domingo, 31 de mayo de 2009

Historia de amor


1

Qué bonito iniciar relaciones. Y qué necesario terminarlas. Así empieza la historia, con pétalos cayendo desde cielo y el olor inconfundible de los finales anticipados. Antes, tantas cosas atrás, no eras más que un rostro del lado de los viandantes. Contemplabas a las diosas de los bares, su coreografía equívoca y fatal. Nosotros las creamos, decías. Es una cacería con palabras amables y miradas de asesino. Soy un gladiador.

2

Hablabas con espejos y semáforos, con todo aquel lo suficientemente estúpido o desesperado como para escucharte. Necesito a una mujer que me quiera lo que no sé quererme, la parte de mi amor que no me alcanza. Eras un gladiador, un tipo invisible y agazapado. Te pasabas el día protagonizando películas de terror y leyendo prensa gratuita. El mundo era un latido violeta, una amenaza incomprensible y escurridiza.

3

Ha de ser posible hablar de mujeres perdidas, presentes o por llegar, de la promiscuidad propia del que busca el Amor, esa epifanía engañosa o quizá sólo fugaz. Afilabas tus armas y fumabas obsesivamente, enfermo en la inminencia del encuentro. La ciudad te hablaba a cada paso, en cada cambio de estrategia. Como siempre sucede, todo estalló sin previo aviso. La imagen estática en que aguardabas tembló, fueron sólo unos segundos, y de pronto vivías dentro de un torbellino.

4

Las venas de las manos, las encías impúdicas, el lenguaje sutil del codo al encender un cigarrillo, la barbilla tímida en contraste con el cuello temerario, plagado de lianas y secretos. Quiero morder esta ausencia de pechos, el sabor de tus mañanas y tus causas perdidas, lo que está más allá del lenguaje y nosotros. Los ojos todavía no. Espera unos minutos. Miremos cómo arden los tesoros de Roma.

5

Éste es el escenario: una ciudad tomada por kamikazes ebrios y diosas anoréxicas que fuman tus latidos de asesino. El imperio s. a. del sol poniente extiende sus tentáculos por las alcantarillas de tu degradación. Entonces sí su mirada de granito caliente, audaz en su fijeza. Más tarde escribirías: en medio de ese fango, el ángel persuasivo. Recuerdas: tenía 17. Pedía ser aniquilada por un desconocido igual a ti. Sus ojos eran fríos y cálidos a un tiempo. Ojos de habitación de hotel con nombres falsos. Aceptó el desenlace con la fatalidad de las protagonistas de las mejores pelis. Tú te llamabas Harry, imagino. ¿Ella? Ella Epiphany Proudfoot.

6

Dame sólo un motivo por el que no puedas darme un motivo de por qué no puede ser y así toda la noche, una estación vivida bajo otro tipo de dictadura, la rebelión final de las leyes de la física, la trayectoria invisible y fatal de una mota de polvo resbalando por sus medias igual que los lugares comunes del deseo y no, desconozco el motivo por el que no puedo darte pero qué importará, dirás ya todo géiser, violento y cegado como las aves del litoral o los taxistas de los aeropuertos.

7

Incluso haciéndome daño, sólo puedes salvarme. No sé de qué, cómo saberlo. Quizá de un hipotético y cíclico odio hacia mí, tan cansino y predecible. En cambio, yo sólo puedo destrozarte, inocular en ti el veneno del vértigo (también cansino y predecible).

8

Frases dichas o sólo pensadas mientras ella se baja las medias como quien ejecuta un rito primitivo y desquiciante: Tus mejores años y mis peores intenciones. Una combinación letal, irrenunciable, perfecta...

9

Lo que sigue es la historia de siempre. Lo anterior es mentira o una verdad no susceptible de prolongación en el tiempo. Lo único cierto es que matasteis la magia, poco a poco, con una precisión digna del más reputado de los cirujanos. En esto consiste el amor, en despojar al otro de su aura mítica. Este juego en el que nadie gana porque incluso ganando se pierde. Tantas muertes hasta la muerte final, previsible y vacía.

