sábado, 31 de enero de 2009

Perdiendo, gano

No supo qué decir hasta que perdió la capacidad del habla y entonces optó por seguir como hasta entonces, encendiendo cigarrillos del revés y quemando aeroplanos que después se estrellaban contra la bahía. Hablo de mí, por supuesto. El peso de los puentes es algo muy sutil, de una forma u otra siempre lo he sabido. Continuamente se derriban para después volverse a levantar. Ésta es la escena: el enemigo sonriendo y la imagen de aquel febrero tensándose para recibir el consiguiente hachazo, batería de frases recorriendo los túneles que son también venas y luces y explosiones en el horizonte porque empieza a llover y la chica nos grita que vayamos adentro. Tan cerca, me digo, pero sigo con los labios igual que muros donde pintar graffitis o escribir haikus. Hay que volarlo todo, suspira, y yo pienso en una ciudad sin habitantes como la ciudad donde vivo, decorado perfecto para zombis merodeadores o artistas de medio pelo. ¿Cómo dices, querido? Pero no he dicho nada y la lluvia conjetura otra lluvia que jamás nos mojó.

Ésta es la última, asegura, y entonces vuelvo a tener boca y palabras y juntamos las copas y hay que repetirlo y ven aquí y un abrazo y para qué. Salgo del bar. La chica arrincona las sombrillas. Las sillas descansan sobre las mesas y yo pienso en el final del verano y estamos a principios de agosto. Maneras de despedirse o de saltar por los aires. Tengo el móvil en el bolsillo y es un erizo en llamas, una serpiente enroscada que muerde mis ingles. Más valdría tener un dirigible y dirigirlo al extrarradio. Un final inolvidable, me digo en una mala imitación de algún personaje de novela barata. Ahora tengo mis frases pero ya no me sirven y pesan como malos poemas, pero no quiero caer en los tópicos que se remueven inquietos al final de la noche. Conduzco y soy un kamikaze que circula a cincuenta. La prudencia que supo derrotarte, la historia de los que vuelven solos a los hoteles especializados en congresos internacionales. La elegancia es un paseo marítimo a las cinco de la mañana, las luces de un velero mar adentro, ese punto que nunca alcanzarás.

Pienso en los autorretratos de Egon Schiele. Autorretrato desnudo, 1911, la figura escalofriada que soy yo sin ropa frente al espejo. Tiro de la cadena y me imagino recorriendo las cañerías de un mundo acuático. Necesito sentirme inteligente y enciendo un cigarrillo del revés y me arranco cuatro canas. La noche, esas voces de muertos. Se anuncia el amanecer con sirenas de fábricas que cerraron cuando Oscar Wilde sodomizaba a Lord Alfred Douglas. Festejar con panteras, el precio del placer y de la libertad. Es como nacer o despertar a otra luz. Recuerdo que cuando Gregorio Samsa, pero vuelvo a caer en lugares comunes. Una lucha constante que siempre perderé. Miro mis manos y siguen siendo la prueba del delito, de algún delito. Pienso en los puentes hundidos y me digo que es el momento de exiliarse. Elijo una letra al azar y la escribo una y otra vez a lo largo y ancho de las paredes de la habitación. La técnica Scelsi. No sé dónde lo leí. Tantos gestos absurdos, tantas cosas perdidas. Ha llegado el momento. Y despido la experiencia de haber sido burócrata.
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Texto publicado en LA BOLSA DE PIPAS, nº60, enero-febrero 2006

martes, 27 de enero de 2009

Un cura de barriada

No hace mucho leí que el último asesinato, perdón, quiero decir “depuramiento”, perpetrado por la Santa Inquisición se realizó en el año 1826, vamos, ayer como aquel que dice. Sus herederos, despojados injustamente del poder de ajusticiar a las ovejas descarriadas, ahora se dedican a promover la desobediencia civil, sin duda fruto de una lectura un tanto extraña de Henry D. Thoureau. Quizá venga de aquí su hermanamiento con la causa liberal, quién sabe. En fin, que todo quede en lo pintoresco de una guerra de autobuses. Laicos vs. Creyentes, otro partido del siglo. Sé que imaginarse a Cañizares (el cardenal, no el portero de fútbol) o Zerolo en pantalón corto y camiseta ajustada pone los pelos de punta, pero seguro que batiría todos los récordes de audiencia, verdadera vara de medir la importancia de un asunto. Ni una final de Mundial España - Argentina causaría mayor furor.
Después de este párrafo, imaginarán mi estado de ánimo cada vez que me dispongo a entrar en una iglesia. Bodas, bautizos y funerales, la Santísima Trinidad que mantiene a flote una empresa ya caduca. (¿Llegaremos a ver un ERE en la Iglesia Católica?). El templo de Dios convertido en centro de reuniones. Deberían plantearse sus gestores alquilar los locales, es decir las iglesias, para convenciones o contubernios varios, sin excluir la posibilidad de conciertos. ¿Se imaginan lo que llegaría a pagar la gente por ver a Marilyn Manson en una catedral? Pues a lo que iba, que entré en una iglesia. Mucho frío y poca gente, como en un partido de copa en el Ono Estadi. Después del calentamiento (los clásicos preliminares y genuflexiones), el cura entró en materia. Su parlamento (desconozco la palabra técnica) fue de lo más sensato que he escuchado en los últimos tiempos. Habló de tolerancia, de compasión; huyó del clásico discurso que enfrenta al Bien y el Mal, a los buenos y malos, para centrarse en la bondad, en la ayuda al prójimo, en la sencillez. Nos animó a que tratáramos de ser felices dentro de estos parámetros. Terminado el parlamento, no pude reprimir un “Amén”, yo, agnóstico de pro. Había conseguido lo que sus jefes nunca lograron. Deberían tomar nota.
UH, 27/01/09

