viernes, 27 de febrero de 2009

CLARIVIDENCIA DEL VIAJE

La Tour de Carol, Francia


Los andenes desiertos. Los libros. Ciudades impasibles. Estrategias de superviviente. Las frases de un invierno repetido. Los chicos tristes del sur. Su canto trastornado. Un sueño con flamencos. El desconsuelo de los baños públicos. Un taxi a media noche. Los hoteles. Sus armarios vacíos. La luz acuática de los televisores. No hay nadie al otro lado. El camión de la basura. Las sábanas. Su caricia de hospital. Las pastillas.

Durante el viaje se adquiere cierta clarividencia ingobernable y la dosis necesaria de anestesia para soportarlo.

jueves, 26 de febrero de 2009

Cuestión de astas


El 11-S inauguró de manera oficial la era del miedo, es decir, la era de la seguridad. Luego, la prensa más sensacionalista, es decir, el 90% de la prensa mundial, se encargó de enraizar y volver cotidiano el miedo. Como el pan, la polución y la demagogia. Los ciudadanos pasamos a ser sospechosos habituales. Ya no bastaba con ser tratados como niños. Columnistas y contertulios utilizaron la ironía, a veces la indignación, para hablar de lo que sucedía en los aeropuertos, por mencionar lo más flagrante. Siempre es por nuestro bien, es decir, por nuestra seguridad. En fin, no hay que negarles la parte de razón que tienen. De ocurrir cualquier desastre, nosotros, el pueblo llano, nos arrojaríamos a su yugular exigiendo explicaciones, es decir, cabezas. Y hablando de cabezas y miedo, no he podido reprimir la imagen de los ciervos muertos a los pies de cazadores satisfechos y campechanos, emuladores de Hemingway. Quién les iba a decir que acabarían siendo portada de periódico, que todo el mundo hablaría de ellos, que se les relacionaría con la corrupción generalizada y con la dimisión de todo un ministro. La mayoría de nosotros moriremos y no tendremos primeras páginas. Ni últimas, vamos. Una esquela como mucho. Pero hablaba de los ciervos. No soy tan sensible, es decir, tan pelmazo, como para ponerme a derramar lágrimas por unos cuantos animales muertos, pero debo reconocer que hay algo turbador en esas fotografías. Pensar que tipos que detentan poder real son capaces de matar fríamente, por deporte, a un buen puñado de mamíferos, pues no sé, me crea cierta inquietud. Y lo dice alguien capaz de matar una mosca. De hecho, el verano anterior me convertí en una auténtica pesadilla para las moscas del barrio. Quizá este hecho encierre una conciencia de clase. De clase mamífera. En fin, no será para tanto. De mis estudios de derecho, allá por el siglo pasado, me quedó la diferenciación entre igualdad e igualitarismo y una mosca, si mire por donde se mire, no es un ciervo. Cuestión de astas.

*UH, 25/02/09

martes, 24 de febrero de 2009

AMBERES


(poema construido con frases extraídas del libro Amberes, de Roberto Bolaño)

Estoy solo,
toda la mierda literaria ha ido quedando atrás,
revistas de poesía, ediciones limitadas, todo ese chiste gris quedó atrás...
Alguien crea silencios para nosotros.
Bien mirado, es poco el tiempo que nos dan para construir nuestra vida en la tierra,
quiero decir asegurar algo, casarse, esperar la muerte.
Ambos lloraron como personajes de películas diferentes en la misma pantalla.
Escena roja de cuerpos que abren la espiga de gas.
Le dije a mi amiga que era muy triste estar horas en un bar escuchando historias sórdidas. No había nadie que tratara de cambiar de tema.
Alguien crea silencios para nosotros.
Sacó y metió los dedos.
Apretó las sienes de la muchacha mientras pensaba que los dedos entraban y salían sin ningún adorno, sin ninguna figura literaria que les diera otra dimensión distinta que un par de dedos gruesos incrustados en el culo de una desconocida.
Sólo me salen frases sueltas, le dijo, tal vez porque la realidad me parece un enjambre de frases sueltas,
héroes de inviernos que quedaron atrás.
Alguien crea silencios para nosotros.
La soledad es una vertiente del egoísmo natural del ser humano.
La persona amada un buen día te dirá que no te ama y no entenderás nada.
No puedo ser un escritor de ciencia-ficción porque he perdido gran parte de mi inocencia y aún no me he vuelto loco... No temas,
aunque sólo pueda contarte historias trises, no temas...
Toda escritura en el límite esconde una máscara blanca.
No puedes evitar el vacío de la misma manera
que no puedes evitar cruzar calles
si vives en la ciudad.

