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martes, 7 de agosto de 2018

Los Retros [fragmento]





«Prepara tu petate, poeta. Esta tarde nos largamos».
     No me gusta que me llamen poeta, pero no dejo que el malestar se refleje en mi cara.
     «¿Se retiran al fin?».
     «Las bigotudas reculan. El edificio es nuestro».
     Tardo unos segundos en responder. Cuando digo «perfecto», Pablo ya ha desaparecido. Me pongo en pie y miro por el ventanuco. No registro actividad. El edificio de enfrente parece abandonado, no respira. Sin embargo, después de años de contienda, uno aprende a desconfiar de las apariencias. Pero Pablo es uno de los voceros del capitán, se supone que sabe de lo que habla. Se trata de otra pequeña victoria, seguimos avanzando. Me doy vuelta y miro el rincón donde solía dormir Lucas. Ya hace dos semanas que duermo solo. Imagino que a partir de ahora mi situación cambiará.
     Todos los que conformamos la compañía nos situamos frente a la entrada principal del edificio. Se trata de territorio conquistado, no corremos riesgo. A un lado, los hombres; al otro, las mujeres. Ellas permanecen en silencio, la vista clavada en la tierra; nosotros, en cambio, soltamos grandes risotadas. Alguien escala un montículo de escombros y suelta las proclamas de rigor: «¡Dios salve al Capitán!». «¡Arriba el Movimiento!». «¡Muerte a las Bigotudas!». ¿Acaso esta guerra era contra la imaginación? El ambiente es festivo. De un modo espontáneo, se ha organizado un campeonato de lanzamiento. Hierros afilados atraviesan el aire, también pedruscos. El Capitán se demora. Al fin aparece acompañado de su escolta. Dejan de volar objetos, el silencio cae sobre nosotros como algo ajeno a nuestra voluntad.
     «Hoy, gracias al valor de nuestros hombres, estamos más cerca de nuestro objetivo. En pocas semanas, la ciudad será nuestra, el orden volverá a reinar. De los doce sectores, ya controlamos ocho. Solo debemos lamentar una baja en este último enfrentamiento. Se llamaba Miguel. Murió en combate, la mejor muerte que un hombre puede tener. Por el contrario, cayeron dieciocho Bigotudas e hicimos seis prisioneros, cuatro hombres y dos mujeres. A partir de esta tarde, las mujeres estarán disponibles. Dios está de nuestra parte. ¡Arriba el Movimiento!».
     Vítores, abrazos, puños en alto. Me fundo en abrazos fugaces. Caras sucias, peludas, desfilan frente a mí. Todos convencidos. Yo, una cara sucia y peluda más, también grito con fuerza.

*

A los auténticos convencidos se les distingue porque, en la contienda, al lanzar los cascotes o las lanzas, depositan la punta de la lengua sobre el labio superior y arrugan la nariz. Pablo siempre hace lo mismo. He compartido ventana y trinchera con él en alguna que otra ocasión. Tras el lanzamiento, su cuerpo se queda rígido durante uno o dos segundos. Una temeridad, sin duda. Durante ese lapso queda expuesto, a merced del enemigo. ¿Un tic? Puede ser. O tal vez piense que esta actitud vaya en provecho de su puntería. Los convencidos suelen ser supersticiosos. Yo, por si acaso, imito su manera de proceder. En los últimos tiempos, el número de reclutamientos voluntarios ha crecido de manera considerable. La vida al margen de los bandos se ha hecho más dura. Ahora ya pueden prescindir de algunos de nosotros y los tibios no gozan de buena prensa, de ahí que al lanzar cascotes saque la lengua y arrugue la nariz. No quiero acabar como Lucas.
        El error de Lucas fue expresar sus dudas en voz alta. Se mostró compasivo con un recién llegado que no quiso rematar a uno de esos que se mueven por la zona intermedia, que no tomaron partido. El prisionero se negaba a colaborar, pese a los escupitajos y las patadas. Después de un par de horas, el capitán, visiblemente aburrido, ordenó que lo ejecutaran. «Dadle matarile a este picha floja. Que lo haga el nuevo, a ver de qué pasta está hecho». Por lo visto, la pasta no era de la mejor calidad. Se negó. Decía que no podía. El capitán, enfurecido, dijo: «Lo matas o te mato». El capitán, cuando quiere, sabe ser persuasivo. El nuevo agachó la cabeza y dejó caer la piedra que tenía en la mano. Lucas saltó en su defensa: «Otorguémosle una oportunidad, no somos animales. No les demos la razón a esos que nos tachan de brutos». Aquellas palabras fueron el principio de su fin. Esos que nos tachan de brutos –los Retros, nos llaman– son el enemigo. Está de más decir que ni Lucas ni el nuevo se encuentran ya entre nosotros.
        Lucas era mi compañero de habitación. Obviamente, estaba al tanto de sus inclinaciones. De sus debilidades, diría el capitán. Su problema es que le gustaba hablar, compartir. Le daba al coco y todo el mundo sabe que no hay nada como darle al coco para que broten las dudas. Decía cosas del tipo: «Defender el orden y la tradición no está reñido con cierta sensibilidad». O cosas como: «Creo que Dios no aprobaría nuestros métodos». O, por ejemplo: «No pienso que las mujeres sean inferiores, simplemente, su función es otra». La verdad, todas aquellas palabras me volvían loco, no lograba sacármelas de encima.
     A Lucas lo fueron arrinconando. El capitán dejó de hablarle y todos hicieron lo mismo. Eso me dejaba en una situación difícil. Compartíamos celda. ¿Podría haberme contaminado? Si bien Lucas era el responsable de mis desvelos, yo lo apreciaba. De todos modos, aprecio más mi vida, así que también dejé de hablarle. Él no forzó las cosas, no me obligó a tomar partido. Es algo que siempre le agradeceré. En tiempos de guerra, las cosas funcionan de este modo.




lunes, 21 de agosto de 2017

El trampolín

(Agosto)

