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martes, 15 de febrero de 2011

Bye bye, Cioran


Cuenta lo tuyo, lo que te toca, lo íntimo; no hay otra forma de ser universal, es más: no hay otra forma de decir algo. No el Viaje, sino aquel trayecto en tren de La Tour de Carol a Toulouse, o aquel otro en coche de Tucumán a Salta; no el Desamor, sino tus minutos esperando a que ella regresara, la mirada fija en la ropa tendida de los vecinos, o aquella noche en que hicisteis el amor y terminó llorando, recluida en su silencio. Hablar de la Muerte y hablar de nada es lo mismo; hablar de todo lo que pasó por tu cabeza mientras el cura de turno oficiaba el funeral por tu abuela o tu padre es desnudar la muerte, es decir lo único digno que merece ser dicho sobre la muerte. De adolescente sentía atracción por las grandes palabras. Con el tiempo llegué a descubrir que tras ellas existe un hueco de dimensiones cósmicas, un hueco en el que es fácil perderse. Allí gritas y el silencio te devuelve tu voz. No el Mar, sino la decisión que tomaste después de contemplarlo durante más de tres horas, sentado en la terraza de un bar del Molinar; no la Angustia, sino la espera en un pasillo de Son Espases mientras operan a tu marido o a tu hija; no la Alegría, sino la manera en que sus labios sonrieron antes de decir sí. Elias Canetti lo dejó escrito en una de sus notas: “Di tus cosas más personales, dilas, es lo único que importa”. El lugar común será tu peor enemigo, y las grandes palabras, su mejor aliado. Por eso tienes que decir lo tuyo. Diciendo lo tuyo, lo más personal, dirás lo de todos, crearás un lugar donde otros, ajenos a ti, se podrán reconocer. De eso se trata. Bye bye, Cioran. Adiós, Invierno. Que les den por el culo al Ser y a la Nada. Aquí dejo mi poética de hoy. Se abre la veda.

ULTIMA HORA, 15/02/11

jueves, 10 de septiembre de 2009

EL DON DE LA TRISTEZA

La tristeza es un don, como la embriaguez, la fe, la existencia
y como todo cuanto es grande, doloroso e irresistible.
El don de la tristeza...
E. M. Cioran

El latido que media
entre decir o no decir te quiero.
Los nexos invisibles que nos atan
a una forma de olvido, a unas piernas,
al nombre que se inscribe en una lápida.
Se amontonan facturas, planos enmohecidos
de ciudades deshechas,
fetiches que nos miran
con la tristeza mansa de saber que son humo,
las víctimas perfectas
de nuestra rendición o desconcierto.

El latido que media
entre el que salta y el que no, la vida
que estalla en las burbujas
del agua que calientas para el té de las cinco.
El modo en que la luz dibuja puentes,
detonaciones sordas,
el caligrama absurdo de todos estos años.

Es tentador pensar que no sirvió de nada,
pero está la tristeza,
su extraño don,
esta manera imbécil de amar el mundo, todo
lo que sabes inútil
y no quieres perder
y perderás.

La tristeza que todo amor precisa
para ser de verdad y para siempre.