domingo, 22 de febrero de 2009

FRÍO


Dicen que los pies fríos de la ciudad son consecuencia de una circulación defectuosa. Mi amor, tú sabes que no se trata de nada personal, que sólo puedo abrazarte desde este febrero insulso repleto de alcantarillas y atascos y caídas bursátiles y tres millones de parados camino de los cuatro. No me hicieron bien, algo falló aquel septiembre, y desde entonces arrastro este frío que sólo algunas noches consigo olvidar. Soy amigo del vino y la pereza. Ahí tienes la clave. La orografía de mi secreto, hecho de carencias y chistes malos. Por eso entiendo que no quieras mis abrazos, y que los niños me lancen las piedras de una ciudad que empieza a derrumbarse como todo lo que es levantado por el hombre y sus manos expertas –como las tuyas cuando se trata de animarme y condesciendes a dar sentido y calor a mis días. Tanto suicidio, genocidio, desertización, deforestación, calentamiento, malnutrición, epidemia, y sólo puedo amarte con este amor que, digan lo que digan, tirita de frío y se asemeja a las estelas que dejan los aviones en el cielo de la ciudad.

jueves, 19 de febrero de 2009

I REMEMBER

Damien Rice


Suena Cold water mientras escribo estas líneas y me pregunto por qué me gustan tanto las canciones del irlandés. Supongo que como muchos, llegué a Damien Rice a través de la película Closer, de Mike Nichols. Ver caminar a Natalie Portman por una calle de Londres atestada de gente mientras suena The blower’s daughter ya justifica de por sí el resto de la película. En fin, que ese tema me cautivó, me pareció la mejor canción que había escuchado en mucho tiempo. Tenía que averiguar quién la cantaba. Así llegué a Damien Rice y por eso, en este preciso instante, empieza a sonar en mi habitación I remember. ¿Qué decir de las canciones de Rice? Que son evocadoras, íntimas y universales a un tiempo, que saben llevarte a lugares de tu interior que pensabas inaccesibles, que saben herirte con delicadeza, como siempre hieren las cosas hermosas de este mundo. Podría seguir, deshacerme en elogios hasta la extenuación, pero mejor lo dejo aquí. Quizá sea un error tratar de explicar la belleza.

Hará cosa de dos años escribí lo anterior. Dos años dan para mucho y para nada. Floriane creció, me publicaron un librito en catalán, me estabilicé sentimentalmente. Material para una novela extensa o para tres simples frases. No soy Marcel Proust, qué le vamos a hacer. Lo que sí soy es un sentimental, sobre todo las noches de los jueves en que estoy solo y bebo vino. De mi afición al vino nació la siguiente anotación: “Sólo me harán hablar estos cuatro caballeros entremezclados: Mantonegro, Callet, Cabernet Sauvignon y Syrah. Lo que no tengo tan claro es que se me entienda”. Los peligros vacuos de tener al alcance de la mano un Moleskine y una botella de Macià Batle, regalo de Navidad de un cliente de la empresa. Pero dejémonos de digresiones. No soy Laurence Sterne, qué le vamos a hacer. La cuestión es que guardo todo lo que escribo. Como si mis palabras, incluso las peores, tuvieran algún valor. Ya sé, más que un sentimental, lo que soy es un tipo pagado de sí mismo. Es posible. Pero vayamos al grano. Escribo y guardo. Por esto mismo he encontrado el cuento al que pertenece el párrafo inicial. Se titula Karlota blues y habla del precio de la estabilidad y de las cosas que se pierden para adquirir, una vez perdidas, el brillo falaz de lo que pudo ser. Una historia vieja, bastante sobada. Como todas en realidad. Tampoco pretendo inventar nada. Pero sigamos. Inicio su lectura y me encuentro con Damien Rice, con la historia agazapada tras su canción I remember. Hubo un tiempo en que era capaz de escucharla hasta diez veces seguidas. Los caminos de la autoflagelación son inescrutables, si bien siempre se repiten. Todos tenemos nuestra “mierda sentimental”. No voy a entrar en eso. Lo que sí voy a hacer es compartir con ustedes esta canción. Es jueves por la noche y estamos vivos. Sopésenlo un instante. Es brutal. Como la canción. Buenas noches.




