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jueves, 24 de noviembre de 2016

Felicidad lectora (breve apunte)


Leo el primero de los relatos que conforman El cerebro musical, de César Aira (lectura recomendada por Nadal Suau en la cena que siguió a la presentación de El vol de la cendra, de Joan Payeras) y una sensación de felicidad me embarga por completo. Esto hace que recuerde la primera vez que leí al argentino. Se trataba de su novela Cumpleaños. Ya entonces su lectura me hizo feliz. Hablo de felicidad lectora, no siempre coincidente con la lectura de lo que podríamos considerar buena literatura. Es un concepto extraño, que manejo con dificultad. La felicidad lectora suele ir acompañada del impulso de escribir. Puesto que no tengo nada en marcha, recurro al apunte. No hace mucho, creo que el año pasado, tras la lectura de una novela de Richard Brautigan, anoté lo siguiente: “El placer que me producen los libros de Richard Brautigan me recuerda al placer que siento cuando voy a cenar a un restaurante hindú. Esto quiere ser una declaración de amor. Mi aspiración como escritor: lograr que alguien se sienta así de feliz al leerme”. De nuevo aparece la felicidad. Sin pretenderlo (empecé a escribir sin tener claro a dónde quería llegar), he emparentado a Brautigan con Aira. ¿Tiene algún sentido? No mucho, la verdad, pero quién dijo que felicidad y sentido tuvieran que ir de la mano.



domingo, 13 de marzo de 2016

César Aira. Sobre el arte contemporáneo...


Sobre el arte contemporáneo / En la Habana
(Random House, 2016)

Para César Aira, la misión última del arte es crear y poner en circulación valores nuevos. Esto resulta decisivo para diferenciar entre arte y artesanía. El arte sería lo que hace funcionar el motor mientras que la artesanía –que puede proporcionar tanto o más placer que el arte, ya que el fin último del arte no es proporcionar placer– se emparenta con el equipamiento y todos los extras disponibles para hacer de la conducción un asunto más agradable.


Y ahora es cuando tendríamos que hablar de la irrefrenable carrera del arte por huir de la posibilidad de su reproducción.


Dice César Aira: “No se puede fotografiar un concepto”.


Esta frase condensa la breve e intensa historia del llamado arte contemporáneo.  


Y continúa: “la obra y su reproducción se persiguen tan de cerca que llegan a confundirse. La reproducción misma se vuelve obra de arte, o, más precisamente, arte sin obra. (…) El arte se vuelve un juego ligeramente fantástico con el tiempo: es la documentación de algo que fue, y a la vez promesa de algo que será. (…) la reproducción se vuelve obra, y la obra reproducción, cuando ambas comprenden que lo que importa es la historia, el guion de la fábula, que mueve a ambas”.


La fábula es crucial.


Sin contexto, ya no hay posibilidad de arte.





***

Y para terminar, esta pequeña fábula:


“Supongamos que Kafka no hubiera existido, y que hoy un grupo de escritores en una experiencia de creatividad literaria redactara El castillo, La metamorfosis, Josefina la Cantora, exactamente, hasta la última palabra, tal como en el mundo real las escribió Kafka. ¿Valdrían lo mismo para nosotros? Evidentemente no, porque les faltaría lo más importante: Kafka”.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Fomentar la lectura

jueves, 20 de noviembre de 2014.-  Leo en un artículo aparecido en El País que unos cuantos escritores más o menos conocidos acuden a fábricas de coches para fomentar la lectura entre sus plantillas. Se trata de una iniciativa subvencionada por la Secretaría de Estado de Cultura. Inevitable recordar lo que opina César Aira de las campañas de promoción de la lectura. Transcribo: “Uno de los varios motivos por los que me opongo a la promoción de la lectura es el más evidente de todos, y por ello el menos visible: los libros están llenos de vulgaridad, prejuicios, estereotipos, falsedades. Su frecuentación no puede sino embotar el pensamiento y la sensibilidad, distorsionar las ideas, falsificar la experiencia”. Y sigue: “Se dirá que los buenos libros no son así, y que producen los efectos contrarios a éstos. De acuerdo, pero los únicos que leen buenos libros son los que leen desde siempre y no necesitan campañas de promoción de la lectura. Los que no han leído, y se deciden a hacerlo por una de estas campañas, necesariamente van a leer libros malos”.



