo oye. ¡Enterarme a estas alturas de la vida! El hecho de haber nacido en una isla del Mediterráneo no ensombrece tal afirmación. ¿Qué tendrá que ver el lugar donde uno nace (azar, guerras, movimiento migratorio de mamíferos) con lo que uno es (esencia, alma, espíritu)? Los apellidos y los árboles genealógicos mienten, ¡qué descubrimiento! ¿Resulta incompatible tal afirmación con la posibilidad de que un día le pongan mi nombre a una calle o plaza de esta ciudad? Confiaremos en el buen hacer de los gobernantes. Ahora, imagino, querrá saber cómo he llegado a tan extraña conclusión. Muy fácil. Se lo cuento sin demora. Los dos autores con los que me he sentido más identificado, que más me han llegado, con los que he tenido mayor afinidad, han sido dos uruguayos con apellido italiano: Juan Carlos Onetti y Jorge Mario Varlotta Levrero. Debo tener algo de italiano también, porca miseria! ¡Italiano! Con lo que abominé, en su momento, del llamado catenaccio. Que Luis Enrique me perdone. ¡Que España entera me perdone! Voy a tener que hablar seriamente con mis padres, sí. O con Dios, llegado el caso. Si en las instancias inferiores no solventan tus dudas, acude a las superiores. Tengo buena relación con el Jefe. Tal vez sea porque nunca me lo tomé muy en serio. Aquellos que lo toman tan en serio le aburren mortalmente. De esta noche no pasa. Hay cosas que deben aclararse cuanto antes. ¡Cuánto antes! Un uruguayo de ascendencia italiana, quién me lo iba a decir.

ULTIMA HORA, 11/06/13

lunes, 4 de febrero de 2013

Releer novelas


Hasta hace poco, durante toda mi vida de lector, sólo había releído tres novelas: Pedro Páramo, de Juan Rulfo, El extranjero, de Albert Camus, y El hombre delgado, de Dashiel Hamett. Estas dos últimas relecturas las acometí por error: en su momento olvidé (parece un chiste, pero no lo es) que ya había leído estos libros. Una vez iniciada su lectura, y pese a darme cuenta del error, decidí continuar… Estoy hablando de volver a leer una novela de principio a fin, no de releer fragmentos o capítulos sueltos. Curiosamente, en los últimos tiempos me ha dado por releer novelas. La cosa empezó a mediados del año pasado. Las escogidas fueron El discurso vacío, de Mario Levrero, y Prisión perpetua, de Ricardio Piglia.  Disfruté de ambas relecturas, es más, diría que lo pasé mejor releyéndolas que leyéndolas por primera vez. ¿Me estaré haciendo viejo? Antes de que acabara el año, volví a las andadas. Reincidí con Levrero. Esta vez, me decanté por Dejen todo en mis manos. La experiencia volvió a ser gratificante. En mi diario apunté lo siguiente: “¿Voy dejando atrás la pulsión acumulativa, tan propia de la juventud (o la inmadurez)? ¿Me decanto paulatinamente por la profundidad, por la demora?”. Me leo y me doy rabia. A veces me resulto insoportablemente pedante. De todos modos, no puedo dejar de pensar: ¿Me estaré haciendo viejo? Hace unos días se me atascó el proyecto en el que vengo trabajando últimamente. Me enredaba en frases reincidentes, no lograba avanzar. Necesitaba dejar de mirarme el ombligo, más acción, que las cosas sucedieran. Entonces recordé uno de los consejos de Zadie Smith*. Cogí de mi estantería un libro de Bolaño, Los sinsabores del verdadero policía, y empecé a leerlo a ver si esas frases conseguían sacarme del sopor en que había caído. ¿El resultado? Que devoré la novela de principio a fin (y volvió a ser una experiencia gratificante) y que logré desatascar mi proyecto… O sea, ya son siete las novelas que he releído en mi vida. Estoy hablando de volver a leer una novela de principio a fin, no de releer fragmentos o capítulos sueltos. ¿Me estaré haciendo viejo? 

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"Algunos escritores son como los violinistas que necesitan un silencio absoluto para afinar sus instrumentos. Otros quieren oír a todos los miembros de la orquesta: cogen el tono a partir de un clarinete, incluso de un oboe. Yo soy así. Tengo el escritorio lleno de novelas abiertas. Leo frases para nadar en cierta sensibilidad, para tocar una nota concreta, para fomentar el rigor cuando me pongo demasiado sentimental, para conferir cierta relajación verbal cuando estoy sintácticamente tensa. Pienso en la lectura como en una dieta equilibrada; si las frases resultan demasiado barrocas, excesivas, comed menos de Foster Wallace, tan rico en grasas, por ejemplo, y más de Kafka, tan rico en fibra. Si vuestra estética se ha vuelto tan refinada que no os deja poner una sola mancha negra en el papel en blanco, no os preocupéis tanto por lo que diría Nabokov; coged a Dostoievski, santo patrón de la sustancia por encima del estilo". Zadie Smith, Cambiar de idea.


miércoles, 12 de diciembre de 2012

Conversaciones con Mario Levrero. Seis citas o fragmentos mientras yo agonizo levemente


 En mi opinión, lo principal, casi diría lo único que importa en literatura es escribir con la mayor libertad posible. En todo caso podés usar técnicas para corregir, pero jamás para escribir. Aunque en realidad siempre se usan técnicas, pero son técnicas propias que uno va descubriendo, o creando mientras escribe. Si usás técnicas aprendidas, son aprendidas de otros; así nunca escribirás con tu estilo personal, es decir, no se te reconocerá, por mejor escrito que esté el texto. 

 En mi sistema de categorías, la imaginación fabrica imágenes constantemente en base a recuerdos: exige más coherencia y da anécdotas más verosímiles; no inventa nada por sí sola. En cambio la invención conecta algunos cables intelectualmente y no se preocupa por la verosimilitud, sino que se conforma con narrar como se pueda el argumento inventado. Tampoco da un estilo personal: con la literatura tiene un parentesco medio lejano. A esos críticos que se entusiasman con un relato de ese tipo, donde prima el ingenio, habría que preguntarles qué les pasa si lo leen por segunda vez, por tercera vez, por cuarta… El buen lector vuelve a leer lo que le gustó y lo disfruta más en las sucesivas lecturas, ya libre de la cosa del ingenio y de los golpes de efecto. A mí me pasa también con el cine; me gustaría no ver una película por primera vez. Recién empiezo a disfrutar a partir de la segunda.

