martes, 10 de enero de 2012
Diario de un hombre cojo [22]
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Mierda (*)
Imaginemos que tengo un amigo y que ese amigo es o quiere ser escritor.
Digamos que está en un momento delicado de su vida, un momento de gran
inseguridad. Todo a su alrededor parece indicarle que no alcanzará sus sueños,
aunque sería más acertado decir su sueño, ya que desde siempre sólo persiguió
una cosa. Es decir, tiene muchos números para convertirse en un desgraciado.
Pero quién no los tiene. El caso es que el otro día me llama y me cuenta que
últimamente se pasea con un maletín de piel marrón, una cosa horrible en la que
lleva un ejemplar de su libro con el objeto de intentar trabajar en él, esté
donde esté. Pero no tiene tiempo. Nunca tiene tiempo. A lo máximo que llega es a
leer cosas sueltas (libros de poemas o de relatos breves), y en ocasiones lo
consigue gracias a la magnífica excusa de encerrarse en el baño para cagar.
Ya se sabe, le respondo, la literatura se alía hasta con la mierda con
tal de subsistir.
(*) Fragmento de la novela La historia que no pude o no supe escribir (Ediciones Baile del Sol, 2009).
Ahora que ya cobré los derechos de autor después del primer año de vida de la novela creo que es un buen momento para recordar y festejar este librito que me ha permitido dejar mi trabajo y dedicarme exclusivamente a leer, viajar y escribir. Desde aquí quiero dar las gracias a los millones de personas que se lo compraron.
viernes, 11 de junio de 2010
En la Feria del Libro de Madrid: sábado 12 de junio
No tenía previsto acudir. Mi plan para este fin de semana consistía en ponerme al día con las lecturas pendientes, pasar el sábado y el domingo en la piscina, alternando literatura y música, una suerte de François-René de Chateaubriand en su castillo. Que carezca de castillo y de la inteligencia y memoria del francés carece de importancia. Tengo cinco libros empezados (si cuento las Memorias de ultratumba, seis). Quería un fin de semana tranquilo, sin ver a nadie, sin salir por la noche. Pero finalmente me animé.
¿Y por qué tuve que animarme? ¿Acaso resulta más atractiva la idea de pasar calor en la caseta que Baile del sol y La Escalera, la 262, se han agenciado en el Retiro madrileño? La única vez que estuve en la Feria del libro de Madrid acabé borracho. Borracho y muerto de calor. Ocurrió en la caseta de Hiperión. Maite, la mujer de Jesús Munárriz, no paraba de ponerme tragos. Y hacía tanto calor. Siempre me ha costado decirle que no a un trago. Y más si me siento un mono de feria. Y si hace calor, ya ni te cuento. Creo que bebí más copas que libros firmé, aunque es posible que exagere. La verdad, apenas recuerdo aquel día. Ya lo advertí: mi memoria no es la de Chateaubriand.
¿Por qué tuve que animarme? Las cuatro o cinco personas que conozco en Madrid ya tienen mi libro. Mi poder de convocatoria es nulo. Si monto una presentación en Mallorca, apenas junto a 25 personas. ¿Para qué ir entonces a Madrid a hacer el paripé? ¿Por qué no me he quedado en Mallorca con mis cinco libros empezados, los cuales ahora me miran ceñudos desde la mesa del comedor?
Les presento a los libros ceñudos que he decidido abandonar este fin de semana:
- Cuentos reunidos, de Saul Bellow.
- Historia de lo inmediato, de Renato Leduc.
- Elevación, elegancia y entusiasmo, de Francisco Casavella.
- Nadie acabará con los libros, de Humberto Eco y Jean-Claude Carrière.
- Juan de Mairena, de Antonio Machado.
Tal vez me haya ganado cinco enemigos, pero volvamos a la pregunta planteada algo más arriba. ¿Por qué tuve que animarme? Las razones principales son 4:
- Este viaje relámpago a Madrid me permitirá volver a ver a mi amigo David Pérez Vega y a su novia Almudena, anfitriones perfectos con los que uno puede pasarse la noche entera charlando de libros y escritores o de cualquier otro tema.
- Por otro lado, al fin conoceré personalmente a Tito Expósito, mi editor, el tipo que me envió un SMS (o que pidió que me enviaran) para comunicarme que iban a publicarme La historia que no pude o no supe escribir.
- Si hay suerte, también podré ver a Dani, al que tantas veces gorroneé techo y al que hace tanto que no veo.
- Por último, me apetece pasear por la Feria, ojear libros, imagino que comprarme alguno para añadir a mi lista de libros pendientes, llegar a ver a algún escritor famoso tipo Gala o Lucía Etxebarría.