jueves, 22 de enero de 2009

Extracto del diario de un misántropo escritor

“Resulta curioso comprobar como en muchas ocasiones la inteligencia formal del lenguaje va por delante, es más rápida, que la inteligencia vinculada al fondo o significado de la palabra en cuestión. La palabra te llega desde un poso de lecturas que almacenas sin ser consciente. Puedes escribirla sin conocer exactamente su significado. Después vas al diccionario a comprobar que efectivamente tiene sentido, que se adecua al fondo de la cuestión. Probablemente se trate de actitudes imitativas inconscientes. Estos resortes me parecen fascinantes. Todo lo que tenga que ver con la vida interior me resulta fascinante. Lo exterior, la mayoría de las veces, se mueve entre el fastidio y el asco más profundo”.

miércoles, 21 de enero de 2009

La inercia

La situación es dramática, me decía hace poco un amigo izquierdista y desencantado: toda izquierda con visos de alcanzar el poder o permanecer en él debe claudicar frente al pragmatismo y la inercia de los flujos del mercado, verdadero Dios de nuestro tiempo, maniatando así el factor de lucha necesario para revertir una situación que ya empieza a no tener marcha atrás: la dilapidación del mundo. Después, como en un salmo, recitó todos los males que acechan al planeta y que ningún grupo emparentado con el poder está dispuesto a combatir verdaderamente. La problemática del agua, la desertización progresiva, la deforestación incontrolada, el desfase entre ricos y pobres, la malnutrición de millones de niños, los genocidios amparados por estados poderosos, la extinción de especies animales, etc. Asentía y me deprimía a partes iguales. El nombre del progreso, sentenció, nos estamos cargando su posibilidad. Parecía satisfecho por la frase que acababa de decir, como si pese a la retahíla de males que había enumerado con frialdad objetiva –tenía un aire de científico loco o revolucionario de otro siglo– aún tuviera el estado de ánimo suficiente para albergar el orgullo propio de todo amante de las causas perdidas. Nos despedimos con sendas palmadas en la espalda y cara de funeral. No era para menos. Seguí mi paseo por las calles del centro. Andaba buscando algo que regalarle a mi novia. Quería desprenderme de las palabras de mi amigo, pero todo parecía conspirar en mi contra. La artificialidad reinante, que tanto aprecio normalmente, era como un eco molesto que, de forma totalmente absurda, me hacía sentir culpable por estar ocioso, dispuesto a gastarme unos cuantos euros en algo ciertamente innecesario. Recordé el final de La lista de Schindler. Calculé, en unos segundos alucinados y extrañamente lentos, cuántas vidas podrían salvarse con todo el dinero almacenado en los bolsillos de los que andábamos por Jaume III. Demagógico, lo sé. Por suerte, una señora cargada con una cantidad ingente de bolsas impactó contra mi hombro. No se detenga, masculló. Aquellas palabras desbarataron mi estado catártico. Tenía que comprar, así que seguí progresando, inmerso en la inercia del flujo de las calles de Palma.
*UH, 21/01/09

