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lunes, 13 de julio de 2020

Junio. 3 articulillos


Golpear la piñata
La antiglobalización se vende muy barata y eso que la gente está ávida por llevarse a casa su pedacito de antiglobalización, un suvenir en forma de frase reivindicativa con la que dar comienzo o rematar cualquier comida familiar o con amigos. La expansión del coronavirus ha sido la guinda que le faltaba a un pastel ya de por sí bastante recargado. Quien más quien menos te vende antiglobalización, a diestra y siniestra. En ocasiones, lo llaman altermundismo, o salvar el planeta, o America First. Manu Chao y Michael Moore son personajes conocidos del movimiento antiglobalización; de igual forma, Marie Le Pen o nuestro Santiago Abascal no se cortan un pelo a la hora de golpear la piñata de moda. Pero, ¿qué caerá cuando entre todos le abramos la barriga? ¿Un mundo mejor, más justo y próspero? Eso es lo que querríamos todos, bueno, casi todos. Pero, ¿y si nos llueven piedras? ¿Y si lo que llega es retroceso económico y moral? ¿Y si después de todo el demonio era otro?UH, 02/06/20

*


La lechuzaEs tomar la salida de S’Estanyol y olvidarte de que existe algo que se llama Ma-19, Palma, zapato cerrado o camisa. Desde hace unos años, venimos a Sa Ràpita a pasar unos días. Los pinos y la lechuza que por las noches nos habla y el sempiterno trampolín frente al restaurante Es Racó no parecen haberse percatado de que atravesamos una crisis. Aquí paseo, monto en bicicleta y, cuando los niños me dejan, me siento en el balancín que hay en el jardín de la casa y leo. Ahora ando con una novela de David Pérez Vega, Caminaré entre las ratas. En ella, el aliento de la anterior crisis, la de raíz financiera, lo enturbia todo. Su protagonista, hijo de los suburbios, va cayendo de trabajo en trabajo, de uno esclavizante y mal pagado a otro precario y peor pagado. Lo veo nadar, al protagonista, contra la corriente, pero la corriente es poderosa y el impossible is nothing de los anuncios americanos no es más que un chiste tramposo, de mal gusto. Cuando cierro el libro, la lechuza lenguaraz me pregunta por la vida y yo cierro los ojos y espero a que los pinos me susurren la respuesta. Saldremos de esta, le digo. Pero la lechuza ya no está. UH, 16/06/20 


*



Trompetas del Apocalipsis

¿Cuándo empezaron a sonar las trompetas del Apocalipsis? Los siete ángeles llevan tiempo tocando. A veces se toman un descanso, pero siempre regresan. Hace meses los vieron por Wuham. Comenzaron de manera suave, casi imperceptible; calentaban motores. Pronto tuvieron a todo el mundo danzando a su compás. Antes, los vieron por las calles de Caracas y las de Atenas, por las calles de Puerto Príncipe y las de Buenos Aires, por las calles de Bagdad y las de Ramala. Hay quienes dicen que iniciaron su gira en el Word Trade Center allá por el año 2001. Otros, en cambio, aseguran que su gira oficial dio comienzo en Los Angeles dos décadas atrás, el 5 de junio de 1981. Por qué no. Los siete ángeles en Los Angeles tocando Esta enfermedad sin vacuna. Su melodía, triste y estridente, rebotando por el mundo, de Madrid a Sao Paulo, de Texas a Lisboa. Pero no, yo creo que los siete ángeles con sus siete trompetas ya amenizaban las deliberaciones de los 113 países participantes en la primera cumbre del clima celebrada en Estocolmo en 1972. Es difícil saber cuándo empezó el principio del fin. Lo cierto es que las trompetas llevan tiempo sonando. Cada vez más tristes y estridentes.

