Esta mañana, a eso de la siete menos
cuarto, se me ocurrió el principio de una novela que probablemente nunca llegue
a escribir. Empezaba con un hombre saliendo de su casa aún de noche para tomar
un avión. Ya en el taxi, seguía dándole vueltas a ese inicio. Por suerte, me
tocó un taxista sin ganas de charlar. Para mi sorpresa, escuchaba la Ser. Una
evidencia más de que el mundo que conocemos se resquebraja a marchas forzadas.
Pasado el control de seguridad, la novela o, para ser más exacto, el arranque
de la novela andaba en trámites de disipación. Pero las piernas de una rubia en
minifalda reflotaron el proyecto. Fue inevitable imaginarse una especie de
mujer fatal, una mujer instalada junto al asiento de mi protagonista. Esta
suerte –al menos, así deben percibirlo lector y protagonista– funcionará a modo
de detonante. Como escribiría el escritor de segunda que soy: pistoletazo de
salida. Charla ligera pero medio intencionada. Nueva coincidencia en la fila de
los taxis. Él mira hacia atrás y se encuentra la sonrisa de la rubia –que en mi
relato será pelirroja–. Mi protagonista sopesa la posibilidad de proponerle
compartir taxi. No, no es tan intrépido. Y, sin embargo –¡oh, milagro! Dios
existe, cómo no va a existir– vuelven a encontrarse en la recepción del NH
Núñez de Balboa. ¿Es posible tanta casualidad? ¿No vendrás al congreso de
talleristas?, preguntará él, pero –ya es mala suerte– me ha tocado sentarme al
lado de un compañero de trabajo, por lo que me veo obligado a interrumpir mis
ensoñaciones y encarar una conversación perfectamente previsible sobre temas
laborales. Ya en Madrid, todo es vorágine, mails y reuniones. Son casi las ocho
de la tarde cuando salgo de la oficina. Voy directo al hotel. Me muero por
sacarme el traje y tirarme en la cama para gigantes en la que dormiré esta
noche y jugar al Block Puzzle que, a petición de mi hija, me instalé en el
móvil la semana pasada. Después de una hora, me entra hambre, por lo que decido
salir a explorar la zona. Acabo en una hamburguesería de diseño en la que la
hamburguesa más barata cuesta doce euros. El encargado me pregunta si estoy
solo. Suena horrible, dicho así. En la mesa, hablo con mi mujer y mi hija. Una
video-llamada. Están en la cama de matrimonio. Mi hija me pregunta si ando con
mis amigos. No, he venido solo, le digo. Las echo a faltar y a la vez me hace
bien estar solo en tierra de nadie, con un libro, rodeado de extraños. Sin
duda, el libro me da un toque demodé. El mundo se resquebraja, pero yo me hago
fuerte en mi anacronismo analógico. Juego a verme desde fuera, pero pronto me
aburro. Me entrego a la lectura: Natalia Ginzburg. Se me ocurre, una vez engullidos los doce
euros de carne de vacuno acompañados de una cerveza doble, que ahora sí podría
empezar esa novela que imaginé. Pido la cuenta, deseo regresar al hotel para
sentarme a escribir. Traje conmigo la Surface. Escribir a mano se me antoja un
ocho mil inconquistable. En cambio, con un teclado, en una habitación de hotel,
puedo convertirme en el rey del mambo, en el puto Marco Pantani de las letras.
Sin pensarlo mucho, me pongo a teclear. No empiezo con la novela –todo lo que
implique más de un día de trabajo queda relegado a ese lugar medio fantasioso
llamado “cuando tenga tiempo”–, sino que tecleo sobre el principio de la
jornada, cuando salí de casa y aún era de noche. Vuelve a ser de noche. La una.
Algo más de seiscientas palabras. No está mal. Cosas que pueda terminar al poco
de ser iniciadas, ahora mi actividad literaria debe ceñirse a esto. Empezar,
terminar y a otra cosa. Creo que se trata de la primera crónica de hotel que
escribo en mi vida. Brindo con agua del grifo y me meto en la cama. Buenas
noches.
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lunes, 8 de abril de 2019
miércoles, 3 de octubre de 2018
El Leopoldo María Panero del articulismo balear
Viernes
Me para un conocido por la calle y me dice: «Joder, esta mañana he leído tu artículo en Última Hora y no he entendido nada. Tío, es que siempre me pasa lo mismo contigo. ¿Tú fumas algo antes de sentarte a escribir? Es que te lo digo en serio. Lo he leído dos veces a ver si lo pillaba y ni por estas. Y escribes bien, eh, que no digo yo que no, pero, joder, es que no hay por dónde pillarte». Yo sonrío mientras mi mente busca una respuesta a toda velocidad. Se me ocurre que podría decirle algo del tipo: la inteligibilidad está sobrevalorada, pero se me antoja demasiado arriesgado. Al final, después de consultarlo con mis zapatos y los adoquines del suelo, le suelto: «A ver si en el próximo…», y lo dejo ahí. Nos despedimos. Sigo mi camino sintiéndome el Leopoldo María Panero del articulismo balear.
jueves, 2 de agosto de 2018
DOS SUCESOS (CASI) PARANORMALES
Ayer,
una persona a la que conozco algo, me escribió tras haber leído Piscinas iluminadas. «Sí puedo decir»,
afirmaba tras unas primeras líneas dubitativas, «que me ha gustado mucho, es
rica en léxico y en sentimientos, y profunda, y muy inquietante». Aquí, claro,
mi sonrisa se estiraba. Pero la cosa no terminaba con esta frase feliz, seguía:
«Si la hubiera leído sin conocerte no habría sabido qué pensar. Después de
leerla conociéndote, todavía estoy más desconcertada». Fue leer esto y recordar
una entrevista que le hicieron a finales de 2011 a Joaquin Phoenix. En un
momento dado, el periodista le comentaba al actor que no parecía muy afectado
por el hecho de haberse quedado fuera de la disputa por los Oscar, a lo que
Phoenix respondía: «El gran objetivo de cualquier actor o cineasta hoy en día
parece ser ir a los Oscar. Eso me resulta desconcertante. Quizás porque soy un
idealista creo que la mayoría de películas deberían aspirar a tener una vida,
encontrar a su público, conquistarlo, desconcertarlo... que tu aspiración
máxima sea ganar un premio o vender muchos dvds me parece descorazonador».
Encontrar tu propio público, seducirlo, desconcertarlo… y que comparta contigo
ese desconcierto, esa inquietud. ¿Se puede pedir más? Sí, claro, ganar premios
y vender mucho, ¿no?