miércoles, 18 de febrero de 2009

RUE ÉMILE ZOLA


Mi vida al fondo de la rue Émile Zola, esos primeros días con frío de mañana irritante y burocrática, ahora más real que entonces, el incendio en algunos papeles, las estaciones-bomba con su macabra cuenta atrás, creo que llego a las nueve, esa maleta cargada en exceso como novela mediocre, sin final que la salve, como las catedrales que nunca visitábamos porque siempre queríamos bañarnos en el río, cerca del río Tarn, escribí en un poema, este paréntesis para el viento y las nubes, dime, ¿no crees que es perfecta?, y sí, ahora sí, ahora la nieve como en una pantalla gigante, una película muda donde todo es muy lento, ya lo sé, esos que bailan no somos nosotros, tal vez los que se despiden en la Gare, entre el humo y el olor a gasolina, pero igual sonreímos porque alguien nos grita que nos hemos salvado, no es posible el rencor, la ciudad huele a fresas, ahora escucho mis pasos por El Prat, por las fotografías de entonces, siempre llegando tarde a la rue Émile Zola, desde aquellos primeros días nublados, infectos en los trámites, en el silencio incómodo de los muros, tendrás que perdonarme, sí, tendremos que perdonarnos, no será tan difícil, ya verás, escucha como llueve. Ahora toca apostar por la sonrisa.

lunes, 16 de febrero de 2009

LO QUE QUEDA DE ROBERT FITZROY

Charles Darwin


[Pese a que uno de mis libros preferidos es Para acabar con los números redondos, de Enrique Vila-Matas, no he podido sustraerme a la tentación de celebrar el año Darwin. Soy un sentimental, también un vago, por eso copio y pego el poema titulado Lo que queda de Robert Fitzroy, incluido en El peso de los puentes. Lo escribí a principios o mediados de 2005, después de la lectura de un artículo que narraba la tragedia del Sr. Fitzroy. Ya no conservo la revista ni el sentimiento que me llevó a escribir sobre el tema, pero queda el poema. Espero que les guste]


Es extraño el destino de los hombres.
Robert Fitzroy, después de besar a su esposa
y a su hija, agarra su navaja
y se rebana el cuello. Es un 30 de abril
de 1865. Amanece despacio. En la ventana,
una luz transparente pronostica
un tiempo más propicio para todos.

A esa misma hora, enfermo y aburrido,
Charles Darwin –aspirante a clérigo de joven–
rememora los cinco largos años
que pasó con su amigo Robert Fitzroy,
embarcado en el Beagle. Fueron,
piensa ahora, tres décadas después,
los días más intensos de su vida.

¿Qué pensó el aclamado, el inmortalizado autor
de El origen de las especies
cuando supo que Robert, al que un día admiró,
se había suicidado?
¿Sintió remordimientos por haberlo humillado
en aquel foro público de Londres?
¿Recordó los cuidados, todas las atenciones
que Fitzroy, capitán de aquel navío,
le había dispensado?

A bordo de aquel barco se gestó la teoría
que incendió los pilares de una fe moribunda,
que alumbró los senderos de la modernidad.

Charles Darwin nos salvó, y, para eso,
tuvo que colocar, en el cuello de Fitzroy
–defensor de la Biblia y sus lecciones–,
la navaja que un treinta de abril lo degolló.

