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viernes, 18 de mayo de 2018

Tras la lectura de «En la estepa», de Samanta Schweblin, con los alumnos del taller

(o una técnica sencilla y efectiva para armar un cuento)

Al final escribir un cuento no deja de ser contar una historia haciendo trampas. Las trampas son las que hacen la historia interesante. Hay trampas sutiles y trampas obvias, pero incluso con trampas obvias se pueden construir cuentos interesantes, resultones, buenos.

Samanta Schweblin hace trampas y no se preocupa mucho en disimularlas. La gracia de sus cuentos estriba precisamente en esas trampas.

La técnica es sencilla. Schweblin convierte una situación en un cuento. Esta transformación la consigue gracias a “la trampa”. Pensemos en el cuento «En la estepa».

Situación: una pareja que quiere tener hijos. Recurren a todos los métodos conocidos. Lo desean con mucha fuerza y están dispuestos a cualquier cosa. El cuento podría hablar de la relación de esta pareja, de la alteración de sus estados de ánimos (de la ilusión a la desesperanza, etc.), de las personas a las que recurren, de las conversaciones con amigos en situaciones similares, etc. Ahí todavía no tenemos un cuento, tenemos una situación. Bien. Lo que hace Schweblin es sencillo: sustituye la palabra “hijo” por la palabra “criatura” y deja que esta nueva palabra “impregne” el relato. Si en vez de buscar un hijo buscan una criatura, ya tenemos el cuento (y el cuento es otro, o sea, se ha transformado). Pero no debemos olvidarnos de la idea inicial. De ahí los tratamientos de fertilidad y todas esas cosas “raras” que las personas  llegan a probar con la esperanza de quedarse embarazadas…

Por otro lado, comprobemos lo clásico que es el cuento en su estructura:

- Planteamiento: presentación de los personajes y situación actual
- Punto de giro: encuentro de Pol con los que sí lo consiguieron
- Nudo: la escena de la cena en casa de los afortunados
- Punto de giro: Pol decide entrar en el cuarto donde guardan a la criatura
- Clímax: el encuentro de Pol con la criatura (nos lo obvia, solo nos entrega las consecuencias de ese encuentro).
- Desenlace: la huida de los protagonistas.
           
¿Ha cambiado algo en ellos? Diría que sí, sobre todo en Pol, al que parece no importarle atropellar a una de esas criaturas si se cruza en su camino…

Lo que decía: sencillo y efectivo.

Eso sí, está claro que existen mil maneras diferentes para escribir un buen cuento. Esta es sólo una de ellas.


domingo, 29 de abril de 2018

DECÁLOGO PARA FUTUROS NOVELISTAS

1. No pierdas ni un minuto de tu tiempo en la lectura de decálogos para futuros novelistas. Sólo sirven para demostrar que el aburrimiento y el deseo de admiración son motores incuestionables para la escritura más o menos creativa.

2. El hecho de que hayas llegado, pese a la advertencia del punto 1, al punto 2 significa que no tienes muy en cuenta las advertencias de los escritores que pierden su tiempo elaborando decálogos que saben inútiles. Estás en el buen camino.

3. Un decálogo para futuros novelistas no deja de ser un tópico que difícilmente admite sorpresa o emoción. Si aspiras a tener una carrera exitosa, huye de ellos, que sean otros los que pierdan su tiempo en su elaboración.

4. Si aspiras a tener una carrera exitosa (como novelista, se entiende), significa que alguien te ha engañado o que padeces una desviación importante en tu capacidad de comprensión del mundo que te rodea.

5. Si padeces una desviación importante en tu capacidad de comprensión del mundo que te rodea ya tienes una de las cosas que se precisan para construirte una carrera  exitosa como novelista.

6. A diferencia de lo que ocurre con los poetas, la falta de ingresos monetarios derivados de la venta de tus novelas será motivo de mofa de todos los que no entienden que alguien con más de cuarenta años pierda su tiempo inventando historias.

7. Inventar historias, de eso va ser novelista (por si creías que tenía que ver con asuntos más elevados).

8. Si crees que esto de escribir novelas es algo elevado, lo tuyo no es ser novelista. Estás a tiempo de pasarte al mundo de la gastronomía, el auto-conocimiento o la poesía trascendental de inspiración nipona.

9. Si lo escrito en el punto número 8 te ha molestado, es que lo tuyo no es ser novelista. Tampoco poeta, por supuesto.

10. El hecho de que hayas llegado, pese a la advertencia del punto 1, al punto 10 significa… Bueno, no sé qué significa. Tal vez seamos amigos o conocidos o sentiste curiosidad. La curiosidad es otro de esos motores incuestionables para la escritura más o menos creativa.

