lunes, 9 de julio de 2012

Lo que queda de un intento de reseña, interrumpido varias veces por diferentes motivos que no viene a cuento explicar aquí, sobre ‘The Buenos Aires affair’

Palma, 05 de julio de 2012 (…) has leído su nombre en diferentes artículos, incluso viste la adaptación cinematográfica de una de sus novelas, la más conocida gracias, precisamente, a esa película –ganadora de un Oscar por la interpretación de William Hurt– y, sin embargo, nunca te acercaste a ninguno de sus libros hasta que un día paseas por las calles del centro de tu ciudad en busca de un regalo para tu novia –andas a la caza de una de esas boutiques pequeñas, tal vez no exclusivas pero sí poco conocidas o frecuentadas, es decir, algo que no pueda encontrarse en ningún establecimiento del imperio Inditex– y encuentras una tienda de libros de segunda mano, una tienda que no conocías con libros cuyo precio nunca supera los tres euros, así que decides entrar y rebuscar por sus mesas y anaqueles y, entre la morralla inevitable, entre best sellers de tapa dura y recetarios de cocina, das con el nombre del autor nunca leído y con el sugerente título de una de sus novelas, The Buenos Aires affair. El precio, euro y medio. Decides hacerte con ella. El nombre del novelista: Manuel Puig. (…) además, la anécdota que vertebra la narración, esto es, la desaparición de Gladys Hebe D’Onofrio el 21 de mayo de 1969 en Playa Blanca, Argentina, es la excusa que emplea Manuel Puig para poder desplegar todas sus dotes como narrador, el dominio que posee de diferentes técnicas narrativas (...) curiosamente, cuando menos “experimental” se muestra, es cuando más te conquista, lo que vendría a demostrar o, mejor, a demostrarte que el arte de narrar es esencialmente conservador, cuando no, prudente a la hora de (…) Y en un flashback maravilloso nos enteramos de los pasos que han llevado a Gladys a pasar una temporada de descanso junto a su madre, Clara Evelia, en una casa de Playa Blanca cedida por unos amigos adinerados (…) como estas líneas, que bien podría haberlas firmado Roberto Bolaño, algunos años después: “Gladys sintió que el patio de baldosas del colegio era de tablones como la sala del Instituto Leonardo da Vinci, y que se volvía oblicuo, hasta que los tablones desaparecían bajo sus pies y ambas caían en un abismo negro: Gladys imaginó la profunda herida de la carne de Fanny, lo único visible era la herida blanca y rosada como el tocino, en ese abismo negro donde se escuchaba correr un río que no se veía, y que podía ser rojo sangre” (…) y, sobre todo, la manera de escudriñar en los meandros psicológicos de sus protagonistas, seres básicamente tarados, enfermos, insatisfechos, frutos necesarios de una sociedad igualmente tarada, enferma, insatisfecha (…) en todo el libro no hay ni sola una relación sentimental/sexual que pueda ser catalogada como de sana o plena, como si irremisiblemente nos viésemos abocados a tener que escoger, en el mejor de los casos, entre enfermedad e insatisfacción (…) Y en un flashback maravilloso nos enteramos de los pasos que han llevado a Leopoldo Druscovich, Leo, a convertirse en un ser capaz de aplastar la cabeza de un desconocido con un guijarro en un descampado al que un oscuro e incontrolable deseo sexual los ha llevado (…) La trascendencia del falo como elemento aglutinador de toda sentimentalidad en la urbe pagada de sí misma bien podría ser símbolo o metáfora de lo vacío e insustancial del escenario que la modernidad (1973) nos ha legado (…) una manera de quitarnos la máscara de falsa libertad, de falsa liberación, que muchos portamos (…) Y no, no se trata de una novela policial al uso, es más, llamarla novela policial no convencional es quedarse corto, es apuntar la lupa de nuestra inteligencia hacia un hecho o sector meramente anecdótico (…)


En contra de lo que pueda parecer,
no produce somnolencia.