Ramonville St. Agne no invita a la lógica a la hora de ejercer de cronista de mundial, pero empecemos por el principio. El lunes 16, mientras veía el aburrido Alemania – Portugal, irrumpió en mi mente una imagen desasosegante: el comentarista deportivo apodado Maldini lamía entusiasmado los zapatos de Joachim Löw y Angela Merkel. ¿Se entiende que no viera acabar el partido? De martes a jueves estuve en la Francia de Marine Le Pen y Benzema. La lectura escogida para el trayecto fue la última novela de Vila-Matas: Kassel no invita a la lógica. Empecé el fatídico miércoles subrayando esta frase: “Porque en casi todo el resto del mundo lo intelectual había caído en picado y la cultura se había trivializado extraordinariamente”. Pensé que se trataba de una frase dirigida a mí. ¿Qué hacía yo ejerciendo, por voluntad propia, de cronista del Mundial? ¿No era aquello una trivialización extraordinaria de la cultura? ¿Acaso pretendía aplicar un barniz cultural al espectáculo populista llamado fútbol? Entonces recordé un artículo de Isaac Rosa titulado El típico artículo coñazo contra el Mundial de fútbol. Según Rosa, “si queda en pie algún consenso entre nosotros, ese es sin duda el fútbol, que además en los últimos tiempos ha recibido un barniz intelectual para vencer las últimas resistencias”. Vencí la tentación de abandonar mi cometido. Para despejarme, decidí salir a pasear junto al Garona con mi hija mayor. Allí encontramos un pájaro herido caído de algún árbol. ¿Cómo no supe leer la señal? Hicimos lo posible por salvarlo, pero el pájaro murió.
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martes, 24 de junio de 2014
martes, 12 de noviembre de 2013
El efecto L'Oréal de la lectura
Pienso en aquello que, asesorado o inspirado o embrujado por Félix de Azúa y Ricardo Piglia, escribió Enrique Vila-Matas: que leer rejuvenece, que uno de los mejores métodos para no envejecer es leer como si la vida nos fuera en ello. Pero no basta con leer. Si bastara con leer, resultaría demasiado fácil, hoy todos seríamos clones de Edward Cullen o Bella Swan, jóvenes pálidos sin mancha ni sustancia. A la lectura, Enrique Vila-Matas, asesorado o inspirado o embrujado por Roberto Bolaño y Juan Rulfo, le añade otro componente: la inquietud. Toda lectura, para que produzca el ansiado efecto L'Oréal, Helena Rubinstein o Estee Lauder, debe estar sazonada con los polvos mágicos de la inquietud permanente, como si en cualquier momento el autor o algunos de sus personajes pudieran saltar de la página y apretar nuestro cuello con vehemencia. ¿Nunca les sucedió? En mi cuello llevo impresas las huellas dactilares de tipos que se llaman Frank Bascombe, Daniel Quinn, Díaz Frey o Arturo Belano, por citar sólo a algunos de los propietarios de esas huellas que adornan mi cuello como medallas al valor o vidas paralelas que se confunden con la mía hasta acabar siendo la misma cosa. ¿Y por qué contaba todo esto? Como tantas otras veces, empecé a escribir sin tener muy claro qué quería decir, guiado por una suerte de destello, por esa loca voz interior que nunca supo estarse calladita. Que siga así. A ella le debo lo poco salvable de mi escritura, y perdón por este dramatismo sobrevenido, un tanto patético.
ULTIMA HORA, 12/11/13
miércoles, 17 de octubre de 2012
Un asiduo de las bibliotecas públicas: "Quién no quiso ser el puto rey de los capullos con 18 años"
No tendría 20 años cuando leí Menos que cero, de Bret Easton Ellis.
Aquella novela me dejó tocado. Su estilo frío, directo, etc., me subyugó. El
distanciamiento glacial que el narrador coloca entre él y lo que cuenta, etc. En
fin, hay muchas críticas por ahí. Puedes leerlas si quieres. Lo cierto es que yo
–como muchos– quería escribir una novela como aquella. Es más, en mis fantasías
de flaco melenudo, podía verme en descapotables que circulaban a más de diez mil
kilómetros por hora por autopistas junto al océano, acompañado siempre de rubias
monumentales sin alma ni restricciones proletarias. Ríete de Felix Baumgartner. Quién
no quiso ser el puto rey de los capullos con 18 años. Pero pasó el tiempo. Me
convertí en un capullo (no alcancé a ser el rey), pero con restricciones
proletarias y sin descapotable. De las rubias mejor no hablo. Me olvidé de Bret
Easton Ellis. Publicó otras novelas, pero apenas me enteré. Vi, eso sí, la película
American Psycho, y me pareció malísima.