 

lunes, 10 de noviembre de 2014

Continuación de ideas diversas, de César Aira

"Continuación de ideas diversas" (ediciones Universidad Diego Portales, 2014)

(…) Dentro de mí se realiza un esfuerzo sobrehumano por reunificar las dos iglesias, la de la Poesía y la de la Prosa (…)

*

El modo más común de describir o recomendar novelas consiste en decir “es sobre…”, y a continuación poner el tema o ambiente o personajes: “una familia disfuncional”, “los refugiados de la guerra de Sudán”, “dos jóvenes que buscan su vocación”… Las críticas o reseñas hechas por profesionales no son muy distintas. Si la recomendación es muy enfática, el relato de la temática se extiende y detalla, y eso es todo.
            Pero la literatura es forma. Esas descripciones o recomendaciones no dicen nada sobre el mérito o demérito literario de la novela. Es cierto que la forma, para ser forma, debe serlo de alguna materia, o sea que ésta también existe. Estando ambas, es más fácil hablar de la materia que de la forma.
             El hecho de que sea casi imposible hablar de una novela sin decir en algún momento “es sobre…” debería significar algo sobre el género novela o la “forma novela”. Ese algo puede ser o bien que la forma de la novela sea su materia, o bien que indique el triunfo de la materia sobre la forma, vale decir una derrota de la literatura en su formato más exitoso.

*

El realismo es lo que da la posibilidad de extenderse en el relato y escribir libros de muchas páginas. Qué raro. ¿No debería ser al revés? Porque lo fantástico permite el vuelo de la imaginación, al que los hechos le ponen límites estrictos. (No es que lo fantástico no tenga límites: se los pone el verosímil, que ahí es más implacable que en el realismo). Pero creo que el realismo se extiende más porque admite más descripción, más comentario. Lo fantástico se agota en su formulación, y mucha descripción o comentario o acumulación de detalles lo hace menos creíble.
            Ahora bien: ningún relato es del todo fantástico. Lo fantástico es una desviación de contraste sobre una base inevitablemente realista. Eso produce una alternancia, un ritmo, de extensión y brevedad.

*

(…) Esa película con la pantalla negra del comienzo al fin, esos poemas hechos todos de consonantes elegidas al azar, una novela escrita en signos idiosincráticos indescifrables… Todo eso no llevó a nada, de más está decirlo, lo cual no impide admirar, y hasta exaltarse, con el valiente extremismo de la actitud, sobre todo en vista del enemigo al que apuntaban, que sigue siendo nuestro enemigo: el patetismo, la demagogia, la apropiación comercial del arte. De ahí que me pregunte si no sería posible “traducir” esas actitudes, sin traicionarlas (y hasta radicalizándolas más todavía), al idioma de la vieja literatura que decidió nuestra vocación. Me gustaría pensar que es lo que he venido haciendo yo todos estos años. (No me gustaría en cambio pensar que lo que hice fue simplemente tematizar propuestas vanguardistas).

*

Lo difícil es escribir, no escribir bien. En los talleres literarios se puede aprender a escribir bien, pero no a escribir. Para escribir bien hay recetas, consejos útiles, un aprendizaje. Escribir, en cambio, es una decisión de vida, que se realiza con todos los actos de la vida.




jueves, 6 de febrero de 2014

¿Integradora y ecléctica?

Llevo días aproximándome a la obra de poetas que, en principio, tienen poco que ver conmigo. Está claro que uno, en primer lugar, lee para disfrutar. (Y está igualmente claro que uno puede disfrutar con la obra de autores que poco o nada tienen que ver con lo que uno aspira a lograr). No obstante, cuando estás metido en el oficio (qué horrenda la expresión), también lees con carácter explorador, para aprender o tratar de aprender o para encontrar perspectivas diferentes a las que te resultan más cercanas… En fin, lo que quería contar es que he estado leyendo a Guillermo Carnero. De todos modos, más que un poema, me apetece compartir esta reflexión del poeta, realizada en 2004: “Muchas veces me han preguntado cómo veo el futuro de la poesía española. Aunque como profesor prefiero profetizar el pasado, en mi opinión el futuro debería ser integrador y ecléctico, y a ello me referí en un ensayo de 1999 titulado “Píos deseos al borde del milenio”. Esa integración tendría que darse en tres direcciones: 1ª, una consideración no empobrecedora de la obra de la generación del 50, que tenga en cuenta ante todo el irracionalismo simbolista de Claudio Rodríguez y la reflexión ética de Francisco Brines, valore el discurso metafísico de Barral y lea a Gil de Biedma más allá de clichés empobrecedores; 2ª, una lectura de la obra de mi generación que prescinda de los abyectos tópicos del venecianismo, la torre de marfil y la decoración, y de todas las demás simplificaciones demagógicas con las que se ha querido ocultar nuestros logros y secuestrar y desnaturalizar nuestros propósitos; 3ª, una lectura integral de la tradición desde el abandono del tópico del “elitismo” y de la desconfianza hacia todo lo que en esa tradición es, del Barroco a la Vanguardia, adquisición de maestría verbal”. 