Ya por
la tarde, me recluí en un bar cerca de la oficina. Un par de horas para comer
algo, tomarme una caña y leer con tranquilidad. Acabado el recreo y ya pagado
lo consumido, la dueña del local o la que yo pensé la dueña me detuvo para
decirme que mi cara le era familiar. Ella no me sonaba de nada, así que me
limité a sonreír y encogerme de hombros. Lo sé, soy un tipo muy elocuente. La
mujer abandonó la barra, se acercó a una mesita baja en la que había
depositados algunos periódicos y agarró uno del montón, un ejemplar del Última
Hora. Lo abrió por sus páginas centrales y con el dedo índice señaló la foto
que acompaña los articulillos que me publican en este medio. «¿Eres tú?», quiso
saber. Asentí. Me sentía algo desconcertado. Por su vehemencia, porque era la
primera vez que alguien me reconocía a causa de esa pequeña foto en blanco y
negro. «Al principio, por tu forma de vestir, pensé que eras un empleado de
banca, de CaixaBank, aquí al lado hay una oficina, pero la cosa no terminaba de
cuadrarme. Le estuve dando vueltas hasta que se encendió la luz. ¡El de los
artículos!». «El mismo», sonreí. «¿Sabías que conozco a Meneses?». No, no lo
sabía. «También escribe en el Última Hora. Una vez, le dedicó una de sus
columnas a este bar. ¿La has leído? Está colgada en la pared del fondo». No la
había leído. Me dirigí al lugar señalado. Leí la columna y volví a la barra.
«Quién sabe, tal vez este encuentro me inspire un articulillo». Es todo lo que
se me ocurrió. Ella: «¿Has comido bien?». Yo: «Muy bien». Parecía satisfecha.
Yo lo estaba. Me despedí y salí al infierno. Debido al repentino aumento de mi
estatura, casi golpeé mi cabeza con el dintel de la puerta.
lunes, 18 de diciembre de 2017
Antes del viento / Muertes en directo (fragmentos de un diario)
11.12.17.- Día ventoso. Las hojas se agarran
desesperadamente a las ramas de los árboles para no salir despedidas. A su vez,
las ramas se aferran a los troncos y las raíces de estos, al suelo que los
ampara. Los pocos que pasean por las aceras lo hacen con las cabezas hundidas,
como si temieran que una fuerte ráfaga se las llevara lejos. Imagino cabezas
rodando por las calles de la ciudad, descolocadas —nunca mejor dicho— frente a
esta nueva situación. Imagino que una cabeza llega rodando hasta la puerta de
casa. Le doy la bienvenida, me instalo con ella en el salón. Sin que le
pregunte, empieza a hablar del viento. Me dice que el viento es peligroso, que
todo lo agita y desordena. Las cosas se mueven y cuando esto sucede todo es
posible. Me olvido de la cabeza y me acerco a la ventana. Contemplo el
exterior. Los árboles bailan sin compás perceptible y las cabezas de las
personas ya no saben que más hacer para protegerse, como si una realidad
paralela —e inquietante— quisiera conquistar esta otra realidad que nos ha
tocado en suerte. El viento pasará porque todo termina por pasar. Entonces,
tocará hacer balance y recuento. Cosas habrán cambiado. Tal vez usted ya no sea
exactamente igual a como era antes del viento.
13.12.17.- Muertes en directo, en streaming. De las
plazas públicas a las redes sociales. El placer morboso saltando de siglo en
siglo. Lo detectas en ti. Te estremeces. De ser esto un cuento de Bolaño,
empezarías a temblar. En realidad, llevarías todo el día temblando, a pesar de
los cerca de veinte grados que reinan en tu habitación. Dudarías de las imágenes
que la ventana ofrece, dudarías de seguir vivo, dudarías de todo… Pero esto no
es un cuento de Bolaño. Esto no es un cuento, se dice el personaje en que te
vas transformando un poco a sabiendas, aunque tal vez todo sea un cuento y,
como ocurre con los cuentos, el tono es la clave. El tono antes que la
anécdota, decía el fallecido Piglia, del que leemos los diarios del personaje
en que se fue transformando, un poco a sabiendas. Muertes en directo, en
streaming. Me hago palomitas. Me pongo cómodo. Comparto esto.
lunes, 21 de agosto de 2017
El trampolín
(Agosto)
Hubo un tiempo en que me sentía
irremediablemente atraído por el mundo de la caza. Ignoro por qué. Algún cuento
leído durante mi primera infancia, alguna película vista en una de esas
interminables tardes estivales, quién sabe. No es que me escapara de casa a la
menor oportunidad para satisfacer ese afán de aventura y peligro que de manera
inconsciente asociaba a la palabra “caza”. Ya entonces prefería encerrarme en
mi habitación para improvisar argumentos en los que, invariablemente, me veía
en la tesitura de tener que salvar a la mujer de mi vida –y ya de paso a la
humanidad entera– de una muerte segura. Por supuesto, si mi vida no corría
peligro, la cosa carecía de gracia.
Pero todo cambió
el día que un amigo puso en mis manos un fusil –así lo llamó– de pesca
submarina.
Aquel
verano, mis padres habían alquilado un apartamento en Sa Ràpita. Era la primera
vez que veraneábamos en aquel lugar, un pueblo costero de calles rectas,
idénticas entre sí, sin árboles ni una mísera iglesia que sirviera de centro de
reunión. Los días se estiraban como chicles pegados a las suelas de nuestras
chanclas. Los meses de julio y agosto siempre han sabido cómo deformar el
contorno de las cosas. Todo se estira o se vuelve pegajoso. Permanecer conmigo
mismo, a solas, era casi tan desolador y nocivo como permanecer junto a mis
padres.
Casi todas las
tardes me acercaba a las rocas donde se encontraba el trampolín. Acudía allí
con la esperanza de trabar amistad con alguno de los chicos del pueblo. Pero
aquella tarde fui con Diego, el elegido para ser mi salvador. Recurrí a él
porque, entre mi grupo de amigos del colegio, era el único que había
manifestado su predisposición a visitarme y porque, además, sus padres
mantenían buenas relaciones con los míos.
Diego,
pese a sus doce años, era todo un experto en pesca submarina. Era capaz de
pasarse la tarde entera sumergido en el agua. En más de una ocasión, de manera
disimulada, escruté su cuerpo en busca de escamas o el indicio de branquias o
aletas. Sus pulmones y su paciencia merecían un monográfico en alguna revista
especializada en el asunto. Durante sus prolongadas inmersiones, me preguntaba
si había sido una buena idea invitarlo a pasar unos días con nosotros. Estar
con mi amigo y estar solo eran prácticamente la misma cosa. Por eso me alegré tanto
cuando propuso enseñarme a pescar.
