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miércoles, 30 de noviembre de 2016

De artistas, vértigo y adicciones

Los artistas (Baile del sol, 2011)


Dice Jimy Ruiz Vega con motivo de su lectura de Los artistas:

"Los artistas es un libro breve, lírico e intenso, una estupenda novela que tiene puestas las bisagras narrativas en la autoficción y sus goznes literarios en la difícil tarea de la creación artística y su reconocimiento. La adicción a ese vértigo conlleva incluso quemarse gozosamente".

Han pasado cinco años desde su publicación, ocho desde que finalicé su escritura.

En su día escribí (principios de 2012):

De todos modos, me apetece añadir que Los artistas forma parte de una trilogía. Esta trilogía (soy poco original, lo sé) se asienta sobre, como diría Kundera, la continuidad del mismo tema. Este tema no es otro que el de la Huida. En La historia que no pude o no supe escribir, me centro en lo que sucede tras esa huida, es decir, en la búsqueda que acontece después de que el protagonista rompa o crea romper con sus asfixiantes circunstancias. En Los artistas, trato de explicar los motivos (oscuros) que llevan al protagonista a desear la huida. Aquí me centro en las semanas previas a esa huida liberadora y, cómo no, engañosa. En Piscinas iluminadas, todavía no publicada, la huida física ya no es posible, por lo que el protagonista se ve forzado a la huida mental, es decir, a través de la imaginación, algo mucho más peligroso, sobre todo en una mente enferma como la suya. 

Puedes leer la reseña completa pinchando AQUÍ.


miércoles, 25 de noviembre de 2015

Algo sobre los ex compañeros de colegio (con Maximiliano Barrientos)

El sábado tengo cena de ex alumnos del CIDE. La última vez que vi a alguno de esos compañeros de colegio tenía dieciséis años. Han pasado veintiséis, ahí es nada. A otros, en cambio, los he seguido viendo. Hemos quedado para comer o cenar con nuestras mujeres e hijos, o nos hemos encontrado por las calles de la ciudad. Nos hemos visto ganar peso y perder pelo sin saltos temporales, testigos de lo que el tiempo, más benévolo con unos que con otros, nos hacía. El caso es que estaba leyendo la estupenda La desaparición del paisaje, del boliviano Maximiliano Barrientos, y me encontré con este pasaje, que me apetece compartir:


«Los ex compañeros bailaban, se perdían en lo oscuro. Escuchábamos sus risas, sus voces, los gritos que traían de vuelta una euforia que ahora resultaba una parodia de lo que había sido antes. Se habían convertido en adultos, tenían heridas psicológicas, hipotecas, disfunciones sexuales, amantes dispersas, una mujer que producía hijos, un esposo que se ausentaba por viajes y llamaba tarde en la noche cuando se sentía culpable luego de cogerse a una puta cara. Todos estaban atontados por la bulla y el alcohol y la retórica de la pertenencia. Aunque las detestaban, iban a aquellas fiestas para constatar que no se habían alejado demasiado de quienes fueron en los 90. Para constatar que seguían siendo las mismas personas a pesar de la grasa y la paternidad».

Transcrito el párrafo anterior, recuerdo algo escrito por un tal Javier Cánaves. Se encuentra en su novela Los artistas. Busco el archivo en el ordenador. No me cuesta nada encontrar el fragmento que recordé de pronto. Copio y pego:

«Ahí los tienes, todos con prisa por marcharse, mirando de reojo a sus mujeres, apurando sus cigarros, fingiendo una felicidad incomprensible. Sonrisas postizas que desfiguran los rostros, que los vuelven inaccesibles, a una distancia que ya no puedes ni quieres recorrer. Todos preguntaron por Verónica, al principio, en la puerta del restaurante, después de las palmadas en la espalda y los besos de rigor. Luego intercambiaron miradas de lástima y comprensión, cargadas de veneno, de ironía. De paternalismo. Tú fingiste no verlas, no entenderlas después de haberlas visto. Alguien habló de política, de fútbol, de las últimas lluvias; alguien dijo que ya había que entrar. Son tus amigos de siempre, lo que queda de ellos, el triunfo del embrutecimiento y la cobardía. Eres el único que no va acompañado, el bicho raro del que después hablar en el coche, de vuelta a casa, o ya en la cama, liberados de la obligación del encuentro mensual. Durante la cena te preguntan sin interés por tus proyectos, por tus artículos; preguntan dejando entrever que sus problemas son mucho más importantes, su vida adulta, asumida: hipotecas, ascensos laborales, hijos. No puedes dejar de pensar que tienen razón. Eres el que más bebe y el que menos habla. Intentas recordar cómo era antes, pero una y otra vez te estrellas contra las risas y las papadas de ellos, contra las arrugas y los polvos de ellas, alguna vez deseables, hace tiempo, alguna vez una promesa de algo diferente».


