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miércoles, 15 de junio de 2011

329 palabras sobre el Mediterráneo (breve discurso de Roma)


Hay un balcón. Un balcón con vistas al mar. Se trata de un mar antiguo y, por lo tanto, reposado. Un mar que invita a la reflexión. Un mar que nos viene acompañando desde los primeros recuerdos de la infancia. Estuvo ahí cuando aprendiste a montar en bicicleta, cuando diste tu primer beso, cuando ella te dijo que no quería verte más. Mirar al mar es mirar al pasado y mirar al pasado es constatar el olvido irremediable, porque siempre es más lo que olvidamos que aquello que perdura en nuestra memoria. Por fortuna. Borges constató esta suerte en un cuento genial que se resiste a perder en esa batalla que todo y todos libramos contra el olvido. Una batalla abocada al fracaso. Borges, que se dio a conocer en Europa desde un lugar idílico al norte de la isla de Mallorca: la bahía de Formentor. Cuando Europa era un sueño y Mallorca un paraíso inviolado. Borges, que dijo de Mallorca que era un lugar parecido a la felicidad. La felicidad… Al final todo se pierde, incluso las ganas de contarlo. Existen infinitas maneras de cantar este drama. El olor del salitre y la brisa marina, el sudor de los cuerpos amados, las largas sobremesas entre copas y risas, los lentos atardeceres, las arrugas de nuestros mayores, todo nos enseñó a hacerlo sin estridencias. Desde la serenidad, es decir, desde la elegancia, es decir, desde la sensualidad. Cavafis lo sabía, Durrell lo sabía, lo sabían Alberti y Jaime Gil de Biedma, lo sabía Miquel Costa i Llobera, el príncipe de Lampedusa, el trágico Pavese. Lo sabían todos aquellos que se asomaron a ese balcón desde el que hoy contemplamos este lento declive. Sólo queda amar, disfrutar el instante y tratar de rescatar de entre las cenizas los pequeños tesoros que nos llevaremos a la tumba. Una tumba que, como decía Serrat, ha de estar entre la playa y el cielo. Cerca, muy cerca de este viejo y amado mar.


[Mañana parto hacia Roma, junto con Joan Payeras y Raquel Gelabert, a un ciclo de conferencias sobre el Mediterráneo que se impartirán en el Istituto Storico Italiano per il Medioevo, en la Piazza dell'Orologio. Estas son las palabras que acompañarán los poemas que leeré. Imagino que lo divertido vendrá luego…]

sábado, 27 de marzo de 2010

EL FIN DE LA ERA GUTENBERG

Camino por un bosque. No sé adónde me dirijo. Llego a un claro y en él me encuentro con cuatro figuras colocadas en círculo, mirando algo que queda en el centro. Decido aproximarme, pues siento curiosidad. Mi irrupción en el claro hace que las cuatro figuras levanten la mirada. Conozco a estos tipos: Javier Marías, Pérez Reverte, Eduardo Mendoza y García Montero. Sonrío. Les pregunto si todo va bien. Lo pregunto porque los cuatro están llorando. Se me hace extraño ver a Pérez Reverte llorando. Me incomoda bastante. Los cuatro, al unísono, me contestan que Johannes Gutenberg ha muerto. No lo entiendo. Debe hacer como quinientos o seiscientos años que este señor murió. Así lo digo. García Montero rompe el círculo y da un paso hacia mí. No es eso, dice, lo que ha muerto es una forma de entender la literatura. Asistimos al final de la era Gutenberg. Ahora todo va a ser peor. Me encojo de hombros. No sé qué decir. Me despido con un gesto de la mano. Me doy la vuelta y me adentro en el bosque. Lo que más me fastidia es que nunca sabré qué había en el centro del círculo.

Quedo para cenar con un amigo aspirante a poeta. Evidentemente, hablamos de poesía. No tengo mucho que decir, pero él insiste. De repente me acuerdo de lo que decía Gil de Biedma que decía Keats sobre los poetas. Básicamente, que los poetas son los seres menos poéticos del mundo. La esencia del poeta, según Gil de Biedma, es su disponibilidad por ser incapaz de entregarse del todo a nada. Mi amigo protesta. No está de acuerdo. De repente me acuerdo de algo que Franz Kafka escribió en su diario. Corro a la estantería y busco el libro. Lo tengo. No me resulta difícil encontrar la cita. “¿Quién me confirma la verdad o la probabilidad de que sólo a causa de mi vocación literaria me desentiendo de todo lo demás y, en consecuencia, soy insensible?”. ¿Te das cuenta?, dice mi amigo, no se puede confirmar, es sólo una especulación. Cierto, acepto, pero date cuenta que, sea a causa de la literatura o no, Kafka se ve a sí mismo como un ser insensible, es decir, insensible a todo lo que no sea la literatura, es decir, incapacitado para todo lo demás, es decir, incapaz de entregarse del todo a nada. El resto de la velada la pasamos hablando de fútbol.

Antes de dormir, leo a Antonio Machado. Dice el sevillano que la prosa no hay que escribirla demasiado en serio, que, cuando en ella se olvida el humor, se da en el ridículo de una oratoria extemporánea, o en esa que llaman prosa lírica, tan empalagosa. Cierro los ojos.

lunes, 23 de marzo de 2009

FESTIVAL ACRÓBATAS



Dije que sí y qué haré ahora con el pánico que le tengo al público.

En una entrevista realizada en 1982, Jaime Gil de Biedma dijo que la poesía moderna está encerrada en una página y que es leída mentalmente, que la poesía empezó por ser canto, pero que la separación se consumó hace ya muchos años.

Odio mi voz y mis chistes. ¿Entonces? Amigo, pregúntale al ego, ese hijoputa.

Recuerdo vagamente una conversación con Luis Ramiro sobre Víctor Manuel. A los dos nos encantaba Víctor Manuel, aunque es posible que me confunda. Dani, ¿te acuerdas? Una niebla cerrada envolvía Madrid. En un taxi dejé olvidados todos los libros que aquella misma tarde me había comprado en La Casa del Libro de la Gran Vía. Me hubiese gustado ver la cara del taxista al encontrar todos aquellos libros de poesía. En fin, cosas más raras se habrá encontrado.

Yo seguí con lo mío, buscando mi camino, el poema perfecto. Sé que no existe como sé que algún día daré con él. Tranquilo, yo tampoco lo entiendo.

Sobre poesía, estas palabras de Ernesto Sábato:

“Algunos opinan que en la poesía pura no deben intervenir los ingredientes filosóficos o políticos; otros proscriben la anécdota; otros, en fin, echan la rima, los valores musicales. Construyendo un poema que respondiese a todas esas prohibiciones no quedaría nada, que es al fin de cuentas la más intachable forma de la pureza”.

La nada. Quizá el único tema, a estas alturas, sobre el que vale la pena escribir, ya lo dije. Tengo sueño. Feliz primavera.