UH, 30/06/20

sábado, 27 de agosto de 2016

Unos días de agosto (fragmentos de un diario)

martes, 16 de agosto de 2016

Un agosto de relatos: de un lado, los de Koundara, escritos por David Pérez Vega, de otro, los de De qué nos enamoramos, de Roman Simić. Los primeros, como escribió David en la dedicatoria del ejemplar que tengo en casa, son "cuentos realistas de corte norteamericano". En ellos, desfilan jóvenes a punto de abandonar la juventud, inmersos en trabajos precarios que difícilmente los colmarán, asfixiados por la falta de oportunidades de mejora, por el turbio futuro que se cierne sobre ellos... Creo que fue Bauman quien dijo que, por primera vez en la historia reciente, los jóvenes de hoy no tenían verdaderas expectativas de superar el nivel de vida alcanzado por sus padres. De eso van estos relatos (más bien: este es el marco en el que se mueven los personajes de estos relatos). Respecto al libro de Simić, se trata de un realismo menos descriptivo, más evocador, igualmente eficaz. De la España en crisis, a la Croacia de posguerra... Por cierto, compré Koundara a través de la tienda on line de Baile del Sol. Al abrir el paquete que lo contenía, me encontré con la grata sorpresa de De qué nos enamoramos. Bien por ellos.


jueves, 18 de agosto de 2016

Rim Jong-Sim, la gimnasta norcoreana ganadora de un oro en los actuales Juegos de Rio: “Lo primero en lo que pensé cuando supe que había ganado es que había hecho feliz a nuestro amado líder". Es leer “amado líder” y pensar en el Gorrión Supremo de Juego de Tronos. Acto seguido, acude a mi mente aquel poema de Nicanor Parra en el que asegura que el futuro será comunista y cristiano o no será. Pienso en la contradicción que esconden estos cultos personalistas, en la cantidad de odio y fe de que estamos hechos los humanos. O adoramos el individualismo o adoramos la sumisión. ¿De verdad? El individualismo también precisa de amados líderes fuertes. Mira a tu alrededor. Paulatinamente, nos vamos convirtiendo en fanáticos y devotos. La corrupción de los Lannister frente al puritanismo proselitista de la Fe de los Siete. PP y Podemos. Trump y Clinton. Defensores del toreo y antitaurinos. Etc. Los extremos se distancian, se refuerzan en sus posiciones. La devoción acrítica frente al cinismo (o devoción al dinero). ¿Quién será nuestro Jon Nieve, nuestra Daenerys Targaryen? ¿Un nuevo amado líder? El sol nos ciega mientras la noche se aproxima… Y ya saben lo que dicen de la noche: que es oscura y alberga cosas terribles.


lunes, 22 de agosto de 2016

“Si a todo esto lo quieren llamar arte, subrayemos que es arte efímero. Todo es fugaz en el Dallol, como corresponde a la extraordinaria geodinámica de la zona. Todo es cambiante. Las zonas que ayer estaban tranquilas hoy tienen una inquietante actividad. Las fumarolas que ayer humeaban al oeste hoy lo hacen al este. Las flores de sal que lucían blancas hoy están amarillas, y pasado mañana, rojas. Y desaparecerán para germinar en otros lugares”. Ha sido leer esto (en El País) y recordar Solaris, de Stalislaw Lem.


viernes, 26 de agosto de 2016

Leo los diarios de Piglia. Me resultan muy estimulantes. Descubro que últimamente, como lector (y también como escritor), me siento atraído por dos vertientes de la literatura: de un lado, la que podría englobarse dentro de la llamada autoficción, en la que se incluirían (incluiría yo) los diarios; de otro, esa ficción extraña (recuerda: novelas breves y enigmáticas) que trata de escapar de los terrenos trillados (muchas veces adoptando las formas de la búsqueda, del misterio) y que en ocasiones tiende a lo absurdo o inexplicable (pero de manera contenida). ¿Ejemplos en mi producción? Mi Berghof particular (autoficción diarística) y Oslo (breve y enigmática). ¿Ejemplos en la producción de otros (lecturas recientes)? Dentro de la primera categoría: Burdeos, de Levrero, y Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación, de Piglia. De la segunda: La reina de las nieves, de Gandolfo, y El cielo que nos tienes prometido, de Guillermo Aguirre.



