Me acostumbré a la sopa de tapioca (no hubo semana que no tomáramos sopa de tapioca, supongo que por su carácter energético, dado el desgaste físico de aquellas maratones sexuales) y a los concursos de la tele. Después de toda una tarde practicando sexo, uno se acostumbra a cualquier cosa. Bendita raza humana. Pero no tengo por qué ser tan despreciativo. ¿Acaso me creo un intelectual? Los disfrutaba, los disfrutaba mucho. Me refiero a los concursos, evidentemente, pero también a la sopa de tapioca. De ser un escritor a la última, iniciaría una escrupulosa relación de los concursos televisivos de aquellos años, pero no voy a hacerlo. Básicamente porque me da pereza. Y porque mi memoria no es tan buena como pensaba y querría. Supongo que la culpable es esa mujer que me ha dado por llamar Yoko pero que, en realidad, no se llama Yoko. Me hizo polvo la cabeza. Antes tenía una gran memoria y, como suele decirse, un cerebro bien estructurado. Mis relatos (para mi desgracia, desde mi más tierna infancia me dio por escribir) eran ordenados, coherentes, y siempre encerraban o pretendían encerrar una moraleja. Mi madre estaba convencida de que acabaría escribiendo editoriales o artículos de opinión en algún periódico de prestigio a nivel nacional. Mi padre, por el contrario, pensaba que nunca llegaría a nada o, lo que viene a ser lo mismo, que sólo podría aspirar a escribir editoriales o artículos de opinión en algún periódico cutre de provincias. Acertaste, papi, diste en el blanco. Soy un empleado gris de una gris caja rural en proceso interminable de descomposición al que, de vez en cuando, le publican un articulillo con un máximo de 1.700 caracteres. Por esto debo darme prisa, teclear como un loco, sin estrategia. A estas alturas no importa que se me noten las mentiras.
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lunes, 9 de mayo de 2011
lunes, 4 de abril de 2011
La extraña historia del hombre que amaba los pisos piloto (8)
Nos fuimos conociendo poco a poco, en los lapsos que las obligaciones laborales, el sexo y las horas de sueño nos dejaban. Yoko apenas hablaba pero, cuando lo hacía, el mundo entero se ponía a temblar. Desde el primer momento, con su diatriba contra los pisos piloto, supe que por sus venas corría un tanto por ciento muy elevado de veneno, pero no me importó, era un hombre enamorado. De todos modos, pocas veces estallaba. En realidad, sentía bastante indiferencia por casi todas las cosas del mundo o al menos es lo que yo pensaba. Salvo por sus gemidos y el sonido del televisor, la casa parecía un lugar de meditación o desintoxicación, un pequeño refugio Zen en mitad de la ciudad y sus obligaciones. Este silencio (que nunca nos abandonó) dotaba a su imagen de un aura misteriosa, lo que contribuyó a que el deseo se estirara hasta cotas que ahora mismo pienso inalcanzables. Es tan fácil confundir vacío y profundidad. La posmodernidad nos ha regalado muchos ejemplos. Quería desvelar el misterio, quería poseer un motivo para amarla más allá de su cuerpo y su mutismo. Pobre imbécil. Algunas veces se apiadaba de mí (si bien ahora, desde este sótano, soy consciente de que no se trataba de piedad, sino de maldad o aburrimiento) y decidía responder a mis preguntas. Ansiaba un trauma durante la niñez, tal vez algo relacionado con la lucidez alcanzada, no sé, con una suerte de filosofía oriental inasumible (incomprensible) para un tipo radicalmente occidental como yo. Pero no, simplemente estaba cansada, el trabajo la obligaba a hablar demasiado, la cuota de palabras diarias que su organismo le exigía quedaba más que cubierta durante sus horas laborales, reservando para mí el sexo y la contemplación en silencio del televisor. Poco a poco, la vida fue tornándose irreal. A veces, para verificar que aquello no era un sueño, alargaba el brazo y con la mano palpaba la pantalla del televisor. Siempre que hacía eso, temía que mi mano atravesara una superficie fría y líquida.