martes, 13 de enero de 2009

Para ser leído en un ascensor

Uno se sienta a escribir con la intención de abordar algún tema de actualidad, pero pronto se deprime. Ahí están los Villehuchet, los Merckle o los Good de turno, millonarios que de golpe descubren que no soportan vivir ni un minuto más lejos de la lista Forbes. Otro ejemplo cruel de lo inmedible de la felicidad humana. Pasamos página para toparnos de lleno con la trampa mortal que es Gaza, pero ¿qué decir cuando ya se ha dicho todo y uno empieza a estar aburrido hasta que se da cuenta de que el hecho de que algo así aburra encierra algo casi tan terrible como lo que allí sucede? De todos modos, si su intención es entenderlo o abordarlo desde una perspectiva nueva, ya puede abandonar este artículo. No soy la persona que busca. Así pues, nos olvidamos del monumento erigido a la derrota de la humanidad que es Gaza para adentrarnos en el tema por antonomasia de los ascensores: el tiempo, de rabiosa actualidad por estas fechas. ¿Cuántas veces nos habrá salvado de un silencio incómodo? Se ha dicho por activa y por pasiva, pero la gente adora los lugares comunes. Siempre que alguien –un vecino del que después de cinco años seguimos ignorando el nombre– comenta –desde la proximidad a que obliga el espacio reducido del ascensor– el frío que hace, uno no puede más que sentir incomodidad por lo patético de la situación, a veces incluso bochorno. Descubrir que el tipo en cuestión no se siente incómodo, es más, que está realmente interesado en el asunto, nos salva de un más que probable ataque de claustrofobia. Digo yo, ¿no valdría más quedarnos callados? O ya puestos a entablar una conversación, ¿por qué no le preguntamos cuál ha sido la mejor película que ha visto en lo que va de año? Pero hablábamos del tiempo. ¿Sabía que el espacio destinado en los telediarios a la previsión meteorológica es el más seguido por los espectadores? Una prueba más que confirma lo raro que soy, ya que, acabados los deportes, apago la tele y me pongo a escribir un artículo que pueda ser leído en un trayecto de ascensor.
*UH, 13/01/09

miércoles, 7 de enero de 2009

Notas sobre la especie humana

Despedimos el año 2008 con un acto terrorista de esa banda de nacionalistas exaltados, tan peligrosos, contra un medio de comunicación. Lo peor no son los daños materiales, cuantiosos, sino la carga de significado. En este caso, un medio son todos los medios, y todos los medios son la incómoda libertad de expresión, ese grano en el culo de todos los totalitarismo o intento de. Ya lo decía un entrenador de fútbol que tuve de pequeño: “Lo fácil es destruir, cualquier tarado puede hacerlo, pero construir... para eso se requiere arte”. Qué sabias las palabras de mi antiguo entrenador, y qué fácilmente aplicables a la realidad que nos rodea. Nos lo cargamos todo con una facilidad que, a poco que se piense, hiela la sangre. ¿Acaso no escuecen todas esas imágenes de niños muertos en los bombardeos israelitas sobre la franja de Gaza, por hablar de actualidad ineludible? Nuestro gusto por la destrucción y nuestra imposibilidad para la convivencia pacífica nos han obligado a construir y perfeccionar ese eufemismo de los daños colaterales. Al final todos seremos posibles daños colaterales para un fin superior, más allá del individuo. Se me ocurre que en breve, al paso que vamos, se inventarán Gps que nos indicarán si estamos entrando en una zona propicia para acabar convertidos en un daño colateral más. Es lo que tiene el desfase entre el avance tecnológico y el retroceso cívico. ¿Retroceso? De acuerdo, no caigamos en el pesimismo fácil, hablemos de avance lento. Algún ser mezquino, carne de Infierno, podría argumentar que aquí, en un país inmerso en una guerra civil encubierta a causa de sus cuatro lenguas oficiales, avanzar con el lastre de una iglesia católica tan pesada no es tarea sencilla. Habrá que convenir que, ciertamente, nuestra Santa Madre Iglesia siempre temió al progreso, es decir al futuro, torpedeándolo sin compasión. Siempre se equivocó para pedir perdón siglos después. Volverá a hacerlo, claro, pero lo malo es que no estaremos allí para verlo, si es que la especie humana aguanta unos cuantos siglos más.
UH, 07/01/09

sábado, 3 de enero de 2009

Trucos




No tengo otra magia para consolar tu oído, decías, pero no eras Gregory Corso y el viaje apenas duraba unas horas y después nos quemamos las pestañas para no dormir y dibujar, con las pocas cenizas de la tarde, el mapa inconcluso de aquella encrucijada –pero hablar en estos términos (cenizas, encrucijada) nos vuelve a colocar en aquel vagón y Sam Shepard decía que si alguien le regalara un tren se quedaría a vivir dentro.

Escribo de memoria porque hace ya mucho de aquellas lecturas y la magia (magia es una palabra que no puedo explicar, decía Onetti, pero que escribo ahora sin remedio, sin posibilidad de sustituirla) la magia, decía, de la fugacidad de los paisajes y los esbozos refulgentes era todo lo que podíamos retener en los bolsillos.

Después los viajes se hicieron peligrosos porque existía la posibilidad de no volver. Es cierto que uno aprende a descarrilar y admite golpes, conversaciones soporíferas sobre tías y horarios, el orden milimétrico de una agenda personal.

Ahora hay una mujer bailando en la cocina con sartenes y paños y las manchas de barro de las ventanas nos cuentan la tormenta de anoche y la posibilidad de la intemperie y le digo a una mosca que acabo de aplastar que si alguien me regalara un tren lo aplastaría (a él y por supuesto al tren) como hice con ella...

... porque perdí la magia o tal vez lo que pasó es que aprendí algunos trucos.