Hubo un tiempo en que me sentía irremediablemente atraído por el mundo de la caza. Ignoro por qué. Algún cuento leído durante mi primera infancia, alguna película vista en una de esas interminables tardes estivales, quién sabe. No es que me escapara de casa a la menor oportunidad para satisfacer ese afán de aventura y peligro que de manera inconsciente asociaba a la palabra “caza”. Ya entonces prefería encerrarme en mi habitación para improvisar argumentos en los que, invariablemente, me veía en la tesitura de tener que salvar a la mujer de mi vida –y ya de paso a la humanidad entera– de una muerte segura. Por supuesto, si mi vida no corría peligro, la cosa carecía de gracia.
  Pero todo cambió el día que un amigo puso en mis manos un fusil –­así lo llamó– de pesca submarina.
  Aquel verano, mis padres habían alquilado un apartamento en Sa Ràpita. Era la primera vez que veraneábamos en aquel lugar, un pueblo costero de calles rectas, idénticas entre sí, sin árboles ni una mísera iglesia que sirviera de centro de reunión. Los días se estiraban como chicles pegados a las suelas de nuestras chanclas. Los meses de julio y agosto siempre han sabido cómo deformar el contorno de las cosas. Todo se estira o se vuelve pegajoso. Permanecer conmigo mismo, a solas, era casi tan desolador y nocivo como permanecer junto a mis padres. 
  Casi todas las tardes me acercaba a las rocas donde se encontraba el trampolín. Acudía allí con la esperanza de trabar amistad con alguno de los chicos del pueblo. Pero aquella tarde fui con Diego, el elegido para ser mi salvador. Recurrí a él porque, entre mi grupo de amigos del colegio, era el único que había manifestado su predisposición a visitarme y porque, además, sus padres mantenían buenas relaciones con los míos.
  Diego, pese a sus doce años, era todo un experto en pesca submarina. Era capaz de pasarse la tarde entera sumergido en el agua. En más de una ocasión, de manera disimulada, escruté su cuerpo en busca de escamas o el indicio de branquias o aletas. Sus pulmones y su paciencia merecían un monográfico en alguna revista especializada en el asunto. Durante sus prolongadas inmersiones, me preguntaba si había sido una buena idea invitarlo a pasar unos días con nosotros. Estar con mi amigo y estar solo eran prácticamente la misma cosa. Por eso me alegré tanto cuando propuso enseñarme a pescar.
  Nos recuerdo en el embarcadero donde la gente extendía sus toallas, el mismo lugar desde el que tantas veces había contemplado la monotonía aplastante del cielo. Allí me explicó los rudimentos básicos del oficio: cómo cargar el fusil, por dónde moverse, la cantidad de paciencia necesaria para el buen desempeño de la tarea y, finalmente, cómo apuntar y disparar.
  Entré al mar con el fusil cargado, lleno de ilusión, pero a los diez minutos ya empezaba a añorar la áspera caricia de las rocas en mi culo. Las algas del fondo, perezosas, se burlaban de mí, y un inicio de calambre coqueteaba con mi pantorrilla izquierda cuando, de pronto, surgido de las profundidades, vi al pez. Aquel ser se desplazaba con una naturalidad y una parsimonia que me resultaron extraterrestres, del todo envidiables. Había llegado la hora de poner fin a aquel sinsentido.
  Pasé por alto los consejos de mi amigo. Lo apremiante en aquel momento era regresar a las rocas, ver si alguno de los chicos o las chicas que por allí recalaban todas las tardes –pensaba en una chica en concreto, la del bañador azul, de una sola pieza, como de nadadora profesional– se apiadaban de mí. Disparé sin pensarlo, sin apuntar, como el que arroja una colilla recién apurada en un callejón repleto de ellas. Nunca fue más amarga la llamada suerte del principiante.
  Salí del agua abatido, con aquel pececillo atravesado por mi arpón. El efecto lupa de las gafas de buceo lo habían transformado en una especie Moby Dick. Todavía boqueaba cuando lo liberé del hierro que casi lo parte por la mitad. Parecía pedirme explicaciones, o hacer volutas invisibles con su último aliento. Vi que Diego se acercaba a toda prisa para ver qué había cazado. Lancé al mar, lo más lejos que pude, aquel pez agonizante. Que al menos muriera en su terreno, con los suyos.
  -¿Qué pescaste? –preguntó Diego una vez a mi lado.
  -Nada, no era nada –dije.
  -¿Nada?
  -Un trozo de alga, creo. Me confundí.
  -Suele pasarle a los novatos, no te preocupes –trató de tranquilizarme mi amigo.
  Asentí y desvié la mirada hacia el mar.
  -Tienes los ojos rojos –advirtió Diego.
  Yo seguía con la vista clavada en el horizonte. Oía los gritos de los chicos que en aquellos momentos saltaban desde el trampolín. Eran como las voces del televisor que llegaban a mi cuarto cuando me encerraba para inventar historias. Desde que tengo uso de razón, me gusta encerrarme para improvisar cuentos. Por lo demás, aquel verano terminé conociendo a la chica del bañador azul. Cayó sobre mí por accidente, o eso al menos es lo que dijo. Yo pasaba por debajo del trampolín cuando ella saltó. Diego ya había regresado con sus padres y yo ya había desechado la idea de convertirme en cazador. La acompañé varias tardes hasta su casa. Me gustaba pasear a su lado. Me hacía sentir especial, como un intrépido explorador adentrándose en un continente ignoto. No recuerdo si llegamos a despedirnos el día antes de mi partida. No recuerdo el portal de su casa, ni siquiera su nombre. Recuerdo el bañador azul, y la emoción ante la posibilidad de agarrar su mano, y el zumbido de aquellas tardes eternas, mientras daba mis primeros pasos por aquel mundo incipiente, aún por devastar.



martes, 6 de septiembre de 2016

LA FICCIÓN

A veces, me paro frente al espejo y me digo: “Javi, no lo olvides, eres escritor. No es gran cosa, pero algún lector hay por ahí al que llegaste, al que lograste tocar”. No todo el mundo lo consigue. Hay grandes autores que ni siquiera me rozaron. Depende de muchas cosas, pero no me apetece ahora jugar al analista. Lo que quiero decir es que a veces me miro en el espejo y decido creérmelo. Si no te lo crees tú, nadie lo hará. Y esas tardes en que te lo crees estás más guapo, caminas más erguido. Sabes que de proponértelo podrías seducir sin problemas a Jennifer Lawrence o Scarlett Johansson. La gente lo percibe. De ser preguntados, serían incapaces de explicar qué es eso que perciben. Pero ahí está, una especie de aura. Hablo de las mejores tardes, después de escribir uno de esos fragmentos, uno de esos poemas que hacen que dejes de existir (y en esa inexistencia creces hasta tocar las nubes). Has creado un mundo, has arañado la realidad. A veces, claro, ocurre que te paras frente al espejo y te dices eso de que eres grande y no consigues creértelo y la realidad te pasa por encima, es ella la que te araña, la que juega contigo. Has dejado de ser el narrador, el que manda. Alguien, al que no le importa lo que te ocurra, maneja la situación. Entonces, ni el porno ni Netflix ni la mejor novela de Piglia te pueden salvar. Pero no debes alarmarte. Pasa como puedas las horas, el día, las semanas. Tarde o temprano, llega el instante en que vuelves a pararte frente al espejo y consigues creértelo. Una ficción, es posible, pero qué sería del mundo, de nosotros, los escritores, sin la ficción. 

martes, 4 de marzo de 2014

Charles Bukowski. Los autores no importan

De cada vez lo tengo más claro: los autores no importan. Importa la obra, no el autor. Tal vez por esto mis notas biográficas van menguando a medida que cumplo años. ¿Que a Kafka le gustaba hurgarse la nariz después de comer? ¿Que Kundera una vez se soltó un pedo en el ascensor de un hotel de 5 estrellas? ¿Que Coetzee detesta las corridas de toros? Interesante para biografías y entrevistas, pero aquí no hablamos de eso; lo hacemos de literatura y relevancia. Ah, ya sé: tal hecho sirve para explicar tal característica de su obra; sin tal dato no la podríamos entender de manera cabal; etc. Perfecto. Pero qué quieren que les diga. Me suena a periferia, a desviar la atención, a justificación o relleno. En estas breves líneas hablamos de arte, o esa es nuestra intención. Me refiero a esa cosa tan denostada por estas tierras. A ver: beber en exceso, dormir en el banco de un parque público, pelearte con cierta frecuencia en bares inmundos que no cierran nunca, no te hará mejor escritor. Hablar de tales logros en las solapas de tus libros es un reclamo para malos epígonos de ya sabemos quién. ¿Que el escritor en cuestión fue un dechado de virtudes? ¿Que nunca le deseó el mal a nadie? ¿Que no se hurgaba la nariz ni soltaba ventosidades? Mejor para su santa esposa, sus dulces hijos y sus pacientes amigos. A mí no me importa: no lo traté. Al final, lo que queda, con un mucho de suerte, son los versos, las novelas… Lo demás, como decía aquel guatemalteco guasón, es silencio.