A lo que iba. Este lunes me pasé por la biblioteca Can Sales. ¿Debo insistir en
lo de las restricciones? No tenía ninguna idea preconcebida. Me gusta acudir así
a mi cita semanal. Nunca sabes qué te puedes llevar a casa. Eso está bien. La incertidumbre.
La sorpresa. Sobre todo si estás casado y por tu mente no pasa dejar el trabajo
en el que vas puliéndote el alma día a día. En fin, que ahí estaba yo, paseándome
entre anaqueles repletos de libros cuando lo vi: Suites imperiales, de Bret Easton Ellis. Habían pasado más de 20
años desde aquel primer encuentro. Decidí darle una oportunidad. De hecho, se
la estoy dando. Llevo leídas 36 páginas y me parece un libro aburrido. He
decidido otorgarle 14 páginas de margen. Por los viejos tiempos. Si cuando
llegue a la 50 me sigue aburriendo (no soy Vila-Matas, no tengo problemas con
los números redondos), lo dejo y me pongo con Diario de Golondrina, de Amélie Nothomb. He dicho.
sábado, 26 de marzo de 2011
Crónica de este sábado + Un artículo aburrido
Ya era mediodía cuando he dejado la cama. El desayuno ha consistido en un café con leche y unas uvas, las cuales he comido en la terraza, disfrutando del sol. Después me he sentado frente al ordenador. He hecho un poco el tonto en Facebook (Karmelo C. Iribaren lo llama “este tiovivo loco”) y he corregido y enviado el artículo que el próximo martes aparecerá en Última Hora. Durante un instante he dudado si quedarme en casa para seguir con la lectura de Stoner, novela de John Williams que me tiene enganchando, o acercarme hasta el mercado de Santa Catalina a tomarme unas cañas (otra de mis adicciones). La calle me ha podido. Encima de la Vespa he sentido uno de esos instantes de plenitud. Era como si la ciudad, habitualmente muda, me susurrara “todo está bien”. Ya en el mercado he conocido a Andoni Sarriegi, autor de esa pequeña joya literaria titulada Diario de un vago y responsable de Manjaria, suplemento mensual gastronómico de Diario de Mallorca. Dos años y medio atrás hablé de su libro en uno de mis artículos. Le sacudo el polvo y lo traigo aquí. Habrá que convertir en costumbre de sábado estas visitas al mercado.
Un artículo aburrido
Martes, 07 de octubre de 2008
El aburrimiento da genios y psicópatas, al menos es lo que escribo sin saber muy bien adónde quiero llegar. Será que me aburro, aunque una cosa está clara: no soy ni seré ningún genio. Así pues, es posible que sea un psicópata. ¿Y qué clase de psicópata podría ser? Uno muy aburrido, sin duda, alguien cuyo objetivo en la vida es matar de aburrimiento al mayor número posible de personas. Una idea espantosa. Para combatirla o quizá porque así lo creo, me digo que lo verdaderamente aburrido es el mundo de afuera. Pero estoy a salvo, en casa, solo en el centro de mi fiesta particular. Ya sé que en el centro de la fiesta está el vacío y que en el centro del vacío hay otra fiesta. Leí a Juarroz y a Vila-Matas hablando de Juarroz. La lectura es mi fiesta y mi vacío. Entre los libros que abarrotan la sala, escojo Roland Barthes por Roland Barthes, escrito naturalmente por Roland Barthes, un tipo que se aburría mucho. “De niño, me aburría a menudo y mucho”, escribe el francés. Y continúa: “Es un aburrimiento aterrorizado que llega al desasosiego: así es el que siento en los coloquios, las conferencias, las veladas en el extranjero, las diversiones en grupo: en todas partes donde el aburrimiento es visible. ¿Será el aburrimiento mi histeria?”. Ya sea porque empiezo a aburrirme o a ponerme histérico, devuelvo el libro a su sitio. Necesito algo más ligero, más de viernes por la noche sin plan. Estoy vago, por eso es lógico que opte por Diario de un vago, de Andoni Sarriegi. Su sentido del humor y lucidez llenan el centro de mi fiesta vacía. Vuelvo a sonreír cuando leo: “Lo peor que puede pasarme a estas alturas de la vida: no encontrar el sacacorchos”. Me entra pánico y voy corriendo a la cocina. El sacacorchos está en su sitio y decido celebrarlo abriendo una botella. Con un vaso en la mano, continúo leyendo. “La soledad sólo sirve para crear”, asegura el mallorquín. Y para brindar por el aburrimiento desde el centro vacío de una fiesta en la que soy el único invitado, añado a la vez que me acabo la copa de un sorbo.
