Ahora, la luz del flexo de la mesita de noche está apagada. Ella la encendió cuando se separó de él para ir al baño. Cuando él dejó la habitación, la luz seguía prendida. Sin embargo, en estos momentos, la habitación está sumida en una oscuridad que dista mucho de ser cerrada: una farola de la calle posibilita una visión parcial de los objetos que le rodean. La habrá apagado, se dice, cuando oyó que abría la puerta. O sea, que no dormía. Pensar esto le llena de rencor hacia su compañera. Se acerca a la cama. Ella continúa con los ojos cerrados. Está fingiendo, piensa él. Se agacha y empieza a subirle la falda. Ella no lo impide, es más, diría, aunque no puede estar seguro, que con un casi imperceptible movimiento de caderas le facilita las cosas. No lleva bragas. Tal vez se las quitó cuando estuvo en el baño, elucubra él. ¿O se pasó toda la noche sin ropa interior? Tiene el sexo completamente rasurado. No se lo esperaba. La verdad, hubiese preferido otra cosa. Se sube a la cama y se coloca de rodillas, la espalda curvada hacia delante, a los pies de su compañera. No puede dejar de verse como un mono a punto de entrar en acción. Sonríe. Olfatea sus propias uñas, los pies de ella. Después empieza a chuparle los muslos.
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sábado, 3 de noviembre de 2012
viernes, 2 de noviembre de 2012
El mundo sigue siendo un lugar muy triste (5)
O tal vez no. Se agarra con fuerza a esta posibilidad. La esperanza es lo último que uno debe perder. Cualquier cazador nocturno lo sabe. También es cierto que una retirada a tiempo suele suponer una victoria. Pero no, todavía no ha llegado a ninguna situación límite. Se pone en pie. Se acerca a la puerta del baño. ¿Estás bien?, pregunta. ¡Un minuto!, grita ella. Vuelve a la cama. Se sienta. Escucha cómo corre el agua por el lavabo. Se está lavando los dientes: buena señal. Al fin sale del baño con una sonrisa de disculpa y vergüenza, y se sienta a su lado, en la cama. Apoya su cabeza en el hombro de él. No me siento muy bien, dice ella. Lo siento, agrega después de unos segundos. Él tiene la mirada fija en una pequeña rugosidad de la pared blanca de enfrente. No te preocupes, dice. Ella nota algo extraño en la voz de él. Lo siente muy lejos, como si le hubiesen robado el alma y de él solo quedara la carcasa exterior. Voy a tumbarme, anuncia ella. Si quieres, añade, puedes quedarte a dormir. Él se lo agradece, pero opina que lo más sensato es marcharse. Aún no son las cuatro. No ha pasado nada grave, todavía no tienen de qué arrepentirse. Es difícil decir si este pensamiento lo alivia o lo entristece. Como quieras, dice ella. Y se tumba. Él la observa unos instantes, todavía sentado al borde de la cama. Tan cerca y tan lejos, piensa. La respiración de ella se torna más profunda. Él se pone en pie. Sale de la habitación. Recorre el pasillo por el que fueron tropezando unos minutos atrás. Parece que hayan pasado días. Ahora es otro. Llega a la puerta de salida. La abre. Da un paso y se detiene. El mundo y, en especial, el pasillo en penumbra que lo recibe le parecen de una tristeza intolerable. Vuelve atrás. Cierra la puerta y se quita los zapatos. Si le preguntaran, no sabría precisar qué le empuja a volver a la habitación donde su compañera de trabajo duerme.
jueves, 1 de noviembre de 2012
El mundo sigue siendo un lugar muy triste (4)
Una vez en casa de ella, van directos a la habitación. De camino, chocan con distintos muebles, lo que les hace reír de un modo un tanto patético, como niños a punto de cometer alguna tropelía. Ya en la cama, con manos torpes, él empieza a desabotonar la camisa de ella. Ella sonríe a modo de disculpa y le pide que espere un minuto, que tiene que ir al baño. Mientras él espera, trata de imaginar lo que en breve sucederá entre ellos. Casi no puede creer que esté allí. Sin que pueda hacer nada por evitarlo, acude a su mente la imagen de su esposa y, lo que es peor, la imagen de sus dos hijos. Se dice que nadie tiene por qué salir lastimado. Ya habrá tiempo para sentirse culpable. Pero no ahora. No se encuentra en esa habitación a esas horas de la noche para reflexionar sobre la naturaleza y las posibles consecuencias de sus actos. A veces uno necesita aflojar, dejar que las cosas sucedan; ser siempre bueno puede resultar muy aburrido. Le alejan de estas disquisiciones unos sonidos provenientes del baño. No se lo puede creer: ella está vomitando. Es consciente de que la noche se acaba de ir a la mierda.
