miércoles, 24 de junio de 2009

Clase de ética


Recuerdo que en clase de ética (sí, soy de los que escogió ética en lugar de religión pese a que la asignatura de religión era una maría que todos aprobaban con sobresaliente mientras que en ética, lo sé por experiencia, abundaban los sufis y los bienes, es decir: era un adolescente íntegro o gilipollas, según se mire), en fin, a lo que iba. Recuerdo una clase en la que el profesor organizó una serie de grupos para la discusión de temas polémicos, con independencia de nuestras inclinaciones. O sea, que podía tocarte defender la pena de muerte pese a que estuvieses absolutamente en contra. O quizá te vieras en la tesitura de sostener una opinión contraria al aborto cuando en realidad opinabas que, en determinadas circunstancias, se trata de una solución razonable. Ignoro la opinión de los pedagogos (no suelo leer ciencia-ficción), pero aquello me marcó profundamente. De algún modo entreví el abismo de la relatividad, el poder de la argumentación. Recuerdo a un compañero completamente azorado al tener que razonar en favor de la pena de muerte. Después de varios balbuceos, negó con la cabeza y aseguró no poder defender tal opción. Había dignidad en su gesto, sí, pero también algo de pobreza. No se trataba de retratarse frente al mundo, de ser sincero, sino de asumir que la opinión contraria es posible. Un ejercicio de tolerancia y reflexión, algo que todos deberíamos hacer de vez en cuando. La anécdota concluye con el profesor renunciando, dejando que el alumno se sentara sin añadir nada más. Después todos crecimos y nos volvimos algo más miserables. Pero esto es otra historia.

UH, 23/06/09

lunes, 22 de junio de 2009

Otro domingo: Adrien Brody, Menéndez Salmón, Adán Diehl, Pere y Llorenç Capellà, nueva imagen


En la Primera están pasando King-Kong, la de Adrien Brody. A mí Brody me gusta en The Jacket pero, bueno, King-Kong no está mal. Me mola hasta que dejan la isla.
Tengo sueño y los ojos me escuecen y vuelve a ser domingo.
Acaban de dispararse los aspersores. Bebo un Cacique-Cola.
Me he pasado el día en casa. Por la mañana terminé La ofensa, de Menéndez Salmón. Es un libro para leerlo del tirón. Por circunstancias, no pude acabarlo cuando lo empecé, así que esta mañana me he tumbado en el sofá y me lo he pulido. No está mal. Cuenta la historia de Kurt, un soldado alemán que, en plena Segunda Guerra Mundial, pierda la sensibilidad al presenciar un crimen atroz. Es la manera que el cuerpo tiene de defenderse frente a la barbarie y el sinsentido humanos.
Ya digo, no está mal, aunque de Menéndez Salmón prefiero El corrector.
Después me he puesto a trabajar.
Estoy escribiendo un texto para un documental sobre el hotel Formentor. Los de la Perifèrica Produccions pensaron en mí. Esto me ha llevado a conocer a un personaje fascinante, el argentino Adán Diehl, fundador del hotel. Virginia Vidal, biógrafa de la que sería su primera esposa, Delia del Carril (que más tarde contraería matrimonio con Pablo Neruda), lo describe con estas palabras: “Nos hallamos frente a uno de los happy few, un príncipe de los años locos, un émulo de Scott Fitzgerald, de Jean Cocteau, de Ettore Bugatti; ante uno de esos hambrientos de placer y voluptuosidad, de borrachera demencial”.
El trabajo avanza lentamente. Tal vez no les guste. Veremos.
Luego, para ver qué tal se las gastaban los de la Perifèrica, he visto el documental que rodaron sobre el dramaturgo y poeta Pere Capellà.
Pere Capellà era republicano, socialista y catalanista, por lo que lo pasó mal acabada la guerra. Estuvo defendiendo Madrid hasta el final. Cuando la capital cayó, fue detenido y condenado a 20 años de prisión en Alcalá de Henares. Cumplió cuatro. Luego lo soltaron y estuvo en libertad vigilada. Hasta que murió.
Yo soy amigo de su hijo, Llorenç Capellà. De hecho, Llorenç fue el que corrigió las pruebas del único libro que tengo en catalán.
Tendrá unos 60 años. Una vez quedamos en un bar. Tenía dudas sobre el camino que debía emprender y quería saber su opinión.
Hace unos años me entrevistó para la revista Brisas.
Ahora es de noche. Siloam comenta que le cuesta leer con fondo negro. Tiene fácil solución.
El sábado que viene llega Floriane. La extraño.
Es el momento de prepararse un segundo Cacique-Cola y ver el final de la película.
Hago esfuerzos por mantener mis convicciones.