10

Solía desquiciarte, día a día, con un cóctel infalible: Tacones de aguja, bisutería barata y su obsesión por el francés –Rimbaud, Rigaut, Bataille...

11

Suena Between the bars, de Elliott Smith. La mitología triste de los chicos del rock... Toda historia de amor tiene su banda sonora, decías, su propia cuenta atrás. Ella te miraba desde un bosque silencioso, indescifrable. Pese a su edad, conocía el desenlace, todo lo que fueses capaz de decir. Parecía esperarlo y eso te enfurecía y excitaba a la vez. Una cosa está clara: toda banda sonora –tan triste con el tiempo– se acaba pareciendo a las demás.

12

Las mutaciones del amor no son más que nuestras propias mutaciones, no lo olvides. La sabiduría de su carne tensada en el delirio. Es inútil entrar en los detalles. Ahora fumas mientras la ciudad se hunde y tú la recuerdas, es decir: la inventas.

13

Vives el momento de las declaraciones. Sigues siendo el personaje, pero esta vez no hay nadie a tu lado para aplaudirte o morderte en el cuello, como buscando una raíz.

14

Declaración: Siento que estoy en un momento crucial de mi vida cuando en realidad este momento no es muy diferente a tantos otros vividos en el pasado. Una forma como otra cualquiera de decir que tengo miedo. Cierro los ojos y camino. No se me ocurre nada mejor. Hay más tristeza que amor en mi pecho. De todos modos, esta tristeza es la que me permite seguir amando. Sigo siendo un gladiador.

15

Muy bonito, te dices sentado en la taza del váter con un libro de Jacques Rigaut en el regazo mientras Elliott Simith se sigue apuñalando el pecho en una visión recurrente y asfixiante.

16

Lo que el desagüe se lleva: la mierda que una vez os unió. La que un día buscarás en otros baños y coños con la misma intención suicida.

17

El anticlímax no como recurso narrativo, sino como único final posible para una historia de amor.

jueves, 28 de mayo de 2009

De qué hablamos cuando hablamos de política


Parafraseando a Jorge Riechmann, quería escribir un artículo titulado El día que dejé de votar al Soe, pero, claro, enseguida reparé en que no siempre había votado al Soe y que, además, dicho título me obligaría a dar explicaciones, hablar de política, y eso es algo tremendamente aburrido, mejor hablar del Barça, de Rafa Nadal o de mujeres, esas viñetas biográfico-sentimentales con las que tanto me divierto. Ya sé que, me guste o no, todo es política, que resulta imposible eludir sus tentáculos. Si hablo de la simpatía o antipatía que me produce el Barça, estoy hablando de política; si lo hago sobre la final del Master Series de Madrid entre Nadal y Federer, o de la novia que tuve durante mi etapa universitaria, también estoy hablando de política. Por supuesto, si confieso que no me gustan los toros, estoy realizando una declaración política de gran calado. Por otro lado, ya sé que una de las características fundamentales de los artistas (a regañadientes meto a los escritores en el saco) es la de ser contestatarios. Esto explica, al menos en España, el goteo de éstos hacia las tierras de la derecha o de la izquierda más escorada, por no hablar de la cada vez más extendida desafección. Pero no, no aspiro a ser un contestatario más, al menos conscientemente. ¿Hablar aquí del desencanto por las políticas en materia de educación del Soe? La desafección y la falta de espacio pueden conmigo. De todos modos, siempre les queda leer a Pérez-Reverte. Que tengan un buen día.