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domingo, 6 de febrero de 2011
Loa a la vejez motiva por la lectura de La muerte de Ivan Ilich, de Lev Tolstói, o desbarres de domingo por la tarde
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Imagen cedida por Enrique Vila-Matas“A partir de ese momento empezó un aullido que no se interrumpió durante tres días, un aullido tan atroz que no era posible oírlo sin espanto a través de dos puertas”. Así empieza el último capítulo del relato La muerte de Ivan Ilich, de Lev Tolstói. Ivan Ilich no quiere morir, no entiende por qué tiene que morir, le parece una tremenda injusticia. Cae en la desesperación, pregunta una y otra vez por qué, por qué, por qué. Evidentemente, no hay respuesta. O sí la hay, pero su simpleza resulta atroz. La muerte en abstracto le era comprensible, pero cuando esa abstracción que es la muerte instalada en un silogismo arremete contra su cuerpo y su mente, cuando cae en la cuenta de que esa muerte va a suponer el final de todo, de absolutamente todo, es entonces cuando la anestesia deja de hacer efecto y el dolor por la pérdida inminente se vuelve insoportable, hasta el punto de aullar durante tres días después de gritar un último “¡no quiero!”.
La muerte, terreno embarrado, ideal para los tópicos. Hablar de la muerte es caer en lugares comunes, en frases hechas que, sin embargo, encierran una verdad devastadora. La vida es breve, vivimos para morir, etc. Solo los niños y los adolescentes sanos se creen inmortales. A partir de cierta edad, esta creencia desaparece y entonces uno empieza a sentir vértigo, a medir distancias, a calcular consecuencias… En una palabra, se vuelve prudente. Paradójicamente, la prudencia y la muerte se encuentran irremisiblemente unidas, puesto que la irrupción de una supone la toma de conciencia de la otra. Esta progresión, sin embargo, se rompe al adentrarnos en la vejez. No es que sea viejo, pero he leído a algunos autores de edad provecta.
La vejez es la falta de futuro, es decir, de ilusiones (Odo Marquard). Esto libera al viejo del miedo a defraudar, de la tiranía del qué dirán, o sea, lo vuelve libre, puede dejar de ser prudente. Así la vejez consiste, hasta cierto punto, en una vuelta a la libertad del niño, a la imprudencia primera, al menos en lo tocante al discurso. Esto me lleva a concluir, en contra de lo que suele pensarse, que los adultos de mediana edad o próximos a la mediana edad que practican la imprudencia (polemistas profesionales, amantes de deportes extremos, revolucionarios o soldados en tiempos de guerra) en realidad tienen alma de viejos o, lo que es lo mismo, alma de niños.
Al final, este comentario sobre La muerte de Ivan Ilich ha acabado siendo una loa a la vejez, pues qué sería del mundo sin polemistas profesionales, amantes de los deportes extremos, revolucionarios o soldados dispuestos a sacrificar sus vidas.