 Ser escritor no significa escribir bien (hay quienes escriben mal, como Roberto Arlt, o con un lenguaje poco literario, como Kafka, y sin embargo son grandes escritores), sino estar dispuesto a lidiar durante toda la vida con tus demonios interiores. Y esa lucha no puede ni debe ser impuesta desde afuera, sino que forma parte de la búsqueda o el encuentro personal de cada uno. 

 Hay que trabajar con la materia prima que uno tiene; toda experiencia personal es única e infinita y valiosísima, y es lo mejor que podés dar a los demás.

 La forma no es algo que se le cuelga a un texto, como quien da una mano de pintura. La forma es el texto; los contenidos tienen una importancia menor, y siempre se pueden transmitir por otros medios. La forma y el contenido son una sola cosa; no podés forzar una sin destruir la otra. No podés cambiar arbitrariamente de envase sin alterar el producto. 

 El estilo es innato; sólo tenés que dejarlo manifestarse. Los que luchan por fabricarse un estilo son los que no pueden mirar hacia adentro.

jueves, 23 de agosto de 2012

Salteño e independentista (literatura como terapia)



He proseguido con mi periplo argentino. Estos días leí los relatos En la estepa y Papá Noel duerme en casa, de Samanta Schweblin; Ocio y Veteranos del pánico, de Fabián Casas; Gelatina y Aguas salobres, de Mario Levrero. En fin, cosas de familia. Ya sé que el bueno de Levrero es uruguayo, pero me uno así al chiste de mis amigos australes. En petit comité me autoproclamo salteño e independentista. Para fastidiar. Después hablamos de literatura, concluido el asado. Expongo lecturas recientes, pero todos se quedaron un poco atrás, así que terminan preguntándome por mis proyectos. Uf. Prefiero darle al fútbol. Por acuerdo tácito, evitamos hablar de la denuncia que Argentina ha interpuesto contra España por lo de las restricciones del biodiesel. El fútbol conlleva más apasionamiento y menos conflictividad. Además, qué coño sabemos nosotros del biodiesel. Elucubramos sobre si Tito estará a la altura. Esto nos enciende. Después especulamos sobre lo que pasará en Brasil. Que España no repetirá es una certeza generalizada. Los amigos apuestan por una final Brasil – Argentina. Yo insisto con Italia. La Alemania de Özil, en cambio, me deja más bien frío. Seguimos con la cerveza. Es noche cerrada. Estoy bien. Pese al vértigo. Al llegar a casa y a modo de despedida de otros tiempos, escribo del tirón esta especie de poema. La literatura como terapia, qué peligro.


Disimulo mi inapetencia verbal concentrándome en el cuadro
que tengo enfrente, un retrato a pinceladas gruesas y nerviosas
de la mujer con la que estoy a punto de acostarme y que acabará
siendo la esposa de un famoso pintor local que expone en NY
y Berlín, una mujer que inspirará un poema que escribiré
varias semanas después, cuando ella ya haya conocido al pintor
local famoso y yo ande de fiesta en fiesta, emborrachándome
y sermoneando a todo aquel incauto que cometa el error de caer
en mi reducido radio de acción. Pero aún no bordeo
el precipicio (o sí lo hago pero no soy consciente) y la mujer
me pide qué quiero beber y yo pienso que la vida y sin embargo
contesto que con una cerveza será suficiente, pero nada
va a ser suficiente esta noche. De todos modos, he tenido
la precaución de apagar mi teléfono. Mi desesperación es más fuerte
que mis ganas de follar pero -como ya dije- todavía no lo sé.


martes, 10 de enero de 2012

Diario de un hombre cojo [22]

