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miércoles, 4 de enero de 2017
martes, 14 de agosto de 2012
CIUDADES QUE ESTALLARON
Estuve bebiendo como odiando la bebida,
como buscando matarla a cada trago.
Juan
Carlos Onetti
Bebíamos cerveza con tequila
y nos creíamos tremendamente
duros, indestructibles,
destinados a hacer grandes cosas,
¿recuerdas?,
libros indispensables, nuestros
nombres ilustres,
un cielo acomplejado ante nuestra
mirada
de suicidas amnésicos amantes de
la vida,
dónde queda la gloria,
instantáneas de hoteles
clausurados,
el latido del jazz y la tormenta,
el abismo fingido y este otro, tan
real,
del que jamás hablamos, no te
marches,
es pronto todavía, pero no queda
tiempo,
y los mapas tachados,
la melodía rota transmutada en
histeria,
horarios, adaptarse, medidas
necesarias
porque esto es la vida, reacciona,
quema todos tus libros,
Allen
Ginsberg, Bataille, Jacques Rigaut,
Onetti consumiéndose entre sábanas
bajo alguna tormenta tropical,
Jack London deambulando
por montañas cercanas al delirio,
con ojos de morfina y de
noviembre,
llamadas telefónicas, lo siento,
hace meses que ya no vive aquí,
Joseph Roth aferrado a una
botella,
Malcon Lowry empujando pastillas
con mezcal,
una casa amueblada con vistas a un
jardín,
la vida verdadera, no lo olvides,
anillos como sogas en los árboles,
aniversarios tristes con sonrisas
que velan cada noche
la locura dormida de mis venas.
Bebíamos ciudades que estallaron:
La resaca es atroz
cuando todos se han ido.
Poema incluido en El peso de los puentes
martes, 17 de mayo de 2011
Fragmento de entrevista, 2 poemas, 1 martes cualquiera
Fragmento de una entrevista al poeta JC en su refugio secreto de Reykiavik
Periodista: En un artículo publicado en el mes de marzo del año 2011, escribió que concibe el poema como lugar idóneo donde experimentar sin restricciones con el yo biográfico y el lenguaje. Pero ¿no se supone que el poeta es un fingidor?
JC: No veo la contradicción por ninguna parte… Por otro lado, podría decirle que siempre es un fingidor, no sólo cuando escribe poesía, sino también cuando escribe artículos de opinión o responde a las preguntas de un periodista.
Periodista: También escribe novelas, incluso guiones cinematográficos.
JC: Escribo novelas para entretenerme, para despejar la mente, cuando necesito distanciarme por un tiempo de la poesía. En este sentido, no me considero novelista. Las utilizo para volver a la poesía con más fuerza… Lo realmente importante para mí es la poesía. Lo de los guiones, en cambio, es cuestión de dinero.
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El poema “Los hoteles” pertenece al libro Al fin has conseguido que odie el blues. La traducción al portugués corrió a cargo de Rui A. Araújo. El poema, junto con otros cinco, se publicó en la revista “Periférica”, invierno 2005. “Las citas”, en cambio, pertenece al libro El peso de los puentes. La traducción al rumano es obra de Cristina Vlasin. Puedes encontrar otras traducciones de la misma autora pinchando AQUÍ.
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LOS HOTELES
Añoro los hoteles, el sentimiento apátrida
de un cuarto impersonal,
de un armario vacío con tres perchas.
Sus pasillos larguísimos, sin nadie a ciertas horas,
como las autopistas cuando uno escapa y piensa
en el cuerpo dormido que ya no ha de abrazar,
en la vida que estrena y que lo empuja.
Añoro la añoranza del hogar
que en la distancia adquiere el brillo de un tesoro
que no supimos ver cuando fue nuestro,
cuando todo era orden y pasado.
Las risas de borrachos que tropiezan con muebles,
los muelles de un somier, la tos de un viajante
que fuma mientras piensa si regresa.
¿Qué sería del mundo sin hoteles?
Los cuerpos se disfrutan de forma diferente,
con esa intensidad del que no ignora
que todo se marchita y que los dados
ruedan sólo una vez y luego es tarde.