Por si a alguien le interesa, el sábado 12 de junio, a partir de las 18 horas, estaré en la caseta 262 de la Feria del libro de Madrid. Firmo libros. Dejo que me hagan fotos. Acepto tragos (y cacahuetes). Ya tendré tiempo para encerrarme en mi castillo inexistente. Ya tendré tiempo para ganarme el perdón de mis libros.
martes, 2 de febrero de 2010
La triste gloria
La triste gloria de ser adulto, dice el escritor chileno Rafael Gumucio. Aún me faltan algunos años para alcanzar sus cuarenta, pero entiendo y respiro esa tristeza de la que habla. En mi novela La historia que no pude o no supe escribir tengo escrito: “Hablas con alguien de la madurez, de lo que para ella supone madurar, y no puedes dejar de oír, aunque no las pronuncie, palabras como renuncia o embrutecimiento”. Pero no hay que ser tan drástico. Efectivamente, la edad trae consigo renuncia y embrutecimiento, la triste gloria de ser adulto, pero también mesura y pragmatismo, sustantivos poco atractivos cuando se tienen veinte años y uno sueña con hacer grandes cosas (en la literatura, en la política, con las mujeres), pero tan necesarios para el correcto gobierno de los pueblos y uno mismo. Pasado el tiempo, de las revoluciones solo quedan escombros, y es que las revoluciones envejecen muy mal, peor incluso que las películas de ciencia ficción o que los jipis (si es que todavía quedan). Que las cosas estén mal no significa que antes estuviesen mejor. Con pasos de hormiga, es posible llegar a la cima de cualquier montaña; con zancos, seguro que nos descalabramos. Además, esta sutil tristeza que trae consigo el transcurrir del tiempo (también vale llamarlo nostalgia, pereza o lucidez) posee un barniz de elegancia incuestionable. ¿Les estoy convenciendo? Me lo temía. Sí, todo esto está muy bien, pero mataríamos por volver a tener dieciocho años y volver a ser irreflexivos y gilipollas, los campeones mundiales de la masturbación y el botellón. Por cometer nuevos errores que en realidad serían los errores de siempre. Qué triste gloria la de ser adulto.
UH, 02/02/10
domingo, 17 de enero de 2010
Un trío de portada
martes, 22 de diciembre de 2009
Arrebato, lecturas, autobombo
Aviso: esto es un arrebato, no esperen grandes cosas.
Puesto que hoy en Ultima Hora apareció mi artículo Palais Royal, publicado en este blog –en primicia mundial– el pasado diez de diciembre, me encuentro con que es martes y no tengo nada que ofrecer salvo este arrebato de escritura.
Tendré que hablar de mí.
En realidad no existe otro tema (obvio).
Tenía pensado escribir un artículo sobre la polémica desatada por la decisión del parlamento de Cataluña de admitir a debate la iniciativa popular consistente en la prohibición de las corridas de toros. Pero no voy a escribirlo, no ahora.
Ahora toca hablar de mis últimas lecturas. Hablaré de un modo vago porque nunca he sabido hacerlo de otro modo.
La imposibilidad de convertirme en un buen crítico literario me llevó a ser escritor. A intentarlo por lo menos.
En efecto, es mucho más fácil ser escritor que crítico literario. Y yo siempre opté por lo más fácil.
De entre mis últimas lecturas quiero destacar dos títulos:
- Mis premios, de Thomas Bernhard.
- Fin, de David Monteagudo.
Mis premios hizo que me reencontrara con el mejor Bernhard, o al menos el Bernhard que más me gusta a mí: el irónico, iracundo, exagerado y prepotente Thomas Bernhard. Después de Helada y Amras, me hacía falta este reencuentro. Se me ocurrió, tras su lectura, que yo podría tratar de hacer algo parecido, pero enseguida reparé en que no era ni seré Thomas Bernhard y que probablemente nunca conseguiré que todo un ministro de cultura abandone, abochornado y furioso a causa de mi discurso, el recinto donde se me acaba de conceder un premio.
Fin, de Monteagudo, me enganchó, así de simple. Como te enganchan algunas pelis. No sé nada del autor (salvo que se trata de un gallego afincado en Cataluña) ni falta que me hace. El libro no me hizo reflexionar, su estilo no me llamó la atención, su estructura es más bien convencional. Pero la historia engancha. Al salir del trabajo tenía prisa por llegar a casa para poder seguir con su lectura. Digamos que es todo lo contrario a Austerlitz, de Sebald. Y aquí lo dejo. Me da pereza seguir, explicarme mejor.
Otras lecturas:
El hombre que vio caer a Deleuze, de Vidal Valicourt. Se lee fácil. Tiene momentos inspirados. Pero me temo que se olvida con la misma facilidad con que se lee.
El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán. Lo abandoné en la página 60. (Una pena, con la pasta que me costó).
Por lo demás, voy por la página 160 de Providence, de Juan Francisco Ferré, por la 61 de Focus, de Inés Matute, y por la 35 de César Vallejo y el pan, de Emilio Arnao.
En poesía tengo empezados En resumidas cuentas, de José Emilio Pacheco (ya ven que no soy inmune a las condecoraciones) y El fin de semana perdido, de José Luis Piquero.
Y ya está.
Ahora toca despedirse.