Nos
recuerdo en el embarcadero donde la gente extendía sus toallas, el mismo lugar
desde el que tantas veces había contemplado la monotonía aplastante del cielo.
Allí me explicó los rudimentos básicos del oficio: cómo cargar el fusil, por
dónde moverse, la cantidad de paciencia necesaria para el buen desempeño de la
tarea y, finalmente, cómo apuntar y disparar.
Entré
al mar con el fusil cargado, lleno de ilusión, pero a los diez minutos ya
empezaba a añorar la áspera caricia de las rocas en mi culo. Las algas del
fondo, perezosas, se burlaban de mí, y un inicio de calambre coqueteaba con mi
pantorrilla izquierda cuando, de pronto, surgido de las profundidades, vi al
pez. Aquel ser se desplazaba con una naturalidad y una parsimonia que me
resultaron extraterrestres, del todo envidiables. Había llegado la hora de
poner fin a aquel sinsentido.
Pasé
por alto los consejos de mi amigo. Lo apremiante en aquel momento era regresar
a las rocas, ver si alguno de los chicos o las chicas que por allí recalaban
todas las tardes –pensaba en una chica en concreto, la del bañador azul, de una
sola pieza, como de nadadora profesional– se apiadaban de mí. Disparé sin
pensarlo, sin apuntar, como el que arroja una colilla recién apurada en un
callejón repleto de ellas. Nunca fue más amarga la llamada suerte del
principiante.
Salí
del agua abatido, con aquel pececillo atravesado por mi arpón. El efecto lupa
de las gafas de buceo lo habían transformado en una especie Moby Dick. Todavía
boqueaba cuando lo liberé del hierro que casi lo parte por la mitad. Parecía
pedirme explicaciones, o hacer volutas invisibles con su último aliento. Vi que
Diego se acercaba a toda prisa para ver qué había cazado. Lancé al mar, lo más
lejos que pude, aquel pez agonizante. Que al menos muriera en su terreno, con
los suyos.
-¿Qué
pescaste? –preguntó Diego una vez a mi lado.
-Nada,
no era nada –dije.
-¿Nada?
-Un
trozo de alga, creo. Me confundí.
-Suele
pasarle a los novatos, no te preocupes –trató de tranquilizarme mi amigo.
Asentí
y desvié la mirada hacia el mar.
-Tienes
los ojos rojos –advirtió Diego.
Yo
seguía con la vista clavada en el horizonte. Oía los gritos de los chicos que
en aquellos momentos saltaban desde el trampolín. Eran como las voces del
televisor que llegaban a mi cuarto cuando me encerraba para inventar historias.
Desde que tengo uso de razón, me gusta encerrarme para improvisar cuentos. Por
lo demás, aquel verano terminé conociendo a la chica del bañador azul. Cayó
sobre mí por accidente, o eso al menos es lo que dijo. Yo pasaba por debajo del
trampolín cuando ella saltó. Diego ya había regresado con sus padres y yo ya
había desechado la idea de convertirme en cazador. La acompañé varias tardes
hasta su casa. Me gustaba pasear a su lado. Me hacía sentir especial, como un
intrépido explorador adentrándose en un continente ignoto. No recuerdo si
llegamos a despedirnos el día antes de mi partida. No recuerdo el portal de su
casa, ni siquiera su nombre. Recuerdo el bañador azul, y la emoción ante la
posibilidad de agarrar su mano, y el zumbido de aquellas tardes eternas,
mientras daba mis primeros pasos por aquel mundo incipiente, aún por devastar.
miércoles, 10 de mayo de 2017
De Chirovici a Carnero pasando por Mónica Ojeda (apuntes en un diario)
09/05/17.- De la entrevista a E.O. Chirovici
publicada hoy en El Mundo: “Nuestra
mente no funciona como una cámara de vídeo”, es decir, “no graba todo aquello
que vemos”, sino que es más bien “un guionista que a la ve vez hace de director
e inventa las películas –los recuerdos– a partir de fragmentos de la realidad”.
“No almacenamos imágenes sino sentido, significados”. Es así porque “nuestro
cerebro no está preparado para diferenciar entre realidad y ficción. Es por eso
que lloramos cuando vemos una película que nos emociona, aunque sepamos que el
protagonista no muere al final, que no es real. Nosotros lo sabemos, pero
nuestro cerebro no”. Se me ocurre que llegará el día en que nuestro cerebro,
después de siglos de enfrentarse, de vivir ficciones, aprenderá a diferenciar
ficción de realidad, lo que supondrá la muerte de la ficción. Su sofisticación,
de algún modo, es señal de su declive. Y hablando de sofisticación…
Imagino a Mónica Ojeda leyendo Los detectives salvajes y Las teorías salvajes. Quiere convertirse
en Roberto Oloixarac, en Pola Bolaño. Intuye que en la palabra salvaje se encuentra el futuro de la
mejor literatura (la que ella piensa la mejor literatura), la condenada a
desaparecer. La oralidad, la complejización de la realidad, la sexualidad sin
ataduras, la frontera, la hibridación compulsiva, la atracción que ejerce toda
forma de radicalidad, la transformación de la cultura, es decir, de la
sociedad, es decir, del mundo… Todo ello pasado por el túrmix de lo salvaje.
Imagino a Mónica Ojeda en una habitación, tomando notas para la escritura de Nefando. Me sumerjo en Google. Leo lo que
Víctor Balcells escribió sobre ella. Me voy a Imágenes. Contemplo el rostro
sonriente de Ojeda. Parece tan accesible. Me desconecto. Prosigo con su
lectura.
