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martes, 25 de febrero de 2014

La fe del carbonero

Otro sábado por la mañana frente al ordenador. Se está convirtiendo en un ritual, algo así como una reunión de viejos amigos en la que soy el único invitado. Me refiero al único invitado de carne y hueso. Todos tenemos nuestras tonterías, nuestros monstruos del armario. Mi monstruo del armario tiene cara de Gallardón. Desde que tengo uso de sinrazón, los llamados pro-vida me dan mucho miedo. Pero no quiero desviarme. Esto quiere ser una crónica de sábado por la mañana. Desayuné: café con leche + galletas. Me acompañaron: Diana Krall & Adele. Después finiquité Diez de diciembre, de George Saunders, en traducción de Ben Clark. Como ya dije en Twitter, se trata de un libro radical, divertido, político, trágico, entrañable, cojonudo… Mis dotes de reseñista no dan para mucho más, y más si tengo una crónica pendiente. Antes de sentarme, cotilleé por Facebook. Me gustó esta frase del también poeta y traductor José Luis Piquero (el adverbio hace referencia a Ben Clark): “A mí me encanta discutir, pero contra la fe del carretero no se puede hacer nada”. La fe del carretero. Indago en Google. Claro, la fe del carbonero. Un tal Rodolfo Bueno dice: “El carbonero se persigna al pasar frente a una iglesia; si no lo hace, cree que algo malo va a suceder. ¿Qué? No lo sabe porque siempre lo ha hecho y lo va a seguir haciendo por el resto de su vida”. Siempre lo ha hecho, el resto de su vida… Hay algo triste en todo esto. ¿Acaso me creo diferente o mejor? No, de ahí la tristeza. Menuda manera de acabar esta crónica.

ULTIMA HORA, 25/02/14

sábado, 19 de octubre de 2013

Poesía en los bares: Piquero y Piqueras

El fin de semana perdido (DVD Ediciones, 2009), de José Luis Piquero
y La latitud de los caballos (Hiperión, 1999), de Juan Vicente Piqueras

Poema de Juan Vicente Piqueras

 
Poema de José Luis Piquero

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Javier Cánaves en el blog de José Luis Piquero (y algo sobre Ruido de fondo, de Don Delillo)



Puedes acceder al blog de José Luis Piquero pinchando aquí.

Aprovecho que actualizo mi blog para recomendar la lectura de Ruido de fondo, de Don Delillo.

Es una puta paranoia. Me ha hecho reír a carcajadas. Algunos diálogos son sencillamente brillantes. Juega con el absurdo en un contexto realista y sale bien librado. Va del miedo a la muerte. Va de la tecnología, de su insuficiencia cuando se trata de librarnos de ese miedo. Va de la sociedad en que vivimos. Del vacío. De los supermercados y las viviendas unifamiliares. Va de la familia, de la vida en EE.UU., es decir, en el mundo occidental.

Si quieres leer una crítica de verdad sobre la novela tendrás que irte a otro blog.

A continuación transcribo un pasaje de la novela, concretamente las palabras que, con voz calmada y precisa, uno de los pilotos dirige a la grabadora de la cabina de un avión que está cayendo en picado desde una altura de diez mil metros (palabras que el pasaje aterrorizado puede escuchar):

“Habla el vuelo 213 de American dirigiéndose a la grabadora de abordo. Ahora ya sabemos cómo es. Es peor de lo que nunca habíamos imaginado. En el simulador de Denver jamás nos prepararon para una cosa así. Nuestro miedo se ha vuelto puro, tan despojado de distracciones y presiones que ha llegado a convertirse en una forma de meditación trascendental. En menos de tres minutos aterrizaremos, por así decirlo. Encontrarán nuestros cuerpos diseminados en algún campo humeante, desencajados aún por las macabras posturas de la muerte. Te quiero, Lance”.

Hasta aquí el comentario.

La foto del principio es una forma de atraer lectores a este blog.

Marketing agresivo. Aprendo de los mejores.

(Tranquilos, no abusaré del recurso)

sábado, 13 de noviembre de 2010

Saturday night

Ben Clark, uno de mis poetas favoritos, me pidió un poema y yo se lo envié. Si te apetece leerlo, tendrás de pinchar aquí. Ahora pienso que pasarán muchos meses antes de que vuelva a adelantar un poema perteneciente a un libro en proceso de gestación. Salvo que me lo pida Miriam Reyes, o Manuel Vilas, o Joan Payeras, o José Luis Piquero, o Carmen Camacho…

Es sábado por la noche y nada me retendrá en casa.

miércoles, 20 de enero de 2010

Miércoles, recuento de lecturas


Mi faceta pornográfica. Mi ingenua altivez. Mi aburrimiento. En realidad, no son más que apuntes de andar por casa, sin ninguna aspiración filológica o erudita. Otro día debo analizar el hecho de escribir sobre otros libros teniendo yo libros en el mercado. Uno debe separar. Decir que un libro te parece flojo no significa necesariamente pensar que los tuyos son mejores, ¿o sí?