UH, 27/05/09

martes, 26 de mayo de 2009

Parásitos


Nosotros somos los parásitos del fin del mundo, parapetados tras la cristalera de seguridad que insonoriza la habitación desde la que contemplamos el derrumbe. No sabemos lo que luego vendrá, pero no nos quita el sueño, entre otras cosas porque ya nunca dormimos. Miramos el televisor, calculamos el dinero que necesitaríamos para seguir hibernando lejos de este hacinamiento. Nos odiamos con fuerza, por eso sólo pensamos en escapar. Hemos sustituido el Paraíso de los cristianos por la Lotería. Preferimos el azar a la ética. Despreciamos a los que nos avisan de que todavía el mundo puede salvarse. No queremos que se salve, no creemos en la salvación. Nuestra sed de destrucción es fiel reflejo de la inquina que sentimos por nosotros. Somos hijos de la Coca-Cola; no somos ciudadanos, sino consumidores, el eslabón final de la cadena. Es nuestro orgullo, nuestra razón de ser. ¿Austeridad voluntaria? ¿Sostenibilidad? ¿Ecoeficiencia? Qué gracia nos producen estos nuevos Mesías. Nosotros somos los romanos y los leones son nuestros. Creemos en el crecimiento infinito. Ya pueden venirnos con la monserga de que resulta imposible en un medio finito. Somos como niños, no vemos más allá. Sólo pensamos en jugar, aunque a veces lloremos cuando nadie nos ve. Estas lágrimas no nos hacen mejores, pero nunca quisimos ser mejores. Son lágrimas cercanas a la risa, a una risa histérica, para nada feliz. Cada atardecer nos reunimos junto a la cristalera y apostamos. Yo siempre apuesto a que ese día se acaba todo. No es que quiera arruinarme, es que me aburro.
UH, 26/05/09

viernes, 22 de mayo de 2009

TRES NARRACIONES BREVES: Textos rescatados del olvido

1. EL HOMBRE EN CUESTIÓN

Era su último cigarrillo. Tendría que haberlo dejado meses atrás, como dejó a Linda y a tantas cosas con ella. A un coño lo sustituye otro coño, solía decirse, pero ¿con qué se suplen los cigarrillos? Buena cuestión. A aquellas alturas (un sexto piso en la calle Reykiavik), la vida era un cúmulo de buenas cuestiones. Por ejemplo: qué estaba haciendo en aquella habitación. En este punto el hilo se rompía, su mente dejaba de funcionar con un mínimo de coherencia. Cerraba los ojos y podía ver dromedarios avanzar por la línea del desierto. Nunca le inquietó. Sabía que tarde o temprano acabaría regresando. Pero adónde. Otra buena cuestión. De todos modos, no había nada que hacer: la futura ausencia del tabaco lo reclamaba. Un descuido imperdonable, uno más. No es seguro que aparezca, le habían dicho, pero existe la posibilidad y tenemos que estar preparados. Él no entendía la utilización del plural. Se encontraba solo en aquella habitación, como un escritor cualquiera levantando el mundo que acabará aplastándolo. Es cuestión de tiempo, le dijeron. Pero nadie contaba con aquel último cigarro, con la eventualidad de ser visto si salía del edificio o de que, justo cuando entrara en el estanco, apareciera al fin el hombre en cuestión.

2. ARQUEOLOGÍA ALTERNATIVA

Escribía tanto que se le acabaron borrando las letras al teclado de su ordenador. Entonces decidió que ya había escrito o vivido lo suficiente. Un experto en arqueología alternativa aplicada a las yemas de los dedos, después de un estudio pormenorizado del que ahorraremos los detalles, pudo reconstruir, una a una, sus últimas palabras. Decían: Quiero dejar de escribir.

3. EL ÚLTIMO DE SU ESPECIE

Cuando quiso darse cuenta, vivía en una jaula y recibía visitas todos los días excepto los martes. Era el último de su especie. Le gustaba contemplar las puestas de sol y el baile endiablado de los estorninos. Por otro lado, los colores carcomidos de las hojas en la calzada, cuando el encargado de la limpieza se relajaba en sus obligaciones, le hacían llorar. Pero lo que más desconcertaba a sus guardianes era el hecho de que se agachara para recoger las hojas de los periódicos antiguos, de cuando aún se editaban, colocadas en el suelo de la jaula por motivos de higiene o por darle alguna utilidad a aquel excedente de papel. Sí, eso era lo que más les desconcertaba, que las recogiera y se pasara horas contemplándolas en una actitud abstraída. Dicen que los ojos le iban de izquierda a derecha. No lograban darle una explicación racional a este comportamiento.

