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lunes, 18 de diciembre de 2017

Antes del viento / Muertes en directo (fragmentos de un diario)


11.12.17.- Día ventoso. Las hojas se agarran desesperadamente a las ramas de los árboles para no salir despedidas. A su vez, las ramas se aferran a los troncos y las raíces de estos, al suelo que los ampara. Los pocos que pasean por las aceras lo hacen con las cabezas hundidas, como si temieran que una fuerte ráfaga se las llevara lejos. Imagino cabezas rodando por las calles de la ciudad, descolocadas ­—nunca mejor dicho— frente a esta nueva situación. Imagino que una cabeza llega rodando hasta la puerta de casa. Le doy la bienvenida, me instalo con ella en el salón. Sin que le pregunte, empieza a hablar del viento. Me dice que el viento es peligroso, que todo lo agita y desordena. Las cosas se mueven y cuando esto sucede todo es posible. Me olvido de la cabeza y me acerco a la ventana. Contemplo el exterior. Los árboles bailan sin compás perceptible y las cabezas de las personas ya no saben que más hacer para protegerse, como si una realidad paralela —e inquietante— quisiera conquistar esta otra realidad que nos ha tocado en suerte. El viento pasará porque todo termina por pasar. Entonces, tocará hacer balance y recuento. Cosas habrán cambiado. Tal vez usted ya no sea exactamente igual a como era antes del viento.


13.12.17.- Muertes en directo, en streaming. De las plazas públicas a las redes sociales. El placer morboso saltando de siglo en siglo. Lo detectas en ti. Te estremeces. De ser esto un cuento de Bolaño, empezarías a temblar. En realidad, llevarías todo el día temblando, a pesar de los cerca de veinte grados que reinan en tu habitación. Dudarías de las imágenes que la ventana ofrece, dudarías de seguir vivo, dudarías de todo… Pero esto no es un cuento de Bolaño. Esto no es un cuento, se dice el personaje en que te vas transformando un poco a sabiendas, aunque tal vez todo sea un cuento y, como ocurre con los cuentos, el tono es la clave. El tono antes que la anécdota, decía el fallecido Piglia, del que leemos los diarios del personaje en que se fue transformando, un poco a sabiendas. Muertes en directo, en streaming. Me hago palomitas. Me pongo cómodo. Comparto esto.  

martes, 19 de septiembre de 2017

Taller de escritura creativa. Diario de un profesor novato [10]

Diez

Sobre el escritorio, una careta con el rostro de Emilio Renzi. Me la pongo y me planto frente al espejo. Una imagen grotesca, tal vez por eso estimulante. Camino por la casa vacía. Me imagino observado por una decena de alumnos. Algo nos une a todos los que estamos hoy aquí, digo calibrando las reacciones de los estudiantes que me observan con expresión vacía, como si alguien les hubiese obligado a apuntarse a este curso, como si todo lo que fueran a escuchar o decir en el transcurso de las muchas horas que compartiremos les fuese del todo indiferente, bueno, tal vez sean varias las cosas que nos unan, sonrío de un modo un tanto ambiguo, cómo saberlo, pero hay una que se sitúa en el centro de esto que ahora empezamos a compartir, la que hace que en este preciso instante os hable con este tono sacerdotal, tan odioso, en fin, lo que nos une, la cosa común que sobrevuela nuestras cabezas, no es otra que el amor por las letras. ¡Qué pomposo! ¿Me van a abuchear? Amor por las letras significa amor por la lectura y la escritura. Porque nos encanta leer, deseamos escribir. Aunque a veces cueste. Aunque no siempre acompañen los resultados. Aunque siempre vayamos a quedarnos a un paso o a años luz de nuestras expectativas. Es un vicio y nada nos define más que nuestros vicios. Eso tenemos en común. No es poca cosa.


Llegan a casa mi mujer y mi hija. Saludos, breve resumen de la jornada. Anuncio, tras recoger los restos de la cena de anoche, que voy al cuarto del ordenador a trabajar un poco. Sigo con la clase. Pero aquí se acaban las coincidencias, advierto desviando por un momento la mirada hacia la ventana que da a la avenida de Sant Ferran, bastante transitada a estas horas. Que a todos nos guste leer no significa, y perdón por la perogrullada, que a todos nos guste leer las mismas cosas. De ahí que cada uno de nosotros tenga su particular forma de decir, sin duda fruto de sus lecturas, de sus gustos, de sus inquietudes, de sus limitaciones, etc. Todos queremos ser escritores pero nadie quiere llegar a ser el mismo escritor, o lo que es lo mismo, todos queremos llegar a ser un escritor único, diferente del resto. Ya hablaremos de estas insensateces más adelante. Con todo esto vamos a tener que lidiar. Lo creáis o no, esto nos hará crecer. Un escritor ha de tener amplitud de miras. Puede escoger ser muy bruto, pero ha de ser una elección consciente – limitarse conscientemente es todo un arte. Y por debajo de todas estas diferencias, no debemos olvidar, para que el curso sea posible, para que se mueva en terrenos de eficacia, ese hilo subterráneo que nos une. Formamos parte de un mismo equipo, digo con sonrisa burlona dedicada a mí mismo, todos podemos aprender de todos. Luego, acabado el curso, podemos jugar a sacarnos los ojos, a soltar pestes del costumbrismo o de los relatos alegóricos, de la autoficción o de la moda distópica que nos tiene asediados, etc.