10/05/17.- Leo la entrevista que Guillermo Carnero
concede a El País. Me parece mentira
que alguien tan culto pueda estar tan desconectado de la realidad. Me invade la
sensación de haberme sumergido en la hemeroteca. La lectura de la entrevista me
deja triste. No entiendo muy bien por qué.
lunes, 8 de mayo de 2017
Discurso de escritor
Amoldas tu discurso de escritor a lo que
las circunstancias (tu carácter, tus limitaciones, las decisiones que tomaste,
las inercias del día a día, los compromisos, etc.) imponen. Con esto quiero
decir que tu discurso nace de lo que conseguiste, o sea, que se amoldó a tu
biografía. No lo construiste previamente, no se trata de un constructo
abstracto, situado en el inicio o en una especie de horizonte ideal. De ser
otras las circunstancias, tu discurso sería otro. Esto, siendo una
perogrullada, viene bien recordarlo. Nos indica que nuestras convicciones (o
metas, o posicionamientos, etc.) en este terreno son lábiles y responden,
muchas veces, a una necesidad de supervivencia, de autojustificación. ¿En qué se
traduce esto? En algo así: me interesa la opinión de los lectores, no la de los
críticos (el que vende mucho pero recibe malas críticas), jamás pienso en los
lectores porque entiendo la escritura como una guerra conmigo mismo (el que apenas
vende pero tiene buena prensa), sólo busco poder sacar mis novelitas sin apuros
de plazo, con total libertad, para ese público ideal al que aspiro (el que lo
intentó pero no pudo), etc.
domingo, 2 de abril de 2017
Escribir no siempre es divertido
22/03/17.- Horas trabajando en una
nueva novela. Corregí los dos capítulos terminados, dejé prácticamente cerrado
el tercero y avancé en la escritura de un cuarto, todavía incipiente. Tuve que
lidiar con unos párrafos farragosos pero necesarios para el desarrollo posterior
de la trama. Escribir no siempre es divertido. Hay veces que uno preferiría
arreglar la ducha del baño de las niñas o salir a regar el jardín. Pero si has
decidido escribir una nueva novela en un mundo saturado de nuevas novelas,
debes pasar por el aro. Nadie te pidió que lo hicieras. El mundo no necesita tu
nueva novela. Pero has querido escribirla, así que arremángate e intentar dar
lo mejor de ti mismo. Bien. Así lo hice. Me sentía razonablemente satisfecho.
Pero entonces ocurrió el desastre. Perdí todos los cambios. Sustituí el archivo
existente por otro anterior. No puedo restaurar versiones anteriores ni
recurrir a la papelera de reciclaje. Mierda. Superada la negación inicial y la
subsiguiente desesperación, sólo queda la aceptación, la sensación de vacío.
¿Dónde coño se fueron todas esas palabras? Con todo, esto no ha sido lo peor
que me ha pasado en este sentido. Hará cosa de año y medio, perdí un documento
Word con cerca de 300 páginas. Casi 300 páginas de poemas inéditos. Muchos de
ellos eran descartes, cierto, pero uno no siempre descarta por razones de
calidad. También había versiones alternativas de poema publicados y otros
poemas más experimentales a los que no había sabido darles salida. Me consolé
diciendo que era mejor así. A veces es necesario soltar lastre. Pero duele. Te
sientes un imbécil. Y ahora qué, te dices. Pero sigues. Aunque nadie te lo
pida. Aunque el mundo no precise de un nuevo libro tuyo. Existen aficiones más
letales e igual de innecesarias. Incluso más. Fin del desahogo. Dejo de llorar
y sigo.
martes, 21 de febrero de 2017
Michel Onfray y la compasión
“A menudo la compasión impide pensar, mientras que pensar no impide la compasión. Uno puedo optar también por una compasión contenida, privada, íntima, y no considerar digna esa exhibición de lágrimas, gritos, llantos, sollozos, y todo en presencia de cámaras y fotógrafos. La exhibición de la compasión no es necesariamente una prueba de compasión, pero sí lo es de exhibición. Después de La Rochefoucault y los moralistas franceses, Nietzsche nos ha enseñado a desconfiar de la compasión: a menudo es una de las modalidades del amor a uno mismo: ¡Dios, qué grande se siente uno cuando se hace pequeño! ¡Dios, qué orgulloso está uno cuando exhibe su modestia! ¡Dios, qué egoísta es uno cuando convierte en espectáculo su amor por los demás! Dejemos a un lado el narcisismo de nuestra época, que hace de la exhibición del pathos un valor superior al ejercicio del pensamiento”.
Michel Onfray, Pensar el islam
[20/02/17-. Sábado. Me despierto a
las ocho. Finiquito la lectura de Pensar
el islam, de Michel Onfray (es lo que tiene tener a una hija viviendo en
las inmediaciones de Toulouse). Después de desayunar, me descargo el manual del
usuario de la caldera para tratar de arreglarla (desde ayer estamos sin agua
caliente). Un tema de presión. Por lo visto, se encuentra por debajo de los
niveles adecuados. Al final, basta con abrir el grifo de carga. Salgo al
jardín. Luce el sol. Armo el cortacésped nuevo y me pongo manos a la obra. Me
siento bien. A medida que avanzo, el jardín gana en belleza. Contemplo los
progresos en el mismo instante en que estos se producen. Eso motiva. Sudo. Me
acerco a la cocina y me abro una cerveza. Vierto el césped cortado en una bolsa
de basura y me voy a la parte de atrás de la casa. Arranco las malas hierbas
que tienen sitiado al naranjo. Sigo sintiéndome bien, sin rastros de las nubes
negras que, tras la lectura de Onfray, amenazaron con ensombrecer el día.
Agarro las tijeras de podar y acometo los últimos retoques. Me tumbo sobre el
césped y contemplo el cielo azul. Vértigo y felicidad se disputan mi pecho. Guardo
la máquina cortacésped. Son las dos. He quedado a las dos y media en casa de
mis suegros para comer un asado. Mi hija pequeña y mi mujer me esperan allí. Me
ducho y salgo de casa].
domingo, 12 de febrero de 2017
No me gusta hablar de mi vertiente literaria en el trabajo / Las formas
martes
Me cuenta una compañera de trabajo que la
amiga con la que había quedado para tomar algo se presentó a la cita con un
libro. Tras los saludos rituales, tomaron asiento y empezaron a charlar. El
libro descansaba sobre la mesa, ajeno a la conversación. En un momento dado, mi
compañera de trabajo se fijó en su portada. Ahí estaba mi nombre. Lo agarró y
miró en su interior: ahí estaba mi foto. Divertida, comentó que conocía al
autor, que trabajaba con él. La casualidad le hizo gracia. Por mi parte, me
hizo feliz saber que hay gente por ahí dispuesta a gastarse unos euros por
comprar uno de mis libros. Eso sí, no pude evitar sonrojarme cuando me lo
contó. No me gusta hablar de mi vertiente literaria en el trabajo. Me incomoda
bastante, la verdad. El libro en cuestión es Piscinas iluminadas.
jueves
La mayoría silenciosa, la que no se
manifiesta… Mi vida virtual desvirtúa el mundo de ahí fuera, mi visión de él.
Tomo plena conciencia de este hecho cuando, en una conversación en el trabajo,
me encuentro con varias personas defendiendo la gestión de Trump, sus ideas.
