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miércoles, 27 de abril de 2016

Culpabilidad



En ocasiones, la literatura (todo arte) nos aboca a los contrastes, a una incomodidad que no excluye la felicidad, pienso al contemplar la foto que le hice al libro de Coetzee. Se trata de Vida y época de Michael K. La novela descansa junto a la cerveza que acababa de pedir. Me encontraba en la terraza de un bar de la Plaça de sa Quartera. Un día perfecto de primavera. Un sol tolerable, un par de horas sin obligaciones. ¿Por qué la foto? A estas alturas, debería saber que estos instantes de íntima dicha son intransmisibles. Vuelvo a la imagen, a la tensión que en ella subsiste (me obligo a ello). El placer que produce la lectura de un relato que habla de una vida miserable. La vida de los nadie, de los que no tienen historia, carne de recelo, rechazo y centros de reclusión. La culpabilidad inesperada por poder disfrutar de momentos como éste (la buena lectura, el sol primaveral, la cerveza…). El día que nos la extirpen, la humanidad habrá firmado su defunción.

ÚLTIMA HORA, 26/04/16

martes, 12 de agosto de 2014

John & Paul, unas cartas

miércoles, 06 de agosto de 2014

Disponía de poco tiempo. Me encontraba frente al Corte Inglés. En un arrebato, vencí mis escrúpulos de esnob lletraferit y me acerqué a la librería de los grandes almacenes. Iba con el firme propósito de comprar un libro de Andrea Camilleri (al que nunca he leído). Me apetecía algo de calidad que me enganchara. Sí, a veces pienso en estos términos. Finalmente, adquirí Aquí y ahora, conjunto de cartas que intercambiaron Paul Auster y J. M. Coetzee entre los años 2008 y 2011. Apenas lo he empezado, pero diría que John destila más inteligencia que Paul.




jueves, 07 de agosto de 2014

Ya no estoy tan seguro de lo que escribí ayer. Me refiero a la frase final con la que concluí mi entrada (esa especie de chiste beatleliano). Lo que destila Coetzee es más intelectualidad (que no es sinónimo de inteligencia). Digamos que el sudafricano busca ser más original (¿más intrincado?). Al margen de los temas tratados, algo que llama mi atención es la actitud de Auster. Su perfil conciliador, sus ganas de gustar, de llegar a acuerdos con su amigo, parecen denotar una asunción por su parte de una especie de  superioridad de Coetzee (siempre buscamos agradar, por diferentes motivos, a los que están por encima de nosotros). Digamos que adoptan roles diferentes. Coetzee le busca las cosquillas a Auster, alienta la confrontación, mientras que el estadounidense se centra en poner de relieve lo que tienen de común sus puntos de vista. En fin, no deja de ser una impresión. Ni siquiera he alcanzado la mitad del libro, el cual leo como si se tratara de una novela.
            De nuevo, simultaneo lecturas. Entre carta y carta, leo cuentos de Haroldo Conti. La idea de este autor me vino por algo que leí en el blog de David Pérez Vega. Estoy con sus Cuentos completos. En realidad, sólo he leído los dos primeros. Me gusta su aire onettiano. La atmosfera se eleva sobre la historia. Muchos de sus párrafos podrían ser poemas. Tal vez el que transcribo a continuación podría ser ejemplo de lo que digo: “Recuerdo esos días, recuerdo el aire y la luz de esos días, porque fue la primera vez que sentí los mismos síntomas que mi padre, esa oscura ansiedad que me oprimía el pecho. Por primera vez, como mi padre, sentí la alegría y la tristeza de ser un hombre solitario, y ansié metas distantes y aguardé la mañana seguro de grandes acontecimientos, y por la noche me estremecí de imprecisos deseos, percibiendo voces y ruidos remotos suspendidos como esferitas en la laxitud de las sombras, desplazándose según el viento”.


martes, 12 de agosto de 2014

Floriane ya anda por Marsella. Esta mañana la acompañé al aeropuerto (...)

Ahora, en mis artículos periodísticos, trato lo que comúnmente se conoce como “temas de actualidad”. Es algo que no me llena. Me fuerzo a escribirlos. Me siento frente al ordenador y repaso la prensa digital. No tengo nada que decir sobre la mayoría de cuestiones. Por otro lado, no estoy seguro de poder aportar nada valioso… Entonces, ¿por qué lo hago? ¿Por un tema de visibilidad? ¿Por ponerme a prueba? ¿O se trata, más bien, de un asunto económico? De momento, omitiré la respuesta y seguiré con este tipo de artículos, que no publicaré en el blog.

El fin de semana terminé la lectura de Aquí y ahora. Me apetece transcribir el extracto de una carta de Paul Auster, fechada el 29 de septiembre de 2009. En ella, el norteamericano habla de poesía.