martes, 22 de julio de 2014

"Post" vacacional

Los libros de la semana
Pensabas que lo tenías todo bajo control y te sorprende el día fijado como plazo máximo para la entrega de tu artículo semanal sin haber escrito nada, es más, sin saber sobre qué escribir. La culpa, por supuesto, es de estas escasas pero intensas dos semanas de vacaciones. El calor, tus dos hijas y, sobre todo, la ausencia de prensa y telediarios durante los últimos catorce días hacen que llegues a la fecha límite con los bolsillos llenos de arena de playa y envoltorios de caramelos. Si esto mismo le ocurre a mi hija mayor, en plena preadolescencia, le cae una buena bronca. ¿Qué hacer? Tras unos minutos de reflexión, decido decantarme por algo tan típico por estas fechas y, a la vez, tan anacrónico como la recomendación de una novela, El hombre ajeno, la última que leí. En ella, su autor, David Pérez Vega, aborda con lucidez, es decir, sin sentimentalismos baratos, temas tan espinosos como la culpa, la atracción por la violencia, la inmigración, el mundo de los trabajos precarios o las pobres perspectivas laborales de los universitarios españoles. Por lo demás, este viernes, a las 20 horas, en la Biblioteca de Babel, Nacho Tajahuerce y un servidor presentaremos El rostro del mundo. Apúntenlo en su móvil y si tienen la desgracia de no haber podido escapar de la ciudad, pásense a escuchar a este joven poeta de Zaragoza y a este viejo presentador con problemas de dicción y miedo escénico. Puede ser divertido. El libro bien lo merece: poesía social, humana, tierna, hecha de cotidianidad, sentido del humor y amor por la vida.

ULTIMA HORA, 22/07/14

martes, 4 de marzo de 2014

Charles Bukowski. Los autores no importan

De cada vez lo tengo más claro: los autores no importan. Importa la obra, no el autor. Tal vez por esto mis notas biográficas van menguando a medida que cumplo años. ¿Que a Kafka le gustaba hurgarse la nariz después de comer? ¿Que Kundera una vez se soltó un pedo en el ascensor de un hotel de 5 estrellas? ¿Que Coetzee detesta las corridas de toros? Interesante para biografías y entrevistas, pero aquí no hablamos de eso; lo hacemos de literatura y relevancia. Ah, ya sé: tal hecho sirve para explicar tal característica de su obra; sin tal dato no la podríamos entender de manera cabal; etc. Perfecto. Pero qué quieren que les diga. Me suena a periferia, a desviar la atención, a justificación o relleno. En estas breves líneas hablamos de arte, o esa es nuestra intención. Me refiero a esa cosa tan denostada por estas tierras. A ver: beber en exceso, dormir en el banco de un parque público, pelearte con cierta frecuencia en bares inmundos que no cierran nunca, no te hará mejor escritor. Hablar de tales logros en las solapas de tus libros es un reclamo para malos epígonos de ya sabemos quién. ¿Que el escritor en cuestión fue un dechado de virtudes? ¿Que nunca le deseó el mal a nadie? ¿Que no se hurgaba la nariz ni soltaba ventosidades? Mejor para su santa esposa, sus dulces hijos y sus pacientes amigos. A mí no me importa: no lo traté. Al final, lo que queda, con un mucho de suerte, son los versos, las novelas… Lo demás, como decía aquel guatemalteco guasón, es silencio.

Este arranque de escritura lo ha propiciado la lectura de Fragmentos de un cuaderno manchado de vino. Relatos y ensayos inéditos (1944-1990), de Charles Bukowski. Me lo regalaron por mi último cumpleaños, seis meses atrás. Debo reconocer que difícilmente me habría hecho con él por propia iniciativa. Cosas buenas de celebrar los aniversarios. Hace poco escribí en un cuaderno (en realidad documento Word) sin manchas de vino ni de ninguna otra clase: “Muchas veces, ni nuestros mejores amigos aciertan con los libros que nos regalan. De todos modos, esta falta de tino no siempre es mala. Gracias a ella, leí libros que todavía recuerdo”. Bien, a lo que iba. La prosa de Bukowski transmite brío y autenticidad, una vez subido a ella resulta difícil bajarse. Con esto, con su estilo*, es con lo que hay que quedarse. Lo otro, lo que lo convirtió en mito para adolescentes, es secundario. Si vas a literaturizar tus vivencias, si vas a caer en esa marranada, recuerda que lo realmente importante es cómo las cuentes, no si te emborrachas más o menos, si follas más o menos, etc.  Dicho esto, no convendría olvidar que la exageración es un recurso literario de lo más útil. Bukowski  lo sabía: “estoy convencido de que nuestra exageración crea Arte”. Pero exagerar no implica hacerte pasar por lo que no eres (no confundir sinceridad con autenticidad). Si caes en ese vicio o debilidad, tu prosa y especialmente tus versos se resentirán. Es muy difícil disfrazar la falsedad; la cosa apesta. Por supuesto, nos estamos refiriendo a un determinado modo de entender la literatura…

