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martes, 19 de marzo de 2013

Juarroz y Gamoneda: 4 poemas



Hoy tuve la tarde libre. La pasé leyendo poesía. Me refiero a poesía publicada en libros. Me refiero a libros de papel. Un anacronismo. Por la poesía, digo, no por los libros de papel. ¿O también? Esta relación se perpetúa en el tiempo, adquiere tintes épicos, lunáticos, casi mágicos. Fuimos amantes, nos casamos, nos pusimos los cuernos, nos separamos y nos volvimos a juntar (generalmente en hoteles de tres o cuatro estrellas, que ya no somos adolescentes). ¿Hasta cuándo? La demencia dirá. Traigo aquí cuatro de los poemas leídos. Los dos de Roberto Juarroz los he extraído de su Undécima poesía vertical; los de Antonio Gamoneda, de Sílabas negras, si bien pertenecen a su libro Blues castellano.

2 POEMAS DE ROBERTO JUARROZ


Habrá al final una caída sin relevos.
Pero hasta que eso ocurra,
caer es ir a rebotar en el fondo,
la gimnasia que tenemos asignada
para aprender a hundirnos,
pero también para aprender a subir.

Porque no hay ascenso directo.
Todo ascenso procede del impulso
de ese choque en el fondo.

Sin embargo,
no conseguimos llegar a amar el fondo:
aunque en el fondo haya también una luz,
nosotros preferimos la luz
que está jugando afuera.

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Rara vez vuelvo a leerme.
Si lo hago,
me parece que quien escribió aquello
fue alguien que se quedó en el camino,
tal vez para esperar mi retorno
o para poder observarnos desde lejos
o tomar él después por caminos secundarios
para encontrarnos otra vez más adelante.

Releerse es sospechar de algún modo
que la vida que pasó
nos aguarda en otra parte,
como si un hijo pródigo al revés
esperara en su puerta
el improbable regreso de su padre.

Detrás de cada palabra escrita antes
asoman como un pueblo furtivo
todas las palabras que no supimos escribir.
Por eso releerse es hallar,
más que las visiones que fuimos,
las visiones que nos reclamaron en vano,
pero quedaron como algas curiosamente insistentes
adheridas a aquello
que sin entenderlo del todo recogimos.

Si el tiempo no estuviese agotado,
quizá valdría la pena releerse
nada más que por esas adhesiones.


2 POEMAS DE ANTONIO GAMONEDA


LIBERTAD EN LA CAMA

Todos los días salgo de la cama
y digo adiós a mi compañera.
Vean: cuando me pongo
los pantalones,
me quito
la
libertad.

Cuando llega la noche, otra vez
vuelvo a la cama y duermo.

A veces sueño que me llevan con las manos atadas,
pero entonces me despierto y siento la oscuridad,
y, con el mismo valor, el cuerpo de mi mujer y el mío.

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TARAREANDO NAZIM

Tengo ruidos en la nuca, doctor.
Siento el cráneo apretar y crujir,
sobre todo si hay penas. No sé…
Hace ya siete años, doctor,
que en vez de pensamiento tengo un ruido
y una pasta muy triste en la cabeza.

Yo haré lo que me diga; yo tendré
paciencia y confianza. Puede ser.
Yo tomaré las medicinas
para poder pensar en mis amigos.

Pero si lo que ocurre, doctor,
es que tengo algún mal que se produce
a causa del amor
y el pensamiento de la resistencia,
entonces, déjelo; esto no es
más que nuestro sonido natural.
Yo viviré
mejor con este ruido en la cabeza.


sábado, 26 de marzo de 2011

Crónica de este sábado + Un artículo aburrido


Ya era mediodía cuando he dejado la cama. El desayuno ha consistido en un café con leche y unas uvas, las cuales he comido en la terraza, disfrutando del sol. Después me he sentado frente al ordenador. He hecho un poco el tonto en Facebook (Karmelo C. Iribaren lo llama “este tiovivo loco”) y he corregido y enviado el artículo que el próximo martes aparecerá en Última Hora. Durante un instante he dudado si quedarme en casa para seguir con la lectura de Stoner, novela de John Williams que me tiene enganchando, o acercarme hasta el mercado de Santa Catalina a tomarme unas cañas (otra de mis adicciones). La calle me ha podido. Encima de la Vespa he sentido uno de esos instantes de plenitud. Era como si la ciudad, habitualmente muda, me susurrara “todo está bien”. Ya en el mercado he conocido a Andoni Sarriegi, autor de esa pequeña joya literaria titulada Diario de un vago y responsable de Manjaria, suplemento mensual gastronómico de Diario de Mallorca. Dos años y medio atrás hablé de su libro en uno de mis artículos. Le sacudo el polvo y lo traigo aquí. Habrá que convertir en costumbre de sábado estas visitas al mercado.


Un artículo aburrido
Martes, 07 de octubre de 2008

El aburrimiento da genios y psicópatas, al menos es lo que escribo sin saber muy bien adónde quiero llegar. Será que me aburro, aunque una cosa está clara: no soy ni seré ningún genio. Así pues, es posible que sea un psicópata. ¿Y qué clase de psicópata podría ser? Uno muy aburrido, sin duda, alguien cuyo objetivo en la vida es matar de aburrimiento al mayor número posible de personas. Una idea espantosa. Para combatirla o quizá porque así lo creo, me digo que lo verdaderamente aburrido es el mundo de afuera. Pero estoy a salvo, en casa, solo en el centro de mi fiesta particular. Ya sé que en el centro de la fiesta está el vacío y que en el centro del vacío hay otra fiesta. Leí a Juarroz y a Vila-Matas hablando de Juarroz. La lectura es mi fiesta y mi vacío. Entre los libros que abarrotan la sala, escojo Roland Barthes por Roland Barthes, escrito naturalmente por Roland Barthes, un tipo que se aburría mucho. “De niño, me aburría a menudo y mucho”, escribe el francés. Y continúa: “Es un aburrimiento aterrorizado que llega al desasosiego: así es el que siento en los coloquios, las conferencias, las veladas en el extranjero, las diversiones en grupo: en todas partes donde el aburrimiento es visible. ¿Será el aburrimiento mi histeria?”. Ya sea porque empiezo a aburrirme o a ponerme histérico, devuelvo el libro a su sitio. Necesito algo más ligero, más de viernes por la noche sin plan. Estoy vago, por eso es lógico que opte por Diario de un vago, de Andoni Sarriegi. Su sentido del humor y lucidez llenan el centro de mi fiesta vacía. Vuelvo a sonreír cuando leo: “Lo peor que puede pasarme a estas alturas de la vida: no encontrar el sacacorchos”. Me entra pánico y voy corriendo a la cocina. El sacacorchos está en su sitio y decido celebrarlo abriendo una botella. Con un vaso en la mano, continúo leyendo. “La soledad sólo sirve para crear”, asegura el mallorquín. Y para brindar por el aburrimiento desde el centro vacío de una fiesta en la que soy el único invitado, añado a la vez que me acabo la copa de un sorbo.