Debo ir terminando, me llaman para cenar. Me quito la careta pigliana. Antes de dejar el cuarto, tengo tiempo de decir que aquí vamos a intentar ser nosotros mismos. La mayor parte del tiempo no lo somos. Imitamos, y eso está bien. Pero aquí vamos a intentar encontrar nuestra propia voz. Aunque sea para destruirla. Vamos a aprender a escucharnos. Para escucharnos, primero debemos aprender a escuchar. Escuchar a los otros. Una vez tengamos el oído a punto, vamos a centrarnos en nuestra voz interior. Pero ya os tengo que dejar. Se acabó el tiempo. Otro día hablamos del tiempo. Somos tiempo, todo relato es tiempo, y nuestra vida, a pesar de estar hecha de tiempo, será una lucha constante en busca de tiempo.


lunes, 16 de enero de 2017

¿QUÉ PASA CON LA POESÍA?


13/01/17

Leo la sección “Libros más vendidos” de un conocido suplemento cultural. Me centro en la lista que aparece bajo el epígrafe “ficción”. Carlos Ruiz Zafón, Dolores Redondo e Ildefonso Falcones ocupan los tres primeros puestos. No me sorprendo, tampoco me indigno (¿debería?). Eso sí, hubiese preferido leer los nombres de Ricardo Piglia, Eric Chevillard o Vicente Valero (por poner tres ejemplos un poco al azar). Queda claro que hablar de ventas y hablar de calidad (o profundidad, o complejidad, etc.) nunca ha sido lo mismo, en ninguna disciplina consolidada (pueden coincidir o no, y muchas veces no lo hacen). Nos movemos en el terreno de lo obvio, de lo ya superado, al menos en lo tocante a narrativa (por no extendernos mucho más allá). Entonces, ¿qué pasa con la poesía? Sencillo, que se revuelve ante una nueva realidad para muchos incómoda, triste o desasosegante. Pero tranquilos, volverá la calma, al fin y al cabo, no se trata de un “intrusismo” devastador. Nadie ha “robado” lectores a nadie, ni siquiera ventas. Podría escribirse que el mundo de la poesía en España ha dejado su inmaculado reducto celeste (donde las polémicas hablaban de concursos literarios y bandos fratricidas) para entrar de lleno en el sucio mundo del mercado, con sus contradicciones y comparaciones odiosas.

Lo realmente interesante para los que rondamos ese mundo es batirnos en duelo con nosotros mismo para ser capaces de escribir algo que no nos avergüence del todo unos días después. 


16/01/17

Leo en El Mundo, en un artículo de Darío Prieto dedicado al compositor Philip Glass con motivo de la inminente aparición en España de sus memorias, Palabras sin música: “Glass es uno de los pocos ejemplos de autores que han podido sacar a la música culta de su ataúd para acercarla al público de las músicas populares”.

El mismo artículo recoge el consejo que Ornette Coleman dio a Philip Glass: “Philip, no olvides que el mundo de la música y el negocio musical no son la misma cosa”. ¿No conecta de algún modo con lo que escribí el viernes?

¿Tendremos que volver a hablar de poesía culta y poesía popular? ¿Es necesario recordar que el mundo de la literatura y el negocio literario no son la misma cosa?

(No se me escapa que dentro de lo popular existen infinidad de gradaciones).

(Segunda acotación: no se trata de contraponer lo culto a lo popular, hoy en día carece de sentido –debate muy viejo, quiero creer que superado. Por otra parte, en muchos aspectos me siento más cercano a esa cosa llamada cultura popular que a esa otra cosa denominada alta cultura. Ambas cumplen su función y son necesarias).