martes, 10 de enero de 2012

Estoy de bajón. No me apetece escribir, pero me fuerzo a ello. He pasado muy mala noche a causa de mis pies: los tenía helados. Normalmente, suelo tenerlos fríos, pero lo de esta noche no ha sido ni medio normal. El helor me llegaba hasta las rodillas y no había manera de que remitiera. Era tan intenso que incluso me producía dolor físico. Ya eran las tres de la madrugada cuando han empezado a adquirir una temperatura medianamente humana. Pero no, este bajón no tiene nada que ver con la temperatura de mis pies durante la noche. El causante, cómo no, es la literatura.
                Ayer recibí los ejemplares que me corresponden como autor de la novela Los artistas. El libro ha quedado precioso. La fotografía que Miguel Ángel Abraham hizo para la portada es estupenda. Posee fuerza y elegancia a partes iguales. Fue un auténtico subidón poder ver y tocar esos libros. Me sentía como un niño en la mañana de Reyes. Cómo no, lo anuncié en Facebook y fueron bastantes los que me felicitaron o le dieron al botón de “Me gusta”. Todo era perfecto hasta que me encerré en mi habitación para volver a leerla. Quizá esto motivó que se me congelaran los pies. Debería estar acostumbrado. Ya me pasó lo mismo tras la lectura, una vez publicada, de La historia que no pude o no supe escribir. Siento horror, un disgusto enorme. No me gusto. Querría hacerme con todos los ejemplares publicados y quemarlos. Que no quedara rastro. Curiosamente, esto nunca me ha pasado (al menos, no de un modo tan intenso) con la poesía. (Tema a analizar). Sé que con el transcurrir del tiempo me vuelvo indulgente. Por otro lado, me consta que hubo personas, entre ellas mi editor, a las que mi primera novela gustó bastante. Me digo que no debería ser tan duro conmigo. Mejor dejo el tema. Se supone (permitidme el chiste) que estoy o debería estar en fase de promoción. Dónde se ha visto que un autor diga de su propia obra que no vale la pena. Volveré al libro unos días más tarde, cuando esté más tranquilo. Seguro que veo las cosas de forma diferente. Será entonces cuando hable de él.
               No obstante, añadiré que esta novela, como le expliqué a Julia anoche por mail, es una especie de ejercicio de estilo donde lo principal es la cadencia enfermiza de las frases. Abuso, ciertamente, de los adjetivos. Caigo en un barroquismo que entiendo que pueda molestar. Pero se trata de algo hecho adrede. Si bien ahora no la escribiría del mismo modo, debo decir que hay pasajes de la novela que me siguen gustando (como el que publiqué en el blog el sábado 3 de diciembre de 2011, así como algunos otros que no desvelo aquí).
               Para finalizar, diré que esta novela forma parte de una trilogía. Esta trilogía (soy poco original, lo sé) se asienta sobre, como diría Kundera, la continuidad del mismo tema. Este tema no es otro que el de la Huida. En La historia que no pude o no supe escribir, me centro en lo que sucede tras esa huida, es decir, en la búsqueda que acontece después de que el protagonista rompa o crea romper con sus asfixiantes circunstancias. En Los artistas (que terminé de escribir en junio de 2008), trato de explicar los motivos (oscuros) que llevan al protagonista a desear la huida. Aquí me centro en las semanas previas a esa huida liberadora y, cómo no, engañosa. En Piscinas iluminadas, todavía no publicada, la huida física ya no es posible, por lo que el protagonista se ve forzado a la huida mental, es decir, a través de  la imaginación, algo mucho más peligroso, sobre todo en una mente enferma como la suya.
               Una vez dicho esto, resulta fácil llegar a la siguiente conclusión: la literatura es mi vía de escape, el viaje que emprenden todos mis protagonistas, lo que preciso para no desmoronarme. 
               Por lo demás, he decidido abandonar por un tiempo La novela luminosa. La paranoia empezaba a ser excesiva. Por recomendación de Julia, he iniciado la lectura de Cambiar de idea, de Zadie Smith. De momento he leído los dos primeros ensayos. La inglesa expresa con claridad, en una prosa muy bien escrita, todas sus ideas, cosa que se agradece. Zadie Smith es un ser equilibrado, razonable, con el que es difícil estar en desacuerdo. Cierto que sólo he leído los dos primeros ensayos ocasionales (así los llama ella) y que, además, estos dos primeros ensayos versan sobre autores  (Zora Neale Hurston y E.M. Foster) de los que no he leído absolutamente nada. Veremos si sigo pensando lo mismo cuando pase a hablar de temas más generales o de algún autor al que sí haya leído.
               Otra vez vuelvo a olvidarme de Sancevá. Seguro que está cabreado. Apuntaba como claro protagonista de este diario y llevo unos días en que no le doy ni bola. Mañana, lo prometo. Tengo la escena que quiero narrar en mente. Transcurre en la piscina comunitaria de mi (su) casa. No, no adelanto nada, por si luego cambio de idea.

(17:51)
Me acabo de dar cuenta de que en el muro de Facebook de Baile del Sol publican cada una de las entradas de este diario (los enlaces al blog, se entiende). Ups. Pienso que es posible que no les haga mucha gracia leer lo que esta mañana escribí sobre Los artistas. Tal vez pueda convencerles de que se trata de una modalidad poco convencional de promoción: hablar mal de uno mismo. Son tantos los que se creen geniales, los que hablan bien de sí mismos, que un poco de autoflagelación puede resultar estimulante. Desde aquí animo a todo el mundo a que compre la novela. Nunca deben hacer caso de lo que un autor opina sobre su propia obra. Como dice Levrero (¡maldición, otra vez!), «es sabido que los autores nunca dicen exactamente la verdad acerca de sus obras, a menudo porque la ignoran». Pues eso.


lunes, 9 de enero de 2012

Diario de un hombre cojo [21]