Los tópicos, qué juego dan, cómo nos atraen. En fin, que nadie se malpiense. Acudiré a la cita con ganas. Al fin y al cabo, uno no se encuentra todos los días (por suerte) con aquellos adolescentes con los que compartió aula y recreos y otras muchas cosas fáciles de imaginar.

jueves, 14 de marzo de 2013

Malsonante e inhumano o Javier Marías no siempre tiene razón…

Una novela malsonante e inhumana

A veces me da por releerme. Una tortura como otra cualquiera. Los hay que prefieren quedar con ex compañeros de instituto o acudir a gimnasios. Este mal hábito o debilidad hizo que me encontrara con algo que escribí el domingo 20 de noviembre de 2011:

“A los futuros estudiantes de escritura creativa: nunca escriban en segunda persona, es algo malsonante e inhumano”. Tengo entendido que esta frase la dijo recientemente Javier Marías en un coloquio sobre literatura. Pienso en Los artistas, escrita en segunda persona por el influjo de Las cosas, de George Perec, y me pregunto si sonará mal, si será inhumana. Medito unos minutos sobre lo humano o inhumano en las novelas y no llego a ninguna conclusión. Me temo que hablar de humanidad o inhumanidad cuando se habla de novelas es un asunto complicado, posiblemente ridículo. Respecto a que sea malsonante, esto ya es otra cosa. En todo caso, dependerá de la pericia del autor a la hora de contar. Con todo, no tiene por qué ser del todo negativo sonar un poco mal. Además, sonar un poco mal, resultar cacofónico a ratos, puede ser algo muy humano, desde luego mucho más humano que la perfección o la supuesta perfección. Vienen a mi mente los nombres de Thomas Bernhard y Louis Ferdinand Céline, que con un discurso a veces desafinado levantaron auténticas obras de arte. A conclusiones similares podríamos llegar si habláramos en términos musicales. Los Sex Pistols o Nirvana, por poner sólo dos ejemplos, fueron grupos que, pese a no sonar del todo bien, hicieron que la gente vibrara con su música. Por no hablar de la manera de cantar de ese mito llamado Bob Dylan…

Casi un año y medio después sigo pensando lo mismo.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Dostoievski, Perec, yo mismo (con perdón)

Hace apenas un par de horas terminé de leer Crimen y castigo, de Dostoievski. No, no voy a hablar del autor ruso. ¿Qué podría decir de Fiódor Mijailovich a estas alturas que no se haya dicho ya? Entonces, ¿con qué propósito me he instalado frente al ordenador? Varias ideas rondan mi cabeza, pero sé que son vanas, superficiales, probablemente erróneas. ¿Me lanzo? ¿Pongo por escrito estas ideas pese a que tal hecho, lo más seguro, constituya una especie de crimen contra la inteligencia y la sensibilidad humanas? Y de animarme, ¿cuál sería mi castigo? ¿Podría alcanzar, a través de este hipotético castigo, la expiación de mi culpa, sería capaz entonces de abrazar la tan ansiada vida nueva para todo aquel nacido en un contexto cristiano? Una cosa está clara: todavía me hallo bajo los efectos de la lectura de los conmovedores últimos párrafos de la novela. Bien: no todo está perdido. 