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martes, 22 de marzo de 2011
La extraña historia del hombre que amaba los pisos piloto (7)
Pasamos del sexo animal (algo caliente) de los primeros meses al sexo experimental (algo frío) de los segundos para acabar practicando el sexo marital (algo tibio) de todo hijo de vecino. Para hacer llevadero el sexo marital es necesario buscarse amantes o irse de putas. Si bien optamos por no hablar del tema, ambos sabíamos lo que el otro hacía, hay cosas imposibles de ocultar. Yoko, es evidente, se decantó por la primera opción, la de los amantes; a mí no me quedó otra que rascarme el bolsillo. Pagando, como suele decirse, serás feliz, pero aquellos dos últimos años (los del sexo marital con amantes + prostitutas) fueron, ciertamente, los menos felices de aquellos seis. Y no es que me atormentara saber que Yoko andaba acostándose con otros. La etapa experimental me había curtido lo suficiente como para poder vivir con eso. Yo tenía mis putas y mi fútbol, era, lo que suele decirse, un hombre común. Jamás tuve ansias de originalidad, lo digo en serio. Creo que podría haber seguido con aquella situación otros seis años, tal vez el resto de mi vida. ¿Que cómo llegamos a aquel escenario? Es algo sencillo en realidad, complicado si te enredas en explicaciones, inadmisibles si ya te anudaste a una relación sentimental. Es lo que pasa cuando posees un mínimo de inquietud frente a la vida, que al final todo sabe a poco. Quizá por eso tomó la decisión que tomó y quizá por eso estoy aquí ahora, en este sótano, escribiendo sobre Yoko, porque es ella y solo ella la protagonista de esta historia, ja ja, permitan que me ría del chiste.
jueves, 3 de marzo de 2011
La extraña historia del hombre que amaba los pisos piloto (6)
[Advertencia: a partir de este punto el relato se torna desagradable. Si es usted una persona sensible, le conviene no seguir leyendo. Se hablará de pollas y sexo no convencional]
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El administrador del blog
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Entendámonos. No escribo esto para mi propio lucimiento, no tengo por qué mentir. No busco la admiración de nadie (sexo en el sentido amplio de la palabra), ni si quiera pretendo dinero (que es lo que todo el mundo pretende, además de sexo en cualquiera de sus sentidos). Una forma de terapia, tal vez exhibicionismo, no lo tengo muy claro. Una compulsión como otra cualquiera, otro síntoma del declive de nuestra civilización. En fin, me limito a volcar hechos, eso es todo. Por el placer de evocarlos, de dejarlos por escrito. Tal vez para llegar a comprender todo lo que sucedió después, si bien jamás me han convencido este tipo de justificaciones. Algunos de estos hechos son verificables, por supuesto; otros, no. Y no lo son ni lo serán salvo que pudieran violentar mi mente con algún aparatito lector de recuerdos. De todos modos, los recuerdos mutan. A estas alturas sería ridículo embarcarme en la explicación de una obviedad semejante. Baste señalar lo cachondos que suelen ponernos nuestras ex novias. ¡Con lo mucho que llegamos a odiarlas! Mal ejemplo, ya que Yoko es mi ex novia y nunca llegué a odiarla. En fin... Nos habíamos quedado en el momento en que los ojos de Yoko se posaban, cual abeja con ganas de libar el jugo de su flor favorita (¡qué lirismo!), sobre mi paquete. Y que conste que no fumo. Y que conste, además, como ya expliqué unas líneas más arriba, que no tengo por qué mentir, que no soy más que un escrutador (con espíritu cientificista) de mi propia biografía. Me dejo de rodeos, lo diré ya: tengo un paquete de dimensiones, como suele decirse, considerables. Hablando en plata: 23 centímetros de pura personalidad. De ahí que siempre se me haya hecho difícil, por no decir imposible, disimular mis erecciones, por muy media asta que hayan sido. Yoko sintió que el cielo se le abría, pero en realidad lo que se abría era la cremallera de mi pantalón. Hay miradas más elocuentes que mil discursos de sindicalistas cabreados. Sus ojos olvidaron su ascendencia oriental. Me dijeron, en arameo clarito, que se moría por mi polen, y una cosa está clara: con lo que tienes en abundancia, debes ser generoso…
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.viernes, 25 de febrero de 2011
La extraña historia del hombre que amaba los pisos piloto (5)