Este arranque de escritura lo ha propiciado la lectura de Fragmentos de un cuaderno manchado de vino. Relatos y ensayos inéditos (1944-1990), de Charles Bukowski. Me lo regalaron por mi último cumpleaños, seis meses atrás. Debo reconocer que difícilmente me habría hecho con él por propia iniciativa. Cosas buenas de celebrar los aniversarios. Hace poco escribí en un cuaderno (en realidad documento Word) sin manchas de vino ni de ninguna otra clase: “Muchas veces, ni nuestros mejores amigos aciertan con los libros que nos regalan. De todos modos, esta falta de tino no siempre es mala. Gracias a ella, leí libros que todavía recuerdo”. Bien, a lo que iba. La prosa de Bukowski transmite brío y autenticidad, una vez subido a ella resulta difícil bajarse. Con esto, con su estilo*, es con lo que hay que quedarse. Lo otro, lo que lo convirtió en mito para adolescentes, es secundario. Si vas a literaturizar tus vivencias, si vas a caer en esa marranada, recuerda que lo realmente importante es cómo las cuentes, no si te emborrachas más o menos, si follas más o menos, etc.  Dicho esto, no convendría olvidar que la exageración es un recurso literario de lo más útil. Bukowski  lo sabía: “estoy convencido de que nuestra exageración crea Arte”. Pero exagerar no implica hacerte pasar por lo que no eres (no confundir sinceridad con autenticidad). Si caes en ese vicio o debilidad, tu prosa y especialmente tus versos se resentirán. Es muy difícil disfrazar la falsedad; la cosa apesta. Por supuesto, nos estamos refiriendo a un determinado modo de entender la literatura…

Charles Bukowski: Ni beber hace a un escritor ni meterse en trifulcas hace a un escritor, y aunque he hecho en abundancia tanto lo uno como lo otro, es una mera falacia y un romanticismo enfermizo dar por sentado que todos estos actos harán de uno mejor escritor. Como es natural, hay ocasiones en las que uno tiene que pelear y ocasiones en las que uno tiene que beber, pero en realidad esas ocasiones son anticreativas y no hay nada que hacer al respecto.

David Pérez Vega dice algo al respecto en su poema “Charles Bukowski”, incluido en su libro El bar de Lee. Traigo aquí dos versos de este estupendo poema:

si quieres escribir como Bukowski antes de beber
como Bukowski intenta leer como Bukowski.


Otra manera de abordar el tema:

Entrañas

Tal vez debiera pasar la noche en el banco de un parque,
escribir con los dedos de la resaca perforando mis sienes,
pelearme con cierta frecuencia en bares inmundos que no cierran nunca
o dilapidar toda mi paga en los hipódromos
para alcanzar al fin el Gran Poema,
para escribir poemas de verdad,
es decir,
con las entrañas, pero ocurre
que tengo la costumbre de teclear mis poemas con los dedos
de mis manos, que soy propietario de una casa con sus paredes
y techo, que apenas trasnocho, ya que siempre preferí escribir
por las mañanas, que mis únicas peleas son con los horarios,
las palabras y mis hijas, que llego a fin de mes
sin excesivos agobios y, además
y para colmo,
nunca apuesto…

Tras todo lo expuesto, queda claro
que va a ser imposible
escribir el Gran Poema,
ni siquiera –me temo–
uno pasable.

Y, sin embargo,
aquí me tienes, tecleando en la oficina
mientras suenan todos los teléfonos del mundo
y escucho pasos incansables a mi espalda,
lo que me obliga a ocultar a cada instante
el documento Word en el que escribo
este poema insulso

sin rastro de órganos
que, por mi bien, mantengo a buen recaudo.



* ¿Y qué era el estilo para Bukowski? Dejemos que sea él quien responda:

Este chico me dijo la otra noche: “Bukowski, puedo escribir como tú pero tú no puedes escribir como yo”. No le contesté porque necesita jactarse de sí mismo, pero en realidad, sólo cree que puede escribir como yo. El genio puede ser la habilidad para decir cosas profundas de una manera sencilla, o incluso decir algo sencillo de una manera más sencilla aún.

(…)

El estilo supone no escudarse en absoluto.
El estilo supone no poner fachada en absoluto.
El estilo es una naturalidad definitiva.
El estilo supone un hombre solo con miles de millones de hombres alrededor.



Todas las citas de Bukowski han sido extraídas de Fragmentos de un cuaderno manchado de vino 

viernes, 20 de diciembre de 2013

Etc.

Fabián Casas lo llama la voz extraña. Mario Levrero habla de un fluir, de un ritmo, de una forma aparentemente vacía que hay que ir rellenando. André Gorz explica que hay que ausentarse del mundo para después transformarlo. Jorge Luis Borges no tiene reparos en llamarlo destino o fatalidad. Francisco Casavella pone el acento en la palabra invención; Enrique Lázaro, en los detalles invisibles. Thomas Bernhard lo centra en lo desagradable que hay en el mundo. John Cheever vuelve a la penosa búsqueda del yo. Witold Gombrowicz lo apuesta todo a la palabra salvación, y en esto se parece a Roberto Bolaño. Enrique Vila-Matas se empecina en la incertidumbre. Joan Margarit se queda con el amor. Albert Camus explica que si sólo bastara con el amor resultaría demasiado fácil; además, añade a la ecuación la tensión existente entre lo claro y lo que no lo es. Idea Vilariño, con Marguerite Duras, insiste en la soledad y el ensimismamiento. Más científico o aristotélico, Joseph Joubert lo somete a equilibrio entre lo natural y lo adquirido. Marcel Duchamp se llena la boca con la palabra euforia. Azorín remarca el término ilusión. Por el contrario, Antonin Artaud se queda con la porquería. César Aira propone un acuerdo entre improvisación e inteligencia. Mauricio Wiesenthal se inclina por el corazón humano, etc.

martes, 10 de diciembre de 2013

Amor por los libros (reaccionarios de nuevo cuño)


Todos vimos Terminator, la obra maestra de James Cameron. Lo que sucede es que muchos se quedaron en la superficie, es decir, en las persecuciones y los viajes en el tiempo. Terminator es una película realista, una metáfora cabal de los tiempos que corren. Como su hermana Matrix, esa otra obra maestra de los hermanos Wachowski –que en 1999 inauguraba el siglo XXI–, radiografía con precisión el túnel por el que andamos. Se trata de un túnel repleto de imágenes estereotipadas y paradisiacas. Lo que sucede es que nuestros amigos dejaron de ser humanos y empezaron a revolverse en nuestra contra. Eso sí, no esperes robots corpulentos ni tipos con gafas y gabardinas negras; el aniquilamiento del homo sapiens lo perpetraremos nosotros mismos, tal es la sutileza con que se perfila la catástrofe. Tampoco esperes grandes masacres; el amontonamiento de cuerpos quemados y mutilados resulta contraproducente. Lo iremos contando algunos poco a poco, como si fuera un chiste. Tal modo de proceder será nuestra triste manera de combatir lo ineludible. Lo haremos, como sucede en Terminator y Matrix, utilizando las armas de destrucción masiva que pusieron a nuestro alcance. Nos llamarán reaccionarios y festejaremos el sustantivo como si de una medalla al valor se tratara. Nuestros gestos serán banales y poéticos (ridículos, dirán engrosando tontamente el pleonasmo), como seguir siéndole fieles a los libros en papel o, una vez al año, desconectar nuestro iPad durante todo un día. Un rito imbécil pero necesario, que diría Onetti. 

 La anterior parrafada se la solté el otro día a una amiga que me preguntaba por la idoneidad o no de regalarle a su hija de siete años un iPod Touch. Nos pusimos estupendos y la conversación derivó a filosofía de barra, en este caso, de break en la oficina. Poco a poco, llevé la charla al terreno que más me interesaba, el de los libros. Acabé escupiendo sentencias como un mono. Si me das pie, te arruino la tarde. 

 Si lo puedes tener todo, decía, todo se vuelve nada. El esfuerzo con que se consigue algo vuelve ese algo importante, ayuda a que lo valoremos. Los ritos son necesarios, la sacralización de determinados gestos: rastrear libros que nunca encontrarás en grandes superficies, el paseo a la librería o biblioteca de turno. Algunos libros deben ser inencontrables, claro que sí. Sin magia todo es ciencia, estadística; todo pude predecirse. 

 Sin el elemento ritual, se pierde vinculación sentimental, es decir, se erosiona la relación; se banaliza. 