A Darwin todo el mundo lo recuerda.

De Fitzroy queda apenas, anotado en los mapas,
el nombre que le dieron a un peñasco
en la olvidada y fría Patagonia.

jueves, 12 de febrero de 2009

Alma de grupi

Deseo de ser joven, muy joven –llamemos a las cosas por su nombre, dejemos en paz al indio kafkiano­– para saltar y cantar sin sentido del ridículo, completamente entregado, las canciones de Vetusta Morla, pese a las pequeñas faltas ortográficas (un mal en crecimiento, la carcoma de nuestros palacios de verano), la voz siempre rayando lo desagradable, seductora al fin, convincente; el arte de decirlo todo sin apenas decir nada; dejar que el receptor rellene e interprete, es cómodo y elegante, es más, lo exigimos ardientemente. Por lo demás, una cosa está clara: sigue habiendo mucho idiota ahí fuera...

[Breve paréntesis. Sobre el sentido de la entrega: Los occidentales “han perdido por completo el sentido de la entrega. Por mucho que se esfuercen, no consiguen que el sexo sea algo natural (...) Es imposible hacer el amor sin un cierto abandono, sin la aceptación, al menos temporal, de un cierto estado de dependencia y de debilidad. La exaltación sentimental y la obsesión sexual tienen el mismo origen, las dos proceden del olvido parcial de uno mismo; no es terreno en el que podamos realizarnos sin perdernos. Nos hemos vuelto fríos, racionales, extremadamente conscientes de nuestra existencia individual y de nuestros derechos; ante todo, queremos evitar la alienación y la dependencia; para colmo estamos obsesionados con la salud y con la higiene: ésas no son las condiciones ideales para hacer el amor”] Michel Houellebecq

Claves para entendernos: el individualismo y la necesidad de huir a toda costa
y es que...
vivimos siempre en mundos inventados
porque no existe otra manera
de habitar este mundo
sino inventándolo
inventándonos
siempre
fin
.

Debo encontrar un lenguaje que me traduzca.
Soy un idioma en proceso de extinción.
Vuelvo a escuchar copenhague:

“Dejarse llevar suena demasiado bien”.

Para sobrevivir, llevar una doble vida. Como mínimo.
Las necesarias para desaprender tantas lecciones embrutecedoras.
En realidad, tengo alma de grupi.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Trouble

Paso la tarde viendo llover y escuchando a Coldplay. Las luces de las torres de la fábrica al otro lado de la carretera parpadean contra los nubarrones de febrero y los más de tres millones de parados. Camino de los cuatro. Sostengo en las manos una escopeta de juguete. Dispara dardos de goma. Se la regalé a Floriane la última vez que estuvo aquí. Un acto pedagógicamente reprobable, soy consciente. Alcanzo uno de los dardos. Basta humedecer ligeramente la ventosa situada en la punta para que se adhiera con facilidad a según qué superficies. Con la pantalla del televisor no hay problema; lo mismo sucede con la puerta corredera de cristal que da a la terraza. Ahora, sin embargo, apunto al vecino de enfrente. No puedo dejar de sentirme conmovido al saberlo tan indefenso. Aún así, aprieto el gatillo. Pienso que, de quedarme en el paro, podría dedicarme a esto. Últimamente tengo al francotirador que habita dentro de mí muy a flor de piel. Los datos del paro y las declaraciones de Javier Lozano Barragán a raíz del “caso Eluana” no hacen que las cosas sean más fáciles. Tampoco más difíciles. En realidad no es más que una excusa para justificar esta agresividad. Diremos que es innata. Una buena respuesta cuando no se tiene respuesta.