miércoles, 17 de junio de 2009

José Blanco


José Blanco, el ahora ministro de Fomento, es un tipo bastante inquietante. No es gracioso, pero no puedes evitar reírte con él. No tiene aspecto de tipo listo, pero responde con agilidad a las preguntas que le plantean. Su semblante, al menos a primera vista, es el de una buena persona, pero a la que te despistas deja suelto al killer que lleva dentro. Uno le presupone astucia para conspirar, pero no puede dejar de imaginárselo objeto de burla en el colegio. El gafotas, el narizón, etc. Camina como un robot desmadejado, pero siempre llega adonde quiere llegar, sin aparente prisa. No destaca en nada, pero acojona a todos, incluidos los de su partido. Es la antítesis de lo sensual, pero no se corta a la hora de flirtear con Esperanza Aguirre en público. No tiene el don de la palabra, cosa que no le impidió ser portavoz del Gobierno. Es inaprensible, escurridizo, fácil de odiar pero también (y esto en política resulta útil) de olvidar. De escribir sus memorias (seguramente anodinas) yo las quiero leer. Su infancia en Lugo, sus estudios inacabados de derecho en la universidad de Santiago de Compostela, su posterior traslado a Madrid. Leo en su blog lo siguiente: “A estas alturas tengo mis ambiciones colmadas y la vanidad satisfecha”. Algo más adelante: “Muchos me reconocen y me conocen muy pocos”. Menos de los que imaginamos. Ya digo, un tipo inquietante. Alguien sin mucha vida interior pero capaz de recluirse y aguardar agazapado su momento. De no haberse dedicado a la política, su profesión ideal sería la de inspector de policía o entrenador de fútbol.

UH, 16/06/09

domingo, 7 de junio de 2009

Imposible hablar de los domingos: Cheever, Banville, McEwan, McEnroe


Domingo. De tan sencillo, se hace imposible hablar de los domingos. Pero no hay que hablar de los domingos sino de este domingo. Bajé a la piscina mientras los otros seguían durmiendo. Llevaba conmigo los Diarios de John Cheever. Recurro a ellos siempre que me quedo sin lectura. El día anterior me había zampado El lémur, de Benjamin Black (es decir, John Banville). Me lo compré, al igual que Sábado de Ian McEwan, para el viaje, pero no pude resistirme.
Es extraña mi relación con la novela negra. Casi nunca la leo, pero, cuando lo hago, me atrapa hasta el punto de poder pasarme toda una noche sin dormir, enfrascado en sus páginas.
Cheever me cae bien. Sus dilemas morales, sus contradicciones, su homosexualidad reprimida lo hacen un tipo bastante simpático. Aspira a la pureza, a la salud, y, sin embargo, no puede refrenar su sed de abismo. En la piscina he subrayado este pasaje: “(…) durante cinco minutos creo ser yo mismo: erguido, esbelto, lúcido, ni joven ni viejo, ni preocupado por la edad ni por nada. Cuál ha sido el problema: demasiada ginebra, demasiado humo, demasiada mierda. Entonces me preparo una copa y enciendo un cigarrillo.”
Por la tarde, ya todos repuestos de la noche anterior, hemos ido a un barcito por Ciudad Jardín para comer algo. Desde la mesa donde estábamos he podido ver en la pantalla del televisor como Federer rompía a llorar. A este tío lo he visto llorar más veces que a muchos de mis amigos y familiares. Mientras devorábamos nuestros bocatas, se me ha ocurrido que el suizo nunca podría protagonizar una novela negra.
Supongo que yo tampoco.
Mañana partimos hacia Munich. Se trata de un viaje familiar. A mi hermana le tocó en un sorteo. Noche en Munich y después autocar hacia el Tirol austriaco. Una semana, de lunes a lunes. La última noche la pasamos en Venecia. Me hace ilusión. No conozco Venecia.
Noches de hotel con mi hermana. Se me hace extraño. Por si acaso, además de Sábado, me llevaré otro libro. Alguno encontraré, seguro.
McEwan me parece un escritor cojonudo. Hasta hace poco, no era más que el típico nombre que ves en la colección Compactos de Anagrama. Buenas críticas, uno de los miembros más destacados de una generación brillante, peli inspirada en una de sus novelas, etc. No sé por qué, pero jamás me atrajo. Hasta que un amigo insistió. Leí del tirón Chesil Beach. Es una novela perfecta. Cómo esculpe los personajes, cómo maneja el tiempo, cómo retrata una época. Me quedé con ganas de más. Me compré Primer amor, últimos ritos. Todos los cuentos, salvo Pollón en el escenario, que se lo podría haber ahorrado, son geniales. McEwan es experto creando atmósferas violentas. Desde las primeras líneas sabes que algo no marcha bien. La sutiliza con la que construye esa antesala del desastre es inigualable. Mi favorito es El último día del verano. Si alguien me obligase a escribir los diez cuentos que más me gustaron, éste estaría en la lista.
Ya son más de las nueve y media. Queda algo de luz. Cony trajo restos del asado de casa de sus padres. Comeremos, veremos la tele, tal vez me preparé un ron con Coca-cola.
Me apetece comprarme una Nikon.
Suena McEnroe, concretamente Otras vidas. Otra recomendación de otro amigo.
De tan sencillo, se hace imposible hablar de los domingos.