lunes, 09 de enero de 2012

Acabo de releer lo que ayer escribí. Imagino lo que Jaime Castell diría: «es demasiado fácil, de una vaciedad espantosa; es disimular de la peor manera la ausencia de discurso propio». ¿Discurso propio? ¿Alguien, a estas alturas, tiene discurso propio? (Esto lo diría para fastidiar, para dar inicio a una de esas discusiones desquiciantes, sin solución posible). Yo hablaría, más bien, de grados de disimulo. Pero no, no quiero establecer aquí, ahora, un diálogo con el poeta. Dejaré que se explaye (ya veremos) en su próxima cita con Sancevá. Pero sí querría añadir algo a lo escrito el domingo, algo que me parece de una obviedad apabullante: que un escritor hable o no de sí mismo carece de importancia. Uno puede detestar hablar de sí mismo del mismo modo que a otro puede encantarle. ¿Importa algo? Lo fundamental es cómo cuentes eso que quieres contar, es decir, la forma. (En este punto, Dovtálov, Kundera y Levrero parecen estar de acuerdo). O sea, que si a un escritor le da por narrar una mudanza, por poner un ejemplo, lo importante no es la existencia real, fuera de las páginas, de esa mudanza, ni lo que el escritor piensa verdaderamente de las mudanzas, sino la gracia con que esa mudanza es narrada. Al final, si el escritor es bueno, si tiene verdadero talento, se dejará llevar por la magia del relato (vuelvo a emplear la palabra magia, debería hacérmelo mirar), es decir, dará prioridad a lo que el relato imponga y no a lo que imponga la biografía, el hecho anecdótico narrado, su opinión sobre el asunto. Y no, no veo ninguna contradicción. La literatura, siempre, antes que testimonio, antes que memoria, es literatura, por muy autobiográfica que sea. Dejo la cuestión.
               Siguen los paralelismos con La novela luminosa. En sus páginas, Levrero habla de Onetti, Beckett y Bernhard, tres nombres mencionados a lo largo de este diario. Quizá debería abandonar la lectura de este libro. Empiezo a estar paranoico. 
               Bueno, la mención de Onetti es incidental. Hace referencia al aspecto físico del también escritor uruguayo en sus últimos tiempos, cuando permanecía encamado. La mención de Beckett tampoco tiene mayor importancia. Habla un poco de sus cuentos, que yo no he leído, si bien más adelante Levrero apunta la posibilidad de releer Malone muere. Recuerdo aquí que cuando hablé de crear un plano ficcional, el plano en que se mueven Sancevá y compañía, mencioné expresamente esta novela del autor irlandés. Pero lo que ha hecho que saltaran todas las alarmas y me diera por emplear la palabra «paranoico» ha sido la mención de Bernhard, concretamente, la de su novela El sobrino de Wittgenstein. Levrero la lee y, sin negar la fuerza y la calidad características del austriaco, dice que en esta obra «se nota un cierto desgaste, ¿cómo decirlo?: una especie de cansancio». Yo no empleé tales palabras al hablar de El sobrino de Wittgensteis, en cambio dije que, tras leer su pentalogía autobiográfica, ya nada podía estar a la altura, si bien esto no significaba que el libro en cuestión no fuera un gran libro. 
               Sí, tal vez exagero las cosas, tal vez no sea para tanto. Al fin y al cabo, los autores mencionados son autores mundialmente reconocidos. Hasta cierto punto son normales tales coincidencias. Por otro lado, siento que contarlo me ha hecho bien. Me he vuelto a quitar un peso de encima.
               No olvido que tengo que decidir si cuento alguna de esas semejanzas que, a raíz de la lectura de La novela luminosa, han ido surgiendo entre mi vida y la del uruguayo. Imagino que son detalles sin importancia, pero no puedo dejar de sentir extrañeza. Tal vez, si cuento alguna de esas semejanzas… El problema es que la más llamativa tiene que ver con mi vida sentimental. Decidido, voy a hacerlo. A lo largo de su libro, Levrero cuenta alguno de los sueños que tiene para después lanzarse a su interpretación. Es un juego que yo casi nunca he practicado, entre otras cosas, porque casi nunca recuerdo lo que sueño. Pero ocurrió que ayer por la mañana fui impelido a interpretar un sueño que yo no había soñado pero del cual era el protagonista. La que vengo llamando la mujer de mi vida me telefoneó para contarme que había soñado conmigo. Esto, inmediatamente, me puso a la defensiva. En el sueño, yo estaba muerto. Ella acudía al velorio, concretamente, se encargaba del cuidado de Floriane. Curiosamente, yo estaba presente en mi propio funeral. Sentado en primera fila, contemplaba silencioso el ataúd granate en donde me hallaba. Pese a estar ahí, sentado, a la vista de todos, no había duda de que yo estaba muerto. El sueño seguía, pero he olvidado cómo. Quero decir: me contó algo más, pero ya no lo recuerdo. Sé que sacaban el ataúd del lugar donde se celebraba el velorio. Lo que no me dijo o he olvidado es si yo ayudaba a transportar mi propio ataúd. Mi interpretación fue la siguiente: la mujer de mi vida quiere olvidarme, necesita alejarme de su vida, al menos es lo que le aconseja la parte racional de su cerebro (y alguna que otra amiga irracional), sin embargo, se ve incapaz de hacerlo. La presencia de Floriane (Floriane quería muchísimo a la mujer de mi vida) simboliza los buenos recuerdos, la calidez, todo lo maravilloso que vivimos juntos. En suma, la posibilidad de un futuro. En cambio, mi propia presencia, una presencia fría, casi irreal, distante, es la manera en que el subconsciente le recuerda cómo pude llegar a ser, o sea, cómo puedo llegar a ser: alguien frío, solitario, egoísta y sin corazón. Uf. Lo dejo. Debería volver al plano ficcional. Sancevá aguarda, pero no. Antes quiero solventar otro asunto.
               Un día después de que hablara de los cuadros de Salva Ginard, esto es, el sábado 7 de enero, recibí un mail de éste con las dos imágenes comentadas.  No vi este correo hasta el domingo 8, es decir, ayer, una vez publicada la entrada del diario. Ahora que vuelvo a ver las imágenes, no tengo nada que añadir a lo que dije sobre el cuadro masculino. Se me ocurre, eso sí, que, de acabar publicado este diario en papel, podría ser una magnífica imagen para la portada. Fuerza y soledad, me gusta. Respecto a la segunda imagen, me gustaría añadir (y esto supone, creo, una reinterpretación de lo dicho el viernes) que la mujer parece amordazada por su propia tristeza, como si algo que no vemos, pero que está allí, la confinara en una soledad que la desgasta, que la embrutece, que la destruye poco a poco, en silencio.
               Otra vez vuelvo a postergar el plano ficcional, pero no puedo dejar de aclarar, de comentar, ciertos aspectos de mi vida. Espero que Kundera pueda perdonarme.




domingo, 8 de enero de 2012

Diario de un hombre cojo [20]