Tiempo atrás se me consideraba un caza-recompensas. Se trata de una historia confusa que nunca llegué a aclarar. Como en una novela de Auster, todo empezó con una llamada. El tipo en cuestión dijo ser periodista. Era nuevo en el cargo. En el cajón de su mesa había encontrado una lista con nombres. En la parte superior del folio, escrito a mano, podía leerse: CAZA-RECOMPENSAS. Mi nombre estaba entre ellos. Por eso me llamó, para preguntar si podía aclararle de qué iba el asunto. Le pedí que me leyera los otros nombres de la lista. Ninguno me sonaba. ¿A qué se dedica usted?, quiso saber el periodista. Trabajo en un banco, respondí. Esto no nos lleva a nada. ¿No se le ocurre otra cosa? Pensé en los premios de poesía que hasta la fecha había ganado. Pensé en el canibalismo que envuelve el mundo de la literatura. Pensé que todo aquello empezaba a aburrirme. Creo que no, le dije. Lo siento, tengo que colgar. Ahí terminó mi vida como caza-recompensas. Decir que después de aquello todo fue a peor sería exagerar las cosas, pero no mucho. Hace bastante de aquello. Sigo siendo tan culpable como cualquier hijo de vecino. Puede que un poco más.

Vuelvo al presente. El vecino de enfrente se ha puesto a salvo. Como si fuera posible. De todos modos, ya no lo encañonaba con mi escopeta. Ahora suena Trouble, de Coldplay. Me invade la sensación de tener un problema muy gordo y no saber qué hacer con él. Como el gobierno. En fin, que cada uno apechugue con lo suyo. Parece que lloverá toda la noche.

sábado, 7 de febrero de 2009

Una nubecilla, de James Joyce*


Leído el cuento Una nubecilla, de James Joyce. No he podido dejar de apreciar cierta semejanza entre el protagonista, Chico Chandler, y yo. Chico lleva una vida ordenada, sencilla. Está casado con Annie, con la que tiene un hijo. ¿Por qué tendría que necesitar más? Pero Chico fantasea con otro tipo de vida, una vida más mundana, llena de viajes, con tiempo para leer y, sobre todo, tiempo para escribir. Antes de casarse leía y escribía regularmente. Pero maduró, se hizo hombre, padre de familia. El encuentro con su antiguo amigo, Ignatius Gallaher, al que hacía ocho años que no veía, revuelve estos sentimientos de Chico, los coloca a flor de piel. Ignatius se fue de la cárcel que es el Dublín de principios del siglo pasado. Se fue y triunfó en el mundo del periodismo. Vivió en diferentes ciudades, ¡vio mundo! Chico ha puesto unas expectativas desmesuradas en este encuentro, piensa que quizá Ignatius sea la puerta a ese mundo que merece tanto o más que su amigo, pues se considera más capaz que éste. Pero Joyce no tiene piedad. De hecho, Dublineses es un auténtico canto a la desesperanza. No hay dramas, ciertamente, pero tampoco hay resquicio a la esperanza. El final del cuento es demoledor. Chico está sentado en el cuarto del pasillo, con su hijo en brazos. Annie ha salido a comprar un cuarto de libra de té y dos libras de azúcar. Sobre la mesa hay una foto de Annie, de cuando iniciaron su relación. Chico se entretiene mirando la foto. Los ojos son hermosos, al igual que la cara. Pero hay algo mezquino en ella. La compostura de aquellos ojos lo irrita. No hay pasión en ellos, ni arrebato. Son los ojos fríos de alguien que está muerto y que lo quiere arrastrar consigo. ¿Por qué tuvo que casarse con aquellos ojos? En este punto, Chico ha sido capaz de expresar en voz alta la gran duda que lo tiene atenazado. Mira a su alrededor. Todos los muebles de la casa se parecen a Annie. De pronto se despierta en él un sordo resentimiento contra la vida y se hace la gran pregunta que todos nos hemos formulado alguna vez: ¿Es demasiado tarde para escapar? Quizá, piensa ingenuamente, si consiguiera publicar un libro... Esto le lleva al recuerdo de la poesía. Sobre la mesa hay un volumen con los poemas de Byron. Con cuidado de no despertar al niño, lo abre y empieza a leer. La lectura le lleva a la ensoñación. Se pregunta si él sería capaz de hacer algo parecido. A todas luces, la poesía le hace bien, pero aquí Joyce muestra su tremenda crueldad. El niño se despierta y empieza a llorar. Chico intenta calmarlo, pero sin dejar de leer. Se resiste a abandonar la lectura, pero resulta inútil. Los gritos del niño van en aumento, se convierten en algo ultrajante, son la sirena de la cárcel que indica que alguien está intentando escapar. Chico lo ve claro y se pone más nervioso. Se inclina sobre la cara del niño y hace algo inimaginable en él. Le grita que se calle con toda su rabia acumulada. Lógicamente esto no hace más que empeorar la situación. El niño llora con más fuerza. Chico intenta calmarlo, pero la cosa cada vez se pone más fea. Chico empieza a alarmarse. Al niño le cuesta respirar. ¿Y si muriera? Esta pregunta es crucial. Chico se la hace, pero lo que no sabemos es si en la muerte de su hijo ve algo positivo (el fin de su condena, de su encarcelamiento, el pasaporte a la libertad, a la vida que siempre deseó vivir) o, por el contrario, ve algo negativo (la muerte sin más del hijo, el resentimiento del resto de la comunidad, la culpa, el pecado imperdonable, condenatorio). Entonces llega Annie. Al ver la escena, tira al suelo la compra y rescata al niño de los brazos del padre. ¿Qué le has hecho?, pregunta a Chico dando por supuesto que ha hecho algo al niño. Por un momento, Chico sostiene la mirada de su mujer y el corazón se le encoge al ver todo el odio que hay en sus ojos. Cuando el niño empieza a calmarse, lágrimas de culpabilidad brotan de los ojos de Chico Chandler. Fin del sueño. Cadena perpetua.
Palma podría ser ese Dublín y yo, Chico Chandler esperando escribir esa gran obra que me permita dejar todo esto...
Para terminar por hoy diré que todo Ignatius Gallaher necesita de un Chico Chandler para sentirse realizado, ya que es en los ojos del que se queda donde realmente triunfa el que se marcha. Sin la admiración o envidia de éste, la aventura del otro queda vacía.
*(Fragmento del libro inédito La marea, de Javier Cánaves)