Charles Bukowski: Ni beber hace a un escritor ni meterse en trifulcas hace a un escritor, y aunque he hecho en abundancia tanto lo uno como lo otro, es una mera falacia y un romanticismo enfermizo dar por sentado que todos estos actos harán de uno mejor escritor. Como es natural, hay ocasiones en las que uno tiene que pelear y ocasiones en las que uno tiene que beber, pero en realidad esas ocasiones son anticreativas y no hay nada que hacer al respecto.

David Pérez Vega dice algo al respecto en su poema “Charles Bukowski”, incluido en su libro El bar de Lee. Traigo aquí dos versos de este estupendo poema:

si quieres escribir como Bukowski antes de beber
como Bukowski intenta leer como Bukowski.


Otra manera de abordar el tema:

Entrañas

Tal vez debiera pasar la noche en el banco de un parque,
escribir con los dedos de la resaca perforando mis sienes,
pelearme con cierta frecuencia en bares inmundos que no cierran nunca
o dilapidar toda mi paga en los hipódromos
para alcanzar al fin el Gran Poema,
para escribir poemas de verdad,
es decir,
con las entrañas, pero ocurre
que tengo la costumbre de teclear mis poemas con los dedos
de mis manos, que soy propietario de una casa con sus paredes
y techo, que apenas trasnocho, ya que siempre preferí escribir
por las mañanas, que mis únicas peleas son con los horarios,
las palabras y mis hijas, que llego a fin de mes
sin excesivos agobios y, además
y para colmo,
nunca apuesto…

Tras todo lo expuesto, queda claro
que va a ser imposible
escribir el Gran Poema,
ni siquiera –me temo–
uno pasable.

Y, sin embargo,
aquí me tienes, tecleando en la oficina
mientras suenan todos los teléfonos del mundo
y escucho pasos incansables a mi espalda,
lo que me obliga a ocultar a cada instante
el documento Word en el que escribo
este poema insulso

sin rastro de órganos
que, por mi bien, mantengo a buen recaudo.



* ¿Y qué era el estilo para Bukowski? Dejemos que sea él quien responda:

Este chico me dijo la otra noche: “Bukowski, puedo escribir como tú pero tú no puedes escribir como yo”. No le contesté porque necesita jactarse de sí mismo, pero en realidad, sólo cree que puede escribir como yo. El genio puede ser la habilidad para decir cosas profundas de una manera sencilla, o incluso decir algo sencillo de una manera más sencilla aún.

(…)

El estilo supone no escudarse en absoluto.
El estilo supone no poner fachada en absoluto.
El estilo es una naturalidad definitiva.
El estilo supone un hombre solo con miles de millones de hombres alrededor.



Todas las citas de Bukowski han sido extraídas de Fragmentos de un cuaderno manchado de vino 

lunes, 9 de septiembre de 2013

Reseña de Piscinas iluminadas en el blog Desde la ciudad sin cines

Entre otras cosas, David Pérez Vega, en su blog Desde la ciudad sin cines, dice, refiriéndose a Piscinas iluminadas (Baile del sol, 2013), lo siguiente: 