miércoles, 20 de mayo de 2009

España (una fábula)


“Y bien”, dijo el estudioso, “ya sabes por qué no leen los españoles”. “Porque no tienen tiempo”, respondió el becario con algo de timidez. “¿No tienen tiempo?”. “Al menos es lo que responde la mayoría”, explicó el becario. El estudioso se rascó la cabeza, pasó los dedos índice y corazón por el contorno de su boca y se los llevó a la nariz. Asintió ligeramente, como si aquel olor aclarase alguna cosa. Finalmente se sentó y apoyó los codos sobre la mesa. “¿Me puedes explicar en qué emplean el tiempo libre que dicen no tener?”. El becario extrajo un folio de su carpeta. Antes de iniciar la lectura, se aclaró la garganta. “Según mis informes, los españoles no tienen tiempo de leer porque: 1) Tienen que ver sus series favoritas. 2) Tienen que ver los partidos de fútbol de la Sexta. 3) Tienen que ver cualquier evento deportivo que se televise. 4) Tienen que estar al día en el mundo del corazón. 5) Tienen que ir al bar. 6) Tienen que ir al gimnasio. 7) Tienen que jugar con la Nintendo. 8) Tienen que bajarse música y películas. 9) Tienen que fisgonear en el Facebook. 10) Tienen que chatear por el Messenger. 11) Tienen que visionar porno gratuito. 12) Tienen que enterarse de cuánto pide el vecino por el piso de arriba. 13) Tienen que calcular cuánto dinero debería tocarles para dejar definitivamente el trabajo. 14) Tienen que criticar lo que sea. 15) Tienen que rascarse lo que uno se rasca cuando no hace nada”.
“¿Los huevos?”, interrumpió el estudioso. “No, la cabeza”.
UH, 19/05/09

domingo, 17 de mayo de 2009

LA SALVACIÓN


Es lo más parecido a la salvación. No sé de qué. Salvación de vida, una plegaria atendida, nuestra dosis de misticismo y soledad. La voz de Bettye Lavette luchando contra la muerte. De algún modo vence a la física, a la carne. Es una confesión inesperada, el escalofrío de saberte acompañado, casi comprendido. Apoyar la cabeza en el hombro de cualquiera. Tomar conciencia de la inmensidad de la derrota. Amar lo nimio, lo invisible, las calles de una Philadelphia repleta de cadáveres, de cuentas pendientes no se sabe con quién. La voz de un ángel a las seis de la mañana, el reclamo, la piedad irrenunciable y engañosa. Lo que es indescriptible y te obliga a temblar.

Después, en el pudridero del día a día, el reencuentro con el cuerpo. Las corruptelas y la tele. Remueves con un palo las cenizas del instante. Piensas en los cuadros de Jenny Saville. El contrapunto necesario. Imposible escapar. Primero habría que saber de qué. La desnudez. La pornografía. Algo excesivo, como una almohada dificultándote la respiración. El campo de batalla. Lo que vendrá luego. Cierras los ojos y te ves desnudo, con el vientre hinchado y peludo, más animal que persona, sujeto por cables a una tabla de disección. Como si existiese la posibilidad de que escaparas.

Anochece. Ya se intuye el verano. Contemplas la piscina iluminada y piensas en Onetti. Cony llega y te besa en el cuello. La salvación es posible, murmura el condenado. Bettye Lavette nos sonríe, nos conduce a la cama y nos arrulla.