Vienen a decir que su problema reside en las formas, no en el fondo. Me asusta
la poca importancia que, por lo general, se otorga a las formas. Se empieza con
una relajación en las formas y se acaba con una mayoría silenciosa aplaudiendo
desde sus casas la constitución de un estado totalitario, en el que no se
respeta la separación de poderes.
[fragmentos de un diario]
lunes, 16 de enero de 2017
¿QUÉ PASA CON LA POESÍA?
13/01/17
Leo la sección “Libros más vendidos” de un
conocido suplemento cultural. Me centro en la lista que aparece bajo el
epígrafe “ficción”. Carlos Ruiz Zafón, Dolores Redondo e Ildefonso Falcones
ocupan los tres primeros puestos. No me sorprendo, tampoco me indigno
(¿debería?). Eso sí, hubiese preferido leer los nombres de Ricardo Piglia, Eric
Chevillard o Vicente Valero (por poner tres ejemplos un poco al azar). Queda
claro que hablar de ventas y hablar de calidad (o profundidad, o complejidad,
etc.) nunca ha sido lo mismo, en ninguna disciplina consolidada (pueden
coincidir o no, y muchas veces no lo hacen). Nos movemos en el terreno de lo
obvio, de lo ya superado, al menos en lo tocante a narrativa (por no
extendernos mucho más allá). Entonces, ¿qué pasa con la poesía? Sencillo, que se
revuelve ante una nueva realidad para muchos incómoda, triste o desasosegante.
Pero tranquilos, volverá la calma, al fin y al cabo, no se trata de un “intrusismo”
devastador. Nadie ha “robado” lectores a nadie, ni siquiera ventas. Podría
escribirse que el mundo de la poesía en España ha dejado su inmaculado reducto
celeste (donde las polémicas hablaban de concursos literarios y bandos
fratricidas) para entrar de lleno en el sucio mundo del mercado, con sus
contradicciones y comparaciones odiosas.
Lo realmente interesante para los que
rondamos ese mundo es batirnos en duelo con nosotros mismo para ser capaces de
escribir algo que no nos avergüence del todo unos días después.
16/01/17
Leo en El
Mundo, en un artículo de Darío Prieto dedicado al compositor Philip Glass
con motivo de la inminente aparición en España de sus memorias, Palabras sin música: “Glass es uno de
los pocos ejemplos de autores que han podido sacar a la música culta de su ataúd para acercarla al
público de las músicas populares”.
El mismo artículo recoge el consejo que
Ornette Coleman dio a Philip Glass: “Philip, no olvides que el mundo de la
música y el negocio musical no son la misma cosa”. ¿No conecta de algún modo
con lo que escribí el viernes?
¿Tendremos que volver a hablar de poesía
culta y poesía popular? ¿Es necesario recordar que el mundo de la literatura y
el negocio literario no son la misma cosa?
(No se me escapa que dentro de lo popular
existen infinidad de gradaciones).
(Segunda acotación: no se trata de
contraponer lo culto a lo popular, hoy en día carece de sentido –debate muy
viejo, quiero creer que superado. Por otra parte, en muchos aspectos me siento
más cercano a esa cosa llamada cultura popular que a esa otra cosa denominada
alta cultura. Ambas cumplen su función y son necesarias).
Cuando empecé a escribir poesía más o
menos en serio, ya existía esta diferencia, quiero decir: entre los lectores
“serios” (constantes, críticos, vocacionales) de poesía no se consideraba lo
mismo leer a Mario Benedetti que leer a José Ángel Valente. La diferencia
estriba en que aquellos lectores de Benedetti podían/podíamos (y muchas veces lo hacían/lo hicimos) dar el
salto al otro lado (de ida y vuelta o definitivo). Hoy, esto es más difícil que
se produzca, ya que muchos de estos nuevos lectores de “poesía” no llegan a
ella por amor a la propia poesía, tras un proceso de indagación motivado por
una querencia que ya estaba allí, en su interior, sino por caminos laterales,
coyunturales, caminos que no les dotan (porque tampoco las buscan) de las
herramientas precisas para asentarse en ese nuevo mundo, por lo que su paso por
él ha de ser a la fuerza temporal.
¿Dónde está el drama? ¿Cuál es el
problema? No termino de verlo.
viernes, 13 de enero de 2017
El futuro vendrá y nos pillará en pelotas
Hablo del futuro con mi hija mayor. Se
encuentra en esa edad en que el mundo de los adultos, con sus preocupaciones y
rutinas, con sus agobios y cansancios, se le presenta como algo lejano, que
nunca la alcanzará. Si le hablo de formación y esfuerzo, bosteza
indisimuladamente y le echa un vistazo a su móvil, a escasos centímetros de sus
manos (la obligué a soltarlo para poder mantener una charla con ella). Menciono
la necesidad de dominar el inglés (ella ya habla francés y español a la perfección),
de ser capaz de entender y analizar textos complejos y transmitir después esa
información, le hablo de la inminente robotización de millones de puestos de
trabajo, de la especialización (además de la capacidad de análisis) necesaria
para no caer en esa bolsa de desplazados que veremos surgir por la inevitable
automatización de las funciones que venían desempeñando hasta el momento. Tal
vez me esté pasando, sólo tienes trece años. Me recuerdo a mí mismo bostezando
cuando a mis padres les daba por hablarme del futuro. El futuro vendrá y nos
pillará en pelotas. Tal vez estas charlas no sirvan de nada. Los hechos nos
definen, no las palabras. Sólo el ejemplo puede dejar un poso en esa mente aún
en formación. Doy por concluida la charla y me dirijo al baño. Le dedico al
espejo mis mejores caras de tipo inteligente, íntegro. No me convenzo.
jueves, 24 de noviembre de 2016
Felicidad lectora (breve apunte)
Leo el primero de los relatos que conforman El cerebro musical, de César Aira (lectura recomendada por Nadal Suau en la cena que siguió a la presentación de El vol de la cendra, de Joan Payeras) y una sensación de felicidad me embarga por completo. Esto hace que recuerde la primera vez que leí al argentino. Se trataba de su novela Cumpleaños. Ya entonces su lectura me hizo feliz. Hablo de felicidad lectora, no siempre coincidente con la lectura de lo que podríamos considerar buena literatura. Es un concepto extraño, que manejo con dificultad. La felicidad lectora suele ir acompañada del impulso de escribir. Puesto que no tengo nada en marcha, recurro al apunte. No hace mucho, creo que el año pasado, tras la lectura de una novela de Richard Brautigan, anoté lo siguiente: “El placer que me producen los libros de Richard Brautigan me recuerda al placer que siento cuando voy a cenar a un restaurante hindú. Esto quiere ser una declaración de amor. Mi aspiración como escritor: lograr que alguien se sienta así de feliz al leerme”. De nuevo aparece la felicidad. Sin pretenderlo (empecé a escribir sin tener claro a dónde quería llegar), he emparentado a Brautigan con Aira. ¿Tiene algún sentido? No mucho, la verdad, pero quién dijo que felicidad y sentido tuvieran que ir de la mano.
