domingo, 18 de diciembre de 2011

Diario de un hombre cojo [8]

sábado, 17 de diciembre de 2011

Está mal que lo diga yo, pero me gusta el modo en que ha arrancado la historia. Tal vez resulta demasiado obvio que Alberto Sancevá es una prolongación de mí, pero esto mismo puede decirse de todos los personajes de todas las novelas habidas y por haber respecto de quienes las escribieron. Nuestras múltiples caras, el pozo insondable del alma, nuestro lado perverso, nuestra vía de escape, etc. Kundera, en la primera de las siete conferencias que integran El arte de la novela, no dice nada al respecto. El escritor checo habla de los orígenes y del futuro de la novela. Dice que la sabiduría de la novela es la sabiduría de la incertidumbre. Dice que en el hombre existe el deseo innato de juzgar antes que de comprender, de ahí que anhele un mundo en el que sean claramente distinguibles el bien del mal. Dice que en este deseo se fundamentan religiones e ideologías y, por tal motivo, estas son incompatibles con la novela que, más que respuestas, ofrece preguntas, manteniéndonos despiertos, alerta. Es por esto, también, que su sabiduría resulta tan difícil de aceptar y comprender. Me gustan las reflexiones de Kundera. Quizá peca de pesimismo, pero es comprensible si tenemos en cuenta las circunstancias de su vida, el momento es que fue escrita la conferencia. Los discursos apocalípticos siempre han incendiado nuestra imaginación. Cualquier cambio los vigoriza. Hoy, como siempre, nos rodean. Internet, los libros electrónicos, el poder creciente de las grandes corporaciones, todo invita a las reflexiones más lúgubres, pero la novela sigue ahí, resistiendo, firme. Tal vez porque la vida, en esencia, es pura incertidumbre.
               Jorge Volpi, en su libro Mentiras contagiosas, añade a este punto una sugerente reflexión, que hace que mi optimismo languidezca algo. Concretamente, el escritor mexicano asegura que «el futuro de la novela parece asegurado: pese a las crisis y las profecías recurrentes, la industria editorial obtiene millones de dólares al año. En cambio, la novela como forma de arte sí podría encontrarse cerca de la extinción».
               Por cierto, ¿es esta la manera que tengo de ahondar en mí? Ha sido empezar a escribir la historia de Alberto Sancevá y olvidarme de mí mismo. ¿No debía verbalizar mi problema para así tratar de solucionarlo? ¿Es este el famoso poder terapéutico de la literatura? Es posible, pero ahora debo dejar de escribir. Me reclaman para comer.

(20:13)
Estaría bien dar inicio a la segunda trama. Es sábado por la noche y no tengo nada mejor que hacer. La necesidad de contar ha de seguir siendo un elemento fundamental (narrare necesse est), pero el protagonista de esta segunda trama no ha de ser un escritor. Alguien que necesita contar, dejar constancia de sus pasos, pero que no es escritor. Alguien cerca del final… El viejo, el viejo que hablaba con la chica joven y espigada en una de las mesas exteriores del Café Món. Sí, ya lo introduje en aquella escena sabiendo que podría utilizarlo. Pero, ¿qué hacen allí juntos? ¿De qué pueden estar hablando? Para empezar, démosles un nombre. Él es oriundo de Mallorca; ella, de Gdansk, Polonia. Pedro Capllonch y Cecilia Polsen. Sí, me parece bien. Digamos que entre ellos se está estableciendo una relación comercial. Evidentemente, esta relación ha de ir mutando con el tiempo, pero nos encontramos en el inicio. En estos momentos, él le está diciendo a ella:
- Sólo busco a alguien con quien compartir algunas noches: copas, cigarros y mentiras contadas con elegancia. Palabras imprecisas flotando entre silencios prolongados. Palabras fruto de la imposibilidad de decir lo que noches así requieren, esa mezcla de nostalgia, incomprensión y abatimiento, esa forma enfermiza de la alegría. Al final de cada encuentro, le dejaré el dinero sobre la mesa del comedor. No debe preocuparse, me he convertido en un ser inofensivo.   
               Cecilia Polsen asiente más por zanjar aquel trozo de la conversación que por el hecho de haber comprendido la petición de Pedro Capllonch. Empieza a sentirse incómoda, aunque no lo bastante como para salir corriendo. Un principio de curiosidad, además del dinero prometido, la retiene en la mesa del Café Món.
               - Creo que será suficiente con dos días a la semana. Los martes y viernes, ¿le parece? El resto del tiempo combatiré el aburrimiento de otra forma menos elegante: escribiendo mis memorias. No ponga esa cara. Con esto no quiero dar a entender que piense que sean dignas de ser recordadas y mucho menos transcritas, pero algo hay que hacer para entretener la poca vida que me queda.
Cecilia Polsen asiente y decide no preguntar, mantenerse al margen todo el tiempo que le sea posible, como si aquello no fuera una cita, sino un encuentro casual; como si, una vez concluida la charla, no tuviera que volver a ver al señor Capllonch.
               Misteriosamente, el tráfico denso de las avenidas al final de la tarde agrega irrealidad a la hora, a lo que está a punto de iniciarse. A lo que, de hecho, ya se ha iniciado.
               - Creo que ya dispone de toda la información necesaria. Aquí tiene la dirección y el número de teléfono. Por supuesto, yo pago el taxi. La espero a las diez. Espero que sea puntual. Necesito idealizarla, necesito ver en usted lo que, tendrá que perdonarme, ahora mismo no veo. Pero tengo confianza. Hay algo en usted, algo innato, no sabría explicarle. Soy consciente de que solo el dinero ha obrado el milagro, de que lo nuestro es una mera relación comercial, pero el juego que iniciamos precisa de algún que otro olvido seleccionado, puntual. Ahora quiero estar solo.
               Cecilia Polsen vuelve a asentir, se levanta, duda entre decir algo o permanecer en silencio. A su mente solo acuden frases estúpidas, inconvenientes, así que dice adiós en un susurro, como dudando. Finalmente, da media vuelta y se aleja del hombre que acaba de contratar sus servicios.