La lectura de Crimen y castigo ha supuesto la pérdida de una de mis virginidades. Digo esto porque he leído la novela del ruso en un reader Sony que me prestaron. Nunca antes lo había hecho. Me refiero a que nunca antes había utilizado uno de estos dispositivos. Debo confesar (¿para expirar mi falta?) que, mientras leía, se me ha olvidado por completo el tipo de soporte que tenía entre manos. Atribuyo el mérito a Dostoievski y a los de la Sony, a partes iguales. 

Pero no escurramos el bulto. Una de las cosas que ha hecho que me sentara a teclear esto que ahora lees ha sido el descubrimiento de la existencia de un lazo, de un vínculo (nimio, casi invisible, es posible que inexistente, después de todo) entre el autor ruso, Georges Perec y yo. Como sabréis algunos, la cita que abre Los artistas la extraje de una novela del autor francés titulada Las cosas. Dice así la cita: “Los paralizaba la inmensidad de sus deseos”. Esta cita quiere condensar lo que pienso que es uno de los temas principales del libro: la insatisfacción causada por esos excesivos y, para según que personas, inevitables deseos. Y hacia el final de Crimen y castigo, me encuentro con que Dostoievski, al hablar de su protagonista, Raskólnikov, reflexiona del siguiente modo: “Tal vez la violencia de sus deseos le había hecho creer tiempo atrás que era uno de esos hombres que tienen más derechos que el tipo común de los mortales”. Obviemos a Nietzsche, coetáneo de Dostoievski. Cuando he dado con esta frase, por un momento he imaginado, casi visto, a Perec, con su cara de inventor chiflado, leyendo la novela del ruso y subrayando esta misma frase que tiempo después inspiraría otra que incluiría en su primera novela publicada en 1965 y que yo leería en el año 2008, en la edición de Anagrama de 1992, y de la que extraería la cita con que abro mi novela (y la segunda persona en que está narrada, dicho sea de paso). Una gilipollez, sin duda, pero este tipo de cosas me parecen fascinantes. 



Para terminar, quiero agradecer y recomendar la reseña que David Pérez Vega escribió en su blog Desde la ciudad sin cines sobre Los artistas. Se trata de una reseña escrita con inteligencia y honestidad, y esto es mucho decir.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Acerca de “Los artistas”


Probablemente nada atraiga más a un escritor que leer lo que otros opinan de su libro. No siempre se está de acuerdo, pero por encima de ese posible desacuerdo se sitúa, al menos cuando se es un autor poco conocido, la fascinación que supone que otros se tomen el trabajo de escribir sobre lo que uno escribió. Y si la crítica es buena, que se preparen tu novio/a, tus amigos o tus familiares cercanos, todos aquellos con los que tengas un mínimo de confianza: ese día vas a creerte el rey del mambo.

De las innumerables reseñas, críticas, comentarios, etc., que Los artistas ha generado, he escogido estas cuatro. Como no soy vanidoso, he decidido obviar las reseñas altamente elogiosas que sobre el libro escribieron Ignacio Echeverría, Enrique Vila-Matas o el mismísimo Harold Bloom.

Los artistas, de Javier Cánaves (por Jorge M Molimero)


"Los Artistas" de JAVIER CÁNAVES: una nívola contemporánea (por María Frisuelos)


EL REVÉS DE LOS ARTISTAS (por Ignacio Arrabal)


Los artistas, crónica de una muerte por inanición (por Baile del Sol)



Ya sólo me resta agradecer el tiempo y las palabras.

jueves, 23 de febrero de 2012

¿Y si fuera cierto que nunca habrá otro poema? Otro fragmento de “Los artistas” + entrevista publicada en Última Hora