jueves, 14 de mayo de 2009

Últimos hombres honestos

Contra lo que suele creerse, los escritores nunca mienten, son unos adictos incorregibles a la verdad. Por eso no es conveniente invitarlos a cenas y demás actos sociales donde mentir es cuestión de protocolo. Su incapacidad para la mentira los convierte en tipos incómodos, tremendamente peligrosos, bombas antipersonales con patas. En este sentido, es lícito decir que son los últimos hombres honestos sobre la Tierra. No es de extrañar que la Convención de Ginebra los prohíba taxativamente. Lo siento, escritores, si os he desenmascarado. Ya sé que os encanta decir, tanto en la intimidad con vuestras parejas como en ruedas de prensa igualmente íntimas (ya que nunca se acercan más de dos periodistas), cosas del tipo: “Odio que me pregunten cuánto hay de autobiográfico en mi novela; ¡es una novela!”, “lo he inventado todo, cariño, de verdad” o “no soy yo, sino un personaje al que le cedo mi nombre”. Etcétera. No cuela. A mí no me la dais. Vosotros no podéis mentir. Nuestras parejas, amigos, los políticos (por no hablar de los periodistas), todos nos mienten. Todos excepto vosotros. Soy un hombre con fe, lo cual –contra lo que pudiera pensarse– no me convierte en un tipo manipulable. He decidido no creeros. Podéis jurar sobre la tumba de Cortázar o Céline. Podéis enviarme correos amenazantes, presentaros a comicios municipales, codearos con ministros o futbolistas. Nada que hacer. Sois los últimos hombres honestos. Por eso seréis los primeros en morder el polvo.
UH, 12/05/09

lunes, 11 de mayo de 2009

ÚLTIMA NOCHE FELIZ SOBRE LA TIERRA O IMITACIÓN DE CHUCK PALAHNIUK

Éste que ahora escribe es el perfecto hijo de puta que te destrozó la vida, o eso dijiste entonces, pero yo lo que quería era recordar aquella gran noche, nuestra última noche feliz sobre la tierra, en aquel ático que ya sólo existe en el mítico lugar de las cosas perdidas para siempre en mi vida.
Sabes a qué me refiero.
Por si no lo sabes te daré algunas pistas:
Un gramo de nieve, Jamie Cullum, una botella (70 cl) de Johnnie Walker y ese crescendo coronado por aquel apoteósico final inigualable -te lo juro- “házmelo por ahí”.
La verdad, no sé si fue antes o después de eso que te jodí la vida, pero permíteme que te diga que tampoco pusiste mucho de tu parte para que las cosas fueran diferentes.
Sabes a qué me refiero.
Supongo que lo sabes.
Pero aquella noche en aquel ático nada importaba o quizá es que los dos sabíamos que nada de aquello tenía remedio y pensamos -cada uno a su manera- de acuerdo, todo va a terminar, de hecho todo ya ha terminado, pero despidámonos como sabemos hacerlo.
Y supimos hacerlo, claro que supimos.
Creo que no exagero si digo que eso fue lo mejor que hicimos juntos.
Mucho mejor que comprar las fundas para el sofá de cuero sintético, mejor que arrancar aquel horrible papel de las paredes para después pintarlas de aquel horrible color crema, mejor que las plantas y el toldo para la terracita que nunca conoció un verano y mejor, mucho mejor, que llenar el maletero con todos aquellos cuadros espantosos que acabaron pudriéndose en casa de mis padres.
Supongo que esto querría ser un homenaje pero suena a otra cosa.
Suena a que daría lo que fuera por repetir aquella noche.
Suena a que no me perdono el hecho de haber borrado tu número.
Suena a que voy a tener que montármelo solo.
Supongo que sabes cómo termina la historia.
No esperes nada demasiado original.
Por si no lo sabes te daré algunas pistas:
Nuestro encuentro un año después -era diciembre-, tus ocho kilos de más, nuestros respectivas inercias y, bueno, ya sabes cómo fueron las cosas.
Salí corriendo y fue lo mejor que pude hacer.
Todas aquellas palabras para nada.
Todo aquel repertorio nauseabundo infectado de lugares comunes y mentiras.
Sabes a qué me refiero.
Te ahorraré los detalles.
Pero aquella gran noche,
nuestra última noche feliz sobre la tierra,
qué hermosa te recuerdo entre las sábanas, la cabeza girada, viéndome llegar con mi perfecta sonrisa de ganador,
de puto dueño del mundo, ya me entiendes.