sábado, 6 de junio de 2009

FRENTE AL MAR DE TASMANIA


Como aquel aristócrata inglés, asesino de la niñera de sus hijos, treinta y tres años desaparecido, viviendo en Nueva Zelanda, en el interior de un Land Rover. Quién necesita novelas. Cierra los ojos. Puedes ver al viejo inspector Sidney Ball avanzando lentamente por un desierto o una ciudad desmantelada. De hombros cargados y nariz grande y roja, como de ex alcohólico adicto a las apuestas. Una deuda pendiente que nada tiene que ver con la niñera asesinada. Lord Duncan, jugador profesional, con acento británico delator y movimientos marciales. Un tipo raro, huidizo, perdido y elegante en el culo del mundo. Quizá ni él mismo lo sepa, pero desea que lo encuentren. Quién no lo desea. De todos modos, ya los ha vencido a todos. Frente al Mar de Tasmania, eleva su copa y su sonrisa. Sidney enciende un cigarro. La tos, su ex mujer, la ausencia de críos. Debería dejarlo, le dijo el doctor. Quién quiere regresar. Todo se reduce a lo mismo: una deuda pendiente, un asunto algo turbio. Treinta y tres largos años, un caso no cerrado y los niños creciendo en fotografías caníbales, la visita rutinaria del inspector, casi ya de la familia. No, señor Ball, seguimos sin noticias, es tan bochornoso todo esto. La palabra bochornoso adherida a su gabardina, al peso de sus hombros, a los recuerdos de su ex mujer. Una deuda pendiente, la historia de una vida. Quién necesita novelas. Ahora Sidney se acerca al Land Rover. No trata de amortiguar sus pisadas. Parece muy cansado, como con ganas de terminar cuanto antes. En el interior del vehículo, Lord Ducan lo espera. En una mano sostiene unos dados. En la otra, una Browning High Power con silenciador.

jueves, 4 de junio de 2009

Más sobre Nadal





Todo el mundo quiere que pierda Nadal. Los franceses, por descontado. Hay razones poderosas, es decir históricas, es decir políticas, es decir absurdas. El público por definición es absurdo y soberano. Nada que decir. El resto de tenistas, en especial los españoles, también quieren que pierda Nadal. Todos se creen mejores que él y todos acaban mordiendo el polvo. Y eso es duro. Además, es tremendamente humillante vivir a la sombra de un titán. Hace que parezcas más pequeño de lo que en realidad eres. Nada que decir. Capítulo especial merece Federer. A veces me pregunto en cuántas ocasiones habrá revivido, en la soledad de la habitación de un hotel, aquellas lágrimas tras perder la final del abierto de Australia. El suizo cree en la justicia divina. No le queda otra. Le ha pedido a Dios que Nadal pierda, es decir, que se rebaje a la condición humana. Dios se lo ha concedido, tiene estos detalles. Nada que decir. Además, seamos francos, siempre produce morbo ver perder a los poderosos. Ya tienes de qué hablar. Los americanos lo saben. Frente al odio generalizado sólo te queda la arrogancia. Nadal debe practicar su arrogancia. Y su revés. Y su saque. Pero, sobre todo, su arrogancia. Alguien debe decírselo a su tío. Ya han averiguado cómo ganarle. Ya no le basta con llegar a todo, ni con el drive liftado; su famoso “¡vamos!” ya no da tanto miedo. Tiene que odiar porque le odian. Tiene que aprender a vivir con eso. No es fácil para un chico sano y buena gente, pero es lo que hay.

UH, 04/06/09