¿Y si fuera cierto que nunca habrá otro poema? La mera posibilidad te pone melancólico, empiezas a sentir nostalgia por un tiempo todavía presente, por unos días que se precipitan hacia la vaciedad del pasado, su nada desconcertante, sin fisuras; esos gestos, esas decisiones que se acumulan, que nos definen o encauzan y después son nada, una amalgama sin sentido alguno, retazos de voces, de fotografías siempre rotas, siempre mentirosas o imprecisas; una aproximación a lo que nunca fue. “Yo escribía poemas, tuve lo que podríamos llamar una carrera literaria, una proyección optimista; incluso tuve un amor”. El humo del cigarrillo dibuja un barco, un barco fantasma, sin tripulación; sólo cadáveres bailando en la cubierta. Canciones lentas, tristes, tan parecidas entre sí. Observas el humo mientras se eleva como tú en tu tristeza, esta tristeza capaz de liberarte, fingida y a la vez real; este perseguir pensamientos inhábiles, palabras hechas de frío y desencanto, de certeza y asentimiento. Llega otro ladrido. La calle estática que nunca podrás atravesar. La imposibilidad de qué. “De vivir”, te respondes. Una respuesta fácil, estúpida, manida hasta la saciedad por adolescentes alcoholizados y cretinos. “Pero algo tiene de cierto”. Un último poema mediocre, una despedida sin glamour, en voz baja, por la puerta trasera. ¿Es posible? Una vida sin tener que pensar versos, sin ni siquiera tener que leerlos. Renunciar a las anotaciones en el diario, a su proyección en un futuro que no nos es dado conocer; incluso a los insulsos artículos en el periódico. Una vida sin frases subrayadas en las novelas que acumulas, sin ideas anotadas en servilletas o posavasos, sin tanta expectativa embustera. Abandonas la taza de té. Miras el libro que has estado leyendo, lo alcanzas y, en un gesto teatral, lo lanzas contra la pared. Escenificas una despedida que aún no has decidido. “¿Acaso se puede decidir algo así?”. Las viejas ideas románticas sobre el oficio de escribir, todo ese veneno que te fuiste inoculando y que ahora matiza tus actos. Vuelves al poema. “La grieta que se abre”, recitas. Recuerdas lo que Samantha Roten dijo: “Vosotros, los artistas, os pasáis la vida buscando el puente más hermoso desde el que saltar”. Masticas la frase, te dejas golpear por ella, acariciar suavemente. “Lo que siempre he buscado: el puente, este salto, una excusa para no luchar”. El domingo te arrastra, te da de beber de su ponzoña espesa, conocida. Un último poema, una última justificación. Sientes que podrías empezar a añorar a Verónica. “Todavía no”, mascullas plenamente consciente de ser un personaje. Aplastas lo que queda del cigarro, agarras las llaves del coche y decides salir a la calle. “La noche no debe sorprenderme estando solo en casa”. Piensas que lo mejor que puedes hacer es conducir sin rumbo fijo, dar vueltas por la ciudad hasta sentir que eres el único habitante del planeta.

Los artistas (Baile del sol, 2011)


martes, 7 de febrero de 2012

De frío y torturas

 Vista desde el cuarto que ocupo en casa de mis padre 
(sábado, 4 de febrero a las ocho de la mañana)

Cuando lea este artículo, lo más probable es que sea martes, es decir, habrá sobrevivido a la ola de frío siberiano. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, es viernes por la noche y, sí, hace frío en la calle. Para los que nos pasamos el invierno con los pies congelados, la llegada de un frío como éste, encaramado a una ola desde la lejana Siberia, supone una auténtica tortura, como si la meteorología hubiese decidido imitar los métodos infalibles de las fuerzas de seguridad de Siria. ¡Con lo bueno y leal que soy! Y hablando de frío y torturas, recuerdo algo que contaba Serguéi Dovtálov. El escritor ruso aseguraba que en Siberia, donde trabajaba como guarda de seguridad en los campos de Stalin, los pájaros sucumbían en pleno vuelo y caían del cielo como piedras, congelados. Sí, parece que todo se reduzca a la lucha contra la congelación. De hecho, acabo de leer una nota emitida por Europa Press que dice que la Agencia Negociadora de Productos Bancarios reclama al Gobierno instrumentos adicionales a la reforma financiera para que el crédito no permanezca congelado. Sí, todo se congela (los pies, el crédito, el Barça), ¡con lo difícil que resulta luego descongelar las cosas! Lo digo por experiencia. La otra noche no me pude dormir hasta las tres de la madrugada por culpa de mis pies helados. Por cierto, acaba de empezar a nevar. En fin, espero que este jueves el frío haya dejado de ser siberiano. Es que presento mi nueva novela, Los artistas. A las 20h, en la Biblioteca de Babel. ¡Nos vemos!