domingo, 08 de enero de 2012

He seguido leyendo La novela luminosa. Hay ciertas semejanzas, ciertos paralelismos con este diario que me asustan. No, no es que me asusten, digamos que me incomodan. Alguien podría creer que este diario pretende ser algo parecido a la magnífica novela de Levrero, pero no es así. Como dije, inicié su lectura una vez finalizada La montaña mágica. Por otro lado, parece que ciertos aspectos de mi vida actual, como consecuencia de la lectura de este libro, se vayan asemejando a ciertos aspectos de la vida del uruguayo. Es el efecto mágico de la literatura. Y que conste que, a un tipo descreído como yo, le cuesta muchísimo utilizar la palabra magia. Veremos si me animo a narrar alguna de estas semejanzas.
               Estas semejanzas tienen que ver con mi vida privada, diría que sentimental, y no quiero incomodar a nadie con este proyecto. Aquí, vuelvo a repetirlo, se trata de ahondar en mí, de conocerme mejor para así poder vencer mis miedos. Ya sé que para ahondar en uno mismo, en ocasiones es necesario involucrar a otras personas. Bueno, utilizaré alguno de los típicos trucos de escritor. Hablaré de cosas que ocurrieron hace tiempo, cambiaré nombres, lugares, etc., o pondré ciertas dudas o problemas en la cabeza de los diferentes personajes. ¿No es lo que he hecho hasta ahora? En la medida de lo posible, intentaré no incomodar a personas queridas que puedan leer este diario.
               Como decía, he seguido leyendo La novela luminosa. En la página 75, me encontré con la siguiente afirmación, la cual me apresuré a subrayar: «Cuando uno es joven e inexperto, busca en los libros argumentos llamativos, lo mismo que en las películas. Con el paso del tiempo, uno va descubriendo que el argumento no tiene mayor importancia; el estilo, la forma de narrar, es todo». Junto a estas palabras, en bolígrafo azul (el mismo que utilicé para subrayarlas), escribí el nombre de Dovtálov. Fue inevitable recordar lo que el ruso decía al evocar la juventud de su primo en la novela Los nuestros: «Él en cambio era un joven virtuoso y tímido. La coquetería femenina lo abrumaba. Me acuerdo de las frases que apuntaba en su diario de estudiante: Lo principal en un libro y en una mujer no es la forma sino el contenido… Incluso ahora, después de las incontables decepciones de la vida, este planteamiento me parece algo triste. A mí, como antes, sólo me gustan las mujeres guapas». Así, satisfecho por la coincidencia y por el hecho de que el uruguayo y el ruso, dos autores que aprecio mucho, me dieran la razón (cada uno a su manera) en algo que siempre he defendido, decidí acometer el final de El arte de la novela, de Milan Kundera. Al poco de proseguir su lectura, di con este párrafo (que no subrayé ya que el libro es de mi amigo Juan Payeras): «El novelista no hace demasiado caso a sus ideas. Es un descubridor que, a tientas, se esfuerza por desvelar un aspecto desconocido de la existencia. No está fascinado por su voz, sino por la forma que persigue, y sólo las formas que responden a las exigencias de su sueño forman parte de su obra». Volví a sonreír. Parecía que todo el mundo se había puesto de acuerdo. Pero la felicidad, como es sabido, es pasajera, y el señor  Milan Kundera, un cabrón de mucho cuidado. Supongo que tanta coincidencia le molestaba, por eso decidió meter algo de cizaña. Para contradecir a Levrero y, ya de paso, a mí, para meterse con la concepción literaria que rige la escritura de esta novela-diario, el checo cabrón asegura que el rasgo definitivo del verdadero novelista estriba en que no le gusta hablar de sí mismo (*). Dice: «Según una famosa metáfora, el novelista derriba la casa de su vida para, con los ladrillos, construir otra casa: la de su novela». Entonces, estas más de 40 páginas que llevo escritas en un documento Word, ¿no son una novela? ¿Es que el verdadero novelista no puede hablar de sí mismo y sólo de sí mismo? Para animarme, ya que Kundera había conseguido ensombrecer mi humor, releí otro de los pasajes subrayados de La novela luminosa. Dice así: «Amigo lector: no se te ocurra entretejer tu vida con la literatura. O mejor sí; padecerás lo tuyo, pero darás algo de ti mismo, que es en definitiva lo único que importa. No me interesan los autores que crean laboriosamente sus novelones de cuatrocientas páginas, en base a fichas y a una imaginación disciplinada; sólo transmiten una información vacía, triste, deprimente. Y mentirosa, bajo ese disfraz de naturalismo. Como el famoso Flaubert. Puaj». En fin, tal vez no haya tanta contradicción como creo ver. Tal vez se trate de un asunto de matices. Tal vez, si uno habla de sí mismo, sin tapujos, en una novela, inmediatamente se convierte en personaje y, por lo tanto, ese material biográfico empleado, obvio, de algún modo se transforma, se reelabora, para ajustarse así a las formas que responden a las exigencias del sueño del escritor. Por otro lado, tampoco creo hablar tanto de mí… Pienso que lo mejor es dejar el asunto aquí, no profundizar. Esto no pretender ser una obra profunda. Es, ya dije, una terapia. Además, ya va siendo hora de volver a Pedro Capllonch, el cual ya contó el primero de sus relatos. Cecilia Polsen ya no está con él. Todavía no se ha acostado. ¿Qué ha estado haciendo? ¿Se ha sentado a escribir? ¿Por qué no? ¿No era este su objetivo, escribir sus memorias? La prostituta hace de conductor de los recueros. Le resulta más fácil evocarlos si alguien lo escucha. Una vez solo, se sienta y escribe. A diferencia de su estilo oral, su escritura es directa, despojada. Emplea frases breves y muy pocos adjetivos. Casi parece un resumen esquemático de lo que contó a Cecilia. Medio folio le basta. Con todo, se ha demorado bastante. Entre frase y frase, dormitaba o recordaba. Se perdía por esas rendijas que su relato había abierto. Empieza a amanecer cuando escribe la última línea. Un mundo con mala resolución, granulado, gris, se agazapa tras la ventana. La tentación de un último cigarro antes de echarse a dormir lo roza levemente. Deja el cuarto en el que está y se dirige a la cocina. Pese a que no tiene hambre, abre cajones en busca de algo que llevarse al estómago. Finalmente, opta por prepararse un café. Sale a la terraza. La visión de la piscina le resulta decepcionante. Alcanza el vaso en el que hace unas horas bebía Cecilia Polsen. Examina los bordes en busca de restos de carmín o saliva. La huella de sus labios sobre el cristal lo enternece unos segundos. Deja el vaso sobre la mesa, se desprecia sin convicción por su sensiblería y regresa al interior de la casa. Ya en la cama, imagina a Cecilia a su lado. «Hacerse viejo es volver a la niñez, pero sin ese exceso de vitalidad. Se reblandece la mente, nos tornamos previsibles, débiles y patéticos. Esto no es más que un capricho, nada, y, sin embargo, tiemblo y abrazo la almohada pensando en Cecilia Polsen. Seguramente lo sabe, pero no me importa. Forma parte del juego».