Si el final ha de ser en una cama,
no quiero que esa cama sea la de un hogar
sustentado en mentiras y renuncias,
expuesto a la piedad de una familia.
Prefiero el desarraigo de un hotel,
sus paredes distantes, impasibles,
hechas a ver iguales a sus huéspedes,
curadas de promesas sin futuro.
Si algún día me pierdo, buscadme en los hoteles.
Nada seduce tanto
como su intimidad desangelada.
OS HOTÉIS
Sinto saudades dos hotéis, o sentimento apátrida
de um quarto impessoal,
de um armário vazio com três portas.
Os seus corredores longuíssimos, sem ninguém a certas horas,
como as auto-estradas quando nos escapamos e pensamos
no corpo adormecido que já não temos de abraçar,
na vida que começa com novo ânimo.
Sinto saudades da nostalgia do lar
que à distância adquire o brilho de um tesouro
que não soubemos ver quando foi nosso,
quando tudo era ordem e passado.
As risadas de bêbedos que tropeçam nos móveis,
as molas de um colchão, a tosse de um viajante
que fuma enquanto pensa se regressa.
O que seria do mundo sem hotéis?
Os corpos desfrutam-se de forma diferente,
com a intensidade daquele que não ignora
que tudo definha e que os dados
rolam só uma vez e depois é tarde.
Se o final há-de ser numa cama,
não quero que essa cama seja a de uma casa
assente em mentiras e renúncias,
exposto à piedade de uma família.
Prefiro o desenraizamento de um hotel,
as suas paredes distantes, impassíveis,
habituadas a ver como iguais os seus hóspedes,
curadas de promessas sem futuro.
Se algum dia me perder, procurai-me nos hotéis.
Nada seduz tanto
como a sua intimidade desenxabida.
*
CITAS
Te hablaba de Pavese. Del suicidio al engaño
y otra vez en tus ojos. Recordé aquella cita:
Las únicas mujeres con las que vale la pena casarse
son aquellas con las que no podemos
atrevernos a casarnos.
Pediste otro Bombay, abrazaste mi entrega,
y en un arranque burdo de entusiasmo
decidiste nombrarme tu amigo más querido.
Ahora me hace gracia, pero en aquel momento
te hubiese estrangulado.
Brindamos por la Creedence y Sinatra,
así de absurda era la noche. Hoy,
tanto tiempo después de nuestra cita,
revivo con nostalgia tu desprecio,
el mito trasnochado color sepia.
Los libros, la distancia, tantos puentes.
Vivir es hacinar lo que no fuimos,
la citas que una vez nos explicaron.
ÎNTÂLNIRI
Îţi vorbeam de Pavese. Despre sinucidere şi iluzionare
şi din nou în ochii tăi. Mi-am amintit de acea întâlnire:singurele femei cu care merită
să te căsătoreşti
sunt cele cu care nu putem îndrăzni să o facem.Ai cerut încă un Bombay, ai îmbrăţişat dăruirea mea,
şi într-o pornire prostească de entuziasm
ai decis să mă numeşti prietenul tău cel mai iubit.
Acum mi se pare amuzant, dar în acel moment te-aş fi strâns de gât.
Am închinat paharele pentru Creedence şi Sinatra,
atât de absurdă era noaptea. Acum,
după atâta timp de la întâlnirea noastră,
retrăiesc cu nostalgie dispreţul tău,
mitul ofilit în culoare sepia.
Cărţile, distanţa, atâtea poduri.
A trăi înseamnă să aduni ceea
ce nu am fost
întâlnirile care odată ne-au definit.
şi din nou în ochii tăi. Mi-am amintit de acea întâlnire:singurele femei cu care merită
să te căsătoreşti
sunt cele cu care nu putem îndrăzni să o facem.Ai cerut încă un Bombay, ai îmbrăţişat dăruirea mea,
şi într-o pornire prostească de entuziasm
ai decis să mă numeşti prietenul tău cel mai iubit.
Acum mi se pare amuzant, dar în acel moment te-aş fi strâns de gât.