lunes, 21 de noviembre de 2016
Noviembre: Trump, Cohen, Marquard
10/11/16.- Ganó
Trump y yo me puse (¡por fin!) con el césped del jardín. La chica que me vendió
las semillas me advirtió de la inconveniencia del momento. En breve llegará el
frío de verdad y eso no es bueno para el césped. Decidí arriesgarme. Ya de
noche, duchado y cenado, me senté frente al televisor y vi un poco de tele: las
explicaciones (por qué pasó lo que pasó) y predicciones (qué podemos esperar del futuro) de los expertos. Todos parecían satisfechos, recién
aterrizados de un viaje alucinado. Apagué el televisor y me fui a la cama. Coni
me esperaba despierta. Decidimos ver el primer capítulo de Utopía.
La
mayoría somos simples y sentimentales. En política, los discursos elaborados no
funcionan. Si quieres conquistar el corazón del gran público deberás elaborar
discursos simples y sentimentales. No hay más.
11/11/16.- Ayer
murió Leonard Cohen. Me apetece transcribir la carta que el canadiense envió a Marianne
cuando supo que ésta estaba a punto de morir. No he podido evitar emocionarme
al leerla. «Bien, Marianne, hemos llegado a este tiempo en que somos tan viejos
que nuestros cuerpos se caen a pedazos; pienso que te seguiré muy pronto. Que
sepas que estoy tan cerca de ti que, si extiendes tu mano, creo que podrás
tocar la mía. Ya sabes que siempre te he amado por tu belleza y tu sabiduría
pero no necesito extenderme sobre eso ya que tú lo sabes todo. Solo quiero
desearte un buen viaje. Adiós, vieja amiga. Todo el amor, te veré por el camino».
Ya
lo dije, simples y sentimentales.
17/11/16.- El
mayor enemigo de occidente es el islamismo radical, aceptemos esta premisa. Sus
métodos nos repugnan y asustan a partes iguales, o eso decimos. Me pregunto qué
opción vencería si convocásemos un referéndum con la siguiente pregunta: ¿Está
a favor de la incorporación del castigo corporal, latigazos por ejemplo, en el
código penal español? Últimamente, los demócratas convencidos andan asustados.
¿Saber lo que piensa la gente? ¡Qué locura! Ejercicios de riesgo, los justos.
Ah la voluntad del pueblo, ¡qué peligrosa puede ser! ¿Y cómo hemos llegado a
esta situación?, se preguntan algunos, incrédulos. Pienso que tal vez nunca
alcanzamos las metas que creímos conquistar. A su vez, llevo días con el nombre
de Odo Marquard en la cabeza. El pensador alemán aseguraba que “cuando los
progresos culturales son realmente un éxito y eliminan el mal, raramente
despiertan entusiasmo; más bien se dan por supuestos, y la atención se
concentra entonces en los males que continúan existiendo”. ¿Irán por ahí los
tiros? No lo sé. Lo que sí sé es que el futuro inmediato parece sonreír a
aquellos que creen en milagros. ¡Temblad, tecnócratas! El infierno existe y os
está esperando…
miércoles, 5 de octubre de 2016
Diario: nuevos fragmentos
lunes, 05 de
septiembre de 2016
El
estilo es lo principal, pero no debe parecerlo. Lo peor, sin duda, es la
afectación –tan nuestra.
(...)
martes, 06 de
septiembre de 2016
(...)
Ayer
leí un cuento de Luciano Lamberti que me gustó bastante.
jueves, 08 de
septiembre de 2016
He
seguido leyendo cuentos de Lamberti. Hay unos cuantos disponibles en Internet.
Alterno su lectura con la de los cuentos de Fabián Casas (Titanes del coco) y la de los diarios de Piglia. Todo muy
argentino.
viernes, 09 de
septiembre de 2016
Pierre
Lemaitre (hoy, en El Mundo): “Mi
problema es que, pese al Goncourt y a las buenas ventas, siempre seré
considerado una figura menor en el ámbito de las letras. La prensa de
izquierdas me detesta. ¡Aunque yo sea de izquierdas! Les parece un pecado que
mis textos sean fáciles de leer. ¿Qué quieren? ¿Literatura pretenciosa? Eso es
fácil de hacer, podría publicar tres libros al año. El esnobismo imperante en
los medios llamados progresistas determina que el trabajo enorme que requiere
construir una historia eficaz y fácil de leer, no tiene valor. Y debe ser
insoportable para ciertos críticos y escritores que yo haya empezado tan tarde
y haya tenido tanto éxito, premio Goncourt incluido. Me consideran un artesano,
no un artista. Qué se le va a hacer”.
jueves, 22 de
septiembre de 2016
viernes, 23 de
septiembre de 2016
Últimamente, me resulta imposible
encontrar tiempo de calidad para sentarme a escribir. Obligaciones laborales,
familiares y sociales lo impiden. Tal vez, de utilizar bolígrafo y cuaderno y
llevarlos siempre conmigo, podría aprovechar de manera más eficaz los breves huecos
que el día me ofrece. Pero no, uno no puede reanudar su escritura sin más, por
el simple hecho de disponer de cuarenta minutos. Sentarse a escribir supone
todo un proceso. Verme obligado a escribir, a mis 43 años, párrafos como éste
apunta a una especie de fracaso vital, de objetivo no cumplido.
lunes,
26 de septiembre de 2016
El
sábado diluvió todo el día. Instalado cómodamente en el salón de casa, veía
cómo la lluvia caía en el jardín. Las lombrices emergían de la tierra y se
deslizaban sobre las baldosas. Parecían pequeñas serpientes o grandes
excrementos de pez. Voluntaria o involuntariamente, iban directas a la piscina.
No es la primera vez que observo este comportamiento. Como no flotan ni saben
nadar, los gusanos suicidas acaban en el fondo, lo que me obliga a tener que pasar
el aspirador para deshacerme de sus cadáveres. Observándolas, pensé en Pedro
Sánchez y los suyos. Alarmado, me deshice de la imagen y seguí leyendo Blitz, de David Trueba.