 En la inercia del discurso, me radicalizo y acabo babeando como un perro rabioso. Efectos del exceso de café y la falta de práctica. En tales casos, lo mejor que puede hacerse conmigo es dejarme ladrar, asentir y olvidar los ladridos. 

 Ladridos aparte, a estas alturas queda claro que amo los libros. Cuando escribo esto no pienso en incunables, en primeras ediciones, en libros raros o libros-objeto. Los libros-objeto, por lo general, me parecen una solemne tontería. A veces, estando en casa, me planto frente a la librería y los miro. Es difícil explicar la sensación que me embarga. Soy consciente de estar contemplando una parte importante de mi vida. Son como viejos amigos con los que viajé, con los que siempre estaré en deuda. Su presencia en casa atestigua ese viaje, esa relación sentimental. Como sucede con el amor entre las personas, la presencia del otro resulta necesaria. A estas alturas, prescindir de alguno de nuestros sentidos se me antoja una temeridad.

 Cuando digo que amo los libros estoy pensando en libros comunes, tanto de tapa dura como de tapa blanda, ediciones normales o de bolsillo. No importa que con el tiempo las hojas se vayan desprendiendo, que acaben con manchas de tomate o café, con subrayados a boli o marcador fluorescente. Vivir mancha y me gustan los libros con biografía a cuestas, libros que hablan de la persona que los leyó. Por el contrario, no puedo evitar asociar la pantalla a trabajo, a utilidades prácticas (como comprar billetes de avión, reservar hoteles, etc.) y a ocio en el sentido más banal del término (lo que hace mi hija mayor con mi móvil cuando me lo roba). 

 Un mundo sin libros físicos a la fuerza ha de ser un mundo peor. Ya sé que sólo es un soporte, que lo importante es el contenido, pero, a estas alturas, explicar el peligro que implica el hecho de restar valor al envoltorio de las cosas me parece innecesario (y sospechoso). 

 Con esto no pretendo entrar en ninguna guerra. ¿Una guerra? Me leo y me doy risa. Si vuelvo a leerme, la risa se transforma en grima. Es lo que tiene haber dejado de babear. Este tipo de disputas me resultan cansinas. Mi espíritu siempre ha sido integrador y pasota. Tecleo porque no puedo estar sin escupir frases. Por otro lado, tampoco me cierro en banda a nada. Simplemente quería transmitir mi amor por los libros. Uno, que se hace mayor. 

 A mi amiga, al final, le dije que no se rompiera la cabeza, que le comprara el iPod Touch a su hija, que lo importante es controlar el uso que se hace de, que no puede aislarse del entorno en que, etc.

jueves, 3 de octubre de 2013

Tríptico Obama


1- HUMANIDAD (2008)

Miles de gargantas en la explanada
del Capitolio, allá en Washington, soportando el frío
y la esperanza y la emoción de estar viviendo
un momento crucial en la Historia de los Hombres

y no es que no me importe, pero Jessica Lane tenía
dos pollas enormes entrando y saliendo de su cuerpo
y parecía que todo iba a tener un final feliz,
un final visto miles de veces (casi tantas como gargantas
gritando en el Capitolio) y no por eso menos feliz
(la pornografía, junto con el blues, es ejemplo perfecto
del gran poder persuasivo de los lugares comunes),
pero alguien llamó, interrumpiendo así el milagro diario
de quererse uno mismo, y preguntó con voz ronca
si no estaba plantado frente al televisor.

Las grandes palabras, las que necesariamente deben
escribirse con mayúscula inicial, en negrita, las que llenan
titulares de prensa, las que recordaremos en los momentos
difíciles y serán nuestro bastión, Dios salve a un pueblo
tan creyente, y Jessica esperando, congelada por la gracia
del botón pause y la inoportunidad de la raza humana
que decide congregarse alrededor de una idea para después
pisotearla hasta la náusea, amparándose en leyes y acuerdos
bilaterales suscritos en sótanos clandestinos. Dejé el teléfono,
escuché unos segundos. Tuve suficiente. Le di al play.
Nada había cambiado. Tendría mi final feliz. Dios salve
a un pueblo tan creyente.


2- HISTORIA (2009)

Esto es amor, no puedes pretender salir indemne.
Sabré abrazarte cuando no tenga lazos con los que herirte.
Cuando te vayas, no olvides el portazo que nos clausure.
Con tu bondad hiciste más difícil mi salvación.
El mundo arde como en una película de la niñez.
Fuimos felices el tiempo concedido por los escrúpulos.
En el silencio de la ciudad dormida, todos respiran.
Apenas esto: ojeras, frío, tos. No ser un genio…

Quiero regalarte estos ocho haikús que no conocerán
titulares de prensa, que todavía no hablan de nosotros,
o tal vez tímidamente, pero que saben esperar
como la Historia, como las mejores mentiras, como todo
lo que tiene que estallar en algún momento, igual que Barack
Obama bailando pletórico con Michelle Obama en todos
los televisores del mundo mientras éste se desangra
gota a gota. Ya lo sé. No es el regalo que esperabas. Yo tampoco
lo esperaba. Pero te quiero a pesar de estos ocho haikús,
incluso en su contra. La coherencia, debes saberlo,
no es cosa de políticos
ni de poetas.


3- LA RISA DE MICHELLE (2012)

Obama está triste, qué tendrá el Presidente, pero se trata
de una tristeza que los asalariados como usted y yo
solo podemos intuir. Se enfrenta a un abismo y los abismos,
por muy fiscales que sean, nunca dejan de ser abismos.
Ahí está, frente al abismo, con su rotunda Michelle
de la mano, tan humano al fin, tarareando ese viejo tema
de los Beatles. Te amo, Michelle, es todo lo que quiero decirte,
pero mi amor es el amor de un mortal nacido Honolulu.
Qué lejos queda ahora aquel 20 de enero de 2009,
o aquel octubre del mismo año en que esos viejos decrépitos
de Oslo decidieron regalarle algo más de 1.400.000 dólares.
Michelle, dice Obama, últimamente acuden a mi mente imágenes
de mis años escolares en Yakarta. En la época de lluvias,
todas las calles se inundaban y era fácil imaginar el fin del mundo.
Yo miraba todo aquello con ojos temerosos de niño hawaiano.
Cariño, susurra Michelle, ¿por qué me cuentas esto?
¿Estás bien? Pero Barack no contesta. Se siente cansado.
Es lógico. La contemplación de los abismos produce cansancio.
Empieza a ser un veterano de guerra. Vuelve a tararear
aquel viejo tema de los Beatles. Te necesito, ma belle, te necesito
más que nunca. Michelle se ríe. Por un momento vuelve a ser
aquella joven universitaria. Cuando te pones sentimental,
le dice a su marido, estás muy gracioso. Ahora ríen los dos.
Obama sabe que el mundo se acaba pero igualmente se ríe.
No puede dejar de hacerlo. Es contagiosa
la risa de Michelle.





sábado, 9 de marzo de 2013

Breve crónica con resaca

Vista del aeropuerto de Barcelona-El Prat.


Pero olvidémonos del alcohol y la noche. Escribir asediado por la resaca es todo un reto; alardear de ello, una muestra de inmadurez.

En todo caso, no hay que hacerlo muy obvio.

Inicio la crónica. Ayer estuve en Barcelona. Un viaje relámpago. Asuntos familiares. Como no podía ser de otro modo, llevé un libro conmigo. Viajar sin libro es como comer un chuletón sin vino, o como visionar una película porno sin poder tocarte: algo absurdo, torturador…

Mi intención era llevarme Vivir y morir en Lavapiés, de José Ángel Barrueco, una suerte de La colmena versión siglo veintiuno, pasada por el túrmix de la cultura americana y el “cut-up”. Me apetecía empezar la tercera parte del libro, “at night”, pero las dimensiones de mi bolso-bandolera y de la novela desaconsejaban tal elección. (El libro debía compartir espacio con cartera, smartphone, paquete de kleenex, una baraja de cartas, un paquete de chicles, la impresión de las tarjetas de embarque y una caja de Doliprane). Finalmente, me decanté por esa joya de dimensiones reducidas que Juan Carlos Onetti dedicó a la que fuera su amante, Idea Vilariño: Los adioses. ¿Qué decir a estas alturas de esta obra maestra?