Si apunté que en Los artistas Cánaves consigue crear una atmósfera de derrota, opresiva y densa, que emularía la de las obras de Juan Carlos Onetti –autor al que admira–, en Piscinas iluminadas he creído detectar otras influencias. La novela me ha parecido profundamente nihilista, y el homenaje a El extranjero de Albert Camus me parece claro. Durante las escasas semanas en las que transcurre el tiempo de la novela, se insiste en la idea del calor, del verano asfixiante de Palma: “El calor y la elegancia no son compatibles”, apunta el narrador; además la frase “Es el calor” la pronuncia varias veces para justificar su comportamiento errático, igual que Meursault –el extranjero– acabó disparando a alguien en la playa porque hacía calor.
Otra de las influencias sería Michel Houellebecq, heredero también del existencialismo y del nihilismo francés; ya que en Piscinas iluminadas, como una diferencia respecto a sus novelas anteriores, Cánaves insiste en la idea del sexo por el sexo, usando un lenguaje para describirlo más vulgar que el de sus pasadas novelas. Un sexo desprejuiciado que, en todo caso, tampoco consigue aliviar la sensación de perdición del hombre. 
Y también me ha parecido percatarme de la influencia de Thomas Bernhard, ya que en Piscinas iluminadas hay frases o párrafos que van repitiéndose a lo largo de sus páginas como en las construcciones musicales de Bernhard.

Carlos conduce por la isla de Mallorca, sin encender el aire acondicionado del coche a pesar del calor asfixiante, toma cafés en terrazas mientras subraya los libros que lee, acude a una oficina a trabajar, donde piensa que a pesar de los años que dedicó a estudiar realiza tareas irrelevantes que cualquiera podría llevar a cabo, bebe solo, no se comunica con su mujer, se masturba, contempla por la noche la piscina iluminada de su urbanización desde la terraza… Y también se encierra en el “cuarto del ordenador” para llevar a cabo su “tarea autojustificativa”. 
Respecto a este último punto se usa un tema de construcción narrativa que me ha parecido ingenioso: el narrador nos dice de vez en cuando que se halla en la ciudad de Lanka, en un quinto piso sin ascensor, donde se encuentra con Sophie, una atractiva mulata que responde a todos sus requerimientos sexuales. El lector acabará deduciendo que ese quinto piso sin ascensor se corresponde con el cuarto de escribir de Carlos, y que Lanka y Sophie simbolizan su fantasía de evasión, o en términos freudianos simbolizan el “ello” (donde los deseos sexuales y de evasión se cumplen).

Lee la reseña completa pinchando AQUÍ.

lunes, 22 de julio de 2013

Nueve notas sobre ‘El bar de Lee’, de David Pérez Vega


1.

David Pérez Vega es mi amigo. David Pérez Vega ha reseñado tres de mis libros publicados hasta la fecha. Cada cierto tiempo, intercambiamos mails o hablamos por teléfono. Una vez me quedé a dormir en su casa madrileña. Cada verano, suele venir a Mallorca acompañando a los chavales del colegio donde trabaja en su viaje de fin de curso. En tales ocasiones, solemos quedar y nos pasamos buena parte de la noche hablando de libros leídos y por leer, escritos y por escribir. En lo tocante a narrativa, es una de las personas cuyo criterio más tengo en cuenta a la hora de acercarme a autores desconocidos por mí. Compartimos, por ejemplo, la pasión por tipos como Levrero o Bolaño. Hace ya tiempo que su blog “Desde la ciudad sin cines” es uno de mis blogs de referencia.

Necesitaba contar todo esto antes de ponerme a escribir sobre El bar de Lee, su último libro publicado. Todo lo que pueda decir, tanto lo bueno como lo no tan bueno, debe ser contemplado a través del tamiz de nuestra amistad. Un tamiz, el de la amistad, engañoso…  


2.

Bien. Me dejo de preámbulos. Hace unas semanas terminé de leer El bar de Lee. ¿Qué podemos encontrar en los poemas de David Pérez Vega? Dejemos que sea el propio autor quien responda:

las imágenes de un borracho solitario
al que trataba de dignificar sobre el papel,
un maestro que cruzó mi niñez, una mirada
indagadora sobre la vocación  o un exorcismo
sobre mi vida universitaria a los veinte años.

Efectivamente, un intento de dignificación, una mirada indagadora, un exorcismo a través de las palabras, esto es lo que encontrará el lector que se acerque a los poemas de El bar de Lee. Pero me estoy adelantando. Empiezo por el final. Estos cinco versos pertenecen a “Fingidor”, poema que clausura el libro. Situémonos en el principio, en el deseo que alienta todo impulso literario y que tanto peso tiene es este conjunto de poemas.  