Cuando empecé a escribir poesía más o menos en serio, ya existía esta diferencia, quiero decir: entre los lectores “serios” (constantes, críticos, vocacionales) de poesía no se consideraba lo mismo leer a Mario Benedetti que leer a José Ángel Valente. La diferencia estriba en que aquellos lectores de Benedetti podían/podíamos  (y muchas veces lo hacían/lo hicimos) dar el salto al otro lado (de ida y vuelta o definitivo). Hoy, esto es más difícil que se produzca, ya que muchos de estos nuevos lectores de “poesía” no llegan a ella por amor a la propia poesía, tras un proceso de indagación motivado por una querencia que ya estaba allí, en su interior, sino por caminos laterales, coyunturales, caminos que no les dotan (porque tampoco las buscan) de las herramientas precisas para asentarse en ese nuevo mundo, por lo que su paso por él ha de ser a la fuerza temporal.

¿Dónde está el drama? ¿Cuál es el problema? No termino de verlo.


miércoles, 5 de octubre de 2016

Diario: nuevos fragmentos

lunes, 05 de septiembre de 2016

El estilo es lo principal, pero no debe parecerlo. Lo peor, sin duda, es la afectación –tan nuestra.

(...)



martes, 06 de septiembre de 2016

(...)

Ayer leí un cuento de Luciano Lamberti que me gustó bastante.


jueves, 08 de septiembre de 2016

He seguido leyendo cuentos de Lamberti. Hay unos cuantos disponibles en Internet. Alterno su lectura con la de los cuentos de Fabián Casas (Titanes del coco) y la de los diarios de Piglia. Todo muy argentino.


viernes, 09 de septiembre de 2016

Pierre Lemaitre (hoy, en El Mundo): “Mi problema es que, pese al Goncourt y a las buenas ventas, siempre seré considerado una figura menor en el ámbito de las letras. La prensa de izquierdas me detesta. ¡Aunque yo sea de izquierdas! Les parece un pecado que mis textos sean fáciles de leer. ¿Qué quieren? ¿Literatura pretenciosa? Eso es fácil de hacer, podría publicar tres libros al año. El esnobismo imperante en los medios llamados progresistas determina que el trabajo enorme que requiere construir una historia eficaz y fácil de leer, no tiene valor. Y debe ser insoportable para ciertos críticos y escritores que yo haya empezado tan tarde y haya tenido tanto éxito, premio Goncourt incluido. Me consideran un artesano, no un artista. Qué se le va a hacer”.


jueves, 22 de septiembre de 2016



viernes, 23 de septiembre de 2016

Últimamente, me resulta imposible encontrar tiempo de calidad para sentarme a escribir. Obligaciones laborales, familiares y sociales lo impiden. Tal vez, de utilizar bolígrafo y cuaderno y llevarlos siempre conmigo, podría aprovechar de manera más eficaz los breves huecos que el día me ofrece. Pero no, uno no puede reanudar su escritura sin más, por el simple hecho de disponer de cuarenta minutos. Sentarse a escribir supone todo un proceso. Verme obligado a escribir, a mis 43 años, párrafos como éste apunta a una especie de fracaso vital, de objetivo no cumplido.


lunes, 26 de septiembre de 2016

El sábado diluvió todo el día. Instalado cómodamente en el salón de casa, veía cómo la lluvia caía en el jardín. Las lombrices emergían de la tierra y se deslizaban sobre las baldosas. Parecían pequeñas serpientes o grandes excrementos de pez. Voluntaria o involuntariamente, iban directas a la piscina. No es la primera vez que observo este comportamiento. Como no flotan ni saben nadar, los gusanos suicidas acaban en el fondo, lo que me obliga a tener que pasar el aspirador para deshacerme de sus cadáveres. Observándolas, pensé en Pedro Sánchez y los suyos. Alarmado, me deshice de la imagen y seguí leyendo Blitz, de David Trueba.

El domingo salió el sol e invitamos a mi hermana, su marido y su hijo a pasar el día con nosotros. Antes de su llegada, tuve tiempo de trabajar en el jardín y limpiar la piscina. El trabajo físico me sentó bien. La realización de tareas físicas y útiles, visiblemente útiles, apreciables, robustece el alma y nos predispone a la amistad y el amor. Tras el baño sanador, me puse frente a la barbacoa y me encargué de asar la carne para los invitados. Fue un domingo feliz. Todos fuimos felices. Coni y yo terminamos el día haciendo el amor.