ULTIMA HORA, 07/02/12

miércoles, 11 de enero de 2012

Otro fragmento de "Los artistas"

Samantha Roten sigue jugando al juego de la seducción, se aferra a la idea absurda de que hay algo especial en todo esto, ciega a la humillación y al cansancio, al día sin escrúpulos al otro lado de la ventana. Quiere que la desvistas, ofrece su cuello con reiteración, como si fuese realmente apetecible. Quizá lo fue en algún momento de la noche, pero ya no. La palabra pereza vuelve el ambiente irrespirable. Te esfuerzas, finges, te ajustas al papel que te ha tocado, que has mendigado con insistencia etílica. Buscas sus pechos, el cierre del sujetador, sus caderas anchas y torpes. Tropezáis, caéis sobre la cama. Ella fuerza una risa que te entristece. Sus manos buscan pero no encuentran. No hay nada que encontrar. Cierras los ojos y Alicia aparece, inoportuna, en la cubierta de un barco. Todo está perdido y lo sabes. Un último intento ya sin esperanza, una idea rápida y sucia que pasa por tu mente. Agarras la nuca de Samantha y empujas su cabeza hacia abajo. Ella se zafa, te mira desde un desprecio antiguo, como si en realidad no fuerais Samantha Roten y Julio Cantallops. Entonces lo ves claro: sois la representación de siglos de degradación y derrota. Desistes, qué otra cosa puedes hacer, niegas la ignominia, te tumbas a su lado, vacío de todo lo que no sean ganas de desaparecer, de ceder al sueño, de evadirte del mundo, de su aliento viciado. “Puedes quedarte, si quieres”. Ya le has dado la espalda, ya vuelves a contemplar el barco en el que Alicia se aleja. “Necesito dormir”, dice Samantha. “He bebido demasiado”. Sus palabras suenan a justificación innecesaria. Deberías ser tú quien se excusara, al menos eso asegura el guión de los desencuentros sexuales. No contestas. Clavas los ojos en la pared. No quieres volver a ver a Alicia. “Se está vengando por todo lo que le hice”, piensas, “por todo lo que dejé de hacer”. Toneladas de cobardía. Al rato, Samantha Roten empieza a roncar. Te dices que sus ronquidos, que el olor de sus pies, de tu saliva seca en su cuello, justificarían su asesinato. Entretienes el imprevisto insomnio recreando las múltiples maneras que se te ocurren para hacer que se evapore. Pero su presencia es inamoviblemente real, como tus ganas de gritar, de golpearte y golpearla.


martes, 10 de enero de 2012

Diario de un hombre cojo [22]

