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viernes, 27 de julio de 2012

Breves notas sobre lecturas diversas –recientes o en proceso: Greene, Gandolfo, Jamison, Zurita



La lectura de Viajes con mi tía, de Graham Greene, me retrotrae a otra lectura acometida tres años atrás, la de esa novelita de Hans Magnus Enzensberger titulada Josefine y yo. Debo confesar que este tipo de mujeres maduras, con clase, incorregibles, me vuelven loco. Leyendo estas novelas siento que la avanzada edad de sus protagonistas no resultaría un impedimento para mantener un romance con ellas. La pregunta resulta inevitable: ¿seré un pervertido?

En cambio, Real en el rosedal, de Elvio E. Gandolfo, me contagia el espíritu contemplativo-rememorativo que sus páginas contienen. Pienso en cómo recordará Floriane sus veranos en Mallorca. A la vez, recuerdo mis veranos en Porto Petro. Veo claro que de seguir por este camino podría largarme a llorar. Con todo, decido seguir…

El clóset para la ginebra, de Leslie Jamison, contribuye a esta sentimentalidad sobrevenida. Se me hace inevitable recordar a mis abuelos (en el relato de Jamison, la protagonista se pasa buena parte de sus páginas cuidando de su abuela, ya cerca del final). Precisamente, el pasado fin de semana un primo de mi padre me estuvo contando historias sobre mi abuelo Francisco, el único al que no conocí. Murió cuando mi padre era adolescente. Su vida da para una novela. Tal vez, me digo, algún día… pero ¿qué vida no da para una novela? De asumir el reto, ¿cómo lo abordaría? Se me ocurre que la única forma posible para mí sería hacerlo al estilo Modiano, con ligereza, sin profundizar en los pormenores de la narración, como si de un sueño se tratara…

Vuelvo a la novela de Leslie Jamison, El clóset para la ginebra (en traducción un tanto apresurada del mexicano Raúl Bravo Aduna). Su forma de narrar hace que algo dentro de mí comience a arder. Conozco la sensación, lo que después sigue. Vuelven las ganas de contar. Hablo de sentarme a escribir una novela. Tengo una idea, aunque de momento es demasiado vaga. Es posible que baste. Suele serme suficiente con un esbozo. El resto lo da la misma escritura. 

Para terminar, quiero mencionar el hostión (positivo) que ha supuesto, que está suponiendo, la lectura de Zurita, ese monumento desmesurado, desgarrador, hermoso. Es grande, amigos, muy grande. Diría que cósmico.  







miércoles, 27 de octubre de 2010

Se necesitan sensatos


Uno se pasa la vida luchando contra el hastío. Hay quienes optan por casarse y tener hijos, los hay que se conforman con escarceos sentimentales de baja intensidad, los llamados adictos al romance. Existen diferentes armas, todas ellas combinables entre sí. Además del matrimonio, la paternidad y el sexo, tenemos las distintas disciplinas artísticas, el alcohol y los viajes. Al final todo resulta insuficiente. El hastío siempre termina por regresar. Habita en nuestra sangre. Los hay afortunados, gentes de pocas inquietudes o de inquietudes que solo afectan al lado práctico de la vida, que no conocen el hastío del que hablo. Gozan de una salud envidiable. Sienten extrañeza frente a nuestros accesos de desesperación transitoria, lo cual es del todo normal. Nos llaman inmaduros, teatreros o directamente enfermos. Graham Greene solía decir que no entendía cómo alguien que no escribía, no pintaba o no creaba podía soportar esta vida. Me tomaré la libertad de responder al gran escritor británico. Soportan esta vida precisamente por no escribir, por no pintar, por no crear. Mis amigos artistas son unos adictos incorregibles a la desesperación, así combaten el tedio. De hecho creo que no son felices si no hallan motivos para desesperarse. Alguno de ellos decidió dejar este juego enfermizo y ahora es una persona de vida tranquila que no para de repetir, como justificándose, lo feliz que se siente, lo inteligente de su decisión. Nosotros nos alegramos, faltaría más. Que su producción artística haya decaído o desaparecido es lo de menos. Si sobra algo en este mundo son artistas o supuestos artistas. Necesitamos más gente tranquila, sensata, sin inquietudes artísticas de ninguna clase.

ULTIMA HORA, 26/10/10

martes, 19 de octubre de 2010

Préstamos, lluvia, Dogville


Para celebrar la concesión del Nobel de literatura a Mario Vargas Llosa, me acerco hasta la biblioteca de Can Sales y saco El hombre es un gran faisán en el mundo, de Herta Müller. Como intuyo que me va a aburrir, también saco El otro y su doble, un libro de entrevistas a Graham Greene realizadas por Marie-Francoise Allain. El hecho de acertar no me sorprende. Con los años el olfato se nos agudiza. Efectivamente, Müller me aburre y Greene me entretiene. Entre respuesta y respuesta del británico, miro llover por la ventana. La lluvia me pone melancólico y la melancolía me lleva a recordar momentos mitificados de mi pasado. Cuando un administrativo escritor de columnas se pone a recordar momentos mitificados de su pasado, la cosa solo puede acabar con un mensaje inconveniente y un gin tonic cargado, bebido a sorbos lentos. También está la opción de sentarse frente al ordenador y escribir un artículo como éste, un artículo sin mucho interés, donde las cosas que no se dicen tienen más importancia que las efectivamente dichas. Ya entrada la noche, me tiro en el sofá y me pongo la película Dogville, de Lars von Trier. No puedo estar más de acuerdo con el mensaje del danés. La llamada buena gente, la gente sencilla, encierra en su interior un demonio no muy diferente del demonio de los peores asesinos. No en vano, la llamada gente sencilla, la buena gente, el pueblo llano, usted y yo, ha aplaudido, desde el principio de los tiempos, los regímenes más escalofriantes, las matanzas más vergonzosas. Para acabar, quiero aclarar que el principio de este artículo no encierra ninguna maldad. Si no saqué ningún libro de Vargas Llosa fue porque no quedaba ninguno disponible.

ULTIMA HORA, 19/10/10