El
domingo salió el sol e invitamos a mi hermana, su marido y su hijo a pasar el
día con nosotros. Antes de su llegada, tuve tiempo de trabajar en el jardín y
limpiar la piscina. El trabajo físico me sentó bien. La realización de tareas
físicas y útiles, visiblemente útiles, apreciables, robustece el alma y nos
predispone a la amistad y el amor. Tras el baño sanador, me puse frente a la
barbacoa y me encargué de asar la carne para los invitados. Fue un domingo
feliz. Todos fuimos felices. Coni y yo terminamos el día haciendo el amor.
miércoles,
28 de septiembre de 2016
(...) A estas alturas, creo tener claro la
manera en que quiero escribir, más allá de la historia o historias que me
apetezca contar. Si he añadido un punto de incertidumbre a la frase anterior se
debe a que, a lo largo de mi vida, he adquirido convencimientos similares que
después he terminado por abandonar. Diría que el punto de inflexión se produjo
con la lectura del inicio de Bandoleros,
de João Gilberto Noll. Antes ya se había producido una desviación. Esta
desviación pasó por diferentes etapas y adquirió su forma definitiva (al menos,
hasta la fecha) tras ese arranque de novela. La putada de esto es que se
produce a mis 43 años, edad en la que lo más decente sería plantearse abandonar
todo intento de escritura. Lo sensato sería dedicarse en cuerpo y alma a la
familia y el jardín. Escribir por amor al arte es una frivolidad de difícil
justificación. Pero también es cierto que ya he alcanzado una edad en la que lo
más sensato es prescindir de las justificaciones…
martes,
04 de octubre de 2016
El
PSOE, ante su falta de respuesta/propuesta, ha decidido suicidarse. Mejor
pegarse un tiro a que te lo peguen, pensarán. Los de Ciudadanos, con razón,
tiemblan. En el PP y en Podemos se frotan las manos. Airean la cabeza de
Sánchez como reclamo. Se avecina estampida y lo saben. Sus enemigos se la
sirvieron, como suele decirse, en bandeja. Ya no hay más alternativa que
Podemos. El miedo que pretenden dar (y que dan) a los dueños del Ibex 35 y
adláteres también asusta a los tibios socialdemócratas que jamás hubiesen
votado a IU. Todos sabemos cómo terminará la película. Qué lejos quedan
aquellos 123 escaños del PP. Amortizado el trago de la Gürtel (por mucho que
ahora se haya iniciado el juicio), ya sólo les resta vender estabilidad y
continuidad para seguir agrandando sus arcas (de votos, se entiende). Los
optimistas dicen que el PSOE tardará años en reponerse del golpe; los
realistas, que es un zombie político
que se desgarrará en prime time hasta
su desaparición final.
miércoles, 05 de
octubre de 2016
Paso muchas tardes jugando con Sofía. Inevitable recordar los días que Floriane pasaba conmigo, lejos de su casa francesa. Nos sentía solos frente al mundo. Hablo de diez, de seis, de cuatro años
atrás. Ahora, como entonces, lo mejor de mí brota de un modo natural. Nunca seré
tan paciente, tan generoso, tan afectuoso como en estas tardes dedicadas a
Sofía. No es que luego el amor se atenúe, lo que sucede es que, a medida que
estas tardes languidecen, vuelven a mí mi habitual impaciencia, mi habitual
egoísmo, mi habitual frialdad.
martes, 6 de septiembre de 2016
LA FICCIÓN
A veces,
me paro frente al espejo y me digo: “Javi, no lo olvides, eres escritor. No es
gran cosa, pero algún lector hay por ahí al que llegaste, al que lograste tocar”.
No todo el mundo lo consigue. Hay grandes autores que ni siquiera me rozaron.
Depende de muchas cosas, pero no me apetece ahora jugar al analista. Lo que
quiero decir es que a veces me miro en el espejo y decido creérmelo. Si no te
lo crees tú, nadie lo hará. Y esas tardes en que te lo crees estás más guapo,
caminas más erguido. Sabes que de proponértelo podrías seducir sin problemas a Jennifer
Lawrence o Scarlett Johansson. La gente lo percibe. De ser preguntados, serían
incapaces de explicar qué es eso que perciben. Pero ahí está, una especie de
aura. Hablo de las mejores tardes, después de escribir uno de esos fragmentos,
uno de esos poemas que hacen que dejes de existir (y en esa inexistencia creces
hasta tocar las nubes). Has creado un mundo, has arañado la realidad. A veces,
claro, ocurre que te paras frente al espejo y te dices eso de que eres grande y no consigues creértelo y la realidad te pasa por encima, es ella la que te
araña, la que juega contigo. Has dejado de ser el narrador, el que manda.
Alguien, al que no le importa lo que te ocurra, maneja la situación. Entonces,
ni el porno ni Netflix ni la mejor novela de Piglia te pueden salvar. Pero no
debes alarmarte. Pasa como puedas las horas, el día, las semanas. Tarde o
temprano, llega el instante en que vuelves a pararte frente al espejo y
consigues creértelo. Una ficción, es posible, pero qué sería del mundo, de
nosotros, los escritores, sin la ficción.
sábado, 27 de agosto de 2016
Unos días de agosto (fragmentos de un diario)
martes,
16 de agosto de 2016
Un agosto de relatos: de un lado, los de Koundara, escritos por David Pérez Vega, de otro, los de De qué nos enamoramos, de Roman Simić. Los primeros, como escribió David en la dedicatoria del ejemplar que tengo en casa, son "cuentos realistas de corte norteamericano". En ellos, desfilan jóvenes a punto de abandonar la juventud, inmersos en trabajos precarios que difícilmente los colmarán, asfixiados por la falta de oportunidades de mejora, por el turbio futuro que se cierne sobre ellos... Creo que fue Bauman quien dijo que, por primera vez en la historia reciente, los jóvenes de hoy no tenían verdaderas expectativas de superar el nivel de vida alcanzado por sus padres. De eso van estos relatos (más bien: este es el marco en el que se mueven los personajes de estos relatos). Respecto al libro de Simić, se trata de un realismo menos descriptivo, más evocador, igualmente eficaz. De la España en crisis, a la Croacia de posguerra... Por cierto, compré Koundara a través de la tienda on line de Baile del Sol. Al abrir el paquete que lo contenía, me encontré con la grata sorpresa de De qué nos enamoramos. Bien por ellos.