Estaría dispuesto a destrozarte la vida nuevamente
sólo por repetir aquella noche.

martes, 5 de mayo de 2009

Crímenes perfectos

Van estos de la NASA y detectan el objeto más antiguo del universo que no es más que la típica explosión de rayos gamma producida por una estrella moribunda hace 13.000 millones de años (millón arriba, millón abajo), es decir, el equivalente a la suma de todos los años que nos restan de hipoteca a los habitantes de la Tierra. El desfase entre el hecho y su detección me recuerda a la cita que tuve con una ex novia, cuatro años después de nuestra ruptura. Tenía algo que decirme, así que quedamos en el Cappuccino. Evidentemente, interpreté aquella cita como un asunto de índole sexual. Los típicos polvos pendientes, el morbo, el aburrimiento, etc. Ella, claro, estaba preciosa. Fumaba, se había operado las tetas, abusaba de la ironía, pero seguía siendo la misma universitaria tímida con la que había salido algunos meses. Lo había dejado con su novio. De mutuo acuerdo, es decir, el tipo le había dado la patada. Se esforzaba demasiado en no parecer enojada. O sea, que aquello iba a ser un polvo por despecho. Cojonudo. Una pizca de rabia hace la cosa más interesante. En fin, que nunca me ha importado ser un objeto sexual. Sólo tenía que aguardar el momento adecuado. Afilaba las uñas mientras ella me hablaba. Ponía mi mejor cara de “te entiendo perfectamente”. Trucos baratos, qué les voy a explicar. Pero la cosa se torció. Cuando tocaba que ella dijese algo así como: “Y tú, ¿tienes novia? ¿Y plan para esta noche?”, va y me suelta: “Me siento orgullosa de haberle sido fiel. Toda una novedad para mí”. Mierda. Esto no entraba en los planes. El mito de la chica tímida partido en mil pedazos. “Pensé que lo sabías. Fue en Menorca”. Como si esto lo justificara. Y para rematar: “Pero he cambiado. Ahora necesito estar tranquila, no complicarme la vida”. ¿Y no complicarte la vida es jodérmela a mí? Entonces pude ver el estallido rojo de la rabia, pude sentir su honda expansiva cuatro años después (mes arriba, mes abajo) de la explosión, es decir, de los cuernos. En fin, yo tampoco había sido ningún santo. Aquella misma noche también yo le confesé mis crímenes.
UH, 05/05/09

sábado, 2 de mayo de 2009

MODOS DE VER UN HORIZONTE (Ed. Fecit, 2009), de JUAN PAYERAS, con prólogo de Javier Cánaves


LO QUE LE PEDIMOS A LA POESÍA
(Prólogo)

Estoy en casa y acabo de leer Modos de ver un horizonte, de Juan Payeras. Dudo entre escuchar a John Lee Hooker o Lou Reed, tal es el estado en que me ha dejado el libro. Finalmente me decanto por abrir la ventana y dejar que la ciudad me invada con su banda sonora. Los acordes de siempre, nunca iguales. Y con ellos, los fantasmas. Hay fantasmas que chantajean y los hay con quines uno se sienta a beber cerveza y escuchar música. Es una de las enseñanzas de Juan Payeras en un libro que no pretende enseñar nada a nadie. Es demasiado inteligente para esto, sensatamente individual. Por lo demás, desde que terminé su lectura, no puedo desprenderme de una cita que todavía no he encontrado. Pero sé que lo haré. Habla, estoy casi seguro, de la soledad.

Salgo a la terraza para mirar el horizonte e inspirarme. La ciudad, las historias que encierra, su poesía muda que pide a gritos ser rescatada. El tiempo, como afirma Payeras, es una trampa de espejos donde se confunden sueños y recuerdos, realidad y ficción. Por eso es fácil haber sido Pierre Bezújov en 1812, por eso mismo resulta de lo más normal encontrarse en la puerta de casa con Peter Handke y Chet Baker dispuestos a pasar la tarde con uno. Pero yo sigo solo, en la terraza, ese espacio fronterizo que separa a la ciudad –con sus bares y callejones sin salida, con sus recuerdos de tantas otra ciudades– del interior de casa, del refugio en el que, sin embargo, tantas veces llueve.