La manera que tiene Onetti de adentrarse en el alma del individuo (sí, he escrito alma) y de la colectividad (devastador el retrato que de ella hace) me parece magistral. Pero no, no me apetece empezar a cantar las gracias del uruguayo. En Google encontrarán palabras más precisas si así lo desean; si no, siempre pueden leer el pormenorizado estudio que Vargas Llosa le dedicó: El viaje a la ficción.

No me resisto, eso sí, a traer aquí el arranque de Los adioses:

Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada. Hizo algunas preguntas y tomó una botella de cerveza, de pie en el extremo más sombrío del mostrador, vuelta la cara —sobre un fondo de alpargatas, el almanaque, embutidos blanqueados por los años— hacia afuera, hacia el sol del atardecer y la altura violeta de la sierra, mientras esperaba el ómnibus que lo llevaría a los portones del hotel viejo.

En fin, otra novela a añadir a mi lista de libros releídos. De nuevo, una grata experiencia. Enriquecedora.

Por lo demás, en el aeropuerto de Barcelona-El Prat pude constatar lo que ya es obvio: que los terminales móviles ganan por goleada a los libros de papel cuando se trata de matar el tiempo.


lunes, 11 de febrero de 2013

La gran caída



Yo, como muchos, llevo una doble vida. Que me salva. Esta otra vida transcurre en mi imaginación. Allí puedo autodestruirme sin problema. Todos los seres sensibles y civilizados fantasean con la autodestrucción. “Todo esto da asco. No palabras…”, ya saben.

Allí, además, tengo algunos amigos, amigos que por ejemplo me dicen “hacer negocio con la salud no es de buenos cristianos” y después, como Delueze o Primo Levi, se lanzan al vacío.

Antonio Di Benedetto, en su novela Los suicidas, lo cuenta de esta forma: “destruirse a sí mismo es privilegio de la absurda condición humana”.

Escribo mientras en la tele hablan de un tipo que saltó de un cuarto piso perseguido por el señor Desahucio. Menudo privilegio. Es como si todos estuviéramos inmersos en una gran caída que no parece tener fin. Pero siempre puede ser peor.

“Ten una vida bonita, tengo ganas de suicidarme", éstas fueron las últimas palabras de J.G. Se las dijo a su madre por teléfono. Tenía doce años. La madre se alarmó, quiso hablar con él, pero fue inútil. J.G. ya no atendía el teléfono. La madre quiso creer que se trataba de una broma, de una travesura sin gracia, tal vez de una apuesta entre amigos de clase. Cualquier cosa antes de aceptar que su hijo estaba hablando en serio. Ni la muerte de la abuela, ni el divorcio entre ella y su marido, ni los problemas en la escuela podían justificar algo así. Era imposible. Del todo. Cómo va a quitarse la vida un niño de doce años. ¿Tiene sentido?

Cuando llegó a casa, se lo encontró ahorcado.

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La facilidad nos vuelve tontos. Todos aspiramos a la facilidad. Complete el silogismo.

En la comodidad y en la ignorancia anida la paz. Al final preferimos ser cerdos satisfechos. El hombre insatisfecho no cotiza. Sólo aceptamos su compañía cuando nos lo encontramos en el interior de una película o de una novela.

Por otro lado, la sociedad satisfecha de sí misma se ha venido abajo. Lo hemos visto por la tele. Lo hemos sufrido en nuestras propias carnes. La insatisfacción reinante espolea conciencias. Todo esto nos acerca a la confrontación.

En la lucha los seres humanos se sienten más vivos. Esa vieja paradoja. Entonces todo se intensifica. Lo bueno y lo malo. Queremos ganar la batalla para poder volver a ser cerdos satisfechos.

Un amigo me cuenta que al hijo de una amiga le han detectado una enfermedad grave. El niño sólo tiene cinco años. Mi amigo me lo cuenta compungido. Acuden a nuestras bocas frases hechas, tan sobadas como ciertas. Viejas verdades en las que sólo reparamos cuando la confrontación nos salpica. Lo que de verdad importa. Por encima de cualquier otra cuestión.

Pienso en ese niño al que no conozco, en los años difíciles que nos aguardan, en el cambio de paradigma que, aseguran, vivimos. Pienso en mis proyectos literarios, en su brutal insignificancia, en todas las horas que les dedico. Tal descompensación entre dedicación y relevancia objetiva me golpea. Son golpes de niño enfermo. Sé que pronto los olvidaré.

El olvido forma parte de nuestro sistema inmunológico.

lunes, 4 de febrero de 2013

Releer novelas


Hasta hace poco, durante toda mi vida de lector, sólo había releído tres novelas: Pedro Páramo, de Juan Rulfo, El extranjero, de Albert Camus, y El hombre delgado, de Dashiel Hamett. Estas dos últimas relecturas las acometí por error: en su momento olvidé (parece un chiste, pero no lo es) que ya había leído estos libros. Una vez iniciada su lectura, y pese a darme cuenta del error, decidí continuar… Estoy hablando de volver a leer una novela de principio a fin, no de releer fragmentos o capítulos sueltos. Curiosamente, en los últimos tiempos me ha dado por releer novelas. La cosa empezó a mediados del año pasado. Las escogidas fueron El discurso vacío, de Mario Levrero, y Prisión perpetua, de Ricardio Piglia.  Disfruté de ambas relecturas, es más, diría que lo pasé mejor releyéndolas que leyéndolas por primera vez. ¿Me estaré haciendo viejo? Antes de que acabara el año, volví a las andadas. Reincidí con Levrero. Esta vez, me decanté por Dejen todo en mis manos. La experiencia volvió a ser gratificante. En mi diario apunté lo siguiente: “¿Voy dejando atrás la pulsión acumulativa, tan propia de la juventud (o la inmadurez)? ¿Me decanto paulatinamente por la profundidad, por la demora?”. Me leo y me doy rabia. A veces me resulto insoportablemente pedante. De todos modos, no puedo dejar de pensar: ¿Me estaré haciendo viejo? Hace unos días se me atascó el proyecto en el que vengo trabajando últimamente. Me enredaba en frases reincidentes, no lograba avanzar. Necesitaba dejar de mirarme el ombligo, más acción, que las cosas sucedieran. Entonces recordé uno de los consejos de Zadie Smith*. Cogí de mi estantería un libro de Bolaño, Los sinsabores del verdadero policía, y empecé a leerlo a ver si esas frases conseguían sacarme del sopor en que había caído. ¿El resultado? Que devoré la novela de principio a fin (y volvió a ser una experiencia gratificante) y que logré desatascar mi proyecto… O sea, ya son siete las novelas que he releído en mi vida. Estoy hablando de volver a leer una novela de principio a fin, no de releer fragmentos o capítulos sueltos. ¿Me estaré haciendo viejo? 