miércoles, 28 de septiembre de 2016

(...) A estas alturas, creo tener claro la manera en que quiero escribir, más allá de la historia o historias que me apetezca contar. Si he añadido un punto de incertidumbre a la frase anterior se debe a que, a lo largo de mi vida, he adquirido convencimientos similares que después he terminado por abandonar. Diría que el punto de inflexión se produjo con la lectura del inicio de Bandoleros, de João Gilberto Noll. Antes ya se había producido una desviación. Esta desviación pasó por diferentes etapas y adquirió su forma definitiva (al menos, hasta la fecha) tras ese arranque de novela. La putada de esto es que se produce a mis 43 años, edad en la que lo más decente sería plantearse abandonar todo intento de escritura. Lo sensato sería dedicarse en cuerpo y alma a la familia y el jardín. Escribir por amor al arte es una frivolidad de difícil justificación. Pero también es cierto que ya he alcanzado una edad en la que lo más sensato es prescindir de las justificaciones…


martes, 04 de octubre de 2016

El PSOE, ante su falta de respuesta/propuesta, ha decidido suicidarse. Mejor pegarse un tiro a que te lo peguen, pensarán. Los de Ciudadanos, con razón, tiemblan. En el PP y en Podemos se frotan las manos. Airean la cabeza de Sánchez como reclamo. Se avecina estampida y lo saben. Sus enemigos se la sirvieron, como suele decirse, en bandeja. Ya no hay más alternativa que Podemos. El miedo que pretenden dar (y que dan) a los dueños del Ibex 35 y adláteres también asusta a los tibios socialdemócratas que jamás hubiesen votado a IU. Todos sabemos cómo terminará la película. Qué lejos quedan aquellos 123 escaños del PP. Amortizado el trago de la Gürtel (por mucho que ahora se haya iniciado el juicio), ya sólo les resta vender estabilidad y continuidad para seguir agrandando sus arcas (de votos, se entiende). Los optimistas dicen que el PSOE tardará años en reponerse del golpe; los realistas, que es un zombie político que se desgarrará en prime time hasta su desaparición final. 


miércoles, 05 de octubre de 2016

Paso muchas tardes jugando con Sofía. Inevitable recordar los días que Floriane pasaba conmigo, lejos de su casa francesa. Nos sentía solos frente al mundo. Hablo de diez, de seis, de cuatro años atrás. Ahora, como entonces, lo mejor de mí brota de un modo natural. Nunca seré tan paciente, tan generoso, tan afectuoso como en estas tardes dedicadas a Sofía. No es que luego el amor se atenúe, lo que sucede es que, a medida que estas tardes languidecen, vuelven a mí mi habitual impaciencia, mi habitual egoísmo, mi habitual frialdad.

martes, 6 de septiembre de 2016

LA FICCIÓN

A veces, me paro frente al espejo y me digo: “Javi, no lo olvides, eres escritor. No es gran cosa, pero algún lector hay por ahí al que llegaste, al que lograste tocar”. No todo el mundo lo consigue. Hay grandes autores que ni siquiera me rozaron. Depende de muchas cosas, pero no me apetece ahora jugar al analista. Lo que quiero decir es que a veces me miro en el espejo y decido creérmelo. Si no te lo crees tú, nadie lo hará. Y esas tardes en que te lo crees estás más guapo, caminas más erguido. Sabes que de proponértelo podrías seducir sin problemas a Jennifer Lawrence o Scarlett Johansson. La gente lo percibe. De ser preguntados, serían incapaces de explicar qué es eso que perciben. Pero ahí está, una especie de aura. Hablo de las mejores tardes, después de escribir uno de esos fragmentos, uno de esos poemas que hacen que dejes de existir (y en esa inexistencia creces hasta tocar las nubes). Has creado un mundo, has arañado la realidad. A veces, claro, ocurre que te paras frente al espejo y te dices eso de que eres grande y no consigues creértelo y la realidad te pasa por encima, es ella la que te araña, la que juega contigo. Has dejado de ser el narrador, el que manda. Alguien, al que no le importa lo que te ocurra, maneja la situación. Entonces, ni el porno ni Netflix ni la mejor novela de Piglia te pueden salvar. Pero no debes alarmarte. Pasa como puedas las horas, el día, las semanas. Tarde o temprano, llega el instante en que vuelves a pararte frente al espejo y consigues creértelo. Una ficción, es posible, pero qué sería del mundo, de nosotros, los escritores, sin la ficción. 

sábado, 27 de agosto de 2016

Unos días de agosto (fragmentos de un diario)

martes, 16 de agosto de 2016

Un agosto de relatos: de un lado, los de Koundara, escritos por David Pérez Vega, de otro, los de De qué nos enamoramos, de Roman Simić. Los primeros, como escribió David en la dedicatoria del ejemplar que tengo en casa, son "cuentos realistas de corte norteamericano". En ellos, desfilan jóvenes a punto de abandonar la juventud, inmersos en trabajos precarios que difícilmente los colmarán, asfixiados por la falta de oportunidades de mejora, por el turbio futuro que se cierne sobre ellos... Creo que fue Bauman quien dijo que, por primera vez en la historia reciente, los jóvenes de hoy no tenían verdaderas expectativas de superar el nivel de vida alcanzado por sus padres. De eso van estos relatos (más bien: este es el marco en el que se mueven los personajes de estos relatos). Respecto al libro de Simić, se trata de un realismo menos descriptivo, más evocador, igualmente eficaz. De la España en crisis, a la Croacia de posguerra... Por cierto, compré Koundara a través de la tienda on line de Baile del Sol. Al abrir el paquete que lo contenía, me encontré con la grata sorpresa de De qué nos enamoramos. Bien por ellos.


