viernes, 21 de febrero de 2014
2 x 1: Aburrimiento y prestigio + 21 de diciembre
Aburrimiento y prestigio
21 de diciembre
viernes, 28 de junio de 2013
Juan Luis Panero, uno de mis vicios
A LA MAÑANA SIGUIENTE CESARE PAVESE NO PIDIÓ EL DESAYUNO
Solo bajó del tren,
atravesó solo la ciudad desierta,
solo entró en el hotel vacío,
abrió su solitaria habitación
y escuchó con asombro el silencio.
Dicen que descolgó el teléfono
para llamar a alguien,
pero es falso, completamente falso.
No había nadie a quien llamar,
nadie vivía en la ciudad, nadie en el mundo.
Bebió el vaso, las pequeñas pastillas,
y esperó la llegada del sueño.
Con cierto miedo a su valor
-por vez primera había afirmado su existencia-
tal vez curioso, con cansado gesto,
sintió el peso de sus párpados caer.
Horas después -una extraña sonrisa dibujaba sus labios-
se anunció a sí mismo, tercamente,
la única certidumbre que al fin había adquirido:
jamás volvería a dormir solo en un cuarto de hotel.
Los trucos de la muerte (1975)
sábado, 12 de enero de 2013
UN ÉTRANGER, un poema de Juan Luis Panero
una tristeza decadente -literaria sin duda-
como algunas canciones de entreguerras
o páginas perdidas de Drieu La Rochelle,
ver a un hombre solo, apartado y distante,
en la barra de un bar con decorado internacional.
En esa imprecisa edad, tan imprecisa como la luz del ambiente,
en que ya no es joven ni viejo todavía
pero lleva en sus ojos marcada su derrota
cuando con estudiado gesto enciende un cigarrillo.
Las muchas canas y las muchas camas,
un indudable estómago que la camisa inglesa apenas disimula,
el temblor, no demasiado visible, de su mano en un vaso,
son parte del naufragio, resaca de la vida.
Un hombre que espera ¿quién sabe qué?
y aspirando el humo, mira con declarada indiferencia
las botellas enfrente, los rostros que un espejo refleja,
todo con la especial irrealidad de una fotografía.
Y es aún, algo más triste, un hondo suspiro reprimido,
ver al fondo del vaso -caleidoscopio mágico-
que ese hombre eres tú irremediablemente.
No queda entonces sino una sonrisa: escéptica y lejana,
-aprendida muy pronto y útil años después-
de un largo trago acabar la bebida,
pagar la cuenta mientras pides un taxi
y decirte adiós con palabras banales.
De Antes que llegue la noche (1985)
Había todavía alimentos y combustible suficientes para todos los seres humanos del planeta, pero millones y millones de gentes empezaron entonces a morir de hambre. Los más sanos podían pasarse sin comer unos cuarenta días, y luego sobrevenía la muerte.
Y esta hambruna era sobre todo el producto de unos cerebros demasiados grandes, como la Novena Sinfonía de Beethoven.
Todo estaba en la cabeza de la gente. La gente sencillamente había cambiado de opinión acerca del valor del papel moneda, pero en la práctica era como si un meteoro del tamaño de Luxemburgo hubiera golpeado el planeta sacándolo fuera de órbita.
domingo, 14 de marzo de 2010
Repetida la escena, banal la historia
Ayer me pasé el día leyendo y escribiendo. Por eso hoy se hacía imprescindible salir, coger el coche y conducir sin tener muy clara la ruta.
Conducir mientras se escucha música, la mente en blanco o casi en blanco: una terapia barata y efectiva. Pero no siempre funciona. A veces miras los almendros florecidos, o los coches estacionados en el parking de algún restaurante de carretera, y te entran ganas de llorar. De agredirte. De insultar a alguien. De desaparecer.
El día ha empezado con una visión inusual: un caballo en el solar de enfrente de casa.
Después ha llamado Floriane. Más de una hora al teléfono. He tenido que inventar una historia, la de los iglus y los kas-kas, dos pueblos enredados en una disputa milenaria, diría que irresoluble si tenemos en cuenta que yo soy su creador. Muy pedagógico, sin duda.
Para mi pequeña excursión de domingo me he llevado Carpe diem (Seize the day), de Saul Bellow.