(*) Para fortalecer su argumento, Kundera recurre a lo que otros escritores dijeron sobre este asunto. Entre los citados, se encuentran Flaubert (¡otra coincidencia!) («El artista debe hacer creer a la posteridad que no ha vivido»), Maupassant («La vida privada de un hombre y su aspecto no pertenecen al público»), Hermann Broch (refiriéndose a Musil, a Kafka y a sí mismo: «Ninguna de los tres tiene verdadera biografía»), Karel Capek (que al ser interrogado por los motivos por los cuales no escribía poesía, respondió: «Porque detesto hablar de mí mismo»), Nabokov («Detesto meter la nariz en la valiosa vida de los grandes escritores y jamás levantará un biógrafo el velo de mi vida privada»), Italo Calvino (que no dirá a nadie nada sobre su vida privada) y Faulkner (que desea «ser anulado en tanto que hombre, suprimido de la Historia, no dejar huella alguna, nada más que libros impresos»).

martes, 3 de enero de 2012

Diario de un hombre cojo [17]

martes, 03 de enero de 2012

Consigno aquí la ausencia de Floriane. No me extenderé más en este punto por considerar que este diario no es el lugar adecuado. Ya dije que mantendría este asunto en la intimidad. Es más, intentaré que mi estado de ánimo no condicione mis palabras.
               Hoy he recibido por correo certificado La novela luminosa, de Mario Levrero. He leído el prefacio y el primer párrafo del prólogo, “Diario de la beca”. Todavía ando con La montaña mágica (me faltan algo más de doscientas páginas para finalizarla), por lo que he decido parar y centrarme en las aventuras del joven Hans Castorp. De todos modos, no he podido dejar de pensar en los paralelismos existentes (al menos, en lo leído hasta ahora) entre La novela luminosa y este diario. No estoy hablando de calidad, obviamente. Me refiero al planteamiento, por un lado, y a lo que posibilita su escritura, por otro. Ya el título del prólogo, “Diario de la beca”, pone en la pista del primer paralelismo. De hecho, el párrafo mencionado empieza de este modo: «Aquí comienzo este “Diario de la beca”. Hace meses que intento hacer algo por el estilo, pero me he evadido sistemáticamente. El objetivo es poner en marcha la escritura, no importa con qué asunto, y mantener una continuidad hasta crearme un hábito». En las últimas líneas de este párrafo inicial, Levrero insiste: «Todos los días, todos los días, aunque sea una línea para decir que hoy no tengo ganas de escribir, o que no tengo tiempo, o dar cualquier excusa. Pero todos los días». ¿No es idéntico a lo que yo me propuse hacer aquí? ¿No enlazan estas frases con aquellas otras de André Gorz? Por otro lado, lo que posibilita la escritura de La novela luminosa es la concesión, como anuncia el propio Levrero en el prefacio de la obra, de una beca por parte de la Fundación Guggenheim. Aquí, el paralelismo no es tan obvio, ya que yo jamás recibí una beca (entre otras cosas, porque jamás solicité una). La beca, en mi caso, sería la rotura de mi tendón y la disposición paterna a facilitarme las cosas durante mi estancia en su casa. Ya dije en su momento, o eso creo, que mi pierna escayolada era la versión moderna de aquella tuberculosis de principios del siglo pasado. Por otro lado, los paralelismos no terminan aquí. Como explica Mario Levrero, la beca Guggenheim fue concedida para que pudiese realizar la corrección definitiva de los cinco capítulos que ya tenía escritos así como para escribir los nuevos capítulos necesarios para finalizarla. Que lo lograra o no es lo de menos. Yo no tenía cinco capítulos escritos, pero sí algunas páginas, algunos esbozos, balbuceos, que hablaban y configuraban a Alberto Sancevá, incluso a Pedro Capllonch. O sea, que me he servido de este retiro obligado, de esta beca, para ordenar y dar forma (¿definitiva?) a esas historias que empecé y abandoné un par de años atrás. (Por no hablar del modo en que utilizo textos antiguos publicados ya en mi blog). Está de más decir que estas seis semanas de inmovilización no son comparables con el año de que dispuso el uruguayo para avanzar, profundizar, en su obra; tampoco la rotura de un tendón es comparable a la tuberculosis decimonónica, por eso es casi obligado que este diario sea mucho más ligero, mucho más breve. Una obra insignificante, casi un guiño. Ya lo anuncié hace unos días: abandonaré este diario el mismo día en que den por finalizada mi rehabilitación.
               La originalidad, en mi caso, y comparando estas líneas con la obras mencionadas, es que me enfrento a la escritura “en directo”, es que hago crecer este diario, esta novela, a la vista de todos… Que todos no sean más que cuatro o cinco personas no añade ni resta nada al hecho en sí.
               Pero dejémonos de originalidades. Sólo los imbéciles y los genios, y no todos, se creen originales, y ya se sabe que genios hay pocos, muy pocos. Volvamos a Alberto Sancevá. Hay una frase que en su momento anoté, pensando que podría serme útil en la construcción del personaje Sancevá. Una frase en apariencia absurda, posiblemente absurda del todo. Ignoro su procedencia. Irrumpió de pronto. La anoté en el procesador de textos del móvil y pensé: Alberto jugará con ella. Es lo suficientemente obsesivo y enfermizo como para hacerlo. «La vida es irreal, en cambio, el dolor que produce es real». Aquí está la frase. ¿De dónde procede? Ha irrumpido así, de pronto, en la cabeza de Alberto Sancevá. No siente extrañeza. A veces le sucede. Ya está acostumbrado a que su mente trabaje por su cuenta y, sin previo aviso, independientemente de las circunstancias exteriores, le entregue el resultado (tantas veces ridículo, nimio) de su actividad secreta. Ahora se ve obligado a tirar del hilo. Necesita desarrollar la idea, exprimir algo más las palabras. No es más que un juego, en realidad. Rara vez llega a conclusiones claras. Este entretenimiento, este vicio, no sirve más que para mejorar su capacidad de jugador, de manipulador de palabras; su aprendizaje como ser humano, la adquisición de nuevos conocimientos, etc., son asuntos que quedan al margen…
               Mis libros, piensa, (englobados en la esfera del dolor producido por la vida, así como del placer también producido por esta vida) son la prolongación de un yo inexistente, intercambiable, en estas calles del día a día, calles saturadas de ruido, de distracciones, de los otros que me niegan, de la conciencia aterradora del transcurrir del tiempo, un tiempo que me engullirá. Sólo en ellos, en mis libros, alcanzo a ser alguien, alguien significativo, individual, sólo en ellos llega a tener algo de sentido mi existencia. (De estar menos espeso, se percataría de que equipara realidad y sentido, como si fueran una misma cosa, otorgando al sinsentido el carácter de irreal, cuando, tantas veces, el sinsentido de todo parece la única cosa real, es decir, existente, posible, pronunciable). Estar aquí, esperando a Nuria, en una de las mesas exteriores de la cafetería de Es Baluard, esta tarde soleada de principios de junio, es un misterio, algo inexplicable, extraño, casi irreal. ¿Peligroso? Frente al ordenador, en cambio, todo se reordena, todo se eleva a una significación que al final tranquiliza, por muy enrevesada que sea, por muchos palos (propios o ajenos, pero sobre todo propios) que podamos llevarnos a causa de nuestras palabras. Turbado por estas reflexiones, Alberto Salcevá piensa que estaría bien anotarlas para, más tarde, con más calma, volver a ellas, ordenarlas, pero, en contra de lo que suele ser su costumbre, no lleva consigo ni su Moleskine ni su Pilot Extra Fine. Se consuela pensando que sus reflexiones no eran para tanto y que, a poco que se esfuerce, podrá reproducirlas una vez en casa, frente al ordenador. Es más, tal vez pueda aclararlas un poco, pues no se le escapa lo embarullado de sus disquisiciones. Hay un error, piensa, algo no cuadra… Esto lo incomoda. Tal vez, cuando se siente frente al ordenador para actualizar su diario, vuelva sobre este asunto, con calma… Hace más de seis años inició (inicié) un diario en el que, con lapsos significativos, narra su anodina existencia hecha de lecturas, reflexiones y amantes. Ahora ya ni eso, piensa Alberto Sancevá. Hace tres años que ya no tengo amantes o, para ser más exacto, hace tres años que sólo tengo una, y no es que haya muerto el mujeriego que hay en mí. De hecho, en esta tarde soleada de principios de junio, esta tarde tomada por las primeras turistas alemanas y británicas sedientas de sol y aventura, diría que el mujeriego está más vivo que nunca, retorciéndose ahí adentro, entre todas esas ideas que se me ocurren y que a veces anoto en mi cuaderno y, a veces, como ahora, dejo que se me escapen. Esta reflexión le recuerda algo que escribió en uno de sus Moleskine y que después trasladó a su diario: «En ocasiones me da por pensar que mi mejor obra podría ser un compendio de todas las ideas que se me ocurren y olvido antes de anotar en cualquier lado». (El miércoles siete de diciembre, en este mismo diario, escribí lo siguiente: «A veces me da por pensar que, en el futuro, alguien podría considerar que mi mejor obra no es otra que este conjunto de textos descartados»). ¿Un modo de no renunciar a creerse un genio? ¿Una manera de mantener la esperanza?  Qué gilipollez, piensa Alberto Sancevá, no es más que una frase escrita al dictado de cierta noción estética, nada más. Tras ella, no hay verdadera reflexión…


