domingo, 7 de diciembre de 2008

Infinito


Las anécdotas que no podré retener porque no conoceré y las que olvidaré o guardaré en el cajón equivocado y un día reclamarás como un tesoro o el secreto central del que dependiera un mundo, el que a ratos compartiremos, y yo seré tan pobre como un sabio, como un león en un zoológico proscrito, sin llanura o tal vez con llanura interior, es decir, con desierto y tu lluvia, después, tus preguntas, el reclamo elaborado con cariño y recelo, los años precipitándose sobre nosotros, los silencios y cielos de todos los veranos agrupados en un solo verano inigualable, casi conceptual, fragmentándose en partículas que nos envolverán, que nos harán llorar y reír y querrás comprender mientras aguardas una respuesta, algo que llevarte a la cama, que mirar por las noches cuando el gran apagón se propague sin obstáculo por todas las ciudades levantadas por el hombre, y querré comprender y compilar lo que no admite orden ni discurso y seremos nosotros, Floriane, tú y yo, padre e hija, como en aquel cuadro, solos frente al mar, en la desembocadura de un torrente sin agua, entre paredes verticales, inconmensurables como tus sueños, como todo lo que tenía que hacer y no hice o tal vez sí lo hice porque tú estarás a mi lado, una tarde que voy construyendo, imperfecta como no puede serlo el futuro, tal vez tendrás prisa, tal vez hambre o astucia, ahora todo es posible, y tus ojos, abismales y cálidos, reclamarán un pasado, lo que no habré sabido guardar, el tesoro o el secreto del mundo, y yo sólo tendré estas palabras modestas, su trampa y su delirio, frases escritas contra el embrutecimiento de la vida ordinaria y contra todo pronóstico, libros como tiendas de campaña en la cumbre del Everest, una obra irrepetible y prescindible y que de pronto no comprenderé y seremos tú y yo, Floriane, tú y yo, como en aquel trayecto en tren camino del infinito.