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"Algunos escritores son como los violinistas que necesitan un silencio absoluto para afinar sus instrumentos. Otros quieren oír a todos los miembros de la orquesta: cogen el tono a partir de un clarinete, incluso de un oboe. Yo soy así. Tengo el escritorio lleno de novelas abiertas. Leo frases para nadar en cierta sensibilidad, para tocar una nota concreta, para fomentar el rigor cuando me pongo demasiado sentimental, para conferir cierta relajación verbal cuando estoy sintácticamente tensa. Pienso en la lectura como en una dieta equilibrada; si las frases resultan demasiado barrocas, excesivas, comed menos de Foster Wallace, tan rico en grasas, por ejemplo, y más de Kafka, tan rico en fibra. Si vuestra estética se ha vuelto tan refinada que no os deja poner una sola mancha negra en el papel en blanco, no os preocupéis tanto por lo que diría Nabokov; coged a Dostoievski, santo patrón de la sustancia por encima del estilo". Zadie Smith, Cambiar de idea.


jueves, 24 de enero de 2013

El tiempo y el deseo, una pequeña crónica poética




El otro día reorganicé la habitación donde tengo todos mis libros de poesía, los que conservo de mi etapa escolar (Juan Ramón Jiménez, García Lorca, etc.) y los que fui adquiriendo por mi cuenta y riesgo. Esta segunda etapa la inicié con 18 años. Yo era estudiante de primero de derecho. No fue la vocación lo que me empujó al mundo de las leyes, sino los consejos procedentes de mi entorno más cercano. Provenía del bachillerato de letras, tenía capacidad de estudio y no era del todo imbécil. No tardé mucho en descubrir que esta tercera cualidad no era requisito imprescindible para estudiar derecho. En realidad, imbéciles hay por todos lados. Tal vez, después de todo, yo sea uno de ellos. En fin. Hice derecho. Acabé mis estudios. Hoy por hoy sé tanto de leyes como mi hija de nueve años. Pero la cuestión aquí es que por aquel entonces empecé a consumir poesía. Poesía escrita por poetas vivos. Poetas que se reunían en simposios y festivales, que para poder subsistir trabajaban en universidades y oficinas, en bares y supermercados. Poetas que escribían con una sensibilidad de fin de siglo veinte, es decir, una sensibilidad similar a la mía. Empecé a leer y escribir compulsivamente. Tuve lo que podríamos considerar un guía poético y un amigo también aspirante a poeta. Creía estar escribiendo poemas memorables, originales, únicos, cuando en realidad lo único que hacía era imitar las voces de los poetas que leía. Es posible que aún no haya superado esta etapa, que sea imposible hacerlo. Aprendí lecciones que unos años después me esforcé en desaprender. Escribí poemas malísimos que ni siquiera merecen ser llamados poemas. ¿Hace falta seguir? Publiqué algunos libros gracias a los cuales conocí a otros poetas. Todos con su libro y su poética a cuestas. Todos con su verdad y su vanidad, con su esperanza y su pose frente a los hechos y el futuro. Tan distintos a mí. Tan iguales. Y aquí estamos todos. Más viejos o menos jóvenes. Con ganas de seguir buscando el poema perfecto, inigualable, imprescindible, pese a que sabemos  que no existe, que nunca saldrá de nuestras cabezas. ¿No es hermoso? ¿No es risible y triste y heroico a la vez? La habitación donde guardo mis libros de poesía vuelve a estar organizada. Sí, todo en orden. Hasta que el tiempo y el deseo la vuelvan a desordenar.




sábado, 15 de diciembre de 2012

Ejercicios de estilo. Tres formas de narrar un mismo hecho

[Uno de los muchos ejercicios que se realizan en el taller literario impartido por Sancevá]


1#
Media tarde. Has decidido acercarte al centro. Tu librería habitual ya ha recibido el libro que encargaste. Paseas entre la gente. Imágenes de un decorado conocido. Elementos móviles o susceptibles de movimiento insertos en el paisaje urbano. La interacción es automática, más allá de las fórmulas de protocolo. Células, moléculas, electrones en plena actividad. Eres consciente de formar parte de un organismo superior. Te llegan olores, sonidos, pero son parte del entramado. Pueden resultar molestos, pero carecen de biografía, de interés. Entonces ocurre: se establece contacto visual. Pupilas que se encuentran. Una falla en el sistema inmunológico. Una brecha. Un instante de intimidad. Cobras consciencia de la corporeidad del otro. Le sabes un pasado, un peso concreto, un olor corporal. Le sabes vello, herida y mancha. Un anhelo. Un hartazgo. Si es del sexo que te atrae, imaginas el sabor de su boca, los recovecos que la ropa hurta a la mirada. La ciudad se detiene. Esos ojos se agrandan, crean puentes de aire. Un striptease sutil, una confesión muda; una advertencia, una promesa cifrada. Dura un instante. El tiempo se constriñe para después dilatarse. Matrimonio fugaz, todo se pierde. El desagüe lo engulle. Sensación de vacío. No te gires. Recobra la prudencia. Detén la hemorragia. Reincorpórate al decorado. Nadie te ve. Vuelves a ser invisible. Respira. Estás a salvo.

2#
Media tarde. Has decidido acercarte al centro. Tu librería habitual ya ha recibido el libro que encargaste. Paseas ensimismado hasta que tu mirada se encuentra con la de una mujer que despierta algo en ti, algo de índole sexual. Por un instante todo lo demás deja de existir. Te aguanta la mirada el tiempo suficiente para activar tu imaginación. “¿Me ha sonreído?”. Te la imaginas desnuda y en tu cama, escapando juntos, teniendo hijos y deudas en común. Un instante después ya es pasado inalcanzable. Nunca la volverás a ver.

3#
Media tarde. Has decidido acercarte al centro. Tu librería habitual ya ha recibido el libro que encargaste. Paseas y entonces la ves. Está buenísima. Te mira. Imaginas tu polla en su boca. Está buenísima. Desaparece.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Don DeLillo, Artur Mas, nacionalismo, capitalismo y Rafael Pinedo



El otro día quedé con mi amigo Onofre. Había pasado más de un año desde nuestro último encuentro. La vida, ya se sabe. Nos vimos en el Nicolás. Pedimos un par de gin tonics. Después de las frases protocolarias, entramos en faena. Empezamos por la literatura. Le hablé de la decepción que me supuso la lectura de Cosmopilis, de Don DeLillo. “De hecho, la dejé a la mitad”, dije. “Al fin vienes a las mías”, sonrió victorioso. El comentario se explica por la discusión que mantuvimos en nuestra última cita. Yo hablé en términos elogiosos de Ruido de fondo y Punto Omega, las dos únicas novelas del estadounidense que hasta la fecha había leído. Estas novelas, en especial la primera, me gustaron bastante.

ONOFRE: ¿Y qué pasa con Cosmopolis?

CÁNAVES: No lo tengo muy claro. Es indudable que DeLillo utiliza las palabras con maestría. Sabe como nadie crear un contexto, una atmósfera, donde lo increíble o improbable se vuelve perfectamente lógico, verosímil. Digamos que sabe llevarte a su terreno. Es un escritor brillante. Posee, además, una mirada penetrante que logra traspasar la superficie de las cosas para adentrarse en el meollo del asunto o, lo que es lo mismo, en la auténtica realidad de las cosas. Por otro lado, sus diálogos son fluidos, extraños, a veces deslumbrantes…

ONOFRE: ¿Entonces?

CÁNAVES: Con esta novela me ha pasado algo que no me pasó con las otras dos. Detrás de esa brillantez, de ese impecable manejo de las palabras, es decir, de ese oficio, no encontré nada que llamara mi atención, que lograra mantener mi interés despierto y alerta. Sí, podemos decir que, a su manera, radiografía el capitalismo, pero acaba resultando redundante. Por otro lado, la historia en sí no consiguió captar mi atención. Leía y me aburría y es algo que jamás pensé que me pudiera pasar con DeLillo…

ONOFRE: De cada vez quedan menos certezas, ¿no es cierto?

CÁNAVES: Bueno, no dramaticemos. ¿Pedimos otro?

Con el segundo gin tonic, cambiamos de conversación. Pasamos a hablar de actualidad política. En este terreno, mi amigo Onofre se siente más cómodo. La de discursos que le habré escuchado alentado por el alcohol y la compañía. Fue inevitable comentar lo sucedido en Cataluña.

CÁNAVES: ¿Qué me dices del batacazo que se ha dado Artur Mas?