Diez años después de estas declaraciones, ¿podemos decir que se han cumplido los deseos de futuro del poeta? ¿Es la poesía española en estos momentos (febrero de 2014) integradora y ecléctica?

martes, 15 de octubre de 2013

Yo, Kwai Chang Caine

Es joven. Quiere comerse la literatura a bocados. Ignora que ya hace mucho la literatura fue digerida, que nos hallamos en pleno proceso de evacuación. Ya no pueden iniciarse las novelas como aquella de Henry Miller: los escupitajos a la cara del Arte y las patadas en el culo de Dios producen gracia, tal vez ternura. Se enfada conmigo. Entonces quiere saber qué y para qué escribo. “Escribo mi vida”, le digo. “De este modo deja de ser mi vida y, por consiguiente, se convierte en algo más interesante que mi vida, de por sí bastante insustancial”. Pero no le convencen mis palabras. Las considera tristes y desalentadoras. Me alegra comprobar que no perdí mi viejo don: di en el blanco. Proseguimos la charla. “Te aconsejan que sigas una línea, la que sea. Lo llaman coherencia. Tengo mis dudas”. Mi dudoso saber reducido a unas pocas frases, ideales para eslóganes en camisetas. Ahora hablamos de cantidad. Dice que le horroriza la idea de escribir por escribir; sólo escribirá cuando tenga algo verdaderamente importante que decir. Me lo pone a huevo: “La mayor parte del tiempo, escribimos por escribir. Sólo en contadas ocasiones tenemos algo verdaderamente importante que decir. Generalmente, eso que creemos importante, que necesitamos decir a toda costa, carece de importancia para los demás”. Y concluyo: “Escribe mucho, publica lo que puedas; llegado el caso, serán los lectores quienes decidan qué tres o cuatro poemas de todos los que escribiste merecen durar un poco más. ¿Para qué ponérselo fácil?”.

ULTIMA HORA, 15/10/13

lunes, 8 de abril de 2013

A veces, caminando por la ciudad, acuden a mí frases, reflexiones baratas, iluminaciones de pocos vatios, y me apresuro a anotarlas por lo que pueda ser…


Qué sencillo amar a los muertos. Si contraponemos esta sencillez a la titánica tarea de amar a los vivos, entonces comprendemos porque tantas veces ansiamos la destrucción del ser amado: para así poder amarlo hasta el final, sin restricciones. Por supuesto, estoy hablando de escritores. Por supuesto, estoy hablando de Literatura.
Los complejos nos vuelven peligrosos. Son tan odiosos como necesarios. Su total ausencia allana el terreno a la vulgaridad y el horror. 
La mayoría de situaciones nos resultan tolerables porque las pensamos temporales.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Ejercicios de estilo. Tres formas de narrar un mismo hecho

[Uno de los muchos ejercicios que se realizan en el taller literario impartido por Sancevá]


1#
Media tarde. Has decidido acercarte al centro. Tu librería habitual ya ha recibido el libro que encargaste. Paseas entre la gente. Imágenes de un decorado conocido. Elementos móviles o susceptibles de movimiento insertos en el paisaje urbano. La interacción es automática, más allá de las fórmulas de protocolo. Células, moléculas, electrones en plena actividad. Eres consciente de formar parte de un organismo superior. Te llegan olores, sonidos, pero son parte del entramado. Pueden resultar molestos, pero carecen de biografía, de interés. Entonces ocurre: se establece contacto visual. Pupilas que se encuentran. Una falla en el sistema inmunológico. Una brecha. Un instante de intimidad. Cobras consciencia de la corporeidad del otro. Le sabes un pasado, un peso concreto, un olor corporal. Le sabes vello, herida y mancha. Un anhelo. Un hartazgo. Si es del sexo que te atrae, imaginas el sabor de su boca, los recovecos que la ropa hurta a la mirada. La ciudad se detiene. Esos ojos se agrandan, crean puentes de aire. Un striptease sutil, una confesión muda; una advertencia, una promesa cifrada. Dura un instante. El tiempo se constriñe para después dilatarse. Matrimonio fugaz, todo se pierde. El desagüe lo engulle. Sensación de vacío. No te gires. Recobra la prudencia. Detén la hemorragia. Reincorpórate al decorado. Nadie te ve. Vuelves a ser invisible. Respira. Estás a salvo.

2#
Media tarde. Has decidido acercarte al centro. Tu librería habitual ya ha recibido el libro que encargaste. Paseas ensimismado hasta que tu mirada se encuentra con la de una mujer que despierta algo en ti, algo de índole sexual. Por un instante todo lo demás deja de existir. Te aguanta la mirada el tiempo suficiente para activar tu imaginación. “¿Me ha sonreído?”. Te la imaginas desnuda y en tu cama, escapando juntos, teniendo hijos y deudas en común. Un instante después ya es pasado inalcanzable. Nunca la volverás a ver.