jueves, 18 de agosto de 2016

Rim Jong-Sim, la gimnasta norcoreana ganadora de un oro en los actuales Juegos de Rio: “Lo primero en lo que pensé cuando supe que había ganado es que había hecho feliz a nuestro amado líder". Es leer “amado líder” y pensar en el Gorrión Supremo de Juego de Tronos. Acto seguido, acude a mi mente aquel poema de Nicanor Parra en el que asegura que el futuro será comunista y cristiano o no será. Pienso en la contradicción que esconden estos cultos personalistas, en la cantidad de odio y fe de que estamos hechos los humanos. O adoramos el individualismo o adoramos la sumisión. ¿De verdad? El individualismo también precisa de amados líderes fuertes. Mira a tu alrededor. Paulatinamente, nos vamos convirtiendo en fanáticos y devotos. La corrupción de los Lannister frente al puritanismo proselitista de la Fe de los Siete. PP y Podemos. Trump y Clinton. Defensores del toreo y antitaurinos. Etc. Los extremos se distancian, se refuerzan en sus posiciones. La devoción acrítica frente al cinismo (o devoción al dinero). ¿Quién será nuestro Jon Nieve, nuestra Daenerys Targaryen? ¿Un nuevo amado líder? El sol nos ciega mientras la noche se aproxima… Y ya saben lo que dicen de la noche: que es oscura y alberga cosas terribles.


lunes, 22 de agosto de 2016

“Si a todo esto lo quieren llamar arte, subrayemos que es arte efímero. Todo es fugaz en el Dallol, como corresponde a la extraordinaria geodinámica de la zona. Todo es cambiante. Las zonas que ayer estaban tranquilas hoy tienen una inquietante actividad. Las fumarolas que ayer humeaban al oeste hoy lo hacen al este. Las flores de sal que lucían blancas hoy están amarillas, y pasado mañana, rojas. Y desaparecerán para germinar en otros lugares”. Ha sido leer esto (en El País) y recordar Solaris, de Stalislaw Lem.


viernes, 26 de agosto de 2016

Leo los diarios de Piglia. Me resultan muy estimulantes. Descubro que últimamente, como lector (y también como escritor), me siento atraído por dos vertientes de la literatura: de un lado, la que podría englobarse dentro de la llamada autoficción, en la que se incluirían (incluiría yo) los diarios; de otro, esa ficción extraña (recuerda: novelas breves y enigmáticas) que trata de escapar de los terrenos trillados (muchas veces adoptando las formas de la búsqueda, del misterio) y que en ocasiones tiende a lo absurdo o inexplicable (pero de manera contenida). ¿Ejemplos en mi producción? Mi Berghof particular (autoficción diarística) y Oslo (breve y enigmática). ¿Ejemplos en la producción de otros (lecturas recientes)? Dentro de la primera categoría: Burdeos, de Levrero, y Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación, de Piglia. De la segunda: La reina de las nieves, de Gandolfo, y El cielo que nos tienes prometido, de Guillermo Aguirre.



martes, 29 de septiembre de 2015

Fragmentos de un diario: Enzensberger, Žižek, Arlt, Piglia

miércoles, 23 de septiembre de 2015: Hyeonseo Lee asegura que en Corea del Norte no se puede confesar nada íntimo, importante, porque no se puede confiar en nadie, ni si quiera en el marido o en la esposa. Un desliz en una conversación puede acabar en ejecución pública. Esto me hace pensar en la gestión propagandística del terror llevada a cabo por el EI. A tal respecto, recomiendo la lectura de dos libros: El perdedor radical, de Hans Magnus Enzensberger, e Islam y modernidad, de Slavoj Žižek. Impondría ambas lecturas a todos los políticos europeos que conforman la llamada izquierda liberal. A estas alturas, debería quedar claro que expresiones como “defender nuestro modo de vida” no son (o no deberían ser) sinónimo de xenofobia o fascismo. Otro recordatorio: posicionarse en contra de la desregularización de los mercados (p. ej.) no es ser comunista. Criticar aspectos del sistema no te coloca automáticamente en las filas de los llamados antisistema. Etc.