jueves,
18 de agosto de 2016
Rim Jong-Sim, la gimnasta norcoreana ganadora de un oro en los actuales Juegos de Rio: “Lo primero en lo que pensé cuando supe que había ganado es que había hecho feliz a nuestro amado líder". Es leer “amado líder” y pensar en el Gorrión Supremo de Juego de Tronos. Acto seguido, acude a mi mente aquel poema de Nicanor Parra en el que asegura que el futuro será comunista y cristiano o no será. Pienso en la contradicción que esconden estos cultos personalistas, en la cantidad de odio y fe de que estamos hechos los humanos. O adoramos el individualismo o adoramos la sumisión. ¿De verdad? El individualismo también precisa de amados líderes fuertes. Mira a tu alrededor. Paulatinamente, nos vamos convirtiendo en fanáticos y devotos. La corrupción de los Lannister frente al puritanismo proselitista de la Fe de los Siete. PP y Podemos. Trump y Clinton. Defensores del toreo y antitaurinos. Etc. Los extremos se distancian, se refuerzan en sus posiciones. La devoción acrítica frente al cinismo (o devoción al dinero). ¿Quién será nuestro Jon Nieve, nuestra Daenerys Targaryen? ¿Un nuevo amado líder? El sol nos ciega mientras la noche se aproxima… Y ya saben lo que dicen de la noche: que es oscura y alberga cosas terribles.
lunes, 22
de agosto de 2016
“Si a todo esto lo quieren llamar arte, subrayemos que es arte efímero. Todo es fugaz en el Dallol, como corresponde a la extraordinaria geodinámica de la zona. Todo es cambiante. Las zonas que ayer estaban tranquilas hoy tienen una inquietante actividad. Las fumarolas que ayer humeaban al oeste hoy lo hacen al este. Las flores de sal que lucían blancas hoy están amarillas, y pasado mañana, rojas. Y desaparecerán para germinar en otros lugares”. Ha sido leer esto (en El País) y recordar Solaris, de Stalislaw Lem.
viernes, 26 de agosto
de 2016
Leo los diarios de Piglia. Me resultan muy estimulantes. Descubro que últimamente, como lector (y también como escritor), me siento atraído por dos vertientes de la literatura: de un lado, la que podría englobarse dentro de la llamada autoficción, en la que se incluirían (incluiría yo) los diarios; de otro, esa ficción extraña (recuerda: novelas breves y enigmáticas) que trata de escapar de los terrenos trillados (muchas veces adoptando las formas de la búsqueda, del misterio) y que en ocasiones tiende a lo absurdo o inexplicable (pero de manera contenida). ¿Ejemplos en mi producción? Mi Berghof particular (autoficción diarística) y Oslo (breve y enigmática). ¿Ejemplos en la producción de otros (lecturas recientes)? Dentro de la primera categoría: Burdeos, de Levrero, y Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación, de Piglia. De la segunda: La reina de las nieves, de Gandolfo, y El cielo que nos tienes prometido, de Guillermo Aguirre.
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lunes, 18 de julio de 2016
Trece años después
viernes, 8 de julio de 2016.- Abrí los ojos a las seis. Permanecí en la cama hasta las siete. Cuando empezaba aburrirme y resultaba obvio que no iba a volver a conciliar el sueño, decidí bajar. Me preparé un café con leche y salí a la terraza. Llevé conmigo un librito de relatos de Elvio E. Gandolfo. Leí el primero, el que da nombre al conjunto. Me entraron ganas de caminar sin rumbo por una ciudad sumergida en la niebla, de buscar sin apuro a una muchacha desaparecida. Me imaginé en una habitación de hotel con un portátil y tiempo para malgastar. Soslayaremos el comentario obvio que tal verbo exige. Las niñas durmieron en casa de los abuelos. Reina el silencio en la casa. Ya es pleno día. Mi hija mayor hoy cumple 13 años. Trece años después, no sabría decir si odio o amo el blues.
![]() |
| Leyendo "La reina de las nieves" (Centro Editor de América Latina, 1982), de Elvio E. Gandolfo |
viernes, 1 de julio de 2016
Finales de junio, principios de julio (insignificancias)
martes, 28 de junio de 2016.- Paseo
por Sa Indioteria, calles que en mis algo más de cuarenta años de vida jamás había pisado. Qué grande puede ser el mundo más pequeño. Me entra hambre. Decido instalarme en un bar. Conversaciones
sobre fútbol, niños gritando entre las mesas, pateando una pelota. Música
flamenca flota en el ambiente. Ropa tendida al sol. Estampa que se esfuerza por
ajustarse a lo esperado. Pido un bocadillo de queso acompañado de una Coca-Cola.
¿Grande o pequeño?, me pregunta la chica que atiende el bar. Se refiere al
bocadillo. Por suerte, me decido por el pequeño. Una porción generosa de barra
de pan. Cuanto más popular es el barrio, más importantes son las raciones. Me
pregunto qué partido habrá sacado más votos en esta zona de Palma. Leo el
diario que Elvio E. Gandolfo escribió para la revista Eñe. Momento agradable.
viernes, 1 de julio de 2016.- Un canalla leyendo (en realidad, releyendo) a otro
canalla en su primer día de vacaciones. “Lo que debo confesar es que me he
transformado en un canalla; que he abandonado por completo toda pretensión
espiritual; que estoy dedicado a ganar dinero, trabajando en una oficina,
cumpliendo un horario; que ahora estoy escribiendo esto porque tengo unas
vacaciones. Cierto que me hice un canalla como único recurso para sobrevivir,
pero lo triste del caso es que me gusta lo que estoy haciendo, y que sólo me
cuestiono en ratos perdidos y sin mayor énfasis” (Diario de un canalla, Mario
Levrero). Muy apropiado.
jueves, 23 de junio de 2016
Mi proceso de miniaturización
miércoles, 22 de junio de 2016.- A
principios de año, concretamente, el jueves 7 de enero, anotaba lo siguiente en
mi diario: “Cada día contarme algo por escrito, cualquier cosa,
trascendente o banal –como si hubiera tanta diferencia entre trascendencia y
banalidad. Un propósito simple, posiblemente absurdo –como si hubiera tanta
diferencia entre lo absurdo y lo sensato. Así empiezo el año. Mi proceso de
miniaturización se consolida”. Pues bien, puedo afirmar que este 2016 se erige
en el año menos productivo literariamente hablando de los últimos veinte.
Apenas un par de poemas desechables, algunas anotaciones esporádicas en mi diario
y 13 articulillos cuya lectura conjunta no puede sobrepasar los diez minutos…
En una cosa sí acerté: mi proceso de miniaturización se consolida. A poco que
me despiste, desaparezco del todo (literariamente hablando, digo).
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