No es nada fácil abarcar el horizonte...

Dentro de algunas horas amanecerá y la ciudad se irá alzando, lentamente, como una guillotina perezosa pero implacable. Juan Payeras lo sabe y nos lo cuenta con una sencillez que apabulla. La poesía más eficaz es aquella que nos cuenta con sencillez lo que ya sabemos y que, pese a ello, consigue golpearnos. No puedo desprenderme de esta imagen, la de la guillotina, con la que el poeta inaugura la puesta en escena de uno de los grandes protagonistas del libro: la ciudad, las ciudades. La ciudad como escenario imprescindible en el que se dan cita los otros grandes temas: la soledad, el tiempo, la música, la literatura.

Abandono la terraza y me instalo en el sofá. De pronto me siento como uno de los personajes que pasean su rabia contenida y sus renuncias por los poemas del libro. Ellos saben que, en innumerables ocasiones, el mundo de afuera es un mundo inhabitable, frío, por eso se apresuran en llegar a casa para encontrarse de cara con el silencio del televisor encendido, de la página en blanco, con la pregunta que un descuido de la memoria ha dejado caer. En efecto, Modos de ver un horizonte está plagado de interiores que no aciertan a cumplir con su función de guarida y acaban erigiéndose en prolongación de la intemperie. Poemas como el que da título al libro, o como Tormenta, Cuatro hombres y una dama o Dulce hogar son ejemplos perfectos de la dificultad que entraña esta huida. Cuando la intemperie se adhiere a nuestra piel, es muy difícil sacárnosla de encima.

Me sacudo de encima algún que otro fantasma (mío o de Juan Payeras, no lo sé) y recuerdo la cita que andaba buscando. Es de Paul Auster que, como todo el mundo sabe, se inició en la literatura como poeta. Pertenece a su primera novela, La invención de la soledad: “Cada libro es una imagen de la soledad. Es un objeto tangible que uno puede levantar, apoyar, abrir y cerrar, y sus palabras representan muchos meses, cuando no muchos años de la soledad de un hombre, de modo que con cada libro que uno lee puede decirse a sí mismo que está enfrentándose a una partícula de esa soledad. Un hombre se sienta solo en una habitación y escribe. El libro puede hablar de soledad o compañía, pero siempre es necesariamente un producto de la soledad”.

Producto de la soledad y de este conglomerado intraducible que es la vida, Modos de ver un horizonte, como todo buen libro, es también una invitación al viaje. No es de extrañar que la palabra que cierra el libro sea precisamente ésta: viaje. Algo elemental pero que me veo en la obligación de recordar en este prólogo: Los viajes siempre son irreales, puesto que ocurren en la imaginación o en la memoria, de ahí su textura onírica. Visita a Hampsdtead, Madrid 2001, Hermoso y maldito o Lisboa hablan de viajes desde la perspectiva del que ya regresó, del que ya casi olvida, por lo que transitan entre el ajuste de cuentas imposible y el homenaje entusiasta del que vivió y se aferra a ello. En cambio, The way back home y Caleidoscopio cantan la necesidad de huida, del viaje por hacer, sobriamente, sin engañarse al respecto. Juan Payeras acierta al decir que uno vuelve a casa desde el instante mismo en que parte. La otra salida sería el desvarío.

Desvarío o no, vuelvo a la terraza para aullar en la noche. Mi voz se une al coro de voces que cimientan la ciudad, humanizándola. Es mi homenaje al pasado vivido en libros y música, leído en días y viajes. Todo tiempo será leyenda y no hay maleta que pueda con tanta memoria amarilla, así nos lo cuenta Juan Payeras. Un buen libro es aquel con el que resulta fácil dejar de ser lector para pasar a ser protagonista, y Modos de ver un horizonte lo consigue.

¿No es esto, acaso, lo que le pedimos a la poesía?