3.

Ya desde niño, David Pérez Vega soñaba con convertirse en escritor de novelas. Un niño de Móstoles que sueña con ser escritor, un niño rodeado de otros niños que sueñan  con convertirse en estrellas del fútbol. Aquel sentimiento de raro, de diferente, se enquista en su interior y crece con los años. No tiene con quién compartir su pasión. Es su secreto, su esplendoroso jardín privado. Inevitablemente, llega la mitificación. Inevitablemente, la realidad circundante (un Móstoles reconocible, palpable) deviene escenario perfecto para el ritual del desencanto. Las diferentes lecturas (infantiles, juveniles, adultas), de las que Pérez Vega da buena cuenta a lo largo del libro, se convierten en el respiradero imprescindible, en la vía de escape que le permite habitar un mundo más amable y, sobre todo, más interesante. Todo este material cristaliza y se hace literatura en El bar de Lee.

Se trata, hasta cierto punto, de un ajuste de cuentas con aquellos años de aprendizaje y consolidación de una vocación a la contra. Un ajuste de cuentas a través de la indagación retrospectiva, un ajuste de cuentas que deviene exorcismo y, en última instancia, dignificación de aquella etapa vital.


4.

El bar de Lee está compuesto por dos poemarios independientes que se complementan: Móstoles era una fiesta, escrito entre diciembre de 1997 y septiembre de 1998, y El calvo del Sonora, escrito una década después, entre los meses de enero y agosto de 2008. Dice el propio Pérez Vega en el prólogo del libro: “(…) considero ambos libros fuertemente ligados. El acercamiento que supone El calvo del Sonora a los mismos lugares, y en algunos casos a los mismos temas, ya planteados en aquel primer poemario (…), potencia las ideas inaugurales, reformulándolas una década después”.


5.

Es evidente la influencia de escritores como Cesare Pavese, Juan Luis Panero (“como una terca imagen del fracaso”, podemos leer en el poema que da título al segundo poemario), Charles Bukowski o Roberto Bolaño. Tal vez por esto, los poemas de David Pérez son auto-referenciales y narrativos, generalmente largos, como pequeños relatos a los que se obligara a encajar en estructuras poéticas, aunque convendría no olvidar, en este punto, que Pérez Vega creció y forjó su mitología literaria leyendo, sobre todo, novelas. En este sentido, las diferentes citas que pueblan ambos poemarios son especialmente reveladoras. Tal vez en Móstoles era una fiesta se intenta un mayor vuelo lírico, pero es en El calvo del Sonora, a mi modo de ver, donde David Pérez Vega encuentra su voz más personal, la que maneja con mayor soltura. En este poemario se encuentran los mejores poemas del conjunto. Estos poemas, si cabe, son más narrativos, más prosaicos, y esta característica les sienta muy bien. También percibo mayor madurez en ellos, una mirada más incisiva, un mejor manejo de las herramientas idiomáticas. Contraponiendo ambos poemarios, creo que el primero es más irregular que el segundo: alterna grandes poemas con otros menos logrados. Esta fluctuación, pienso, no se da en El calvo del Sonora, de un nivel más sostenido.


6.

En los poemas de El bar de Lee, el autor indaga en su pasado desde la clarividencia que dan la distancia y la superación. La auto-referencialidad y la autenticidad que los poemas desprenden, unidas a un lenguaje que apuesta por la claridad argumentativa, consiguen que olvidemos el hecho de estar leyendo poemas, es decir, construcciones verbales que buscan un determinado resultado estético, y tengamos la sensación de estar leyendo a un hombre, un hombre cercano, sin grandes épicas, un hombre que supo encontrar su camino pese al desencanto y desaliento circundantes. Esto, sin duda, es uno de los grandes logros del libro.

No obstante, no habría que olvidar, como señalaba Pessoa y como recuerda Pérez Vega en su poema final, que el poeta es un fingidor. Que el lector de los poemas se los crea es el gran triunfo del poeta, el triple sobre la bocina de Larry Bird (y aquí la sinceridad no juega un papel relevante, aquí el papel relevante lo desempeña la pericia del autor al plasmar en palabras aquellas experiencias, aquellos sentimientos).