(14:05)
Pienso en Alberto Sancevá. Creo que ha empezado a independizarse, a tomar las riendas de su propia vida. Suele ocurrir con los personajes. ¿Cómo lo veo? Si me obligaran a describirlo, diría que se trata de alguien obsesionado, enfermo. Tiende a la autodestrucción. Carece del amor propio suficiente, tal vez de la audacia, para plantarle cara a este virus. Frente a Jaime Castell y Nuria Tamena logra mantener la compostura, se muestra fuerte (este mostrarse fuerte es síntoma de su debilidad), pero en cuanto se aleja de su amigo y de su amante, es decir, de su círculo íntimo, en cuanto se queda solo, sucumbe a este instinto aniquilador. En este sentido, podemos hablar de dos Albertos. Esta dualidad acentúa su asfixia, su inadaptación. Su mente trabaja sin descanso y siempre en su contra. Su inteligencia es más verbal que de fondo. Se recluye en su interior para no afrontar lo que hay afuera. Es alguien que, poco a poco, se está alejando del mundo. Se está perdiendo. Lo peor es que, de intuir su destino, sonreiría indiferente. ¿Cuál es el problema de Sancevá? De entrada, veo dos:
 1. No tiene hijos, le falta este anclaje sentimental a la vida. Incapaz para los grandes amores no filiales, para la vida en pareja, no tiene por quién luchar. (Se tiene a sí mismo, pero recordemos su tendencia autodestructiva, sólo atenuada por su gusto por los placeres mundanos y su pánico al dolor
 2. Su vocación y su talento no están en pie de igualdad. La única cosa que le interesa verdaderamente (las mujeres, el vino, la buena comida le gustan, pero no le interesan) es la literatura. Sin embargo, es lo suficientemente perspicaz como para darse cuenta de que su talento es, por decirlo de un modo educado, limitado, cosa que le atormenta.

domingo, 28 de febrero de 2010

Domingo, notas de lectura


Domingo, ya sin F. La casa silenciosa, vacía. Ideal para la nostalgia y la lectura. Para escribir estas notas apresuradas. ¿Exorcismo? ¿Aburrimiento? No sé, no estoy para análisis.
Acabo de terminar Señor Sueño, de Robert Pinget. Alguien me lo recomendó. Una de esas novelas breves y enigmáticas que en realidad no son novelas, esos libritos cuyo significado final se nos escapa porque es posible que no exista ningún significado final, etc. Mientras leía el libro no podía dejar de pensar en El discurso vacío, de Mario Levrero. Ambos libros tienen el encanto de la pereza y el día a día. No existe rigor mayor que la falta de rigor. Este rigor mayor es el único que podemos soportar a partir de determinada edad. Sería largo y difícil de explicar. Tiene que ver con mi cada vez más difícil relación con la ficción. Supongo que me hago viejo (se admiten risas).
A su vez, la lectura de El discurso vacío me retrotrajo a la de Autorretrato con radiador, de Christian Bobin. ¿Qué les une? La apariencia de diario de notas que tangencialmente cuenta una historia mínima, la del propio autor. El gusto por el aforismo. La indeterminación. La pereza.
No me extraña que me sienta atraído por este tipo de libros. Cada vez que empiezo a pensar en una trama con personajes de ficción, con un final que justifique y culmine toda la invención previa, me entra una pereza brutal. ¿Y si ya sólo puedo escribir notas, pequeñas reflexiones nacidas de la experiencia cotidiana, bosquejar un argumento pobre, tal vez perpetrar endecasílabos?
Por lo demás, he seguido con los Nueve cuentos, de J. D. Salinger. Me gustan, pero no puedo dejar de pensar que he llegado tarde a ellos.
A veces nos empeñamos en ser lo que no somos.
¿Es el empeño suficiente?

sábado, 5 de septiembre de 2009

Breve ensayo sobre la tautología de los aniversarios



Llega el día de tu cumpleaños y sólo quieres meterte bajo tierra, volverte invisible, y no es que te moleste cumplir años, es que no sabes qué cara poner.