miércoles, 4 de febrero de 2009

¿Algún encargo?

Richard Williamson

Lo de la sentencia del TS sobre la asignatura de EpC ha hecho que unos saquen pecho y otros prosigan con su pataleta. Lo de siempre. No entraré en el fondo de la cuestión porque ya se ha escrito mucho sobre el tema y porque algo más de 300 palabras no son suficientes para todo lo que tendría que decir. O sí, pero paso. Sólo añadiré una frase que me llamó la atención, tanto que inmediatamente la anoté en mi Moleskine. La dijo Zenon Grocholewski, ministro de Educación del Papa, el cual se mostraba enormemente preocupado por lo que considera (ahí va la frase) “la imposición de una educación ética”. Joder. ¿Acaso quieren una educación no ética?
Desde luego, la decisión que tiene visos de no ser muy ética es la tomada por Benedicto XVI, quien ha readmitido en la Iglesia al obispo lefebvrista Richard Williamson. Este señor (en la foto que acompaña la noticia parece la mismísima encarnación del Diablo) reivindica la Inquisición, da las misas en latín, cuestiona la teoría de la evolución y niega el holocausto. Toma ya. Es tan católico, que no dudaría en arrojar a un semejante a las llamas purificadoras por sostener opiniones laicas moderadas. Mejor dejo el tema, que me caliento.
Pues sí, finalmente cedí a la tentación y, emulando a Hemingway o Picasso, me compré un cuaderno de notas Moleskine. Que no se diga que no lo pongo todo de mi parte. Ahora sólo me falta talento para convertirme en un escritor genial. Me siento igual que un niño con zapatos nuevos. Confesión: nunca me ilusionó estrenar zapatos. Abro y cierro el cuaderno como hipnotizado, como si esto pudiera provocar un aluvión de buenas ideas. A modo de primicia, transcribiré la anotación que inauguró el cuaderno. “El año en que yo nací, Elias Canetti escribió: Nunca he aprendido nada sistemáticamente, como otra gente, sino por excitaciones súbitas. Suscribo la frase”.
Para terminar, copio y pego el último chiste que me llegó por Internet: “El condenado a muerte espera la hora de su ejecución, cuando llega el cura. Hijo, traigo la palabra de Dios para ti. Padre, pierde el tiempo, contesta el reo. Dentro de poco voy a hablar con Él personalmente. ¿Algún encargo?”.
*UH, 03/02/09

lunes, 2 de febrero de 2009

DESDE LA INESTABILIDAD[1]