7.

Se trata de un libro que puede callar la boca de aquellos que tradicionalmente se declaran enemigos de la poesía por considerarla incomprensible o afectada. 


8.

Como aspecto menos positivo, podríamos señalar la manera de versificar de David Pérez Vega. Es en este punto donde más se nota su eminente carácter de narrador. Los versos no siempre responden a una respiración o ritmo (y no estoy pensando en términos métricos). De todos modos, este hecho solamente se da en contadas ocasiones y, cuando sucede, no interfiere en la lectura, en la fuerza evocadora que los poemas de David Pérez Vega suelen desprender.


9.

Para terminar, debo decir que he disfrutado de la lectura de El bar de Lee. Entré en el mundo del poeta, me creí sus recuerdos, sus argumentos. Su emoción y su desencanto fueron mi ilusión y mi desencanto. Esto, tan fácil de escribir, resulta muy complicado de realizar. Lo sé por experiencia.

Mis poemas favoritos son los que se encuentran en la primera y tercera parte de El calvo del Sonora, las tituladas “En mi territorio” y “En el tiempo de Einstein”. En ellas pueden leerse poemas con gran fuerza evocadora como “Al sol”, “Llaves”, “Charles Bukowski” o “El día que me largué de Físicas”. Otros poemas igualmente destacables son “Nieve”, con el que se abre el libro, “Bifurcaciones” o “Rechazando a McKeihan”.

Pero me temo que, pese a tanta palabra, no he logrado transmitir la esencia del libro, lo que el lector que decida acercarse a estos poemas encontrará. Por ello, transcribo dos de mis favoritos. El primero pertenece a Móstoles era una fiesta; el segundo, a El calvo del Sonora.  





NIEVE


Montevideo era verde en mi infancia
absolutamente verde y con tranvías
(...) era tan diferente, era verde.

              Mario Benedetti

Blanca, limpia sobre las capotas de los coches,
entre los dedos deshojados de los árboles,
leves puntadas amarillas en las copas
oscuras como un oro enlutado de tiempo
caído en el fango del invierno,
así ha caído esta noche la nieve de la infancia
sobre las capotas de los coches.

Parece ya una fotografía tan lejana,
coches antiguos, rojos desvaídos, camuflados por el esplendor
del blanco, resignados sobre el asfalto roto, enmohecido,
en el que jugábamos al fútbol, cuando no había
tantos coches rojos cubiertos por la nieve.

Jugábamos en la calle. Veo la farola
escuálida que era un poste y el árbol
deshojado, descarnado, que era el otro, con nieve en sus horquillas
y la puerta verde que no estaba en mi infancia.

Yo era un Arconada de gomaespuma con mis guantes de gomaespuma
bajo los palos del mismísimo cielo;
a veces amanecía nevado, igual que hoy, hace catorce años, y
nos lanzábamos bolas fulgurantes de risa, de latón y de agua
con la nieve recogida del capó de los coches
que hoy ha vuelto a caer entre los dedos huesudos
de los árboles, con pinceladas impresionistas de hojas
amarillas gastadas por el ladrido de los perros,
sobre el aparcamiento incesante de árboles marrones.
Cuando podaban esos árboles saltábamos sobre las
ramas apiladas, cavábamos túneles en ellas,
eran una cama elástica y un refugio de guerra.

Y ahora, estudiando análisis contable, esas ramas
vuelven a crecer igual que vuelve a caer la nieve.
Entre las nubes frías de la mañana lo observo
desde la terraza, esperanzado
de que así vuelva a crecer la infancia.



CHARLES BUKOWSKI

Qué tiempos tan frustrantes fueron aquellos años: tener el deseo y la necesidad de vivir pero no la habilidad.

C. Bukowski

No en la biblioteca, fue en un bar.
El Vudu-Mama –otro local ya sólo persistente
en el itinerario de nuestros recuerdos,
en el vagar de las palabras por la ciudad invisible–,
allí escuché por primera vez a The Doors,
The Who o The Clash… Es decir, su dueño
(con un anillo en forma de ojo) moldeó
gran parte de la banda sonora de mi vida…
y los cuidados cartelitos tras la barra:

Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones
        Charles Bukowski
La máquina de follar
        Charles Bukowski

Un cantante, pensé, hasta que leí la noticia
sobre la publicación de su biografía. Mataba
el tiempo en la biblioteca de la calle Quintana
antes de ir a la academia de Físicas. Allí, en 1994,
una semana antes de su muerte, nos encontramos.