Am închinat paharele pentru Creedence şi Sinatra,
atât de absurdă era noaptea. Acum,
după atâta timp de la întâlnirea noastră,
retrăiesc cu nostalgie dispreţul tău,
mitul ofilit în culoare sepia.
Cărţile, distanţa, atâtea poduri.
A trăi înseamnă să aduni ceea
ce nu am fost
întâlnirile care odată ne-au definit.
martes, 13 de abril de 2010
Yo también escribí un poema sobre Alejandra Pizarnik
.
Yo también escribí un poema sobre Alejandra Pizarnik.
Creo que todos los poetas nacidos entre la década del 40 y la del 80 del siglo pasado escribieron o intentaron escribir un poema sobre Alejandra Pizarnik.
Escribir un poema sobre Alejandra Pizarnik es lo mismo que escribir un poema sobre Anne Sexton o Sylvia Plath.
Se trata del típico poema escrito por un varón, un varón que quiere salvar a la poetisa suicida, un poeta varón que da el perfil del clásico gilipollas que se va de putas y se enamora de la prostituta.
También lo puede escribir una lesbiana. Como Cristina Peri Rossi. De hecho, la uruguaya nacionalizada española, en su libro Diáspora, tiene un poema titulado “Alejandra entre las lilas”. Un poema emotivo, como no podía ser de otro modo. Un poema en el que dice: Después de haberte leído entera / supe que habíamos hecho el amor / muchas veces. Un poema-homenaje cojonudo.
Todos los poetas varones nacidos entre 1940 y 1980 han querido follarse a Alejandra Pizarnik. Y a Anne Sexton. Y a Sylvia Plath. Pero tuvieron que conformarse con escribirles un poema.
Poesía como sucedáneo del sexo. Acto de necrofilia y vanidad.
También, claro, escribir un poema sobre Janis Joplin es lo mismo que escribir un poema sobre las tres suicidas mencionadas. Responde al mismo deseo. Al mismo patrón.
Se trata de un poema nacido de la frustración, pero qué poema no nace de la frustración.
¿Y qué pasa con Veronica Forrest Thomson?
¿Y qué pasa con Marina Tsvietáieva?
De acuerdo. De acuerdo. No nos pongamos tiquismiquis.
Y ahora es cuando amplío mi confesión.
Yo escribí un poema sobre Anne Sexton.
Yo escribí un poema sobre Sylvia Plath.
Y, como dije, yo escribí un poema sobre Alejandra Pizarnik.
Y si no escribí uno sobre Janis Joplin fue porque mi amigo Juan Payeras se me adelantó.
Como pruebas irrefutables del delito, adjunto los tres poemas.
Ahora busco la manera de hacerme perdonar.
SYLVIA
No me apetece hablar de tu suicidio,
de las fechas cruciales de tu vida,
tampoco de los versos que escribiste.
Ahora tengo tu foto entre mis manos
e imagino el instante,
una tarde perdida de otro siglo,
un periodo de calma entre dos crisis.
Con gesto recatado, con ganas de gustar,
sonríes al futuro, ese ladrón irreverente
que ya teje a tu espalda
la mortaja feroz de algún febrero.
No hay cuervos en la tarde. Sobre el césped,
la sombra de un nogal adormecido
te protege del sol, de los augurios
que no sé si tuviste,
del absurdo que rige el destino de todos.
¿Cómo no amarte, Sylvia, en la distancia
que te hace inalcanzable y tan hermosa?
Tus manos delicadas, tu melena rojiza,
tu rostro angelical de niña aristocrática;
todo lo que busqué durante tanto tiempo
en lecturas y calles, en mujeres y espejos,
lo que sigo buscando y me niega la paz,
esta forma sutil de hacernos daño.
El precio por vivir vidas que no son nuestras.
Debiera terminar este poema
con alguna lección irrefutable,
algo que justifique los versos que preceden
-esa parte de mí parecida a tu historia-,
pero sólo tu nombre justifica
palabras como hachas ya sin filo,
homenaje sin fe en los homenajes,
acto de necrofilia y vanidad.