sábado, 5 de junio de 2010
Sábado. El verbo perder
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Las ocho de la tarde. El sol sigue luciendo en el cielo. Esta mañana, después de desayunar, me puse con Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac. Lo terminé. Después bajé a la piscina con Dublinesca, de Enrique Vila-Matas. Leí. Nadé un poco. Escuché música: Iván Ferreiro, Gastelo, Eels, Wilko. De nuevo en casa, me tumbé en el sofá para proseguir con el libro del catalán. Pero me quedé dormido. Hasta la cinco. Me desperté con hambre, pero no tenía nada en la nevera. Recurrí a las Quelitas, esta suerte de tabla de náufrago de los mallorquines que viven solos, y a un trozo de queso no demasiado duro. Seguí leyendo, navegué por Internet, se me ocurrió una idea para una novela, pero no llegué a escribir nada. Ahora son las ocho de la tarde. He utilizado el pretérito perfecto simple porque parece que hayan pasado días. ¿Un sábado perdido? Que cada uno conjugue el verbo perder como le venga en gana. Yo me niego. Conectaré el Messenger para hablar con Cony. Después registraré el congelador, algo tiene que haber, estoy casi seguro. Finiquitaré el sábado viendo alguna película. El otro día me bajé Yo, robot. Creo que no soportaría ver una peli buena. Hoy no. O sea, que tiene todos los números para ser la elegida.
Ahora suena Needlessly, de Linda Draper.
Compartamos algo.
Ahora suena Needlessly, de Linda Draper.
Compartamos algo.
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jueves, 18 de marzo de 2010
Parte del virus
Básicamente (este adverbio no es gratuito) existen dos tipos de escritores dentro de esa categoría que denominé “escritores que escriben para otros escritores”. Por un lado están los escritores que aman las palabras; por otro, los que aman la vida. O dicho de un modo más exacto: los que profundizan en las palabras, en el mundo de las palabras, y los que lo hacen en la vida, en la vida que se vive en contraposición a la vida que se lee. Para entendernos, entre los partidarios del mundo de las palabras nos encontramos con autores como Jorge Luis Borges o Enrique Vila-Matas, por citar dos ejemplos conocidos por todos. Entre los partidarios de la vida, y vuelven a ser dos ejemplos entre los miles que podrían citarse, se encuentran escritores como Raymond Carver o Pedro Juan Gutiérrez. Evidentemente, existe una franja de hibridación bastante amplia (algo así como el 98% de los escritores habidos y por haber), pero alcanzar el centro milimétrico resulta imposible, por lo que todo autor acaba inclinándose, aunque sea ligerísimamente, por uno de los dos lados. (Otra cosa es que seamos capaces de detectarlo, o que nos pongamos de acuerdo sobre en qué lado queda tal escritor).
Dicho esto, debo decir que las teorías literarias y artísticas en general no sirven para nada. Nacen del aburrimiento o de la incontingencia conceptual del teórico de turno. Miento: a veces sirven para justificar el valor de determinadas obras. Me refiero a aquellas obras que, sin un aparato conceptual que las sustente, que las explique y las ubique en un contexto determinado (es decir, que las justifique), se quedan en nada, en mera gilipollez o tomadura de pelo. Hablo de las obras que no resisten una “mirada desnuda”, desprejuiciada, despojada de ropajes teóricos.
El afán analítico en el mundo del arte es un virus mortal.
Evidentemente, formo parte del virus.
Dicho esto, debo decir que las teorías literarias y artísticas en general no sirven para nada. Nacen del aburrimiento o de la incontingencia conceptual del teórico de turno. Miento: a veces sirven para justificar el valor de determinadas obras. Me refiero a aquellas obras que, sin un aparato conceptual que las sustente, que las explique y las ubique en un contexto determinado (es decir, que las justifique), se quedan en nada, en mera gilipollez o tomadura de pelo. Hablo de las obras que no resisten una “mirada desnuda”, desprejuiciada, despojada de ropajes teóricos.
El afán analítico en el mundo del arte es un virus mortal.
