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jueves, 30 de mayo de 2013

La tentación del fracaso

Leo en un medio digital que Lucrecia Martel, directora de cine argentina, se ha propuesto rodar una película basada en la novela Zama, de Antonio Di Benedetto. Inmediatamente me seduce la idea. Me seduce por arriesgada, por insensata, diría que por su inevitable tufillo a decepción. Esta breve nota leída al azar prende la mecha de las divagaciones. ¡Soy tan dado a ellas! Me alejo del núcleo, vuelo por libre. Pienso que todos, alguna vez, deberíamos emprender proyectos osados, peligrosos, abandonar el terreno asequible, conocido, en que solemos movernos para lanzarnos al vacío, ese lugar oscuro e ignoto en que cualquier cosa es posible. Aunque sea para pegarnos el gran batacazo. Quieren estas líneas constituirse en reivindicación de los grandes batacazos. Sólo cae quien se arriesgó a la subida, y ya saben lo que suele decirse de la relación entre impacto y altura. Sigo volando. Mi imaginación se desboca. Me veo como un veterano director de cine que lleva toda su vida rodando películas de acción, esas cuya trama parece ideada por un crío de doce años, y que de pronto, pese a los consejos en contra de todos sus amigos y conocidos, decide embarcarse en un retorcido film de época que exige ritmo lento, silencios, sutilezas… Estoy hablando, creo, de la tentación del fracaso, del inconfesable placer de defraudar a quienes nos siguen; o, tal vez, de la necesidad que tienen algunos de comprobar dónde se encuentran sus límites para, una vez fijados, ir un paso más allá. Mucha suerte, Lucrecia.

ULTIMA HORA, 04/06/13 

miércoles, 6 de marzo de 2013

‘Los suicidas’, de Antonio Di Benedetto. Cuatro citas y algo más


    Me aparto de las calles de afluencia. El calor ha cedido. Estoy despejado, estoy bien.
    Me sobra noche. Podría buscar una mujer. O llegar a donde lo hizo Adriana Pizarro. No es hora de entrar; sólo vería un bulto oscuro, el de la casa dormida. La exploración empezará mañana. ¡Mañana!... ¿Cuántos mañanas me quedan?...
    Mañana podría cambiar de vida. Pero no puedo cambiar de oficio. Soy mi oficio. Si no cambio de oficio no puedo cambiar de vida.
    Cambiar de Julia. Cambiar de mujer no cambia nada.
    Cambiar de recuerdos. El pasado no se cambia, a menudo nos gobierna. Hace 33 años me dieron este cuerpo al que posteriormente han sido agregados hábitos, ideas, una manera de comer… A los 17 me equivoqué. Vengo de atrás.
    Tengo ayer, no sé si tendré mañana. No poseo más que una certidumbre, la de que, en algún momento, moriré.

*

    El domingo paso otro rato agradable con Julia y me acuerdo de Marcela.
    Pero con Marcela, supongo, habría que empezar todo desde el principio, quiero decir, el asedio, alguna simulación, alguna formalidad, una especie de noviazgo, y no es cómodo.

*

    Porque destruirse a sí mismo es privilegio de la absurda condición humana.

*

    Escarba sobre mi ausencia de estos días, pero concretamente no pregunta el motivo y aprovecho para callar al respecto. Supongo que ya se está habituando a que la deje un tiempo abandonada y vuelva cuando es necesario, y me parece que así es más agradable y llevadero porque el excesivo trato entre las personas produce roces y fastidios. Si uno se ve mucho con el otro tiene mayores ocasiones de descubrir sus partes malas.

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Juan José Saer: “Las tres principales novelas de Antonio Di Benedetto, Zama, El silenciero y Los suicidas, en razón de la unidad estilística y temática que las rige, forman una especie de trilogía y, digámoslo desde ya para que quede claro de una vez por todas, constituyen uno de los momentos culminantes de la narrativa en lengua castellana de nuestro siglo”.

Edgardo Dobry: “Di Benedetto hace de la economía el principio constructivo del estilo. De este modo se lleva a la prosa el principio activo de la poesía: la conciencia de la gramática como instrumento formal, eso que Auden llama “la obligación de pensar dos veces” antes de escribir una frase”.