La escena de desarrolló siguiendo los parámetros de las peores películas porno, es decir, de las mejores, otro de los vicios o más bien inclinaciones que tuve que dejar. Ya en la cocina, no podía disimular mi erección. Nunca he conseguido erecciones espontáneas tan potentes como cuando he visitado pisos piloto. A la construcción en sí (pero no es sólo la construcción, es también o sobre todo el ambiente de artificiosidad, de parque temático, de proyección al margen de nuestra realidad cotidiana) había que añadirle el bamboleo de las caderas de Yoko. Me precedía con naturalidad, con ese fastidio mal disimulado (en realidad no se quiere disimular) de los que trabajan cara al público en el próspero (al menos por aquellos días) mundo de la construcción. Su expresión a mitad de camino entre el cansancio y la profesionalidad no hacía prever el desenlace violento de aquella escena. De una manera totalmente robótica, Yoko enumeraba las grandes ventajas de las reducidas dimensiones de aquella cocina. Todo a mano, fácil de limpiar, eminentemente práctico. Siempre he pensado que con las cosas eminentemente prácticas se construyen los más sofisticados infiernos. De hecho, estoy convencido de que el auge de la practicidad que vivimos hoy en día no es más que una de las múltiples caras del declive de nuestra civilización. El pragmatismo llega con la madurez y tras la madurez está la muerte. Por el contrario, el idealismo es sinónimo de juventud (de imbecilidad también, pero aquí no es el tema), ya sea a escala individual o social, y ya se sabe que los rasgos definitorios de la juventud son el vigor y el entusiasmo (también la imbecilidad, pero sigue sin ser el tema). En fin, que allí estábamos Yoko y yo, en la cocina, contemplando el extractor de humos o la encimera, tal vez admirando la magnífica luz que entraba por la pequeña ventana que oxigenaba aquel especio minúsculo, cuando noté que sus ojos se posaban sobre mi paquete.
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sábado, 19 de febrero de 2011
La extraña historia del hombre que amaba los pisos piloto (4)
Una pasión que tuve que abandonar el día que conocí a Yoko. Debería haber previsto el destino fatal de la historia que empezaba. Nada bueno podía surgir de una unión que exigía una renuncia de tales dimensiones. Efectivamente, una vez que Yoko se instaló en mi vida y en el apartamento que por entonces alquilaba, ya no hubo más pisos piloto. Ella, que durante buena parte de su vida adulta había trabajado mostrando pisos piloto a posibles compradores, los detestaba con todas sus fuerzas. Aquella vehemencia con la que atacaba todo lo que tuviera que ver con los pisos piloto me llevó a ocultarle la pasión que en mí despertaban. Jamás me dejé engañar por los fanáticos de la comunicación y la sinceridad, tan inocentes como aburridos, pero hay silencios y renuncias que pueden destrozarte la vida. Ahora entiendo por qué Roque Dalton, delantero mítico de la mítica selección salvadoreña de mitad del siglo pasado, quería que su epitafio fuera el siguiente:
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“Entre los 26 y los 27 años,
etapa que se prolongó durante toda su vida,
fue el hombre más inteligente del mundo.
Después se casó”.
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viernes, 11 de febrero de 2011
La extraña historia del hombre que amaba los pisos piloto (3)
Lo de mis abuelos merece capítulo aparte, un capítulo que zanjaré en unas pocas líneas. De lo escrito hasta ahora se infiere que ya no viven, ¿verdad? En efecto, los cuatro ya están muertos, murieron un 13 de agosto de 1973, año de mi nacimiento. Mi madre era una feliz mujer embarazada y aquella inesperada y terrible noticia casi le provocó un aborto. Los cuatro viajaban en el avión de Aviaco que cubría la ruta Madrid-La Coruña y que se estrelló en Montrove, a solo dos kilómetros de su destino. Hubo 85 muertes, entre los cuales se encontraban mis cuatro abuelos. O sea, que es justo decir que nací de milagro y en mitad del dolor. Imagino que mi nacimiento significó un pequeño paréntesis de felicidad, un pequeño oasis en mitad de la aflicción de mis padres, lo que no impidió que parte de ese aire de tristeza que impregnaba el ambiente de aquellos días se colara en mi interior y ya nunca saliera de ahí. Tal vez este hecho, el de haber nacido en un oasis en mitad de la ruina, explique, a su vez, mi pasión por los pisos piloto.