Evidentemente, formo parte del virus.
viernes, 7 de agosto de 2009
Comida entre escritores
Una vez comí entre escritores y no hablo de escritores aficionados o más o menos aficionados, sino de escritores de verdad, con libros publicados en editoriales de prestigio y opiniones influyentes y traducciones a varios idiomas e incluso lectores fieles, algo prácticamente imposible de conseguir si excluimos el círculo familiar y a esos dos o tres amigos que solemos calificar como amigos verdaderos. No corresponde aquí indagar en los motivos que tienen esos familiares o esos llamados amigos verdaderos para leer todo lo que a uno le publican; esto no pretende ser un relato de terror, ni aspira a añadir sombra o mierda sobre estas relaciones tan necesarias, tan ineludibles, beneficiosas en un momento pero terriblemente dañinas a la larga. El roce, en contra de lo que suele decirse, no hace el cariño sino que embrutece y fomenta la violencia y la autodestrucción. Pero no, no quería ni quiero adentrarme en este terreno enfangado, chapotear en mis contradicciones y neurastenias y gilipolleces. Bastante tienen los posibles lectores de estas líneas con soportar mi vanidad. De todos modos, no creo que mi vanidad sea más grande que la vanidad de los posibles lectores que puedan recalar aquí, ya que vivimos en un mundo de vanidades y, como seres terriblemente individuales (pese a la dictadura de las modas), somos portadores de una vanidad cósmica que, sin embargo, admite sin muchos problemas la vanidad de los otros. La cuestión, en fin, es que una vez comí entre escritores, cada uno con su vanidad y sus anécdotas y sus opiniones y su pose según el papel que le era y le es propio. A mi derecha se encontraba José Carlos Llop, del que en general he leído con placer artículos, poemas, dietarios y novelas. Se trata de un autor elegante, algo frío, que practica la distancia y el refinamiento y el amor por la llamada alta cultura o cultura no de masas y que debería haber nacido en el tiempo de los consulados y las colonias y en un país algo más europeo. De este autor mallorquín con sangre británica o tal vez francesa recuerdo con buen sabor de boca su poemario La oración de Mr. Hyde y su dietario La escafandra. No he leído su última novela, París: suite 1940, pero intuyo que acabaré haciéndolo. En todo caso, dejo el asunto en manos del azar. Enfrente, algo a la izquierda, se encontraba Román Piña, pero aquí no corresponde hablar de Román Piña porque Román, al igual que yo, no atesora opiniones influyentes ni traducciones a varios idiomas y sus lectores fieles, de tenerlos, dudo mucho que se hallen fuera del círculo descrito al principio de estas líneas. Así pues, no hablaremos de Román Piña, del que admiro su tesón editorial, la oportunidad que ha dado a muchos de publicar sus primeros escritos y el buen ojo que tuvo con Agustín Fernández Mallo, que no estaba en la comida y casi mejor, ya que, de haber estado en la comida, me habría visto obligado a hablar de Agustín Fernández Mallo y hablar de Agustín Fernández Mallo me supondría un pequeño problema porque Agustín Fernández Mallo es un escritor cojonudo al que a veces le pierde ese querer llamar la atención con declaraciones altisonantes y vaticinios y conclusiones algo infantiles. La reseña que Villena le dedicó en El cultural con motivo de la publicación de Postpoesía fue un intento de ponerlo en su sitio, pero el sitio de Agustín Fernández Mallo se encuentra más allá de sus propias declaraciones o de la aceptación o rechazo que estas declaraciones puedan generar. Justo delante de mí, con pinta de andar preguntándose qué cojones estoy haciendo en esta comida, se encontraba Enrique Vila-Matas, el cual tiene el impagable honor (advertencia: se trata de una ironía) de estar entre los autores de los que he leído todo o casi todo, autores cuyos libros he devorado con placer e incluso con entusiasmo y que por esto mismo son parte importante de mi educación sentimental y moral y alguna que otra educación en la que ahora mismo no caigo. Recuerdo su tono de voz bajo, su aire entre despistado y aburrido, su falta de gracia extrañamente graciosa a la hora de contar anécdotas, chistes repetidos o improvisados que todos escuchábamos e intentábamos retener para poder reproducirlos en otras comidas con otros escritores menos relevantes y, por lo tanto, más impresionables. El hecho de que los haya olvidado (los chistes, las anécdotas) dice bien a las claras la clase de persona que soy. Durante