Yo era un lector entonces de ciencia-ficción
o terror. Me evadía, pero eso ya no era suficiente,
estaba perdido, bloqueado, necesitaba respuestas,
claves para entender a los otros o a mí mismo,
y apareció aquel tipo de la generación de mis abuelos
y del otro lado del mundo. Llegué a conocer su vida
mejor que la de mis padres. No podía creer
que su colegio de Los Angeles en la década de los 30
fuese igual que el mío en el Móstoles de los 80.
Y si la literatura posee alguna magia ha de ser ésta.

Un consejo para principiantes:
si quieres escribir como Bukowski antes de beber
como Bukowski intenta leer como Bukowski.
Estuve meses en la biblioteca de Móstoles
buscando los mismos libros que él sacaba
de la biblioteca de La Ciénaga en Los Angeles,
cincuenta años antes, porque a mí tampoco
me gustaba estar donde me había tocado
y no tenía muchas cosas a las que aferrarme
y el sarcasmo feroz y tierno de Bukowski
representó para mí, en cierto modo, la estaca
que pude clavarle al corazón
podrido de la realidad de entonces.

Y después leería a muchos más escritores,
repletos de recursos, pero hay ciertas filiaciones
que perduran más en relación con la necesidad
que con el intelecto.
          Con él aprendí
dos cosas que aún me acompañan:

a ) Que si no la traicionaba siempre tendría
a la literatura a mi lado para salir adelante.

b) Que cuando estalla un mundo, aunque sea
el tuyo, si aguantas con el coraje suficiente,
estarás allí para ver resurgir otro de sus cenizas.




sábado, 5 de noviembre de 2011

PASSAU, un poema de David Pérez Vega

  
Los vigilantes del museo de El Prado
la saludaban. Le gustaba el arte,
estudiaba una carrera que lo mezclaba
con la economía y los idiomas; hacía prácticas
en galerías, museos, tasaba obras.
Esas carreras existen en Alemania,
esa vida existe en Alemania. «¡Oh, El Prado!»,
decía. Con el pelo negro era la más guapa
de todas las alemanas que conocí en Madrid,
sus ojos tan azules. Me llevó a exposiciones
de vanguardia en mi propia ciudad,
donde había gente que conseguía exponer
cosas espantosas a precios desorbitados (al menos
invitaban a copas). ¿Cómo podían conseguir
esos chollos? ¿Dónde se estudiaba para pintar
o fotografiar esos engendros y vivir del arte,
ser prestigioso o publicar en revistas? Me llevó
a fiestas de elegantes galeristas, de cuidadísimas
barbas descuidadas y coletas canosas,
gente como muy de Nueva York, como muy guay
(esta palabra la ha admitido la Real Academia
y siento que el niño que fui y la usaba
se ha hecho viejo), gente que desdeñaría
trabajos como el mío, que diría: «Oh, qué horrible,
yo no podría trabajar en algo así, me moriría!»,
con mucha afectación, con mucha sensibilidad,
como si yo no prefiriese admirar cuadros,
esculpir o vender monigotes, a revisar cuentas,
a oír: «No llegamos, habrá que trabajar el fin
de semana… no, horas extras, no las puede soportar el job».

Con sus ojos tan azules me contaba cómo era Passau,
la pequeña ciudad universitaria al sur de Alemania
(cerca de República Checa y Austria) donde estudiaba;
los árboles, la casa compartida con amigas, los paseos
en bicicleta… Me gustaba oírlo, me gustaba
mucho oírlo, imaginarme allí en Centroeuropa
con unos cuantos años menos, paseando en bicicleta
con despreocupadas muchachas rubias o morenas
de ojos azules, estudiando idiomas, arte, historia,
literatura… Sí, esas cosas o algo así.


De Siempre nos quedará Casablanca