En la contra de la novela Zama, editada en la Biblioteca Universal Planeta (1972), el propio Antonio Di Benedetto se describe así: “Soy argentino, pero no he nacido en Buenos Aires./ Nací el Día de los Muertos del año 22./ Música para mí, la de Bach y la de Beethoven. Y el cante jondo./ Bailar no sé, nadar no sé, beber sí sé. Auto no tengo./ Prefiero la noche. Prefiero el silencio”.

En una entrevista realizada por Jorge Halperín en el año 1985, a la pregunta “Usted construye literatura fantástica con personajes carnales. ¿Por qué?”, Di Benedetto responde:

"Es la fuga de la realidad. A mí la realidad siempre me maltrata, me ha dado una vida bastante dura, atormentada. No se puede convocar a la irrealidad para que gobierne nuestra vida cotidiana, pero sí se puede buscarla como consuelo mediante los sueños. Y la otra forma de alcanzar la irrealidad es mediante la literatura fantástica. Entonces, ya no nos queda solamente el consuelo de la noche para soñar. Uno ingresa al cuento y puede llegar hasta el cuello en su ahogo, pero no se muere".  




lunes, 11 de febrero de 2013

La gran caída



Yo, como muchos, llevo una doble vida. Que me salva. Esta otra vida transcurre en mi imaginación. Allí puedo autodestruirme sin problema. Todos los seres sensibles y civilizados fantasean con la autodestrucción. “Todo esto da asco. No palabras…”, ya saben.

Allí, además, tengo algunos amigos, amigos que por ejemplo me dicen “hacer negocio con la salud no es de buenos cristianos” y después, como Delueze o Primo Levi, se lanzan al vacío.

Antonio Di Benedetto, en su novela Los suicidas, lo cuenta de esta forma: “destruirse a sí mismo es privilegio de la absurda condición humana”.

Escribo mientras en la tele hablan de un tipo que saltó de un cuarto piso perseguido por el señor Desahucio. Menudo privilegio. Es como si todos estuviéramos inmersos en una gran caída que no parece tener fin. Pero siempre puede ser peor.

“Ten una vida bonita, tengo ganas de suicidarme", éstas fueron las últimas palabras de J.G. Se las dijo a su madre por teléfono. Tenía doce años. La madre se alarmó, quiso hablar con él, pero fue inútil. J.G. ya no atendía el teléfono. La madre quiso creer que se trataba de una broma, de una travesura sin gracia, tal vez de una apuesta entre amigos de clase. Cualquier cosa antes de aceptar que su hijo estaba hablando en serio. Ni la muerte de la abuela, ni el divorcio entre ella y su marido, ni los problemas en la escuela podían justificar algo así. Era imposible. Del todo. Cómo va a quitarse la vida un niño de doce años. ¿Tiene sentido?

Cuando llegó a casa, se lo encontró ahorcado.

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La facilidad nos vuelve tontos. Todos aspiramos a la facilidad. Complete el silogismo.

En la comodidad y en la ignorancia anida la paz. Al final preferimos ser cerdos satisfechos. El hombre insatisfecho no cotiza. Sólo aceptamos su compañía cuando nos lo encontramos en el interior de una película o de una novela.

Por otro lado, la sociedad satisfecha de sí misma se ha venido abajo. Lo hemos visto por la tele. Lo hemos sufrido en nuestras propias carnes. La insatisfacción reinante espolea conciencias. Todo esto nos acerca a la confrontación.

En la lucha los seres humanos se sienten más vivos. Esa vieja paradoja. Entonces todo se intensifica. Lo bueno y lo malo. Queremos ganar la batalla para poder volver a ser cerdos satisfechos.

Un amigo me cuenta que al hijo de una amiga le han detectado una enfermedad grave. El niño sólo tiene cinco años. Mi amigo me lo cuenta compungido. Acuden a nuestras bocas frases hechas, tan sobadas como ciertas. Viejas verdades en las que sólo reparamos cuando la confrontación nos salpica. Lo que de verdad importa. Por encima de cualquier otra cuestión.