lunes, 10 de noviembre de 2014

Continuación de ideas diversas, de César Aira

"Continuación de ideas diversas" (ediciones Universidad Diego Portales, 2014)

(…) Dentro de mí se realiza un esfuerzo sobrehumano por reunificar las dos iglesias, la de la Poesía y la de la Prosa (…)

*

El modo más común de describir o recomendar novelas consiste en decir “es sobre…”, y a continuación poner el tema o ambiente o personajes: “una familia disfuncional”, “los refugiados de la guerra de Sudán”, “dos jóvenes que buscan su vocación”… Las críticas o reseñas hechas por profesionales no son muy distintas. Si la recomendación es muy enfática, el relato de la temática se extiende y detalla, y eso es todo.
            Pero la literatura es forma. Esas descripciones o recomendaciones no dicen nada sobre el mérito o demérito literario de la novela. Es cierto que la forma, para ser forma, debe serlo de alguna materia, o sea que ésta también existe. Estando ambas, es más fácil hablar de la materia que de la forma.
             El hecho de que sea casi imposible hablar de una novela sin decir en algún momento “es sobre…” debería significar algo sobre el género novela o la “forma novela”. Ese algo puede ser o bien que la forma de la novela sea su materia, o bien que indique el triunfo de la materia sobre la forma, vale decir una derrota de la literatura en su formato más exitoso.

*

El realismo es lo que da la posibilidad de extenderse en el relato y escribir libros de muchas páginas. Qué raro. ¿No debería ser al revés? Porque lo fantástico permite el vuelo de la imaginación, al que los hechos le ponen límites estrictos. (No es que lo fantástico no tenga límites: se los pone el verosímil, que ahí es más implacable que en el realismo). Pero creo que el realismo se extiende más porque admite más descripción, más comentario. Lo fantástico se agota en su formulación, y mucha descripción o comentario o acumulación de detalles lo hace menos creíble.
            Ahora bien: ningún relato es del todo fantástico. Lo fantástico es una desviación de contraste sobre una base inevitablemente realista. Eso produce una alternancia, un ritmo, de extensión y brevedad.

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(…) Esa película con la pantalla negra del comienzo al fin, esos poemas hechos todos de consonantes elegidas al azar, una novela escrita en signos idiosincráticos indescifrables… Todo eso no llevó a nada, de más está decirlo, lo cual no impide admirar, y hasta exaltarse, con el valiente extremismo de la actitud, sobre todo en vista del enemigo al que apuntaban, que sigue siendo nuestro enemigo: el patetismo, la demagogia, la apropiación comercial del arte. De ahí que me pregunte si no sería posible “traducir” esas actitudes, sin traicionarlas (y hasta radicalizándolas más todavía), al idioma de la vieja literatura que decidió nuestra vocación. Me gustaría pensar que es lo que he venido haciendo yo todos estos años. (No me gustaría en cambio pensar que lo que hice fue simplemente tematizar propuestas vanguardistas).

