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miércoles, 18 de abril de 2018

Conspiradores


Dos hombres. Rondarán los cincuenta. Se han instalado en una mesa cercana a la mía. Finjo leer los poemas del último libro de Ben Clark, pero en realidad trato de captar lo que dicen mis vecinos. Como conspiradores de otra época, hablan en susurros –hoy en día los conspiradores desconocen el término “discreción”–. «Hay que confiar en la intuición y recelar de la primera idea», dice el menos calvo. «Se debe mostrar más y explicar menos», asegura el otro. Cada pocas palabras, anotan frases en unos pequeños cuadernos que descansan sobre la mesa, junto a sus móviles y bebidas. «Lo que no se muestra también debe palpitar», añade el primero. Me percato de que llevo varios minutos con el libro abierto en el mismo punto, así que giro la página y leo: «No me preguntes cómo, pero sé / que los dioses antiguos han llorado / por nosotros». Pienso que estaría bien regalarles una frase, decir algo inteligente que cuadre todo esto. Intuyo que algún dios antiguo está llorando por todos los que nos encontramos en este bar. Quiero verles la cara, pero la luz que entra por la ventana me lo impide. Apuro mi poema y me levanto para pagar.


ÚLTIMA HORA, 10/04/18

viernes, 2 de mayo de 2014

Unas líneas sobre Ben Clark tras la lectura de La Fiera, su último libro publicado


La Fiera (Sloper, 2014)


Palabras que le sientan bien a la poesía de Ben Clark: ironía, sutileza, distanciamiento, claridad… Lo curioso es que tampoco le sientan mal palabras como seriedad, contundencia, implicación personal, ambigüedad… Tanto Vicente Valero como Miguel Dalmau, al hablar de Ben, aluden a lo que ellos llaman la mejor tradición británica. Esta tradición, entiendo, tiene que ver (sentido del humor aparte) con cierta idea de elegancia y huida de lo pomposo, de lo en exceso ornamentado y/o abstruso. Lo que es seguro es que Ben huye como de la peste de lo obvio, sea o no esto parte de su ascendencia británica. Por tal motivo, sus poemas suelen admitir varias lecturas o relecturas. No se agotan como sí lo hacen las meras ocurrencias o la poesía social más panfletaria. Por otro lado, su ingestión no resulta pesada (como sí ocurre con según qué poesía demasiado conceptual o demasiado recargada), lo que no es óbice para que nos sintamos saciados.







martes, 25 de febrero de 2014

La fe del carbonero

Otro sábado por la mañana frente al ordenador. Se está convirtiendo en un ritual, algo así como una reunión de viejos amigos en la que soy el único invitado. Me refiero al único invitado de carne y hueso. Todos tenemos nuestras tonterías, nuestros monstruos del armario. Mi monstruo del armario tiene cara de Gallardón. Desde que tengo uso de sinrazón, los llamados pro-vida me dan mucho miedo. Pero no quiero desviarme. Esto quiere ser una crónica de sábado por la mañana. Desayuné: café con leche + galletas. Me acompañaron: Diana Krall & Adele. Después finiquité Diez de diciembre, de George Saunders, en traducción de Ben Clark. Como ya dije en Twitter, se trata de un libro radical, divertido, político, trágico, entrañable, cojonudo… Mis dotes de reseñista no dan para mucho más, y más si tengo una crónica pendiente. Antes de sentarme, cotilleé por Facebook. Me gustó esta frase del también poeta y traductor José Luis Piquero (el adverbio hace referencia a Ben Clark): “A mí me encanta discutir, pero contra la fe del carretero no se puede hacer nada”. La fe del carretero. Indago en Google. Claro, la fe del carbonero. Un tal Rodolfo Bueno dice: “El carbonero se persigna al pasar frente a una iglesia; si no lo hace, cree que algo malo va a suceder. ¿Qué? No lo sabe porque siempre lo ha hecho y lo va a seguir haciendo por el resto de su vida”. Siempre lo ha hecho, el resto de su vida… Hay algo triste en todo esto. ¿Acaso me creo diferente o mejor? No, de ahí la tristeza. Menuda manera de acabar esta crónica.

ULTIMA HORA, 25/02/14

domingo, 1 de diciembre de 2013

sábado, 9 de abril de 2011

Un poema de “Basura”, de Ben Clark




Abdullah Samuels quema neumáticos en África.
La nube es negra y densa y el poblado
cierra (cuando es posible) sus ventanas.
Vende hierro.
Lleva así veinte años. Vende hierro.
El gobierno le ha dicho que no puede.
Le ha dicho un periodista que no debe.
Le ha dicho una ONG que se envenena,
que envenena al poblado y a sus hijos.
Pero cada mañana Abdullah Samuels
se levanta temprano y busca ruedas.
Lleva así veinte años. Vende hierro.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Saturday night

Ben Clark, uno de mis poetas favoritos, me pidió un poema y yo se lo envié. Si te apetece leerlo, tendrás de pinchar aquí. Ahora pienso que pasarán muchos meses antes de que vuelva a adelantar un poema perteneciente a un libro en proceso de gestación. Salvo que me lo pida Miriam Reyes, o Manuel Vilas, o Joan Payeras, o José Luis Piquero, o Carmen Camacho…

Es sábado por la noche y nada me retendrá en casa.

sábado, 25 de abril de 2009

MEMORÍA (Ed. Huacanamo, 2009), de BEN CLARK. Palabras leídas durante el acto de presentación del libro en el Club Diario de Ibiza:

Antes de nada, debo decir que estoy profundamente enamorado de Ben Clark, este ibicenco con sangre galesa e inglesa, residente en Salamanca. Como buenos isleños que confraternizan tierra adentro, y descartados por excesivos el suicidio y el asesinato, sólo me quedaba esta opción, la del enamoramiento. Ben lo explica perfectamente (con esa perfección que no llega a comprenderse del todo –es decir, que no cae en la obviedad– y cuyo terreno propicio es la poesía) en su poema titulado Apuntes sobre Houellebecq. Me permitirán que se lo lea antes de continuar.