3#
Media tarde. Has decidido acercarte al centro. Tu librería habitual ya ha recibido el libro que encargaste. Paseas y entonces la ves. Está buenísima. Te mira. Imaginas tu polla en su boca. Está buenísima. Desaparece.

jueves, 3 de mayo de 2012

Fin del lirismo, segunda parte o Notas improvisadas tras una relectura

Caigo en contradicciones, incongruencias, imprecisiones. Me rebato constantemente, con disciplina improvisada. Más que escarbar, que profundizar en una idea, la rodeo con curiosidad, la acaricio y fantaseo para después salir corriendo. Alguna vez hablé de alergia al proselitismo, pero me parece una explicación demasiado fácil, un tanto cómoda. Envidio a los que pueden descansar y relajarse sobre unos ideales más o menos firmes, al margen de altibajos y autoagresiones. Además, siempre sentí curiosidad por cómo deben verse las cosas desde la terraza del vecino, sobre todo si la vecina está buena y acostumbra a caminar semidesnuda por casa.

Ocurre que me releo y no me gusto. Imagino que esta patología debe tener algún nombre. Hoy en día todo tiene un nombre.

Hablando de relecturas… Releo varias veces la frase con que terminé mi artículo del martes 1 de mayo (día extraño para hablar de prosas y lirismos, la verdad). Eso de “reírse de todo lo demás” merece una explicación. (En realidad no la merece, pero me entraron ganas). Creo en la necesaria ejemplaridad que debe presidir la actuación de todo representante público y político en general. (Hay frivolidades que repugnan). Hago extensible esta necesidad a los entrenadores de fútbol y futbolistas, por ser estos a quienes más se escucha en este país. (Se admiten risas). Este segmento de población queda dispensado de la facultad de reírse de todo, no puede o no debería poder asumir maneras despreciativas, etc., porque todos les miramos y asumimos sus posturas, sus discursos, en una actitud imitativa tan patética como inevitable. Otra cosa bien distinta es la actitud que uno puede adoptar a la hora de escribir (un poema, una novela, lo que sea). Aquí sería ridículo e, incluso, peligroso perseguir la ejemplaridad. Además, la repercusión que el contenido de un libro de poemas o novela puede tener es ínfima. Lo que vengo a decir –algo, por otro lado, más viejo que el TBO– es que es bueno escribir sin perder de vista (al menos, sin olvidar del todo) que uno está haciendo algo bastante importante, sí, pero SÓLO PARA ÉL. (Tendencia en constante progresión, si no, que le pregunten al preocupado Vargas Llosa). Al fin y al cabo, el mejor de los poetas tiene menos repercusión que un diseñador de moda o un cocinero medianos, por no hablar de un empresario de éxito o el ganador del último concurso televisivo de moda… Se trata, más que nada, de un consejo de amigo para no caer en el ridículo. (Ya sé que esto de hacer el ridículo es algo subjetivo y que, probablemente, al escribir estas líneas esté cayendo en el mayor de los ridículos al tomarme tan en serio). (Otra cosa: creo en el derecho inalienable del ser humano a hacer el ridículo de la manera que más le plazca). Una vez que asumes esto, tu no trascendencia, tu futilidad, puedes reírte de todo... Pero no, hay cosas sobre las que debería estar prohibido reírse. No, no debería estar prohibido, ésta no es la solución, conduce al talibanismo… En realidad, hablo o pretendía hablar de poner entre paréntesis cierta idea de trascendencia u honorabilidad, algo también más viejo que el TBO –si no, que le pregunten al último premio Cervantes… Bla bla bla.

Pese al ridículo en que caigo tras cada nueva frase, decido seguir. Voy lanzado, de cabeza al arrepentimiento posterior. (El exceso de explicaciones lleva aparejado irremediablemente el arrepentimiento posterior). Sigo con el artículo “Fin del lirismo”. En ningún momento me propuse contraponer prosa y poesía, tomar partido por uno de estos géneros literarios (pensé que había quedado claro, pero un comentario recibido hace que dude sobre este punto). Algo así me parecería ridículo. Necesito ambos por igual; no sé estar sin leer poesía del mismo modo que no sé estar sin leer narrativa. ¿No? No, a la larga no. Lo que sucede es que subjetivizo (según el diccionario de la RAE, los verbos subjetivar y subjetivizar no existen, pero no importa) los términos “prosa” y “lirismo”, los hago míos, escapo de la acepción que el diccionario pueda dar de ellos. Contemplo el lirismo como una actitud ingenua frente al hecho de escribir; en cambio, al hablar de tiempo de la prosa, me estoy refiriendo a una actitud más descreída, menos inocente. El tiempo del lirismo es el tiempo de la juventud en tanto que tiempo en que uno se deja deslumbrar con mayor facilidad por fuegos de artificio. Pienso en jueguitos varios y en la creencia en la singularidad e importancia de nuestros propios sentimientos. El tiempo de la prosa, en cambio, es presidido por una actitud más crítica y reflexiva (con lo bueno y malo que esto conlleva).