*

Lo difícil es escribir, no escribir bien. En los talleres literarios se puede aprender a escribir bien, pero no a escribir. Para escribir bien hay recetas, consejos útiles, un aprendizaje. Escribir, en cambio, es una decisión de vida, que se realiza con todos los actos de la vida.




jueves, 9 de septiembre de 2010

Bajo el sol de septiembre


Los paraísos dejan de serlo una vez que te instalas en ellos, al menos es lo que dice este sol de septiembre. Tú intentas no pensar porque pensar, como decía el filósofo francés, es empezar a estar minado. Tarde, mon ami, las preguntas ya se apostaron en lado rebelde de la cabeza. Como un Roque Dalton cualquiera, juegan a la ambigüedad, se arman hasta los dientes por lo que pueda ser. Tu única defensa son los libros y la música, es tu manera de esconderte. Escuchas canciones horribles de grupos o cantantes que se llaman Mürfila o Joe Crepúsculo. Por momentos te olvidas de tu lado peor, tan fortalecido en los últimos días. De todos modos, sabes que el interrogatorio será inevitable. Señoría, todo mi repertorio de maldades es fruto de mi incapacidad para ser feliz. Suena a chiste o a peli ya vista, lo sé. Haces daño a los que más quieres porque en realidad buscas hacerte daño, etc. ¿Ayuda profesional? No me haga reír. Entonces te vuelcas en los libros. Lees El desbarrancadero, de Fernando Vallejo, pero sólo hay odio y muerte y rabia, mucha rabia. Lees Cómo me hice monja y Parménides, de César Aira, y te encuentras con esa extraña inteligencia del argentino, y te deprimes. Lees versos de Cristina Peri Rossi y Manuel Vilas, de Billy Collins y Denis Cooper, pero al final te las vuelves a ver con el sol de septiembre, tan nostálgico. Recuerdas una entrevista a Jacques Attali. En ella, el francés aseguraba que a Europa le quedan diez años. Después llegará el auténtico declive. El futuro es de los bancos estadounidenses y de China. ¿Entonces qué? Entonces nada, mon ami. Leer, escuchar música y, si puede ser, quedar para tomar un café cualquier tarde de éstas. ¿Te apetece?

ULTIMA HORA, 07/09/10

sábado, 5 de septiembre de 2009

Breve ensayo sobre la tautología de los aniversarios



Llega el día de tu cumpleaños y sólo quieres meterte bajo tierra, volverte invisible, y no es que te moleste cumplir años, es que no sabes qué cara poner.

Por suerte, los facebooks, messengers, sms, etc. nos ahorran la sonrisa forzada, el apretón de manos y la palmadita en la espalda. En este sentido, estamos abocados a un modelo anglo-japonés en lo tocante a las relaciones interpersonales, es decir, sin tocamientos.

Además, la tecnología se encarga de recordarnos los aniversarios de amigos / conocidos, lo cual deriva en un aluvión de felicitaciones. En contra de lo que cabría pensar, este aluvión de felicitaciones no menoscaba el sentimiento de aislamiento, que nada tiene que ver con el número de amigos / conocidos que puedas tener.

Aislamiento como sinónimo de incomunicación provocada por el muro de artificiosidad (por otro lado necesario, ineludible) que nos separa a unos de otros.

César Aira inicia su libro Cumpleaños con la siguiente frase: “Hace poco cumplí cincuenta años, y había acumulado grandes expectativas con la fecha, no tanto por el balance de lo vivido que podría hacer entonces como por la renovación, por el recomienzo, el cambio de hábito”.

A menudo vivimos el cumpleaños propio como punto de partida, como posible inflexión a partir de la cual desterraremos malos hábitos y adquiriremos buenos. Pero llega la fecha, pasa y nada cambia.

Nunca cambia nada.

Te horroriza repetir los mismos chistes de siempre, los mismos deseos postizos y empalagosos, la misma canción desafinada. Curiosamente, este conglomerado hecho de costumbre, previsión y aburrimiento genera una violencia que uno acaba dirigiendo contra sí mismo, ya que uno es consciente de la injusticia que supondría dirigirla a ese otro transmisor de buenos deseos (dando por sentado que desearte mucho años más de vida sea un buen deseo).

Dicen que los ritos son necesarios, que no podríamos vivir sin ellos. Los lugares comunes, las frases hechas, nos salvan del abismo de incomunicación a que estamos abocados. Son nuestra guarida, la reiteración de que está hecha nuestra cordura. Los asideros que utilizamos en nuestro descenso hacia la nada.