(De Al fin has conseguido que odie el blues)
ANNE SEXTON Y YO
Anne Sexton entra en un garaje
con un vaso de vodka en una mano.
Es el cuatro de octubre, el mismo día
-muchos años después-
que resolví emprender mi éxodo hacia el Sur.
Linda miraba el mar y yo pensé
en aquella otra Linda, nacida en el 54,
y que arrastró a su madre
a los suburbios de la depresión
-a veces, la memoria literaria
se marca estos detalles.
Después llegaron los dragones,
los hoteles sin nadie a ciertas horas,
los cuerpos ansiolíticos sin rostro
como cuervos trillando mi pasado.
Jamás pisé trincheras ni hospitales
que no estuvieran ya dentro de mí.
¿Por qué volver a aquellos meses?
Del regreso no hay mucho que contar:
todo se había hundido
pese a que su apariencia
quisiera convencerme de otra cosa.
Tuvo que venir Anne para salvarme
y enseguida pensé en aquella otra Anne,
la que un 3 de febrero dejó escrito:
el amor, lo que quiera que haya sido,
una infección. A cambio,
decidí regalarle el blues de nuestra historia.
A veces aún supura aquella herida.
Hoy, 26 de abril de un año incierto,
vuelvo a pensar en Anne la suicidada.
Parece tan segura en esta foto.
Anochece despacio y me pregunto
cómo terminaría este poema
–ella, que tanto amaba las palabras.
Mejor me callo y dejo
que sus versos la expliquen:
Words and eggs must be handled with care.
Once broken they are impossible
things to repair.
Cosas irreparables una vez que se rompen.
Esta noche mi vida se parece a estas cosas.
EL INFIERNO MUSICAL
Escribes contra el miedo,
contra el viento de garras alojado
en tu respiración. Creías que la muerte
era decir un nombre sin cesar,
y que todo poema escondía una trampa.
Querías que tus dedos de muñeca
penetraran las teclas.
Querías adentrarte en el teclado,
en su privado infierno musical,
para pertenecer a alguna patria.
Tus ojos deslumbrados de niña recluida
me miran esta noche, en este apartamento
lejos de rue Dauphine,
de aquellas cosas nimias
que amabas con ternura
(las gomas y los sobres,
los cuadernos rayados
-Cortázar nos lo dijo-),
Alejandra Pizarnik, tú sabías
que había que escribir sin para qué,
desenterrar con el lenguaje
el mundo verdadero, bailar en los jardines
la melodía rota de sus frases,
esa música dentro de la música.
Cada palabra dice lo que dice,
pero no sólo eso.
Intento no olvidarlo, pero tú continúas.
Lo malo de la vida
es que no es lo que creemos
pero tampoco lo contrario.
Y me dejas a oscuras con mis miedos,
bajo un cielo feroz de seconal.
(De El peso de los puentes)
Yo también escribí un poema sobre Alejandra Pizarnik.
Creo que todos los poetas nacidos entre la década del 40 y la del 80 del siglo pasado escribieron o intentaron escribir un poema sobre Alejandra Pizarnik.
Escribir un poema sobre Alejandra Pizarnik es lo mismo que escribir un poema sobre Anne Sexton o Sylvia Plath.
Se trata del típico poema escrito por un varón, un varón que quiere salvar a la poetisa suicida, un poeta varón que da el perfil del clásico gilipollas que se va de putas y se enamora de la prostituta.
También lo puede escribir una lesbiana. Como Cristina Peri Rossi. De hecho, la uruguaya nacionalizada española, en su libro Diáspora, tiene un poema titulado “Alejandra entre las lilas”. Un poema emotivo, como no podía ser de otro modo. Un poema en el que dice: Después de haberte leído entera / supe que habíamos hecho el amor / muchas veces. Un poema-homenaje cojonudo.
Todos los poetas varones nacidos entre 1940 y 1980 han querido follarse a Alejandra Pizarnik. Y a Anne Sexton. Y a Sylvia Plath. Pero tuvieron que conformarse con escribirles un poema.