Y para hacerlo, qué mejor que compartir con todos ustedes la entrevista que me hicieron en Ítaca, un programa de TV Mallorca.
Tienen mi permiso para reírse a mi costa. Yo lo haría.
Feliz Navidad.
lunes, 16 de noviembre de 2009
NOTICIA EN ÚLTIMA HORA O SEGUIMOS CON EL AUTO BOMBO


martes, 10 de noviembre de 2009
Auto bombo
Si no practicas el auto bombo, no llegarás a nada, me decía el otro día un amigo con ínfulas de comerciante-representante. Lo de menos es la calidad de lo que ofreces, qué importa que sea bueno; lo importante es que tú lo creas, o finjas creerlo, y así lo prediques, con convicción y, si es posible, unas gotitas de provocación. Debes generar debate, mostrarte arrogante, pontificar sobre cuestiones que son humo, es decir casi nada, pero que acaban siempre molestando a los otros. ¿Es que acaso te avergüenzas de lo que haces? Joder, eres escritor, tú trabajo, remunerado o no (éste es otro tema), es escribir libros, pero un libro en las entrañas de tu PC es igual a nada, lo mismo que un libro publicado que no te molestas en mover, publicitar, etc. A estas alturas todo el mundo debería saber que acabas de publicar una puta novela; es más, a estas alturas todo el mundo debería creer que has escrito la mejor novela del año. ¡Pero no es cierto!, protesté. Mi amigo me miró con incredulidad. Eres tonto, sentenció meneando la cabeza. Pese al insulto, creí detectar en sus palabras algo de cariño. A mí lo que me gusta es escribir, la soledad frente a la pantalla, ese reto, lo demás… No sigas, me cortó, ya sé lo que me vas a decir, he conocido a otros como tú. En fin, haz lo que quieras, ya sabes mi opinión. La cosa no daba más de sí, así que pasamos a hablar del último disco de Quique González, de Cristiano Ronaldo y Pellegrini, de Messi y Pep Guardiola. Ahora estoy en casa. Para que mi amigo no se enfade, he decidido hacerle caso. La editorial Baile del sol acaba de publicar mi primera novela, La historia que no pude o no supe escribir. ¡Corran a comprarla antes de que se agote!
UH, 10/11/09
jueves, 8 de octubre de 2009
La historias que no pude o no supe escribir
Ediciones de Baile del Sol, 2009Al fin ha visto la luz la historia que espero haber sabido escribir. Se trataba de una obsesión, de una deuda pendiente. Que a la postre haya acabado en una novelita que no llega a las ochenta páginas parece un chiste. En todo caso, es mi chiste. Un chiste que comparto con quien quiera y que sospecho no hará mucha gracia a nadie.
Las historias nos son dadas. Lo único que corresponde al escritor es darles forma. Para tal fin sólo posee la intuición y las lecturas previas (el oficio).
Todos buscamos dejar huella, es así de patético. Los empresarios, los políticos, los artistas. Tener hijos es un intento de dejar huella. Por supuesto, escribir libros también.
Con veintitantos escribí un relato. Lo titulé Fuerte. Quince folios escritos con urgencia autobiográfica, ridícula. Me olvidé de aquello. Pero aquello no se olvidó de mí.
Pasaron los años, las novias, tuve una hija. Me tentó la idea de un libro de relatos. Recordé Fuerte. Me convencí de que en sus páginas latía una historia que merecía ser estirada. Aquellos quince folios se convirtieron en 150. El resultado fue decepcionante. Decidí volver a olvidarlo. Con disciplina. Pero aquello no se olvidó de mí.
Unos años después, en 2007, retomé la idea. Volví al inicio, a aquellos quince folios. Los rescribí. De cero. Siguiendo la idea inicial. Conservé algunos párrafos, eso sí. Debería estar prohibido retomar proyectos de juventud, me decía una voz en la cabeza. Cualquier idea inicial. Conservar párrafos. Volver con una ex. Pero no hice caso. Debilidad o determinación, fe o aburrimiento, no lo sé. A veces nos falta sangre fría. Tanto mejor.
Algo menos de cien folios en la pantalla del ordenador, 79 páginas una vez editadas. Mi primera novela. Se la envié a los de Acantilado. “Pese a su indudable calidad, etc.” Pensé en Baile del Sol. Me contestaron con un sms. Que sí, que la publicarían. Me sentí el puto rey del mambo. Me compré unas maracas, un abdominaiser. Me dejé crecer las patillas hasta el mentón.
Ya han pasado más de dos años. La euforia se ha esfumado, pero queda la novela.
Dice Carlos Pujol que hay que escribir de tal modo que dé la sensación al lector de algo que necesariamente tenía que expresarse así, con estas mismas palabras y en este orden. Si cabe algún resquicio para la duda, asegura, es que nos hemos equivocado.
Seguramente me habré equivocado. Pero quién soy yo para decirlo.
P.D.: Quiero agradecer a la gente de Baile del Sol la confianza depositada en mí y a Salva Ginard, el diseño de la portada, tan en consonancia con el contenido.