martes, 10 de enero de 2012

Estoy de bajón. No me apetece escribir, pero me fuerzo a ello. He pasado muy mala noche a causa de mis pies: los tenía helados. Normalmente, suelo tenerlos fríos, pero lo de esta noche no ha sido ni medio normal. El helor me llegaba hasta las rodillas y no había manera de que remitiera. Era tan intenso que incluso me producía dolor físico. Ya eran las tres de la madrugada cuando han empezado a adquirir una temperatura medianamente humana. Pero no, este bajón no tiene nada que ver con la temperatura de mis pies durante la noche. El causante, cómo no, es la literatura.
                Ayer recibí los ejemplares que me corresponden como autor de la novela Los artistas. El libro ha quedado precioso. La fotografía que Miguel Ángel Abraham hizo para la portada es estupenda. Posee fuerza y elegancia a partes iguales. Fue un auténtico subidón poder ver y tocar esos libros. Me sentía como un niño en la mañana de Reyes. Cómo no, lo anuncié en Facebook y fueron bastantes los que me felicitaron o le dieron al botón de “Me gusta”. Todo era perfecto hasta que me encerré en mi habitación para volver a leerla. Quizá esto motivó que se me congelaran los pies. Debería estar acostumbrado. Ya me pasó lo mismo tras la lectura, una vez publicada, de La historia que no pude o no supe escribir. Siento horror, un disgusto enorme. No me gusto. Querría hacerme con todos los ejemplares publicados y quemarlos. Que no quedara rastro. Curiosamente, esto nunca me ha pasado (al menos, no de un modo tan intenso) con la poesía. (Tema a analizar). Sé que con el transcurrir del tiempo me vuelvo indulgente. Por otro lado, me consta que hubo personas, entre ellas mi editor, a las que mi primera novela gustó bastante. Me digo que no debería ser tan duro conmigo. Mejor dejo el tema. Se supone (permitidme el chiste) que estoy o debería estar en fase de promoción. Dónde se ha visto que un autor diga de su propia obra que no vale la pena. Volveré al libro unos días más tarde, cuando esté más tranquilo. Seguro que veo las cosas de forma diferente. Será entonces cuando hable de él.
               No obstante, añadiré que esta novela, como le expliqué a Julia anoche por mail, es una especie de ejercicio de estilo donde lo principal es la cadencia enfermiza de las frases. Abuso, ciertamente, de los adjetivos. Caigo en un barroquismo que entiendo que pueda molestar. Pero se trata de algo hecho adrede. Si bien ahora no la escribiría del mismo modo, debo decir que hay pasajes de la novela que me siguen gustando (como el que publiqué en el blog el sábado 3 de diciembre de 2011, así como algunos otros que no desvelo aquí).
               Para finalizar, diré que esta novela forma parte de una trilogía. Esta trilogía (soy poco original, lo sé) se asienta sobre, como diría Kundera, la continuidad del mismo tema. Este tema no es otro que el de la Huida. En La historia que no pude o no supe escribir, me centro en lo que sucede tras esa huida, es decir, en la búsqueda que acontece después de que el protagonista rompa o crea romper con sus asfixiantes circunstancias. En Los artistas (que terminé de escribir en junio de 2008), trato de explicar los motivos (oscuros) que llevan al protagonista a desear la huida. Aquí me centro en las semanas previas a esa huida liberadora y, cómo no, engañosa. En Piscinas iluminadas, todavía no publicada, la huida física ya no es posible, por lo que el protagonista se ve forzado a la huida mental, es decir, a través de  la imaginación, algo mucho más peligroso, sobre todo en una mente enferma como la suya.
               Una vez dicho esto, resulta fácil llegar a la siguiente conclusión: la literatura es mi vía de escape, el viaje que emprenden todos mis protagonistas, lo que preciso para no desmoronarme. 
               Por lo demás, he decidido abandonar por un tiempo La novela luminosa. La paranoia empezaba a ser excesiva. Por recomendación de Julia, he iniciado la lectura de Cambiar de idea, de Zadie Smith. De momento he leído los dos primeros ensayos. La inglesa expresa con claridad, en una prosa muy bien escrita, todas sus ideas, cosa que se agradece. Zadie Smith es un ser equilibrado, razonable, con el que es difícil estar en desacuerdo. Cierto que sólo he leído los dos primeros ensayos ocasionales (así los llama ella) y que, además, estos dos primeros ensayos versan sobre autores  (Zora Neale Hurston y E.M. Foster) de los que no he leído absolutamente nada. Veremos si sigo pensando lo mismo cuando pase a hablar de temas más generales o de algún autor al que sí haya leído.
               Otra vez vuelvo a olvidarme de Sancevá. Seguro que está cabreado. Apuntaba como claro protagonista de este diario y llevo unos días en que no le doy ni bola. Mañana, lo prometo. Tengo la escena que quiero narrar en mente. Transcurre en la piscina comunitaria de mi (su) casa. No, no adelanto nada, por si luego cambio de idea.