Poesía como sucedáneo del sexo. Acto de necrofilia y vanidad.
También, claro, escribir un poema sobre Janis Joplin es lo mismo que escribir un poema sobre las tres suicidas mencionadas. Responde al mismo deseo. Al mismo patrón.
Se trata de un poema nacido de la frustración, pero qué poema no nace de la frustración.
¿Y qué pasa con Veronica Forrest Thomson?
¿Y qué pasa con Marina Tsvietáieva?
De acuerdo. De acuerdo. No nos pongamos tiquismiquis.
Y ahora es cuando amplío mi confesión.
Yo escribí un poema sobre Anne Sexton.
Yo escribí un poema sobre Sylvia Plath.
Y, como dije, yo escribí un poema sobre Alejandra Pizarnik.
Y si no escribí uno sobre Janis Joplin fue porque mi amigo Juan Payeras se me adelantó.
Como pruebas irrefutables del delito, adjunto los tres poemas.
Ahora busco la manera de hacerme perdonar.
SYLVIA
No me apetece hablar de tu suicidio,
de las fechas cruciales de tu vida,
tampoco de los versos que escribiste.
Ahora tengo tu foto entre mis manos
e imagino el instante,
una tarde perdida de otro siglo,
un periodo de calma entre dos crisis.
Con gesto recatado, con ganas de gustar,
sonríes al futuro, ese ladrón irreverente
que ya teje a tu espalda
la mortaja feroz de algún febrero.
No hay cuervos en la tarde. Sobre el césped,
la sombra de un nogal adormecido
te protege del sol, de los augurios
que no sé si tuviste,
del absurdo que rige el destino de todos.
¿Cómo no amarte, Sylvia, en la distancia
que te hace inalcanzable y tan hermosa?
Tus manos delicadas, tu melena rojiza,
tu rostro angelical de niña aristocrática;
todo lo que busqué durante tanto tiempo
en lecturas y calles, en mujeres y espejos,
lo que sigo buscando y me niega la paz,
esta forma sutil de hacernos daño.
El precio por vivir vidas que no son nuestras.
Debiera terminar este poema
con alguna lección irrefutable,
algo que justifique los versos que preceden
-esa parte de mí parecida a tu historia-,
pero sólo tu nombre justifica
palabras como hachas ya sin filo,
homenaje sin fe en los homenajes,
acto de necrofilia y vanidad.
(De Al fin has conseguido que odie el blues)
ANNE SEXTON Y YO
Anne Sexton entra en un garaje
con un vaso de vodka en una mano.
Es el cuatro de octubre, el mismo día
-muchos años después-
que resolví emprender mi éxodo hacia el Sur.
Linda miraba el mar y yo pensé
en aquella otra Linda, nacida en el 54,
y que arrastró a su madre
a los suburbios de la depresión
-a veces, la memoria literaria
se marca estos detalles.
Después llegaron los dragones,
los hoteles sin nadie a ciertas horas,
los cuerpos ansiolíticos sin rostro
como cuervos trillando mi pasado.
Jamás pisé trincheras ni hospitales
que no estuvieran ya dentro de mí.
¿Por qué volver a aquellos meses?
Del regreso no hay mucho que contar:
todo se había hundido
pese a que su apariencia
quisiera convencerme de otra cosa.
Tuvo que venir Anne para salvarme
y enseguida pensé en aquella otra Anne,
la que un 3 de febrero dejó escrito:
el amor, lo que quiera que haya sido,
una infección. A cambio,
decidí regalarle el blues de nuestra historia.
A veces aún supura aquella herida.
Hoy, 26 de abril de un año incierto,
vuelvo a pensar en Anne la suicidada.
Parece tan segura en esta foto.
Anochece despacio y me pregunto
cómo terminaría este poema
–ella, que tanto amaba las palabras.
Mejor me callo y dejo
que sus versos la expliquen:
Words and eggs must be handled with care.
Once broken they are impossible
things to repair.
Cosas irreparables una vez que se rompen.
Esta noche mi vida se parece a estas cosas.