Parte práctica. Propongo releer poemas propios escritos cuando uno tenía 16 años. Al margen de la falta de lecturas típica de esa edad, uno se ruboriza al percibir la pose y la tendencia a la exageración que rezuman esos versitos que confunden profundidad con tremendismo de segunda. Hay quienes se enquistan ahí, que no admiten broma sobre sus profundos y terribles sentimientos. Se toman tan en serio en su faceta de escribidores (seres de una sensibilidad ultraterrena) que uno se queda pasmado. En fin, tampoco es tan grave. El mundo no se detendrá por eso.

Lo hará por otras cosas.

Ahora escucho una voz que me susurra: “¿No está muy visto eso de desacralizar la poesía, la literatura en general? ¿No habría que volver a sacralizarlas, adoptar posturas mesiánicas, brindar por nuestra singularidad especial, altiva…? No sé… ¿Volver a Huidrobo? ¿Abrazar a don Mario? ¿Por qué no?

No, no es ésta la cuestión, me estoy yendo por las ramas…

Una cosa está clara: nunca hay que tomarse demasiado en serio las reflexiones que un escritor pueda hacer sobre el hecho de escribir. Probablemente, busque escandalizar, hacer un chiste o devolver alguna pulla que directa o indirectamente recibió.

¿Habrá tercera parte? 


martes, 1 de mayo de 2012

Fin del lirismo

Fallecida la edad del lirismo, uno se adentra en el tiempo de la prosa. Esta transformación no tiene una fecha determinada: lo mismo puede darse a los 25 que a los 45 años. Por otra parte, hay individuos que jamás padecen tal conversión. Se enquistan en la lírica y de ahí no hay quien los mueva. Suelen ser gente un poco cargante, la verdad, pero uno los acaba soportando porque, al fin y al cabo, no le hacen ningún mal al mundo, al menos ningún mal serio. Ahora recuerdo aquel poema de Fogwill en que decía que hacían falta más malos poetas. En fin. En contra de lo que cabría pensar, la edad o tiempo de la prosa nada tiene que ver con la renuncia a escribir poesía. El género (si no es un anacronismo hablar de géneros literarios hoy en día) está más allá de esta cuestión. La edad de la prosa se caracteriza, principalmente, por el descreimiento y la aridez. Acumular años nos despoja de tonterías. Ya conocemos de primera mano los mecanismos internos, de ahí que resulte más fácil detectar el gato que pretendían darnos por liebre. Fundamentalmente, la cuestión afecta a la forma, pero también al fondo. Por supuesto, este descreimiento también afecta a la propia escritura, al hecho de escribir. No nos hace especiales, ni mejores, ni más inteligentes. Tampoco más ricos, claro. Efectivamente, la edad de la prosa supone abandonar cierta dosis de ingenuidad. Puede parecer un asunto triste, pero el mejor humor se da en la edad de la prosa. Una vez que aprendes a reírte de ti, ya puedes reírte de todo lo demás.

ULTIMA HORA, 01/05/12

miércoles, 24 de agosto de 2011

Retomando viejos temas: una manera de pasar la tarde. También: La poesía que no me gusta, dos años después


El 21 de julio del año 2009 publiqué un artículo que un lector ofendido calificó de rabieta y lloriqueo. Estaba en lo cierto en un 50%: era una rabieta, no un lloriqueo. Que la escritura, en ocasiones, sirve para desalojar mierda interior, para desahogarse, no es ningún secreto. Después, claro, toca apechugar con las reacciones que tu escrito provoca, si es que provoca alguna. Muchos han sacado réditos de esta actitud provocativa (ha de haber algo más a parte de la provocación; ella sola, por sí misma, no basta), de este exagerar o meter a todos en un mismo saco para así garantizarse las benditas descalificaciones. [Tampoco es ningún secreto que jugar a provocar es una estrategia de marketing. Vendría que ni pintado citar a Oscar Wilde, pero vamos a comportarnos como adultos, al menos en este párrafo]. Debo decir, por lo que a mí respecta, que no había ninguna intención promocional o de búsqueda de notoriedad (sonrío mientras escribo esto… notoriedad… soy algo imbécil e ingenuo, ¡pero no tanto!) cuando escribí el artículo. Tengo claro que exageré, pero es que siempre he considerado la exageración un recurso literario como otro cualquiera. Incluso en mis peores artículos (y los hay de muy malos) tengo en mente la idea de estar haciendo literatura, no periodismo de opinión (si bien a veces expreso opiniones), y en literatura la opinión que tengas sobre algo es un asunto secundario [1].