POESÍA-.

El fin de semana perdido, de José Luis Piquero. Conjunto de buenos poemas, alguno cojonudo. Pienso que aspira a la Emoción, entre otras cosas. Como objetivo final del poema, pero también mientras lo escribe. Que busca emocionarse, vamos. Lo que explicaba Michon. Diría que este punto (en realidad difuso) es lo que más nos une. De todos modos, las armas no son infinitas; el modo de emplearlas, sí.

Perpètues paraules, de Joan Cabalgante. Poemario contenido, al menos si lo comparamos con el de Piquero. Cabalgante aspira al clasicismo, a cierta clase de clasicismo, por lo que se concede pocos riesgos. Intimista. Reflexivo. Correcto.

En resumidas cuentas (antología), de José Emilio Pacheco. Pequeña decepción, al menos por el momento (todavía no lo terminé). Ni frío ni calor. Me gustaron los poemas de Irás y no volverás. Digamos que en líneas generales se queda a medias: ni deslumbra su cultura ni sorprende ni llega a emocionar. Tiene chispazos. Contra los recitales, Conferencia o Miseria de la poesía son ejemplo de su tino. Corre el riesgo de dejar indiferente.

El mundo no se acaba y otros poemas, de Charles Simic (traducción de Mario Lucarda). Leyendo a Simic se me hizo inevitable pensar en José Viñals. Les une, claro, la veta surrealista (que al estadounidense nacido en Belgrado le gusta negar o rebajar) y el simbolismo. El de Simic, como el de Viñals, es un surrealismo simbolista acogedor, que inspira, que dota de vida a los objetos comunes. Siempre hay un pálpito. Es listo y por lo tanto irónico. En ocasiones, algunos poemas adolecen de falta de emoción (no se produce la empatía) y se quedan en mera imagen (situación) extraña, sin más, pero en líneas generales son poemas evocadores a los que apetece volver.

NOVELA-.

Nembrot, de José María Pérez Álvarez. Llegué a esta novela por la recomendación de un amigo. Me dijo que se trataba de una de las mejores novelas escritas durante la democracia española. Me aseguró que, de haberla publicado Alfaguara o Anagrama, ahora estaría al lado de Los detectives salvajes, de Bolaño. Son palabras mayores. Tenía que leerla. Y lo hice. Y no me decepcionó. Se trata de una novela arriesgada, me refiero a comercialmente arriesgada, es decir, sin concesiones. Es tentador pensar que tiene algo de rupturista, tal vez de posmoderno, pero yo diría que tiene más de clásico, ya que bebe directamente de dos fuentes ya clásicas: Cortázar y Onetti. Es una novela total, en el sentido que abarca la totalidad de una relación sentimental entre un maduro escritor argentino de novela rosa y un joven gallego desengañado del amor, perdido y sensible. Recuerda a Gala, sí, pero nada que ver. Enganchan tanto la historia como el modo de contarla. Es divertida e ingeniosa; también sentimental y seria. Hay momentos de una altura brutal. Altamente recomendable.

OTROS-.

Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, de Rafael Sánchez Ferlosio, obra con la que ganó en 1994 el Premio Nacional de Ensayo. No se debieron publicar grandes ensayos aquel año en España. Bueno, no soy un lector asiduo de ensayos, pero no catalogaría el libro de Sáchez Ferlosio como libro de ensayo. Más bien batiburrillo, alto batiburrillo: pensamientos, reflexiones, aforismo, anécdotas, descripciones, algún poemilla… Tiene destellos geniales, sin duda, y una prosa pulcra, granítica, lo que no impide que se vaya diluyendo mientras uno avanza en la lectura.

La paz social, primer libro publicado de Antonio Doñate. Conjunto de monólogos y conversaciones que rebosan inteligencia e ingenio, incisivos y a la vez fáciles (por el fluir de la prosa) de leer. Pretenden, creo, describir o analizar o recrear una generación concreta de un status determinado: los nacidos a principios de los setenta, finales de los sesenta, con estudios universitarios y querencia por la cultura-no-de-masas. Rebosan análisis y desencanto sin llegar a la desesperación. La contra habla de “novela de amigos, de encuentros y desencuentros”, y algo hay de eso, claro, pero llamar al libro novela es una forma de marketing editorial. Aunque si el de Sánchez Ferlosio es un ensayo… En fin, cuestión de etiquetas, siempre tontas e incompletas y sin embargo imprescindibles para entendernos.