viernes, 4 de febrero de 2011
La extraña historia del hombre que amaba los pisos piloto (2)
Curiosamente, también mis padres se conocieron en un piso piloto. Así pues, podríamos hablar de una predisposición familiar a este tipo de inicios. Al no tener hermanos ni primos que puedan tirar por tierra esta teoría de la predisposición familiar (tanto mi padre como mi madre son hijos únicos) y al no haber conocido a ninguno de mis abuelos y no haber estos narrado a sus descendientes, cuando pudieron, las circunstancias en que se conocieron, cabe concluir que se trata, hasta donde puede saberse, de una tradición familiar sin fisuras, de un rasgo distintivo propio. Un rasgo que morirá conmigo, puesto que no puedo tener hijos. En su momento pensé que esta circunstancia, la de mi esterilidad, iba a poner en peligro mi relación con Yoko, así se llama la mujer que cambió mi vida, pero para mi sorpresa no le dio la más mínima importancia. Esto, que debiera haberme hecho feliz y, si no feliz, sí debiera al menos haberme aliviado, me sumió, como suele decirse, en un mar de dudas, llegándome a plantear la naturaleza de nuestra relación. Pero plantearse la naturaleza de las cosas y, más aún, de las relaciones que se establecen entre dos personas inmersas en una relación sentimental, no es más que una enorme estupidez sin sentido, pero la vida en general y la vida en pareja en particular te llevan, inexorablemente, a plantearte cosas de una estupidez admirable, indignas de personas consideradas medianamente sensatas.
miércoles, 2 de febrero de 2011
La extraña historia del hombre que amaba los pisos piloto (1)
Nos conocimos en un piso piloto. Siempre he adorado los pisos piloto. Son pequeños oasis en mitad del desorden, la materialización pormenorizada e ideal del futuro. Uno se ve viviendo en ellos, feliz, sin preocupaciones excesivas. Nos recuerdan aquel tiempo en que todo era posible. Uno imagina que podrá moldear a su gusto aquella promesa que siempre es un piso piloto. Resulta de lo más fácil emocionarse en esas habitaciones en las que nadie ha dormido aún, decoradas con muebles baratos de Ikea. Por el contrario, se hace difícil emocionarse cuando se visita un piso de segunda mano. En los pisos de segunda mano (por no hablar de los pisos de tercera o cuarta mano) flota un aire viciado de vida ya vivida, de oportunidad echada a perder, de sueño frustrado. Irremediablemente, este ambiente se convierte en lastre que no nos abandona hasta que la visita concluye. De vuelta en el recibidor, nos sentimos aplastados, más tristes que al principio de la visita. En los pisos usados uno intuye que no podrá empezar de cero, que tendrá que arrastrar el drama doméstico de los anteriores inquilinos. Ya te pueden decir frases del tipo “aquí fuimos muy felices” o “nunca olvidaré los años vividos entre estas paredes”. No pueden contrarrestar la ponzoña que encharca tu mente y tus pulmones. Entonces se hace preciso salir cuanto antes, volver a respirar el aire contaminado de la ciudad. Poner, como suele decirse, tierra de por medio. En cambio, en los pisos piloto todo es distinto. Uno sí siente que es posible empezar de cero pese a que, racionalmente, sabe que es del todo imposible. Salvo cuando se nace, uno nunca empieza de cero, y aun esto es dudoso. Empezar de cero es un mito, es decir, algo muy peligroso, algo que puede cegarte con su luz excesiva. Muchos se quedaron ciegos persiguiendo ese mito. Yo mismo enceguecí alguna que otra vez. Pero aquella tarde andaba con los ojos bien abiertos. Tal vez por esto, por esta apertura desmedida, absorbí su figura de una manera desbordante y me dejé cegar por esa otra promesa que siempre es una mujer desconocida. Debo adelantar que nunca dejó de ser, al menos para mí, una mujer desconocida, pese a que acabamos conviviendo por espacio de seis años.
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