Dicho esto, debo decir que:

Sigo sin soportar los poemas con retórica decimonónica. Sorprendentemente, todavía los hay.
Los poemas sin un pálpito de vida, que se quedan en lo conceptual, me suelen provocar bostezos.
Los poemas sustentados en la mera ingeniosidad u ocurrencia tienen para mí la categoría de chiste y son poquísimos los chistes que admiten relectura. (Hay dignísimas excepciones).  
Si el poema es malo, ya puedes untarte el cuerpo de brillantina o recitar desnudo, que el poema seguirá siendo malo. Recitarlo a los gritos tampoco lo hace mejor.


[1] Que seas de derechas o de izquierdas, del Barça o del Madrid, ateo o creyente, es lo de menos, a quién puede importar. Lo importante, en términos literarios, es cómo expreses lo que quieres decir. Por eso se puede disfrutar de Sartre siendo de derechas, o de Céline siendo de izquierdas. Por eso un ateo puede pasar buenos momentos leyendo a Bobin, del mismo modo que un creyente puede entrar en éxtasis leyendo a Borges. La literatura exige de un relativismo que la moral, y ahí estoy con el Papa, no puede permitirse. Por eso cabe concluir que la literatura, en terminología catecúmena, es esencialmente demoníaca y que los escritores de verdad y los buenos lectores arderán en el infierno.

martes, 29 de marzo de 2011

Tópico o memez después de Duchamp

En poesía, especialmente en la llamada confesional o reflexiva, aunque es algo que se extiende a todo el espectro poético, escritor, narrador (en este caso poeta) y protagonista suelen coincidir, llevando al lector a equívocos que no se producen, o no con tanta frecuencia, en la novela o narración breve. Así, el poeta se acaba convirtiendo en un experto de la justificación o explicación, sobre todo si tiene pareja o padres que lo lean, tarea agotadora y la mayoría de las veces inútil. Como expone Patricio Pron en su artículo Yo es otro, todo el arte después de Marcel Duchamp es una declaración de principios al tiempo que una puesta en escena, un ejemplo específico, de esos mismos principios. Esto llevaría a la obligatoriedad de explicar y defender una poética determinada, de ser consecuente con esa misma poética. Yo, que siempre he recelado de las poéticas, que siempre las he visto como algo limitador, lugar idóneo para que el poeta haga el ridículo de una manera espantosa, me autoexijo la necesidad de elaborar una, aun a riesgo de limitarme y de hacer el ridículo y sabiendo que este camino sólo ofrece dos posibles salidas: el tópico o la memez. Procedamos, pues. Concibo el poema como lugar idóneo donde experimentar sin restricciones, con afán estético, con el yo biográfico (experiencias, sentimientos) y el lenguaje, entendiendo que experimentar con el lenguaje tiene que ver más con la exploración de diversos estilos que con el juego, tantas veces banal, de las palabras. Dicho esto, comprendo que todos tenemos nuestra poética y que ninguna es mejor que otra. A mí me vale ésta (por genérica), al menos esta noche. Si te apetece, te buscas una y la defiendes de los comentaristas acechantes, es decir, los otros poetas. Otro martes seguimos.



ULTIMA HORA, 29/03/11

miércoles, 9 de marzo de 2011

"El poeta no es un loro". Dos versiones: prensa y blog


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El poeta no es un loro
Para bien y para mal, he inaugurado la edad en que uno siente la necesidad de dar lecciones. Sin embargo, no ignoro que toda lección es impartida desde la tarima de la ignorancia, tan resbaladiza. Caeré, sin duda, en los tópicos más sobados, pero la vida es reiteración, además de contradicción. Un juego muy grave, un hastío muy lúdico, etc. Por supuesto, están en la obligación de no tomarme demasiado en serio. ¡Les ordeno que no me sigan salvo que no crean en mí! Dicho esto, pongámosle obras a las manos.
.LECCIONES (con perdón) PARA FUTUROS POETAS
(O PARA ALGUNOS POETAS EN ACTIVO)
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Santifica la risa, pero no la risa por la risa. Para aprender a reír, se hace necesario plantarse frente al espejo y abrir bien la boca hasta poder contar tus empastes. Y que alguien te recuerde de vez en cuando que el mundo no descansa sobre tus hombros.

Abandona la honorabilidad, sólo así podrás ser honorable.

Como dijo el poeta, en un poema está permitido fijar carteles, tirar escombros o escupir dentro.

Lo dicho hasta ahora no es óbice para escribir poemas serios. Por otro lado, la seriedad no es requisito indispensable para alcanzar profundidad.

Asume tus contradicciones y tus bajezas. Un poema no es un lugar donde justificarse o venderse. Acepta que tus poemas provoquen comentarios del tipo: qué cabrón, menudo machista, otro gilipollas utópico, pero éste qué se ha creído, etc.