Pienso en ese niño al que no conozco, en los años difíciles que nos aguardan, en el cambio de paradigma que, aseguran, vivimos. Pienso en mis proyectos literarios, en su brutal insignificancia, en todas las horas que les dedico. Tal descompensación entre dedicación y relevancia objetiva me golpea. Son golpes de niño enfermo. Sé que pronto los olvidaré.

El olvido forma parte de nuestro sistema inmunológico.

martes, 24 de enero de 2012

Cara dura


Hace un momento terminé de leer (en realidad releer, puesto que ya la leí hace años) El hombre delgado, de Dashiell Hammett. Es curioso: hay novelas que me entretienen muchísimo, que me agarran del cuello y, sin embargo, no me inspiran, quiero decir que, una vez finalizada su lectura, no salgo corriendo al ordenador para sentarme a escribir como un poseso; en cambio, hay novelas que no me enganchan hasta ese punto de no poder soltarlas, que incluso, en ciertos pasajes, pueden llegar a aburrirme y, sin embargo, es cerrarlas y empezar a escribir, aunque sea mentalmente. El hombre delgado es ejemplo de las primeras; Zama, de Antonio di Benedetto, podría ser ejemplo de las segundas. ¿Será un modo de justificar la poca gracia que intuyo va a tener este artículo? Por otro lado, ¿para qué escribir? Al final, lo mires como lo mires, escribes porque necesitas hacerlo, pero sucede en ocasiones que esa necesidad de escribir no viene acompañada de algo que contar. Es entonces cuando te enfrentas a tu mayor reto como escritor: no contar nada y que este no contar nada resulte interesante. Hace falta ser muy bueno y tener bastante cara dura. De todos modos, al final, quieras o no, siempre acabas contando algo, como, por ejemplo, que saliste a pasear y que viste a un anciano sentado en un banco, solo, con la mirada fija en un Ficus más bien triste. Ya tienes la anécdota. Ahora trata de hacer algo bueno con ella. Si tienes talento lo conseguirás. Respecto al talento, recuerda que lo realmente importante jamás puede ser enseñado.

ULTIMAHORA, 24/01/2012

miércoles, 3 de marzo de 2010

El silenciero, de Antonio Di Benedetto (jugando a ser crítico literario)

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Necesito que pase un tiempo. Siempre ha sido así. Soy de digestión lenta. Da igual, me apresuro a hablar de El silenciero, que acabo de leer.
No soy crítico, ya lo dije. Suena a excusa, pero es resignación. Yo hubiese querido ser George Steiner o Francisco Casavella. Tendré que abrazar el dogma posmoderno y de mi limitación hacer una virtud.
Antonio Di Benedetto, autor del libro, es la reencarnación mendocina de Albert Camus, al menos en esta novela. El silenciero (1964) es una recreación secreta y delirante, es decir cómica, de L’Étranger (1942). Con todo, que se disfrutara con la lectura de El extranjero no garantiza que ocurra lo mismo con la de El silenciero. Son libros muy distintos.
Ambos hablan del absurdo y la resignación. También de la locura. En realidad hablan de muchas cosas (tantas como lectores se adentren en sus páginas).
Trampas sencillas y eficientes, un escritor no necesita mucho más.
El silenciero, como toda buena novela (y no sé si ésta es buena), es una metáfora, pero metáfora de qué.
Esta pregunta queda contestada algo más arriba.
Antonio Di Benedetto practica un laconismo irónico y retorcido. Su ironía es discreta, casi invisible, por esto mismo contundente.
Edgardo Dobry dice que la novela trata del silencio como objeto de locura, aunque yo haría recaer el acento sobre su contrario, el ruido.
El ruido que nos impide pensar, existir, ser.
El ruido que generamos los seres humanos.
Una aventura metafísica, como dice Besarión, amigo del protagonista. Una aventura que lo lleva de casa en casa, de pensión en pensión, para tratar de esquivar el ruido.
Pero huir del ruido es tanto como pretender despojarnos de nuestra esencia.
En fin, tal vez El silenciero sólo hable de una patología particular.
Ahora me toca decidir si me ha gustado o no.