jueves, 24 de septiembre de 2015: Se dice, por un lado, que Europa camina hacia el federalismo, que hay que eliminar fronteras; por otro, se leen titulares como “Eslovaquia para los eslovacos”, se levantan nuevas alambradas y se oyen rumores de que peligra el acuerdo de Schengen. La verdad, no hay quién se aclare. Menos mal que tenemos a Rajoy para despejar todas nuestras dudas.

viernes, 25 de septiembre de 2015: “En realidad, conocer a una mujer es una tristeza más. Cada muchacha que pasa por nuestra vida nos oxida algo precioso adentro. Posiblemente cada hombre que pasa por la vida de una mujer destruye en ella una faceta de bondad que otros dejaron intacta, porque no encontraron la forma de romperla. Estamos a la recíproca. Somos una buena cáfila de canallas…” [Roberto Arlt, Una tarde de domingo].

domingo, 27 de septiembre de 2015: Leer a Piglia es adentrarse en toda una literatura. No es de muchos escritores que se pueda decir algo así.

“Por otro lado comprobé que escribir por encargo, a partir de ciertas reglas fijas, produce una paradójica sensación de libertad”.

“Nunca sabremos por qué decidimos que ciertas historias son nuestras y podemos narrarlas mientras otras (a menudo mejores), que imaginamos o vivimos, nos son ajenas y se pierden”.

Ricardo Piglia, en la nota preliminar a Nombre falso (Anagrama, 2002).

lunes, 4 de febrero de 2013

Releer novelas


Hasta hace poco, durante toda mi vida de lector, sólo había releído tres novelas: Pedro Páramo, de Juan Rulfo, El extranjero, de Albert Camus, y El hombre delgado, de Dashiel Hamett. Estas dos últimas relecturas las acometí por error: en su momento olvidé (parece un chiste, pero no lo es) que ya había leído estos libros. Una vez iniciada su lectura, y pese a darme cuenta del error, decidí continuar… Estoy hablando de volver a leer una novela de principio a fin, no de releer fragmentos o capítulos sueltos. Curiosamente, en los últimos tiempos me ha dado por releer novelas. La cosa empezó a mediados del año pasado. Las escogidas fueron El discurso vacío, de Mario Levrero, y Prisión perpetua, de Ricardio Piglia.  Disfruté de ambas relecturas, es más, diría que lo pasé mejor releyéndolas que leyéndolas por primera vez. ¿Me estaré haciendo viejo? Antes de que acabara el año, volví a las andadas. Reincidí con Levrero. Esta vez, me decanté por Dejen todo en mis manos. La experiencia volvió a ser gratificante. En mi diario apunté lo siguiente: “¿Voy dejando atrás la pulsión acumulativa, tan propia de la juventud (o la inmadurez)? ¿Me decanto paulatinamente por la profundidad, por la demora?”. Me leo y me doy rabia. A veces me resulto insoportablemente pedante. De todos modos, no puedo dejar de pensar: ¿Me estaré haciendo viejo? Hace unos días se me atascó el proyecto en el que vengo trabajando últimamente. Me enredaba en frases reincidentes, no lograba avanzar. Necesitaba dejar de mirarme el ombligo, más acción, que las cosas sucedieran. Entonces recordé uno de los consejos de Zadie Smith*. Cogí de mi estantería un libro de Bolaño, Los sinsabores del verdadero policía, y empecé a leerlo a ver si esas frases conseguían sacarme del sopor en que había caído. ¿El resultado? Que devoré la novela de principio a fin (y volvió a ser una experiencia gratificante) y que logré desatascar mi proyecto… O sea, ya son siete las novelas que he releído en mi vida. Estoy hablando de volver a leer una novela de principio a fin, no de releer fragmentos o capítulos sueltos. ¿Me estaré haciendo viejo? 

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"Algunos escritores son como los violinistas que necesitan un silencio absoluto para afinar sus instrumentos. Otros quieren oír a todos los miembros de la orquesta: cogen el tono a partir de un clarinete, incluso de un oboe. Yo soy así. Tengo el escritorio lleno de novelas abiertas. Leo frases para nadar en cierta sensibilidad, para tocar una nota concreta, para fomentar el rigor cuando me pongo demasiado sentimental, para conferir cierta relajación verbal cuando estoy sintácticamente tensa. Pienso en la lectura como en una dieta equilibrada; si las frases resultan demasiado barrocas, excesivas, comed menos de Foster Wallace, tan rico en grasas, por ejemplo, y más de Kafka, tan rico en fibra. Si vuestra estética se ha vuelto tan refinada que no os deja poner una sola mancha negra en el papel en blanco, no os preocupéis tanto por lo que diría Nabokov; coged a Dostoievski, santo patrón de la sustancia por encima del estilo". Zadie Smith, Cambiar de idea.