ONOFRE: Mas se ha dado una buena hostia, es cierto. Esto le pasa por querer erigirse en héroe nacional. En sus sueños pre-electorales se veía como un Braveheart pintarrajeado. Su tono dramático, mesiánico, asustó a sus seguidores más comedidos. Hasta aquí todos estamos de acuerdo, ¿cierto?

CÁNAVES: Cierto.

ONOFRE: El problema es que este resbalón político, este ridículo si se quiere,  no debilita la aspiración soberanista catalana. Contra lo que muchos creen, yo diría que la refuerza. CIU ha abandonado su antigua ambigüedad, esa vieja estrategia consistente en nadar y guardar la ropa. Sus miembros se lanzaron a la piscina sin quitarse ni siquiera la corbata. Ahora, sus votantes, los que les quedan (que no son pocos, no habría que olvidarlo),  saben a qué atenerse. Votan con conocimiento de causa. Ahora sí se puede establecer nítidamente quiénes están a favor de la ruptura y quiénes no. Y los que están a favor son mayoría, al menos en el Parlamento. Sería tonto obviar este hecho.

CÁNAVES: Por otro lado, no hay que olvidar que no hay animal más peligroso que el animal herido y ahora Artur Mas es un animal herido.

ONOFRE: Exactamente. Yo lo creo capaz de vender su alma al diablo con tal de joder a los que ahora se ríen de él. Oriol Junqueras, el gran triunfador, se frota las manos... Escucha lo que te digo: la Diada del 11-S inició un camino sin retorno. Ojalá esté equivocado. En fin, tú sabes lo que pienso. No me considero catalanista ni anti-catalanista. Dios no quiso obsequiarme complejos castradores. Soy capaz de entender sentimientos radicalmente opuestos a los míos. La pasión es una cosa extraña y peligrosa, pero también necesaria. Sólo digo que la historia no ha acabado, como algunos quieren creer. 

Y llegó el tercer gin tonic. Onofre estaba lanzado. Yo me limitaba a tirar de él. Mientras el bar se iba vaciando, nosotros seguíamos jugando a parecer inteligentes. Pobre camarero.

ONOFRE: Todos, yo el primero, nos llenamos la boca hablando pestes del nacionalismo. Creo que fue Pere Navarro el que durante la precampaña nos recordó los millones de muertos que los nacionalismos dejaron tras de sí…

CÁNAVES: ¿Acaso no es verdad?

ONOFRE: Sí, obvio. Pero sería interesante realizar una comparativa entre los millones de muertos que los nacionalismos provocaron y los millones de muertos imputables a la religión o al capitalismo, ¿no te parece?

CÁNAVES: Ahora es cuando empiezas a darme miedo.

ONOFRE: Olvidemos la religión. Centrémonos en el capitalismo y el nacionalismo. Aunque muchas veces vayan de la mano, la esencia de uno y otro no pueden ser más diferentes. El capital no entiende de himnos, banderas, idiomas, fronteras o sentimientos. El capital busca las condiciones más idóneas para crecer y reproducirse. En este sentido, podemos decir que es puro, no influenciable, inhumano; algo así como el bicho de Alien; algo que no entiende de chantajes emocionales; en suma, una máquina perfecta que avanza y aniquila (o fagocita) todo aquello que se interpone entre él y su objetivo, que no es otro que su propio crecimiento.

CÁNAVES: Creo que DeLillo ha poseído tu alma. ¿Cambiamos de tema? ¿Hablamos de fútbol o mujeres?

ONOFRE: Como quieras, o mejor: volvamos a la literatura. Quiero que me recomiendes una novela. Antes, pidamos una última copa.

CÁNAVES: Pídetela tú si quieres, yo mañana trabajo.

ONOFRE: Aguafiestas.

CÁNAVES: Y no te voy a recomendar una novela, sino tres, las tres del mismo autor.

ONOFRE: ¿Nombre?

CÁNAVES: Rafael Pinedo.

ONOFRE: ¿Títulos?

CÁNAVES: Plop, Frío y Subte.

ONOFRE: Tomo nota.

CÁNAVES: Bien. Me marcho.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Violencia y literatura, breve ensayo que nunca escribiré

Quería escribir un artículo largo y sesudo sobre las distintas relaciones entre violencia y arte o, mejor, entre violencia y literatura: la manera que tiene ésta de tratarla, de transmitirla, la adecuación del lenguaje empleado para tal fin, etc. La idea me duró algo así como diez minutos. Fueron, eso sí, diez minutos de una actividad mental muy intensa, casi violenta, algo infrecuente en mí. La conclusión a que llegué es que debía bajar uno o varios peldaños mis expectativas ensayísticas. Pensé: mi lista de lecturas seguirá los hilos sugerentes del azar y la obsesión. No obstante, rastrearé la violencia contenida en los libros que vaya leyendo para después poder comparar una con otra, estableciendo al fin categorías según el tratamiento de esta violencia. Supongo que no hace falta decir en qué acabó la cosa. Se acumularon trabajos de distinta índole y la idea se fue diluyendo hasta acabar en una mancha difusa en el fondo de la tacilla en que suelo beber el café y los proyectos disparatados. Ahora, en esta hora muerta en que no hago lo que debería hacer, rastreo lo que queda de todo aquello, un compendio de títulos apuntados y notas mentales que fui acumulando a medida que leía, adulteradas (adelgazadas) por el paso del tiempo y la pereza (esta vieja amiga). 

Mi intención era iniciar el artículo hablando del cuento de Samanta Schweblin titulado “La pesada valija de Benavides”, incluido en Pájaros en la boca. Se trataba, ya de entrada, de establecer un tono descreído e irónico, es decir, crítico pero amable. 

Las novelas leídas que propiciaron alguna de esas notas metales de las que he hablado hace un momento fueron: 

Infancia, de J.M. Coetzee 
Plop, de Rafael Pinedo 
Cárcel de árboles, de Rodrigo Rey Rosa. 
Del mismo autor: Caballeriza 
El oficinista, de Guillermo Saccomanno 
Noche de los enamorados, de Félix Romeo 
Pandora en el Congo, de Albert Sánchez Piñol 


Recuerdo que uno de los temas que quería abordar era el de la idoneidad de la mirada ingenua de un niño para transmitir la violencia de los adultos. Otra cuestión en la que quería profundizar era… Uf, para qué seguir. Una vez más compruebo que la cirugía no es lo mío. Me pierdo en la dispersión, en meras intuiciones que rara vez persigo hasta el final. Por lo demás, la violencia, en mayor o menor medida, se encuentra en toda creación humana, en toda relación que las personas establecen entre sí. 

Lo mejor y más importante es que disfruté mucho de la lectura de los ocho títulos mencionados. Al final, es de lo que se trata.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Un asiduo de las bibliotecas públicas: "Quién no quiso ser el puto rey de los capullos con 18 años"




No tendría 20 años cuando leí Menos que cero, de Bret Easton Ellis. Aquella novela me dejó tocado. Su estilo frío, directo, etc., me subyugó. El distanciamiento glacial que el narrador coloca entre él y lo que cuenta, etc. En fin, hay muchas críticas por ahí. Puedes leerlas si quieres. Lo cierto es que yo –como muchos– quería escribir una novela como aquella. Es más, en mis fantasías de flaco melenudo, podía verme en descapotables que circulaban a más de diez mil kilómetros por hora por autopistas junto al océano, acompañado siempre de rubias monumentales sin alma ni restricciones proletarias. Ríete de Felix Baumgartner. Quién no quiso ser el puto rey de los capullos con 18 años. Pero pasó el tiempo. Me convertí en un capullo (no alcancé a ser el rey), pero con restricciones proletarias y sin descapotable. De las rubias mejor no hablo. Me olvidé de Bret Easton Ellis. Publicó otras novelas, pero apenas me enteré. Vi, eso sí, la película American Psycho, y me pareció malísima. A lo que iba. Este lunes me pasé por la biblioteca Can Sales. ¿Debo insistir en lo de las restricciones? No tenía ninguna idea preconcebida. Me gusta acudir así a mi cita semanal. Nunca sabes qué te puedes llevar a casa. Eso está bien. La incertidumbre. La sorpresa. Sobre todo si estás casado y por tu mente no pasa dejar el trabajo en el que vas puliéndote el alma día a día. En fin, que ahí estaba yo, paseándome entre anaqueles repletos de libros cuando lo vi: Suites imperiales, de Bret Easton Ellis. Habían pasado más de 20 años desde aquel primer encuentro. Decidí darle una oportunidad. De hecho, se la estoy dando. Llevo leídas 36 páginas y me parece un libro aburrido. He decidido otorgarle 14 páginas de margen. Por los viejos tiempos. Si cuando llegue a la 50 me sigue aburriendo (no soy Vila-Matas, no tengo problemas con los números redondos), lo dejo y me pongo con Diario de Golondrina, de Amélie Nothomb. He dicho.  