Por suerte, los facebooks, messengers, sms, etc. nos ahorran la sonrisa forzada, el apretón de manos y la palmadita en la espalda. En este sentido, estamos abocados a un modelo anglo-japonés en lo tocante a las relaciones interpersonales, es decir, sin tocamientos.

Además, la tecnología se encarga de recordarnos los aniversarios de amigos / conocidos, lo cual deriva en un aluvión de felicitaciones. En contra de lo que cabría pensar, este aluvión de felicitaciones no menoscaba el sentimiento de aislamiento, que nada tiene que ver con el número de amigos / conocidos que puedas tener.

Aislamiento como sinónimo de incomunicación provocada por el muro de artificiosidad (por otro lado necesario, ineludible) que nos separa a unos de otros.

César Aira inicia su libro Cumpleaños con la siguiente frase: “Hace poco cumplí cincuenta años, y había acumulado grandes expectativas con la fecha, no tanto por el balance de lo vivido que podría hacer entonces como por la renovación, por el recomienzo, el cambio de hábito”.

A menudo vivimos el cumpleaños propio como punto de partida, como posible inflexión a partir de la cual desterraremos malos hábitos y adquiriremos buenos. Pero llega la fecha, pasa y nada cambia.

Nunca cambia nada.

Te horroriza repetir los mismos chistes de siempre, los mismos deseos postizos y empalagosos, la misma canción desafinada. Curiosamente, este conglomerado hecho de costumbre, previsión y aburrimiento genera una violencia que uno acaba dirigiendo contra sí mismo, ya que uno es consciente de la injusticia que supondría dirigirla a ese otro transmisor de buenos deseos (dando por sentado que desearte mucho años más de vida sea un buen deseo).

Dicen que los ritos son necesarios, que no podríamos vivir sin ellos. Los lugares comunes, las frases hechas, nos salvan del abismo de incomunicación a que estamos abocados. Son nuestra guarida, la reiteración de que está hecha nuestra cordura. Los asideros que utilizamos en nuestro descenso hacia la nada.

Imagínense un trayecto en ascensor con un vecino sin poder recurrir a la climatología. O a matrimonios con hijos que, en una cena de sábado, no pudiesen hablar de sus hijos.

Así que toca poner buena cara y dar las gracias por todos los regalos, si es que los hay, por todas las palabras amables y bienintencionadas e imaginar que una pandemia de película con presupuesto millonario (y no esta gripe A de los telediarios) asola el planeta y al final –que sería el principio– sobreviven unos pocos, entre ellos tú.

El mito de poder empezar de cero llevado al extremo. Desear que el 90% de la población mundial sucumba solo para poder realizarlo. La crueldad como fruto de la cobardía, etc.

Lo mejor, sin duda, son los libros que te regalan. Hasta la fecha tenía el capítulo lecturas más o menos controlado, me refiero a lo controlado que este capítulo puede estar teniendo en cuenta mi curiosidad y ansiedad y falta de método. Ahora las lecturas pendientes se acumulan en la mesa del comedor. De momento he iniciado El discurso vacío, de Mario Levrero. Transcribo una frase de este libro que subrayé y que también habla de ritos necesarios: “Es apropiado y necesario tener un rito como este de escribir todos los días como primera actividad. Tiene algo de espíritu religioso que tan necesario es para la vida y que, por distintos motivos, he ido perdiendo cada vez más con los años, acompañando en este proceso a la Humanidad”.

La escritura como rito de índole religioso.

A continuación transcribo los títulos que aguardan su momento sobre la mesa del comedor, lo que constituye clara muestra de mi carácter perezoso, ya que dejo los libros en el primer sitio que veo y luego no me preocupo de colocarlos en uno más apropiado: Antología bilingüe, de William Carlos Williams; Helada, de Thomas Bernhard; Cuentos rotos, de Carlos Herrero; Mimoun, de Rafael Chirles; Si te gustó la escuela, te encantará el trabajo, de Irvine Welsh.

Calma y método, además de tiempo libre. No queda otra.

En la resaca del día después de la celebración, ya con tu nueva edad a cuestas, caerás, como César Aira, como cualquiera que no tenga arrasada del todo su ingenuidad, en la vieja tentación de los planes para el nuevo curso. Terminar la novela, perder peso, mejorar el revés. Has aprendido a domesticar tus sueños. Al fin vuelan bajo, a la altura de tus posibilidades.

Eres un hombre sensato. Vivir la sensatez como una victoria o como una derrota depende de cada uno. Ser sincero con uno mismo no funciona, es un mal método. Lo importante es la voluntad, lo que tú quieras creer.

No se trata de esquivar la depresión, sino de aprender a vivir con ella, de sacarle partido. Es lo que tiene poseer una visión literaria de las cosas. La realidad te llega a través de este filtro. Se trata, digamos, de una realidad desvirtuada, de segunda mano. Solo tiene interés en la medida en que puedes utilizarla.

¿No es exagerado decir “solo tiene interés en la medida en que puedes utilizarla? No lo tengo muy claro.

La cuestión es que eres oficialmente más viejo. Luego está el típico que te suelta: “Peor sería no cumplir años”. Claro. Qué decir ante tal obviedad. Este tipo de obviedades buscan aniquilar tus discursos más nihilistas, quieren hacerte tocar con los pies el suelo. Que seas coherente. Con todo, encierran una verdad que no debemos eludir. Sería un drama no cumplir más años. No podría acabar la novela, perder peso; mi revés no alcanzaría la categoría de decente. En fin, no debo olvidarlo.


Ps: Quiero dar las gracias a todos aquellos que me felicitaron por mi cumpleaños. Gracias, sinceramente. Por favor, no dejen de hacerlo, pese a lo escrito en estos párrafos. Mi ingenuidad todavía no está del todo arrasada.