Hacía ya un tiempo que me apetecía leer algo de este autor. En una hoja tengo anotados varios títulos, entre ellos Herzog, pero una cosa son los planes y otra muy diferente lo que se acaba haciendo.
El jueves pasado estuve paseando por mi antiguo barrio. Entré en la librería a la que solía ir cuando me quedaba sin libros y me puse a husmear por sus anaqueles, sin buscar nada en concreto. Salí de allí con tres títulos: Carpe diem, de Saul Bellow, Siete noches, de Jorge Luis Borges, y Tierra de nadie, de Juan Carlos Onetti. Pensaba que había leído todo lo del uruguayo. Un fallo inexplicable, imperdonable. Este hallazgo me llenó de alegría. De momento sigo posponiendo su lectura.
.
Ayer, como ya he dicho, me pasé el día leyendo y escribiendo. Como viene siendo habitual últimamente, empecé con Elevación, elegancia y entusiasmo, de Francisco Casavella. Como consecuencia de esta lectura anoté el siguiente título: Post Mortem, de Albert Caraco.
Acto seguido, retomé y terminé la lectura de una novela cuyo título no importa, una de esas novelas cuya mayor virtud es la facilidad con que se leen. A mi rescate acudió Borges. Leí dos de las siete conferencias recogidas bajo el título Siete noches, concretamente: “La ceguera” y “La poesía”. De la primera he extraído la cita que aparece en el margen derecho superior de esta página.
Y me puse a escribir.
Estoy cerca de terminar la que será mi tercera novela, pero todavía es muy pronto. Mejor dejar el tema. Aún quedan demasiadas incertidumbres como para adelantar algo.
Ya es de noche. Tengo las manos frías. He decidido no encender la calefacción. No me he quitado la bufanda. Escribo esto que ahora lees. Algo personal y concreto, aunque también podría ser general y abstracto.
Repetida la escena, banal la historia,
pero, quizá, toda mi vida puede resumirse en esa imagen.
JUAN LUIS PANERO
viernes, 19 de febrero de 2010
Todos los culos memorables

Los años nos cambian, siempre a peor. Y pese a la metamorfosis lenta y pertinaz, con el transcurrir del tiempo nos volvemos más nosotros mismos, quiero decir: se acentúan nuestros defectos y rarezas. Del proyecto inicial, del esbozo más o menos ilusionante, al resultado inamovible. Y entre ambos puntos, la vida, o dicho de otro modo: ir llenando la maleta de experiencias que vienen a demostrar lo que muchos otros ya dijeron. Cierto desengaño deviene inevitable, pero su evidencia sólo puede transmitirla el camino, no las lecturas. Por eso, la verdadera inteligencia siempre viene lastrada por la pereza, salpicada por la imprescindible y oxigenante ironía, preferible a la desesperación de los románticos. Escribo esto después de la enésima lectura del poema de Juan Luis Panero Pierre Drieu la Rochelle divaga frente a su muerte. En él, el poeta se pone en la piel del escritor francés, el cual se suicidó en 1945, adelantándose así a la justicia francesa que a buen seguro le hubiese condenado a muerte por colaboracionista con el régimen nazi en tiempos de ocupación. En el poema, Pierre Driu la Rochelle recuerda el cuerpo de una prostituta con la que pasó unas horas y llega a la conclusión de que aquello –“sus largos muslos, el sabor espeso de su boca, su culo memorable” – es lo único real en la vida, lo único que merece ser recordado antes de morir. Desde el país helado de su lucidez, se da cuenta de lo absurdo de todo –“libros, declaraciones, ideas, lealtades”–, de la nula importancia de tener o no tener razón. Allí termina su viaje. La sabiduría final es estéril. Atrás quedaban sus amigos surrealistas (y comunistas), los manifiestos, las opiniones, al igual que su matrimonio con Colette Jeramec, una judía adinerada. El resultado es inamovible: se quitó la vida en casa de ésta. Si antes de hacerlo pensó en una de las muchas prostitutas con las que se acostó, es algo que nunca sabremos y que en realidad no tiene importancia. Pero eso sí, retengan en su memoria todos los culos memorables junto a los que tengan la suerte de pasar unas horas. Por lo que pueda ser.
ULTIMA HORA, miércoles 4 de junio de 2008