miércoles, 6 de junio de 2012

Tiempo de playa

Y de nuevo ha llegado el tiempo de la playa, un tiempo extraño y sugerente, esplendoroso y chabacano, cercano a la locura –pero qué cosa no roza la locura en estos días de convulsiones y fuego cruzado. Siempre he pensado que la playa, en verano, es una especie de manicomio al aire libre. Será porque todos vamos medio desnudos y nos tumbamos muy cerca los unos de los otros y fingimos no espiarnos pero sí que lo hacemos y vemos, por ejemplo, cómo una mujer que podría ser nuestra jefa o compañera, o la novia de un amigo, o la vecina de los gatos, se unta las tetas de crema protectora como si tal cosa. Por supuesto, ella fingirá no darse cuenta de que fingidamente la espiamos. Se trata de la misma mujer que te fulminaría con la mirada si te pillara mirándole el escote en un autobús, o en la cola del supermercado. Llegado el tiempo de la playa, acostumbro a bajar a la piscina para tumbarme al sol en la zona del césped y escuchar canciones de tipos que se llaman Paco (Cifuentes, Nixon, Sinatra). Pero no, prefiero la playa con su demencia y su paella y su botellita de blanco y su siesta de pueblo a resguardo del sol. Nada más igualitario que el espectáculo playero. En ella somos carne y fluidos, pura esencia o materia prima. El alma viene después. Se tumba conmigo y me ayuda a imaginar historias que suelen terminar en habitaciones de hotel con vistas a otro cuerpo y al mar, que no es el morir, querido Jorge, sino todo lo contrario. Luego, un último chapuzón y el regreso a casa. Nos esperan el lunes, el balance que no cuadra (¿alguna vez lo hizo?), llamar al fontanero, comprar detergente, sacar la basura… y esto sí empieza a parecerse al morir. 

¿Será el autor de este articulillo el que aparece en la foto?


ULTIMA HORA, 05/06/12