Confesado mi amor, es decir, mi parcialidad y mi envidia, dejen que les hable de los primeros recuerdos que poseo de Ben. Estas primeras instantáneas transcurren en una Segovia irreal. Y no es que no recuerde con claridad aquel fin de semana con sus cochinillos y sus dedicatorias, o que Segovia sea una ciudad fantasma como lo es mi Palma natal los domingos de invierno, sino que los recuerdos, nítidos y ordenados, caminan hacia la incongruencia lúcida o la encrucijada. Por eso son conmovedores.

Lo mismo puede decirse de la poesía de Ben Clark. Entra fácil, pero no es un producto de consumo rápido; siempre dice más de lo que parece decir, pero lo hace como si se tratara de una broma. Es una casa sencilla –o en apariencia sencilla– que sobrevivirá a la mayor de las tormentas, y no hay mayor tormenta que la del paso del tiempo. Allí se encuentran la muerte y la memoria, los grandes temas de este libro, junto con el miedo, la belleza y la literatura.

Ahora Ben debe permitirme que contradiga en algo (desde la timidez y el respeto de un empleado de banca, de un autodidacta en esto de la literatura) a Ángel Luis Prieto de Paula, autor del prólogo del libro. Es cierto que su libro anterior, Los hijos de los hijos de la ira, era un libro generacional que debía leerse en clave posmoderna. Pero este MEMORÍA no renuncia del todo o no se aleja de aquella vocación generacional: algún eco persiste. Ciertamente, el poeta se distancia de los que le rodean para poder observarlos mejor, desde un yo más trabajado, más individual; pero esta distancia y esta toma de conciencia invitan al reconocimiento, no se agotan en la experiencia individual, agrupan a los que llegan al poema. Es como si Ben Clark, sin proponérselo, acabara siendo la voz de todos los estudiantes, de todos los jóvenes que miran la vida con una curiosidad tamizada por el escepticismo y el empuje de su sangre, todavía en ebullición.

Ben practica un equilibrio casi imposible de conseguir, y lo hace sin renunciar a nada, al menos a nada bueno. Es como si, pese a su juventud, hubiese interiorizado los diferentes y cíclicos movimientos poéticos (quizá su mestizaje haya ayudado), armonizándolos en una escritura a veces cercana a lo coloquial, por eso tan cautivadora, próxima, divertida e hiriente. Es como si se hubiese percatado a tiempo de la trampa que encierra la radicalidad, esa etiqueta tan peligrosa y muchas veces falsa.

La radicalidad llena anecdotarios; el equilibro, grandes obras. Y Ben lo sabe. Sé que entre los jóvenes y los simples la radicalidad sigue gozando de prestigio. Está bien que así sea. Pero de todos esos autores considerados radicales, sus mejores obras son aquellas que tienden al equilibrio, a veces un equilibrio simulado, pero equilibrio a fin de cuentas. En ocasiones lo que ocurre es que la radicalidad se centra sólo en un aspecto de la obra. Al ser una radicalidad marginal, periférica, puede integrarse sin problemas en ese equilibrio que hace de la obra en su conjunto, en todos sus aspectos, algo perdurable. Y la obra de Ben Clark, por lo dicho anteriormente, es perdurable. Si no, tiempo al tiempo.

Parte de la anécdota, pero no se queda en la mera confesión. Habla con transparencia, pero se trata de una transparencia con doble fondo. Sabes que esconde alguna carta secreta, pero ignoras dónde y con qué objeto. Y esto hace posible y deseable la relectura de sus poemas, lo que prueba su valía, su resistencia al tiempo.

Háganme caso: los poemas que no nos apetece releer no son buenos poemas, puede que incluso no sean poemas.

Ben Clark es un poeta serio, es decir, vocacional (en muchas ocasiones parece no tomarse en serio, pero en este no tomarse en serio radica su gran seriedad), pero esta seriedad disimulada está repleta de un sentido del humor desestabilizador y certero, lúcido como siempre lo es el mejor humor. En este punto creo poder decir que su poesía está emparentada con la de Ángel González o Nicanor Parra, y esto son palabras mayores.

Por todo esto, la poesía de Ben Clark (y MEMORÍA es un ejemplo perfecto) es una poesía de futuro, y lo digo en dos sentidos: es una poesía que, dado la juventud del poeta, no puede más que crecer; y, además, es una poesía que (como ya he dicho) aguantará las embestidas del tiempo en la medida en que la poesía puede hacerlo. Y si no me creen, podemos vernos dentro de, por ejemplo, cuarenta años.

Acabará siendo el Rafa Nadal de la poesía escrita en España.

Muchas gracias.
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