Recuerda una de las 72 lecciones de Ignorancia, de José Viñals: “Quien se indague a fondo y no descubra jugosas contradicciones, o no se ha indagado a fondo o es miope o no vale la pena que se indague”.

Un poema no es un instrumento aleccionador.

Guarda siempre en uno de tus bolsillos aquella frase de De Kooning: “El estilo es un fraude”. Tampoco te alejes mucho de esta otra de Will Oldham: “No creo en aquello de despertarse cada día y ser siempre lo mismo; mejor despertarse y estar en el proceso de convertirse en algo”. En el fondo (o no tan al fondo) del alma del poeta, siempre anidan un travesti y un tramposo.

Rechaza con vehemencia toda clase de proselitismo.

Parafraseando a Michel Onfray, no te imagines la poesía sin la novela autobiográfica que la hace posible. Esto nos lleva a afirmar que debes decir lo tuyo, no lo de otros, no lo genérico. Como decía Elias Canetti, las cosas generales están en el periódico.

Decir lo tuyo no significa caer en la confesión pura, ¡ni siquiera en la impura! Lo mejor que puede hacerse en los confesionarios es echar un buen polvo. Por otro lado, la pureza es atributo poco deseable en la poesía. Aquí viene bien recordar la querencia del poeta por el travestismo y la trampa.

El poeta no es un loro.

Rainer Maria Rilke, en sus Cartas a un joven poeta, aseguraba que una obra de arte es buena cuando nace de la necesidad. En este modo de engendrarse, continuaba, radica su enjuiciamiento: no hay ningún otro, sentenciaba. Error. La obra de arte debe ser enjuiciada por su resultado, al margen de la necesidad inspiradora. Esto no menoscaba, sin embargo, la importancia de la necesidad en el arte.

Por otro lado, Gombrowicz no estaba de acuerdo con quienes afirman que sólo se tiene que escribir cuando se tiene algo que decir, aseguraba que el arte consiste en no escribir lo que se tiene que decir, sino algo completamente imprevisto. ¡Cuidado! Incluso lo imprevisto tiene que beber de esa necesidad, de ese tener que decir algo. De lo contrario, tendremos al profesional de lo imprevisto, es decir, un mono de feria.

No es necesario que te entiendan, tampoco es malo; lo peor, sin duda, es provocar bostezos.

Jamás pienses en lo que pueda pensar un posible editor.

Ya para terminar, si todo el mundo te felicita, empieza a preocuparte.

martes, 23 de noviembre de 2010

Los motivos del lobo


Ella sostiene que la escritura arranca o debería arrancar de un hecho o sentimiento que no puede permanecer por más tiempo en el interior del escritor (ella diría en las entrañas), que necesita ser vomitado (siguiendo con su terminología). Es decir, coloca la necesidad, la urgencia, etc., en un supuesto hecho detonador y no en la escritura en sí, al margen de tal hecho. Yo argumento que esto es así en el escritor ocasional, en el que escribe como terapia (puntual), pero no en el escritor vocacional. El escritor vocacional siente la necesidad imperiosa de escribir. El tema a tratar es secundario (si bien puede llegar a obsesionarle). Lo hará de una novia que tuvo o del cielo de noviembre, lo mismo da. Lo importante es escribir, sentarse frente al ordenador y teclear como un loco. Esto es lo único que importa. Ella, claro, habla desde su experiencia como escritora ocasional y yo, desde mi experiencia como escritor vocacional. Ni afán de comunicación ni de conocimiento. A posteriori, tanto la comunicación como el conocimiento están ahí, pero antes solo existe la necesidad. La necesidad es auténtica, sincera. En este sentido, podría decirse que la literatura es una mentira nacida de un afán sincero, al menos la literatura de verdad. A ella, claro, no le gusta la palabra mentira, por eso la he utilizado. De acuerdo, propongo, cambiemos mentira por producto, pero vuelve a poner mala cara. Cuando pone mala cara está preciosa, por eso actúo como actúo. Se lo cuento. Ella se ruboriza y me lanza una patatilla a la cara. Nos reímos. Me dice que soy insoportable. Nos ponemos en pie. Empieza a caminar y yo rezo para que sus pasos se dirijan a su habitación y no a la puerta de salida.