martes, 13 de diciembre de 2011

Diario de un hombre cojo [5]

martes, 13 de diciembre de 2011

Lo he conseguido. Dos días sin conectarme a Internet. Una prueba absurda, lo sé, pero una prueba al fin y al cabo. Siempre he rehuido, de un modo natural, todo tipo de dependencia. La única que me permito es la dependencia a la lectura y escritura. Hubo un tiempo en que me dio por pensar que este rasgo de mi carácter me hacía más fuerte, pero ya no lo tengo tan claro. En más de un sentido soy bastante débil, pero lo cierto es que me horroriza la idea de depender de algo ajeno a mí. Recuerdo que en la época universitaria y, sobre todo, en los meses posteriores, cuando me fui a vivir de alquiler con Anne, tonteaba con los cigarrillos. Llegó un momento en que no había día que no encendiera por lo menos uno. Lo bueno es que los disfrutaba, pero nunca me enganché, no me lo permití. Fue dejarlo con Anne, fumadora empedernida, y olvidarme de ellos. Por lo general, en mis relaciones sentimentales me ha pasado algo parecido, de ahí que nunca hayan fructificado a la larga. Cuando la otra persona cobra conciencia de su no trascendencia, de que podría estar igual de bien con ella que sin ella, se pierde la magia y ya es cuestión de tiempo que todo se venga abajo. Por no engancharme, jamás me he enganchado a una serie de televisión.
               Cuando me dijeron que tendría que estar seis semanas con la pierna inmovilizada, pensé que este tiempo me vendría bien para indagar en mi interior, para intentar dar respuesta a ciertas preguntas que en los últimos tiempos me vengo formulando (*). ¿Cuánto hay de miedo en mi modo de actuar? ¿Cuánto podría ser considerado como un rasgo de mi carácter? ¿Tal vez el miedo sea ese rasgo de carácter que me hace actuar así? ¿O es el miedo la explicación que me doy a la hora de intentar analizar mi manera de proceder? ¿Soy capaz de darme? ¿Me falta apasionamiento? ¿Qué frialdad es ésta que, incluso en los momentos de mayor patetismo, me hace mantener una distancia prudencial, una actitud analítica?
               Los de derechas me creen de izquierda; los de izquierda, de derecha. Los del Madrid me creen culé; los del Barça, madridista. Etc. Basta que vea a alguien asentado en una posición inamovible, ajeno a toda duda, alguien que se crea poseedor de una verdad incuestionable, para sentir el impulso de llevarle la contraria. Así, el ateo convencido ve en mí a un creyente atormentado, cuando no a un ser ávido de trascendencia espiritual; y el creyente que se regocija en su creencia, me ve como el mayor de los materialistas, como un hereje en toda regla. ¿Tiene esto que ver con lo escrito hasta ahora? ¿Es que ni a una sola idea puedo serle fiel? ¿Son comparables las ideas a los cigarrillos? ¿Y a las relaciones sentimentales? ¿Y a las series de televisión? ¿Tanto me cuesta exponerme? ¿Volvemos al miedo? Y si tanto odio exponerme, ¿por qué me expongo constantemente en mis escritos? ¿Me expongo en mis escritos? ¿No empiezan a ser demasiadas preguntas? ¿Cuánto hay de verdad en todo esto?
               Debería dejar de leer a Michel de Montaigne, al menos durante unos días. Por lo demás, ayer empecé y terminé Blanco nocturno, de Ricardo Piglia. Es imposible que el argentino me defraude. En la contra se dice que Piglia ha heredado de Borges su desconfiada inteligencia, así como su incansable y gozosa exploración de la literatura, y su atracción por los oscuros bajos fondos. No lo dudo. Pero, durante toda la lectura de la novela, no pude dejar de pensar en Juan Carlos Onetti. El ambiente corrupto y provinciano del pueblo al sur de la provincia de Buenos Aires, donde trascurre la historia; la sabiduría innata y medio alucinada del comisario Croce; la insistencia pigliana en el periodista y aspirante a novelista Emilio Renci, que aporta dosis de metaliteratura; la fábrica semiabandonada en mitad de la nada donde se recluye Luca Belladona, como un astillero ruinoso, sin futuro; el carácter no cerrado de la novela; todo me hacía pensar en el escritor uruguayo, en aquella Santa María nacida de su imaginación, así como en sus inolvidables Díaz Grey y Brausen. En un momento llegué a pensar que Ricardo Pilgia era una versión mejorada de Juan Carlos Onetti; o, si no mejorada, sí al menos más intelectual, más analítica, más perfeccionista, tal vez un poco menos decadente.
               Hoy me pondré con David Foster Wallace. Tengo pendiente acometer la lectura de Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. A ver qué tal.