(17:51)
Me acabo de dar cuenta de que en el muro de Facebook de Baile del Sol publican cada una de las entradas de este diario (los enlaces al blog, se entiende). Ups. Pienso que es posible que no les haga mucha gracia leer lo que esta mañana escribí sobre Los artistas. Tal vez pueda convencerles de que se trata de una modalidad poco convencional de promoción: hablar mal de uno mismo. Son tantos los que se creen geniales, los que hablan bien de sí mismos, que un poco de autoflagelación puede resultar estimulante. Desde aquí animo a todo el mundo a que compre la novela. Nunca deben hacer caso de lo que un autor opina sobre su propia obra. Como dice Levrero (¡maldición, otra vez!), «es sabido que los autores nunca dicen exactamente la verdad acerca de sus obras, a menudo porque la ignoran». Pues eso.


sábado, 3 de diciembre de 2011

Esto que llamo amor. Un fragmento de “Los artistas”, de próxima aparición

«Empezaré por el final, es decir, por el presente, por ahora mismo, por lo que sé más a allá de toda duda: esta vez es diferente. Esto que siento –perdona si sueno demasiado cursi o grotesco– no tiene nada que ver con ninguna historia del pasado, no se trata de pasión transitoria, de la ceguera que nos produce toda mujer nueva, por inventar y destruir. Tampoco, como puedes imaginar, tiene que ver con la comodidad o la aceptación, esos premios de consolación, lo hemos hablado tantas veces. Estuve a punto de ceder y caer en la trampa; tal vez, si no hubiera conocido a Silvia –se llama Silvia– me hallaría inmerso en esa mentira con la que combatimos la soledad, cualquier forma de miedo al futuro. En fin, no quiero ponerme trascendente, no quiero que pienses que me he vuelto loco. Sigo siendo Claudio, el pintor. Ya lo has visto. Pero Silvia es otra cosa, cómo explicarlo; me reafirma en el mundo y a la vez me salva de él. Es la distancia desde la cual todo se vuelve tolerable. Amo su cuerpo, su mente y su silencio. Como todos, tiene sus zonas de estupidez, pero siento que encajan a la perfección con las mías. Su forma de reír o de mirarme, la confianza, la ausencia de dudas, su bondad admisible. Me siento estúpido hablándote así. ¿Me odiarás si te digo que creo haber accedido a otro plano, a otro nivel en el que las cosas son más digeribles? No es que fuera un pesimista, ya lo sabes, pero el escepticismo estaba ahí, en nuestras conversaciones, en nuestros proyectos, en cualquier cosa que tuviera que resistir la llegada de un mañana, la exigencia de resultados. Supongo que no somos lo suficientemente estúpidos ni lo suficientemente inteligentes. Eso es lo peor, sin duda. Pero me estoy alargando y ya no sé ni lo que digo. No buscaba salvarme, por eso me salvé, por eso mismo me salvó. No sabría decirte de qué. Pero ahí estaba, en la inauguración de la exposición de Flora Camprubi, una compañera de la escuela de pintura, con su copa de cava en la mano, accesible y con ganas de charlar. Fue tan sencillo quedar para cenar con ella la noche siguiente, que ya he olvidado el subterfugio que empleé. Algo sobre Egon Schiele, algún discurso trasnochado sobre el destino extraño de los artistas. Conoces esos trucos. Me encontró divertido, tuve esa suerte. No habíamos llegado a los postres y yo ya lo sabía. Allí terminaba la búsqueda que nunca fui consciente de emprender. Fui capaz de relajarme mientras removía el café. Sus ojos, ya los has visto, esos ojos me lo dijeron todo. No hubo esfuerzo. No hacía falta fingir, o quizá solo lo imprescindible para hacerlo durar más. Insisto: no se trataba de fascinación, eso no dura, es un embuste, o tal vez lo fuera, pero de un modo distinto. Fascinación por lo que estaba sucediendo, sobre todo dentro de mí, por lo que iba tomando forma sin que pudiera controlarlo, feliz ante el espectáculo, cada vez más convencido. Lo demás no es muy diferente a una historia común. Hubo otras citas, otras palabras, sexo y desayunos; sesiones fotográficas, historias del pasado, inverosímiles ahora; paseos y bares, algún que otro plan para los días que vienen, los meses, puede que los años; planes minúsculos, apenas esbozados, no hace falta mucho más. Lo curioso es que cualquiera que me oyese diría que he caído en la trampa, pero créeme si te digo que nunca antes me sentí más libre, más Claudio, más imprescindible fuera de esto que –a falta de otro nombre o por pereza– llamo amor».


Fragmento de Los artistas (Baile del sol, 2011), de Javier Cánaves