Salva Ginard


No puedo separar la vida del arte. Esta frase me la dijo Salva Ginard una noche en su casa-estudio, mientras me mostraba sus últimos trabajos. Entonces pensé que todo verdadero artista se pasa la vida intentando dibujar su posible autorretrato. A veces de manera explícita; otras, en cambio, de manera sutil. Salva Ginard, lo supe aquella noche, es un artista de verdad.

Salva Ginard sabe que pintar es un todo o nada, una acrobacia sin red, una acrobacia en la que cada trazo es decisivo. No se debe mentir, me dijo con un tono severo nada habitual en él, y entonces sentí el peso de todos aquellos rostros que nos rodeaban, de todas aquellas confesiones. Me quedé en silencio, anoté unas palabras en mi libreta y le pedí que me dejara a solas. Es en la soledad cuando el arte nos desvela sus secretos.

Entonces, aquellos lienzos me hablaron, me confesaron que la estabilidad exterior, que la proporción guardada en todo momento, no eran más que una mascarada, una manera de ocultar la inestabilidad interior que da título a la colección y que es mero reflejo de un sentir desnudo. Es posible llorar detrás del rostro, me dije, o quizá me lo dijo alguno de sus lienzos. Acto seguido, como al dictado, anoté en mi libreta: “Rostros humanos como un lenguaje secreto, íntimo y personal, una confesión parcialmente velada, que vive en el trazo, en el fondo, ese paisaje de vivencias que, reagrupadas y obligadas a convivir, dan forma a esa cara, a ese cuerpo, en una suerte de criptograma alucinado y revelador”.

Hay un desorden que nos habla de manera ordenada, y un orden en el que todo es caos, ese caos que acaba siendo toda vida, por mucho que las notas biográficas lo intenten encorsetar.

Después volví (o volvió) a la carga: “El azar que configura una lágrima que después resulta decisiva, parte ingobernable del acto creador. La mirada desnuda que desnuda, la confesión del secreto que toda obra encierra, que busca –para sobrevivir– la complicidad de quien la mira”.

Pasado el trance, volví junto a Salva Ginard. Le conté lo que me había pasado y le mostré lo que había escrito al dictado de alguno de sus lienzos. Me sonrió cómplice y dijo que era el momento de sentarse y cenar. Mientras me servía vino, me confesó que los textos que navegan por sus cuadros habían sido escritos en un estado similar, desde un impulso que poco o nada sabe de retóricas, porque la retórica, a menudo, nos miente bellamente, pero la belleza que interesa a Salva Ginard es de otra índole. Tiene que ver con el vértigo de estar vivos, con el hecho de saberse inestable y pintar desde esa inestabilidad.

No sé si desearles que los cuadros que integran esta colección les hablen como a mí me hablaron. Ocurre a veces que nos hablan de nosotros mismos y no siempre resulta cómodo. Lo que sí deseo es que les gusten tanto como a mí me gustan, les hablen o no.

De todos modos, cuando estén a solas con ellos, además de los ojos, abran bien los oídos. El arte, cuando es de verdad, siempre nos habla.




[1] Texto escrito para el catálogo de la exposición inestable, de Salva Ginard, que del 24 de agosto al 19 de septiembre de 2006 pudo visitarse en la galería Gabriel Vanrell, en Palma de Mallorca. Finalmente, pese a que en teoría se contaba con la financiación del Consell de Mallorca, el catálogo no llegó a realizarse, por lo que el texto quedó inédito. Hoy, revisando mis carpetas, di con él. Espero que al menos sirva para ponerles en la pista de un pintor excelente.