EL INFIERNO MUSICAL
Escribes contra el miedo,
contra el viento de garras alojado
en tu respiración. Creías que la muerte
era decir un nombre sin cesar,
y que todo poema escondía una trampa.
Querías que tus dedos de muñeca
penetraran las teclas.
Querías adentrarte en el teclado,
en su privado infierno musical,
para pertenecer a alguna patria.
Tus ojos deslumbrados de niña recluida
me miran esta noche, en este apartamento
lejos de rue Dauphine,
de aquellas cosas nimias
que amabas con ternura
(las gomas y los sobres,
los cuadernos rayados
-Cortázar nos lo dijo-),
Alejandra Pizarnik, tú sabías
que había que escribir sin para qué,
desenterrar con el lenguaje
el mundo verdadero, bailar en los jardines
la melodía rota de sus frases,
esa música dentro de la música.
Cada palabra dice lo que dice,
pero no sólo eso.
Intento no olvidarlo, pero tú continúas.
Lo malo de la vida
es que no es lo que creemos
pero tampoco lo contrario.
Y me dejas a oscuras con mis miedos,
bajo un cielo feroz de seconal.
(De El peso de los puentes)
sábado, 15 de agosto de 2009
SHE TALKS TO ANGELS
.
Sonaban los Black Crowes y tú volabas.
Después pasaron años, dejamos de ser jóvenes,
nos perdimos, ya sabes,
tan vulgar nuestra historia,
tan única y tan nuestra
y hoy los vuelvo a escuchar.
El precio que se paga es lo de menos.
Esta noche es igual a cualquier otra.
Perdona que no siga este poema.
Sonaban los Black Crowes y tú volabas.
Después pasaron años, dejamos de ser jóvenes,
nos perdimos, ya sabes,
tan vulgar nuestra historia,
tan única y tan nuestra
y hoy los vuelvo a escuchar.
El precio que se paga es lo de menos.
Esta noche es igual a cualquier otra.
Perdona que no siga este poema.
lunes, 16 de febrero de 2009
LO QUE QUEDA DE ROBERT FITZROY
Charles Darwin[Pese a que uno de mis libros preferidos es Para acabar con los números redondos, de Enrique Vila-Matas, no he podido sustraerme a la tentación de celebrar el año Darwin. Soy un sentimental, también un vago, por eso copio y pego el poema titulado Lo que queda de Robert Fitzroy, incluido en El peso de los puentes. Lo escribí a principios o mediados de 2005, después de la lectura de un artículo que narraba la tragedia del Sr. Fitzroy. Ya no conservo la revista ni el sentimiento que me llevó a escribir sobre el tema, pero queda el poema. Espero que les guste]
Es extraño el destino de los hombres.
Robert Fitzroy, después de besar a su esposa
y a su hija, agarra su navaja
y se rebana el cuello. Es un 30 de abril
de 1865. Amanece despacio. En la ventana,
una luz transparente pronostica
un tiempo más propicio para todos.
A esa misma hora, enfermo y aburrido,
Charles Darwin –aspirante a clérigo de joven–
rememora los cinco largos años
que pasó con su amigo Robert Fitzroy,
embarcado en el Beagle. Fueron,
piensa ahora, tres décadas después,
los días más intensos de su vida.
¿Qué pensó el aclamado, el inmortalizado autor
de El origen de las especies
cuando supo que Robert, al que un día admiró,
se había suicidado?
¿Sintió remordimientos por haberlo humillado
en aquel foro público de Londres?
¿Recordó los cuidados, todas las atenciones
que Fitzroy, capitán de aquel navío,
le había dispensado?
A bordo de aquel barco se gestó la teoría
que incendió los pilares de una fe moribunda,
que alumbró los senderos de la modernidad.
Charles Darwin nos salvó, y, para eso,
tuvo que colocar, en el cuello de Fitzroy
–defensor de la Biblia y sus lecciones–,
la navaja que un treinta de abril lo degolló.
A Darwin todo el mundo lo recuerda.
De Fitzroy queda apenas, anotado en los mapas,
el nombre que le dieron a un peñasco
en la olvidada y fría Patagonia.
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