(*) «Si nos parásemos a veces a estudiarnos y empleásemos el tiempo que usamos en examinar a los demás y en conocer las cosas que están fuera de nosotros para profundizar en nosotros mismos, nos percataríamos fácilmente de lo débiles y falibles que son las piezas de las que se compone nuestra persona». Michel de Montaigne, Ensayos I.

lunes, 8 de marzo de 2010

Los artículos que nunca he escrito: escritoras de las que me enamoré y “Un sábado muy argentino”


George Steiner escribió un libro magnífico titulado Los libros que nunca he escrito. Algunas de sus partes constituyen auténticas obras maestras hechas de inteligencia y sensibilidad. Trascribo unas líneas que alguna vez pensé emplear como cita-pórtico de alguno de los libros que nunca he escrito.
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El vacío que yo siento tiene un poder enorme. Me pone frente a exigencias éticas e intelectuales que superan las que pueda satisfacer. Es –y sé que esto no es más que una especie de balbuceo– un nihilismo desbordante de lo ignoto. Reduce mi temor a la existencia y mis lamentables intentos de conceptuar la muerte en los confines de mi mente y mi conciencia: un espacio muy pequeño. Pero este sentimiento no me deja farolear. Se relaciona, y de nuevo me faltan las palabras, con la tristeza, con el abismo que hay en el centro mismo del amor.
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Pero a cuento de qué George Steiner. Muy sencillo: se me ocurrió escribir un artículo titulado “Los artículos que nunca he escrito”. Pero no lo haré. Es ridículo. Me da pereza. El tiempo que me llevaría es el mismo que emplearía en escribir uno de esos artículos que nunca he escrito. Además, la complejidad de los temas que suelo tratar (aviso: es ironía) y la extensión que por imperativo del periódico tienen mis artículos no justifica en modo alguno su postergación o renuncia definitiva.
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Quería escribir un artículo sobre algunas de las escritoras de las que alguna vez me enamoré. En un lugar preferente de la lista se encontraría Nicole Krauss. El flechazo se produjo nada más ver la fotografía de la solapa de su novela La historia del amor. Adentrarme en sus páginas no hizo más que reforzar el amor que sentía por la neoyorquina. Al igual que Steiner, sus armas son la inteligencia y la sensibilidad. Su prosa es deudora de Auster, pero del mejor Auster, es decir, el Auster comprendido entre 1985, año en que publicó Ciudad de cristal, y 2002, año en que publicó El libro de las ilusiones.

Por sorprendente que pueda parecer, en esta lista estaría la francesa Yasmina Reza. Me gusta su imagen de mujer fuerte a la par que melancólica. Con su mirada parece decirte: por mucho que te esfuerces, a mí no me la das. Todo sucedió con la lectura de En el trineo de Schopenhauer. En esta novela, la escritora parisina transita con elegancia y lucidez por el abismo (otra vez George Steiner) que respira y nos aguarda en el centro mismo de todo amor, es más, de toda vida.


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Por supuesto, en el artículo que me temo ya nunca escribiré estaría la poeta nacida en Orense Miriam Reyes.
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Varios son los motivos. Primero: su nombre coincide con el nombre de mi gran amor adolescente. Segundo: en una librería de Barcelona, en el año 2002 o 2003, cogí -por azar, o guiado por una suerte de intuición moldeada a fuerza de merodear por librerías- un librito titulado Espejo negro. El primer poema empezaba así:

Mi padre enfermo de sueños
en el asfalto incandescente de cien mil mediodías caminados
bajo el sol vertical
perdió sus pies
y apoyado en sus rodillas sigue buscando
el camino de vuelta a casa.

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Tercero: su aspecto de malota con sentido del humor.

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Por lo demás, otro artículo que quería escribir y ya no escribiré tenía que titularse “Un sábado muy argentino”. En el debía narrar mi sábado pasado, un sábado de encierro, un sábado rellenado con la lectura de Ricardo Piglia (diría que imprescindible si no fuera porque nadie es imprescindible) y una inesperada noticia procedente de Rosario, Santa Fe.

La lectura: Formas breves, un paseo por, como diría Bolaño, la cocina literaria de Piglia: Borges, Arlt, Macedonio Fernández, Kafka…

La noticia: he contactado con una rama familiar por parte de mi padre que emigró a Argentina y de la que apenas sabíamos nada. Demos gracias a San Internet.