miércoles, 31 de octubre de 2012
El mundo sigue siendo un lugar muy triste (3)
¿Dije el problema? En el momento en que ella va a hacer algún comentario sobre quién sabe qué, él agarra su nuca con la mano derecha y la trae hacia sí. Mientras sus lenguas se enzarzan en una coreografía desquiciada, él cobra plena conciencia del terrible error que está cometiendo. Pero no le importa. Salen a la noche. Se abrazan y se besan con todas las ganas reprimidas durante tanto tiempo. Entonces pasa un taxi y deciden pararlo. ¿Dónde vamos?, pregunta ella. ¿A tu casa?, sugiere él. En este momento le viene a ella la imagen de la mujer de él. Se supone que son amigas. Alguna vez compartieron café y charla junto a la máquina expendedora. Si se ven por los pasillos del edificio donde trabajan, se sonríen y saludan profusamente, como si entre ellas no pudiera existir nada al margen del buen rollo y los mejores deseos. Pero ahora, a estas horas de la madrugada, tan lejos de la oficina, los deseos de ella, combinados astutamente con el alcohol ingerido a lo largo de la noche y los evidentes y halagadores deseos de él, la precipitan del lado desaconsejable de la realidad, es decir, accede a la propuesta de su acompañante. Días después, al recordar esta noche, el trayecto en taxi de camino a su casa habrá desaparecido. Ni ella ni él recordarán sus manos sudadas, aferradas con desesperación, con una especie de urgencia que no encuentra su única explicación en el deseo sexual.
martes, 30 de octubre de 2012
El mundo sigue siendo un lugar muy triste (2)
Los días pasan
sin que nada cambie hasta que alguien organiza una cena de empresa. Se trata de
una cena para la gente del departamento donde él trabaja, por lo que su mujer
decide quedarse en casa con los niños. No es que nuestro protagonista tenga
pensado ningún plan de acción, ni que sus expectativas sean grandes, pero lo
cierto es que acude a la cita con una actitud abierta, es decir, predispuesto,
llegado el caso, a dejarse llevar. La cena transcurre como suelen transcurrir
este tipo de cenas. En el primer bar todavía están todos. Los brindis
habituales y las conversaciones sobre gente de la empresa ausente en ese
momento se suceden con naturalidad. En el segundo bar, las bajas ya son
considerables: han desertado más de la mitad de los asistentes. En el último,
solo quedan ellos dos. Qué sería de nuestra vida sentimental sin la tan
socorrida última copa. El problema es que esta última copa suele venir
precedida de las tres o cuatro anteriores. A tal cantidad de alcohol hay que
agregarle el vino de la cena y el licor con que se acompañó el café una vez
finalizados los postres.
lunes, 29 de octubre de 2012
El mundo sigue siendo un lugar muy triste (1)
[Se trata de una historia inventada. La
presento en 7 capítulos breves. Cada día de esta semana publicaré un nuevo
capítulo. Cualquier parecido con la realidad no es coincidencia. Las empresas
donde trabajamos son un hervidero de deseos sexuales. Unas veces se reprimen;
otras, no. Los finales, por lo general, tienen querencia por la tristeza. Se
cumplan o no nuestras expectativas. Hay quien llama a esto naturaleza humana.
Yo me limito a contar una historia]
Es una historia más
habitual de lo que cabría pensar, tierna y sórdida a la vez. La protagonizan un
hombre y una mujer de unos cuarenta años de edad. Están casados y trabajan para
la misma empresa. De hecho, fue allí donde se conocieron. Él era el típico
guapo seguro de sí mismo que apuntaba maneras y que finalmente tuvo que
conformarse con un cargo intermedio que no termina de satisfacerle. Ella era la
guapa oficial, una mujer decidida, más lista que inteligente. En su momento, supo
sonreír a las personas adecuadas para acabar como subjefa de un departamento
más o menos insignificante. Tienen dos hijos, un chaletito adosado bastante
coqueto y un Opel Insignia gris metalizado. Si alguien les preguntara, dirían
que son felices. Por las mañanas, él suele salir a tomar un café con una
compañera de departamento. No está, ni mucho menos, tan buena como su mujer
pero, en fin, le ríe las gracias. Ya saben lo que dicen del roce y el cariño.
La cuestión es que el tipo empieza a tener fantasías eróticas protagonizadas
por él y su compañera. Ya no es solo que se masturbe pensando en ella, sino
que, cuando hace el amor con su mujer, la imagen de su compañera acude a su
mente con una asiduidad desconcertante. Pasa el tiempo y la cosa va a más. Sería exagerado hablar de obsesión, pero si le dieran
a elegir entre su compañera y cualquier mito erótico cinematográfico no
dudaría ni un segundo en escoger a la primera.
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