ULTIMA HORA, 23/11/10

jueves, 18 de marzo de 2010

Parte del virus

Básicamente (este adverbio no es gratuito) existen dos tipos de escritores dentro de esa categoría que denominé “escritores que escriben para otros escritores”. Por un lado están los escritores que aman las palabras; por otro, los que aman la vida. O dicho de un modo más exacto: los que profundizan en las palabras, en el mundo de las palabras, y los que lo hacen en la vida, en la vida que se vive en contraposición a la vida que se lee. Para entendernos, entre los partidarios del mundo de las palabras nos encontramos con autores como Jorge Luis Borges o Enrique Vila-Matas, por citar dos ejemplos conocidos por todos. Entre los partidarios de la vida, y vuelven a ser dos ejemplos entre los miles que podrían citarse, se encuentran escritores como Raymond Carver o Pedro Juan Gutiérrez. Evidentemente, existe una franja de hibridación bastante amplia (algo así como el 98% de los escritores habidos y por haber), pero alcanzar el centro milimétrico resulta imposible, por lo que todo autor acaba inclinándose, aunque sea ligerísimamente, por uno de los dos lados. (Otra cosa es que seamos capaces de detectarlo, o que nos pongamos de acuerdo sobre en qué lado queda tal escritor).

Dicho esto, debo decir que las teorías literarias y artísticas en general no sirven para nada. Nacen del aburrimiento o de la incontingencia conceptual del teórico de turno. Miento: a veces sirven para justificar el valor de determinadas obras. Me refiero a aquellas obras que, sin un aparato conceptual que las sustente, que las explique y las ubique en un contexto determinado (es decir, que las justifique), se quedan en nada, en mera gilipollez o tomadura de pelo. Hablo de las obras que no resisten una “mirada desnuda”, desprejuiciada, despojada de ropajes teóricos.

El afán analítico en el mundo del arte es un virus mortal.
Evidentemente, formo parte del virus.

martes, 2 de marzo de 2010

Sobre la crítica


1. Siempre he pensado que las mejores críticas son aquellas que funcionan en dos planos diferentes, como análisis del libro en sí (sus aciertos y flaquezas, etc.) y como pequeña pieza al margen del libro, es decir, como algo independiente con valor por sí solo, siendo el libro comentado mera excusa (excusa para el lucimiento del crítico, ya que no hay creación sin vanidad y aquí se habla de la crítica como acto creativo). Quiere decirse: no es preciso interés hacia el libro comentado para que la crítica que leemos nos resulte atractiva, nos haga reflexionar sobre aspectos que están más allá del libro en cuestión. Es decir, partir de lo particular para llegar a lo universal. No hay otra forma de llegar a lo universal.
2. Resulta contraproducente el exceso de prudencia a la hora de escribir una crítica. Este exceso suele materializarse en la reiteración de frases o mulitillas del tipo “yo creo”, “yo pienso”, “desde mi punto de vista”, “según mi criterio”, etc. Es algo que se da por sabido. Hay que huir de esta redundancia. Esto es fruto de una inseguridad mal avenida con el ejercicio de la crítica, de la obsesión del crítico por huir del dogmatismo. Una crítica no deja de ser un ejercicio de subjetividad disfrazado con ropajes de “ciencia”. Debe pensarse que, a estas alturas, ya nadie cree que ningún crítico esté en posesión de una verdad absoluta, de un criterio inexpugnable.
3. No conviene adelantar en exceso la trama del libro en cuestión. Por un lado, puede robar al posible lector parte del placer de su lectura; por otro, suele ser sinónimo de poca capacidad para la síntesis, para ir más allá de la literalidad del texto.

UH, 02/03/10

miércoles, 24 de febrero de 2010

Acerca de la novela


La especialización consecuencia del largo recorrido hace que, a grandes rasgos y con las miles de excepciones que puedan darse, haya dos tipos de escritores y, por lo tanto, dos tipos de novelas: las escritas para otros escritores o aspirantes a serlo y las escritas para un público más genérico, menos crítico o analítico, que sólo busca en la literatura un mero entretenimiento. Aclaración necesaria: los lectores habituales de las novelas escritas para otros escritores también buscan entretenerse, faltaría más, pero no sólo buscan entretenerse. O quizá: su noción de entretenimiento no coincide con la noción de entretenimiento más extendida entre el público en general. Para ilustrar lo que quiere expresarse: una novela del llamado primer tipo podría ser El mal de Montano, de Enrique Vila-Matas; una del segundo, La catedral del mar, de Ildefonso Falcones –por ceñirnos a escritores vivos de una misma ciudad. Y aquí se hace necesaria otra aclaración: el número de ventas de la novela en cuestión no resulta relevante a la hora de catalogarla de una u otra manera. Quiere decirse: una novela puede ser escrita para un público masivo (por su poca autoexigencia o adecuación a la moda imperante, por su previsibilidad o linealidad, etc.), y resultar un desastre de ventas. Al contrario: una de esas novelas adscritas al primer tipo (las escritas para otros escritores, ejercientes o potenciales) puede resultar un éxito apabullante de ventas (pienso en autores como Paul Auster o Cormac McCarthy). Esta teoría, como casi cualquier teoría, puede ser refutada sin ningún problema. A fin de cuentas, las teorías sobre estética y demás perversiones nacen del aburrimiento o las ganas de polemizar.

UH, 23/02/10