Imagínense un trayecto en ascensor con un vecino sin poder recurrir a la climatología. O a matrimonios con hijos que, en una cena de sábado, no pudiesen hablar de sus hijos.

Así que toca poner buena cara y dar las gracias por todos los regalos, si es que los hay, por todas las palabras amables y bienintencionadas e imaginar que una pandemia de película con presupuesto millonario (y no esta gripe A de los telediarios) asola el planeta y al final –que sería el principio– sobreviven unos pocos, entre ellos tú.

El mito de poder empezar de cero llevado al extremo. Desear que el 90% de la población mundial sucumba solo para poder realizarlo. La crueldad como fruto de la cobardía, etc.

Lo mejor, sin duda, son los libros que te regalan. Hasta la fecha tenía el capítulo lecturas más o menos controlado, me refiero a lo controlado que este capítulo puede estar teniendo en cuenta mi curiosidad y ansiedad y falta de método. Ahora las lecturas pendientes se acumulan en la mesa del comedor. De momento he iniciado El discurso vacío, de Mario Levrero. Transcribo una frase de este libro que subrayé y que también habla de ritos necesarios: “Es apropiado y necesario tener un rito como este de escribir todos los días como primera actividad. Tiene algo de espíritu religioso que tan necesario es para la vida y que, por distintos motivos, he ido perdiendo cada vez más con los años, acompañando en este proceso a la Humanidad”.

La escritura como rito de índole religioso.

A continuación transcribo los títulos que aguardan su momento sobre la mesa del comedor, lo que constituye clara muestra de mi carácter perezoso, ya que dejo los libros en el primer sitio que veo y luego no me preocupo de colocarlos en uno más apropiado: Antología bilingüe, de William Carlos Williams; Helada, de Thomas Bernhard; Cuentos rotos, de Carlos Herrero; Mimoun, de Rafael Chirles; Si te gustó la escuela, te encantará el trabajo, de Irvine Welsh.

Calma y método, además de tiempo libre. No queda otra.

En la resaca del día después de la celebración, ya con tu nueva edad a cuestas, caerás, como César Aira, como cualquiera que no tenga arrasada del todo su ingenuidad, en la vieja tentación de los planes para el nuevo curso. Terminar la novela, perder peso, mejorar el revés. Has aprendido a domesticar tus sueños. Al fin vuelan bajo, a la altura de tus posibilidades.

Eres un hombre sensato. Vivir la sensatez como una victoria o como una derrota depende de cada uno. Ser sincero con uno mismo no funciona, es un mal método. Lo importante es la voluntad, lo que tú quieras creer.

No se trata de esquivar la depresión, sino de aprender a vivir con ella, de sacarle partido. Es lo que tiene poseer una visión literaria de las cosas. La realidad te llega a través de este filtro. Se trata, digamos, de una realidad desvirtuada, de segunda mano. Solo tiene interés en la medida en que puedes utilizarla.

¿No es exagerado decir “solo tiene interés en la medida en que puedes utilizarla? No lo tengo muy claro.

La cuestión es que eres oficialmente más viejo. Luego está el típico que te suelta: “Peor sería no cumplir años”. Claro. Qué decir ante tal obviedad. Este tipo de obviedades buscan aniquilar tus discursos más nihilistas, quieren hacerte tocar con los pies el suelo. Que seas coherente. Con todo, encierran una verdad que no debemos eludir. Sería un drama no cumplir más años. No podría acabar la novela, perder peso; mi revés no alcanzaría la categoría de decente. En fin, no debo olvidarlo.


Ps: Quiero dar las gracias a todos aquellos que me felicitaron por mi cumpleaños. Gracias, sinceramente. Por favor, no dejen de hacerlo, pese a lo escrito en estos párrafos. Mi ingenuidad todavía no está del todo arrasada.