Vivimos en una época de interminables seminarios de creación literaria, cursos universitarios de escritura (imagínate, licenciarse en escritura), hay más poetas por centímetro cuadrado que nunca, más revistas de poesía, más libros de poemas (el noventa y nueve por ciento de ellos publicados por editoriales pequeñas, microscópicas), competiciones poéticas, poetas de performance, poesía vaquera; y sin embargo, pese a toda esa actividad, poco se ha escrito de importancia. Las apasionadas ideas que alimentaron las innovaciones de los primeros modernistas parecen haberse extinguido. Ya nadie cree que la poesía (o el arte) sea capaz de cambiar el mundo. Nadie tiene que cumplir una misión sagrada. Ahora hay poetas por todas partes, pero solo hablan entre ellos.


sábado, 10 de noviembre de 2012

Violencia y literatura, breve ensayo que nunca escribiré

Quería escribir un artículo largo y sesudo sobre las distintas relaciones entre violencia y arte o, mejor, entre violencia y literatura: la manera que tiene ésta de tratarla, de transmitirla, la adecuación del lenguaje empleado para tal fin, etc. La idea me duró algo así como diez minutos. Fueron, eso sí, diez minutos de una actividad mental muy intensa, casi violenta, algo infrecuente en mí. La conclusión a que llegué es que debía bajar uno o varios peldaños mis expectativas ensayísticas. Pensé: mi lista de lecturas seguirá los hilos sugerentes del azar y la obsesión. No obstante, rastrearé la violencia contenida en los libros que vaya leyendo para después poder comparar una con otra, estableciendo al fin categorías según el tratamiento de esta violencia. Supongo que no hace falta decir en qué acabó la cosa. Se acumularon trabajos de distinta índole y la idea se fue diluyendo hasta acabar en una mancha difusa en el fondo de la tacilla en que suelo beber el café y los proyectos disparatados. Ahora, en esta hora muerta en que no hago lo que debería hacer, rastreo lo que queda de todo aquello, un compendio de títulos apuntados y notas mentales que fui acumulando a medida que leía, adulteradas (adelgazadas) por el paso del tiempo y la pereza (esta vieja amiga). 

Mi intención era iniciar el artículo hablando del cuento de Samanta Schweblin titulado “La pesada valija de Benavides”, incluido en Pájaros en la boca. Se trataba, ya de entrada, de establecer un tono descreído e irónico, es decir, crítico pero amable. 

Las novelas leídas que propiciaron alguna de esas notas metales de las que he hablado hace un momento fueron: 

Infancia, de J.M. Coetzee 
Plop, de Rafael Pinedo 
Cárcel de árboles, de Rodrigo Rey Rosa. 
Del mismo autor: Caballeriza 
El oficinista, de Guillermo Saccomanno 
Noche de los enamorados, de Félix Romeo 
Pandora en el Congo, de Albert Sánchez Piñol 


Recuerdo que uno de los temas que quería abordar era el de la idoneidad de la mirada ingenua de un niño para transmitir la violencia de los adultos. Otra cuestión en la que quería profundizar era… Uf, para qué seguir. Una vez más compruebo que la cirugía no es lo mío. Me pierdo en la dispersión, en meras intuiciones que rara vez persigo hasta el final. Por lo demás, la violencia, en mayor o menor medida, se encuentra en toda creación humana, en toda relación que las personas establecen entre sí. 

Lo mejor y más importante es que disfruté mucho de la lectura de los ocho títulos mencionados. Al final, es de lo que se trata.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Un experimento peligroso


Influido por el libro Verano, de J. M. Coetzee, contacto con una ex novia, a la que hace tiempo que no veo, para que me cuente, “de manera totalmente sincera”, cómo me recuerda, qué impresión le dejé como pareja. Le insisto en que no se guarde nada, en que no tenga miedo a herirme. A continuación transcribo algunos fragmentos pertenecientes a su respuesta. La supresión de algunos pasajes se debe, por un lado, a la falta de espacio; por otro, a una cuestión de intimidad. Incluso los escritores marcadamente autobiográficos tenemos este derecho. Dice mi ex novia: “Lo que siempre me molestó fue tu frialdad, la distancia en la que te refugiabas. Esto me torturaba, me hacía sentir en la periferia, lejos del centro de tu vida, de las cosas realmente importantes para ti. Durante mucho tiempo pensé que aquella actitud era fruto del miedo, ya sabes, el miedo a que te hagan daño, incluso el miedo a hacerlo tú. Todos, en mayor o menor medida, nos armamos con este tipo de precauciones. Pero estaba equivocada. No había estrategia ni miedo, simplemente carencia, imposibilidad por tu parte de ir más allá. No te ofendas, pero creo que sufres una suerte de autismo, un autismo sentimental. Las cosas no te afectan porque tu corazón no termina de funcionar bien (…) Me enteré de que fuiste padre y tal vez esto te haya cambiado, pero permíteme que lo dude. Las personas, en lo esencial, no cambian. Pueden esforzarse en mejorar, pero la esencia sigue siendo la misma, por lo que compadezco a tu pareja actual, si es que la tienes (…)”. Una vez leído el correo, me pregunto cuánto hay de cierto en sus apreciaciones. Mejor abandono el experimento. La ignorancia, se sabe, es un don.

ULTIMA HORA, 30/11/10