lunes, 8 de octubre de 2012

ESCRIBIR POESÍA


Están desnudos, en la cama. No hay sábanas arrugadas, ni ropa por el suelo; tan solo un colchón azul y desgastado, y un par de mesitas de noche. Tienen la mirada fija en el techo. Ella fuma, él no. El diálogo se inicia después de que ella haya aplastado el cigarro en el cenicero que queda en la mesita de su lado. Ella es la que hace las preguntas. Es unos veinte años más joven que él. Él contesta sin dejar de mirar el techo.
- ¿Te imaginas una vida sin poesía?
- Sí, pero es una visión triste. Me recuerda a lo que podría ser la superficie de la Tierra después de una explosión nuclear.
- Me refería a una vida sin escribir poesía.
- En mi caso, una vida sin escribir poesía es una vida sin escribir. Siempre que escribo con intención literaria, sea un artículo, sea un cuento o una novela, en mayor o menor medida estoy tratando de hacer poesía.
- Una vida sin poder escribir…
- Una vida prácticamente reducida a su expresión biológica, sin espíritu.
- ¿Qué poesía leída últimamente te ha llamado la atención?
- La poesía que rezuman los relatos de Rodrigo Rey Rosa.
- ¿No es guatemalteco?
- Sí.
Aquí termina el diálogo. Siguen desnudos, en la cama. Ella alcanza la cajetilla de tabaco y enciende otro cigarrillo. Él preferiría que no fumara, pero se abstiene de hacer ningún comentario. Ella es natural de Aguascalientes, México. Hace dos años que rula por Europa. Es una larga historia que no tiene cabida aquí. Él no quiere desvelar su identidad. Respetaremos su deseo. Para concluir el relato, diremos que ambos intuyen que no repetirán.

jueves, 23 de agosto de 2012

Salteño e independentista (literatura como terapia)



He proseguido con mi periplo argentino. Estos días leí los relatos En la estepa y Papá Noel duerme en casa, de Samanta Schweblin; Ocio y Veteranos del pánico, de Fabián Casas; Gelatina y Aguas salobres, de Mario Levrero. En fin, cosas de familia. Ya sé que el bueno de Levrero es uruguayo, pero me uno así al chiste de mis amigos australes. En petit comité me autoproclamo salteño e independentista. Para fastidiar. Después hablamos de literatura, concluido el asado. Expongo lecturas recientes, pero todos se quedaron un poco atrás, así que terminan preguntándome por mis proyectos. Uf. Prefiero darle al fútbol. Por acuerdo tácito, evitamos hablar de la denuncia que Argentina ha interpuesto contra España por lo de las restricciones del biodiesel. El fútbol conlleva más apasionamiento y menos conflictividad. Además, qué coño sabemos nosotros del biodiesel. Elucubramos sobre si Tito estará a la altura. Esto nos enciende. Después especulamos sobre lo que pasará en Brasil. Que España no repetirá es una certeza generalizada. Los amigos apuestan por una final Brasil – Argentina. Yo insisto con Italia. La Alemania de Özil, en cambio, me deja más bien frío. Seguimos con la cerveza. Es noche cerrada. Estoy bien. Pese al vértigo. Al llegar a casa y a modo de despedida de otros tiempos, escribo del tirón esta especie de poema. La literatura como terapia, qué peligro.


Disimulo mi inapetencia verbal concentrándome en el cuadro
que tengo enfrente, un retrato a pinceladas gruesas y nerviosas
de la mujer con la que estoy a punto de acostarme y que acabará
siendo la esposa de un famoso pintor local que expone en NY
y Berlín, una mujer que inspirará un poema que escribiré
varias semanas después, cuando ella ya haya conocido al pintor
local famoso y yo ande de fiesta en fiesta, emborrachándome
y sermoneando a todo aquel incauto que cometa el error de caer
en mi reducido radio de acción. Pero aún no bordeo
el precipicio (o sí lo hago pero no soy consciente) y la mujer
me pide qué quiero beber y yo pienso que la vida y sin embargo
contesto que con una cerveza será suficiente, pero nada
va a ser suficiente esta noche. De todos modos, he tenido
la precaución de apagar mi teléfono. Mi desesperación es más fuerte
que mis ganas de follar pero -como ya dije- todavía no lo sé.


martes, 7 de agosto de 2012

Palabras para Marta y Mateu en el día de su boda


Cuenta la leyenda, es decir, mis padres, que Marta ya montaba en bicicleta a los nueve meses. Esto no puedo certificarlo, ya que no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo –gracias, en parte,  a esos vídeos en súper 8 que mis padres guardaron– es a una  niña de piernas torcidas y regordetas, con moco colgándole de la nariz y risa desdentada, desplazándose a toda velocidad con un andador por la terraza de la casa que tuvimos en el Molinar. Asegura también la misma fuente que nunca existió una niña que por las noches se durmiera con mayor rapidez. La misma, aseveran, que empleó a la hora de nacer un agosto de hace ya algunos años.

Todo indicaba que las cosas importantes de la vida –como nacer, divertirse, dormir– las abordaría con premura. Pero en lo tocante al matrimonio, por aquello de la excepción y la regla, decidió tomárselo con calma. Sin saberlo, estaba esperando a Mateu…

Como en una comedia romántica hollywoodiense, se conocieron en una boda. Quienes estuvieron allí aseguran que Mateu necesitó buena parte de la noche y de las reservas de alcohol del bar para animarse a dirigirle la palabra. Cuentan que luego, en el autocar de regreso a casa, se empleó a fondo para el deleite de los allí presentes. Me consta que Marta todavía se ríe al recordar aquel trayecto con show incluido…

Y llegaron los meses de amistad y confidencias, de Messenger y algún que otro encuentro –como aquel en que quedaron para ver una peli en casa de mi hermana y ella, a los pocos minutos, se quedó dormida–, hasta aquella Feria de Abril de hace ya tres años. Y aquí interrumpo el relato porque hay cosas que es mejor que permanezcan en la intimidad.

Al año vivían juntos. Y tras dos años de convivencia se casan…

Hoy es un día muy feliz para mí y para el resto de mi familia, al igual que para la familia de Mateu, y para todos los amigos de la pareja que no han querido perderse este momento. Pero, sobre todo, hoy es un día muy feliz para Marta y Mateu, a los que deseo lo mejor del mundo en esta nueva etapa que inician hoy.

Para terminar y poner una nota pedante al discurso, traigo aquí las palabras de André Gorz, pensador austriaco que a la edad de 83 años le escribía a su esposa: “Acabas de cumplir ochenta y dos años. Y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace 58 años que vivimos juntos y te amo más que nunca. Hace poco volví a enamorarme de ti una vez más (…) A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos”.

Una vida plena de amor compartido: Esto es lo que os deseo, lo que os deseamos todos los que estamos aquí.

Marta y Mateu, tras el sí quiero, recibiendo
la tradicional lluvia de arroz.




Llucmajor, sábado 4 de agosto de 2012