mucho tiempo sostuve que uno de mis libros predilectos era Para acabar con los números redondos. Tal afirmación encerraba un punto de excentricidad, ya que este libro no se encuentra entre los más populares del autor catalán. Para ser absolutamente franco, el libro de Enrique Vila-Matas que me hizo picar el anzuelo y me llevó a querer leer todo lo suyo fue Bartleby y compañía, el cual me zampé con total devoción y entusiasmo. Mi relación con Enrique Vila-Matas se sustenta en dos momentos culminantes, por otra parte, los dos únicos momentos existentes en esto que he venido a llamar mi relación con Enrique Vila-Matas. Uno es el de la comida aquí descrita, en la que le hablé con un mínimo de inteligencia, o ésta fue mi impresión, de alguno de sus libros, ya no recuerdo cuál. El otro momento culminante de esta relación tiene que ver con un e-mail que le envié y que Enrique Vila-Matas contestó con inesperada celeridad, con toda la alegría y todo el orgullo que tal cosa supuso para mí. Ver un e-mail de Enrique Vila-Matas en mi por lo general deprimente bandeja de entrada me trasportaba a un mundo ficticio y peligroso para mi endeble salud mental en el que yo era uno de los elegidos, de los señalados por el ambiguo Dios de la genética. Evidentemente, todavía lo conservo, si bien ha disminuido considerablemente la intensidad de mis pajas mentales. Pero sigamos con la comida. Dos o tres sitios a la izquierda de Vila-Matas se encontraba Ignacio Martínez de Pisón, este maño con pinta de antiguo central expeditivo de un equipo de fútbol de la regional española, como si hubiera otro tipo de centrales en cualquier categoría de la regional española. Su semblante era y es más duro que el semblante del otro gran maño, Manuel Vilas, y ya es decir. Pido perdón por los otros grandes escritores maños no mencionados en esta evocación, pero uno tiene sus lagunas y sus debilidades. Diez años atrás (vuelvo a hablar de Ignacio Martínez de Pisón) me rompí la mandíbula riéndome con su novela Carreteras secundarias. Luego, claro, leí otros libros de Ignacio Martínez de Pisón y si bien todos me gustaron nuca más me volví a romper la mandíbula. Por otro lado, siempre que alguien menciona a Ignacio Martínez de Pisón o siempre que veo uno de sus libros en alguna librería, recuerdo el lamento que, según Herralde, solía proferir el autor de El fin de los buenos tiempos. En un país, se quejaba el maño, en el que sólo leen las mujeres, ¿quién va a comprar libros de Ignacio Martínez de Pisón? Y con esta pregunta creo que puedo dar por concluida esta anécdota, esta remembranza de mi comida entre escritores. Soy consciente de que he olvidado a algún escritor, pero son tantas, por fortuna, las cosas que olvidamos que un escritor más o menos carece, creo, de importancia.
miércoles, 8 de julio de 2009
Pep Guardiola
Pep Guardiola prepara la temporada que viene. Con o sin Eto’o, qué más da. Es un tipo metódico, inteligente y guapo. Además, se codea con escritores. En fin, que lo tiene todo para caer mal. Y más viviendo en España. Está en el punto de mira de los comentaristas deportivos, o sea, del 90% de los varones de este país. Se espera mucho de él, que equivale a decir que sus enemigos van afilando las armas, pero Guardiola es uno de los grandes, caiga o no. Repetir los éxitos de la temporada anterior es misión imposible (al menos eso dicen la lógica y las estadísticas), pero las únicas misiones que vale la pena emprender son las imposibles. Ray Loriga, cuyo único don (él mismo lo confiesa, si bien yo no lo creo) es leer bien el fútbol, recuerda el encuentro que tuvo con el ex centrocampista blaugrana en una de las narraciones que engrosan sus Días aún más extraños: “Recuerdo que en la cena estaba también Figo, pero a Figo no le gusta hablar de fútbol, Figo es un talento puro, instintivo, un lobo solitario y un jugador de pocas, precisas y contundentes acciones (…) Guardiola es un hombre que piensa el fútbol bien. Que no depende de su instinto tanto como de la ordenada claridad de su mirada”. Guardiola mira lo que se le viene encima. Llegar, se sabe, es complicado. Y hacerlo como lo hizo él es casi un insulto. Pero mantenerse, amigo, eso ya es otra cosa. Pero Pep lo sabe. Lo ha vivido y lo ha leído. A mí me cae bien porque es amigo de Vila-Matas, con el cual alguna vez habló de Joyce. Yo, debo confesarlo, soy del Madrid, pese a Cristiano Ronaldo. Que cada uno cargue con su cruz.
UH, 07/07/09
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